sábado, 8 de septiembre de 2012

Irán: los misiles de Alá


En noviembre de 2002, el entonces Primer Ministro israelí, Ariel Sharon, alertó a sus aliados norteamericanos sobre el peligro que suponía para la seguridad de los Estados de Oriente Medio el relativamente poco conocido programa nuclear iraní. El ex general hebreo aprovechó el impacto mediático generado por una visita a los Estados Unidos para exigir el apoyo estratégico de la Administración Bush en caso de un ataque aéreo contra las instalaciones atómicas del país de los ayatolás. Su propuesta tropezó, sin embargo, con la rotunda negativa de la Casa Blanca. El Presidente Bush tenía otros planes; otras prioridades.

Desde hace una década, los sucesivos Gobiernos de Tel Aviv tratan de persuadir a la clase política estadounidense para que tome cartas en el asunto. Ficticia o real, la “amenaza nuclear” iraní se ha convertido en la obsesión de los estrategas israelíes, poco propensos a barajar la posibilidad de contar con una (¡otra!) potencia atómica en la zona. En este contexto, conviene recordar el espectacular ataque relámpago de la aviación israelí contra el reactor nuclear iraquí “Osirak”, destruido en junio de 1981, con el beneplácito de Norteamérica y la tácita aquiescencia de la monarquía saudí, que permitió a los bombarderos israelíes sobrevolar el desierto de Arabia.

Huelga decir que el cacareado “programa nuclear” iraní no fue ideado ni iniciado por el régimen de los ayatolás. De hecho, los persas dieron los primeros pasos en la carrera nuclear durante los años 50 del pasado siglo, con el Sha Mohamed Reza Pahlavi. Estados Unidos facilitó la tecnología; la República Federal de Alemania, el indispensable equipo técnico. Curiosamente, a nadie se le ocurrió cuestionar las (obviamente buenas) intenciones del Sha.  Eso sí, algunos politólogos occidentales se dedicaron a “fantasear” con la posibilidad de un conflicto nuclear entre Irán y Arabia Saudita, países que se disputaban tanto el liderazgo de la OPEP como los favores del “gran hermano” norteamericano. Pero nadie dudó de la corrección y el comedimiento del Rey de los reyes.

Durante los primeros años de la revolución islámica, Israel trató de establecer relaciones con la comunidad científica iraní, pero los intentos tropezaron con el tajante rechazo de los ayatolás, poco dispuestos a avalar la colaboración científica y/o militar con el “enemigo sionista” que, dicho sea de paso, había participado directa o indirectamente en los proyectos de desarrollo tecnológico del derrocado emperador. El régimen de Teherán mantuvo, sin embargo, extrañas relaciones comerciales con los traficantes de armas de Tel Aviv. Basta con recordar el turbio “affaire Irangate”, gigantesco operativo de venta de armamento a la “contra” centroamericana, para comprender que iraníes e israelíes jamás quemaron las naves.La preocupación de la clase política israelí ante la “inminente” adquisición por parte de Irán de la “bomba islámica” ha sido alimentada, durante la última década, por informes procedentes de los servicios de inteligencia, declaraciones de asociaciones de exiliados persas y, ante todo, por la rimbombante retórica de los políticos de Teherán, que hacían suyos los objetivos del programa del ayatolá Jomeini: acabar con el ente sionista y liberar Jerusalén. Más inquietante aún resultaba, sin embargo, la presencia en los confines del Estado judío de agrupaciones político-religiosas pro-iraníes (Hezbolah, en Líbano; Hamas en la Franja de Gaza).

Hace apenas unos días, cuando el Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) publicó su último informe sobre la evolución del programa nuclear iraní, que hace hincapié en la aceleración del proceso de enriquecimiento de uranio y la existencia, en las instalaciones subterráneas de Fordow, de combustible enriquecido al 27%, el Gobierno de Benjamín Netanyahu volvió a reclamar la intervención militar estadounidense. Sin embargo, hay quién estima que el candidato Obama no pondrá en peligro su reelección a la presidencia de los Estados Unidos para complacer al lobby pro-israelí.

Subsiste el interrogante: ¿hasta qué punto supone el hipotético poderío nuclear iraní un peligro real para Israel, los países de Europa oriental miembros de la OTAN o Rusia?  Alain Chouet, antiguo jefe de operaciones de los servicios secretos franceses en Oriente Medio y autor de un impactante libro sobre la “amenaza islamista”, asegura que los nombres de artefactos bélicos iraníes provienen del imaginario coránico, del deseo de venganza contra un enemigo más cercano: la dinastía saudí.

viernes, 27 de julio de 2012

Siria: se busca "traidor simpático"


El Presidente Obama y la Secretaria de Estado Clinton no consiguen ocultar su nerviosismo: el hombre fuerte de Damasco, Bashar el Assad, se resiste a hacer suyo el “guión” de la llamada “transición democrática” elaborado, como siempre, por los ordenadores del Consejo de Seguridad Nacional o el Departamento de Estado. Decididamente, el dictador no sintoniza con los programas ideados por los ilustres politólogos “WASP” que controlan el pensamiento del imperio. Es posible que el ordenador se haya equivocado al tratar de meter en el mismo saco a todos los gobernantes árabes. También cabe que los datos suministrados por las antenas de la CIA en la región hayan sido erróneos, cuando no tendenciosos. No sería esta la primera vez en la que Occidente actúa deliberadamente contra… sus propios intereses. Los errores, sean estos de cálculo o de comprensión, proliferan en los anales de la diplomacia estadounidense.


Lo cierto es que 16 meses después del inicio de la revuelta siria, el desconcierto reina en Washington. Los servicios de inteligencia no han sido capaces de recabar información fidedigna acerca de los líderes de los movimientos de resistencia. Poco se sabe sobre los perfiles de quienes controlan el Consejo Nacional Sirio, conglomerado de facciones opositoras que difícilmente fingen la unión; poco se sabe acerca de los cabecillas del Ejercito Libre de Siria, agrupación “sui generis” integrada por militares y milicianos de diversas procedencias, que reciben armas y municiones de Qatar y Arabia Saudita a través de los Hermanos Musulmanes que operan en la frontera con Turquía. Poco se sabe de los contactos del Ejercito Libre con los movimientos radicales islamistas – Al Qaeda o Jahbat al Nusra – muy activos en la zona desde comienzos de 2012. Poco se sabe acerca del papel desempeñado por el actual líder de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zawahiri, en la organización de los grupúsculos yihadistas que actúan en suelo sirio.

Ante la imposibilidad de obtener información a través de sus propios servicios de inteligencia, que dependen actualmente de los informes facilitados por fuentes turcas o jordanas, la Administración estadounidense se limita a actuar a “palo de ciego”. A las cada vez más vehementes amenazas de la Secretaria de Estado Clinton se suman los llamamientos de la Liga Árabe, que insta a Bashar a abandonar el poder, o las iniciativas de Francia, que sugiere la creación de un Gobierno provisional en el exilio.

De hecho, la mayoría de los actores conoce la problemática del por ahora hipotético proceso de transición. Sus objetivos prioritarios: evitar un vacío de poder político, mantener la unidad del Ejercito, impedir la proliferación de grupúsculos paramilitares, evitar las matanzas confesionales y – ante todo – impedir por todos los medios la partición geográfica de Siria.

Lo cierto es que estas metas sólo podrán lograrse apostando por un Gobierno de transición fuerte y coherente. Los rebeldes o, mejor dicho, algunos sectores del Consejo Nacional, no descartan la posibilidad de dialogar con una “personalidad” designada por el actual régimen. Sin embargo, todos rechazan la idea del diálogo con el propio Bashar.

La existencia de importantes arsenales de armas químicas y bacteriológicas preocupa más a Israel, acérrimo enemigo de Damasco, que a los vecinos árabes o musulmanes de Siria. Lo que sí inquieta a iraquíes, jordanos, libaneses y turcos es el posible contagio de la inestabilidad política.

Por su parte, Washington no parece dispuesto a reeditar los errores de cálculo cometidos en Libia. La caída de El Assad debe tener, pues, visos de “credibilidad democrática”. En este caso concreto, la receta debería redactarse de la siguiente manera: “Se busca traidor simpático, de buen ver, con dotes de mando, capaz de liderar un proceso de transición”. ¿Algún candidato a la vista?

lunes, 16 de julio de 2012

El mundo árabe-musulmán: nuevos paradigmas


“Hay que cambiar la faz del mundo árabe”. Este fue el mantra del presidente norteamericano, Barack Obama, desde el mismísimo momento de su toma de posesión, en enero de 2009, hasta la reciente llegada al poder de partidos de corte religioso en la casi totalidad de los países del Norte de África.

En efecto, pocos meses después del estallido de la llamada “primavera árabe”, los Gobiernos islámicos se afianzaron en Marruecos, Libia, Túnez y Egipto. Se habla de la posible introducción de la “Sharia” (ley coránica) en las nuevas Constituciones de los Estados del Magreb, de la vuelta a los valores tradicionales en los países del Mashrek. Hezbollá y Hamas, acérrimos detractores de la “civilización occidental” en el Líbano y Palestina; agrupaciones que figuran en las listas negras de movimientos terroristas cuidadosamente elaboradas por la Unión Europea y el Departamento de Estado norteamericano, se están regocijando. Sus aliados de la Cofradía de los Hermanos Musulmanes parecen haber adquirido carta de naturaleza en la jerga de la diplomacia estadounidense. No, ya no se les tacha de “terroristas”, sino de “moderados”, de émulos de los musulmanes turcos, máximos exponentes, según la Casa Blanca, del “islamismo moderno”.

Ficticia o real, la obsesión de la clase política norteamericana por fabricar la imagen del islamista “bueno”, irritó sobremanera a los partidos religiosos del Cercano Oriente. “No existen islamistas moderados; sólo hay radicales islámicos y musulmanes religiosos o laicos”, me confesaba hace tres lustros un destacado político musulmán adscrito a un partido religioso”.  Estimaba mi interlocutor que el término acuñado en la otra orilla del Atlántico constituía un insulto para cualquier mahometano. “Nuestra fe no es, no puede ni debe ser moderada. Somos creyentes, al igual de los católicos, los protestantes o los israelitas. Asumimos plenamente las enseñanzas del Corán, pero ello no nos convierte en seres intolerantes. Los sectarios, como Bin Laden o los salafistas, prefieren el enfrentamiento, la yihad. Y eso, ¡no es Islam!”

Coincidimos con mi interlocutor en que, a fuerza de difundir su encarnizado discurso, los radicales habían conquistado una parcela del mundo musulmán. De hecho, sus mensajes cargados de odio respondían al estado de ánimo de muchos millones de musulmanes, frustrados por la incapacidad de sus gobernantes de llevar a cabo reformas innovadoras. “Osama tenía razón”, me confesaba hace ya algún tiempo un empresario egipcio, comentando el estancamiento de la sociedad de su país. “Osama tenía razón”. Volví a escuchar estas aterradoras palabras en varios países del Cercano Oriente. No hacía falta ser profeta para comprender que el porvenir deparaba un largo periodo de renacer islámico. Tampoco hay que extrañarse: los parámetros occidentales – materialismo, egoísmo, erosión de los valores morales – no resultan apetecibles en el universo islámico. Y si a eso se le añade el etnocentrismo de los pueblos del Septentrión, el racismo y la xenofobia, el mundo de los ricos deja de ser “el ejemplo a seguir”.

Las “primaveras árabes” han hallado, aparentemente, la respuesta al tipo de sociedad ansiado por las masas musulmanas. Y esa respuesta es el Islam. No, no será el Islam fabricado por los politólogos-lingüistas de Washington. Ni tampoco el Islam puritano de los talibanes afganos. Aunque tampoco el “islam moderado” de los turcos. No; los jóvenes egipcios (y no sólo egipcios) sueñan con el modelo saudí. ¿Con poca libertad y muchos petrodólares? Todo vale, con tal de no caer en la trampa de Occidente.

Hace apenas unos días, Egipto estrenó presidente. Mohammed Mohammed al Mursi, educado en una universidad californiana, pertenece – al igual que muchos correligionarios del Norte de África - a la Cofradía de los Hermanos Musulmanes. Nuestras miradas deberían dirigirse hacia El Cairo. Del porvenir de Egipto dependerá el éxito o el fracaso de las “primaveras, veranos y otoños” árabes; el éxito o el fracaso de este cada vez más difícil diálogo entre Oriente y Occidente.

viernes, 22 de junio de 2012

Siria: recordando la guerra civil española


La decisión de las Naciones Unidas de suspender sine die las actividades de la misión de observadores destacada a Siria no parece haber sorprendido sobremanera a los analistas políticos que siguen muy de cerca la evolución de los acontecimientos en la zona. Obviamente, ninguna de las partes involucradas en este conflicto que se ha tornado en una auténtica guerra civil tiene interés en facilitar la labor de unos testigos molestos. Para las autoridades de Damasco, la presencia de los cripto-cascos-azules obstaculiza la cruenta ofensiva del ejército y los grupos paramilitares contra los opositores del régimen; para el autodenominado “ejército libre” de Siria, los enviados de la ONU no dejan de ser un estorbo. Ambos bandos se acusan mutuamente de haber cometido atrocidades; ambos prefieren seguir actuando (matando, mejor dicho) lejos de las miradas “indiscretas” de una opinión pública internacional incapaz de comprender la complejidad de este conflicto interno, de este dramático enfrentamiento que divide a los sirios.

¿Conflicto étnico? ¿Conflicto religioso? ¿Conflicto ideológico? La verdad es que la tragedia del país de los antiguos omeyas tiene diferentes lecturas. Es cierto que la minoría alauita, que representa un escaso 15 por ciento de la población, controla los destinos de Siria desde hace más de 30 años. Los musulmanes sunitas se sienten discriminados. ¿Y los kurdos, los drusos y los chiítas, etnias minoritarias? ¿O los cristianos, acostumbrados desde hace décadas a la política del “palo y la zanahoria” de los gobernantes árabes? Muchos estiman que la discriminación soterrada, llevada a cabo por el régimen laico instaurado por el Partido Baas, resultaba hasta cierto punto más “tolerante” que la estricta normativa jurídica de las monarquías absolutistas de la región.

Sabido es que la confrontación entre alauitas y sunitas desembocó, ya en 1982, en la masacre de Hama. En aquél entonces, el ejército sirio, bajo las órdenes de Hafez el Assad, padre del actual presidente, llevó a cabo una operación de castigo en la que perecieron más de 20.000 personas. Nada nuevo, pues, bajo el sol. ¿Nada nuevo? Hoy en día, los enfrentamientos interconfesionales están fomentados por saudíes y qataríes, guardianes de la “recta vía” del Islam sunita, aunque también por agrupaciones político-religiosas afines a los Hermanos Musulmanes, que suministran a través de Turquía, armamento el “ejército libre”.

Los valedores del bando gubernamental son, por muy extraño que ello parezca, los ayatolás iraníes y los cabecillas del movimiento radical islámico libanés Hezbollah, quienes encuentran en el régimen “laico” un inesperado compañero de camino. Por otra parte, las fuerzas armadas de El Assad están pertrechadas con aviones y helicópteros rusos, con tanques fabricados en Rumanía, antiguo miembro del Pacto de Varsovia, con instrumentos de vigilancia electrónica provenientes de países occidentales.

Obviamente, religión e ideología se dan la mano, convirtiendo la tragedia humana en un conflicto que recuerda extrañamente la guerra civil española (1936-1939). Mientras en España los dos bandos – derecha e izquierda – contaban con los apoyos de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, por un lado y la ayuda de la URSS y los movimientos comunista y socialista europeos por el otro, en el teatro de guerra sirio se enfrentan dos opciones totalitarias: los islamismos chiíta y sunita, que cuentan con aliados o, mejor dicho, “padrinos” en Moscú, Pekín, Riad y… ¡Washington!

La postura de Rusia y China se resume en un noble concepto jurídico: el derecho de los pueblos de decidir de su suerte. La de la Administración Obama y de los países occidentales, en la necesidad de defender los derechos humanos de los sirios.

Pero qué duda cabe que en ambos casos la demagogia se suma al cinismo. ¡Basta de tantas consideraciones filosóficas! En la guerra civil siria, al igual que en la española, la autentica víctima es… el pueblo.

sábado, 9 de junio de 2012

El dilema de los cristianos de Oriente


Salieron a la calle juntos – musulmanes y cristianos – reclamando el derrocamiento del tirano, la instauración de la democracia, el respeto de los derechos humanos, de la libertad de expresión y de culto. Se congregaron en la cairota Plaza Tahrir, coreando las mismas consignas. “Somos el mismo pueblo”, gritaban los jóvenes egipcios, persuadidos de que la lucha contra el régimen autoritario era el común denominador del combate que desembocó en la caída del “raís” Hosni Mubarak.

La “primavera árabe” fue el catalizador; el nexo entre dos segmentos de una sociedad dividida. Durante unos meses, los coptos, que representan alrededor del 9% de la población egipcia, se identificaron plenamente con los ideales de sus compatriotas musulmanes, artífices de la llamada “revolución verde”.

¿Un solo pueblo? Lo cierto es que durante décadas tanto los políticos como las iglesias occidentales denunciaron las medidas discriminatorias que afectaban a la minoría cristiana. ¿Discriminación religiosa? ¿Discriminación cultural? Lo cierto es que a la hora de la verdad el sistema político egipcio contaba con numerosas válvulas de escape. Aparentemente, el rechazo no procedía del poder político, sino de marginales grupúsculos integristas, que nada tenían que ver con el carácter abierto y tolerante de los habitantes del valle del Nilo. Al Poder le gustaba cuidar las apariencias. Sin embargo…

La victoria de las “revoluciones árabes” y la llegada al poder de Gobiernos de corte islámico en la mayoría de los países del contorno mediterráneo – Túnez, Marruecos, Libia y con toda probabilidad, Egipto – suscita una serie de interrogantes sobre la convivencia de las comunidades cristiana y musulmana. Si bien la población de los países árabes no se ha radicalizado, los nuevos dirigentes políticos, los mal llamados “islamistas moderados”, parecen menos propensos a respetar la diversidad cultural. Hace unos días, aludiendo a los coptos, un gran rotativo español señalaba ingenuamente que “es el sector que más tiene que perder con la llegada de la democracia”. Cabe preguntarse qué entienden los redactores de dicho periódico por democracia. Decididamente, utilizan criterios que me son ajenos.

Los países occidentales y, ante todo, las antiguas potencias coloniales del Viejo Continente – Inglaterra y Francia – defensores a ultranza de los derechos de la minoría cristiana de Oriente Medio durante el período de descolonización, no parecen dispuestos a denunciar el peligro que implica el radicalismo religioso de los nuevos gobernantes árabes. Las comunidades cristianas, protegidas por Occidente en épocas en la que apenas se cuestionaba la convivencia, dirigen sus miradas hacia Oeste. Pero los viejos defensores de la Fe pecan por omisión; por “democrática” omisión. Pero, ¿quién habló de democracia?

lunes, 4 de junio de 2012

La “lengua del enemigo”


A partir del próximo mes de septiembre, el Ministerio de Educación de la Franja de Gaza introducirá en el programa de estudios de los colegios de secundaria una nueva asignatura: la “lengua del enemigo”. Se trata del idioma hebreo, materia que cayó en desuso tras la firma de los Acuerdos de Oslo y la llegada a la Franja de la plana mayor de la OLP, liderada por Yasser Arafat.

La “lengua del enemigo” vuelve a las aulas después de 18 años de ausencia. Los radicales islámicos de Hamás, que gobiernan el exiguo territorio, estiman que es importante comprender la mentalidad de los israelíes a través de los rudimentos del idioma. En una entrevista concedida recientemente al rotativo estadounidense The New York Times, el director general del Ministerio de Educación, Mahmud Matar, afirma que los israelíes suelen utilizar el árabe, idioma que se enseña en los colegios del Estado judío, para lograr su objetivo: el control y el sometimiento de la población palestina. “Israel es nuestro enemigo; vamos a enseñar, pues, la lengua del enemigo”.

La noticia causó estupor del otro lado de la frontera. En efecto, la inmensa mayoría de los ciudadanos del Estado judío no comprende la motivación de Hamás, acérrimo detractor de la convivencia con el llamado “ente sionista”. Se supone o, mejor dicho, intuye, que los radicales islámicos se han decantado por un cambio de estrategia. Crecidos por el éxito de la maratoniana negociación que desembocó en la liberación de un millar de presos palestinos a cambio de la entrega del soldado israelí Guilad Shalit, secuestrado en Gaza durante cinco años, los cabecillas de Hamás comprendieron que no hay que descartar la posibilidad de dialogar con el enemigo. Y para ello, es preciso contar con gente cualificada.

Muchos de los pobladores de Gaza tuvieron ocasión de aprender hebreo en la época en la que la economía israelí se nutría de la mano de obra barata procedente de los territorios ocupados. Pero los conocimientos lingüísticos de aquellos trabajadores no dejaban de ser superficiales. Quienes aprendieron la “lengua del enemigo” fueron los presos políticos, encarcelados durante años en Israel. Algunos manejan el hebreo con soltura y, como dirían sus carceleros, “casi sin acento”. No hay que extrañarse: el hebreo es, al igual que el árabe, un idioma semítico.

Hay quien insinúa que Hamás optó por introducir la nueva asignatura para formar una “generación de espías”, y quien cree que se trata de una postura destinada a facilitar el acercamiento a las autoridades de Tel Aviv. De hecho, los radicales de Gaza parecen tener ahora más predicamento en Israel que los “moderados” de la OLP que gobiernan en Cisjordania. ¿La opinión pública de Gaza? Los pobladores de la Franja no piensan rebelarse contra quienes recomiendan aprender la “lengua del enemigo”. La dramática situación económica de la Franja no estimula el debate o la confrontación ideológica.

En Cisjordania, el hebreo no se enseña en los colegios. Curiosamente, aquí los jóvenes universitarios se oponen al diálogo con Israel que, según ellos, sólo podría desembocar en la creación de un mini-estado palestino inviable, la renuncia de la doble capitalidad de Jerusalén, el abandono del derecho de retorno de los casi cinco millones de refugiados palestinos. Los universitarios dudan de la capacidad de la Autoridad Nacional Palestina de sellar las paces con Israel mediante un acuerdo equitativo. ¿Su ideal? Desencadenar una nueva “intifada”, que siente nuevas bases para el diálogo con el Estado judío. De hecho, cuando el Primer Ministro Benjamín Netanyahu manifestó el deseo de reanudar los contactos con el Presidente palestino Mahmúd Abbas, los jóvenes acogieron el anuncio con escepticismo. ¿Desplazarán los radicales de Gaza al excesivamente moderado interlocutor de Ramallah?

Conviene señalar que el panorama político israelí experimentó un cambio radical durante la primera quincena de mayo, cuando en nuevo líder de la agrupación centrista Kadima, Shaúl Mofaz, decidió abandonar la oposición, sumándose a la coalición gubernamental liderada por Netanyahu. La decisión intervino en el momento en que los estrategas de Tel Aviv deshojaban la margarita de un posible ataque “preventivo” contra las instalaciones nucleares de Irán.

Curiosamente, el general Shaúl Mofaz, tercer ex jefe de Estado Mayor del ejército hebreo que integra el Gabinete Netanyahu, es oriundo de… Irán. Al desconcierto generalizado se suma un nuevo interrogante: ¿habla Mofaz la “lengua del enemigo”?

viernes, 1 de junio de 2012

Europa: vuelven los demonios del pasado


Un fantasma recorre Europa: es el fantasma de la ultraderecha. Sus manifestaciones, múltiples e inquietantes, generan un profundo malestar en una opinión pública cansada de oír rancias consignas racistas y xenófobas, unos mensajes cuya supuesta carga emocional se limita muy a menudo a la clásica jerga del patrioterismo. Sin embargo, hay más, mucho más…

Hace apenas unas semanas, se anunció la publicación en Alemania del Mein Kampf de Adolfo Hitler, libro prohibido después de la Segunda Guerra Mundial. Su reedición coincide con el espectacular avance del Frente Nacional francés, agrupación ultraconservadora que logró cosechar un 18 por ciento de los votos en las elecciones para la presidencia gala. El éxito del Frente Nacional eclipsó la no menos preocupante victoria del Amanecer Dorado griego, otro movimiento ultraderechista que logró aglutinar un 6 por ciento de los sufragios durante la consulta popular celebrada en el país heleno el pasado mes de mayo.

Aparentemente, el Viejo Continente se decanta por el extremismo de derechas. Un fenómeno este inimaginable tras la gran contienda de 1939-1945, cuando los vencedores – Estados Unidos, Rusia, Inglaterra y Francia - lograron colocar fuera de la ley las ideologías fascista y nazi. A la repulsa popular se sumo, en aquél entonces, el casi generalizado mea culpa de una sociedad alemana conmovida por los horrores del nacionalsocialismo. Pero en la política difícilmente hay cabida para el contundente “nunca más”.

En la década de los 90, pandillas de jóvenes de la antigua Alemania Oriental, volvieron a resucitar el fantasma neo-nazi, dirigiendo su frustración contra los inmigrantes turcos o los refugiados de origen asiático. Pensaban los habitantes de la recién rescatada Alemania del Este que los extranjeros y, ante todo, los musulmanes, obstaculizaban el desarrollo armonioso de la utópica sociedad de consumo (¿de bienestar?) omnipresente en los seriales de las cadenas de televisión occidentales. La ya de por sí difícil integración de los pobladores de la antigua República Democrática aceleró el resurgir de la extrema derecha germana.

Mas Alemania no era el único país en el que proliferaron el nacionalismo y el racismo. Los hooligans ingleses y rusos, vándalos de los estadios de futbol, están relacionados, directa o indirectamente, con agrupaciones políticas extremistas, defensoras del ideario derechista.

Tras los sangrientos atentados de Noruega, en los que fallecieron 76 personas, la derecha tradicional europea optó por distanciarse del autor de la masacre, Anders Brievik, correligionario más que molesto. De hecho, el líder del Partido de la Libertad de los Países Bajos, Geert Wilders, no dudo en tachar a Brievik de “loco”. Sin embargo, para Francesco Speroni, miembro de la Liga Norte italiana, manifestó que las ideas del fundamentalista noruego reflejan el rechazo al multiculturalismo, enemigo oculto de la civilización occidental.

El mapa de la extrema derecha europea es complejo. Un ejemplo: Jean –Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional francés, vehiculó la idea de que la ocupación alemana de su país durante la Segunda Guerra Mundial no había sido “forzosamente inhumana”. Al líder del Frente nacional se le tildó de antiliberal y antisemita.

En Alemania, la Unión del Pueblo, creada en la década de los 90, trató de atraer a sus filas a los miembros del Partido Republicano, fundado en 1983 por Franz Schonhuber, antiguo oficial nazi que echaba la culpa por todos los males de Occidente a… los extranjeros.

En Italia, la Alianza Nacional de Gianfranco Fini puede considerarse heredera del ideario del Movimiento Social Italiano, fundado por los neofascistas a finales de la década de los 40. El propio Fini manifestó en su momento que el fascismo tenía una “tradición de honradez, corrección y buen gobierno”.

En Suecia, Noruega y Dinamarca, los partidos de derechas parecían más preocupados por la preservación del Estado de bienestar que por el problema de la inmigración (musulmana).

No es este el caso de los países de Europa oriental, donde los ultras propugnan una guerra sin cuartel contra los inmigrantes y/o la recuperación de territorios “étnicos históricos”, como pretende el movimiento extremista húngaro Jobbik, que contempla la reintegración en el mapa de Hungría de regiones pertenecientes actualmente a dos Estados vecinos: Rumanía y Eslovaquia. Pero Jobbik va aún más lejos, reclamando la salida del país de la ultraliberal Unión Europea.

¿Y los demócratas? Aparentemente, poco o nada pueden o quieren hacer contra los ¡ay! representantes electos de la extrema derecha. Malos presagios para la Vieja Europa.