jueves, 20 de mayo de 2021
Priviet, Hamilton
A
quienes desconocen los rudimentos de la lengua rusa o, pura y simplemente,
prefieren no molestarse en consultar un diccionario, sea este un engendro de
Microsoft, de Google o, con un poco de suerte, un viejo libro guardado en la
biblioteca de un ex estudiante anarquista, la traducción de este estrambótico
titular sería Hola Hamilton o Hamilton, se te saluda.
A
la pregunta – muy licita, por cierto - ¿Qué tiene que ver Hamilton con la
lengua rusa? la respuesta sería: ¿Qué hace una patrullera de la Guardia Costera
estadounidense en las aguas del Mar Negro, a escasas millas de las aguas
territoriales de Rusia, Ucrania o Georgia? Es lo que sucedió hace un par
semanas, cuando la embarcación estadounidense cruzó el Bósforo, acompañando al
crucero de la Armada norteamericana Donald Cook. Su misión: colaborar con los
aliados de la OTAN en la región. Un poco lejos, eso sí, de las aguas
territoriales de los Estados Unidos, o tal vez demasiado cerca de las
instalaciones navales de Rusia, archienemiga de Washington – Joe Biden dixit
- que reclama el control del Mar Negro.
Curiosamente,
desde la guerra de Crimea (1853 – 1856), nadie dudó de la supremacía política y
naval rusa en la región. Para la mayoría de los países ribereños, el Mar Negro
se había convertido en un lago ruso. Antes había sido un lago
otomano, un lago griego… Cuando el sultán de Constantinopla ordenó
la anexión de la península de Crimea, se encontró con un territorio poblado por
colonos griegos, asentados en tierras controladas por el Imperio romano de
Oriente.
En
la cumbre de la OTAN celebrada en 2016, el imperator Trump decidió que
el Mar Negro debía pertenecer, al igual que el Báltico, a la nueva potencia
mundial: los Estados Unidos. Tras la desaparición del Pacto de Varsovia, la
protección de las nuevas conquistas incumbía a la… Alianza Atlántica. Los
feudos de Europa septentrional serían defendidos por Polonia y sus vecinos ex
soviéticos, Letonia, Estonia y Lituania; de la vigilancia del Mar Negro se
encargarían Turquía, Bulgaria y Rumanía, aliados incondicionales de Occidente
en la zona.
¿Aliados
incondicionales? Bulgaria fue el primer país de la región en manifestar su
disconformidad con los proyectos atlantistas de la Administración
estadounidense. Apelando a su tradición y vocación paneslavista, Sofia se negó
a participar en operativos bélicos dirigidos contra los hermanos rusos.
Obviamente, la OTAN debía contemplar un… cambio de Gobierno en la rebelde
Bulgaria.
Quedaban
en liza Turquía y Rumanía. Sin embargo, la intentona golpista de 2016, que
pretendía eliminar al presidente Erdogan, cambió el rumbo de la política de
Ankara. El nuevo sultán inició un acercamiento estratégico a Rusia, vecino
molesto de Turquía y enemigo de Occidente, con el cual convenía hacer las paces
entre… dos conflictos.
La
inesperada amistad entre Erdogan y Putín se convirtió en el quebradero de
cabeza de la Casa Blanca y la OTAN. Ankara atesoraba demasiados secretos de la
Alianza. Secretos y arsenales nucleares. El sultán supo utilizar a fondo esas
bazas.
Rumanía,
último aliado de Occidente en el Mar Negro, aprovechó al máximo esta situación
privilegiada. ¿Por qué rechazar la presencia de cazas de la OTAN dispuestos a
realizar vuelos de vigilancia en la región, la instalación de sofisticados
sistemas electrónicos, el constante incremento de tropas desplazadas desde
Alemania? En comparación con sus vecinos búlgaros, los rumanos sí son
rusófobos. Pero su estado de ánimo no basta para solucionar el problema del lago
ruso. Otros países ribereños, Georgia, Ucrania y la República Moldova, podrían
sumarse próximamente a la lista de aliados incondicionales de la Alianza
Atlántica.
Cuando
la patrullera Hamilton cruzó el Bósforo, el crucero Moskva (Moscú) buque
insignia de la Flota Rusa, abandonó su puerto de amarre para acercarse, con sus
misiles de última generación y los sofisticados sistemas de vigilancia
electrónica, a las embarcaciones de la OTAN dispuestas a competir por el
control del lago ruso. No cabe la
menor duda de que el Moskva no traía el amistoso mensaje: Priviet
Hamilton. Pero la historia de este encuentro aún no se ha escrito.
Los
protectorados de la OTAN
El
que esto escribe recuerda que allá, por los años 90, un colaborador de Samuel
Huntington, el autor del Choque de civilizaciones, nos aseguraba
pomposamente que aún quedaban por definir los confines de Europa. Un
argumento un tanto extravagante, proviniendo de un extraeuropeo. Sin embargo, no
muy lejos del codiciado Mar Negro, en la siempre convulsa región de los
Balcanes, asistimos a la representación de otra obra inspirada en el ideario de
quienes pretenden redefinir las fronteras de Europa.
Durante
la guerra de los Balcanes, la República Federativa Yugoslavia acabó
dividiéndose en varios Estados, que reclamaron y lograron – merced a la generosidad
de sus padrinos occidentales - su independencia. Mas a los antiguos Estados – principados o
repúblicas – se sumó un neonato: Kosovo, antigua provincia autónoma de Serbia,
reconocida como Estado soberano por 90 de los 193 miembros de las Naciones
Unidas, pero que plantea serios dilemas a los países comunitarios obligados a
afrontar la cuestión de las minorías: España, Bélgica, Rumanía, etc.
Decididamente, los confines de Europa aún quedan por definir.
La
propuesta, enviada supuestamente por la presidencia de un Estado recién
admitido en el club de Bruselas, ha sido rechazada por el jefe de la
diplomacia germana, así como por otros dignatarios europeos. Alemania recuerda
el error cometido por Bonn a comienzos de la década de los 90, cuando la
República Federal se apresuró a reconocer la independencia de Croacia y
Eslovenia, abriendo la vía al desmembramiento de Yugoslavia.
Otro
error, aún más grave, fue la creación de la República de Kosovo, protectorado
de la OTAN ideado por los estrategas del Pentágono y sus colegas del
Departamento de Estado. Kosovo fue, y sigue siendo, el primer peón atlantista
colocado en el tablero de la nueva Europa. El Báltico y el Mar Negro
forman parte de las futuras jugadas de los impulsores de la aberrante política
de protectorados.
miércoles, 12 de mayo de 2021
Las noches de Jerusalén
Tenía mis dudas. Empezar esta crónica con la muy
socorrida y dramática frase los cohetes de Hamas cubren el cielo de Israel o
recurrir a un titular más sencillo, más reposado como las noches de
Jerusalén. Finalmente, me decanté por la segunda variante. En realidad, las
buenas y malas nuevas siempre llegan de noche.
El 15 de noviembre de 1988, el Consejo Nacional
Palestino, reunido en Argel, proclamó la independencia de Palestina. Poco
antes de medianoche, los fuegos artificiales iluminaron el cielo de Jerusalén
Este. Fue una celebración muy austera, casi clandestina, en aquella capital
eterna e indisoluble del Estado de Israel. Al día siguiente, los amigos
árabes intercambiaban un discreto Mabruk (enhorabuena). El proclamado
Estado Palestino aún no existía, aún no existe.
El 20 de enero de 1996, poco antes de medianoche, un
eurócrata trajeado y encorbatado penetraba en la oficina jerosolimitana de la
Comisión que supervisaba las primeras elecciones generales del siempre
inexistente Estado Palestino. Desapareció tras una breve y discreta
conversación con el estadígrafo que comprobaba los resultados de la consulta.
Pazzzo! Este hombre está loco, estalló el informático italiano encargado de la
supervisión de los datos. Me pide que manipule las cifras; que cambie el
porcentaje de votos obtenidos por al Fatah.
Al día siguiente, nos enteramos que la agrupación
capitaneada por Yasser Arafat se alzó con la victoria en la consulta popular.
Años más tarde, Bruselas desmintió cualquier injerencia en el proceso
electoral. Sin embargo, en 2006, el partido liderado por Mahmud Abas, fue
incapaz de ganar las elecciones generales. El movimiento islámico Hamas, más
arraigado en la Franja de Gaza, logró imponerse a los candidatos de la OLP. La
inestabilidad política se instaló en la vida de los palestinos del siempre
inexistente Estado Palestino. Al Fatah gobernaba en Cisjordania; Hamas creó su
propia Administración en la Franja de Gaza. Detalle interesante: los gazatís
que formaban parte del nuevo Gobierno palestino no podían desplazarse a
Cisjordania. Las autoridades israelíes velaban por el… incumplimiento del
acuerdo de libre circulación negociado en Oslo. La ruptura entre las dos
entidades geográficas parecía inevitable. Se materializó con el paso del
tiempo; Gaza acabó convirtiéndose en un satélite del islamismo chiita de
Teherán, mientras que Cisjordania seguía la corriente de sus volubles
filántropos occidentales: Norteamérica y la Unión Europea. Los múltiples
intentos de reconciliación entre las partes fracasaron, gracias a la
intervención de los peones de Washington, París, Londres o Bruselas. Sin
olvidar, claro está, la corrupción que se fue adueñando a pasos agigantados de
la abultada administración del inexistente Estado.
Los intentos de llevar el barco a su puerto – la
independencia – fueron saboteados sistemáticamente por el establishment político
y militar de Tel Aviv. Pero los grandes titiriteros estaban empeñados en velar
por la supervivencia de la entidad palestina. Occidente, para no reconocer el
fracaso de su política; Israel, para contar con la constante amenaza del
terrorismo palestino.
La pantomima se prolongó durante lustros. La bomba de
relojería, las bombas, mejor dicho, estallaron en el momento menos oportuno. El
octogenario Mahmud Abas llevaba tiempo preparando su retirada de la vida
política. Mas la jefatura del no Estado tenía/tiene demasiados pretendientes.
Para librarse de la responsabilidad de una probable, por no decir, inevitable
elección errónea, el rais optó por convocar nuevas elecciones. Unas
consultas pospuestas durante 15 años. Pero el fantasma de Hamas, de una
aplastante victoria del crecido movimiento islámico, volvió a ensombrecer el
horizonte. El viejo militante de al Fatah educado en Moscú optó, pues, por una
nueva retirada estratégica. ¿Aplazar las elecciones? ¡Por qué no! Los
palestinos se habían acostumbrado a las maniobras dilatorias de su clase
política. Sin embargo, en esta ocasión, la oposición reaccionó violentamente: Abas
hace el juego de Israe; el único beneficiario de ese aplazamiento es… Benjamín
Netanyahu. Y no se equivocaba.
Los frecuentes titubeos de Abas, debidos ante todo a
las numerosas intrigas que acompañan su tortuoso final de reino, se habían
convertido en una baza para los políticos hebreos, muy propensos a justificar
su inacción en el terreno diplomático por la fluctuante situación en el campo
palestino. Sin embargo, las exigencias de la Autoridad Nacional Palestina no
habían variado. Mas Tel Aviv prefería hacer oídos sordos a las propuestas de
incluir a los habitantes de Jerusalén oriental en las listas del censo
electoral palestino o de celebrar consultas en el sector árabe de la ciudad.
Las otras exigencias, derivadas de los Acuerdos de Oslo o el sinfín de
documentos negociados y aprobados desde 1994, quedaron archivadas por la
eficacísima labor de zapa del auténtico dinamitero del proceso de paz: Benjamín
Netanyahu.
De hecho, el líder del Likud se halla en una situación
muy embarazosa. Ante la imposibilidad de formar un nuevo Gobierno de coalición
con las formaciones de centro-izquierda, el incombustible Bibi se vio
obligado a tirar la toalla, pasando en relevo a políticos centristas, poco
propensos a convertirse en sus encubridores ante una Justicia que pretende
inculparlo por cuatro delitos de corrupción y malversación. La única salvación
de Bibi, presidente en funciones del Gabinete hebreo, sería, pues, un
conflicto que le llevara a asumir el mando de las operaciones militares.
La respuesta llegó el 10 de mayo, de la mano de la
policía israelí, que protagonizó dos asaltos en la Explanada de las Mezquitas,
causando más de 300 heridos entre los palestinos que participaban en el llamado
Día Negro, que conmemora la anexión del sector árabe de Jerusalén por el
ejército israelí. La violencia se extendió al recinto de la mezquita de Al
Aqsa, el tercer lugar sagrado del Islam. A ello se sumó el desalojo de decenas de
familias palestinas del elegante barrio de Sheij Jarrah, donde residen habitualmente
los notables palestinos. La crisis estaba servida; el movimiento islámico Hamas
aprovechó la oportunidad para entrar en acción.
El resto es harto conocido: centenares de cohetes
fueron lanzados desde la Franja de Gaza. Sus objetivos: Jerusalén, Tel Aviv,
Ashkelon y Ashdod. La mayoría fueron interceptados y destruidos por el sistema
de defensa antimisiles Cúpula de Hierro. Pero al producirse las tres
primeras bajas, Israel ripostó con ataques de misiles y bombardeos aéreos. La
derecha israelí volvió a pedir la expulsión de los palestinos de sus tierras,
su reinserción en los países árabes, la… limpieza étnica.
Las Cancillerías de las grandes potencias condenaron
vehementemente la violencia. Palabras y frases que habíamos oído antes. Sin
embargo, el Gobierno de Tel Aviv se apresuró en pedir a la Administración estadounidense
que no tome cartas en la crisis.
La historia se repite. En las noches de Jerusalén, aguardan las mortíferas estrellas fugaces de Hamas.
domingo, 2 de mayo de 2021
La lista negra de Putin
Mientras el llamado “primer mundo” se está mirando el ombligo - mala costumbre adquirida durante siglos de autocomplacencia – en la otra punta del continente europeo se está gestando un singular combate estratégico. Se trata de la respuesta del Kremlin a los variopintos ataques de las Cancillerías occidentales, que acusan al presidente de la Federación rusa de atentar contra la soberanía de Ucrania al concentrar tropas y blindados en los confines con la secesionista región del Dombás, de violar el ya inexistente statu quo de Crimea, la península ruso-turco-tártara anexionada por Moscú en 2014, de atentar contra la vida del opositor ruso Alexei Navalny, detenido en una cárcel de alta seguridad desde su regreso – en enero de este año – de Alemania, de intentos de influir en los resultados de la campaña presidencial estadounidense del pasado mes de noviembre, utilizando el espionaje electrónico, de…
La lista de
acusaciones formuladas por el actual inquilino de la Casa Blanca y su ejército
de asesores es excesivamente larga. De hecho, Biden amenazó a Putin con una
nueva tanda de sanciones; otra más. Pero esta vez, el ruso dijo basta; ¡sanción
con sanción se paga!
Siguiendo el mal
ejemplo anglosajón, que consiste en designar cuando no infamar al enemigo, Moscú
elaboró a su vez una lista negra de Estados hostiles, que no tardó en
filtrar a sus amigos occidentales. Según las ONG europeas que promueven la
democracia y defienden los derechos de los ciudadanos de la ex Unión
Soviética, la famosa lista incluye los siguientes países: Estados Unidos, Polonia,
República Checa, Lituania, Letonia, Estonia, Gran Bretaña, Canadá, Ucrania y Australia.
Detalle interesante:
Alemania, principal beneficiario de las ventas de hidrocarburos rusos, no
figura en la lista de Moscú. Tampoco aparecen dos países conflictivos ubicados
en la orilla del Mar Negro – Bulgaria y Rumania - miembros de la Alianza
Atlántica, cuya reciente agresividad verbal podría implicar un deterioro,
ficticio o real, de sus relaciones con la Federación Rusa. De hecho, tanto
Bucarest como Sofía expulsaron últimamente a agregados militares rusos
acusados de espionaje. Si bien en el caso de Rumanía la enemistad es abierta y
declarada, al igual que las llamadas de socorro dirigidas a la OTAN y el gran
amigo norteamericano, la postura de Bulgaria, defensora a ultranza del paneslavismo,
sorprendió a muchos observadores occidentales. Hasta ahora, los sucesivos
gobiernos de Sofía se negaron a contemplar acciones dirigidas contra los hermanos
rusos. Al parecer, la era Biden se parecerá más, por su agresividad
y crispación, a la agitada presidencia de Barack Obama, el Premio Nobel de la
Paz que se dedicó a cultivar un sinfín de conflictos bélicos.
Entre las medidas de
retorsión adoptadas por Moscú figura también la prohibición de viajar a Rusia
de ocho altos cargos de la UE, lo que provocó la explicable ira del establishment
de Bruselas. La UE castiga, pero descarta el principio de reciprocidad.
Fiel a su trayectoria
antirrusa, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión, Josep Borrell,
volvió a atacar al Kremlin. Pero sus amenazas cayeron en saco roto;
Moscú ya no teme al jefe de la diplomacia comunitaria. La retórica de míster Europa es poco
convincente.
lunes, 26 de abril de 2021
Biden y el genocidio armenio: un acierto y una humillación
La Casa Blanca reconoció oficialmente esta semana el genocidio
armenio, una masacre perpetrada hace más de un siglo – entre 1915 y 1917 –
por el Ejercito del Imperio Otomano. Un reconocimiento tardío, que pone en tela
de juicio la clarividencia del presidente Biden a la hora de abordar cuestiones
clave para el equilibrio estratégico global. En efecto, tras haber tratado al
gigante chino de peligro para los intereses de los Estados Unidos y al
presidente ruso, Vladimir Putin, de asesino, el actual inquilino de la
Casa Blanca pegó una patada diplomática (¡y moral!) al régimen de Ankara,
afirmando que, si la decisión de emplear la palabra genocidio le
desagradaba, podía retirarse de la OTAN o hacer lo que le plazca. Finalizada,
pues, la era del apaciguamiento, de la política de guante blanco en las
relaciones con los gobernantes turcos. El estilo Biden es/será, completamente
distinto. ¿Reminiscencia de la etapa Trump? Quizás, aunque Joe Biden se
comprometió a abandonar los modales de su predecesor.
En realidad, se esperaba que Biden informara al
presidente Erdogan antes de anunciar públicamente la decisión de reconocer el genocidio
armenio. Sin embargo, la llamada telefónica con Ankara se produjo mucho
después. Huelga decir que el ministro
de Relaciones Exteriores de Turquía, Mevlut Cavusoglu, advirtió que cualquier
medida de esta índole supondría un nuevo golpe a los ya de por sí frágiles
relaciones de Washington con su aliado de la OTAN. Los altos funcionarios
turcos llamaron la atención sobre el hecho de que el reconocimiento del
genocidio por parte de Biden descarrilaría los esfuerzos de reconciliación
entre Turquía y los representantes del pueblo armenio.
Al parecer, muchos armenios prefieren olvidar la
humillante derrota infligida en
noviembre por Azerbaiyán, gracias a los drones y los asesores
militares turcos y los mercenarios sirios en el disputado enclave de
Nagorno-Karabaj.
Durante los combates, que se prolongaron 44 días,
fallecieron 3.360 soldados armenios y 2.855 militares azerbaiyanos. También
murieron cientos de combatientes sirios y decenas de civiles.
¿De qué reconciliación nos hablan? El sentimiento
predominante entre los armenios es que hace 100 años los turcos querían
exterminar nuestro pueblo, hacernos desaparecer de la faz de la tierra; hoy
quieren hacer lo mismo, matarnos a todos, aseguran los armenios de la diáspora.
La decisión de Estados Unidos
de reconocer el genocidio
armenio se produce después de
décadas en las que Turquía y sus lobistas de Washington chantajearon a Estados
Unidos. Aparentemente, las amenazas de Ankara eran muy sencillas: si
Washington usara el término genocidio para un crimen perpetrado hace 106 años por un
gobierno anterior al de la Turquía moderna, Ankara tomaría sanciones contra los
Estados Unidos, cerrando sus bases militares, amenazando la seguridad de los
ciudadanos norteamericanos, fortaleciendo los lazos con Irán, China y Rusia,
enemigos de Washington.
Esta extraña amenaza es la que utilizó Teherán con respecto al acuerdo nuclear. Los países no occidentales aprendieron que la forma de tratar con los occidentales era aprovecharse de sus miedos. El intento de Ankara de mantener a los países del primer mundo como rehenes en relación con el genocidio armenio funcionó durante años, véase décadas. Evitó que muchos Gobiernos ofendan a Ankara al mencionar la palabra genocidio. Turquía fue mimada durante muchos años porque se vendió como clave para ayudar a Occidente en su enfrentamiento con la URSS. Cuando la Unión Soviética se desintegró, Turquía cambió su estrategia negociadora, afirmando que deseaba formar parte de la Unión Europea, de convertirse en puente entre Occidente y Asia, que al más mínimo enfado podría favorecer los designios del extremismo islámico.
De hecho, el AKP, partido capitaneado por Erdogan, que tiene sus raíces en el pensamiento islamista, podría haber culpado de las atrocidades a los gobiernos turcos anteriores. Pero no lo hizo; Occidente no comprende la mentalidad de los gobernantes de Ankara.
Conviene señalar que en Turquía hay varias versiones del holocausto: distintas, contradictorias, complementarias.
La versión oficial, defendida por todos los Gobiernos del Estado moderno, se limita a la total negación de los hechos. El genocidio armenio jamás ha existido. Los operativos de mantenimiento del orden llevados a cabo a partir de 1915 se limitaron a acabar con grupos terroristas (cristianos, léase armenios) infiltrados a través de la frontera con el Imperio Ruso. El número de bajas causadas por el Ejército otomano jamás superó la cifra de 140-150 mil.
Otra versión, exhibida por algunos catedrático e investigadores, se remite a los hechos sin facilitar cifras concretas de las bajas. Las teorías varían: algunos afirman que no se trataba de una operación planeada, sino más bien de castigos ordenados por un comandante polaco ¡cristiano! convertido al Islam.
La tercera versión, vehiculada por los propagandistas negacionistas, niega la veracidad de los documentos elaborados por la Secretaría de la Sociedad de las Naciones, acusándola de parcialidad, al defender sola y únicamente los intereses de Gran Bretaña y Francia, principales beneficiarias del desmantelamiento del Imperio Otomano. La presencia en Anatolia de una misión de analistas y politólogos ingleses durante el inicio de los enfrentamientos está debidamente documentada.
Durante décadas, la exigua comunidad armenia residente en Anatolia tuvo que hacer frente, al igual de las demás agrupaciones étnicas o religiosas existentes en el país, a medidas discriminatorias de toda índole. Sin embargo, resulta muy difícil, por no decir, imposible, identificar la procedencia real de dichas medidas.
Entre 1985 y 2015, hubo un periodo de acercamiento, cuando armenios de la diáspora o de la recién proclamada República de Armenia regresaron a Turquía para tratar de encontrar sus raíces. Pero la situación experimentó un notable deterioro tras la intentona de golpe de Estado de 2016. La comunidad armenia abandonó la esperanza de la normalización de las relaciones con Turquía. Por su parte, el presidente Erdogan optó por engrosar – junto con Vladimir Putin, Viktor Orban y Nicolás Maduro - la lista de los autócratas.
No, el innombrable genocidio no volverá a repetirse. Pero las viejas heridas permanecen abiertas.
domingo, 18 de abril de 2021
El tío Joe y el “asesino”
Extraño
titular éste para una columna dedicada a la política internacional, a la dificultosa
marcha de nuestro mundo. Es lógico que le sorprenda, estimado lector, pero no
se escandalice; en un mundo en que se derriban estatuas, se censuran las
hazañas de filósofos, literatos o exploradores, se reniega de la música demasiado
colonial de Mozart y de Bach, no conforme con el fascinante estilo de Dua
Lipa (por cierto, ¿quién es Dua Lipa?), en un mundo donde todo vale, parece
hasta cierto punto normal que los titulares periodísticos cambien. El autor de
estas líneas se queda, pues, con el nada provocativo El tío Joe y el “asesino”.
La semana se cierra con un inquietante incremento
de la conflictividad; la paz mundial parece amenazada por la inhabitual concentración
de tropas ¡rusas! en los confines con Ucrania. Washington, París y Berlín
denuncian los propósitos belicosos de Moscú, que se dispone a llevar a cabo una
agresión en los linderos de la OTAN. ¿Linderos de la Alianza Atlántica? Olvidados
quedan los acuerdos de Praga, el compromiso de los occidentales de no trasladar
unidades militares hacia los territorios del antiguo Pacto de Varsovia. En las últimas
décadas, la Alianza se ha expandido al Este. Sus nuevos socios pertenecen a la
región del mar Báltico o el mar Negro, Polonia y Rumanía se encuentran en la
primera línea de frente. Su adversario, la Federación Rusa, les convierte en un
hipotético blanco de los ataques del oso ruso, el espantajo de la Guerra
Fría.
Por
su parte, el Kremlin trata desdramatizar la situación: la presencia de sus tropas
en la frontera con la región secesionista de Dombás nada tiene que ver con unos
supuestos planes de agresión contra Ucrania, primer país del Este europeo que
estrenó la moda de las revoluciones de colores.
¿Agresión?
De ninguna manera; Occidente está empeñado en provocar un conflicto fronterizo para
entorpecer la vuelta de una gran potencia – Rusia – a la escena mundial, afirman
los medios de comunicación moscovitas.
Del
otro lado de la frontera, en la región que Washington no duda en llamar
pomposamente el campo de la democracia, la percepción es completamente distinta.
El presidente ucranio, Volodymyr Zelensky, evacúa consultas con la Casa Blanca,
el Pentágono, la OTAN, los jefes de Gobierno europeos. Su mensaje es
invariablemente el mismo: ante la amenaza rusa, urge la adhesión del país a la
OTAN y la UE. No estamos dispuestos a quedarnos indefinidamente en la
antesala de Europa, afirma Zelensky, aparentemente poco persuadido de que
los procesos de adhesión suelen ser largos y (muy) penosos.
El
líder ucranio cuenta con el respaldo de Emmanuel Macron, especialista en
soluciones a la carta que poco tienen que ver con la normativa jurídica que
rige la conducta de los organismos internacionales. De hecho, Macron quiere que
Occidente actúe. Y ello, haciendo caso omiso de las recriminaciones de
Zelensky, que le echa en cara su excesiva amistad con Vladimir Putin. Pero,
¿quién dijo que los estadistas no se comportan a veces como… niños?
A
las escénicas salidas del presidente de Ucrania (actor de profesión) se suman las
señales de emergencia emitidas por el estamento castrense de Varsovia y Bucarest,
que reclama un sustancial incremento de la presencia militar de la Alianza en sus
respectivos países.
El tono sube. Si la disuasión falla, estamos dispuestos a responder
a la agresión con todo el peso de la Alianza Alántica, afirmó el general Tod Wolters,
Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas en Europa, durante una audiencia en
el Comité de Servicios Armados de Senado estadounidense. La OTAN sigue siendo el centro
de gravedad estratégico y la base para la disuasión y la seguridad en
Europa. Todo lo que hacemos es construir la paz, añadió el militar.
Por su
parte, Rusia acusa también a Ucrania de preparar una ofensiva militar contra
los separatistas del Dombás. Moscú advierte a las autoridades de Kiev que
en este caso podría intervenir para apoyar a la población rusa en Donetsk y
Lugansk, las provincias controladas por las fuerzas prorrusas.
Los estrategas
de Washington reclaman planes de defensa concretos para el Mar Negro; las repúblicas
bálticas, mayor presencia aliada.
Y aquí
interviene el tío Joe, perdón, en presidente Biden, que se dirige a su homólogo
ruso, Vladimir Putin, al que había tratado de asesino en una reciente
entrevista televisiva. Como consecuencia, Moscú retiró a su embajador en los
Estados Unidos, Anatoly Antonov, que aún permanece en la capital rusa. Privado
de la presencia del representante diplomático, Biden se vio obligado a
conversar directamente con el asesino.
Su
propuesta: muy sencilla. Celebrar una cumbre en terreno neutral para
hablar de todo: Ucrania, las relaciones comerciales de Rusia con Occidente, que
tanto molestan a Washington, el espionaje informático, los intentos de
desestabilización, Irán…
Biden
apuesta por una postura constructiva por parte de su interlocutor. Mas
apenas 48 horas después de efectuar esa llamada, la Administración estadounidense
anuncia la adopción de nuevas sanciones contra Moscú. Una de cal…
Aparentemente,
la Casa Blanca no comprende en silencio del Kremlin. El que eso escribe tampoco
comprende la música de Dua Lipa…
martes, 13 de abril de 2021
Ucrania: nuestros fusiles están cargados
Concentración de tropas rusas en la frontera con
Ucrania, destructores de la marina norteamericana penetran en el Mar Negro, el
teniente general Ben Hodges, ex jefe de las tropas estadounidenses en Europa
recomienda la inclusión de la República Moldova en los planes de la Alianza
Atlántica para la seguridad en el Mar Negro, Turquía no reconoce la
soberanía de Moscú sobre la Península de Crimea, el Gobierno de Kiev aprueba
una nueva estrategia militar basada en la lucha del pueblo para la defensa del
territorio nacional…
La lectura de las noticias provenientes de la otra extremidad del Viejo Continente me recuerda, extrañamente, las estrofas de la vieja canción patriótica interpretada majestuosamente por los coros del Ejército Rojo… “nuestros fusiles están cargados”. Hoy en día, los fusiles vuelven a estar cargados en la vasta región del río Don, el Mar de Azov y el Cáucaso. ¿Nuestros fusiles? No, en este caso concreto, los fusiles se han convertido en… misiles.
Curiosamente, ninguno de los presuntos contrincantes – Rusia, Ucrania, Turquía, Norteamérica o la OTAN – exhiben intenciones bélicas. Sin embargo, las elucubrantes estrategias de combate proliferan. Algunos gobernantes las tildan de meramente defensivas; otros hablan de movimientos de tropas rutinarios. Todos se empeñan en acusar de antemano al posible agresor: el otro.
El informe sobre la nueva estrategia militar de Ucrania, aprobado a finales de marzo por el presidente Volodymyr Zelensky, hace hincapié en una amenaza existencial para el país, que se ve acentuada por el desequilibrio entre las fuerzas militares de Ucrania y… Rusia. Un desequilibrio casi insuperable, teniendo en cuenta la escasez de recursos financieros de las autoridades de Kiev. Pero los autores del documento insisten: la amenaza existencial es… ¡Rusia!
Para hacer frente a los zarpazos del oso de las taigas, los colaboradores de Zelensky recomiendan una solución global: involucrar a todo el pueblo ucranio en una guerra para la defensa del territorio nacional. La estrategia estaría basada en el desarrollo de un conflicto generalizado, recurriendo a los métodos tradicionales empleados por los estrategas a principios y mediados del siglo XX.
Se contempla, asimismo, la creación una defensa territorial fuerte que,
junto con el movimiento popular de resistencia, contribuiría a aumentar los
niveles de protección del Estado, la cohesión social y la educación patriótica
de los ciudadanos, garantizando la seguridad de las instituciones nacionales. Una misión ésta realmente imposible, si no cuenta
con el apoyo de los países de la OTAN o, mejor dicho, de la estructura militar
de la Alianza. Uno de los objetivos prioritarios sería, pues, la adhesión inminente
de Ucrania a la OTAN, lo que implicaría o facilitaría forzosamente la presencia
de tropas occidentales en su territorio.
No está
claro la amenaza militar para la seguridad de Ucrania presupone una
invasión armada, como sucedió en Dombás o Crimea. Sin embargo, la nueva estrategia
contempla el inicio – en cualquier momento - de operaciones militares en ambas
regiones.
El informe de los estrategas de Kiev parten del supuesto de que Ucrania
puede poner fin (al conflicto) en términos favorables para el país con la ayuda
de la comunidad internacional, es decir, con el apoyo político,
económico y militar proporcionado por la comunidad internacional en el
enfrentamiento geopolítico con la Federación Rusa.
Detalle interesante: el estamento castrense insiste en la necesidad de que
Ucrania respete su el estatuto de país desnuclearizado, pero al mismo tiempo asegura
que el ex territorio soviético estaría dispuesto a involucrarse en un conflicto
armado en el que participarían Estados que disponen de armas nucleares.
Rusia sería, sin duda, uno de los posibles contrincantes. Subsiste el
interrogante: ¿cuál sería en segundo?
domingo, 11 de abril de 2021
La Europa de los “civilizacionistas”
¿Los civilizacionistas? Se les conoce poco y se les quiere aún menos. Sin embargo, están aquí, entre nosotros, tratando de encontrar su lugar, de ocupar un espacio, su espacio presuntamente natural, en una sociedad en crisis, enferma y desconcertada, que busca desesperadamente, en esos tiempos de pandemia, los brillantes horizontes que se quedaron atrás.
Hace un lustro, el autor
de esas líneas tuvo ocasión de presenciar una reunión del grupo de Vysegrad,
integrado por cuatro países del antiguo bloque comunista: Eslovaquia, Hungría,
Polonia y la República Checa. Sus gobernantes, a los que se les tacha
fácilmente de ovejas negras de la Unión Europea, no dudan en censurar la
actuación de Bruselas, cuando no de contemplar una hipotética retirada del club
de las naciones que conforman el núcleo duro de la opulencia de nuestro
continente.
¿Abandonar la Unión Europea? ¿Por qué no? Los
países de Europa Oriental, que habían depositado grandes esperanzas en este
universo de libertad, no dudaron en romper amarras con Moscú. Mas con el paso
del tiempo llegó el desengaño… No, esta Europa no es la deseada, la
ansiada por los pobladores del Centro y el Este del Viejo Continente.
Hace unos días, el primer ministro húngaro,
Viktor Orban, se reunió en Budapest con el primer ministro polaco Mateusz Morawiecky
y el exministro de interior italiano, Marco Salvini, para sentar las bases de
la alianza de la nueva derecha europea. Los tres políticos presumen haber
hallado el elixir de la resurrección del conservadurismo, la herramienta
necesaria para proteger los valores de la civilización occidental y luchar
contra la desintegración de las estructuras políticas y sociales de Europa. Viktor
Orban, que fue expulsado del Partido Popular Europeo, está empeñado en estrenar
una nueva vía: la variante civilacionista. Un término éste perteneciente al
intrincado vocabulario empleado por Donald Trump o John Bolton.
La nueva derecha… La copiosa memoria de los
ordenadores, que sustituye con mayor o menor éxito las neuronas del cerebro
humano, no tardó en ponerse en marcha. Lógicamente, la primera pregunta que
hubo que contestar fue: ¿Estamos regresando a la sombría época de la
década de 1930? Los politólogos del clan trumpiano nos aseguran que no es el
caso. Es cierto que, en los últimos diez años, nuevos movimientos políticos de
derecha han reunido a neonazis con conservadores que defienden las normas del libre
mercado, conciliando ideologías políticas que en el pasado causaban alarma.
Pero no hay que
preocuparse, asegura el politólogo estadounidense Daniel Pipes, experto en el
mundo árabe y el Islam, consejero áulico de varios presidentes norteamericanos.
Pipes, que comparte el ideario de la derecha israelí capitaneada por Benjamín
Netanyahu, señala que la nueva derecha europea, que algunos tildan de extrema
derecha, ofrece una mezcla de políticas de derecha (centradas en la
cultura) y de izquierda (centradas en la economía).
Son patrióticos antes que
nacionalistas: adoptan una línea política defensiva más que ofensiva,
asegura Pipes, quien añade: el nacionalismo suele preocuparse por el poder,
la riqueza y el prestigio. Los nacionalistas se centran en las costumbres, las
tradiciones y la cultura. Aunque se les llame neofascistas o neonazis, los
partidos populistas o civilizacionistas priorizan la libertad personal y la
cultura tradicional. Sienten una intensa frustración al ver desaparecer su modo
de vida. Aprecian la cultura tradicional de Europa y Occidente. Los partidos civilizacioncitas
son populistas, antiinmigración y antiislamización. El "civilizacionismo"
tiene la ventaja de excluir a aquellas agrupaciones que detestan la
civilización occidental.
Huelga decir que el
elenco de partidos populistas (civilizacionistas, según el término acuñado
por el antiguo inquilino de la Casa Blanca) es bastante amplio. Encontramos en ese listado al veterano FPÖ
austríaco, fundado en 1956, y al nuevo Foro para la Democracia (FVD) holandés,
fundado en 2016, agrupaciones políticas que, según sus aliados estadounidenses,
llenan un vacío social y electoral. Es cierto que albergan a un número
inquietante de extremistas antijudíos y antimusulmanes, racistas, arribistas, conspiranoides,
revisionistas históricos y, por ende, nostálgicos nazis. Una mezcla explosiva
que, siempre según los aliados estadounidenses, no hay que temer. Su llegada al
poder no nos hará volver al siniestro decenio de los años 1930.
Dado que están creciendo
inexorablemente, en alrededor de veinte años estarán ampliamente representados
en los gobiernos europeos, influenciando tanto a conservadores como
izquierdistas. Por ello, rechazar, marginar, aislar e ignorar a los
civilizacionistas, confiando en su desaparición, es un ejercicio destinado a
fracasar, asegura Pipes. Y añade, para
nuestra mayor tranquilidad: los civilizacionistas tienen algo que aportar a
las élites europeas, pues poseen conocimientos realistas sobre el mantenimiento
de los valores tradicionales y la preservación de la civilización occidental.
Más claro…
