jueves, 24 de junio de 2010

Europeos ricos, europeos pobres


La reciente publicación de los datos relativos al Producto Interior Bruto (PIB) por habitante en la Unión Europea en 2009 vuelve a poner de manifiesto el desfase existente entre los países más ricos y los menos desarrollados del “club de los 27”. En efecto, según la Oficina de Estadísticas de la UE (Eurostat), sólo 13 Estados miembros logran mantenerse por encima de la media comunitaria (el índice del 100 p.c.) mientras que los nuevos socios se sitúan por debajo del indicador global.
Grecia y Portugal, cuyas recientes dificultades económicas o financieras han causado numerosos quebraderos de cabeza a las instituciones de Bruselas y a la banca internacional, se suman al pelotón de las economías más frágiles. Los griegos, que apenas alcanzan un 95 p.c. de la media, ocupan el 15º lugar en la lista de Eurostat, mientras que los portugueses rozan el 78 p.c., colocándose en el 19º lugar.
Si bien las economías de las nuevas incorporaciones mediterráneas – Chipre y Malta – no despuntan, la situación más crítica se registra en los antiguos países del llamado “campo socialista” (Europa Central y Oriental), cuya adhesión a la UE no sólo no ha logrado eliminar los desequilibrios entre “ricos” y “pobres” del Viejo Continente, sino que, en algunos casos, ha acentuado las diferencias. Es el caso de las repúblicas bálticas – Lituania, Letonia y Estonia – cuyos indicadores registran un notable descenso de la actividad económica o del poder adquisitivo. En Lituania, por ejemplo, el retroceso del PIB alcanza el 18,5 p.c. Por su parte, los letones denuncian un fenómeno migratorio masivo hacia Occidente (Inglaterra y Alemania), que afecta sobre todo a los jóvenes y a los profesionales cualificados.
Más preocupante es, sin embargo, la situación de Rumanía y Bulgaria, Estados que ingresaron en la UE hace apenas tres años y que se colocan en los últimos lugares – 26º y 27º respectivamente - de la lista. En ambos casos, el índice de desarrollo es inferior al 50 p.c. Los rumanos han registrado un modesto incremento de 3 puntos del poder adquisitivo desde la adhesión a la UE. Pero este avance podría ser anulado, de aquí a finales de año, por las drásticas medidas de austeridad impuestas por las autoridades de Bucarest para combatir el efecto de la crisis. A ese estado de cosas se suman, además, los inquietantes síntomas de inestabilidad política y la escasa preparación de las estructuras económicas para hacer frente a los criterios de convergencia reales. Según los economistas rumanos, los sucesivos Gobiernos se han limitado a corregir los criterios nominales: inflación, déficit presupuestario y deuda pública, haciendo caso omiso de otros factores clave: la solidez de las estructuras económicas y la competitividad.
Más grave aún es la situación de Bulgaria, cuya economía no ha experimentado mejoría alguna desde 2007, fecha de la adhesión a la UE. Por si fuera poco, las autoridades de Sofía tienen que hacer frente a la corrupción que, sumada a la criminalidad organizada, constituye una amenaza no sólo para el país balcánico, sino también para la mayoría de sus socios comunitarios.
Al hacerse eco de los poco halagüeños resultados de la encuesta de Eurostat, los medios de comunicación de Europa oriental hacen hincapié en el hecho de que Croacia y Turquía, países candidatos al ingreso, aunque no miembros de la UE, superan el PIB por habitante de los europeos “pobres”. El poder adquisitivo de los croatas asciende al 64 p.c., mientras que el de los turcos es de 46 p.c.
A la ya de por sí difícil situación económica de los nuevos socios de la Unión se suma otro factor inquietante: la aparición y el avance constante de grupúsculos de extrema derecha, que aprovechan el período de crisis para afianzarse en unas naciones que aún no cuentan con instituciones democráticas estables.

viernes, 11 de junio de 2010

Las "moscas latosas" de Manhattan


De “moscas latosas” calificó el presidente persa, Mahmúd Ahmadineyad, las últimas sanciones económicas y financieras contra la República islámica de Irán, aprobadas esta semana por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
¿Moscas latosas? La verdad es que la nueva tanda de sanciones - la cuarta desde 2006, fecha en la que la ONU abordó por vez primera la cuestión del controvertido programa nuclear iraní – es fruto de un arduo regateo entre los países occidentales, liderados por los Estados Unidos, y las dos potencias “amigas” de Irán: Rusia y China. De hecho, los norteamericanos tenían intención de añadir a las medidas de retorsión una cláusula relativa al control de las exportaciones de crudo, propuesta que tropezó con la negativa de Moscú y de Pekín, partidarios de mantener el statu quo en la materia. No hay que olvidar que ambos países tienen intereses específicos en Irán. Los rusos suministran tecnología a la industria petrolífera, mientras que los chinos ocupan un destacado lugar en la lista de importadores de “oro negro” procedente de los yacimientos persas. Ambos gobiernos asumen, pues, la preocupación de los iraníes y procuran defender, en la medida de lo posible, los intereses económicos de Teherán. Ambos países estiman, asimismo, que el cerco al programa atómico iraní es exagerado. Sin embargo, tanto los rusos como los chinos parecen poco propensos a sumarse esta vez a los defensores del régimen de los ayatolás, encarnados por Brasil y Turquía, cuyas autoridades optaron por la difícil, aunque necesaria política de concertación. El Líbano, que se abstuvo en la votación del Consejo de Seguridad, se sumó tímida y simbólicamente a la lista de amigos del enemigo público número uno de Occidente, del Irán que preserva y defiende el programa de gobierno del ayatolá Jomeyni, que propugna en enfrentamiento ideológico con el mundo industrializado.
Los partidarios de la vía diplomática apuestan por soluciones de compromiso, por una salida airosa del conflicto. Sin embargo, la posibilidad de trasladar el proceso de enriquecimiento del uranio a Turquía, solución propuesta por Lula y Erdogan, no cuenta con el beneplácito de Washington. De ahí el innegable nerviosismo de los políticos estadounidenses, incapaces de comprender las múltiples y variadas maniobras geoestratégicas del Gobierno de Ankara. Por si fuera poco, algunos miembros del establishment norteamericano acusan a Europa y, muy concretamente, a la Unión Europea, de haber propiciado el alejamiento de Turquía del campo occidental. Es cierto que la ambigüedad de Bruselas, la negativa de muchos gobiernos comunitarios de acelerar las consultas sobre la ingreso del país otomano en el “club cristiano” del Viejo Continente, han reducido la euforia europeísta de los turcos.
Mas el problema que nos ocupa hoy en día no es Turquía, sino Irán. Las medidas adoptadas por el Consejo de Seguridad de la ONU contemplan la vigilancia de las transacciones bancarias, empezando por las operaciones del Banco Central, el embargo a la venta de armamento, la inclusión en la lista negra de empresas persas de una cuarentena de empresas pertenecientes o gestionadas por miembros de la Guardia Revolucionaria, el control del transporte marítimo, etc. Afirman los analistas occidentales que del éxito o el fracaso de dichas medidas depende una posible (y cada vez menos hipotética) intervención militar contra el régimen iraní, último y, para algunos, único recurso de Occidente frente a la “prepotencia” de Ahmadineyad.
Conviene recordar que en el caso del programa nuclear persa, Occidente no ha logrado adoptar una postura unitaria. Sirva como ejemplo la opinión del politólogo suizo Albert A. Stahel, profesor del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad de Zurich, quien afirma rotundamente: “En primer lugar, Irán no es una potencia nuclear. En segundo lugar, los iraníes sólo pretenden obtener uranio enriquecido. Lo demás son meras suposiciones”.
Cabe suponer que para la Administración Obama, el profesor Stahel es una… “mosca latosa”. O ¿tal vez no?

lunes, 31 de mayo de 2010

El Club Bilderberg se reúne en España


El misterioso “Club Bilderberg”, que algunos detractores de la globalización no dudan en tildar de “gobierno oculto del planeta”, celebrará su próxima reunión anual del 3 al 6 de junio en la localidad catalana de Sitges. Los participantes en la conferencia abordarán con detenimiento la problemática de la crisis mundial, así como las serias dificultades estructurales con que tropiezan actualmente los países de la zona euro (Grecia, España y Portugal), sin olvidar las repercusiones de la guerra de Afganistán para el cada vez más frágil equilibrio del vecino Paquistán o la creciente tirantez en las relaciones entre Oriente y Occidente generada por el incontrolado programa nuclear iraní. Recordemos que Washington y sus aliados se resisten a avalar las propuestas sobre la supervisión de dicho programa por dos potencias emergentes – Turquía y Brasil.
Pero hoy por hoy, lo que de verdad preocupa a los grandes de este mundo es la rápida y constante erosión de las estructuras financieras internacionales. De ahí la necesidad de proceder a la remodelación del sistema monetario, tratando de establecer nuevos referentes. Entre las propuestas formuladas recientemente por los expertos norteamericanos destaca la posibilidad de convertir el Fondo Monetario Internacional (FMI) en una especie de “órgano mundial de supervisión” de las finanzas. Esta es, según los periodistas del portal Internet American Free Press, detractores de la globalización y/o del Nuevo Orden Mundial ideado por George Bush (padre), una de las opciones vehiculadas por los medios de comunicación “controlados” por el Grupo de Bilderberg.
Subsiste el interrogante: ¿qué intereses ocultos se disimulan detrás de este opaco Club, de este misterioso grupo de presión? El secretismo de los organizadores, la discreción de los participantes en las conferencias anuales, el perfil de las personalidades que acuden a estas discretas citas – políticos, empresarios y militares - , la férrea vigilancia ejercida por los servicios de seguridad, supervisada año tras año por altos cargos de la CIA norteamericana, han generado un sinfín de rumores acerca del contenido de las deliberaciones secretas o discretas del Club. En este contexto, la publicación de las listas de invitados, único documento que facilita la secretaría de Bilderberg, nos ha parecido reveladora. Sabemos que en las últimas reuniones participaron el ex presidente Bill Clinton, el antiguo primer ministro británico Tony Blair, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, la secretaria de Estado Hillary Clinton, el ex presidente del Banco Mundial, Paul Wolfovitz, el ex secretario de defensa estadounidense Donald Rumsfeld, la presidente del Banesto, Ana Patricia Botín, el ex comisario europeo y ministro de hacienda español Pedro Solbes, así como directivos de las grandes compañías multinacionales IBM, Xerox, Royal Dutch Shell, Nokia, Daimler, etc.
Por regla general, los organizadores suelen invitar a dos representantes de cada país: un conservador y un liberal. Sin embargo, a veces los papeles se confunden. Los debates se centran en temas de actualidad. Sin embargo, el análisis del estado de la economía mundial figura siempre en el orden del día de estos encuentros.
Para los expertos del Centro de Estudios sobre la Globalización de Montreal (Canadá), el Grupo Bilderberg “no es un gobierno mundial oculto”, sino una organización que propicia las “tormentas de ideas” (brainstorming). Coinciden, sin embargo, en que Bilderberg es la “organización más influyente” del mundo.
Aparentemente, el Grupo no elabora directrices para la gobernanza mundial. Sus miembros prefieren definir su papel como un simple “foro para la socialización de las élites”. Sin embargo, quienes siguen a rajatabla las pautas (ideario) del Club Bilderberg tienen más probabilidades de ascenso en el escalafón de la burocracia institucional. De hecho, muchos de los políticos que participan en los encuentros anuales llegaron a desempeñar funciones clave en el establishment mundial. Más claro…

martes, 25 de mayo de 2010

Turquía: del kemalismo al nuevo otomanismo


Hace dos décadas, cuando los analistas políticos occidentales detectaron los primeros síntomas del resurgimiento de la influencia geopolítica de Turquía en el Mediterráneo oriental y la región del Cáucaso, parecía poco probable que el país al que los grandes de este mundo no dudaron el tildar, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, de “enfermo de Europa” iba a convertirse nuevamente en una potencia regional. El despertar del gigante otomano coincidió con el desmantelamiento de la URSS y la atomización del llamado “campo socialista”, agrupación de Estados de Europa oriental y central europeos sometidos al férreo control de Moscú por los artífices de los acuerdos de Yalta.
Sin embargo, tras la caída del muro de Berlín, la faz del mundo experimentó un cambio radical. En este contexto, Turquía – fiel aliado de la Alianza Atlántica, situado en la primera línea de combate contra el entonces “enemigo” ruso – empezó a desarrollar una política ambiciosa, destinada a recuperar su influencia cultural en las antiguas repúblicas soviéticas con población turcomana. La presencia de profesionales otomanos en los nuevos Estados del Cáucaso debía encauzar a los gobernantes de la era post-soviética hacia modelos de sociedad abiertos, basados en la aceptación de los principios democráticos y de la economía de mercado. A finales de los años 90, los turcos podían cantar victoria. Los valores defendidos por sus emisarios en la zona parecían haberse arraigado en las sociedades caucásicas.
Pero huelga decir que se trataba sólo de un primer paso hacia la meta designada por la clase política de Ankara, que añoraba el innegable esplendor del Imperio Otomano. En este caso concreto, no se trataba de volver a la época de los sultanes, sino de ofrecer a los países de la zona la imagen de una sociedad musulmana moderna, laicizada y, ¿por qué no? occidentalizada. El conjunto del “establishment” emanante del kemalismo apostó por esta opción. Con el paso del tiempo, Turquía se convirtió en un referente para la mayoría de sus vecinos árabes, en un interlocutor privilegiado entre las autoridades de Tel Aviv y los detractores del Estado judío, en el aliado estratégico de los ejércitos árabes y judío, en un discreto aunque eficaz intermediario en las titubeantes consultas entre sirios e israelíes, el garante (poco deseado) de la aún hipotética desnuclearización del Irán de los ayatolás. En resumidas cuentas, los políticos de Ankara reclamaban el derecho a “participar” en la elaboración y la puesta en práctica de las nuevas políticas regionales.
Conviene señalar que el despertar de Turquía y la aparición del llamado “neo otomanismo”, término acuñado recientemente por los partidos de corte islámico que gobiernan el país, no cuenta con la aceptación de la totalidad de los vecinos de la antigua potencia imperial. En efecto, pese a la reciente visita “histórica” del Primer Ministro turco, Recep Tayyep Erdogan, a Grecia y a la espectacular propuesta de reducir los presupuestos de defensa y dedicar los recursos financieros derivados del desarme a nuevos y ambiciosos proyectos de desarrollo económico, los politólogos helenos no parecen muy propensos a confiar en la buena voluntad del tradicional enemigo de la civilización helénica, recordando el “peligro” que supone la hegemonía turca en la región. Un peligro que para algunos se remonta a la batalla de Manzikert (1071), cuando los otomanos se adueñaron de gran parte de los Balcanes. Ficticio o real, el fantasma del “enemigo otomano” recuerda viejos rencores, heridas mal curadas por diez siglos de antagonismos.
Según el politólogo griego Giorgos Karampelias, las autoridades de Atenas tienen que hacer todo lo que esté en su poder para impedir el ingreso de Turquía en la UE; el verdadero “polo de estabilidad” balcánico ha de tener como referente a… Grecia. El economista ateniense parece dispuesto a olvidar que el ingreso de su país en la Comunidad Europea se hizo precipitadamente, para borrar las huellas de una sangrienta dictadura militar. En el caso de Turquía, el Gobierno Erdogan trata de limitar la influencia del hasta ahora todopoderoso ejército en la vida política del país. Cabe suponer que la pugna entre los islamistas del AKP y la cúpula del ejército no acabará con los cambios constitucionales aprobados recientemente, que los militares no renunciarán a su papel de jueces de la vida política, de árbitros de la presencia (o la retirada) de las tropas otomanas en el Norte de Chipre.
Si bien es cierto que el “neo-otomanismo” cuenta con detractores en la convulsa región del Mediterráneo oriental, también es obvio que la Turquía moderna, innegable potencia emergente, tiene derecho a participar activamente en la toma de decisiones en la zona. Guste o no a los políticos de Washington o de Bruselas, a los enemigos tradicionales de los otomanos…

jueves, 13 de mayo de 2010

La OIT lidera el combate contra el trabajo infantil

El segundo Informe Mundial sobre Trabajo Infantil, elaborado por la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) en 2006, señalaba que se habían realizado importantes progresos en la lucha contra el trabajo infantil. Partiendo de este dato positivo, la OIT fijó una meta visionaria: eliminar las peores formas de explotación laboral de los niños para 2016. Sin embargo, el Tercer Informe Mundial, publicado en 2010, ofrece un panorama distinto y, hasta cierto punto, inquietante: el trabajo infantil continúa disminuyendo, pero a un ritmo más lento. Estiman los autores de este documento que si los países no modifican de manera radical su comportamiento, el objetivo de 2016 no será alcanzado.
Al evaluar los datos estadísticos disponibles, la Directora del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC) de la OIT, Constance Thomas, hace especial hincapié en la excesivamente lenta reducción de la tasa de empleo infantil – alrededor del 3 por ciento en los últimos cuatro años – señalando que la batalla está lejos de terminar, ya que alrededor de 215 millones de niños siguen atrapados en las redes de explotación.
“La mayor disminución la observamos en los niños entre 5 y 14 años; en este grupo el trabajo infantil descendió en un 10 por ciento”, advierte la Sra. Thomas, quien insiste en subrayar los aspectos positivos. “Hay menos niños en trabajos peligrosos. Y es mejor así; de hecho, cuanto más peligroso es el trabajo y más vulnerables son los niños”, afirma la funcionaria de la OIT.
Según los autores del informe, presentado recientemente a los participantes en una conferencia internacional auspiciada por el Gobierno de los Países Bajos, los principales obstáculos que impiden alcanzar el objetivo de 2016 son: la magnitud del problema en África y Asia Meridional, las estructuras rígidas de la agricultura tradicional y las formas “ocultas” de explotación de los niños.
La disminución más importante de trabajo infantil se registró en las Américas, mientras que África sigue siendo la región con menores progresos. Otra región en la que se registra una situación crítica es Asia Meridional, donde se encuentra el mayor número de niños trabajadores y donde se requiere de un mayor compromiso por parte de los Gobiernos. Aunque no se dispone de datos recientes de los países árabes, se asume que el trabajo infantil sigue siendo un problema importante en la zona.
El informe analiza también las tendencias del trabajo infantil por edad y género. Por ejemplo, durante los últimos cuatro años el trabajo infantil ha aumentado entre los niños y disminuido entre las niñas. El principal sector para el trabajo infantil sigue siendo la agricultura, donde una gran mayoría de niños trabaja para su familia sin percibir remuneración alguna.
Otro factor clave es la situación económica mundial. Se cree que la crisis podría empujar a un mayor número de niños, en particular niñas, al trabajo infantil. Pero aún es demasiado temprano para hacer un análisis objetivo de la situación, ya que en algunas regiones el impacto de la recesión todavía no ha llegado a su auge. Aún así, al juzgar por crisis anteriores, cabe prever un incremento del trabajo infantil en países con bajos ingresos y, de manera especial, en los hogares más pobres. En este contexto, conviene señalar la necesidad de que los Gobiernos respeten los compromisos adquiridos en los foros internacionales, intensificando la lucha contra la explotación de los niños.
Entre las principales recomendaciones de la OIT contra el trabajo infantil destacan la necesidad de garantizar que todos los niños tengan acceso a la educación de calidad, la elaboración de estructuras y programas de protección social, la lucha contra la pobreza y la ratificación y aplicación de los convenios sobre la edad mínima de admisión al empleo.
Para lograr esta meta, es indispensable contar con la participación activa de empresarios, sindicatos y organizaciones que emanan de la sociedad civil.

viernes, 30 de abril de 2010

Chipre: misión imposible

En agosto de 1974, pocos días después de la segunda intervención del ejército turco en la isla de Chipre, coincidí en el Hilton de Nicosia con el enviado espacial de las Naciones Unidas en la zona, un diplomático latinoamericano al que se le conocía como míster Pérez. A mi pregunta sobre las perspectivas de una solución negociada del conflicto entre las dos comunidades – los greco y los turco chipriotas - me respondió lacónicamente: “Deje que solucione este asunto; luego hablamos”. Años más tarde, al abordar con el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar (¡míster Pérez!) la cuestión de las poco fructíferas gestiones llevadas a cabo por el organismo internacional en el minúsculo país mediterráneo, se limitó a poner cara de póker. No hay nada peor para un diplomático que el hecho de tener que confesar su frustración.
Este extraño episodio volvió a mi mente hace unos días, tras la elección del nacionalista Dervis Eroglu en el cargo de Presidente de la República Turca del Norte de Chipre, entidad autoproclamada en 1983, que sólo cuenta con el reconocimiento de las autoridades de Ankara. El político nacionalista se alzó con la victoria en un reñido combate con el Presidente saliente, el izquierdista Mehmet Alí Talat, partidario del diálogo entre las dos comunidades, que tenía, al menos aparentemente, la ventaja de sintonizar con el actual Presidente de la República de Chipre, Demetrios Christofias. Sin embargo, el retraso en las consultas intercomunitarias, la escasa voluntad de los grecochipriotas de finalizar las negociaciones en 2009, como previsto, erosionaron la ya de por sí difícil postura de Talat. Su sucesor parece menos propenso a fomentar el diálogo con los grecochipriotas, a apostar por la reunificación de la isla.
Desde 1977, fecha en la cual dio comienzo el diálogo político entre las dos comunidades, se ha barajado siempre la opción de un Estado bi-zonal, de una federación binacional. Sin embargo, la casi totalidad de las propuestas presentadas durante las tres últimas décadas ha tropezado con la negativa de una de las partes. Lo aceptable para los griegos resultaba completamente inviable para los turcos y viceversa. El Plan Annan, último intento de acercamiento ideado por el antiguo Secretario General de la ONU, contó con la aprobación de los turcochipriotas y… el rechazo frontal de la comunidad griega. Conviene recordar que la solución del conflicto era una condición sine qua non para la integración de la isla en la Unión Europea. Aún así, la República de Chipre pasó a formar parte de la UE en mayo de 2004, trasladando la cuestión de los Estados divididos a los miembros del “club de Bruselas”. A los quebraderos de cabeza de los “eurócratas” se sumaba, pues, un nuevo dilema: Chipre es miembro de la UE, pero no pertenece a la OTAN. La República Turca del Norte, donde se hallan acantonados decenas de miles de militares turcos, forma parte indirectamente de los territorios controlados por la Alianza Atlántica, pero no guarda relación oficial alguna con la UE. Detalle interesante: ambas organizaciones regionales desean aprovechar al máximo el potencial geoestratégico y económico del pequeño país mediterráneo.
Pero hay más: de la solución del conflicto depende el provenir de las consultas entre Ankara y Bruselas, el cada vez más hipotético ingreso de Turquía en la Unión Europea. El Gobierno turco tiene interés en la reanudación de los contactos entre Eroglu y Christofias, cuando no en la posibilidad de abrir una vía de negociación directa con las autoridades de Atenas. Hoy por hoy, la clave del problema estriba en la voluntad de los grecochipriotas de rebajar el listón de sus exigencias. Ello sólo será posible mediante la intervención de Grecia o de la puesta en marcha de una ofensiva diplomática de Bruselas.
Es obvio que las autoridades griegas no están en condiciones de ejercer presiones sobre el Gobierno de Nicosia. Queda, pues, la opción comunitaria. Si Bruselas logra acabar con las reticencias de Turquía de abrir su espacio aéreo y sus instalaciones marítimas a los transportistas grecochipriotas, los obstáculos que frenan el entendimiento entre las dos comunidades de la isla podrían desaparecer. Pero de ahí a vaticinar el final del conflicto…

viernes, 9 de abril de 2010

Moscú y el "emirato del Cáucaso"

Los recientes acontecimientos de Kirkizistán lograron eclipsar el impacto político y mediático de los sangrientos atentados del metro de Moscú. Sin embargo, los politólogos que siguen de cerca los cambios registrados en los territorios de la antigua URSS durante las dos últimas décadas no dudan en aludir a la posible conexión entre la actuación de las llamadas “viudas negras”, jóvenes kamikaze dispuestas a sacrificarse para la mayor gloria del Islam y la proliferación de los síntomas de desestabilización política en la región del Cáucaso. Cabe preguntarse, pues: ¿es el radicalismo islámico una auténtica amenaza para las ex repúblicas soviéticas de Asia?
Hace ya más de tres lustros, tras el desmembramiento de la Unión Soviética, los estrategas de Moscú pidieron ayuda a sus colegas occidentales para evaluar conjuntamente la peligrosidad, ficticia o real, de los movimientos islámicos en Asia. Huelga decir que en aquel entonces la insistencia de los rusos resultaba bastante sorprendente. Sabido era que Moscú tuvo que retirar sus huestes de Afganistán después de varios años de arduos y poco fructíferos combates; unos combates que provocaron el desgaste del Ejército Rojo y la justificada desesperación de la cúpula militar soviética. Pero la humillación provocada por la derrota era sólo la parte visible del iceberg: durante la década de los 80, muchos soldados procedentes de las regiones musulmanas del imperio soviético acabaron haciendo suyo el ideario de los guerrilleros islámicos. Tras el abandono de las tierras afganas, el combate se trasladó a los confines asiáticos de la URSS, cuyos pobladores reclamaban la vuelta al hasta entonces prohibido mahometanismo. Los dirigentes del Kremlin no tuvieron más remedio que hacer concesiones. Las escuelas religiosas volvieron a funcionar, divulgando sin embargo versiones expurgadas del Corán. Aún así, la manipulación de los sentimientos religiosos acabó convirtiéndose en un arma de doble filo. Los antiguos “soldados del Islam”, combatientes de las brigadas internacionales creadas por el multimillonario saudí Osama Bin Laden, no tardaron en adueñarse de algunos feudos caucásicos. Chechenia fue el primer baluarte de un amplio y ambicioso proyecto islamista: el futuro “emirato del Cáucaso”.
Pese a los esfuerzos de los servicios secretos moscovitas, los sucesivos gobiernos pro-rusos instaurados en Grozny fueron incapaces de frenar el avance de los insurgentes. Después del espectacular secuestro que tuvo por escenario el teatro moscovita de Dubrovka, operativo en el que perdieron la vida más de 180 personas, los rebeldes chechenios ocuparon manu militari la escuela primaria de Beslan. El ataque se saldó con más de un centenar de muertos, en su gran mayoría, alumnos del colegio.
Si bien es cierto que en ambos casos las unidades especiales de lucha antiterrorista lograron neutralizar a los rebeldes, el sangriento desenlace llevó el agua al molino de los rebeldes. Los terroristas fallecidos en los operativos de rescate se convirtieron en “mártires del Islam” es decir, exactamente lo que perseguía el movimiento radical del Cáucaso.
Los dirigentes rusos no llegaron a comprender el mensaje de los islamistas y, al parecer, aún están lejos de apreciar en su justo valor las motivaciones de quienes desean reproducir el experimento afgano en otros lugares de la geografía caucásica. En resumidas cuentas, el peligro subsiste y se está convirtiendo en una amenaza de gran envergadura. Y no sólo para los gobernantes del Kremlin, empeñados en emplear la fuerza como único recurso en la lucha contra los radicales del Cáucaso, sino también para los demás países de la zona, donde el islamismo parece haber adquirido carta de naturaleza.