viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Vuelve el mundo bipolar?


Rusia está preparando un ataque contra Occidente. La apocalíptica advertencia ocupa un destacado lugar en las páginas del semanario estadounidense Newsweek, publicación seria y fidedigna, que no suele hacerse eco de insensatos rumores. En este caso concreto, la revista menciona las declaraciones del general Philip Breedlove, antiguo comandante en jefe de la OTAN en Europa, quien hace hincapié en la necesidad de adjudicar a Rusia el papel de peligro potencial para los Estados Unidos y sus aliados del Viejo Continente, insuficientemente preparados – según él - para repeler una posible intervención militar de Moscú.

Cabe suponer que el general, al igual que muchos excompañeros de armas encuadrados en la cúpula de las empresas de armamento norteamericanas, trata de incidir en las políticas de defensa de los Estados miembros de la OTAN, reprendidos por no incrementar sus respectivos presupuestos militares. Conviene señalar que la maquinaria de propaganda atlantista no escatima esfuerzos a la hora de denunciar la concentración de unidades motorizadas del ejército ruso en la frontera occidental. Se califica a las maniobras aéreas y navales rusas de provocaciones cuando no de amenazas para la integridad territorial de los nuevos socios orientales de la Alianza – Polonia, Rumanía, Bulgaria y los Estados bálticos.  La revista Jane’s, especializada en asuntos de defensa e inteligencia militar, recomienda a los integrantes del flanco Este de la OTAN que modernicen su armamento. Se trata de inversiones del orden de miles de millones de dólares.

Apenas se menciona en los artículos de la prensa occidental la presencia de tropas de la OTAN en los confines de Rusia: aviones de combate, instalaciones del escudo antimisiles, carros blindados provenientes de las bases de Alemania y Holanda, equipos de vigilancia electrónica. Obviamente, la Alianza defiende sus fronteras. Algunos dirán, empleando una gran dosis de cinismo, que el mérito de Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, es de haber ocupado la mitad de Europa sin pegar un solo tiro. Pero tampoco hay que caer en la trampa de la excesiva simplificación de las políticas geoestratégicas. 
   
Cierto es que este infatigable movimiento de alfiles y peones en el tablero de la vieja Europa preocupa a los actuales inquilinos del Kremlin y la Casa Blanca. El previsible cambio de rumbo de la política exterior estadunidense tras la elección de Donald Trump obligó a Rusia a poner las cartas sobre la mesa.

 Rusia no necesita enemigos, declaró a primeros de diciembre el Presidente Vladimir Putin, al presentar la nueva doctrina de la política exterior de su país. Añadió el dignatario ruso que Moscú no tiene intención alguna de involucrarse en confrontaciones geopolíticas, pero que la Madre Rusia – potencia mundial – no dudará en defender sus intereses.

He aquí algunas de las directrices recogidas en el memorándum sobre la nueva política exterior del Kremlin:
• Luchar contra la presión política y económica de EE.UU. y sus aliados, que desembocan en la desestabilización global;
• seguir colaborando con la UE, socio político e interlocutor económico de Moscú;
• abrir el diálogo con Canadá sobre la desmilitarización región del Árctico;
• lograr la estabilidad política en Oriente Medio y el Norte de África;
• elaborar un tratado internacional sobre la desmilitarización del espacio extraterrestre;
• frenar cualquier intento de injerencia en los asuntos internos de Rusia;
• establecer, en la medida de lo posible, relaciones de cooperación con la OTAN,
• incrementar la seguridad informática del país;
• considerar que el escudo antimisiles desplegado por los Estados Unidos representa una amenaza para la seguridad de la Federación rusa;
• negociar un tratado sobre la indivisibilidad de la seguridad en el Atlántico Norte;
• reaccionar con fuerza ante cualquier acción hostil de los Estados Unidos;
• fortalecer los lazos con los países de América Latina y el Caribe; y
• desarrollar las relaciones con Ucrania.

Para las Cancillerías occidentales, los enunciados tienen doble lectura. Doble o múltiple; es una de las reglas de oro de la diplomacia. 

Habrá que esperar unas semanas – pocas – para descubrir los ases de la baraja de Donald Trump. 

¿La estabilidad del Viejo Continente? Dependerá, muy probablemente, de los designios de Washington y de Moscú. En este caso, los demás actores sólo tienen derecho, como en el póker, a la… jugada del muerto.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Rumanía y la geopolítica del caos


La cumbre de la OTAN de Varsovia ha sido un éxito para Rumanía, afirmaba a comienzos de julio en Presidente rumano, Klaus Iohannis. En efecto, los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en la capital polaca barajaron la posibilidad crear una flotilla de la Alianza Atlántica en el Mar Negro, feudo de la Fuerza Naval rusa. Obviamente, en Washington y en Bruselas la primacía en la zona de los destructores y las fragatas del complejo militar Sebastopol levantaba ampollas. Y más aún, tras la anexión de la península de Crimea a la Federación rusa. El mando de la OTAN encomendó a Rumanía la coordinación del proyecto de defensa naval, al que debían haberse sumado buques de guerra de los demás países ribereños miembros de la Alianza: Bulgaria y Turquía.

Pero sucedió lo hasta ahora inimaginable; el Primer Ministro (prooccidental) de Bulgaria, Boiko Borisov, descartó la participación de su país a los planes de la OTAN, alegando que el Mar Negro no ha de ser el escenario de acciones militares. No quiero una guerra en el Mar Negro, recalcó en jefe del Gobierno. A su vez, el Presidente búlgaro, Rosen Plevnielev, hizo hincapié en que Bulgaria es un país pacífico y su política exterior no apunta a nadie. Un auténtico quebradero de cabeza para los dignatarios de Bucarest, quienes tuvieron que resignarse con la pérdida de un hipotético socio de la coalición.

El golpe de gracia llegó seis semanas más tarde, el 16 de julio, tras el fallido golpe de Estado de Turquía, cuando el Presidente Recep Tayyip Erdogan dirigió su mirada hacia su ángel de la guarda moscovita, Vladimir Putin. El proyecto de brigada naval hacía agua. Rumanía se quedaba sola ante la hipotética amenaza de la Armada rusa. La situación, que algunos tacharon de insostenible, obligó al aliado transatlántico a tomar cartas en el asunto. En efecto, durante la reunión del llamado Diálogo Estratégico Rumano-Norteamericano, celebrada en Washington a finales de septiembre, se anunció la creación en suelo rumano de una brigada multinacional de la OTAN integrada por militares de la Alianza y liderada por mandos del Ejército de Bucarest.

Como el Tratado de Montreux prohíbe la presencia de buques de guerra extranjeros – léase estadounidenses, británicos, franceses u holandeses – en las aguas del Mar Negro, la defensa de la OTAN tendrá que centrarse en el suministro de aviones de combate y sistemas electrónicos de vigilancia remota. Rumanía adquirió seis aparatos F-16 a la Fuerza Aérea portuguesa; los equipos de vigilancia electrónica serán suministrados por el aliado transatlántico. Si el proyecto primitivo no llegó a materializarse, la solución de recambio parecía… satisfactoria.

Mas los datos del problema volvieron a cambiar en la primera quincena de noviembre a raíz de los resultados (¿inesperados?) de las elecciones presidenciales norteamericanas, búlgaras y moldavas. Si bien la victoria de Donald Trump provocó un verdadero maremoto que afectó y afecta a la totalidad de las estructuras de Gobierno de nuestro planeta, los cambios registrados hace apenas unos días en Sofía y Chishináu, donde los candidatos prorrusos a la Presidencia se impusieron frente a sus contrincantes prooccidentales, preocupan sobremanera a la clase política rumana.

Rumanía ¿atenazada? preguntan los politólogos de Bucarest, señalando que prácticamente todos los países de la región – Bulgaria, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Serbia y Moldova – están dirigidos por políticos que mantienen buenas relaciones con el Kremlin.  Rumanía – baluarte proccidental en un océano prorruso.  Rumanía – huérfana…

Los expertos en relaciones internacionales no ocultan su pesimismo. En efecto, dudan de que el presidente electo de los Estados Unidos, partidario de mejorar las relaciones con el Kremlin deterioradas durante el último mandato de Barack Obama, cuando privaron los intereses del establishment económico y militar demócrata, esté realmente interesado en apoyar al endeble aliado rumano. Trump no sabe dónde queda Rumanía, aseguran los catastrofistas, ¿Nos entregará a Putin? 

Queda, pues, la disyuntiva: ¿OTAN o Unión Europea? Para Iulian Chifu, antiguo asesor de política internacional de la Presidencia de la República, la respuesta ha de ser inequívoca: tres veces OTAN.  Su colega Cozmin Gusa, politólogo y estratega, no comparte esta opinión. Debemos dirigir nuestra mirada hacia la Alemania de Frau Merkel, hacia el motor de la economía comunitaria. Y recuerda que Rumanía tiene la ventaja de tener un Jefe de Estado, Klaus Iohannis, que pertenece a la minoría étnica germana. ¿Una baza? ¿Un salvavidas?

Cabe preguntarse si la recién estrenada geopolítica del caos, inaugurada por la era Trump, está ansiosa por cobrarse las primeras víctimas. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Mă numesc Trump, Donald Trump


Să vedem! Magnatul Donald Trump, excentricul și imprevizibilul multimilionar, și-a adjudecat victoria la alegerile prezidențiale, organizate săptămâna aceasta în Statele Unite. Ceva greu de imaginat, ca să nu spunem, că este prea puțin de dorit. O surpriză!
Pentru cel care scrie aceste rânduri, nu este vorba de o surpriză. Cunoscând profunda ignoranță a cetățeanului american în probleme de stat, tendințele sale de autoizolare, justificatul său (sau nu) egoism în abordarea problemelor mondiale stringente, victoria lui Trump părea mai degrabă predictibilă.
Și se datorează mai multor motive, începând cu acțiunile de campanie ale candidatei democrate, Hillary Clinton, organizate cu obișnuita aroganță a fostei primă doamnă, care nu a încercat să se adapteze la exigențele celor care cereau răspunsuri sincere, argumente credibile și promisiuni pentru schimbare. În mod evident, Hillary nu i-a convins. S-a petrecut astfel ceva șocant pentru o opinie publică drogată de spălarea de creier realizată de marile mijloace de comunicare și hipnotizată de discursurile pozitiviste, rostite de Hillary – Jano. Femeia cu o mie de fețe a pierdut pariul.
Așteptându-l pe Trump – ar putea fi titlul vodevilului pe care-l vom vedea până în 20 ianuarie anul viitor, când excentricul potentat va prelua funcția de președinte al celei mai puternice națiuni de pe planeta Pământ.
În punctele nevralgice ale geopoliticii apar semne de întrebare și persistă îndoielile. Pentru unii oameni de stat, mesajele lui Trump sunt tulburătoare, dacă nu chiar de neînțeles. În Orientul Mijlociu se aud voci discordante. Cu toate că pentru monarhia saudită și aliații săi – Emiratele Arabe, Qatar, etc. – unul dintre obiectivele prioritare ar fi revizuirea sau chiar anularea acordului nuclear cu Iranul, criticat de Trump în mai multe ocazii, realmente importantă este însă neutralizarea (a se citi eliminarea) anti-islamismului arătat de președintele ales al Statelor Unite, care s-a pronunțat în favoarea închiderii frontierelor pentru imigranții musulmani.
În ciuda rectificării făcute chiar de Trump și după dispariția mesajelor rasiste de pe pagina web a candidatului, saudiții cer o retractare publică și inechivocă.
O altă necunoscută este poziția viitorului chiriaș de la Casa Albă cu privire la conflictul din Siria. Dacă Obama și fostul secretar de Stat, Hillary Clinton, au sprijinit direct și indirect mișcările de caracter islamist care luptau cu regimul președintelui Assad, președintele ales al SUA pare dispus să accepte și să tolereze prezența militară rusă în Orientul Apropiat și sprijinul acordat de Kremlin liderului de la Damasc.
Va însemna oare acest lucru o mai mare colaborare între Washington și Moscova în lupta pentru eliminarea terorismului reprezentat de Statul Islamic?

Analiștii politici israelieni primesc cu o oarecare rezervă victoria lui Trump. Dacă pentru politicienii din Likud și extrema dreapta israeliană schimbul de conducere de la Casa Albă reprezintă finalul negocierilor care ar fi dus la crearea unui Stat Palestinian, politologii mizează pe alternativa unei „neutralități active” a Washington-ului, ceea ce ar determina apariția unor noi și nedoriți protagoniști pe scena conflictului fără sfârșit.
Cert este că Trump va continua politica lui Barack Obama, sprijinind creșterea ajutorului militar american pentru statul evreu.
Israelienii mizează, de asemenea, pe posibila încetare a presiunilor americane pentru reluarea consultărilor cu Autoritatea Națională Palestiniană, ceea ce s-ar traduce, potrivit aripii conservatoare a Likud, în certificatul de deces al Statului Palestinian, discutat în Acordurile de la Oslo.
Și Europa? Persistă necunoscutele despre prioritățile președintelui ales în ceea ce privește apărarea Vechiului Continent. De fapt, Trump a lăsat să se înțeleagă că America de Nord ar putea să-și închidă umbrela protectoare, abandonând țările din flancul estic al Alianței Nord-atlantice – Polonia, România, Bulgaria și Statele Baltice – transformate în vârful de lance al ofensivei strategice Obama – Clinton către marginile fostului URSS. Trump, dornic să restabilească relațiile cu Moscova, afectate de politica de sancțiuni aplicate de Occident după criza din Ucraina, s-a pronunțat în favoarea retragerii unor unități NATO staționate în Europa de Est, precum și pentru demilitarizarea Mării Negre.
În acest caz concret, lipsa unei protecții strategice s-ar alătura altor bătăi de cap pe care le au tinerele democrații din Europa de Est: efectele Brexit-ului pentru economiile lor, slăbite de recenta criză structurală, sosirea masivă a refugiaților și imigranților economici din Orientul Apropiat și amenințătoarea deșteptare a mișcărilor populiste. Va fi izolaționistul Trump un exemplu pentru ultranaționaliștii francezi, olandezi și unguri? Viitorul ne va lămuri.
Adevărul este că cei care până acum erau vestitorii victoriei lui Hillary Clinton s-au convertit degrabă în apologeții ciudatului domn Trump și nu ezită să vorbească despre o… Nouă Lume, chemată să pună capăt pilonilor Vechii Lumi: aroganța, autoritarismul și corupția.
Bine ați venit în lumea lui Donald Trump, cameleonilor.

Me llamo Trump, Donald Trump


Veamos. El magnate Donald Trump, extraño e impredecible multimillonario, se alzó con la victoria en las elecciones presidenciales celebradas esta semana en los Estados Unidos. Algo realmente inimaginable, por no decir, poco deseable o deseado. ¡Una sorpresa!

Para el que esto escribe, no se trata de una sorpresa. Conociendo la supina ignorancia del ciudadano norteamericano en los asuntos de estado, sus tendencias aislacionistas, su justificado (o no) egoísmo a la hora de abordar los candentes asuntos mundiales, la victoria de Trump parecía más bien predecible. Y ello, por distintas razones, empezando por la campaña de la candidata demócrata, Hillary Clinton, llevada con la habitual arrogancia de la ex primera dama, quien no intentó ajustarse a las exigencias de quienes reclamaban respuestas sinceras, argumentos creíbles, promesas de cambio. Obviamente, Hillary no les convenció. Sucedió, pues, algo chocante para una opinión pública drogada por el lavado de cerebro de los grandes medios de comunicación, hipnotizada por el discurso buenista de la Hillary – Jano. La mujer con múltiples caras perdió la apuesta.

Esperando a Trump, podría titularse el vodevil que contemplaremos hasta el 20 de enero del año próximo, cuando el excéntrico potentado tomará posesión de su cargo de Presidente de la nación más poderosa del planeta Tierra.

En los puntos neurálgicos de la geopolítica, surgen interrogantes, subsisten dudas. Para algunos estadistas, los mensajes de Trump resultan inquietantes, cuando no ininteligibles.  En la región de Oriente Medio se oyen voces discordantes. Aunque para la monarquía saudí y sus aliados – Emiratos Árabes, Qatar, etc. – uno de los objetivos prioritarios sería la revisión e incluso la abrogación del acuerdo nuclear con Irán, criticado por Trump en reiteradas ocasiones, lo realmente importante sería neutralizar, véase eliminar el anti islamismo del Presidente electo de los Estados Unidos, que se había pronunciado a favor del cierre de las fronteras a los inmigrantes musulmanes.  Pese a la rectificación del propio Trump y la desaparición de los mensajes racistas de la página Internet del candidato a la Presidencia, los saudíes exigen una retractación pública e inequívoca.

Otra incógnita es la postura del futuro inquilino de la Casa Blanca frente al conflicto de Siria. Mientras Obama y la ex Secretaria de Estado, Hillary Clinton, apoyaron directa o indirectamente a los movimientos de corte islamista que combatían el régimen del Presidente Assad, el Presidente electo de los Estados Unidos parece más propenso a aceptar o tolerar la presencia militar rusa en Oriente Medio y el apoyo del Kremlin al caudillo de Damasco. ¿Acaso ello implica una mayor colaboración entre Washington y Moscú en la lucha para la eliminación del terrorismo encarnado por el Estado Islámico?

Los analistas políticos israelíes acogen con cierta cautela la victoria de Trump. Si bien para los políticos del Likud y la extrema derecha israelí el cambio de inquilino en la Casa Blanca implica el final de las negociaciones llamadas a desembocar en la creación de un Estado palestino, los politólogos barajan la alternativa de una “neutralidad activa” de Washington, lo que supondría la aparición de nuevos e indeseados protagonistas en el escenario del interminable conflicto.

Lo que sí es cierto es que Trump seguirá la política de su antecesor, Barack Obama, apoyando le incremento de la ayuda militar norteamericana al Estado judío. 

Los israelíes apuestan, asimismo, por el posible final de las presiones estadounidenses para la reanudación de las consultas con la Autoridad Nacional Palestina, lo que podría traducirse, según el ala más conservadora del Likud, en el parte de defunción del Estado palestino esbozado en los Acuerdos de Oslo.

¿Y Europa? Subsisten las incógnitas sobre las prioridades del Presidente electo en cuanto a la política de defensa del Viejo Continente. De hecho, Trump dejó entender que Norteamérica podría “cerrar” su paraguas protector, abandonando a su suerte a los países del flanco Este la de Alianza Atlántica – Polonia, Rumanía, Bulgaria y los Estados bálticos – convertidos en punta de lanza de la ofensiva estratégica de Obama – Clinton hacia los confines de la antigua URSS. Trump, que desea recomponer las relaciones con Moscú, afectadas por la política de sanciones llevada a cabo por Occidente después de la crisis de Ucrania, se pronunció a favor de la retirada de algunas unidades de la OTAN estacionadas en Europa oriental, así como sobre la desmilitarización del Mar Negro. En este caso concreto, la ausencia de una protección estratégica se sumaría a otros quebraderos de cabeza de las jóvenes democracias de Europa oriental: los efectos del Brexit para sus economías, debilitadas por la reciente crisis estructural, la llegada masiva de refugiados e inmigrantes económicos procedentes de Oriente Medio y el amenazador advenimiento de movimientos populistas. ¿Será el aislacionista Trump un ejemplo para los ultranacionalistas franceses, holandeses y húngaros? El porvenir nos lo dirá.

Lo cierto es que los hasta ahora heraldos de la victoria de Hillary Clinton, reconvertidos a toda prisa en apologistas del extraño señor Trump, no dudan en hablar de un… Mundo Nuevo, llamado a acabar con los pilares del Viejo Mundo: la prepotencia, el autoritarismo y la corrupción.  Bienvenidos al mundo de Donald Trump, camaleones.   

viernes, 16 de septiembre de 2016

El despertar del oso ruso


Tenemos un nuevo enemigo. El enemigo está en el Sur; es el Islam. Eran palabras de un flamante ministro de defensa de la OTAN. Una declaración directa, contundente, inequívoca, acorde con la retórica del comandante en jefe de la Alianza Atlántica en el Viejo Continente, quien no dudaba en identificar el integrismo islámico, la inmigración procedente del Norte de África y el terrorismo como factores de inestabilidad en el Mediterráneo.

Sucedió allá, por los años 90 del pasado siglo, tras la caída del Muro de Berlín y el desmembramiento del imperio soviético. Occidente buscaba un contrincante, una amenaza susceptible de sustituir al desarmado oso ruso, la pesadilla de la Guerra Fría, el fantasma cuyo parte de defunción habían firmado, tal vez precipitadamente, Washington y Bruselas. Sin embargo, el oso ruso seguía vivo; sólo había entrado en una larga fase de hibernación.

De todos modos, Occidente optó por centrar sus baterías en el combate contra el peligro verde (léase, color Islam), descuidando aparentemente el proceso de decadencia del adversario moscovita.

Pero las apariencias engañan. Mientras a la opinión pública se le proporcionaba continuamente el serial televisivo Al Qaeda – Bin Laden – Saddam Hussein – Irán – Estado Islámico, ideado, financiado y promovido por los poderes fácticos del mundo occidental y sus moderados aliados musulmanes, los comandos especiales del pensamiento atlantista se dedicaban a colocar cargas explosivas en Ucrania, Georgia y Moldova, territorios situados en los confines de Rusia. No se trataba, en realidad, de un trabajo de francotiradores; todo formaba parte de la operación tenazas, un plan de choque destinado a poner cerco a la frontera occidental del antiguo imperio de los zares. La progresión continuó hasta el año 2014, cuando el Gobierno pro ruso de Kiev fue derrocado por las fuerzas democráticas apoyadas por Washington y Berlín. Moscú reaccionó, enviando tropas al Este de Ucrania. El inesperado movimiento del Kremlin provocó la ira de la Unión Europea, empeñada en denunciar la flagrante violación del Derecho internacional. Tres semanas después, la península de Crimea y la ciudad de Sebastopol proclamaron su independencia de Ucrania y la integración, acto seguido, a Rusia. ¡El oso se había despertado!

Lo que siguió después es harto conocido: acercamiento de Moscú a Pekín, reactivación de la alianza BRICS, asociación de los principales economías emergentes de Asia, África y América Latina, cooperación tecnológica y estratégica de Rusia con Irán, Paquistán y… Turquía y abandono progresivo del dólar (y del euro)  como moneda de referencia. Sin olvidar, claro está, la creciente presencia militar rusa en Siria, así como una serie de maniobras militares, calificadas de ofensivas por los estrategas de la OTAN. Nosotros no mandamos brigadas de carros de combate a la frontera con los Estados Unidos, replica Vladimir Putin.

Hace meses, advertíamos sobre el inminente reinicio de la Guerra Fría. Los síntomas no engañan. Recientemente, el rotativo Washington Post señalaba que los servicios de inteligencia estadounidenses desvían un 10 por ciento de los fondos destinados a la lucha contra el terrorismo para recabar información sobre Rusia. Sus prioridades: incrementar el número de agentes en Europa oriental, vigilar los sistemas de satélite, neutralizar el espionaje cibernético. De hecho, el tema del espionaje ruso centró la campaña presidencial  de Hillary Clinton y Donald Trump. Con argumentos rocambolescos, eso sí, dignos de las películas de espías producidas en Hollywood a mediados del siglo pasado.  Una época en la que, recordémoslo, más del 40 por ciento del personal de los servicios de inteligencia estadounidenses se dedicaba a vigilar al mundo soviético.

Estiman los analistas norteamericanos que en la actualidad la agencia de información exterior rusa, SVR, heredera de la KGB,  cuenta con alrededor de 150 agentes en los Estados Unidos. Los espías rusos están presentes en Washington, Nueva York, San Francisco y otras grandes urbes. Por su parte, la CIA tiene varias decenas de agentes en Rusia y también menos de un centenar en Europa oriental y los países bálticos. Pocos, según los medios de comunicación estadounidenses, para afrontar la arrogancia del oso Putin.

Subsiste el interrogante: ¿espionaje o espionítis? Tal vez la respuesta sea: Guerra Fría... algo recalentada. 

sábado, 10 de septiembre de 2016

Israel: no conviene aniquilar al Estado Islámico


Destacamentos del Estado Islámico localizados en el valle del Yarmuk, a pocos kilómetros de los Altos del Golán. La noticia, difundida hace apenas unos días por la segunda cadena de televisión israelí, hizo saltar las alarmas. ¿El Estado Islámico? ¿Iba a convertirse la quimera que se había adueñado de la mitad del suelo sirio y el Norte de Irak en un peligro real para el Estado judío? Aparentemente, disponen de carros de combate, artillería pesada y… ¡armas químicas!, advierte la inteligencia militar hebrea, que vigila desde hace meses a los simpatizantes sirios del EI. Todo deja presagiar un ataque relámpago contra Israel.

La amenaza no llegó a materializarse, pero la alerta subsiste, tornándose en una auténtica pesadilla para los pobladores de los asentamientos judíos de los Altos del Golán.  Detalle interesante: hasta los primeros días de septiembre, a la población israelí no le inquietaba sobremanera la presencia del Estado Islámico en la región. Es cierto: las sanguinarias huestes del EI se hallaban en el país vecino. Los asesinatos y la destrucción en nombre del Profeta formaban parte del menú televisivo de los habitantes de Tel Aviv, Haifa o Jerusalén. Pero Siria quedaba lejos, al menos, mentalmente. Lo que sucede más allá de los confines de Israel nada tiene que ver con la seguridad armada que ampara a los más de seis millones de judíos que viven en Tierra Santa.  En ese contexto, surgió el dubitativo interrogante: ¿acabar con el Estado Islámico? ¿Para qué?

Fue ésta una de las preguntas que se plantearon recientemente los politólogos y los estrategas de Tel Aviv, más preocupados por la amenaza iraní o el peligro que supone la presencia de Hezbollah en la frontera con el Líbano. De ahí el extraño mensaje lanzado hace menos de un  mes por el afamado estratega Efraim Imbar, director del Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat (BESA), entidad que realiza trabajos de consultoría tanto para el Gobierno israelí como para la OTAN. No hay que acabar con el EI; la agrupación podría convertirse en un arma eficaz en la lucha contra Irán, Hezbollah, Siria y Rusia, señala el minucioso informe elaborado por Imbar.

Como siempre, la percepción israelí dista del paradigma estadounidense. Para el Gobierno de Tel Aviv, el principal adversario sigue siendo el Irán de los ayatolás, país que ha inscrito en sus programas de Gobierno la destrucción total de la entidad sionista. Fue esta una de las prioridades absolutas de la revolución jomeynista, uno de los mantras de los sucesores del  ayatolá. Ello explica la reticencia de Israel ante el levantamiento de las sanciones económicas y tecnológicas impuestas al régimen de Teherán, su obsesión por llevar a cabo un ataque relámpago contra las instalaciones nucleares iraníes.

Hezbollah, el brazo armado de Teherán en el Líbano, es otro contrincante que debería desaparecer. En 2006, el ejército israelí perdió la guerra contra el movimiento chiíta, armado y adiestrado por militares de élite persas. De ahí la necesidad de encargar esta tarea a… terceros. Y, ¿quién sino los wahabitas del Estado Islámico?  

El indiscutible poderío del ejército sirio fue, durante décadas, la mayor preocupación del Estado Mayor de Tel Aviv. Los dos ejércitos jamás chocaron; ambas partes temían las repercusiones de un posible enfrentamiento armado. En este caso concreto, los estrategas hebreos preferirían recurrir, una vez más, a un combate entre musulmanes.

¿Y Rusia? Obviamente, para los estrategas israelíes conviene mantener a los rusos alejados de la región. Su influencia podría contrariar los proyectos hebreos en la zona. Pero si los rusos tienen que afrontar el peligro islámico en casa, es decir, en el vasto territorio asiático, su margen de maniobra en la región sería más limitado. De ahí el deseo de contar con los supervivientes del EI. De hecho, la estrategia de enfrentar a los enemigos surtió efecto durante el conflicto de Afganistán. ¿Acaso Norteamérica no firmó la partida de nacimiento de Al Qaeda? De la misma manera, Israel patrocinó, hace dos décadas, la creación de Hamas, agrupación religiosa conservadora que debía neutralizar a la laica OLP. Pero en este caso, el error de cálculo tuvo consecuencias desastrosas. 

Por muy disparatada que pueda parecer, la propuesta de Efraim Imbar no es nada novedosa. En 1957, el Presidente Eisenhower recomendó a la CIA la creación en Oriente Medio de movimientos religiosos defensores de la guerra santa llamados a combatir a las incipientes corrientes izquierdistas. En resumidas cuentas, lo que se pretende es convertir al Estado Islámico en el… tonto útil de Occidente.