viernes, 22 de mayo de 2015

Un rehén llamado Osama


Cuatro años después de su muerte, Osama Bin Laden vuelve a ser noticia. Y lo es por partida doble: hace apenas unos días, el veterano periodista norteamericano Seymour Hersh, autor de numerosos ensayos sobre los abusos cometidos por el ejército de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam o la ocupación militar de Irak, publicaba en la prestigiosa London Review of Books un amplio informe sobre la eliminación física del líder de Al Qaeda, en el que denunciaba las falsedades de la versión oficial sobre la muerte del multimillonario saudí. Según Hersh, la Administración Obama ocultó deliberadamente una serie de datos que podrían comprometer las relaciones de Washington con Paquistán y Arabia Saudí. Pocas horas después, la Inteligencia Nacional estadounidense facilitaba al gran público un listado – bastante incompleto – de los libros y documentos hallados en la biblioteca de Bin Laden en su refugio de Abbottabad. ¿Simple casualidad? Los portavoces de la CIA insisten en que los hechos no están relacionados.

Pero procedamos por partes.  La investigación llevada a cabo por Hersh  detecta una serie de incoherencias, véase inexactitudes, en el relato oficial de la Casa Blanca. Es falso, señala el periodista, que los generales Ashfak Parvez Kayani, jefe del Estado Mayor del ejército paquistaní, y Ahmed Shuja Pasha, director de los servicios de inteligencia, no hayan sido informados sobre la misión de la unidad de élite de la Marina encargada de eliminar a Bin Laden.  Ambos estaban al tanto de la presencia del líder de Al Qaeda en el país; ambos sabían dónde estaba recluido el rehén Bin Laden. De hecho, Osama contaba con la complicidad y la protección del estamento castrense paquistaní. El jefe de Al Qaeda fue detenido a comienzos de 2006 por los agentes del Servicio de Inteligencia de Islamabad (ISI), quienes lo trasladaron a Abbottabad, pequeña localidad situada a tres kilómetros de la Academia Militar de Paquistán y a unos minutos de la base ultrasecreta de Tarbela Ghazi, centro de formación de oficiales de la inteligencia militar.  Aparentemente, los paquistaníes estaban dispuestos a negociar la entrega de Bin Laden a las autoridades norteamericanas. Pero el toma y daca no llegó a materializarse.

A mediados de 2010, un alto cargo del ejército de Paquistán facilitó a la CIA detalles acerca del escondite del saudí. A cambio, eso sí, de la recompensa de 25 millones de dólares ofrecida por Washington a los informadores. Al comprobarse la veracidad de los datos, el militar fue trasladado junto con sus familiares a Washington. En comparación con Roma, Norteamérica paga a los espías…

Durante meses, los servicios de lucha antiterrorista estuvieron barajando las posibles opciones para la eliminación de Bin Laden. Se descartó la utilización de armas antibúnker o el envío de drones. Cuando Washington se decantó por la operación aérea, los estrategas llegaron a  la conclusión de que necesitaban el apoyo logístico de Paquistán. No fue una decisión precipitada; el general Shuja Pasha se había entrevistado en numerosas ocasiones con su homólogo de la CIA. Curiosamente, tanto los paquistaníes como los norteamericanos temían una hipotética intervención de los servicios de inteligencia  saudíes, que habían protegido a Bin Laden en todo momento, desde su marcha a Afganistán hasta la reclusión en Abbottabad.

Según Hersh, tanto el Estado Mayor como el Servicio de espionaje militar paquistaníes participaron – directa o indirectamente – en la operación aérea. Detalle interesante: los militares que custodiaban la residencia del saudí fueron retirados un par de horas antes del inicio del operativo. Por si fuera poco, toda la información relativa a la actuación del comando de marines fue eliminada de los ordenadores del Pentágono. El expediente pasó a la base de datos confidenciales de la… CIA.

También asegura el periodista norteamericano que el funeral islámico celebrado  a bordo del buque de guerra Carl Vinson jamás tuvo lugar. ¿Y el entierro en alta mar? El autor de esas líneas dudó de la veracidad de la versión oficial.

Algunos medios de comunicación estadounidenses critican a Hersh por no haber facilitado la identidad de sus informadores. Pero ¿acaso alguien conoció la verdadera identidad de Garganta Profunda, la misteriosa fuente de información que desató el caso Watergate?


La Oficina de Inteligencia Nacional nos ofreció, por su parte, un breve esbozo de lo que parece haber sido la biblioteca de Osama Bin Laden. Con los inocentes comentarios de la casa, que insinúa que el saudí estaba interesado en desestabilizar la economía francesa, provocando una reacción en cadena en el mundo industrializado. Los demás títulos desclasificados reflejan el interés del líder de Al Qaeda por la geopolítica. Extraño, ¿verdad? Hasta los terroristas leen. Y, al parecer, leen mucho…

domingo, 3 de mayo de 2015

Barack Hussein Obama – luces y sombras


A Barack Hussein Obama, cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, se le recordará… ¿por? Hay quien estima que el segundo y último mandato del actual inquilino de la Casa Blanca ha pasado el Ecuador con más sombras que luces. El Presidente busca desesperadamente el equilibrio entre sus derrotas y sus victorias para poder dejar huella en la historia norteamericana.

Obama empezó su carrera a la Presidencia de los Estados Unidos con un persuasivo Yes, we can (Sí, podemos). Una frase que llenaba de optimismo a los ciudadanos de un país humillado por los ataques del 11 de septiembre, una gigantesca operación castigo contra el régimen talibán de Kabul, que acabó en un atolladero, el fracaso de la intervención armada de Irak, que engendró nuevos semblantes del radicalismo islámico. Yes, we can…  Norteamérica estaba deseosa de olvidar el sombrío pasado.  Sus pobladores apostaron, por vez primera, por un candidato afroamericano.

Apenas un año después de su llegada a la Casa Blanca, el exsenador demócrata por Illinois fue galardonado con el Premio Nobel por la Paz, por sus esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos y su visión de un mundo sin armas nucleares. Algunos politólogos no dudaron en tildar de precipitada la decisión del Comité Nobel noruego. En efecto, durante la presidencia de Obama los conflictos internacionales se multiplicaron. Las turbulencias pusieron de manifiesto la fragilidad del hasta entonces incontestable poderío de los Estados Unidos.  Seis años después de aquel convincente Yes, we can, algunos analistas políticos se dedican a poner en entredicho la gestión del Presidente.
    
A la hora de evaluar los éxitos y los fracasos de la política de Obama, los medios de comunicación procuran hacer hincapié en los aspectos positivos de ésta: el acuerdo nuclear con Irán, que pretende evitar la proliferación de armas atómicas en una de las regiones más inestables del planeta y la normalización de las relaciones con Cuba, interrumpidas desde la década de los 60, pírrica victoria del imperialismo yanqui sobre el socialismo revolucionario castrista.

En ambos casos, conviene estudiar con detenimiento el alcance de las medidas. El acuerdo nuclear con Irán tendrá que contar con el visto bueno (y probable supervisión) de las Cámaras, controladas por mayorías republicanas hostiles a la acción exterior del Presidente y propensas a hacer suya la argumentación belicosa de los halcones de Tel Aviv. ¿Sobrevivirá el acuerdo nuclear? Los dinamiteros de Washington y de Teherán harán todo lo que esté en su poder para precipitar el naufragio.

La normalización de las relaciones Estados Unido – Cuba ha tenido un gran impacto a nivel continental. Sin embargo, sus detractores aseguran que se trata de un mero intento de aislar al llamado grupo de países bolivarianos - Venezuela, Ecuador, Bolivia, ¿Argentina? – cuyos gobernantes apuestan por la fuerte presencia rusa y china en el hemisferio Sur. Ficticia o real, la amenaza se ha convertido en la pesadilla de Washington.

Por su parte, los detractores del Presidente (que son legión) prefieren destacar los errores cometidos por Barack Obama desde su llegada a la Casa Blanca. Aluden al fracaso de las mal llamadas Primaveras árabes, el derrocamiento de Gadafi y el caos que se apoderó de Libia tras la intervención de la OTAN, la caída de Hosni Mubarak, que dejó vía libre al Gobierno liderado por los Hermanos Musulmanes, la crisis diplomática con Israel, el fiel aliado de Washington en la zona, el enfriamiento d las relaciones con Arabia Saudita, el otro incondicional de la política estadounidense, la incapacidad de apreciar en su justo valor el poderío y, por consiguiente, el peligro del Estado Islámico, el abandono prematuro de Irak y Afganistán, la incomprensible permisividad frente al talente poco democrático del Presidente turco Erdoğan…  

Para Daniel Pipes, politólogo republicano que defendió en su momento la política exterior de George W. Bush,  la doctrina de Obama se resume en pocas palabras: buenas relaciones con los enemigos de los Estados Unidos y frías con sus aliados.

Queda otra incógnita: la postura de Barack Obama ante un posible enfrentamiento con Rusia en el conflicto armado de Ucrania. En este caso concreto, las mayores reticencias provienen de las capitales europeas: París y Berlín. Los gobernantes del Viejo Continente prefieren la solución diplomática. 

miércoles, 22 de abril de 2015

El desafío de los viejos generales


La crisis de Ucrania podría desembocar en una segunda Guerra Fría; La agresión de Rusia representa el mayor reto para la seguridad europea; Europa se rearma frente a la amenaza rusa. La lectura de los titulares de la prensa occidental me recuerda, extrañamente, los peores años de la Guerra Fría, la jerga belicosa empleada por los dos bloques militares empeñados en controlar el destino de los europeos: la Alianza Atlántica y el Pacto de Varsovia. Mas la confrontación ideológica Este – Oeste finalizó en la década de los 90 del pasado siglo, sin la inquietante intervención de los militares, predispuestos a apretar el gatillo o recurrir a los terroríficos artefactos nucleares almacenados en el suelo del Viejo Continente.  Aparentemente, el sentido común de los políticos había alejado el desencadenamiento de la Tercera Guerra Mundial. Pero se trataba de una simple tregua.

Los conflictos armados de la última década del siglo XX – Bosnia, Serbia, Kosovo – cambiaron la fisionomía de los Balcanes. Bosnia recuperó sus atributos de país musulmán; Serbia volvió a ser un territorio pobre, rodeado por vecinos codiciosos y molestos; Kosovo tuvo la dicha de convertirse en el primer protectorado de la OTAN ubicado en una de las regiones más inestables de Europa. El común denominador de los tres conflictos: la limpieza étnica. La solución trajo consigo los tráficos de armas y de drogas, la corrupción, la criminalidad, el reinado de las mafias. Todo ello, bajo la complaciente o cómplice mirada de los funcionarios internacionales y los expertos europeos.

El operativo militar en los Balcanes, liderado por el general estadounidense Wesley Clark, comandante en jefe de la OTAN, desembocó en la modificación de las fronteras. De la antigua Yugoslavia, promotora del Movimiento de los No Alineados, la famosa tercera vía entre el comunismo y el capitalismo, sólo queda un vago recuerdo. El ensayo resultó concluyente: se abría el camino para la expansión hacia en Este. 
  
Trescientos paracaidistas norteamericanos llegan a Ucrania. La noticia, publicada hace apenas unos días en los periódicos europeos, hace hincapié en el carácter pacífico de esta visita. Los militares estadounidenses se limitarán a adiestrar a los miembros de la futura Guardia Nacional ucrania, cuerpo de élite integrado por antiguos paramilitares.

Tranquilícese, estimado lector: nos aseguran nuestros ángeles de la guarda que la crisis de Ucrania poco tiene que ver con la Guerra Fría. Se trata de una guerra híbrida, eufemismo empleado por los estrategas para ocultar verdades por todos conocidas. Sin embargo, la guerra híbrida sirve para el envío de material sofisticado a las autoridades de Kiev. Los suministros se efectúan a través de empresas privadas que sirven de tapadera para la venta de armas, aparentemente no autorizadas por los Gobiernos.

Paralelamente  se registra un incremento del gasto militar de los nuevos miembros de la OTAN: Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria. Se trata, en realidad, de los únicos países de la Alianza Atlántica que aumentan los presupuestos de defensa, pues tanto los EE. UU. como las potencias occidentales – Alemania, Francia, Italia, Dinamarca y Portugal – planean aplicar recortes drásticos a sus respectivas partidas de defensa. 

Hay que armar a Ucrania. Rusia atacará dentro de dos meses, afirma el ex general Wesley Clark en una entrevista concedida al semanario estadounidense Newsweek. Clark encabeza un triunvirato castrense, integrado por el general Patrick M. Hughes, antiguo director de la inteligencia militar norteamericana y el también general John S. Caldwell, ex jefe adjunto del Estado Mayor, encargado del suministro de armamento, que dirige actualmente una de las más importantes compañías especializadas en la venta de material bélico sofisticado. Curiosamente, al trio se le suma el multimillonario George Soros, ex especulador reconvertido a mecenas y pensador, también partidario de un enfrentamiento abierto entre Ucrania y Rusia. Estima Soros – y lo pregona – que en Ucrania se defienden los valores y los principios sobre los que se creó la… Unión Europea. Olvida sin embargo el financiero húngaro-americano el renacer de los movimientos de corte nazi y la omnipresente corrupción, principal lacra de Ucrania. 

Por ende, conviene señalar que el diabólico cuarteto dispone de fondos ilimitados, mueve el negocio de armas y cuenta con influencias a escala mundial. En este caso concreto, utiliza hábilmente un argumento clave: si la UE no se involucra, aunque sólo sea indirectamente en el conflicto, Europa dejará de tener un peso específico en las relaciones internacionales.


En resumidas cuentas: la guerra caliente contra el oso ruso está servida.    

lunes, 6 de abril de 2015

Lausana: un acuerdo de principios en un mundo sin ética


La presencia de aquel suboficial de las tropas especiales iraníes me sorprendió Hello míster. No, no se preocupe; estamos aquí para protegerle, me dijo el militar armado hasta los dientes. ¿Contra quién?, pregunté.  Contra cualquiera que trate de acercarse a este edificio, respondió, señalando con la mano la sede de la representación diplomática estadounidense en Teherán.  Sucedió allá, por diciembre de 1978, durante mi última visita a lo que iba a convertirse, unos meses más tarde, en el nido de víboras del Gran Satán.

Tuve que abandonar Irán al día siguiente; la SAVAK – policía política del Sah – me invitó a hacerlo. A su manera; con un minucioso registro del que dejó innumerables y ostensibles huellas. La presencia de los periodistas extranjeros resultaba molesta. El propio Sah iba a abandonar el país pocas semanas después.

En Ginebra, a escasos kilómetros del mítico Beau Rivage Palace, que acogió la última ronde de consultas entre las seis potencias – Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, China y Rusia – y la República Islámica de Irán, un viejo amigo persa me recibió con los brazos abiertos: Verás; ahora vendrá la democracia.  Murió en el exilio, sin poder pisar la tierra de sus antepasados. Es el sino de los librepensadores, incapaces de tolerar los abusos de los déspotas ilustrados o de acomodarse con la teocracia de  los clérigos fanáticos.

Vuelven a mi mente esos lejanos recuerdos al tratar de evaluar los resultados de las maratonianas negociaciones de Lausana, que desembocaron recientemente en la firma del acuerdo preliminar destinado a poner fin al contencioso nuclear que enfrenta a Irán con los grandes de este mundo.  

La problemática es harto conocida. El régimen de los ayatolás, acusado de llevar a cabo un programa secreto para la fabricación de armas atómicas, se compromete, tras años de negociación, a reducir sus reservas de uranio enriquecido de 10.000 a 300 kilos durante un plazo de 15 años, a limitar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.000 y a abandonar la construcción de nuevas instalaciones nucleares durante los próximo tres lustros. El uranio enriquecido se almacenará en una sola planta. Por otra parte, la instalación subterránea de Fordo se convertirá en un centro de investigación dedicado sola y únicamente a la utilización del átomo con fines pacíficos. A cambio de ello, Estados Unidos y sus aliados procederán, una vez que la AIEA deje constancia de que Irán cumple sus compromisos, al levantamiento de las sanciones económicas y financieras decretadas contra el régimen iraní hace más de diez años.

Un compromiso histórico, estima el Presidente Obama, que desea finalizar su segundo y último  mandato con algún resultado positivo en política exterior. Una farsa, contestan sus detractores, persuadidos de que la República Islámica hará todo lo posible por incumplir sus promesas. Un peligro para la estabilidad de la región, alega la monarquía saudita, preocupada por la expansión chiita en la zona. Un acuerdo que pone el peligro la supervivencia del Estado de Israel, advierte el Primer Ministro Netanyahu. Un pacto insuficiente, que conviene rechazar, señala John Boehner, líder de la mayoría republicana en el Congreso de los Estados Unidos. Un signo de debilidad por parte del Gobierno iraní, afirma por su parte el ayatolá Alí Jameney,  jefe espiritual de la Revolución Islámica. Ante los ataques de los “halcones”, los negociadores cuentan con escasas semanas para redactar un tratado aceptable para todos.

Una puntualización: el programa nuclear iraní no dio comienzo a finales des siglo XX, como afirman algunos. Los primeros contactos de Teherán con la energía nuclear se remontan a… 1957, fecha en la que el Sah firmó el primer acuerdo de cooperación nuclear civil. En 1975, el entonces Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, rubrico un memorándum titulado   U.S.-Iran Nuclear Co-operation, que aludía al suministro de equipo nuclear a Irán. Además de las exportaciones llevadas a cabo por Estados Unidos y Alemania, se creó un consorcio multinacional integrado por empresas francesas, belgas, españolas y suecas, cuya tarea consistía en facilitar financiación y tecnología nuclear a las autoridades iraníes.

Tras la revolución islámica, los suministros que quedaron congelados. Sin embargo, durante esa travesía del desierto, Israel intentó un acercamiento científico-estratégico a Irán. Corrían los tiempos del Irangate, cuando los traficantes de armas de Tel Aviv no dudaban en negociar con… Dios y con el Diablo. Jomeiny rechazó la propuesta: su programa político contempla – sigue contemplando - la destrucción total del ente sionista. De ahí los temores de Netanyahu.


Finalmente, conviene recordar que Irán cuenta con dos vecinos que disponen de la bomba atómica: Paquistán y la India. En ambos casos, los responsables de la proliferación nuclear son… las dos superpotencias: Estados Unidos y la antigua URSS. Pero aquí nos adentramos en el terreno de la… materia reservada.  

miércoles, 1 de abril de 2015

Oriente Medio: de las "primaveras árabes" a las alianzas militares


Dios creó la guerra para que los norteamericanos aprendieran geografía, afirmaba sarcásticamente el afamado escritor norteamericano Mark Twain, buen conocedor de las múltiples y profundas lagunas culturales de sus compatriotas.

Barack Hussein Obama, presidente de los Estados Unidos, apadrinó las Primaveras árabes confiando en poder llevar la democracia a una región del mundo que se rige por parámetros muy distintos a los valores abrazados por los norteamericanos. Mil disculpas, estimado lector; las comparaciones son odiosas. Barack Obama no es Dios. Cabe suponer que al tratar de arreglar los destinos del mundo árabe-musulmán, cayó en la trampa tendida a sus compatriotas por el supino desconocimiento de una cultura diferente.

Conviene recordar que al asumir su primer mandato, el cuadragésimo cuarto Presidente de los EE. UU. tuvo que hacer frente al innegable deterioro de las relaciones entre Washington y las capitales árabes. Los atentados del 11 de septiembre, la intervención norteamericana en Afganistán, la invasión de Irak, habían ensanchado la brecha entre las dos culturas: la musulmana y la occidental (cristiana). Buscar la paz, el acercamiento y la concordia parecían los objetivos prioritarios del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sin embargo…

Barack Obama se equivocó al tratar de recurrir a viejos remedios: la exportación de la democracia Made in USA a una región que cuenta con tejidos sociales frágiles u obsoletos, los intentos de apoyar a movimientos políticos hostiles al poder establecido o de apostar por agrupaciones religiosas poco propensas a avalar la modernización de las estructuras sociales. La ofensiva de Washington fracasó en Egipto, Libia y Siria. El miedo acabó apoderándose de los aliados de Norteamérica: Jordania, Arabia Saudita, las monarquías del Golfo Pérsico. Con razón: los vientos de cambios que soplaban en tierras de Oriente ponían en tela de juicio la legitimidad de las hasta ahora incontestadas estructuras feudales.

La encarnizada guerra civil siria afectó directa o indirectamente la estabilidad política de otros Estados de la zona: Jordania, Líbano, Israel, Turquía. Cuando se detectó el uso de armas químicas en ataques dirigidos contra la población civil, Obama estuvo a punto de bombardear Damasco. Pero la Casa Blanca tropezó con el niet rotundo del Kremlin.  

Huelga decir que el conflicto, que se había convertido en una especie de laboratorio de la violencia para las múltiples agrupaciones guerrilleras creadas y financiadas por norteamericanos, saudíes, qataríes e… iraníes, se tornó en auténtica pesadilla tras la aparición del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS). Los radicales islámicos lograron adueñarse de los yacimientos de petróleo de Siria y de Irak. El laboratorio acababa de engendrar su monstruo…

El incontrolable avance del Estado Islámico en Irak obligó a reconsiderar las alianzas estratégicas. La Casa Blanca no vio con malos ojos la intervención de los Guardianes de la Revolución iranés en el frente iraquí. Aún así, Teherán seguía en la lista negra de Washington a raíz de su controvertido programa nuclear. Poco importa: mientras el regateo nuclear continúa, la Administración estadounidense prefiere hacer suya la máxima: los enemigos de mis enemigos son…¿mis amigos?

La presencia de Irán en la zona no se limita, sin embargo, a la ofensiva contra el Estado Islámico. Teherán no ha disimulado su apoyo al Presidente sirio, Bashar el Assad, ni su respaldo a Hezbolá, la agrupación armada libanesa de corte político-religioso que se ha tornado en el enemigo público número uno de los estrategas de Tel Aviv. ¿Demasiado complicado? No, en absoluto; estamos en Oriente Medio.

Mas el panorama de alianzas contra naturaleza empieza a enmarañarse cuando una tribu chiita de Yemen, los hutíes, declara la guerra al presidente sunita del país, Abd Rabo Mansur Hadi, un prooccidental protegido por la monarquía saudita. ¿Otro conflicto interno?

Yemen ha sido, desde siempre, el feudo de Al Qaeda en la Península Arábiga. El grupo terrorista cuenta con varios campos de entrenamiento estrechamente vigilados, eso sí, por los servicios de inteligencia norteamericanos y saudíes. Se supone que Washington está librando aquí batalla contra el radicalismo islámico. Eso es mucho suponer…

Cuando los hutíes pusieron en peligro la supervivencia del régimen sunita de Saná, las autoridades de Riad se apresuraron a denunciar la injerencia iraní en el país vecino. El Gabinete del recién entronizado rey Salmán se decantó no sólo por una movilización general, sino también por la creación de una coalición militar árabe destinada a contrarrestar los designios bélicos de Teherán en la región. Dotada con 40.000 hombres, un centenar de blindados y 180 aviones de combate, la alianza panta cara al nuevo enemigo: el Irán chiita. Otro enfrentamiento en ciernes.

Como para recordarnos que el Nobel de la Paz Barack Obama se ha vuelto a confundir.  O ¿a… confundirnos?


jueves, 26 de marzo de 2015

A la caza de los "submarinos rojos"


Hay verdades ocultas y revelaciones que conviene silenciar. El escándalo o, mejor dicho, la tormenta en un vaso de agua estalló en octubre del pasado año, cuando las autoridades suecas denunciaron la presencia de submarinos intrusos en sus aguas territoriales. Acto seguido, el Ministerio de Defensa del neutral Reino de Suecia decretó la mayor movilización militar desde el final de la Guerra Fría. Algunos recordaban vagamente que en 1981 un sumergible soviético que transportaba armas nucleares encalló cerca de las costas suecas.

Aunque durante el aparentemente inexplicable incidente producido en octubre los servicios de inteligencia suecos no señalaron a Rusia, el diario Svenska Dagbladet informó que los militares habían interceptado mensajes de emergencia procedentes de un mini submarino que solicitaba auxilio. Curiosamente, el objeto no identificado desapareció tras la llegada en la zona de un barco-laboratorio ruso, dedicado a la investigación científica del fondo de los mares. ¿Mera casualidad?

Al parecer, en el trasfondo de los extraños incidentes navales hallamos el distanciamiento entre Rusia y los países de Occidente que han impuesto sanciones a Moscú por lo que consideran un apoyo encubierto del Kremlin a los rebeldes ucranios.

Pero, ¿cómo se explica la aparición y desaparición de los submarinos rusos en las costas escandinavas? La clave del misterio estriba en uno de los secretos mejor guardados por la cúpula de la Alianza Atlántica: los rusos controlan actualmente una base militar ultrasecreta en Noruega, país miembro de la OTAN.

Hagamos memoria: hace apenas seis años, los políticos noruegos decidieron que la Federación Rusa había dejado de ser una amenaza para sus vecinos. Se habló del posible desmantelamiento de algunas instalaciones militares, cuyo mantenimiento resultaba muy gravoso para las arcas del país. El Ministerio de Defensa se decantó por la venta de la base secreta de Olavsvern, ubicada en una región montañosa, cerca de Tromsø. La base tiene una superficie de 948.900 metros cuadrados. Dispone de amarres para buques de guerra y submarinos. Cuenta también con 124 dormitorios. En resumidas cuentas, podría ser el refugio ideal para un… ejército. Un refugio situado en las inmediaciones de la frontera con Rusia.

La construcción de la base se realizó entre 1964 y 1994. Su coste ascendió a… ¡440 millones de Euros! Sin embargo, el Gobierno noruego decidió venderla – sin éxito - por 12,1 millones.  Finalmente, consiguió deshacerse de Olavsvern por el módico precio de  4,4 millones.

El comprador, el hombre de negocios Gunnar Wilhelmsen, no tardó en encontrar inquilino. Se trata de la empresa rusa Sevmorneftegeofizika, especializada en la medición sísmica marítima. Pero las embarcaciones de Sevmorneftegeofizika forman parte de la marina de guerra rusa. Los barcos, que realizan mediciones sísmicas y ejercen una estrecha vigilancia estratégica del entorno marino,  envían mini submarinos a las aguas territoriales de Suecia, Finlandia y Noruega. Todo ello, utilizando como punto de partida la antigua base de la OTAN, considerada durante décadas como uno de los pilares de la defensa de la soberanía noruega.

Si bien los políticos han puesto el grito en el cielo, la población de Tromsø no tiene queja alguna del comportamiento muy urbano de los visitantes rusos. Al contrario, espera que los negocios de la base se multipliquen.

Para recuperar las instalaciones estratégicas sacrificadas en el ara de la efímera convivencia pacífica con el oso ruso, el Gobierno debería invalidar la venta. Una opción ésta sumamente difícil en un país regido por la economía de mercado.

Detalle interesante: la venta de la base ultrasecreta de Olavsvern se realizó durante el mandato del Primer Ministro conservador Jens Stoltenberg, actual Secretario General de la Alianza Atlántica (OTAN) y ferviente defensor de la política de mano dura contra el Presidente Putin. Los comentarios sobran.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Elecciones israelíes: ¿más de lo mismo?


Sucedió lo que todo el mundo esperaba: el partido de centroderecha Likud, liderado por el Primer Ministro Benjamín Netanyahu, se alzó con la victoria en las elecciones legislativas celebradas esta semana en Israel. Pese a los sondeos a pie de urna, que vaticinaban un empate virtual entre la derecha y la bicéfala coalición de centroizquierda Unión Sionista del laborista Isaac Herzog y la liberal Tzipi Livni, los conservadores lograron imponerse. Hay quien cree que se trata de una victoria pírrica, puesto que ninguna de las grandes agrupaciones cuenta con la mayoría necesaria para contemplar la formación de un Gobierno estable, lo que deja entrever la opción de frágiles y efímeras alianzas.

En efecto, la proliferación de partidos bisagra, dispuestos a apoyar a cualquiera de las grandes corrientes ideológicas a cambio de pingües beneficios económicos, convierte el escenario político del Estado judío en una auténtica pesadilla para el ciudadano de a pie, obligado a afrontar el constante deterioro de la situación económica, que desembocó en el espectacular empobrecimiento de la clase media. A las desigualdades sociales se suma la alta tasa de desempleo, amén del vertiginoso incremento del precio de la vivienda.  Nada o muy poco que ver, al menos aparentemente, con la obsesión de Bibi Netanyahu por acabar de un plumazo con el programa nuclear iraní – peligro potencial para la supervivencia de Israel – o el deseo de los centristas - laboristas y liberales - de reanudar el diálogo con la Autoridad Nacional Palestina, interrumpido hace cuatro años por el Likud, apostando por la creación de un Estado palestino. Aún así, la izquierda prefiere hacer caso omiso del espíritu y la letra de los Acuerdos de Oslo.  

Huelga decir que durante la jornada electoral, es decir, antes del cierre de los colegios,  los principales partidos políticos habían iniciado consultas destinadas a asegurarse la  mayoría parlamentaria. Una tarea sumamente difícil, teniendo en cuenta el hecho de que ninguna de las corrientes mayoritarias contará con bastantes escaños para contemplar alianzas duraderas con las formaciones afines. Benjamín Netanyahu tendrá que recomponer los pactos con Bayt Yehudí o Israel Beteinu, agrupaciones que se sitúan la derecha del Likud y que contemplan el control de los territorios palestinos ocupados, así como la expansión de los asentamientos judíos de Cisjordania.

Para Isaac Herzog, la alternativa viable hubiese sido un acuerdo con el izquierdista Meretz, los comunistas árabes e israelíes de Hadash y los integrantes de la Lista Árabe Unida, tercera fuerza política del país. Sin embargo, los dirigentes de la Lista parecen poco propensos a forjar alianzas con las agrupaciones sionistas. Su electorado, que representa al 20 por ciento de la población árabe de Israel, no lo consentiría.

Quedan los liberales de centroizquierda de Yesh Atid  y los de centroderecha de Kulanu. Los primeros podrían decantarse por la Unión Sionista de Herzog; los segundos, por sus excompañeros y socios del Likud.

La gran incógnita será la postura de los partidos religiosos, que cuentan con una veintena de escaños en la Cámara, y que suelen arrimarse al carro del… mejor postor.
  
En resumidas cuentas, el partido de Netanyahu tiene muchas probabilidades de contar con una mayoría parlamentaria que le permita capear el temporal.

Detalle interesante: el pasado martes, poco después del cierre de los colegios electorales, el Presidente de Israel, Reuven Rivlin, instó a laboristas y conservadores a formar un Gobierno de Unidad Nacional. Pero tanto Netanyahu como Herzog rechazaron la propuesta.  Su ideología y sus respectivos programas de gobierno son (o al menos, parecen)… diametralmente opuestos. ¿Más inestabilidad política en perspectiva? ¿Más amenazas para los equilibrios o desequilibrios regionales? Para el ciudadano de a pie, ello se traduce por… más de lo mismo.