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lunes, 14 de marzo de 2022

El Sol Negro de Mariúpol

 

El deseo del Kremlin de desnazificar Ucrania fue uno de los principales argumentos esgrimidos por Vladímir Putin durante las primeras horas de la invasión del país eslavo que se enorgullece de haber sido la cuna del Estado ruso. En efecto, todo empezó aquí, en el rus de Kiev (pueblo de Kiev), fundado alrededor de 882 por el príncipe Oleg de Nóvgorod. Sus habitantes primitivos, vikingos que emigraron de Europa septentrional, fueron los primeros en abrazar el cristianismo, la fe que procedía de Bizancio…

Para los rusos, Kiev tiene el mismo significado que el Vaticano para los cristianos o Jerusalén para el pueblo judío. Kiev parecía intocable; atacarla equivaldría a un sacrilegio. La patria rusa que propugna Putin no puede, no debe quedarse huérfana.

Pero el dueño del Kremlin insiste: hay que desnazificar Ucrania. Alude Putin a grupos paramilitares de corte neonazi, a organizaciones fascistas, racistas, antisemitas o xenófobas.

Es un disparate, afirma el presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, quien se apresura en hacer hincapié en su origen judío y la adscripción de su abuelo al Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Dónde están los nazis?, pregunta irritado el actor Zelensky, que interpretó el papel de presidente en una obra de ficción antes de ostentar el cargo de primer dignatario de Ucrania.

En realidad, tanto Vladímir como Volodímir tienen razón. Y ambos se equivocan. Putin, al ofrecer una imagen distorsionada de la sociedad ucraniana; Zelensky, al negar la existencia de agrupaciones neonazis ofensivas y virulentas en el suelo de su país.

Es cierto; tras la independencia de Ucrania o, mejor dicho, tras haberse desvinculado de la extinta Unión Soviética, las agrupaciones políticas conservadoras, véase ultraderechistas, proliferaron en su territorio.

Además de los partidos supremacistas, que defienden la hegemonía de la raza blanca, inspirándose tanto en las doctrinas raciales de la Alemania nazi como en la ideología de la ultraderecha norteamericana, surgieron una serie de organizaciones paramilitares, que combatieron a los movimientos secesionistas prorrusos durante la guerra de Donbás. Una de las más conocidas y más polémicas es la Unidad de Operaciones Especiales Azov – el batallón Azov – autentico hervidero de elementos de extrema derecha, que justificó las afirmaciones de Vladímir Putin.

El emblema del batallón Azov incluye, además del sol negro, símbolo oculto empleado por la jerarquía nazi, emblemas parecidos a la parafernalia del  Tercer Reich, como el Wolfsangel, una esvástica negra sobre un fondo amarillo.

Los fundadores de Azov proceden, aparentemente, de las filas del grupo paramilitar nacionalsocialista llamado Patriotas de Ucrania. El ideario del batallón se basa en la naciocracia, un sistema de control desarrollado por los nacionalistas ucranianos de los años 30 y 40 del siglo pasado. Conviene señalar que los héroes con los que se comparan los combatientes de Azov no sólo lucharon durante la Segunda Guerra Mundial contra las tropas soviéticas; también fueron responsables de los asesinatos en masa perpetrados contra ciudadanos judíos y polacos.

Detalle interesante: en 2014, tras la firma de los acuerdos de Minsk, la agrupación paramilitar se integró en la Fuerza Nacional de Ucrania (Gendarmería) y estuvo involucrada en las batallas por la ciudad portuaria de Mariúpol, donde estableció su cuartel general. Algunos de sus comandantes fueron incluso condecorados por su bravura por las autoridades de Kiev.   

En junio de 2015, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una resolución destinada a bloquear el uso de fondos militares norteamericanos destinados a Ucrania para proporcionar adiestramiento o armas al batallón, que algunos congresistas tildaron de milicia paramilitar neonazi. Sin embargo, la prohibición se levantó al año siguiente, a petición de… congresistas judíos.

¿Contradicciones? Sí, a medias. Huelga decir que en el caótico país que surgió tras la independencia de Ucrania, en 1991, la proliferación de ejércitos privados acompaña la galopante escalada de la corrupción. Se involucran en el proceso políticos, empresarios, caciques locales. Algunos, con el beneplácito y la protección de las mafias. Otros, contando con el apoyo de grupos de presión extranjeros, interesados en convertir Ucrania en cabeza de puente en su ofensiva global contra el enemigo de siempre: Rusia.

El padrino y benefactor del batallón Azov y de otras tres agrupaciones paramilitares – Dniepr I, Dniepr II y Aidar – es el multimillonario Ihor Kolomoisky, antiguo gobernador de la región de Dnepropetrovsk, dueño de varias empresas de comunicación, bancos, complejos industriales. Kolomoisky vivió varios años en Israel, antes de trasladarse a Suiza. Tras la independencia y, sobre todo, el cambio de régimen de 2014, potenciado por la Administración Obama, Kolomoisky se acercó a los círculos de poder de Kiev, convirtiéndose en una figura indispensable para el funcionamiento de los engranajes del país. El empresario Kolomoisky controlaba el sector metalúrgico, la producción y distribución de petróleo, gas y electricidad; el banquero Kolomoisky, reinaba sobre un conglomerado financiero cuya estrella era el Privatbank, una entidad cuya quiebra, en 2016, causó muchos quebraderos de cabeza a los inversionistas ucranianos y… trasatlánticos.  Kolomoisky utilizo los activos del banco para comprar empresas y ¡rascacielos! en los Estados Unidos.

El agente teatral Kolomoisky fue el productor de las series televisivas protagonizadas por Volodímir Zelensky. El israelita Kolomoisky fue recibido con todos los honores por los integrantes del batallón Azov, a pasar de no ser un ario puro ni el típico exponente de la raza blanca. Pero sabido es: quien paga…

Y la verdad es que Ihor Kolomoisky pagó muchos sueldos, muchos honorarios. Según una investigación sobre Ucrania llevada a cabo en 2012 por el Centro de Acción Anticorrupción (ANTAC), una organización sin fines de lucro cofinanciada por el multimillonario George Soros y el Departamento de Estado, la compañía de gas ucraniana Burisma Holding, que tenía en nómina al hijo del senador y exvicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, era propiedad de… Ihor Kolomoisky.

Hunter Biden, que denunció las atrocidades cometidas en la guerra de Donbás por ciertos grupos paramilitares, percibía emolumentos de… un millón de dólares. Pero esa es otra historia. O tal vez… ¿no?


viernes, 1 de junio de 2012

Europa: vuelven los demonios del pasado


Un fantasma recorre Europa: es el fantasma de la ultraderecha. Sus manifestaciones, múltiples e inquietantes, generan un profundo malestar en una opinión pública cansada de oír rancias consignas racistas y xenófobas, unos mensajes cuya supuesta carga emocional se limita muy a menudo a la clásica jerga del patrioterismo. Sin embargo, hay más, mucho más…

Hace apenas unas semanas, se anunció la publicación en Alemania del Mein Kampf de Adolfo Hitler, libro prohibido después de la Segunda Guerra Mundial. Su reedición coincide con el espectacular avance del Frente Nacional francés, agrupación ultraconservadora que logró cosechar un 18 por ciento de los votos en las elecciones para la presidencia gala. El éxito del Frente Nacional eclipsó la no menos preocupante victoria del Amanecer Dorado griego, otro movimiento ultraderechista que logró aglutinar un 6 por ciento de los sufragios durante la consulta popular celebrada en el país heleno el pasado mes de mayo.

Aparentemente, el Viejo Continente se decanta por el extremismo de derechas. Un fenómeno este inimaginable tras la gran contienda de 1939-1945, cuando los vencedores – Estados Unidos, Rusia, Inglaterra y Francia - lograron colocar fuera de la ley las ideologías fascista y nazi. A la repulsa popular se sumo, en aquél entonces, el casi generalizado mea culpa de una sociedad alemana conmovida por los horrores del nacionalsocialismo. Pero en la política difícilmente hay cabida para el contundente “nunca más”.

En la década de los 90, pandillas de jóvenes de la antigua Alemania Oriental, volvieron a resucitar el fantasma neo-nazi, dirigiendo su frustración contra los inmigrantes turcos o los refugiados de origen asiático. Pensaban los habitantes de la recién rescatada Alemania del Este que los extranjeros y, ante todo, los musulmanes, obstaculizaban el desarrollo armonioso de la utópica sociedad de consumo (¿de bienestar?) omnipresente en los seriales de las cadenas de televisión occidentales. La ya de por sí difícil integración de los pobladores de la antigua República Democrática aceleró el resurgir de la extrema derecha germana.

Mas Alemania no era el único país en el que proliferaron el nacionalismo y el racismo. Los hooligans ingleses y rusos, vándalos de los estadios de futbol, están relacionados, directa o indirectamente, con agrupaciones políticas extremistas, defensoras del ideario derechista.

Tras los sangrientos atentados de Noruega, en los que fallecieron 76 personas, la derecha tradicional europea optó por distanciarse del autor de la masacre, Anders Brievik, correligionario más que molesto. De hecho, el líder del Partido de la Libertad de los Países Bajos, Geert Wilders, no dudo en tachar a Brievik de “loco”. Sin embargo, para Francesco Speroni, miembro de la Liga Norte italiana, manifestó que las ideas del fundamentalista noruego reflejan el rechazo al multiculturalismo, enemigo oculto de la civilización occidental.

El mapa de la extrema derecha europea es complejo. Un ejemplo: Jean –Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional francés, vehiculó la idea de que la ocupación alemana de su país durante la Segunda Guerra Mundial no había sido “forzosamente inhumana”. Al líder del Frente nacional se le tildó de antiliberal y antisemita.

En Alemania, la Unión del Pueblo, creada en la década de los 90, trató de atraer a sus filas a los miembros del Partido Republicano, fundado en 1983 por Franz Schonhuber, antiguo oficial nazi que echaba la culpa por todos los males de Occidente a… los extranjeros.

En Italia, la Alianza Nacional de Gianfranco Fini puede considerarse heredera del ideario del Movimiento Social Italiano, fundado por los neofascistas a finales de la década de los 40. El propio Fini manifestó en su momento que el fascismo tenía una “tradición de honradez, corrección y buen gobierno”.

En Suecia, Noruega y Dinamarca, los partidos de derechas parecían más preocupados por la preservación del Estado de bienestar que por el problema de la inmigración (musulmana).

No es este el caso de los países de Europa oriental, donde los ultras propugnan una guerra sin cuartel contra los inmigrantes y/o la recuperación de territorios “étnicos históricos”, como pretende el movimiento extremista húngaro Jobbik, que contempla la reintegración en el mapa de Hungría de regiones pertenecientes actualmente a dos Estados vecinos: Rumanía y Eslovaquia. Pero Jobbik va aún más lejos, reclamando la salida del país de la ultraliberal Unión Europea.

¿Y los demócratas? Aparentemente, poco o nada pueden o quieren hacer contra los ¡ay! representantes electos de la extrema derecha. Malos presagios para la Vieja Europa.