jueves, 19 de agosto de 2021

Bienvenidos al Emirato Islámico

 

Suiza, mayo de 1983. En la tranquilidad de la campiña ginebrina, los señores de la guerra afganos disfrutan de su five o’clock tea. Vinieron a la Ciudad de Calvino para negociar con los emisarios del Kremlin la retirada de las tropas rusas inmovilizadas en el avispero afgano.

Los rusos se irán muy pronto, vaticinaban los jefes de tribu pashtuns. ¿Qué pasará después? preguntamos. ¿Después? Un extraño silencio se apoderó del grupo. ¿Desconcierto?  ¿Temor? ¿Apocamiento?  La respuesta nos la dio un joven barbudo, que había pasado completamente inadvertido. Será el reino del Islam, del Islam verdadero, del Islam puro…

¿A qué Islam se refiere, preguntamos, al modelo saudí o al iraní?  No, ninguno de los dos; el Islam saudí es corrupto; el iraní, demasiado tibio. Nosotros vamos a implantar el Islam puro.

El joven barbudo se llamaba Osama Bin Laden; acababa de cumplir 25 años.  Unos años más tarde, en 1996, los talibanes – formados en los centros de adestramiento y adoctrinamiento financiados por el emir Bin Laden - fundaron el Emirato Islámico de Afganistán.  

A comienzos de 2002, el fugitivo Bin Laden, perseguido por las tropas estadounidenses que ocuparon Afganistán, advirtió a los occidentales: volveremos dentro de 10 – 15 años. Pero hubo que esperar hasta el 15 de agosto de 2021 para que su promesa se materialice.

Durante años, los talibanes y las fuerzas de ocupación occidentales jugaron al escondite. Los servicios de inteligencia militar de Washington y de la OTAN seguían muy de cerca los desplazamientos de los grupúsculos talibanes, estaban al tanto de sus contactos con los jefes de tribu afganos y los responsables de la seguridad de Kabul. ¿Intervenir? Parecía poco aconsejable. ¿Revelar el escondite de Bin Laden? Más que inoportuno. La pantomima duró hasta la firma del acuerdo de Doha, que contemplaba la retirada de las tropas estadounidenses del país asiático. Joe Biden fue el mero ejecutor de la rendición del Imperio.

El 15 de agosto, los talibanes volvieron a adueñarse de Kabul, proclamando el Emirato Islámico de Afganistán. La suerte está echada.

Y ahora, ¿qué? No vamos a enumerar aquí los ásperos preceptos impuestos por la shari’à (la ley islámica). Los nuevos gobernantes del país afgano aseguran que su aplicación se ajustará a los cánones de la modernidad. Recuerdo las palabras de Bin Laden: el Islam saudí es corrupto; el iraní, demasiado tibio. La variante de los talibanes aún queda por descubrir.

Y ahora, ¿qué? Al parecer, después del sonado fiasco diplomático y verbal del inquilino de la Casa Blanca, incapaz de justificar la entrega exprés de Afganistán, todos y cada uno de los protagonistas de este descomunal vodevil… ¡tiene un plan! Hagamos un breve repaso:

El Acuerdo Abraham, negociado durante el mandato de Donald Trump e invocado por Biden para justificar la claudicación de Washington ante los talibanes no contempla todas las ecuaciones políticas de la zona.  Trump no era un perfeccionista. Al presidente Biden le incumbe recuperar la confianza de sus aliados y restablecer el desvanecido prestigio internacional de los Estados Unidos. ¿Misión imposible?

Hay que hablar con los talibanes; han ganado la guerra, afirma por su parte el socialista catalán Josep Borrell, que ostenta el cargo de jefe de la diplomacia europea. Olvida que una de las reglas de oro de la UE es no tratar con terroristas y con regímenes totalitarios. Pero Borrell es, qué duda cabe, el triste reflejo de un continente a la deriva.

Las dos grandes potencias regionales, Rusia y China, tratarán de sacar provecho del distanciamiento forzoso de Occidente. En los últimos tiempos, el Kremlin trató de establecer un diálogo cortés con las facciones talibanes, artífices de su vergonzosa retirada de Afganistán en 1989. La penetración de elementos radicales en las repúblicas exsoviéticas del Cáucaso se convirtió en una auténtica pesadilla para Moscú. Hoy en día, Rusia trata de evitar la aparición de una nueva marea integrista en sus confines.

Idéntica preocupación tiene China, empeñada en aislar a su población uigur del resto del mundo. Pero sus intereses no se limitan a la simple cuestión étnica. Pekín tratará de reforzar su cooperación con Kabul y abrir una vía terrestre hacia el Golfo Pérsico. A la ruta de la seda podría sumarse una ruta del petróleo. Todo es cuestión de tiempo. Y para los chinos, el tiempo no constituye un obstáculo.

Turquía, convertida en potencia regional, no escatimará esfuerzos para jugar su baza otomana. El imperio estuvo presente en la región. De hecho, el primer hospital inaugurado en Kabul a comienzos del siglo XX fue… el Hospital Otomano.  

Ankara procurará afianzar su presencia en los países musulmanes de Asia, tratando de servir de puente entre éstos y la Europa comunitaria. Además, el régimen de Erdogan podría filtrar a los refugiados afganos, al igual que hizo con los sirios desplazados durante la guerra civil.

Preocupada por la posible vuelta del extremismo de la década de 1990, la República Islámica de Irán debe lidiar con unos vecinos con los que tenía profundas tensiones en los años 90, cuando los talibanes reprimían a los chiitas Hazzara en Afganistán y daban cobijo a elementos de Al Qaeda dispuestos a atacar a Irán. Mas el panorama cambió radicalmente tras la intervención estadounidense.

Actualmente, los medios de comunicación oficiales de Teherán hacen hincapié en la diversidad étnico-religiosa de Afganistán y sugieren a los talibanes implementar su forma de gobierno de conformidad con la voluntad del pueblo. Al régimen de los ayatolas de gustaría convertirse en un ejemplo de convivencia para los afganos. Su tibieza en materia de aplicación de la ley islámica a las minorías étnicas podría servir de ejemplo. Pero hay que darle tiempo al tiempo…

domingo, 1 de agosto de 2021

La otra Europa – entre la soberanía nacional y los ucases de Bruselas


Leo en un resumen de prensa de Europa oriental:  Ha comenzado la guerra fría en el corazón de Europa: entre la soberanía nacional y el Gobierno de Bruselas. Curiosamente, en la otra extremidad del Viejo Continente, en la otra Europa, el enfrentamiento entre el Gobierno del conservador húngaro Viktor Orban y las altas instancias comunitarias tiene connotaciones distintas. No se trata de demonizar una ley que prohíbe los cursos de orientación sexual en colegios y liceos, sino ¡ay! de una flagrante injerencia de los eurócratas en los asuntos de un país miembro de la Unión. 
La otra Europa. Resulta sumamente difícil para un habitante de Europa occidental imaginar que más allá de los confines orientales de la opulenta Alemania surge otro continente, distinto y desconocido: la otra Europa. Un continente integrado por los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, la pacifica organización de defensa creada por el Kremlin en 1955 para hacer contrapeso a la Alianza Atlántica, la no menos pacífica agrupación fundada por los países occidentales en 1949.
En la década de los 80 del pasado siglo, George Bush y Mijaíl Gorbachov optaron por una redistribución del poder. La URSS renunció, al menos aparentemente, a su vocación de líder del campo marxista leninista; la Casa Blanca decidió poner fin a la Guerra Fría. El nuevo ordenamiento ideado por los grandes de este mundo comprendía la desaparición de los bloques militares. Rusia desmanteló su alianza militar; Norteamérica ingurgitó a los antiguos aliados del Kremlin. Los confines entre la OTAN y la Federación Rusa se trasladaron al Mar Báltico y el Mar Negro. Los otros europeos, rescatados por la Alianza Atlántica, fueron autorizados a solicitar su adhesión a las instituciones europeas. Hungría se convirtió en miembro de la UE en mayo de 2004. Empezaba un largo camino que llevó… al cisma.
En sus andanzas, los húngaros fueron acompañados por los miembros del Grupo de Visegrado - Eslovaquia, Polonia y la República Checa – un organismo que pretendía resucitar el pacto de no agresión y cooperación económica sellado en 1335 por los reyes de Hungría, Polonia y Bohemia. Huelga decir que, en este caso concreto, los signatarios – el checo Vaclav Havel, el polaco Lech Walesa y el húngaro Josef Antall – representaban las democracias modernas surgidas del Tratado de Versalles, que consagró el final de la Primera Guerra Mundial y la desaparición de los grandes imperios europeos.
El Grupo de Visegrado, creado para acelerar el proceso de integración de los países excomunistas de Europa Central en la UE, denunció en reiteradas ocasiones la postura altanera de los eurócratas de Bruselas, empeñados en aplicar a los Estados de la otra Europa una serie de medidas inadecuadas, es decir, poco conformes con la idiosincrasia de los pobladores de la región. A finales de 2016, los miembros del Grupo barajaron la posibilidad de ¡abandonar la UE! considerando que algunas políticas de normalización legislativa elaboradas por la Comisión contravenían los intereses nacionales del Grupo. Se trataba, en realidad, de defender el sacrosanto concepto de soberanía nacional, pisoteado durante décadas por los dueños del Kremlin. Si bien algunos países occidentales parecen más propensos a renunciar a parcelas de soberanía, los antiguos vasallos de Moscú no están dispuestos a transigir con los derechos de sus ciudadanos.
Polonia fue el primer país en apartarse de la ortodoxia bruselense, atentando contra la independencia del sistema judicial y tolerando la discriminación de la comunidad LGTBI+. De nada sirvieron las protestas de las instituciones comunitarias ni las sanciones económicas impuestas al Gobierno de Varsovia. En realidad, las raíces del problema son ideológicas, no económicas. Es algo que los eurócratas se niegan a reconocer.
En las últimas semanas, la batalla se trasladó a Hungría, otro país díscolo que rechaza la promoción de las llamadas alternativas sexuales en su sistema de enseñanza. ¿La orientación sexual en los colegios? Según el equipo del primer ministro conservador (léase demócrata cristiano) Viktor Orban, se trata de una apuesta de vida o muerte de quienes dirigen la UE que, sólo por el bien de las minorías sexuales, han iniciado una guerra fría en Europa central.   
La diferencia entre Hungría, que se opone a la introducción de la educación LGBTI+ en las escuelas y la Comisión estriba en la extensión del poder comunitario sobre estados soberanos. En otras palabras, la Comisión Europea quiere convertirse, según Viktor Orban, en un gobierno comunitario por encima de los Estados soberanos.
La guerra entre los políticos que defienden la identidad de sus países y los burócratas de Bruselas se ha intensificado en el último semestre.
Ahora no se trata sólo de los gays y otras minorías sexuales. De hecho, se oponen dos visiones irreconciliables: la globalista, que quiere ampliar el poder de Bruselas sobre las políticas de los Estados nacionales, y otra que quiere preservar el statu quo de la Unión y el principio fundamental de subsidiariedad. Esto significa respetar la soberanía interna de cada Estado y su derecho a decidir su propio destino.
Las trincheras excavadas en este conflicto separan gradualmente a otros países del espacio excomunista de las ideologías políticamente correctas promovidas por Bruselas, como respuesta instintiva a un tipo de política dirigista, a la que estos estados estaban acostumbrados cuando vivían bajo la tutela de la madre Rusia. Lo que el disidente ruso Vladimir Bukovski había presentido al vaticinar que la Unión Europea tendería a convertirse en una nueva URSS.  Algo que la otra Europa aborrece. 

viernes, 23 de julio de 2021

El testamento político de Mohammad Javad Zarif


Sucede muy raras veces que un político, sobre todo, un titular de Asuntos Exteriores, abandone su cargo entregando un “testamento político” dirigido a sus pares y… a la nación. Un documento que justifica su buen hacer, su esmero en llevar a buen puerto todas y cada una de las tareas encomendadas por el Estado, por el Gobierno de su país. Sin embargo, a veces sucede…

La semana pasada, el ministro saliente de Relaciones Exteriores de Irán, Mohammad Javad Zarif, envió a los parlamentarios de Teherán un amplio informe sobre las últimas negociaciones llevadas a cabo en Viena con los países que avalan el pacto nuclear - Alemania, Francia, Reino Unido, China y Rusia – empeñados en salvar el acuerdo tras la aparatosa retirada de los Estados Unidos. Donald Trump optó por romper la baraja, tratando de congraciarse con su socio israelí, Benjamín Netanyahu. El conservador hebreo buscaba una coartada para llevar a cabo un operativo bélico contra el régimen de los ayatolás; Trump, por su parte, pretendía reforzar los lazos la monarquía wahabita, molesta por los reiterados intentos de la Casa Blanca de involucrarla en el Acuerdo Abraham, la portentosa panacea llamada a solucionar todos los problemas de Oriente Medio.

Mientras el actual inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, procura enderezar los entuertos de su antecesor, el nuevo Gabinete israelí trata de frenar la maquiavélica estrategia de Netanyahu, que contempla un sinfín de acciones – directas o indirectas - contra Irán; atentados, incendios, ataques cibernéticos.

La salida de Trump y de Netanyahu del escenario de la política internacional abre nuevas perspectivas para la solución de la crisis nuclear.

El informe del exministro de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán señala que la Administración Biden estaría dispuesta a levantar la casi totalidad de las sanciones impuestas a Teherán para facilitar el retorno al acuerdo nuclear de 2015.

La versión original (en farsi) del documento de Zarif se convierte, pues, en un testamento político destinado a los halcones del nuevo Gobierno iraní. Comentando el aún no publicado informe del negociador persa, un portavoz del Departamento de Estado confirmó que las exigencias formuladas por Zarif figuran en la lista de prioridades establecida por los representantes diplomáticos.

¿Aceptables? Aparentemente, sí, aunque no se había llegado a un entendimiento final. No se acuerda nada hasta que todo esté acordado, señaló la fuente estadounidense.  

Según el informe de Mohammad Javad Zarif, el presidente Biden estaría dispuesto a eliminar no sólo las sanciones impuestas por Donald Trump al anunciar la retirada de los Estados Unidos del acuerdo, sino también la mayoría de las sanciones que el antiguo inquilino de la Casa Blanca decretó posteriormente, basándose en la llamada estrategia de máxima presión. Entre ellas se incluyen la inclusión de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní en la lista de organizaciones terroristas o las sanciones contra el líder supremo de la revolución, el ayatolá Ali Khamenei.

Por otra parte, alrededor de mil personas o entidades iraníes serían eliminadas de la lista negra de Washington y se retirarían muchas sanciones que dificultan que las empresas estadounidenses comercien con Irán.

Algunas sanciones permanecerían vigentes incluso después de formalizarse el acuerdo, como el veto a las entidades bancarias iraníes o a compañías dedicadas a la compra venta de metales preciosos.

Tampoco se suspenderán las sanciones relacionadas con las actividades terroristas, el ensamblaje de misiles balísticos o las violaciones de los derechos humanos.

Los pasos que tendría que tomar Irán para alcanzar un acuerdo con Washington incluirían la aceptación del protocolo adicional que permite inspecciones nucleares más estrictas de la ONU, el rediseño del reactor de agua pesada de Arak, la limitación del enriquecimiento al 3,67% y la entrega de más de 300 kg de uranio enriquecido.

Los iraníes renunciarían al uso de las centrifugadoras IR-2m, IR-4 e IR-6, limitándose a utilizar unas 6,104 centrifugadoras antiguas IR-1. Sin embargo, las centrifugadoras modernas permanecerían en Irán y la investigación y el desarrollo de nuevos modelos de centrifugadoras continuará.

Por ende, Zarif insta a los miembros del parlamento y, ante todo, al nuevo Gabinete conservador a mostrar pragmatismo y hacer concesiones en lugar de manipular a la opinión pública. 

Llegar a un acuerdo requiere coraje y voluntad para priorizar los intereses nacionales sobre los intereses personales Ningún acuerdo es perfecto para ninguna de las partes, y el maximalismo sólo conduce a negociaciones erosivas e interminables, advierte el diplomático persa.

La pelota está, pues, en el campo de Ebrahim Raisi.

miércoles, 14 de julio de 2021

Israel: el lavado de cara

 

Israel bien vale un lavado de cara. A esta conclusión llegó el Gobierno de Tel Aviv, liderado por el tándem integrado por Naftali Bennett y Yair Lapid, un ultraconservador y un liberal que difícilmente podrían convivir en la vida real de cualquier país democrático. Israel es, obviamente, la excepción de confirma la regla. Un país donde las consideraciones de índole partidista claudican ante la imperiosa necesidad de concebir coaliciones viables para la gobernanza. Gobernar entre crisis y crisis; gestionar los indispensables paréntesis democráticos exigidos por las normas de buena conducta impuestas por la supuestamente transparente comunidad internacional. Israel necesita este aval; su imagen resultó dañada por la década de gobierno de Benjamín Netanyahu, el ultra que trató de emular el ejemplo de Ariel Sharon, el incombustible e impredecible general que desafió a varios inquilinos de la Casa Blanca. Obviamente, el insumiso militar podía haberse permitido este lujo. A Netanyahu, la desobediencia le costó más, aunque logró salirse con la suya. Contaba con el apoyo de la población del Estado judío, obsesionada por los múltiples peligros de la región: el árabe, el iraní, el palestino, el terrorista… Netanyahu supo gestionar esos fantasmas para crear un ambiente de pánico permanente. La psicosis logró sobrevivir durante una década.

Curiosamente, la pesadilla se fue desvaneciendo tras la firma del Acuerdo Abraham, impulsado por Donald Trump, aliado incondicional de Netanyahu. La llamada normalización de las relaciones con los países árabes, ansiada por la élite de Washington, se convirtió en una victoria pírrica, que coincidió con el desgaste del político israelí. Exit Netanyahu…

Israel bien vale un lavado de cara, estimaron Bennett y Lapid, tras haber evaluado los estragos causados por la gestión de Netanyahu. A nivel local, había que mejorar las relaciones con la Autoridad Nacional Palestina, ninguneada por el antiguo jefe de Gobierno. A la constante presión económica y bloqueo sanitario durante la pandemia se sumaron los operativos bélicos, generados por los ataques de Hamas y sus aliados islámicos de la Franja de Gaza. Tel Aviv exigió la intervención del Gabinete palestino de Ramallah, sabiendo positivamente que el equipo de Majmud Abbás no controla la situación en la Franja.  El actual Gobierno israelí cooperará con la Autoridad Nacional en el proceso de vacunación de los habitantes de los territorios. Los demás asuntos pendientes serán abordados en consultas bilaterales.

Por otra parte, el Gobierno israelí ha decidido bloquear las transferencias de fondos qataríes destinados a la resistencia palestina (Hamas). La multimillonaria ayuda humanitaria del emirato debería efectuarse o bien a través de las Naciones Unidas o en transferencias bancarias directas.

Jordania, país con el que Israel ha mantenido siempre relaciones muy ambiguas, recibirá una compensación inmediata, que consiste en el incremento del caudal de aguas subterráneas de Cisjordania controladas por el ejército de ocupación israelí. La decisión del Gabinete hebreo se hizo pública antes de la visita oficial del rey Abdalá a los Estados Unidos.

Por su parte, el tándem Bennett – Lapid, que tiene previsto un encuentro con el presidente Biden a finales de mes, está ultimando los detalles de su futura política frente a Irán, tratando de recomponer los platos rotos por Netanyahu. Huelga decir que la situación ha variado en los últimos meses; Rusia parece dispuesta a consentir la autonomía nuclear de Teherán.

La última baza esgrimida por el equipo Bennett – Lapid es… Europa. El titular de Asuntos Exteriores (Lapid), participó en el último consejo de ministros de relaciones exteriores de la UE, celebrado esta semana en Bruselas, donde dejó constancia del deseo del Estado judío de fortalecer las relaciones con la Unión Europea, después de años de tensiones con Netanyahu. Pero la reanudación del diálogo no resultó fácil.

 Acepto que parte de nuestro diálogo consiste en un juicio moral”, dijo Lapid. Pero no es demasiado esperar que este diálogo tenga en cuenta el hecho de que mi casa está siendo atacada.

Un lavado de cara complicado, si se piensa en los múltiples intereses económicos y estratégicos de los países comunitarios en la región.  

jueves, 17 de junio de 2021

Cumbre Biden – Putin: la desconfianza reina

 

¡Qué difícil resulta recomponer los platos rotos! Es lo que debió pensar el octogenario Joe Biden, 46º presidente de los Estados Unidos, al abandonar ayer el escenario de la bucólica Ginebra tras un brevísimo y nada cálido encuentro con su homólogo ruso, Vladimir Putin.  

 

Ginebra tenía que ser, pensamos los veteranos de las cumbres ruso-americanas, cuyo punto de partida fue justamente la ciudad de Calvino, en marzo de 1983. En aquel primer diálogo con la jerarquía soviética, el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, que había protagonizado varias películas de vaqueros made in Hollywood, quedó impresionado por la simpatía y la preparación intelectual de su interlocutor, Mijaíl Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la URSS. Aún recuerdo la caricatura publicada por el New York Times en la que Reagan preguntaba a uno de sus asesores: ¿Está usted seguro de que Gorbi es comunista? Efectivamente, la percepción que tenía la clase política estadounidense del Gran Satán ruso era completamente distinta.

 

En Ginebra, Mijaíl Gorbachov ofreció un trato al actor presidente: renunciar al comunismo a cambio de la tecnología americana. ¡Ay! Y por cierto; disponer de capital para financiar la compra de esa tecnología. Un Reagan enternecido aceptó la propuesta. Lo demás ya es historia.

 

Mas el rumbo de la historia cambió el 17 de marzo de 2021, cuando Joseph Robinette Biden – Joe para sus compatriotas yanquis - llamó asesino al presidente Putin. El casus belli se saldó con la simple retirada de los embajadores. Pero para arreglar los platos rotos, Joe Biden se vio obligado a llamar al asesino, invitándole a un encuentro en terreno neutral. Ginebra tenía que ser; aquí empezó todo.

 

La reunión entre los dos grandes, cuidadosamente preparada por la diplomacia helvética, duró menos de lo previsto. No hubo apretones de mano ni comida de gala. Los dos estadistas quisieron dejar constancia de que aquello era una especie de titubeante volver a empezar, a poner los cronómetros a cero.

 

Fuentes atlantistas tratan de convencernos que en el orden del día del encuentro figuraban una cincuentena de puntos. Los asesores de la Casa Blanca aseguran que el presidente Biden presentó una lista de 16 sectores estratégicos que Washington pretende proteger. Destacan el sector de las telecomunicaciones, sanidad, alimentación y energía.

Por su parte, Putin resumió los acuerdos con el dignatario estadounidense en los siguientes términos: tras las acusaciones estadounidenses relativas a los ciberataques provenientes de Rusia, existe un acuerdo de principio para iniciar consultas de seguridad cibernética; el inicio de un diálogo sobre estabilidad estratégica y; la decisión relativa al regreso de los embajadores a Moscú y Washington.

 

Ante la aparición de nuevas armas, entre ellas las hipersónicas, Rusia ha propuesto ampliar la agenda de desarme e incluir todas las armas ofensivas y defensivas, tanto nucleares como convencionales, capaces de realizar tareas estratégicas. Todo ello, tras enumerar los recientes abandonos de Washington de los acuerdos de desarme: el Tratado ABM (Misiles Balísticos) en 2002, el Tratado INF (Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio) en 2019 y el Tratado de Cielos Abiertos, que garantiza la transparencia en el control de armamentos en 2020.

 

¿Armamentos? Joe Biden manifestó que, en su opinión, Putin está preocupado por estar cercado por ejércitos extranjeros, insinuando que Washington tenía intención de derribarlo. Nosotros no actuamos contra Rusia; sólo nos interesa la seguridad del pueblo estadounidense, dijo el presidente.  ¿Acaso ello supone que los bombarderos que sobrevuelan el Báltico o los buques de guerra desplegados en el Mar Negro velan por la seguridad de los granjeros de Kansas?

A diferencia de Washington, Moscú no realiza maniobras en los confines de los Estados Unidos, repuso Putin.

Al despedirse, Joe Biden reconoció que el presidente ruso era un oponente digno, pero eso sí, un tipo muy duro. Lejos queda el asesino del mes de marzo. Aun así, nada ha cambiado; la desconfianza reina.


martes, 15 de junio de 2021

La Guerra Fría ha vuelto

 

No la esperábamos tan pronto, pero estábamos persuadidos de que iba a volver. Las últimas manifestaciones de ciertos estadistas, de muchos estadistas, permitían adivinar su retorno. De hecho, el primer interrogante surgió el 10 de noviembre de 1989, pocas horas después de la caída del Muro de Berlín. Despedimos la euforizante noticia con un desalentador Y ahora, ¿qué?, muestra del habitual fatalismo periodístico.

Y ahora, ¿qué? Después de la perestroika, la glasnost, el Nuevo Orden Mundial, la globalización, el episodio del Muro de Berlín se tornó en un ladrillo más lanzado a la cabeza de quienes lidiaban con los intríngulis de la política internacional, tratando de descifrar el pensamiento de los grandes de este mundo, los misterios de las Cancillerías.

Y ahora, ¿qué? Recuerdo la sarcástica despedida de uno de los compañeros: No os preocupéis; todo lo que venga será peor.  No se equivocaba; a la estrepitosa caída de las llamadas democracias populares le siguió el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, brazo armado del Kremlin en los Este europeo, la desaparición de los organismos de cooperación económica, la marcha a pasos agigantados hacia la economía de mercado, la apuesta por el capitalismo salvaje. Nada que ver con la férrea disciplina impuesta por la nomenklatura moscovita, que había dosificado con sumo cuidado los niveles de falacia y corrupción permitidos por el ejemplar sistema socialista.

Pero el espectacular vuelco registrado en los países del Este europeo no logró derribar las murallas del sistema soviético. Más aun, las rebautizadas instituciones se convirtieron en baluartes de un conservadurismo inmovilista. La Madre Rusia volvió a la palestra, disfrazada de su new British look. Pero los arsenales nucleares, las brigadas de tanques, los cazas supersónicos, los misiles intercontinentales y los submarinos atómicos seguían en manos de los mismos oficiales graduados en la Academia Militar Frunze, la West Point de la Unión Soviética. Con la agravante de que…

Con la agravante de que, al no haberse derrumbado el imperio, el Ejército se convirtió en una herramienta clave para la estabilidad de los dueños del Kremlin. Después de la aventura de Afganistán, autentico detonante del integrismo islamista, el poder moscovita volvió a recurrir a las fuerzas armadas en Osetia, Ucrania y Crimea. Con la agravante, eso sí, de que en este caso concreto Moscú no puede alegar que los conflictos tienen como escenario su zona de influencia. Estas zonas han dejado de existir.

Rusia ha establecido bases militares en el Cáucaso, en Oriente Medio (Siria), en el Norte de África (Libia). Sería un error hablar del declive del Ejército ruso. Tal vez por ello los estrategas de la Alianza Atlántica echan en cara a Moscú su política agresiva y desestabilizadora en las fronteras con la OTAN. Unas fronteras que, recordémoslo, no debían haberse desplazado de la Línea Oder-Nisse establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, a la Línea Báltico–Mar Negro, diseñada y bendecida durante el mandato de Donald Trump. Las fronteras de la OTAN son, en realidad, las fronteras de Rusia.

Durante la cumbre de la Alianza celebrada ayer en Bruselas, primera reunión presencial de los jefes de Estado y Gobierno después de la pandemia, los 30 miembros de la OTAN trataron de redefinir las nuevas amenazas. Finalmente, llegaron a la conclusión de que el nuevo enemigo se hallaba en dos países cuya riposta autoritaria atentaba contra el orden establecido: Rusia y China. Según el presidente Biden, que ostentó la vicepresidencia de los Estados Unidos durante el mandato de Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz llamado a gestionar el mayor número de conflictos bélicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Rusia sigue siendo el peor enemigo de las democracias occidentales. ¿Y China? China es el rival más poderoso. El tablero de los conflictos se recompone; ya tenemos enemigo. Enemigos, mejor dicho. Curiosamente, el contrincante se encuentra siempre en el Este.

La asamblea de la OTAN trató de actualizar la postra de los aliados frente a distintas cuestiones, como la elaboración de un nuevo Concepto Estratégico Global, la protección contra los ciberataques, las políticas de disuasión y defensa, la concertación y la cohesión, la financiación común, la resiliencia, y la lucha contra el cambio climático.

Para los tres candidatos permanentes a la adhesión: Ucrania, Georgia y la República Moldova, que reclaman la integración rápida en las estructuras de la Alianza, la cumbre sólo sirvió para escuchar las buenas palabras de sus amigos occidentales. Algo así como un mañana, mañana en varios idiomas. Aparentemente, Joe Biden, que se entrevistará mañana en Ginebra con Vladimir Putin, tomó muy en serio la advertencia del inquilino del Kremlin: si Ucrania se convierte en miembro de la OTAN, será la guerra. En efecto, un misil disparado desde Harkov podría alcanzar Moscú en 7 a 10 minutos. Y este sería el auténtico casus beli.  Pero de esto no se habló en Bruselas; sabido es que la OTAN es una alianza meramente… defensiva. 

domingo, 6 de junio de 2021

El enemigo sin rostro

 

El actual modelo de relaciones internacionales y la arquitectura de seguridad se destruyen sistemáticamente; se limita el papel de los organismos internacionales. Las normas de derecho internacional están sustituidas por un orden basado en reglas distintas, propuesto y apoyado por personas desconocidas, no definidas y no identificadas.


La cita no le pertenece al que esto escribe. Se trata más bien de una constatación algo tardía de un relevante miembro del equipo de Vladimir Putin; el coronel general Alexandr Fomin, viceministro de defensa de la Federación Rusa.


En unas sonadas declaraciones a la televisión rusa, Fomin aseguró que estamos asistiendo a la creación de un nuevo orden mundial, en el que los inevitables partidarios de la nueva Guerra Fría tratan de dividir el mundo entre nosotros y los otros, los buenos y los malos, los aliados y los adversarios.


Coincide esta división, cada vez más acentuada, con la aparición de nuevos tipos de armas, que invaden el espacio y el ciberespacio, modificando los conceptos y los métodos de guerra. En efecto, lo que hace apenas unas décadas podía habernos parecido una simple utopía se perfila como una amenaza real. Hoy en día, las ofensivas se ganan en el ciberespacio; las guerras pueden convertirse en batallas galácticas.


Estas nuevas formas de combate serán analizadas a finales de este mes en Moscú por los participantes en la novena Conferencia sobre Seguridad auspiciada por las autoridades rusas. 


¿Se siente Rusia acorralada? La respuesta es un sí rotundo. A la presencia de cazas de combate de la OTAN en los países bálticos, de buques de guerra norteamericanos, británicos, holandeses o franceses en el Mar Negro, se suma el deseo de tres países limítrofes  – Ucrania, Georgia y la República Moldova – de acelerar su ingreso en la Alianza Atlántica y la Unión Europea. Los “tres mosqueteros”, que sellaron una alianza estratégica hace apenas unas semanas, alegan idénticos motivos: Ucrania teme la pérdida del Dombás, región fronteriza disputada durante siglos por los cosacos rusos y ucranios; la República Moldova reclama la devolución de Transnistria, territorio ocupado por unidades del 14º ejército ruso desde la década de los 90, cuando Moldova proclamó su independencia; a su vez, Georgia reclama la devolución de Abjasia y Osetia del Sur, regiones que autoproclamaron su soberanía para poder navegar a  la zaga de Moscú, autorizando la presencia de bases militares rusas en su territorio. Los tres gobiernos acusan a Rusia de llevar a cabo acciones de desestabilización en sus respectivas regiones fronterizas. Por su parte, Moscú les echa en cara una actitud hostil, caracterizada por un sinfín de provocaciones antirrusas.


A la retórica belicosa se han ido sumando en las últimas semanas una serie de medidas concretas. En efecto, en Ministerio de Defensa ruso ha anunciado la creación de una veintena de divisiones llamadas a defender su frontea occidental para contrarrestar la creciente presencia de la OTAN. Se trata, según el Estado Mayor del ejército, de una respuesta a las maniobras llevadas a cabo por los miembros de la Alianza, cuya frecuencia aumenta de año en año. En el verano de 2021, Europa albergará varias maniobras auspiciadas por los Estados Unidos, las más importantes desde el final de la Guerra Fría. En opinión de los estrategas de Moscú, podría tratarse de preparativos para una guerra contra Rusia.


Detalle interesante:  la prensa moscovita se hizo eco últimamente de las posibles razones que podrían llevar a un conflicto armado entre la Federación Rusa y la OTAN. Un primer escenario y el más probable, según los diarios rusos, sería un enfrentamiento por la región de Kaliningrado, un enclave estratégico donde se almacenan varios tipos de proyectiles balísticos rusos capaces de alcanzar los principales objetivos de la infraestructura militar de la OTAN. Aparentemente, el objetivo de las maniobras de la OTAN en la región sería la conquista y ocupación del enclave. Obviamente, Rusia no renunciará a Kaliningrado, lo que provocaría un conflicto abierto con la Alanza Atlántica. 


En segundo lugar, cabe la posibilidad de un choque entre Rusia y la OTAN a raíz de la tensa situación de Bielorrusia. Hasta hace poco, hubo protestas masivas en este país debido a los resultados de las últimas elecciones presidenciales. Si la oposición pro-occidental toma el poder en Minsk, cabe suponer que reclamaría la presencia de tropas de la Alianza en su territorio. En este caso concreto, el Kremlin no considerará que se trata de un problema interno de Bielorrusia e intervendrá por la fuerza.


Otra opción barajada es un posible conflicto armado involucrando a Ucrania. Las autoridades de Kiev tratarán de apoderarse de las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk. Si bien las tropas rusas enviadas recientemente en la zona fronteriza se retiraron, su armamento permanece en los campos de entrenamiento situados en las inmediaciones de la frontera. A petición de Ucrania, la Alianza Atlántica podría enviar sus contingentes para tratar de detener la ofensiva rusa.


También existen otros escenarios que contemplan un conflicto entre la OTAN y Rusia en los países bálticos. Sin embargo, en este caso concreto, los estrategas prefieren no utilizar la expresión de guerra abierta, tratando de recurrir al socorrido eufemismo de redistribución por la fuerza de las esferas de influencia. 


El guion está escrito y las actuaciones, perfiladas. El enemigo… Todos somos enemigos. Pero aún seguimos sin saber quiénes son los insignes desconocidos, no definidos y no identificados a los que alude el general Fomin.