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miércoles, 19 de febrero de 2020

Mike Pompeo: derrotar a China – sofocar a Rusia


En la primavera de 1995, el politólogo norteamericano Samuel Huntington realizó una amplia gira por Europa. Aparentemente, se trataba de una peregrinación destinada a promocionar su libro El choque de civilizaciones, un éxito editorial que se había convertido en tema de enardecidos debates en las Cancillerías y las universidades de Oriente y Occidente. Con razón: la publicación, en 1992, del ensayo de Huntington coincidió con el desmembramiento del campo socialista de Europa oriental y la posterior atomización de la Meca del comunismo: la Unión Soviética.

El choque de civilizaciones irrumpió en el mundo editorial en el momento en que los politólogos, estrategas y servicios de inteligencia occidentales acababan de fabricar un nuevo enemigo: el Islam. La extensa mancha verde, símbolo del mahometismo, competía en los mapas de Estado Mayor con el antiguo bloque rojo que representaba el imperio soviético. A enemigo muerto, enemigo… En unas semanas, Samuel Huntington se convirtió en el nuevo profeta de los países industrializados.
 
Curiosamente, en mayo de 1995, el profeta sorprendió a los catedráticos y estudiantes de ciencias políticas que le acogieron en el Aula Magna de la Universidad Complutense de Madrid con un inesperado mea culpa. Me preguntan ustedes por el Islam; en realidad, creo que la amenaza proviene de China. Este será nuestro próximo enemigo…

El que esto escribe se acordó de las palabras de Huntington el pasado fin se semana, al escuchar la perorata del Secretario de Estado Mike Pompeo, quien aprovechó la tribuna de la prestigiosa Conferencia de Seguridad celebrada en Múnich para tratar de convencer a sus aliados europeos de la necesidad de acorralar al enemigo chino. Un rival que se prepara a invadir el planeta con su tecnología puntera, el sistema de comunicaciones 5G, capaz de descifrar los secretos militares de la OTAN; un rival al que no hay que combatir empleando la fuerza destructora de los cazas bombarderos o las cañoneras, sino la eficacia de torticeras sanciones económicas. Este fue el camino escogido por Donald Trump, consciente de que un enfrentamiento bélico con Pekín podría haber resultado contraproducente, cuando no catastrófico.

De hecho, tras la supresión de los acuerdos internacionales de control de armamentos, promovida y deseada por el inquilino de la Casa Blanca, los Estados Unidos y China se convirtieron en las superpotencias mundiales que más fondos destinan a la defensa.  Los presupuestos militares de los dos gigantes – 685.000 millones de dólares en al caso de Norteamérica y 181.000 millones correspondientes a China – se traducen por un incremento del orden del 6,6 por ciento en comparación con los ya de por sí abultados gastos de defensa de 2018. Los principales clientes de la industria de armamentos de los grandes – Estados Unidos, China, Rusia, Francia – son los países productores de petróleo o los llamados tigres asiáticos.
 
La carrera armamentista, pues ya podemos volver a emplear este término, caído en desuso a finales del pasado siglo, va de par con la constante e inquietante erosión de los valores democráticos en la vieja Europa, blanco de los populismos y los extremismos de toda índole. Si a ello sumamos las campañas de desestabilización y la guerra cibernética, el impacto negativo del Brexit y la tentación de algunos países periféricos de la UE de emular el ejemplo británico, llegamos fácilmente a la conclusión de que se avecinan tiempos difíciles para la cohesión del proyecto europeo.

Alemania y Francia, las locomotoras de la economía del Viejo continente, procuran acomodarse en un espacio demasiado amplio; la ausencia del Reino Unido, la deriva populista de Italia y el incoherente rumbo de España, volcada en peligrosos experimentos tercermundistas, ofrecen un triste y desconcertante panorama de soledad. La incipiente guerra comercial con los Estados Unidos, cuidadosamente planeada por el  equipo de Donald Trump, podría debilitar aún más el desarrollo económico de la UE. Cabe suponer que en los próximos meses, las medidas proteccionistas estadounidenses se centrarán en el aumento de los aranceles aplicables a las industrias aeronáutica y de automoción, los productos alimentarios y las exportaciones agrícolas. A la larga, el conflicto podría degenerar, convirtiéndose en un enfrentamiento fútil, sin vencedores ni vencidos.

Curiosamente, el aliado norteamericano emplea un lenguaje completamente distinto a la hora de abordar las cuestiones estratégicas. En Múnich, el Secretario de Estado Pompeo volvió a enarbolar la bandera de la democracia al anunciar una inversión de 1.000 millones de dólares para el desarrollo de la Iniciativa de los tres mares, ideada para contrarrestar la política energética del Kremlin en Europa Central y Oriental.

La Iniciativa, diseñada por la Administración Obama, consiste en reducir la dependencia de los miembros de la UE de las exportaciones de gas natural ruso que – según Washington – convierte a los europeos en rehenes de Moscú. Durante el último año de su mandato, Obama coqueteó con la idea de exportar gas natural licuado de Norteamérica a los países miembros de la OTAN del Norte y el Sur de Europa, es decir, desde el Mar Báltico al Adriático, pasando por el imprevisible Mar Negro, cuartel general de la Marina de guerra rusa.

El proyecto de Obama, abandonado en un par de ocasiones por la Administración Trump, considerado inviable por los economistas, se convierte, pues, en el caballo de batalla del segundo mandato del multimillonario americano. ¿Sus ventajas? Occidente gana, la libertad y la democracia ganan, afirma Mike Pompeo. Pero los grandes gasoductos rusos – North Stream y  Türk Stream 2 – funcionan desde hace algún tiempo. ¿Qué interés tenemos en competir con unas instalaciones ya existentes? preguntan los políticos germanos, poco propensos a cambiar de suministrador. En definitiva, la relación comercial con Rusia ha sido positiva.

Queremos estimular la inversión de la empresa privada en sus sectores energéticos,  con el fin de proteger la libertad y la democracia en el mundo, argumenta el jefe de la diplomacia estadounidense.
 
En resumidas cuentas, el objetivo primordial de las guerras comerciales, de la guerra comercial global, podría resumirse en pocas palabras: derrotar a China, sofocar a Rusia, controlar a los europeos.

Samuel Huntington no aludió en ningún momento a un posible choque entre Norteamérica y el Viejo Continente. Este capítulo de la historia lo escribiremos sin él, aunque… pensando en él.

domingo, 24 de marzo de 2019

Donald Trump ¿redentor del pueblo de Israel?


Dicen que la fe mueve montañas. Y, a veces, nos permite descubrir lo oculto. Felizmente, los testigos de la fe – algunos testigos privilegiados – nos iluminan la mente y devuelven a la senda de la verdad, de la Verdad absoluta.

¿Ciegos, nosotros? ¿Iluminados, ellos? Dicen que los caminos del Señor son inescrutables. Y más aún, tratándose del explosivo conflicto de Oriente Medio, donde la Administración Trump camina tal un elefante en una tienda de porcelana. Reconozcámoslo; la política exterior de Washington se parece cada vez más a una acumulación de parches incapaces de frenar una hemorragia. Tras la llegada del multimillonario neoyorquino a la Casa Blanca, los conflictos en la región se han ido acumulando, véase, acentuando. La lista es sumamente larga y los enredos, difíciles de desenmarañar.

Pero, vayamos por partes. El actual inquilino de la Casa Blanca apoya a Riad en su pugna contra el régimen (chiita) de Teherán. Sin bien para los saudíes se trata de un conflicto religioso, la postura de Washington refleja ante todo la inquietud del establishment político-militar de Tel Aviv frente a la presencia de tropas iraníes en la vecina Siria, el “contagio” de la comunidad chiita libanesa, encarnada por el movimiento armado Hezbollah, la innegable influencia del ideario jomeynista en la Franja de Gaza, controlada por los islamistas de Hamas.

Queda sin resolver el conflicto de baja intensidad entre Washington y Ankara, donde los intereses políticos y económicos se entremezclan, el insólito casus belli Arabia Saudita – Qatar, cumulo de quejas que poco tienen que ver con el auténtico motivo del enfrentamiento: las exportaciones de petróleo y gas natural a Occidente. La dinámica expansión comercial de los qataríes levanta ampollas en el reino wahabita. El conflicto divide a los países árabes, ya de por sí poco propensos a forjar una hipotética solidaridad. Obviamente, el panorama de la región ha experimentado un cambio espectacular en las últimas décadas.

En ese contexto, la incondicional defensa de los intereses israelíes por parte de Norteamérica podría parecer una afrenta a los aliados árabes. De hecho, el actual presidente de los Estados Unidos es el político más proclive la ideología ultraconservadora del Primer Ministro Benjamín Netanyahu, que tiene que afrontar la consulta electoral del 9 de abril con escasas probabilidades de alzarse con otra victoria. Acusado por la Justicia hebrea en varios casos de corrupción y malversación, el Primer Ministro israelí fantasea con un… milagro.

Curiosamente, el milagro llegó hace apenas unos días, cuando el profeta Mike Pompeo, jefe de la diplomacia estadounidense, antiguo director de la CIA y, ante todo, cristiano fundamentalista, aseguró en una entrevista concedida a la cadena Christian Broadcasting Network, que posiblemente, el presidente Trump haya sido enviado por Dios para salvar a Israel de Irán.

El inusual mensaje del dignatario estadounidense era el mero preludio al anuncio, más pragmático y conflictivo, del posible (y muy probable) reconocimiento por parte de Washington de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, ocupados por el Ejército judío durante la guerra de 1967, y anexionados, 14 años más tarde, por el Estado de Israel. El propio Trump utilizó su habitual herramienta diplomática – el Twitter – para instar a la comunidad internacional a que reconozca la validez de un hecho consumado: los Altos del Golán se hallan bajo control israelí.
 
Si a ello se le suma la decisión de trasladar la Embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén y el deseo de crear lazos entre Israel y el otro aliado de la Administración Trump en la zona, Arabia Saudita, cabe imaginar el desconcierto de los europeos ante la inminente publicación del futuro proyecto de Acuerdo (de paz) del siglo ideado por el yerno del Presidente, Jarred Kushner, un extraño en la política.
  
De todos modos, conviene señalar que la poco diplomática intervención radiofónica de Mike Pompeo coincidió con la adopción por parte de Washington de nuevas sanciones contra el régimen iraní.

Curiosamente, otro detalle completamente silenciado tanto por la Administración Trump como por las autoridades israelíes fue la concesión de la primera licencia de explotación petrolífera a la compañía estadounidense Genie Energy, asesorada por el ex vicepresidente  Dick Cheney, que tendrá derechos exclusivos sobre un radio de 153 millas cuadradas en el sur de los Altos del Golán. Detalle interesante: entre los accionistas de Genie Energy figuran los financieros Jacob Rothschild y Rupert Murdoch.

Estiman los politólogos estadounidenses que, en circunstancias normales, el Presidente Al Assad hubiese podido elevar estruendosas protestas contra este acto de piratería internacional, pero como en estos momentos Damasco está empeñado en combatir la violencia interna, la cuestión del Golán pasa en un segundo, véase tercer plano.

Inútil recurrir, pues, a mensajes mesiánicos. A buen entendedor…