domingo, 10 de abril de 2022

Para que Rusia no vuelva a levantar cabeza


 De cómo atenazar a Rusia. Este fue el extraño mensaje que recibieron los lectores de una prestigiosa revista de relaciones internacionales que se publica en Nueva York. Sucedió allá, a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, en pleno idilio entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov.

¿Atenazar a Rusia? Los tiempos habían cambiado y la percepción del mudable coloso ruso poco tenía que ver con los estereotipos empleados durante los primeros años de la Guerra Fría. En principio, el país de la glasnost y la perestroika gozaba de la aún embrionaria simpatía del mundo libre. Sin embargo…

Atenazar a Rusia. Eliminar al gigante soviético de la lista de las superpotencias mundiales. Fue éste el sueño de varias generaciones de mandatarios occidentales. El aliado de la Segunda Guerra Mundial debía tornarse, forzosamente, en enemigo de nuestra civilización, en adversario de nuestros valores. Aun así, aquel informe realizado por un equipo de politólogos de la Universidad de Yale resultó más bien desconcertante. ¿Eliminar a Rusia (soviética) en el momento en que Gorbachov parecía dispuesto a aceptar las exigencias de la Casa Blanca, a hacer un sinfín de concesiones? Obviamente, los autores del documento habían elaborado una estrategia a largo plazo. ¿Se trataba de relegar a Rusia al estatuto de simple potencia regional, como la calificó años más tarde Barack Obama? El proceso, que implicaba la creación de un cordón sanitario en las fronteras europeas y la asociación de China a la tenaza contra Moscú, estaba en marcha. La primera fase – el acercamiento de la Alianza Atlántica a los confines de la Federación Rusa – finalizó durante el mandato de Obama. La segunda – la conquista de China – no llegó a materializarse.

En el Viejo Continente, se daban las condiciones para un enfrentamiento con el oso ruso. Sin embargo, el Kremlin no movía ficha. Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente de los Estados Unidos durante el mandato de Obama, se estrenó en la presidencia empleando un lenguaje agresivo para con Vladimir Putin. Las poco diplomáticas descalificaciones se prolongaron hasta después de la cumbre celebrada en Ginebra en junio del pasado año, durante la cual el presidente ruso rechazó la propuesta de sumarse al proyecto globalista de los socios de Biden.

Obviamente, había que atenazar a Rusia. Para ello, hacia falta encontrar un anzuelo. ¿Por qué no… Ucrania? Un país vecino de Rusia, donde reinaba una corrupción galopante, donde el nacionalismo y la rusofobia hallaron carta de naturaleza, donde habían surgido, con el beneplácito de Occidente, movimientos neonazis, donde se hallaban doscientos asesores militares estadounidenses, donde funcionaban bio-laboratorios financiados por instituciones públicas y privadas norteamericanas. (Los nombres y la ubicación de estos proyectos figuraban, hasta la invasión de las tropas rusas, en la página web de la Embajada de los Estados Unidos en Kiev).

El Kremlin tardó en aceptar el reto de Biden, quien había fijado incluso la fecha de la invasión.

En 2004, durante la revolución naranja que propició la caída del Gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, la canciller alemana Angela Merkel se negó a avalar al conglomerado de agrupaciones políticas que protagonizaban el cambio. La identidad de los emisarios del movimiento Maidán no le inspiraban confianza. Ello explica las recientes críticas contra la excanciller formuladas por Volodímir Zelensky.

Pero la guerra entre Washington y Moscú, la auténtica guerra de los globalistas contra los tradicionalistas, se libra en otro campo de batalla. Las divisiones de la Alianza Atlántica y los misiles nucleares de Rusia se desvanecen ante las sanciones impuestas a Moscú por Occidente. Se trata de un arma de doble filo, cuya utilización no coge desprevenido a Vladímir Putin. Hace tiempo que Rusia contempla la opción de llevar a cabo cambios sustanciales en la estructura económica y financiera del planeta.

Cambios económicos: tratando de resucitar y reactivar el bloque BRICS, compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que representa al 40 por ciento de la población mundial y genera gran parte del PIB de nuestro planeta. La decisión se produce una semana después de que el presidente Biden dijera que se establecería un nuevo orden mundial liderado por los Estados Unidos.

Cambio en el sistema financiero: para los dignatarios rusos, el abandono del dólar y el euro como principales reservas mundiales no parece un proyecto descabellado. Según ellos, un sistema financiero renovado debería basarse en la preponderancia de las monedas regionales – rublo, yuan, etc. – vinculados al patrón oro. Tanto Rusia como China utilizan este sistema de compensaciones, ante la gran desesperación de la banca tradicional, preocupada por la constante revaluación de dichas monedas.

Atenazar a Rusia. Cierto es que China no ha seguido el guion escrito por los politólogos de Yale. Y ello, pese a las concesiones de Washington a la hora de negociar nuevos acuerdos comerciales con Pekín, a las inevitables sanciones económicas, los intentos de soborno y, como no, la amenaza militar que supone la creación de la alianza militar AUKUS, que los chinos interpretan como un desafío directo.

La verdadera guerra será, pues, una guerra económica. Con vencedores y vencidos, inevitablemente. Cabe preguntarse qué pasaría si la estrategia de las tenazas no surte efecto. Es el dilema afrontan actualmente los economistas occidentales.   

miércoles, 6 de abril de 2022

Los horrores de la guerra vs. fake news

 

Recuerdo que hace unos años, al regresar de mis periplos por tierras de Oriente, recibí un extraño y, confieso, muy apetecible encargo de una universidad española. Se trataba de dirigir un seminario sobre Información y propaganda en el conflicto de Oriente Medio. Una cuestión relativamente sencilla para un conocedor en la materia, pero que implica un detenidísimo estudio, teniendo en cuenta el perfil de los participantes: jóvenes estudiantes con escaso conocimiento de las relaciones internacionales. Si bien el conflicto en sí requiere una explicación multidisciplinaria, la cuestión de la propaganda, de la argumentación de las partes, podría resultar espinosa, cuando no excesivamente árida.

Reconozco que había minusvalorado el potencial de mis estudiantes al abordar el tema del funcionamiento de los servicios secretos. Sí, los servicios secretos. Se me ocurrió aludir a un incidente registrado durante el verano de 1982, es decir, durante la guerra de Líbano, cuando en las aceras de una céntrica calle de Tel Aviv aparecieron varios legajos de documentos top secret extraviados por uno de los servicios secretos del Estado judío.

¿Qué significa “uno”, profesor? ¿Cuántos servicios secretos hay en Israel? Trece, contesté sin pestañar. ¿Trece? Pero si en mí país también hay trece, repuso un estudiante árabe, procedente, cómo no, de un país vecino de Israel. Finalmente, llegamos a la conclusión de que la mayoría de los Estados de la región contaba con sus doce o trece estructuras supersecretas que, en realidad, se espiaban recíprocamente. Se trataba de una tarea fácil, puesto que todos utilizaban los mismos métodos.

Un breve recorrido – nos limitaremos al siglo pasado – refleja la evolución de los términos empleados para definir las técnicas de propaganda de los servicios secretos. A comienzos del siglo XX, los espías propagandistas de la Francia republicana y el Imperio Prusiano apostaban por el vocablo intoxicación. En el período entre las dos Guerras Mundiales – los años 20 y 30 – solía emplearse la expresión propaganda o propaganda militar. Durante la guerra fría, se puso de moda la palabra información seguida, por contraste, por la desinformación. Difícil lenguaje, el de los propagandistas, resumido por el 45º presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, por la expresión simplista y populachera fake news (noticias falsas o mentiras).

Descubrí el significado de las llamadas fake news en el verano de 1974, durante la invasión de Chipre por el ejército turco. La misión del corresponsal de guerra resultaba difícil. Los combatientes de ambos bandos tenían el gatillo fácil; cruzar la línea verde era una autentica aventura. Los francotiradores emboscados en los cuarteles de la Guardia Nacional estaban esperando ansiosamente su momento de gloria. Matar a transeúntes, periodistas, diplomáticos, personal humanitario se había convertido en una broma inocente. Contarlo… Sí, he tenido esta suerte.

Aquella mañana de verano, un alto funcionario de la Presidencia del Gobierno turco destacado a la isla nos acompañó en el misterioso viaje hacia Famagusta; una travesía de veinte minutos que duró más de dos horas. Paramos en un descampado, junto a dos bulldozers custodiados por el ejército turco.

Hemos descubierto dos fosas comunes; aquí hay más de cien cadáveres de campesinos turcos (turcochipriotas) asesinados por los bestias del EOKA. Los bulldozers empezaron a desenterrar los cuerpos. Contamos ocho, diez, doce cadáveres: hombres, mujeres, niños. Nuestro acompañante nos aseguró que los militares identificaron más de cien cuerpos. El lúgubre espectáculo del desentierro de cadáveres – los mismos cadáveres - duró hasta la primera hora de la tarde, cuando apareció el noveno equipo de televisión de la BBC. Los bulldozers dejaron de funcionar; el show propagandístico había terminado. Los vivos y los muertos nos tomamos el merecido descanso.

Aquel día decidí titular la totalidad de mis crónicas chipriotas con el mismo encabezado: Los horrores de la guerra.

Volví a la isla veinte años más tarde. En el descampado se erige un memorial; el memorial de las víctimas de la barbarie del EOKA, equivalencia, si se pretende, del siniestro batallón ucranio Azov. Varias fotos de la época, amarillentas y de dudosa calidad, ilustran el trágico acontecimiento de aquel verano de 1974. Pero si ese eres tú, exclama mi compañero de viaje, un catedrático con excesivos conocimientos meramente académicos, sorprendido al reconocer a aquel joven con la mirada perdida, que dejó de ser un inocente periodista hace 48 años, en la Isla de Afrodita.

Los horrores de la guerra. Me acordé de aquel episodio de mi vida hace unos días, al descubrir en la pequeña pantalla de mi casa las impactantes imágenes de la masacre de Bucha. Esta vez, con la mirada del veterano informador, curtido en escenas de guerra, la vista de cadáveres, fosas comunes, victimas de atentados, de aberrantes combates y ejecuciones someras.

Sin querer, o tal vez voluntariamente, he asociado las expresiones horrores de la guerra y fake news. Qué los muertos me perdonen. 

viernes, 1 de abril de 2022

Biden y su Nuevo Orden Mundial, humillados por los príncipes del oro negro

 

Hay noticias que dan la vuelta al mundo y otras que, por inconfesables motivos, no logran circular. Curiosamente, se trata de informaciones complementarias, estrechamente ligadas a una cuestión clave. Sin embargo…

Va a haber un Nuevo Orden Mundial y tenemos que liderarlo. Y debemos unir al resto del mundo libre para hacerlo. El presidente Joe Biden pronunció estas palabras el 21 de marzo, primer día de primavera, ante un auditorio que congregaba a la flor y nata del mundo empresarial estadounidense. ¿Nuevo Orden Mundial? ¿Tenemos que hacerlo? ¿Liderarlo? ¿Otra conjura masónica o de los Illuminati?

En un país como los Estados Unidos, donde las sociedades supuestamente secretas proliferan, las tesis conspiracioncitas se difunden a velocidades supersónicas. El Imperator Biden lanza su cruzada globalista, insinúan los círculos ultraconservadores norteamericanos. Los europeos – algunos europeos – les siguen. Están acostumbrados a los zigzagueos de los inquilinos de la Casa Blanca. Pero no, no se trata de una mera ficción. El proyecto existe, pero tardará en florecer. Habrá que sortear muchos obstáculos, convencer a un sinfín de indecisos, o… fracasar.

Lo cierto es que la frase viral del presidente causó cierto malestar en las capitales europeas. Los políticos del Viejo Continente, más dados a valorar las medias tintas, miran con recelo los ataques de caudillismo de sus socios transatlánticos. Nada de frases tajantes ni de decisiones precipitadas. A veces, se les acusa de tibieza. Sin embargo, prefieren evitar las situaciones irreversibles. Con razón: Europa es un continente pequeño. El bombardeo de Belgrado, Dubrovnik o… Kiev producen secuelas incurables.

Si la noticia sobre el Nuevo Orden Mundial pregonado por Joe Biden se vivió casi en directo, poco trascendió sobre los discretos, cuando no, conflictivos preliminares, que desembocaron en la humillación del inquilino de la Casa Blanca y de su socio británico, Boris Johnson, empeñados en obtener el apoyo de los principales productores de petróleo en su cruzada contra la economía rusa. La verdad es que resulta sumamente molesto reconocer que tanto la Casa Real de Arabia Saudita como la dinastía de los Emiratos Árabes se negaron a contestar las llamadas telefónicas de Biden y las gestiones hechas in situ por el primer ministro británico. ¿El motivo? La Casa Blanca se había comprometido a suplir las exportaciones de gas y petróleo ruso destinadas a Occidente con productos norteamericanos o procedentes de países amigos de Washington. Pero a la hora de la verdad, los saudíes y los emiratíes prefirieron respetar sus compromisos con los demás miembros de la OPEP – Rusia incluida – que habían acordado no incrementar la producción de crudo hasta la primavera próxima. Biden trató de tocar a las puertas de sus archienemigos – Irán y Venezuela – pero tropezó con la negativa de éstos. Los príncipes del oro negro tienen un peculiar código de conducta.

¿Qué hacer con los excedentes de producción de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes? Aparentemente, compradores no faltan. China, que a la hora de la verdad tampoco quiere someterse a los ukases antirrusos de la Casa Blanca, se ofreció a adquirir petróleo saudí. El gigante asiático se ha convertido en el principal cliente de los wahabitas. Los chinos llevan seis años intentando persuadir a Arabia Saudí para que venda su petróleo en yuanes. Según el Wall Street Journal, la medida amenazaría seriamente el dominio global de los estadounidenses en el mercado petrolero y afectaría la supremacía del dólar.

Pero hay más: el acercamiento de los chinos al reino del desierto no se limita a la compra de petróleo. Los saudíes contaron con Pekín para la producción de sus misiles balísticos, el desarrollo del programa nuclear y las cuantiosas inversiones en los proyectos modernistas del príncipe heredero Mohammed bin Salman, gobernante de facto del reino.

Es cierto: los Estados Unidos se han comprometido a ofrecer apoyo estratégico a Arabia Saudita, pero la monarquía está descontenta con la falta de ayuda norteamericana en la guerra del Yemen, el interés de Washington en resucitar el acuerdo nuclear con Teherán o la caótica y mal explicada retirada de Estados Unidos de Afganistán. Y aunque nadie se pregunta abiertamente en Riad ¿qué hacer con amigos así? el interrogante queda en el aire.

A la humillación de Binen se suma la ira de Boris Johnson quien, tras haber intentado convencer a los saudíes y los emiratíes que no dejan de ser los socios internacionales clave de Occidente, se vio obligado a reconocer que en el recóndito universo de los hidrocarburos el fantasma de Rusia es omnipresente.

Sí, el orden mundial está cambiando. Es un hecho, no una frase viral.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Ucrania: ¿la luz al final del túnel?


Sucedió lo que algunos no dudarían llamar un milagro: los emisarios de Kiev y Moscú, reunidos en Estambul, dieron ayer luz verde a un anteproyecto de acuerdo que presupondría el cese de las hostilidades entre Rusia y Ucrania e, implícitamente, la firma de un tratado de seguridad.

Sucedió lo que algunos no dudaron en llamar una catástrofe: para Washington y Londres, el advenimiento de la paz sería a la vez prematuro e indeseable. El guion de los políticos anglosajones contempla probablemente más derramamiento de sangre, más sacrificio, más sufrimiento. La Casa Blanca le advirtió al presidente Zelensky que el acuerdo con Moscú parecía… inoportuno. Sin embargo…

El eterno candidato al cargo de mediador internacional, Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía y amigo personal de Vladímir Putin y Vlodímir Zelensky, tenía sobrados motivos para celebrar el éxito de esta ronda de consultas. Hacía más de un mes que los países neutrales de Europa habían apostado por los dotes de persuasión del sultán. De hecho, Turquía, potencia regional en auge, podía desempeñar la función de intermediario activo en el conflicto entre vecinos.

Para Erdogan, adalid del nuevo otomanismo, el papel de Turquía consiste en tratar de igual a igual con los zares del Kremlin, recordándoles la época en la que el Mar Negro – el Lago Turco – contaba con asentamientos otomanos en la península de Crimea y las orillas del Mar de Azov. Las ciudades arrasadas estas últimas semanas por el cuerpo expedicionario ruso fueron edificadas hace siglos por navegantes griegos y comerciantes turcos, armenios, tártaros, italianos. Se trata de una herencia cultural significativa para el Estado turco, para los nostálgicos del glorioso pasado del Imperio Otomano.

Tampoco olvida Erdogan su primer contacto con Ucrania, la recién independizada república exsoviética que organizó, en 2007, un sonado encuentro regional de agrupaciones nacionalistas, al que asistió como representante de Milli Görüs, conglomerado de grupúsculos políticos y religiosos de corte islamista inspirado en el ideario del Necmettin Erbakan. El sultán supo mimar a sus amigos ucranios…

En la reunión de Estambul, la delegación de Kiev exigió la apertura inmediata de pasillos humanitarios para la evacuación de los civiles que se hallan en las zonas del conflicto y la retirada de las tropas rusas. A cambio, Ucrania se comprometía a renunciar a la adhesión a la OTAN y de negociar sin prisas su integración en la Unión Europea.

La neutralidad y la seguridad del país serían garantizadas y supervisadas por ocho Estados: Francia, Alemania, China, Rusia, Estados Unidos, Polonia, Israel y Turquía. El tratado de garantías de seguridad sería muy parecido a la Carta de la OTAN, con un Artículo 5 análogo, aunque mejorado. Según la propuesta de Kiev, el acuerdo se implementaría a través de un referéndum, comprometiéndose los Estados garantes a proteger activamente a Ucrania ante cualquier agresión.  

En cuanto a la anexión de Crimea se refiere, las partes dejan constancia de la intención de resolver el problema por vía diplomática en un plazo de 15 años.

Por su parte, Rusia se compromete a reducir su presencia militar en las inmediaciones de Kiev y Chernihiv para fomentar la confianza en el porvenir de las consultas, abonando el terreno para la aprobación y la eventual firma de un futuro tratado de paz. Una perspectiva ésta, que no acaba de convencer a los partidarios de las últimas sanciones contra Rusia, quienes sueñan, muy probablemente, con el derrocamiento de Vladímir Putin y el derrumbe total del imperio exsoviético. 

martes, 22 de marzo de 2022

Biden a Putin: Venga, criminal de guerra ¡ataca!


Nunca se me había ocurrido que un ser normal, civilizado, acabaría echando de menos la fraseología empleada durante los primeros años de la Guerra Fría, las malsonantes palabras rojo, peligro comunista, oso ruso, conjura imperialista, trama belicista y un sinfín de otras lindezas a las que nos habían acostumbrado los servicios de propaganda instalados de ambos lados del Telón de acero. La Europa posbélica se dividía entre los buenos, es decir, nosotros, y los malos, nuestros enemigos, contrincantes, rivales ideológicos o detractores de nuestra fe. Un mundo polarizado, con un discurso cansino, poco convincente. Cansino, sí, pero muy civilizado en comparación con las esperpénticas diatribas que vomitan actualmente los medios de comunicación – intoxicación – desinformación al abordar los temas de la guerra de Ucrania, la represión en Rusia, el espectacular, aunque inquietante despertar de China. 

Algunos prefieren no emplear el vocablo guerra; les parece demasiado… ofensivo. Otros usan y abusan de esa palabra. Al igual que durante la Guerra Fría, el malo es, forzosamente, el enemigo.

Al cabo de una larga, demasiado prolongada, cura de intoxicación (hoy en día la llaman adoctrinamiento) me acordé de los antiguos guerreros, de los gentilhombres que protagonizaron la batalla de Fontenoy. Disparen, señores franceses, gritó el lord Hay, comandante de la guardia inglesa. Caballeros ingleses, disparen primero, replicó el conde de Auteroche. Los franceses ganaron aquella batalla; fue una victoria honrosa.  

Caballeros ingleses, disparen primero. Sucedió en 1745. Hoy en día, los epítetos son asesino, criminal de guerra o, en el mejor de los casos, corrupto. El último parte que nos llega desde Washington - la capital del imperio anglosajón de Occidente – atribuido a Joseph Biden, reza así: Putin está en un callejón sin salida. Está claro que Rusia está considerando el uso de armas químicas y bilógicas en Ucrania. Pero ¡cuidado! Esta decisión provocaría una severa respuesta por parte de Occidente.

Cierto es que en las últimas semanas circularon noticias sobre la existencia de varios laboratorios dedicados a investigar la posible creación de agentes biológicos, financiados por el Pentágono y otras entidades públicas estadounidenses. El Kremlin acusó a Washington de desarrollar programas militares en los confines de la Federación Rusa. Les puedo asegurar que eso es totalmente falso, dijo Biden durante una reunión con la flor y nata del empresariado norteamericano.

Ahora sabemos que Rusia ha formulado acusaciones falsas contra nosotros y que China parece propensa a avalar sus argumentos propagandísticos. Debemos monitorizar cualquier posible uso de armas químicas y biológicas en Ucrania, advirtió la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki. Eso sí, sin pestañar. Claro que el Congreso de los Estados Unidos fue informado de la existencia de dichos centros por una alta funcionaria del Departamento de Estado, pero aun así…

Por su parte, el presidente Biden resucitó el fantasma de un posible mega ataque cibernético ruso contra las infraestructuras estratégicas de los Estados Unidos.

Conviene señalar que a la habitual subida de tono en los monólogos con Moscú, se ha sumado, en las últimas horas, una poco amistosa advertencia a las autoridades chinas. Cualquier colaboración económica, ideológica o militar con Moscú podría llevar a la adopción de medidas de retorsión por parte de los Estados Unidos. Para empezar, la Casa Blanca contempla la limitación de visados para los miembros del establishment chino.

Obviamente, a los gobernantes de Pekín no se les puede tildar de criminales de guerra. Pero sí se les puede someter al chantaje que suelen ejercer las grandes potencias. En este caso concreto, los comentarios sobran.

domingo, 20 de marzo de 2022

La UE a Erdogan: cuidado con los malabarismos

 

Si se busca un común denominador de las relaciones entre la Unión Europea y Turquía, la palabra más idónea sería desconfianza. Desconfianza, desprecio, recelo son los términos que podrían emplearse a la hora de calificar los fluctuantes, cuando no, tormentosos vínculos entre los herederos del renombrado imperio Otomano y los eurócratas de la capital belga.

Los turcos no reniegan de su glorioso pasado; los máximos exponentes del club cristiano de Bruselas (Erdogan dixit) miran con recelo a los emisarios de esta nueva potencia regional, dispuesta a hipotecar parte de su reciente historia para convertirse, con el beneplácito de alemanes, franceses, italianos o portugueses, en un miembro más de la familia europea. De la hasta ahora opulenta familia, preocupada por su prosperidad.

Es cierto; los tiempos cambian. Turquía, que solicitó su ingreso en la CE/UE en 1987, sigue manteniendo su estatuto de aspirante a la adhesión. De eterno aspirante, al que se le ha contestado siempre con peros o evasivas. Los turcos saben que detrás de los argumentos esgrimidos por Bruselas: carencias del sistema democrático, violación de los derechos humanos, de la libertad de expresión, de la discriminación de la minoría kurda o la situación de la mujer, se oculta el verdadero motivo: la competitividad de las exportaciones hacia los países miembros de la Unión. Los europeos temen el dinamismo de la economía turca. En realidad, el hombre enfermo de Europa goza de buena salud.

Desde el punto de vista político, los neo-otomanistas de Ankara muestran una lucidez digna de los herederos de un gran imperio. En las últimas décadas, los turcos lograron resucitar o reactivar las relaciones con los países y territorios que pertenecieron al imperio Otomano, incrementando su presencia en los Balcanes, Asia Central, el Golfo Pérsico, el Cuerno de África. Sin olvidar, claro está, el siempre conflictivo espacio postsoviético: Rusia, Ucrania y los estados de la región caucásica.

Turquía firmó acuerdos de cooperación económica y estratégica con Rusia, que cubren la adquisición de sistemas de defensa antiaérea, instalación de centrales atómicas dotadas de tecnología rusa, maquinaría de construcción o productos agroalimentarios.

A Ucrania le suministró tecnología moderna para la fabricación de drones y vehículos militares; a los países de la antigua Yugoslavia, numerosas patentes industriales.

Como miembro fundador de la Alianza Atlántica (OTAN), Turquía tomó partido desde el primer momento a favor de Ucrania en el conflicto con Rusia, pero sin olvidar los compromisos contraídos con el Kremlin. Pese a las desavenencias surgidas durante la segunda guerra de Nagorno Karabaj, en 2020, la relación entre Recep Taiyp Erdogan y Vladímir Putin sigue siendo muy fluida. Bastante fluida, al parecer, para que los eurócratas decidan llamar a capitulo al rebelde presidente turco. 

La pasada semana, el embajador de la UE en Ankara, Nikolaus Meyer-Landrut, le trasladó a Erdogan la preocupación de Bruselas ante la supuesta ambigüedad de la política de Turquía, país que no se sumó a las sanciones decretadas por la UE, no prohibió las emisiones de la cadena de televisión rusa RT, no cerró su espacio aéreo a los vuelos de las compañías rusas, no… En pocas palabras, sugirió que Turquía, mero candidato a la adhesión a la UE, debía alinearse a la política comunitaria.

Turquía no podrá seguir haciendo malabarismos, advirtió Meyer-Landrut, diplomático de carrera germano, que se desempeñó como asesor principal para asuntos europeos de la canciller alemana Angela Merkel, una de las principales detractoras del ingreso de Ankara en el selecto club de Bruselas. ¿Malabarismos? Pero si Turquía no debe nada a los comunitarios…

Es cierto: el Gobierno de Ankara decidió mantener abierto su espacio aéreo para que los rusos residentes en la UE y los ciudadanos comunitarios pudieran seguir viajando a la Federación Rusa. 

Erdogan ha subrayado en reiteradas ocasiones que no tiene intención de renunciar a las relaciones con Kiev ni con Moscú. En deterioro de los contactos con Rusia podría tener consecuencias dramáticas para la política de su país. Por otra parte, el presidente turco criticó recientemente la respuesta de Europa a la invasión rusa de Ucrania, calificándola de caza de brujas dirigida contra el pueblo, la cultura y el arte rusos.

Por ende, conviene recordar que, en la guerra de Ucrania, Ankara ofreció sus buenos oficios como mediador. ¿Malabarismos? Ninguno.


lunes, 14 de marzo de 2022

El Sol Negro de Mariúpol

 

El deseo del Kremlin de desnazificar Ucrania fue uno de los principales argumentos esgrimidos por Vladímir Putin durante las primeras horas de la invasión del país eslavo que se enorgullece de haber sido la cuna del Estado ruso. En efecto, todo empezó aquí, en el rus de Kiev (pueblo de Kiev), fundado alrededor de 882 por el príncipe Oleg de Nóvgorod. Sus habitantes primitivos, vikingos que emigraron de Europa septentrional, fueron los primeros en abrazar el cristianismo, la fe que procedía de Bizancio…

Para los rusos, Kiev tiene el mismo significado que el Vaticano para los cristianos o Jerusalén para el pueblo judío. Kiev parecía intocable; atacarla equivaldría a un sacrilegio. La patria rusa que propugna Putin no puede, no debe quedarse huérfana.

Pero el dueño del Kremlin insiste: hay que desnazificar Ucrania. Alude Putin a grupos paramilitares de corte neonazi, a organizaciones fascistas, racistas, antisemitas o xenófobas.

Es un disparate, afirma el presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, quien se apresura en hacer hincapié en su origen judío y la adscripción de su abuelo al Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Dónde están los nazis?, pregunta irritado el actor Zelensky, que interpretó el papel de presidente en una obra de ficción antes de ostentar el cargo de primer dignatario de Ucrania.

En realidad, tanto Vladímir como Volodímir tienen razón. Y ambos se equivocan. Putin, al ofrecer una imagen distorsionada de la sociedad ucraniana; Zelensky, al negar la existencia de agrupaciones neonazis ofensivas y virulentas en el suelo de su país.

Es cierto; tras la independencia de Ucrania o, mejor dicho, tras haberse desvinculado de la extinta Unión Soviética, las agrupaciones políticas conservadoras, véase ultraderechistas, proliferaron en su territorio.

Además de los partidos supremacistas, que defienden la hegemonía de la raza blanca, inspirándose tanto en las doctrinas raciales de la Alemania nazi como en la ideología de la ultraderecha norteamericana, surgieron una serie de organizaciones paramilitares, que combatieron a los movimientos secesionistas prorrusos durante la guerra de Donbás. Una de las más conocidas y más polémicas es la Unidad de Operaciones Especiales Azov – el batallón Azov – autentico hervidero de elementos de extrema derecha, que justificó las afirmaciones de Vladímir Putin.

El emblema del batallón Azov incluye, además del sol negro, símbolo oculto empleado por la jerarquía nazi, emblemas parecidos a la parafernalia del  Tercer Reich, como el Wolfsangel, una esvástica negra sobre un fondo amarillo.

Los fundadores de Azov proceden, aparentemente, de las filas del grupo paramilitar nacionalsocialista llamado Patriotas de Ucrania. El ideario del batallón se basa en la naciocracia, un sistema de control desarrollado por los nacionalistas ucranianos de los años 30 y 40 del siglo pasado. Conviene señalar que los héroes con los que se comparan los combatientes de Azov no sólo lucharon durante la Segunda Guerra Mundial contra las tropas soviéticas; también fueron responsables de los asesinatos en masa perpetrados contra ciudadanos judíos y polacos.

Detalle interesante: en 2014, tras la firma de los acuerdos de Minsk, la agrupación paramilitar se integró en la Fuerza Nacional de Ucrania (Gendarmería) y estuvo involucrada en las batallas por la ciudad portuaria de Mariúpol, donde estableció su cuartel general. Algunos de sus comandantes fueron incluso condecorados por su bravura por las autoridades de Kiev.   

En junio de 2015, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una resolución destinada a bloquear el uso de fondos militares norteamericanos destinados a Ucrania para proporcionar adiestramiento o armas al batallón, que algunos congresistas tildaron de milicia paramilitar neonazi. Sin embargo, la prohibición se levantó al año siguiente, a petición de… congresistas judíos.

¿Contradicciones? Sí, a medias. Huelga decir que en el caótico país que surgió tras la independencia de Ucrania, en 1991, la proliferación de ejércitos privados acompaña la galopante escalada de la corrupción. Se involucran en el proceso políticos, empresarios, caciques locales. Algunos, con el beneplácito y la protección de las mafias. Otros, contando con el apoyo de grupos de presión extranjeros, interesados en convertir Ucrania en cabeza de puente en su ofensiva global contra el enemigo de siempre: Rusia.

El padrino y benefactor del batallón Azov y de otras tres agrupaciones paramilitares – Dniepr I, Dniepr II y Aidar – es el multimillonario Ihor Kolomoisky, antiguo gobernador de la región de Dnepropetrovsk, dueño de varias empresas de comunicación, bancos, complejos industriales. Kolomoisky vivió varios años en Israel, antes de trasladarse a Suiza. Tras la independencia y, sobre todo, el cambio de régimen de 2014, potenciado por la Administración Obama, Kolomoisky se acercó a los círculos de poder de Kiev, convirtiéndose en una figura indispensable para el funcionamiento de los engranajes del país. El empresario Kolomoisky controlaba el sector metalúrgico, la producción y distribución de petróleo, gas y electricidad; el banquero Kolomoisky, reinaba sobre un conglomerado financiero cuya estrella era el Privatbank, una entidad cuya quiebra, en 2016, causó muchos quebraderos de cabeza a los inversionistas ucranianos y… trasatlánticos.  Kolomoisky utilizo los activos del banco para comprar empresas y ¡rascacielos! en los Estados Unidos.

El agente teatral Kolomoisky fue el productor de las series televisivas protagonizadas por Volodímir Zelensky. El israelita Kolomoisky fue recibido con todos los honores por los integrantes del batallón Azov, a pasar de no ser un ario puro ni el típico exponente de la raza blanca. Pero sabido es: quien paga…

Y la verdad es que Ihor Kolomoisky pagó muchos sueldos, muchos honorarios. Según una investigación sobre Ucrania llevada a cabo en 2012 por el Centro de Acción Anticorrupción (ANTAC), una organización sin fines de lucro cofinanciada por el multimillonario George Soros y el Departamento de Estado, la compañía de gas ucraniana Burisma Holding, que tenía en nómina al hijo del senador y exvicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, era propiedad de… Ihor Kolomoisky.

Hunter Biden, que denunció las atrocidades cometidas en la guerra de Donbás por ciertos grupos paramilitares, percibía emolumentos de… un millón de dólares. Pero esa es otra historia. O tal vez… ¿no?