sábado, 4 de abril de 2020

Israel: ¿hacia la orwellización de la política?


Recuerdo que hace unos años el establishment político de Tel Aviv puso el grito en el cielo al comprobar que una cadena de televisión de los Emiratos Árabes emitía un serial criptopolítico en el cual el entonces Primer Ministro israelí, Ariel Sharon, acompañaba su desayuno con… una taza de sangre de un neonato palestino. Ante la tormenta provocada en Israel y en algunas capitales europeas por la difusión de la serie, la emisora suspendió el folletín, aseverando en su descargo que se trataba de una mera ficción. Aunque los israelíes aceptaran las disculpas, la herida permaneció abierta. Con razón: el episodio coincidió con los primeros síntomas de acercamiento entre el Estado judío y sus vecinos árabes, aliados circunstanciales de Washington y Tel Aviv durante la guerra del Golfo. Obviamente, las incipientes coaliciones bélicas no lograron frenar la todopoderosa maquinaria de propaganda antiisraelí (anti sionista, dirían los dueños de la emisora), poco propensa a conceder una tregua a los embrionarios intereses geopolíticos de las monarquías petroleras. Los pecaminosos desayunos del general Sharon permanecieron, pues, en el imaginario colectivo de los árabes.

Hace apenas unas horas, la ficción televisiva volvió a irrumpir en la vida de los pobladores de Oriente Medio. Esta vez, en Israel y, para más inri, durante una sesión informativa del Gabinete sobre el avance del coronavirus en la región. Comentando la dramática situación en la República Islámica de Irán, el Primer ministro Netanyahu se dedicó a rebatir los datos suministrados por el régimen de Teherán, recurriendo a secuencias de la serie Pandemic, emitida en… 2007 por la cadena estadounidense Hallmark. La película mostraba decenas de cadáveres envueltos en bolsas de plástico, depositados en una fosa común que contenía centenares de cuerpos. Las imágenes llegaron a la opinión pública hebrea coincidiendo, eso sí, con una nota de prensa de la oficina del Primer ministro, en la que se reconocía que el vídeo fue encontrado en las redes sociales por un alto cargo del Consejo de Seguridad Nacional, sin que se haya podido comprobar su autenticidad. Según las estadísticas oficiales facilitadas por el régimen islámico de Teherán, Irán cuenta con 47.593 casos de coronavirus y 3.036 defunciones, mientras que Israel se coloca casi al final de la lista, con 6.857 casos de personas contagiadas y 36 fallecidos. En ambos casos, los observadores neutrales prefieren poner en tela de juicio los sistemas de cálculo; nadie se fía de las estadísticas elaboradas por las autoridades sanitarias nacionales.

Cabe suponer que Netanyahu, acérrimo detractor del régimen de los ayatolás, no se molestó en hacer averiguaciones; sus reiterados ataques contra las autoridades de Teherán son archiconocidos. Para el Primer ministro hebreo, el universo iraní tiene tintes orwellianos. Es, qué duda cabe, una herencia de la época de su antecesor y maestro, el general Sharon, partidario de acciones militares puntuales y contundentes contra los centros de investigación nuclear iraníes. Recordemos que los mantras de Ariel Sharon fueron: bombardear a Irán y…matar a Arafat.

El coronavirus se convirtió en mantra, coartada y salvavidas de Benjamín Netanyahu, acusado por la Fiscalía general de Israel de corrupción, soborno y fraude. Para librarse de la Justicia y la inevitable condena, el jefe de fila del Likud debía contar – como hasta ahora – con la inmunidad que otorga el cargo de jefe de Gobierno. Pero Netanyahu fue derrotado en las últimas elecciones por la agrupación Azul y Blanco, liderada por el general Benny Gantz, exjefe del Estado Mayor del ejército hebreo, héroe de varias guerras, aunque desafortunado político, incapaz de alzarse con la victoria en un sinfín de procesos electorales. El infortunio de Gantz acabó en la consulta del pasado mes de marzo, cuando su agrupación logró imponerse a los conservadores del Likud. Netanyahu, Primer ministro en funciones, parecía condenado a acudir a la poco deseada cita con la Justicia. Sin embargo, dos factores jugaron a su favor: a afinidad ideológica con el presidente de Israel, Reuven Rivlin, veterano militante del Likud,, y… el coronavirus.

Pero vayamos por partes: si bien es cierto que Rivlin no disimuló su simpatía por el jefe de fila de su partido, trató de actuar con aparente ecuanimidad durante las consultas para la formación del nuevo Gobierno. Difícil tarea, teniendo en cuenta que su objetivo final era lograr que el derrotado Netanyahu siga ostentado el cargo de Primer ministro. Al final, lo consiguió; con mucha astucia y el inestimable apoyo de la pandemia que recorre el mundo.

¿El coronavirus? Durante las semanas que precedieron la consulta electoral, el Gobierno en funciones presidido por Netanyahu elaboró una serie de medidas legales que acompañan y justifican el estado nacional de emergencia decretado el 11 de marzo; un marco jurídico que contiene algunas cláusulas orwellinas, como por ejemplo la vigilancia por los servicios de seguridad de todos los teléfonos móviles existentes en el país. El ministerio del Interior justifica la medida alegando que podría localizarse la presencia de aparatos pertenecientes a personas infectadas en las inmediaciones de grupos de ciudadanos sanos. Pero los israelíes, muy propensos a acepar cualquier sacrificio en aras de la seguridad nacional, dudan de la eficacia de la medida y, ante todo, de buena fe de los servicios de seguridad. Qué esto no nos convierta en un Estado policiaco, afirman los jóvenes, que desconfían de las buenas intenciones del Primer ministro. Con razón: Netanyahu insiste en supervisar personalmente la aplicación de las medidas que acompañan el estado de emergencia. Obviamente, su aparente altruismo pretende ocultar otros designios, ajenos al bien público. Lo cierto es que el jefe de fila del Likud logró convencer a su rival centrista a deshacer su coalición electoral, un extraño mosaico de partidos de centroizquierda, liberales, comunistas y nacionalistas árabes para apostar por una gran coalición con la derecha. ¿Razones de Estado? Pues bien, si la lucha contra el coronavirus es una razón de Estado…

El reparto de las carteras ministeriales tropezará con muchos escollos. Cada formación reclama para sí una parcela de poder. Todos quieren adueñarse de departamentos clave. El Likud controlará los departamentos de Hacienda, Interior, Transporte, Energía, Construcción y Medio Ambiente.

Netanyahu, que pretende ocupar la presidencia del Gobierno durante la primera etapa de la coalición de Gobierno, se reserva para la segunda, en la que gozará de inmunidad parlamentaria en calidad de vicepresidente, un superministerio encargado de las relaciones con los Estados Unidos y Rusia. Un blindaje perfecto.

Decididamente, la orwellización de la política tiene sus ventajas.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Coronavirus - el soldado de Alá


Nos remitimos siempre, o casi siempre, a nuestra visión etnocentrista de los asuntos de este mundo, de los males que acechan el Planeta. En el caso concreto del coronavirus, de la terrible pandemia que desconoce las fronteras geográficas diseñadas por la mano el hombre, las voces de alarma proliferan y se superponen. Es un mensaje divino, una advertencia del Ser Supremo, un castigo del Cielo - de los Cielos. Los occidentales suelen emplear la palabra arrepentimiento; los orientales prefieren utilizar el vocablo venganza.

Si analizamos con detenimiento las reacciones provocadas por la expansión del coronavirus en el mundo árabe-musulmán, llegamos fácilmente a la conclusión de que la pandemia se ha convertido en un arma ideológico-religioso. En efecto, para los acérrimos defensores del mahometismo, ulemas esparcidos por las vastas tierras del islam o afincados en las capitales del próspero primer mundo, el devastador avance del virus sirve para infundir miedo a las comunidades musulmanas y reclamar una observancia estricta de los preceptos del Corán.

Cuando el coronavirus afectó la región china de Wuhan, en las redes sociales árabes aparecieron insinuaciones acerca de un castigo de Alá a los chinos por el trato dispensado a la minoría musulmana uigur, discriminada por Pekín.

Curiosamente, cuando el virus llegó a Irán, la noticia encantó a quienes estiman – en el mundo musulmán – que los clérigos chiitas de Teherán aplican un trato atroz a los suníes de Irak, Siria o Yemen. Cuando la pandemia alcanzó los demás Estados árabes de la zona, algunos pensaron que se trataba de una diabólica conjura iraní o… israelí. Alimentó las sospechas de los radicales la sorprendente declaración del ayatolá Nasir Makarim Shirazi, quien aseveró que la ley islámica no prohíbe comprar medicamentos o vacunas a Israel, siempre que no haya otro país que los produzca. En resumidas cuentas, que la prohibición de hacer negocios con la entidad sionista podría obviarse en caso de extrema necesidad.

Aún más chocante resultó la exposición del profesor Muhammad Abdulhamid Qudah, parlamentario jordano y exministro de la Corte hachemita, quien no dudó en calificar al coronavirus de "soldado de Alá", enviado para castigar tanto a Occidente como a los musulmanes. Según Qudah, Alá está enfadado con los desobedientes pobladores de este mundo.
Por su parte, el clérigo salafista tunecino Bashir bin Hassan afirma que Alá tiene muchos soldados, incluidos ángeles y… virus.  El coronavirus es, pues, una advertencia de Alá a los pobladores de la Tierra. Sus efectos malignos desaparecerán el día en que los creyentes vuelvan a los caminos del Señor.
Ni que decir tiene que estas reacciones paranoicas afectarán de manera negativa el embrionario diálogo árabe israelí, advierten los expertos del Instituto de Estrategia y Seguridad de Jerusalén, centro de estudios liderado por militares y politólogos hebreos. Sus integrantes, antiguos altos cargos del Ejército y los servicios de inteligencia israelíes, contemplan la alternativa de ataques suicidas contra el Estado judío perpetrados por terroristas infectados con el virus.
Los estrategas de Tel Aviv tampoco descartan el advenimiento de una crisis internacional larga y profunda, que sumiría en un profundo caos las instituciones políticas y militares del gran aliado transatlántico: Estados Unidos.
Subsiste, pues, el interrogante: ¿Cómo combatir al temible soldado de Alá llamado… coronavirus?

jueves, 19 de marzo de 2020

Israel - esperando al Mesías


Hace apenas unas semanas, el Estado de Israel impermeabilizó sus fronteras, decretando el confinamiento de la población judía, árabe y, de paso, palestina. Esta vez, la amenaza no procedía de las agrupaciones radicales integristas – los Hezbolá libaneses o el Hamas gazatí – sino de un temible enemigo oculto, originario del Irán de los ayatolas: el coronavirus.  


La medida de las autoridades de Tel Aviv fue acogida con ironía por los palestinos de Cisjordania. ¿Confinamiento? Nosotros lo hemos padecido durante décadas. Ahora les toca a los israelíes comprender el significado de esta palabra.

Israel es un país de contradicciones y contrastes. El advenimiento de la pandemia ha sido interpretado en clave apocalíptica por los rabinos ultrarreligiosos, quienes aseguran que la presencia del virus es un castigo divino, que presagia la llegada del Mesías y en clave meramente política por el ciudadano de a pie, cansado de las artimañas del Primer ministro saliente o al menos, derrotado en las últimas elecciones, Benjamín Netanyahu. En hombre que dirigió los destinos de Israel en los últimos once años, parece poco propenso a abandonar el poder en vísperas de un juicio que logró posponer hasta ahora, pero que debería dar comienzo el 24 de mayo próximo. Los cargos contra el líder conservador: sobornos, fraude, trato de favor a los medios de comunicación amigos y un sinfín de etcéteras.  

Hasta ahora, Netanyahu se escudó en la inmunidad que le concedía en cargo de jefe de Gobierno para eludir la acción legal. Sin embargo, tras la derrota en las elecciones generales del pasado 2 de marzo, el incombustible premier comprendió que hacía falta aprovechar cualquier resquicio para aplazar la comparecencia ante la Justicia. Su primera cortada fue… el coronavirus o, mejor dicho, el paquete de medidas excepcionales elaborado por el Gobierno saliente, su Gobierno. Curiosamente, ninguna de las cláusulas de seguridad aprobadas el pasado fin de semana sirve para blindar a Netanyahu. Obviamente, los ex Primeros ministros no gozan de la ansiada inmunidad; pasan a ser ciudadanos normales y corrientes. Había que encontrar, pues, otra vía. Netanyahu se decantó por una estrategia que aprendió a controlar perfectamente: el regateo.

Bibi Netanyahu le ofreció a su rival, el general en la reserva Benny Gantz, la posibilidad de formar un Gobierno de emergencia nacional, integrado por todas las agrupaciones del espectro político israelí, exceptuando a los legisladores de origen árabe, que representan actualmente la tercera fuerza en la Knesset (Parlamento). Para el político conservador, los diputados árabes israelíes no dejan de ser meros partidarios del terror.

¿Gobierno de emergencia nacional? Extraño ofrecimiento éste por parte del Primer ministro en funciones, teniendo en cuenta que Gantz, quien acababa de recibir el encargo de formar Gobierno, contaba con el apoyo de 61 legisladores, es decir, con la mayoría necesaria para poder descartar la alternativa de una coalición con los diputados del Likud. Aun así, Benny Gantz se mostró partidario de formar un gobierno de unidad nacional capaz de eclipsar la preponderancia de los conservadores. Un proyecto inviable, sabiendo positivamente que algunos de los partidos que habían adherido a su conglomerado, como el ultranacionalista Israel Beiteynu o la Lista Conjunta de los árabes israelíes, son aliados coyunturales que sólo persiguen un objetivo: desbancar a Netanyahu.

Consciente del peligro de inestabilidad política que presupone un hipotético destierro de los conservadores de la vida política, Gantz se apresuró en sugerir la formación de un Gobierno de unidad que incluyera al Likud. La contrapropuesta de Netanyahu resultó por lo menos sorprendente. Bibi se mostró partidario del sistema de rotación: el Likud gobernaría durante dos años, y la formación de Gantz – Azul y Blancootros dos. Permanecer en el poder suponía que el equipo de Netayahu, artífice de la legislación de emergencia elaborada para combatir el coronavirus, podría dedicarse a llevar a buen puerto la ofensiva contra la alerta sanitaria, allanando el camino para la llegada de los liberales de Gantz, políticos aparentemente… inexpertos. Al comprobar el comprensible malestar del general, Netanyahu no dudó en dar el golpe de gracia, acusando al jefe de fila de Azul y Blanco de … mezquindad.

Obviamente, el jefe de fila del Likud perseguía otra meta. Al aceptar el mandato de formar Gobierno, Gantz aludió veladamente a los esfuerzos del primer ministro saliente de… evadir la justicia.

¿Busca Netanyahu otros dos años de tregua? O tal vez, estima que la llegada del Mesías podría librarle definitivamente de la espada de la Justicia. Porque la guerra contra el coronavirus es, en este caso concreto, una simple excusa.

martes, 17 de marzo de 2020

El coronavirus acelera el desplome de los precios del petróleo


No va más, señores. Desde hace una semana, los países productores de “oro negro” tratan de controlar el impacto producido por la pandemia de coronavirus en la economía mundial. La espectacular caída de la cotización del petróleo – un 34 por ciento - en los últimos meses, recuerda la grave crisis  registrada durante el período 2014 – 2016, que sacudió los cimientos de las estructuras de los exportadores de crudo, desembocando en la firma de un acuerdo entre las dos grandes agrupaciones: la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP),integrada por  Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Irán, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Catar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Venezuela y Congo, y los países de la llamada OPEP+ , liderada por Rusia, tercer productor mundial de “oro negro”,  y compuesta por Egipto, Azerbaiyán, Kazajistán, México, Noruega, Omán, Rusia, Siria y Sudán.  Los dos bloques, que trataron de ignorarse durante décadas, establecieron contactos informales a finales de los años 70 del siglo pasado. La cooperación, rechazada por los jefes de fila de ambas agrupaciones -  Arabia Saudita y la ex Unión Soviética  - parecía incompatible. Los príncipes de Riad descartaban cualquier diálogo con los “herejes marxistas”; por su parte, los dueños del Kremlin se negaban a entablar conversaciones con la dinastía “feudal retrograda” de los Saud.

Aun así, al final de la “guerra fría” se divisó un tímido acercamiento entre los dos países. Los negocios son… negocios.
 
Dos décadas después, la faz del mundo había cambiado. El “nuevo orden mundial” de George Bush, la enigmática “globalización”, pregonada por los ultraliberales, el desmembramiento de la URSS y la atomización del impero soviético cambiaron los datos del problema. La altanera Rusia se había convertido en una potencia se segunda; el reino wahabita dejó de ser el incontestable líder de los países de la región del Golfo Pérsico. La inesperada “bonanza” de los emiratos, la prominencia de la revolución islámica del competidor iraní, la creciente penetración del chiismo en la región, acabaron con la aureola de la Casa de Saúd. Rusia a Arabia Saudita - potencias llegadas a menos – tenían buenas razones para sellar las paces. Y, sobre todo, las agrupaciones de países petroleros que ambos capitaneaban tenían interés en coordinar su actuación en los mercados internacionales. Se trataba de fijar precios, establecer cupos de producción, controlar las cuotas de mercado.
   
Es lo que sucedió a finales de la pasada semana, cuando los representantes de la OPEP y la OPEP+ los dos grupos se reunieron en Viena para estudiar la tónica del mercado y consensuar medidas para el mantenimiento de los precios.  Pero esta vez los intentos de concertación fracasaron. Rusia no era partidaria de reducir su producción de crudo para mantener la cotización del petróleo. Arabia Saudita puso en práctica sus amenazas: incrementar la producción, rebajar el precio del barril e inundar el mercado mundial. ¿Qué había sucedido?  Rusia y sus socios se negaron a reducir su producción en un 1,5 millón diario, como lo sugirió Arabia Saudita. Aunque Riad se comprometía a asumir el mayor porcentaje de la bajada, Moscú rechazó la propuesta. Su objetivo: compensar las pérdidas resultantes de la imposición de sanciones occidentales de 2014 con la venta de oro negro, incluso a precios más bajos. Los rusos habían barajado descensos del precio hasta los 35 dólares por barril. Sin embargo, estos cayeron por debajo de los 30 dólares.

Cierto es que el acuerdo de 2016 aportó a las arcas de Moscú alrededor de 88.000 millones de euros. Pero el descenso de la producción – incluso moderado – no estaba contemplado por los jerarcas rusos.

En realidad, tanto Rusia como Arabia Saudita pueden permitirse el lujo de competir “a la baja”. En ambos casos, sus reservas les permiten unos “sacrificios” de unos meses (hasta finales del año). Los auténticos perjudicados serían los productores norteamericanos, que desarrollaron una boyante industria petrolera basada en el “fracking”, técnica extremadamente costosa, que prosperó merced a los precios altos practicados por los demás productores. Es una de las razones – tal vez la más importante – por la que los rusos apuestan por el descenso de la cotización del oro negro.

Los “aliados” saudíes de Washington prefieren apostar por el mantenimiento de su cota de marcado, perjudicando a su vez los intereses directos de los norteamericanos.

El 8 de marzo, algunas publicaciones económicas afirmaron que Arabia Saudita planeaba aumentar la extracción hasta 12 millones de barriles diarios durante el mes de abril.

El 11 de marzo, la petrolera Saudí Aramco aseguró que había recibido la orden de elevar la producción a 13 millones de barriles diarios. Abu Dabi siguió el ejemplo de Riad, incrementando su producción hasta los 4 millones de barriles.

El lunes de la pasada semana, la cotización del crudo Brent se hundía hasta 31,43 dólares el barril, el petróleo estadounidense West Texas se desplomó a 29,73 dólares el barril. Ayer, lunes, el Brent se cotizaba a 31,41 dólares y el West Texas, a 28,86 dólares el barril. Y la guerra sigue.  Pero ya se sabe: “los negocios son… negocios”.

domingo, 8 de marzo de 2020

Siria: los amigos de mis enemigos son… mis aliados



Beirut, otoño de 1978. Nuestro avión, una flamante aeronave e la compañía de bandera suiza, aterrizó en la pista del aeropuerto internacional esquivando un nutrido fuego de artillería.

“¿Están ustedes locos? ¿Qué hacen aquí? Nos están bombardeando; estamos en guerra”, refunfuñaba en jefe de escala armenio, presa de pánico. “¿Una guerra, Monsieur? ¿Quiénes son los contrincantes?”, pregunta la imperturbable azafata suiza. “Todo el mundo contra todo el mundo, mademoiselle. Pero ¡márchense ya, márchense, por lo que más quieran…” 

Me acordé de este rocambolesco episodio a comienzos del conflicto de Siria, cuando un sinfín de grupos armados con exóticas denominaciones convirtieron las tierras del antiguo Califato Omeya en laboratorio de la guerra moderna.

Todo empezó por… un error de cálculo. Los artesanos de las “primaveras árabes” se equivocaron al suponer que una oleada de protestas populares acabaría con la dinastía de los al-Assad, uno de los regímenes más autoritarios de la región. El fracaso de las más o menos “espontaneas” manifestaciones de la oposición dejó paso a llegada de facciones radicales extranjeras. Los enfrentamientos, deseados por los radicales islámicos, por Arabia Saudita y sus aliados estadounidenses, convirtieron en país en el tablero de la violencia en el Mashrek. Todo ello, bajo la complaciente mirada de Washington y la casi total indiferencia de los europeos, vecinos inmediatos de Siria, país involucrado en la dinámica del proceso euro mediterráneo de Barcelona.
  
Estados Unidos intervino en la internacionalización del conflicto al adueñarse de la región rica en yacimientos de petróleo y gas natural. Los intereses energéticos privan… A su vez, Rusia, que cuenta con una importante base naval en Tartús – única estructura militar allende de sus fronteras – optó a incrementar su presencia en la zona, avalando al régimen de Damasco. La famosa ofensiva contra de terrorismo internacional parecía limitarse a los movimientos estratégicos de los dos supergrandes, poco propensos a acabar realmente con la implantación de movimientos radicales islámicos.
 
Norteamérica apoyó a las facciones armadas de la etnia kurda siria; Rusia, al ejército nacional de Bashar al Assad y a las milicias cristianas. Las dos superpotencias condenaron la utilización de armas químicas durante el sangriento conflicto. Sin embargo, ambas negaron tajantemente su participación en los ataques con dicho armamento.
   
La llegada de Turquía al escenario bélico coincidió con el anuncio – el pasado año - de la retirada de los efectivos estadounidenses. Una medida parcial, implementada sin excesiva prisa por el mando norteamericano. ¿La justificación? “No estamos allí (en Siria) para proteger el petróleo”, declaró el presidente Trump. Obviamente, el inquilino de la Casa Blanca pretendía ocultar la realidad.

Turquía justificó su intervención militar en la vecina Siria alegando la necesidad imperiosa de… acabar con el terrorismo kurdo, que había trasladado su central de operaciones al Kurdistán sirio. Sin embargo, la situación sobre el terreno poco tenía que ver con la argumentación de Ankara. Las unidades kurdo-sirias no compartían el ideario de las milicias del PKK turco. Su combate, junto a las tropas estadounidenses, se centraban en el derrocamiento de un enemigo común: el régimen de al Assad.  Washington cayó en la trampa de Ankara al autorizar la puesta en marcha del operativo de Erdogan. 

El ejército turco entró en Siria de la mano de los aliados rusos. Mas la luna de miel resultó ser muy corta. La pasada semana, Ankara solicitó el apoyo de la OTAN para contrarrestar la presencia rusa en el frente de Idlib, último enclave controlado por las facciones islamistas aliadas de Ankara. En los combates terrestres y aéreos fallecieron 36 militares turcos. Erdogan no dudó en clamar venganza. 

Paralelamente a la ofensiva en el frente ruso, el régimen de Ankara amenazó a la Unión Europea con la apertura de fronteras y la llegada de oleadas de refugiados que ocuparían Europa. Algo muy parecido al guion de 2015, cuando Alemania se comprometió a absorber un millón de migrantes procedentes de Oriente Medio.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. Hoy en día, los europeos, poco propensos a aceptar una nueva oleada de refugiados, califican las amenazas de Erdogan de “ataque a la UE”.
    
 "Este es un ataque (de Turquía) contra la Unión Europea y Grecia. Hay gente que acostumbra a ejercer presiones sobre Europa”, manifestó el canciller austriaco, Sebastian Kurz, durante una comparecencia ante los medios de comunicación dedicada a la situación en Siria.

Mientras los europeos se lamentaban de su suerte, los Estados Unidos manifestaban su deseo de ayudar al ejército turco a luchar con las tropas rusas y el ejército de al Assad.
   
Pero la sangre no llegó al río. Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan, reunidos en Moscú a finales de esta semana, acordaron un alto el fuego en la provincia de Idlib, evitado la escalada bélica.

Las medidas anunciadas por los dos presidentes contemplan:

·         La aplicación de un alto el fuego en Idlib, que entró en vigor en la noche del jueves al viernes;
·        La creación de un pasillo de seguridad de seis kilómetros de ancho al sur y de seis kilómetros   al norte de la carretera M-4;
·        La puesta en marcha, a partir del 15 de marzo, de patrullas conjuntas ruso turcas en la autopista M-4.

Con ello, Moscú espera poner fin a los combates y eliminar la amenaza de un conflicto bélico entre Damasco y Ankara, que acabaría involucrando a Rusia.

Turquía consigue la creación de una zona tampón en el norte de Idlib, que le permite controlar el flujo de refugiados que se dirigen hacia su frontera.

Por ende, el régimen sirio mantiene el control sobre los territorios conquistados durante la última ofensiva, incluida la autopista que conecta Damasco con Alepo.

En resumidas cuentas: esta vez, Putin y Erdogan han logrado evitar la escalada bélica. Pero en este galimatías geopolítico, que recuerda extrañamente las horas bajas de Beirut, la desconfianza reina.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Mike Pompeo: derrotar a China – sofocar a Rusia


En la primavera de 1995, el politólogo norteamericano Samuel Huntington realizó una amplia gira por Europa. Aparentemente, se trataba de una peregrinación destinada a promocionar su libro El choque de civilizaciones, un éxito editorial que se había convertido en tema de enardecidos debates en las Cancillerías y las universidades de Oriente y Occidente. Con razón: la publicación, en 1992, del ensayo de Huntington coincidió con el desmembramiento del campo socialista de Europa oriental y la posterior atomización de la Meca del comunismo: la Unión Soviética.

El choque de civilizaciones irrumpió en el mundo editorial en el momento en que los politólogos, estrategas y servicios de inteligencia occidentales acababan de fabricar un nuevo enemigo: el Islam. La extensa mancha verde, símbolo del mahometismo, competía en los mapas de Estado Mayor con el antiguo bloque rojo que representaba el imperio soviético. A enemigo muerto, enemigo… En unas semanas, Samuel Huntington se convirtió en el nuevo profeta de los países industrializados.
 
Curiosamente, en mayo de 1995, el profeta sorprendió a los catedráticos y estudiantes de ciencias políticas que le acogieron en el Aula Magna de la Universidad Complutense de Madrid con un inesperado mea culpa. Me preguntan ustedes por el Islam; en realidad, creo que la amenaza proviene de China. Este será nuestro próximo enemigo…

El que esto escribe se acordó de las palabras de Huntington el pasado fin se semana, al escuchar la perorata del Secretario de Estado Mike Pompeo, quien aprovechó la tribuna de la prestigiosa Conferencia de Seguridad celebrada en Múnich para tratar de convencer a sus aliados europeos de la necesidad de acorralar al enemigo chino. Un rival que se prepara a invadir el planeta con su tecnología puntera, el sistema de comunicaciones 5G, capaz de descifrar los secretos militares de la OTAN; un rival al que no hay que combatir empleando la fuerza destructora de los cazas bombarderos o las cañoneras, sino la eficacia de torticeras sanciones económicas. Este fue el camino escogido por Donald Trump, consciente de que un enfrentamiento bélico con Pekín podría haber resultado contraproducente, cuando no catastrófico.

De hecho, tras la supresión de los acuerdos internacionales de control de armamentos, promovida y deseada por el inquilino de la Casa Blanca, los Estados Unidos y China se convirtieron en las superpotencias mundiales que más fondos destinan a la defensa.  Los presupuestos militares de los dos gigantes – 685.000 millones de dólares en al caso de Norteamérica y 181.000 millones correspondientes a China – se traducen por un incremento del orden del 6,6 por ciento en comparación con los ya de por sí abultados gastos de defensa de 2018. Los principales clientes de la industria de armamentos de los grandes – Estados Unidos, China, Rusia, Francia – son los países productores de petróleo o los llamados tigres asiáticos.
 
La carrera armamentista, pues ya podemos volver a emplear este término, caído en desuso a finales del pasado siglo, va de par con la constante e inquietante erosión de los valores democráticos en la vieja Europa, blanco de los populismos y los extremismos de toda índole. Si a ello sumamos las campañas de desestabilización y la guerra cibernética, el impacto negativo del Brexit y la tentación de algunos países periféricos de la UE de emular el ejemplo británico, llegamos fácilmente a la conclusión de que se avecinan tiempos difíciles para la cohesión del proyecto europeo.

Alemania y Francia, las locomotoras de la economía del Viejo continente, procuran acomodarse en un espacio demasiado amplio; la ausencia del Reino Unido, la deriva populista de Italia y el incoherente rumbo de España, volcada en peligrosos experimentos tercermundistas, ofrecen un triste y desconcertante panorama de soledad. La incipiente guerra comercial con los Estados Unidos, cuidadosamente planeada por el  equipo de Donald Trump, podría debilitar aún más el desarrollo económico de la UE. Cabe suponer que en los próximos meses, las medidas proteccionistas estadounidenses se centrarán en el aumento de los aranceles aplicables a las industrias aeronáutica y de automoción, los productos alimentarios y las exportaciones agrícolas. A la larga, el conflicto podría degenerar, convirtiéndose en un enfrentamiento fútil, sin vencedores ni vencidos.

Curiosamente, el aliado norteamericano emplea un lenguaje completamente distinto a la hora de abordar las cuestiones estratégicas. En Múnich, el Secretario de Estado Pompeo volvió a enarbolar la bandera de la democracia al anunciar una inversión de 1.000 millones de dólares para el desarrollo de la Iniciativa de los tres mares, ideada para contrarrestar la política energética del Kremlin en Europa Central y Oriental.

La Iniciativa, diseñada por la Administración Obama, consiste en reducir la dependencia de los miembros de la UE de las exportaciones de gas natural ruso que – según Washington – convierte a los europeos en rehenes de Moscú. Durante el último año de su mandato, Obama coqueteó con la idea de exportar gas natural licuado de Norteamérica a los países miembros de la OTAN del Norte y el Sur de Europa, es decir, desde el Mar Báltico al Adriático, pasando por el imprevisible Mar Negro, cuartel general de la Marina de guerra rusa.

El proyecto de Obama, abandonado en un par de ocasiones por la Administración Trump, considerado inviable por los economistas, se convierte, pues, en el caballo de batalla del segundo mandato del multimillonario americano. ¿Sus ventajas? Occidente gana, la libertad y la democracia ganan, afirma Mike Pompeo. Pero los grandes gasoductos rusos – North Stream y  Türk Stream 2 – funcionan desde hace algún tiempo. ¿Qué interés tenemos en competir con unas instalaciones ya existentes? preguntan los políticos germanos, poco propensos a cambiar de suministrador. En definitiva, la relación comercial con Rusia ha sido positiva.

Queremos estimular la inversión de la empresa privada en sus sectores energéticos,  con el fin de proteger la libertad y la democracia en el mundo, argumenta el jefe de la diplomacia estadounidense.
 
En resumidas cuentas, el objetivo primordial de las guerras comerciales, de la guerra comercial global, podría resumirse en pocas palabras: derrotar a China, sofocar a Rusia, controlar a los europeos.

Samuel Huntington no aludió en ningún momento a un posible choque entre Norteamérica y el Viejo Continente. Este capítulo de la historia lo escribiremos sin él, aunque… pensando en él.

miércoles, 29 de enero de 2020

Palestina: ¿un parque temático?


Hace unas horas, mientras el inquilino de la Casa Blanca revelaba los detalles del cacareado “acuerdo del siglo”, me acordé de la profética advertencia del  ex Primer Ministro israelí, Yitzhak Shamir, quien vaticinaba, en octubre de 1988, que “no habrá jamás un Estado palestino”. Shamir asistió, muy a su pesar, a las primeras negociaciones de paz con la plana mayor de la primera Intifada, incluida, eso sí, a la singular delegación jordano-palestina que acudió, en diciembre de 1991, a la Conferencia de Paz de Madrid. En aquél entonces, la clase política de Tel Aviv parecía muy reacia a pronunciar la palabra palestino. De hecho, la ausencia de representantes de la Autoridad Nacional en la presentación del “Acuerdo del siglo” nos recordó aquellos tiempos, en los que los palestinos – descendientes de los filisteos - no dejaban de ser una molesta entelequia.

¿En qué consiste en Acuerdo del siglo?  En la anexión de 15 asentamientos judíos de Cisjordania, la creación de un inconexo territorio (Estado) palestino neutral, sin ejército ni confines definidos, cuya presencia no ha de suponer un peligro para la seguridad de Israel, la construcción de una línea de ferrocarril que una Cisjordania con la Franja de Gaza, de un Gobierno provisional cuyas actividades han de ser sometidas al escrutinio constante de Washington y Tel Aviv. Si los pobladores del este parque temático acatan las normas establecidas por los guardianes, recibirán fondos procedentes de los Estados árabes aliados de Washington - Arabia Saudita, Egipto, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos.  Si el comportamiento de los rehenes es ejemplar, a cabo de cuatro años las autoridades israelíes y norteamericanas podrían contemplar la celebración de una consulta popular sobre el porvenir del territorio. Pero ello no implica, forzosamente, la creación de un Estado palestino.

La cada vez más hipotética entidad nacional podría establecer su capital en… Jerusalén, es decir, en las barriadas extrarradio del municipio considerado capital eterna e indivisible del Estado de Israel. El “regalo” de Washington consistiría en la apertura de una segunda Embajada estadounidense en las afueras de la Ciudad Tres Veces Santa.

Trump pidió a los dos candidatos a las próximas elecciones israelíes – Benjamín Netanyahu y Benni Ganz  -  la aplicación del Acuerdo en un plazo de seis semanas, es decir, antes de la publicación de los resultados de la consulta. Una buena baza para el ganador de la contienda y… para el propio Trump, aspirante a un segundo mandato a la presidencia de los Estados Unidos.
    
La primera reacción de los partidos de izquierdas hebreos fue muy concisa: …eso no puede llamarse paz; es puro apartheid.

¿Qué opinan los palestinos? ¿Acuerdo del siglo? Pero si se trata de la argumentación de Bibi Netanyahu, afirma el negociador jefe de la OLP, Saeb Erakat. Una argumentación que el emisario personal y… yerno de Trump, Jared Kushner, hizo suya a la hora de redactar una propuesta aceptable tanto para la clase política de Tel Aviv como para los evangelistas norteamericanos, valedores de Donald Trump y preservadores de los santos lugares bíblicos de Tierra Santa. Obviamente, el parecer de los palestinos no cuenta.

Para el Presidente de la Autoridad Nacional, Majmúd Abbas, el Acuerdo del siglo es una conspiración abocada al fracaso. Al término de su airada intervención ante las cámaras de la televisión nacional palestina, Abbas utilizó un lenguaje menos diplomático al afirmar: Trump es un perro y un hijo de perra… Más claro…