lunes, 5 de noviembre de 2018

Si vis pacem, para bellum


La República Francesa o, mejor dicho, la “Francia imperial” del napoleónico  Emmanuel Macron, conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, la gran deflagración continental que sacudió los cimientos de los imperios que pretendían regir los destinos de lo que antaño se conocía bajo el nombre de “civilización occidental”.  De hecho, el mundo iba a cambiar. La caída de las monarquías trajo consigo una remodelación del mapa geopolítico del Viejo Continente; un cambio acompañado por una gran dosis de ingenuidad y optimismo.

En efecto, en aquél entonces, muchos europeos esperaban el advenimiento de una era de paz duradera, la edificación de un mundo mejor, un mundo de concordia, bienestar y fraternidad. Un sueño para después de una guerra…  ¿Acaso no se pueden tener sueños utópicos después de un cataclismo?

La última guerra… Recuerdo el diálogo de La Gran Ilusión, la famosa película del cineasta francés Jean Renoir, rodada en 1937, en el umbral de otro conflicto, que finalizaba con las palabras: “Esta guerra tiene que terminar; espero que sea la última”.

Apenas dos años después del estreno de la película, estalló la Segunda Guerra Mundial, un enfrentamiento aún más mortífero, que oponía dos ideologías totalitarias: el nazismo y el comunismo. Ambas doctrinas se habían adueñado del vocablo socialismo, desvirtuando su significado y vaciándolo de contenido. Pero resultaría sumamente peligroso tratar de comparar la estructura criminal de los regímenes de terror instaurados por Adolf Hitler y José Stalin. Una vez desaparecidas las causas, nosotros, los europeos, nos precipitamos en minimizar los posibles efectos. No contábamos con la aparición de nostálgicos de las dictaduras de todo signo…

Sin embargo, durante el período de aparente paz que acompañó la Guerra Fría empezaron a gestarse respuestas radicales. Al nacionalismo, difícil de erradicar, pese a los esfuerzos de los “padres” de la Europa Unida, se sumaron los extremismos y los mal llamados populismos de todo signo, que algunos no dudaron en calificar, hace más de una década,  de… neofascismos. Pero la palabra “fascismo” queda vedada en el lenguaje “políticamente correcto” de la sociedad occidental.

En Rusia o, mejor dicho, en la antigua URSS, el nacionalismo ha sido la baza utilizada por los gobernantes para mantener el miedo a Occidente, fomentando así los antagonismos.

Sin bien los argumentos esgrimidos por los populismos varían – encontramos al alimón consideraciones tan dispares como crisis económica, paro, xenofobia, terrorismo, guerra mundial o invasión del sagrado territorio de la Patria, las respuestas desembocan forzosamente en la misma solución: totalitarismo. Es el objetivo que los populistas, tanto de derechas como de izquierdas, procuran ocultar.
   
El Occidente tiene la desventaja de haber descubierto, en este desconcertante ambiente de crisis y/o transición hacia un nuevo modelo de sociedad, un corrosivo mal común: la corrupción. No es una lacra reciente, pero al parecer los escándalos brotan con mayor facilidad en periodos de cambio.

Quo vadis, Europa?  A esta pregunta, más que lícita, no hallamos una respuesta coherente. El fenómeno de la globalización debería obligarnos a contemplar argumentos globales. Sin embargo, la política del Viejo Continente sigue empleando los parámetros posbélicos: Estados Unidos, Alianza Atlántica, Rusia, enemigos.

Si bien parece que la nueva política exterior del Presidente Trump incita a los europeos a dirigir sus miradas hacia el coloso ruso, posible (aunque por ahora poco probable) “socio y vecino”, la Alianza Atlántica no duda en recordar a sus miembros, tanto occidentales como orientales, que Rusia sigue siendo el “peligro potencial, el enemigo que no se dejó doblegar”.

En ese contexto, las recientes maniobras de la OTAN en el Árctico y en Escandinavia, donde se pretende proteger a las democracias occidentales contra una hipotética invasión de tropas procedentes del Este, tratan de poner los puntos sobre las “íes”.

Comentando la nutrida presencia de tropas y material bélico de la Alianza Atlántica en el Árctico – el mayor ejercicio militar organizado desde el final de la Segunda Guerra Mundial – un importante rotativo español titulaba: La OTAN se prepara. ¿Para qué? ¿Quién es el enemigo?

Recordémoslo: Europa conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Los comentarios sobran.

viernes, 26 de octubre de 2018

Putin, Trump y los neoNATOs


Vientos de pánico soplan desde hace unos días en los países de la OTAN situados en los confines con la Federación Rusa. Pánico y preocupación por la posible respuesta del Kremlin tras la decisión de Donald Trump de abandonar el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares de Corto y Medio Alcance (INF) firmado en 1987 por el Presidente Reagan y el Primer Secretario del PCUS, Mijaíl Gorbachov. En aquel entonces, los europeos vivían los últimos coletazos de la Guerra Fría, el conflicto ideológico que dividió el Viejo Continente durante cuatro décadas.
  
Cuando Washington y Moscú apostaron por renunciar al enfrentamiento, los pobladores de la vieja Europa confiaron en poder redescubrirse, en reanudar las cordiales relaciones existentes en los efímeros momentos de calma del período interbélico. Los europeístas de los años 50 y 60, fervientes defensores de la unificación del continente, soñaban con la materialización de su ansiado proyecto: el establecimiento de los Estados Unidos de Europa.  Sin embargo…

La desaparición del llamado “campo socialista” y el ocaso de la ideología  marxista precipitaron la integración de los países de Europa oriental en las estructuras socio-político-militares de Occidente. Curiosamente, la Unión Europea supeditaba la adhesión de los nuevos candidatos a su integración en la OTAN, la estructura militar que podía enorgullecerse de haber derrotado a su rival soviético – el Pacto de Varsovia – sin disparar un solo tiro. Pero el desmantelamiento de la OTAN, acordado por las superpotencias en los años 90, jamás llegó a producirse.  De hecho, con el paso del tiempo las estructuras de la Alianza Atlánticas se fueron trasladando hacia el Este. Hoy en día, la frontera entre los dos mundos antagónicos no se halla en la famosa línea Oder-Niesse, sino en la nueva demarcación Báltico-mar Negro.

Si en los últimos lustros Moscú se limitaba a elevar tímidas protestas contra la expansión de la OTAN hacia el Este, el tono empezó a cambiar a partir de 2015, cuando la Administración Obama dio luz verde al incremento de la presencia militar estadounidense en el flaco Este de la Alianza. Para Moscú, la llegada de contingentes norteamericanos estacionados en Alemania y Holanda desencadenó el sistema de alarma. La guerra híbrida de Ucrania, la presencia de tanques americanos en la República Moldova, suponían una auténtica provocación. La OTAN, por su parte, se escudaba detrás del “peligro de invasión” rusa de sus nuevos aliados de Europa oriental.

La situación experimentó un notable deterioro tras la llegada de Donad Trump a la Casa Blanca. En comparación con su antecesor, Barack Obama, el problemático Premio Nobel de la Paz que acompañó con buenas palabras la ofensiva estratégica hacia el Este, Trump se decantó por un lenguaje duro, que nada tiene que ver con los usos y costumbres de la diplomacia tradicional. Un estilo que, lamentablemente, se está afianzando. Y si a ello se suma el hecho de que gran parte de los asesores presidenciales son acérrimos enemigos de la convivencia con Rusia, se llega fácilmente a la conclusión de que la retirada de Washington del INF podría presagiar un primer paso hacia el abandono progresivo de los acuerdos internacionales de desarme.

La respuesta del Kremlin no tardó; Vladímir Putin advirtió al inquilino de la Casa Blanca que Rusia se verá obligada a atacar a los países europeos que aceptarían acoger en su territorio instalaciones balísticas estadounidenses. Una alusión directa a Polonia y Rumanía, que facilitaron la presencia de bases militares americanas.
  
El Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, insiste en que las estructuras balísticas ubicadas en la línea Báltico – mar Negro no están dirigidas contra Rusia.  Más aún; que la OTAN no tiene intención alguna de aumentar el número de ojivas nucleares en suelo europeo. Sin embargo, Rusia, que rechaza tajantemente las acusaciones de Trump relativas a posibles violaciones del tratado INF en los últimos años, advierte: la nueva generación de misiles intercontinentales rusos tendrán trayectorias difíciles de anticipar. Además, podrán lanzar ataques simultáneos en varias direcciones, que el sistema de intercepción de la OTAN será incapaz de detectar. 
 
El general Serguey Karakayev,  comandante de las Fuerzas Estratégicas Nucleares de la Federación rusa, asegura que los proyectiles de última generación no tendrían dificultad alguna en aniquilar las instalaciones “defensivas” de la OTAN situadas en Polonia o Rumanía. ¿Defensivas? Si bien los estrategas occidentales aseguran que el “escudo antimisiles” instalado en la frontera con Rusia sirve sola y únicamente para proteger a los aliados contra un hipotético ataque ¡iraní!, los militares rusos insisten en que una simple modificación de los programas informáticos utilizados por la Alianza podría convertir el sistema defensivo en una espectacular fuerza de combate.
  
Aparentemente, a los estrategas rusos no les preocupan sobremanera las maniobras conjunta llevadas a cabo por los ejércitos de Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria, ni la presencia de tropas estadounidenses en la zona; lo que de verdad inquieta es la perspectiva de un ataque masivo de la Alianza contra el territorio de la Federación.

Por su parte, los expertos de la Alianza no disimulan su inquietud ante la guerra híbrida iniciada por Moscú en la década de los 80, cuando las grandes compañías rusas se adueñaron de empresas petroquímicas o siderúrgicas de Europa oriental. Los estrategas de la OTAN denuncian las reiteradas violaciones del espacio aéreo del mar Negro por aviones de combate rusos, el incremento de la presencia de agentes moscovitas en la república de Moldova, el excesivo interés del Kremlin por los yacimientos de gas natural del mar Negro, controlados no sólo por el Gobierno de Bucarest, sino también por multinacionales energéticas estadunidenses.

“Creo que nuestra pertenencia a la OTAN supone más inconvenientes que ventajas. Nuestros muchachos se están convirtiendo en carne de cañón”, confesaba recientemente un oficial de alta graduación del Ejército rumano. La sinceridad le valió un expediente disciplinario. No fue el primero y, probablemente, tampoco el último.   

lunes, 1 de octubre de 2018

Israel: conflictivo eslabón de la “ruta de la seda” china


Quién hubiese podido imaginar, allá por la década de los 90 del siglo pasado, que a un alto cargo del ejército hebreo le incumbiría el desagradable deber de informar a sus colegas y aliados norteamericanos que los chinos iban a hacerse cargo de la gestión de los grandes puertos israelíes: Haifa y Ashdod.  Es lo que sucedió hace apenas unas semanas, durante una reunión de expertos en seguridad marítima organizada por la Universidad de Haifa, cuando el general en la reserva Shaul Horev, antiguo jefe del Estado Mayor de la Marina de Guerra del Estado Judío y ex Presidente de la Comisión Israelí para la Energía Nuclear facilitó detalles sobre la construcción y gestión de las instalaciones navales clave para el comercio y ¡la seguridad! del Estado de Israel.  Sus palabras causaron un impacto parecido al de una deflagración nuclear: “Señores, los chinos están aquí. Han venido para quedarse…”

En efecto, dos grandes compañías chinas se encargarán, a partir de 2021, de administrar las principales dársenas israelíes. Los multimillonarios contratos contemplan la gestión de la infraestructura portuaria durante un período de 25 años. La firma de los contratos fue acogida con inusual júbilo en los despachos  gubernamentales de Tel Aviv. “Es una fecha memorable para Israel”, afirmó sin rodeos un alto cargo del Gabinete Netanyahu.

¿Memorable? Sí, por supuesto. Sin embargo, los artífices del acuerdo – el Ministerio de Transportes y la Autoridad Portuaria – pasaron por alto un detalle clave: el indispensable dictamen del Consejo Nacional de Seguridad. El puerto de Haifa se halla en las inmediaciones de una base naval ultrasecreta que alberga la flotilla de submarinos nucleares israelíes. Según los expertos militares, la armada del Estado judío, dotada con artefactos atómicos, sería la  segunda en capacidad de fuego después de la marina de los Estados Unidos.

Pero hay más: Haifa suele servir de puerto de amarre para los navíos de la Sexta Flota norteamericana durante sus operativos en la zona: Líbano, Siria, etc. Obviamente, a los mandos del Pentágono les resulta inconcebible utilizar unas instalaciones portuarias gestionadas por… empresas chinas. Fue esta una de las razones por la que la marina de guerra americana abandonó el puerto griego de Pireo, también gestionado por los chinos.

Conviene señalar que los chinos entraron subrepticiamente en los países de Oriente Medio. Preocupados por la conflictividad de la zona y la innegable exigüidad de los mercados, trataron de establecer, en la primera etapa, cabezas de puente poco ostensibles. Con el paso del tiempo, apostaron por una estrategia más agresiva. En el caso concreto de  Israel, los chinos controlan actualmente la mayor compañía de productos alimentarios, TNUVA, el túnel del Monte Carmelo de Haifa, así como la red de metro ligero de Jerusalén. Se rumorea que no descartan la posibilidad de adquirir acciones en empresas de alta tecnología que cooperan con el sector de defensa. 

Aparentemente, el control de los puertos israelíes se inscribe en la política de añadir eslabones a la nueva “ruta de la seda”, ideada para facilitar el transporte de mercancías chinas a los países de Asia y Oriente Medio. Pero los intereses geoestratégicos de Pekín en la región son múltiples y muy complejos. De hecho, sus aliados iraníes, que han desplegado tropas en Siria, interfieren en la vida política de Líbano a través de sus socios del movimiento chiita Hezbollah. Israel, hasta ahora interlocutor privilegiado de Washington, se encuentra en las inmediaciones de la zona del conflicto. 

Cabe preguntarse, pues, qué pasaría si algún día, tal vez no demasiado lejano, la marina estadounidense se viera obligada a abandonar definitivamente el puerto de Haifa. Porque eso de tener que compartir varaderos con los hombres de Pekín…

martes, 11 de septiembre de 2018

Cuando el oso ruso preocupa al dragón japonés


Afirman los analistas, excelentes intermediarios cuando la clase política prefiere no dar la cara, que el establishment nipón está preocupado por el alcance de las maniobras militares Vostok 18 (Oriente 18) que congregan en suelo siberiano a 300.000 soldados rusos, alrededor de 3.200 militares chinos y un reducido contingente del ejército de Mongolia.  Las maniobras, que los estrategas no dudan en calificar de “mayor ejercicio militar” en la historia de Rusia, finalizarán el próximo sábado.

Pero, ¿qué es lo que de verdad inquieta a los analistas, o mejor dicho, a las autoridades de Tokio?  ¿La participación en esa gigantesca simulación de enfrentamiento bélico de 297.000 efectivos rusos, 36.000 tanques, alrededor de 1.000 aviones, unos 80 navíos de guerra y un número indefinido de drones?

Los chinos, por su parte, anuncian la presencia en la región militar oriental de la Federación rusa de 3.200 soldados, 900 blindados y 30 aviones de combate. Una participación más bien simbólica, pero que reviste una gran importancia teniendo en cuenta las tensas relaciones políticas entre Moscú y Pekín en las últimas décadas.

¿Los mongoles? Ese estado-tampón entre las dos grandes potencias tiene que mentalizarse de que forma o formará parte – voluntaria o involuntariamente – de la estrategia euroasiática de los dueños del Kremlin. Este es, en realidad, en mensaje que rusos y chinos tratan de mandar a sus adversarios occidentales – Norteamérica y la Alianza Atlántica – y orientales – Japón.

Los chinos, con su habitual astucia, no dudaron en “invitar” a los norteamericanos a… participar en las maniobras. Una gentileza que podía haber molestado a los anfitriones rusos, siempre y cuando…

Es obvio que tanto los chinos como los mongoles forman parte del gigantesco proyecto euroasiático de Vladimir Putin. Siberia, escenario de las maniobras militares, es una región rica en materias primas, aunque despoblada. Los chinos, con su fama de gente trabajadora, podrían convertirse en excelentes “colonos” de Siberia. Los mongoles, poco numerosos y menos propensos a emigrar, podrían desempeñar el papel de “personal de apoyo”. 

De momento, se trata de una iniciativa en ciernes. Todo depende, claro está, de la evolución de las relaciones entre las dos superpotencias. Lo cierto es que Rusia necesita a  China como aliado; la alianza entre Moscú y Pekín podría (y debería) contrarrestar la estrategia de aislamiento del “oso ruso” ideada por los estrategas de Washington tras el desmembramiento de la Unión Soviética. La creación de BRICS, el acercamiento al régimen islámico de Teherán, el reciente coqueteo con la Turquía de Erdogan, las beneficiosas relaciones con la Canciller Ángela Merkel, forman parte de la compleja política exterior llevada a cabo por el Kremlin en las última década. Algo que irrita sobremanera al actual inquilino de la Casa Blanca, incapaz de comprender el refinamiento de la diplomacia de los zares. Qué duda cabe de que el antiguo agente de la KGB atrincherado en el Kremlin ha hecho sus deberes.

Volviendo a la “preocupación” nipona y al aparente deseo del Primer Ministro Shinzo Abe de esclarecer con las autoridades rusas el asunto de las manobras y su posible impacto para la seguridad de Japón, queda por contestar otra pregunta: ¿qué hacían el destructor de la marina imperial japonesa Makinami y el barco escuela Kashima en el mar Báltico, durante las maniobras navales de la OTAN celebradas a finales de agosto? Curiosamente, el lema del ejercicio era: Juntos seremos más fuertes. ¿Acaso piensa el dragón japonés que el oso ruso está hibernando?

martes, 4 de septiembre de 2018

Jordania no es Palestina


Soplan vientos de locura en el afligido Oriente Medio. La obsesión, nuestra obsesión, se ha convertido en auténtica pesadilla. El conflicto israelo-palestino, ese mal llamado “proceso de paz”, sigue sorprendiendo a quienes pensaban, hace ya décadas, que la crisis había tocado fondo. “Peca usted por ingenuo; se avecinan tiempos aún peores”, solían decirme, allá por la década de los 80, mis interlocutores palestinos. “Peca usted por ingenuo; aquí no puede haber una paz verdadera. No nos fiamos de los árabes, de los palestinos”. La cantinela se convirtió en mantra; el mantra, en grito de guerra…

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el precario equilibrio de la región mezo oriental se ha roto. Lejos quedan los intentos de su antecesor, Barack Obama, de entablar un dialogo con el Islam, de intentar un “lavado de cara” de Norteamérica en los países de religión mahometana; el choque de civilizaciones estaba servido. Trump no se molestó en seguir los pasos de Obama. Su pseudopolítica exterior se resume al insulto y la amenaza. El actual Presidente desconoce la mentalidad y la cultura árabes; se limita a apretar las tuercas de los interlocutores para lograr su meta. En efecto, después de la controvertida decisión de trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén o la malograda retirada de Washington del acuerdo nuclear con Irán, el inquilino de la Casa Blanca contempla la posibilidad de presentar (léase imponer) un acuerdo de paz israelo-palestino. Se trata de una iniciativa que hace caso omiso de los intereses de una de las partes – la palestina – pues retoma la argumentación de los “halcones” de Tel Aviv, partidarios de trasladar el problema e implícitamente, la solución, por muy compleja que esa, al reino hachemita de Jordania.

En efecto, después de haber cancelado la contribución estadounidense a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), organismo encargado de la protección de 5,4 millones de personas desplazadas que, según Washington y Tel Aviv debería desaparecer, facilitando la “solución jurídica” del problema, tal y como lo desea la derecha israelí, los emisarios de Trump para Oriente Medio, Jared Kushner y Jason Greenblatt, sugirieron a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) el establecimiento de una… Confederación jordano-palestina. La propuesta, rechazada tanto por Majmud Abbas como por el rey Abdalá de Jordania, aleja del escenario a la otra parte en el conflicto: Israel. No hay que extrañarse: durante décadas, el estribillo de la derecha israelí fue: “Jordania es Palestina”. El Likud de Ariel Sharon descartaba las otras opciones: el Estado binacional o la alternativa de los dos Estados, el israelí y el palestino.

En 1987, durante los primeros días de la “Intifada”, el rey Hussein de Jordania contestó a las llamadas de emergencia de la clase política israelí con un tajante: “Jordania no es Palestina”. Para solucionar los problemas de los pobladores de Cisjordania, había que entablar el diálogo con… ¡la OLP!

Hace unos días, Majmud Abbas puntualizó: para hablar de paz, habría que contemplar una confederación tripartita, integrada por Israel, Jordania y Palestina. Algo que Netanyahu y sus “socios” transatlánticos pretenden evitar a toda costa.

Abbas, que se encuentra al final de su mandato, advierte otros peligros para el porvenir del aún embrionario Estado palestino. En el ya de por sí dificultoso proceso de sucesión vuelven a barajarse los nombres de antiguos agentes de la CIA (¿antiguos?), dispuestos a tomar las riendas de la Autoridad Nacional. En principio, todo parece estar atado y bien atado.  Decididamente, el amigo trasatlántico tiene muchos recursos.