viernes, 20 de enero de 2012

Hungría


Hace dos décadas, tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del imperio soviético, los países de Europa oriental pertenecientes contra su voluntad al mal llamado “campo socialista”, se apresuraron a abrazar las ideas liberales de sus antiguos enemigos de la OTAN, de sus hasta entonces rivales de la Comunidad Económica Europea.



Los nuevos gobernantes de las antiguas “democracias populares” no dudaron en pasarse, con armas y bagajes, al bando occidental, hechizados tal vez por las bucólicas imágenes de las cintas en Tecnicolor, que cantaban las loas de la libertad y el bienestar material. La integración de los países “satélites” de la difunta URSS en el concierto de las democracias occidentales se llevó a cabo con prisa y sin pausa. Lo que se pretendía era evitar por todos los medios el “efecto del péndulo”, es decir, un posible (e incluso probable) giro a la derecha.



A comienzos de la década de los 90, parecía fácil neutralizar la tentación totalitaria de las recién liberadas naciones del Este europeo. Según los miembros del misterioso comité de expertos financieros de la R.F. de Alemania, las arcas del Banco central germano contaba con reservas suficientes para garantizar no sólo la reconversión socio-económica de Alemania del Este, sino con bastantes recursos para financiar los cambios estructurales en la totalidad de los países del antiguo bloque soviético.



La apuesta por la unificación del Viejo Continente se convirtió, pues, en la máxima prioridad de los gobernantes de Bonn y París, más interesados aparentemente en acabar con la zona de influencia de Moscú que ofrecer a los pobladores de Europa oriental condiciones de vida semejantes a las de sus vecinos occidentales. De hecho, en la mayoría de los casos, la tramitación de las solicitudes de adhesión a la CEE – UE se llevó a cabo haciendo caso omiso de la debilidad de las economías de los candidatos, que apenas cumplían los requisitos básicos exigidos por Bruselas. Algunos Gobiernos siguieron el (mal) ejemplo de Grecia, manipulando los indicadores económicos. Ante las protestas de los “eurócratas” los gobernantes se limitaban a contestar lacónicamente: “No se molesten en exigirnos demasiado; París (o Bonn) apoyan nuestra candidatura…”



Con el paso del tiempo, los políticos de Europa oriental se convirtieron líderes del movimiento de los “euroescépticos”. La Europa real no ofrecía los “encantos” de las películas en Tecnicolor; la construcción del edificio comunitario reclamaba esfuerzos, cuando no sacrificios. Un precio demasiado elevado para los suspicaces y reacios pobladores del Este europeo. De hecho, los primeros en tratar de obstaculizar la marcha de la Unión, oponiéndose a la adopción y puesta en la práctica del Tratado de Lisboa fueron los Gobiernos conservadores de la República Checa y Polonia. Mas a la hora de la verdad, la sangre no llegó al río…



Pero los tiempos cambian y la problemática comunitaria también. Después del “susto” provocado por la llegada al poder en Austria del ultraderechista Jörg Haider, y la necesidad de “limpiar la cara” de la UE, Bruselas trató por todos los medios de impedir cualquier intento de desviacionismo ideológico. Sin embargo…



Hace apenas unas semanas, el Gobierno conservador de Hungría, liderado por el acérrimo anticomunista Viktor Orban, anunció la adopción de una nueva Carta Magna que, junto con la modificación de la normativa legal atenta, según la Comisión de la UE, contra la autonomía del Banco Central, la independencia de la Justicia y la libertad de expresión. Sin olvidar, claro está, la manipulación de la ley electoral, que beneficia a las agrupaciones de corte conservador o el debilitamiento del Tribunal Constitucional. Motivos estos suficientes para que los países del Benelux reclamen la apertura de un expediente contra la política de Hungría.



Los húngaros se comprometieron modificar algunas leyes en el plazo de 30 días establecido por la Comisión. Algunas, pero no todas. En concepto de soberanía sigue imperando en los países del antiguo campo soviético. En ese contexto, el malestar generado por las decisiones unilaterales adoptadas por el eje París-Berlín parece desembocar en un auténtico movimiento de rechazo.



Los conservadores húngaros amenazan con abandonar la UE; los populistas rumanos denuncian la utilización de “sus” fondos de cohesión para financiar de deuda griega, los búlgaros, que ostentan el triste récord de campeones de la corrupción y la criminalidad, plantan a su vez cara a la Comisión. En resumidas cuentas, Viktor Orban no está solo; la brecha entre comunitarios ricos y pobres se está ensanchando.

sábado, 14 de enero de 2012

El empleo decente, principal objetivo de la OIT en el mundo árabe




Una encuesta elaborada hace más de tres lustros años por los politólogos de la Universidad de Harvard señalaba que la mayor preocupación, véase frustración de los pobladores del mundo árabe derivaba de las escasas cuando no inexistentes perspectivas de desarrollo profesional o de avances del bienestar social en los países de Oriente Medio y del Magreb. De hecho, este fue el detonante de las revueltas populares que sacudieron el mundo árabe-musulmán en los últimos 12 meses. Las sublevaciones fueron la consecuencia de una pobreza exacerbada, del desempleo, de las desigualdades y de la opresión, resultantes de un prolongado déficit de gobernanza democrática, de libertades fundamentales y de diálogo social.


En este contexto, cabe recordar que el desempleo juvenil ha sido y sigue siendo uno de los mayores desafíos de los gobernantes árabes. A pesar del crecimiento económico de los países de la región, no se crearon suficientes puestos de trabajo para absorber a las masas de jóvenes que ingresaban al mercado laboral o, cuando estos empleos existían, eran trabajos de baja calidad, desempeñados habitualmente por los trabajadores migrantes.


La tasa de desempleo entre la juventud árabe es la más elevada del mundo: 23,6 por ciento en África del Norte y 21,1 por ciento en el Oriente Medio, en comparación con un promedio mundial del orden de 12,6 por ciento. En 2010, de 100 personas en edad de trabajar, ni siquiera la mitad tuvo acceso al mercado laboral.


Consciente de la gravedad de la situación para el desarrollo armonioso de los países de la zona, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebró una reunión dedicada a los desafíos en el mundo árabe, durante la cual se estudió una estrategia para la creación de “oportunidades de empleo decente” en Oriente Medio y el Norte de África.


El informe presentado por la Secretaría de la OIT señala que “los progresos significativos logrados por muchos países hacia el Objetivo de Desarrollo del Milenio” ocultan, sin embargo, discrepancias a nivel local. Los principales obstáculos son: la falta de infraestructuras, el acceso limitado a los servicios y la educación, así como la desigualdad en el acceso a las tecnologías de la información. Los países más desfavorecidos están atrapados dentro de un círculo vicioso: su situación obstaculiza las mejoras en la productividad y el rendimiento, sin dejar espacio para el aumento de los ingresos, lo cual agrava aún más sus debilidades.


Aparentemente, las principales razones del déficit de trabajo decente en los países del mundo árabe musulmán son: los servicios públicos de empleo con carencias crónicas de personal cualificado, la ausencia de un entorno favorable para la creación y desarrollo de pequeñas y medianas empresas, la migración no regulada, unas normas del trabajo insuficientes y la fragilidad del diálogo social. A pesar de los progresos en la educación, los niveles de productividad siguen siendo muy bajos. Ello se debe a que, con frecuencia, las escuelas, universidades, institutos de educación y formación profesional están egresando graduados que no tienen las calificaciones necesarias para ingresar en los mercados laborales competitivos.


Según el informe, la OIT está en una posición ideal para apoyar a los países árabes, colocando el trabajo decente y el empleo en el corazón de las estrategias socioeconómicas.


Las políticas de la OIT se centran en la promoción de oportunidades a través del incremento de la utilización de los recursos locales, las inversiones con alto coeficiente de empleo y las actividades relacionadas con la protección del medio ambiente.


Los programas destinados a promover el empleo juvenil, las políticas activas del mercado laboral y la iniciativa empresarial se están expandiendo en muchos países de la región. La OIT está buscando financiación adicional (alrededor de 90 millones de dólares) para la puesta en marcha de proyectos estatales en Argelia, Bahréin, Egipto, Jordania, Marruecos, Omán, Túnez y la República Árabe de Siria.


El apoyo al sector privado es otra de las prioridades de la Organización. En este caso concreto, se trata de elaborar programas específicos destinados a crear de puestos de trabajo para los jóvenes, promover el desarrollo de obras públicas con alto coeficiente de empleo, fomentar el diálogo social y consolidar el papel de las organizaciones sindicales.


Sin embargo, cabe preguntarse si la realización de esos objetivos no tropezará con las reticencias de los nuevos Gobiernos de corte islámico de Marruecos, Libia y Túnez, por no citar más que a unos cuantos.

jueves, 5 de enero de 2012

Las diez amenazas potenciales para el desarrollo de la economía en 2012


La comunidad financiera internacional acoge con innegable pesimismo en año entrante. Los malos presagios sobre el porvenir de la economía mundial, sobre la capacidad de los países industrializados de superar la crisis actual, se han convertido en el común denominador de los informes de riesgo elaborados a finales de 2011 por las entidades crediticias de primera fila. Sin embargo, las amenazas son muy distintas, según el color de los lentes con que se miran.


Nos ha llamado la atención el “decálogo” de peligros potenciales elaborado hace apenas unas semanas por los analistas del grupo japonés Nomura, principal instituto financiero del país del Sol naciente. En su estudio titulado “Global FX Outlook 2012”, los expertos nipones desglosan un sombrío panorama económico del planeta, que nos limitamos a reproducir a continuación.


Según los analistas de riesgos de Nomura, las diez amenazas geopolíticas para el desarrollo armonioso de la economía son:


- El posible derrumbe de la zona Euro, si Alemania y el Banco Central Europeo no adoptan medidas destinadas a proteger el sistema financiero de los 17 Estados que integran el Euro-espacio. En ese contexto, la flexibilidad de la postura germana constituye un factor clave para la supervivencia de la moneda común.
- El éxito o el fracaso de las autoridades estadounidenses a la hora de obtener la prórroga de los programas sociales destinados a los parados y de promover rebajas de impuestos. Ambos factores podrían incidir en el crecimiento del PIB.
- El impacto negativo de la llamada “primavera árabe” sobre la producción de crudo. La llegada al poder de Gobiernos de corte islámico y los disturbios registrados en las últimas semanas en algunos países de Oriente Medio permiten presagiar un período de inestabilidad política e, implícitamente, económica en los Estados productores de “oro negro”.
- La ralentización del crecimiento económico de China. Aunque las probabilidades de un descalabro parecen muy lejanas, tampoco hay que descartar una caída espectacular de los índices de desarrollo industrial del gigante asiático.
- Los cabios políticos en Corea del Norte y su posible impacto sobre las elecciones generales que tendrán lugar en Corea del Sur en diciembre de 2012.
- La posibilidad de que los radicales paquistaníes lleven a cabo atentados terroristas en la India.
- Cambios de orientación política de Taiwán tras las próximas elecciones presidenciales.
- Un endurecimiento de la política de Rusia con la más que probable llegada al poder de Vladimir Putin en los comicios del próximo mes de marzo.
- La radicalización de los enfrenamientos sociales en Tailandia.
- La caída del Gobierno de Malasia y la posible celebración de elecciones anticipadas.


Curiosamente, en la lista de amenazas potenciales de Nomura no aparecen otros asuntos clave, como por ejemplo, un posible (y aparentemente, deseado) enfrentamiento bélico entre Estados Unidos e Irán, el endurecimiento de la ya de por sí radical postura de Israel frente a los recientes cambios en el mundo árabe, el incremento de la tasa de paro y la reacción del movimiento de los “indignados” en los países industrializados, el auge de los nacionalismos en Occidente, el espectacular e inquietante avance del racismo y la xenofobia en muchos países europeos. Pero cabe suponer que a los japoneses esta problemática no les preocupa sobremanera.

sábado, 17 de diciembre de 2011

¿Grietas en el "modelo" turco?


Durante los primeros meses de las revueltas árabes, Turquía se convirtió en el “ejemplo a seguir”, en un país musulmán modélico, que había logrado compaginar los rígidos preceptos del mahometanismo con la necesidad de apostar por las estructuras laicas del Estado moderno. En efecto, las corrientes renovadoras de Oriente Medio y el Norte de África, parecían dispuestas a asumir el “modelo turco”, el tan cacareado “islamismo moderado” alabado y avalado por la casi totalidad de la clase política estadounidense.


Mas el espejismo de este idealizado sistema de gobierno empezó a desvanecerse tras las elecciones celebradas en Túnez, Marruecos y Egipto, en las que se alzaron con la victoria agrupaciones de corte religioso, más propensas a exigir la introducción de la Sharia (ley coránica) que a seguir los pasos de los herederos de la revolución laica de Mustafá Kemal Atatürk. Otro país que podría decantarse por la Sharia es Libia, donde la intervención militar de la OTAN acabó con el sistema laico impuesto por el dictador Gadafi.


Hoy en día, los artífices de las “primaveras árabes” o, mejor dicho, los beneficiarios de las revueltas que sacudieron en mundo islámico, barajan dos opciones, aparentemente opuestas: el “modernismo” turco y el “radicalismo” iraní. Ankara y Teherán se libran, pues, batalla en el tablero de las revoluciones protagonizadas por los “indignados” musulmanes, en una región clave para la geoestrategia de los suministros energéticos. Basta con recordar las exigencias de algunas potencias occidentales durante la guerra de Libia; Estados Unidos reclamaban el control del 50 por ciento de la producción de crudo y Francia, un “modesto” 30-40 por ciento. ¿El pudor? ¿Para qué? Sabido es que la guerra no se libró para proteger a los pobladores del desierto libio, para defender los ideales democráticos que (supuestamente) imperan en el “primer mundo”. Pero a la hora de la verdad, los Gobiernos de los países industrializados no dudaron en recomendar a los contestatarios musulmanes la adopción del socorrido y neutro “modelo turco”.


Turquía fue, recordémoslo, uno de los primeros países de la zona que reaccionó ante el malestar que acabó desembocando en la oleada de reivindicaciones de la sociedad árabe. Sus gobernantes no dudaron en exigir la marcha del raís egipcio, Hosni Mubarak, en apoyar las protestas de la calle árabe. La política exterior Ankara, basada durante décadas en la doctrina “conflicto cero”, es decir, de buena vecindad con los Estados de la región, experimentó un giro de 180 grados durante los primeros meses de 2011. Las relaciones cordiales o correctas con Siria, Irán e Irak acusaron un notable deterioro; el “idilio” con Israel, la “otra democracia” de Oriente Medio, con la que Turquía había establecido estrechos vínculos económicos y militares, se convirtió en auténtico enfrentamiento. Ankara abandonó su papel de árbitro y moderador para convertirse en una potencia regional.


Una potencia que parece más propensa a acercarse a Moscú o a las repúblicas asiáticas de la antigua URSS, donde trata de contrarrestar la creciente influencia del radicalismo iraní. En efecto, tras la “humillación” sufrida por el constante rechazo de la Unión Europea, los turcos orientan sus baterías hacia Asia, un continente que conocen perfectamente y donde, de paso sea dicho, gozan de un gran prestigio. Este cambio no parece preocupar sobremanera a los gobernantes norteamericanos, que apuestan por la habilidad de los turcos para neutralizar los designios expansionistas de Teherán en la vecina Irak, de controlar las minorías étnicas afganas, de establecer un equilibrio de fuerzas favorable a Washington en la región de los Balcanes.

Pero al cambio de orientación estratégica en el exterior se suma otro factor, a la vez importante e inquietante: la erosión del sistema democrático. En los últimos meses, sobre todo después de las elecciones celebradas en verano pasado, las relaciones entre Ankara y la minoría kurda han sufrido un espectacular deterioro. Para los analistas políticos otomanos, la situación actual recuerda la difícil década de los 90, lo que podría traducirse, a la larga, en la vuelta al poco deseable, al temible autoritarismo.


Para los sectores laicos, ese estado de cosas halla sus raíces en el avance del radicalismo religioso. Algo que los occidentales no parecen muy propensos a percibir. O… admitir.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Vientos de cambio en la economía mundial


Las compañías transnacionales, que desempañan un papel clave en el desarrollo de la economía mundial, están controladas por un “pequeño y selecto” grupo de empresas radicadas en los países industrializados. Según un informe elaborado por los investigadores del Instituto Federal Suizo de Tecnología, un núcleo integrado por 147 empresas europeas, norteamericanas y japoneses controla el 40% de las actividades económicas de nuestro planeta. Se trata, en la mayoría de los casos, de institutos financieros y compañías de seguros, que supervisan, a través de inversiones selectivas, las actividades de las 43.060 principales corporaciones industriales del “primer mundo”.


Conviene señalar que los resultados de la encuesta no parecen haber sorprendido sobremanera a los expertos en macroeconomía, quienes estiman que el estudio ofrece “información muy valiosa” sobre la estabilidad a escala mundial, poniendo de manifiesto las ventajas, aunque también los inconvenientes de la actual arquitectura financiera global.


Sin embargo, hay quién cree que el actual sistema tiene los días contados, ya que el porvenir de la economía dependerá cada vez más de otros factores. Un estudio elaborado recientemente por Citigroup, la mayor compañía de servicios financieros, señala que dentro de cuatro décadas el panorama de las relaciones económicas y comerciales experimentará cambios espectaculares. Ello se debe, ante todo a la aparición de nuevos y dinámicos actores: los países emergentes.


Estiman los expertos de Citigroup que en 2015 los intercambios comerciales de China superarán la cifra global del comercio exterior estadounidense. Se calcula que en 2050 las exportaciones chinas representarán el 18,2% del comercio global, colocando al gigante asiático en la cabeza de las potencias comerciales.La India ocupará en segundo lugar, controlando el 9% de los intercambios, mientras que Estados Unidos tendrá que contentarse con el tercer puesto, realizando el 6,6% del comercio. Alemania será la cuarta potencia comercial; sus intercambios apenas alcanzarán un 3,5% del comercio mundial. Corea del Sur ocupará el quinto puesto con un 3,4%, seguida por Indonesia, con 3,1 %, Hong Kong, con 2,3%, Japón, con 2,7%, Singapur, con 2,4%. El Reino Unido quedará relegado en el décimo lugar, con un escaso 2,1 % del comercio.


Señalan los analistas financieros que la disminución de los intercambios comerciales internacionales se ha ido acentuando tras la quiebra, en 2008, del banco estadounidense Lehman Brothers. Sólo en 2010, el comercio ha registrado una caída del orden de 12,2%, incidiendo en mayor medida en las actividades económicas de los países europeos, seriamente afectados por la crisis de la deuda soberana. De todos modos, es obvio que el futuro de la economía y el comercio mundiales depende y dependerá cada vez menos de los “viejos” protagonistas: los países industrializados.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Y ahora, ¿a quién más bombardeamos?


Durante los primeros meses de la llamada “primavera árabe”, tanto los políticos occidentales como los integrantes del núcleo duro de la Administración Obama, coincidieron en reclamar una contrapartida generosa y razonable por parte de Israel. En resumidas cuentas, lo que reclamaba Occidente parecía relativamente sencillo: esperaba que “establishment” de Tel Aviv trate de amoldarse a las nuevas realidades de Oriente Medio, al nuevo panorama geopolítico emanante de los cambios registrados en Túnez y Egipto, de los movimientos de protesta de Yemen y Jordania, de Marruecos y Siria. Una invitación ésta a la que los políticos hebreos contestaron con su habitual cinismo: “Esperad a ver la resurrección del islamismo radical”. Sin embargo, para las Cancillerías occidentales la argumentación israelí parecía poco convincente. Y aún más, después de la caída de Gadafi y la necesidad de buscar una respuesta válida y contundente a la sangrienta represión ejercida por el “hombre fuerte” de Damasco: Bashar el Assad.


En resumidas cuentas, Occidente le pidió a Israel comprensión, paciencia, moderación. Pero sucedió lo que todos esperábamos: el Gabinete Netanyahu optó por resucitar los viejos fantasmas del Holocausto y la destrucción del Estado judío. El enemigo: el régimen islámico de Teherán, acusado por Tel Aviv de llevar a cabo un maquiavélico programa nuclear destinado a convertir el país de los ayatolás en una potencia regional dotada de armas atómicas. Ficticia o real, la amenaza empezó a perfilarse hace una década, cuando el entonces Primer Ministro israelí, Ariel Sharon, exigió al Presidente Bush “luz verde” para bombardear las instalaciones nucleares iraníes. Sharon tropezó, sin embargo, con el veto de la Casa Blanca. Washington había colocado demasiados peones en el tablero de Oriente Medio. Un operativo militar contra Irán podía haber provocado el descalabro de los proyectos estadounidenses en la región.


Esta semana, el Primer Ministro israelí volvió a anunciar la inminencia de un ataque preventivo contra los reactores nucleares persas. Esta vez, al “halcón” Netanyahu se le suma el titular de Defensa, Ehud Barak, el político laborista que heredó el poco apropiado apodo de “Pacificador”. Como tal, Barak puede enorgullecerse de haber acelerado colonización de Cisjordania y la expropiación de propiedades árabes en Jerusalén Este. El extraño tándem parece decidido a actuar con o sin el beneplácito de los Estados Unidos, con o sin el apoyo de las fuerzas de la OTAN. Una iniciativa que comparte el ministro de Asuntos Exteriores, el radical Avigdor Lieberman.


Recuerdan los estrategas que tanto Israel como Irán cuentan con los mejores ejércitos de la zona, que ambos disponen de misiles de medio alcance, de una fuerza aérea dotada de varios centenares de cazas (unos 460, en el caso de Israel y alrededor de 340 en el de Irán). Y aunque el Estado judío tiene una población de 7 millones y la República Islámica cuenta con 75 millones de habitantes, los efectivos de ambos superan el medio millón de hombres.


Cabe suponer que las autoridades hebreas esperen la publicación, el próximo día 8, del último informe sobre el desarrollo del potencial nuclear iraní elaborado por los expertos del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) para justificar su decisión de actuar contra el rival nuclear en ciernes. Cabe esperar que en la próxima cumbre Estados Unidos – Unión Europea, que tendrá lugar en Washington el 28 de noviembre, el inquilino de la casa Blanca, crecido por el “éxito” de la operación militar contra Libia y aparentemente más preocupado por la necesidad imperiosa de incrementar su cuota de popularidad en los Estados Unidos antes de las elecciones de 2012, no pregunte eufóricamente a sus interlocutores: “Y ahora, ¿a quién más bombardeamos?”

viernes, 28 de octubre de 2011

De la "primavera verde" a la "democracia islámica"


A comienzos de la próxima semana, el alto mando de la Alianza Atlántica dará por finalizada su “misión humanitaria” en Libia. La guerra, pues hay que llamar las cosas por su nombre – la intervención en Libia ha sido una de la peores guerras coloniales de la era moderna – acaba con la caída y el más que humillante asesinato del dictador Gadafi, poniendo en entredicho las “altruistas” motivaciones de Occidente y su peculiar interpretación del vocablo “ética” a la hora de avalar los escasos, sino inexistentes valores humanos de los detractores del tirano. Curiosamente, esta vez nadie se atrevió a afirmar que “la muerte de Gadafi es el triunfo de la democracia”. Porque no se puede hablar de democracia en este país-yacimiento de petróleo, en este territorio sin ley, que los militantes salafistas y sus aliados pretenden convertir en una…”democracia islámica”.



Hace unos meses, cuando los egipcios iniciaron la ocupación pacífica de la cairota plaza Tahrir, un joven periodista me preguntó si los movimientos de protesta registrados en los países árabes eran obra de la cadena de televisión Al Yasira, de las redes sociales o de las fuerzas ocultas que manipulan la información vehiculada a través de los teléfonos Blackburry. Se me ocurrió contestarle que, a mi juicio y parecer, se trataba de un fenómeno mucho más complejo, relacionado con la frustración y el hartazgo de las masas, de unas generaciones incapaces de divisar el porvenir en los escleróticos regímenes autoritarios del soñoliento mundo árabe-musulmán. De hecho, el inesperado éxito de lasa “primaveras verdes” nos permitía albergar la esperanza de cambios espectaculares en el Magreb y el Mashrek. ¿La revolución de Al Yasira? ¡Menudo disparate!



Lo que sí es cierto es que los movimientos reivindicativos seguían el mismo guión, muy parecido, cuando no idéntico al famoso proyecto del “Gran Oriente Medio” ideado es su momento por la Administración Bush. Un proyecto que no llegó a materializarse, puesto que el anterior inquilino de la Casa Blanca parecía más interesado en la seguridad energética de los Estados Unidos que en la posible democratización de las tierras del Islam. Sin embargo, las ideas de Bush fueron llevadas a la práctica -de manera muy torpe- por su sucesor, Barack Obama. En efecto, la “primavera verde” provocó la caída de algunos regímenes pro occidentales del mundo musulmán.



Ni que decir tiene que la desaparición de los dictadores “amigos” plantea varias incógnitas a los gobernantes europeos. Conviene preguntarse si los radicales islámicos – Hermanos Musulmanes, An Nahda, movimiento salafista, etc. – que se limitaron a observar sin inmutarse la rebelión de las masas, no acabarán haciéndose con Gobiernos emanantes de las protestas, si las “primaveras verde” no desembocarán en un sinfín de “democracias islámicas”, más propensas a aplicar a rajatabla la ley islámica (Shariá) que implantar y/o acatar los derechos humanos. El temor a la radicalización de los países musulmanes empieza a adquirir carta de naturaleza en algunas capitales del Viejo Continente. En efecto, a Washington las implicaciones geoestratégicas de la “democracia islámica” le afecta en menor medida.



Los politólogos occidentales han confeccionado la lista de las futuras “democracias”. Se trata de Egipto, Gaza, Líbano, Libia, Siria, Túnez y…Turquía, países donde, según la jerga periodística anglosajona, podrían afianzarse los islamistas “moderados”. ¿Moderados? Extraño concepto, éste… ¿Cuándo se habló de “comunismo moderado” o de “democracia cristiana moderada”? ¿Cuándo se habló de militantes políticos o religiosos moderados?



El islamismo político que salga victorioso de las urnas será, sin duda, la avanzadilla del llamado Islam revolucionario. No hay que temerlo ni aborrecerlo; es preciso tratar de comprender y asimilar el fenómeno, generado por el Departamento de Estado de la era Bush con el apoyo militar de la OTAN. Nos toca a nosotros, europeos, buscar vías de cohabitación. Algo que, sin duda, no resultará excesivamente sencillo.