viernes, 20 de mayo de 2011

El parto de los montes


Algunos – quizás los más ingenuos – depositaron grandes esperanzas en la cacareada “iniciativa de paz” para Oriente Medio del Presidente Barack Obama. Un proyecto que se estaba gestando hacía tiempo, lejos de las miradas indiscretas de los politólogos y los analistas de política exterior, de las aulas de los centros docentes. Sí, es cierto; hace dos años, el inquilino de la Casa Blanca escogió la aula magna de la universidad de El Cairo para lanzar su primer mensaje de reconciliación dirigido a la opinión pública del mundo árabe musulmán. Un mensaje de paz y de concordia, una invitación al diálogo, a la comprensión mutua. Un llamamiento, eso sí, acogido con sumo pesimismo por la clase política israelí, con las habituales e inevitables diatribas catastrofistas del ala más conservadora de la derecha judía, atrincherada en el rechazo de cualquier medida susceptible de acabar con el conflicto entre árabes y hebreos, palestinos e israelíes. En aquél entonces, la reacción de Tel Aviv se tradujo por un “no” rotundo a la política de la mano tendida. “Obama es un idealista”, afirmaron los dirigentes del Likud, “un elemento peligroso para la estabilidad de la zona” Aparentemente, la postura del establishment político israelí no ha cambiado.


Un análisis del discurso pronunciado esta semana por el Presidente norteamericano pone, sin embargo, de manifiesto la escasa sutileza del inquilino de la Casa Blanca. Obama rindió homenaje a las revoluciones “amables” de Túnez y Egipto, merecedoras de la simpatía y/o el apoyo económico por parte del Imperio y de sus aliados occidentales. Los “tiranos” con patente de malos – Gaddafi, el Assad, Saleh, etc. – se llevaron la regañina: “dirigid la transición hacia la democracia o marcharos”, insinuó el dignatario estadounidense. Dinero para los “buenos”, armas y bombas contra los “malos”. Así podría resumirse la advertencia del número uno mundial a la hora de repartir las notas de buena conducta a los líderes árabes.


Obama se congratuló por la desaparición de Osama Bin Laden, el “asesino cuyo movimiento – Al Qaeda - estaba perdiendo relevancia”. Sin embargo, la estructura de la Red radical islamista aún sirve su cometido: generar odio y preocupación en Occidente.


Mas Obama sorprendió a la audiencia al abordar la espinosa cuestión palestina y defender la vuelta a los fronteras de 1967, alternativa que los conservadores hebreos se niegan a contemplar. Unas horas antes de su visita a los Estados Unidos, el primer ministro Netanyahu rechazó las propuestas de Obama. El líder del Likud tiene su propio plan, que preconiza la fragmentación del territorio palestino, así como la introducción de un sistema de semiautonomía para los pobladores de Cisjordania. ¿Y Gaza? Curiosamente, la cuestión es: ¿cómo borrar del mapa político de la zona la conflictiva Franja?


Volvimos a escuchar las palabras de siempre: “oportunidad histórica”, “camino hacia la paz”, “primavera árabe”… Son los típicos “clichés” que acompañan cualquier discurso sobre la necesidad de “pacificar” esa malhadada región; cualquier parto de los montes…

sábado, 14 de mayo de 2011

La Pax Obama



La ejecución de Osama Bin Laden, operativo llevado a cabo con magistral destreza y precisión por comandos especiales estadounidenses, logró relegar en un segundo, véase tercer plano, uno de los acontecimientos más importantes registrados en la región de Oriente Medio durante las últimas semanas: la reconciliación de las principales facciones palestinas - Al Fatah y Hamas - enfrentadas desde 2007, fecha en la cual el movimiento islámico se hizo con el poder en la Franja de Gaza, territorio caótico, difícilmente controlable por apparatchiks del laico Al Fatah.

En aquel entonces, los gobernantes de Tel Aviv no dudaron en echar las campanas al vuelo: “¿Cómo se puede dialogar con un Gobierno – la ANP de Ramallah – que apenas controla un 50 por ciento del territorio palestino?” Los ganadores de las elecciones celebradas en Israel en 2009 hicieron suya la negativa de hablar con la plana mayor de la Autoridad Nacional Palestina. El moderado Mahmúd Abbas, que había heredado las funciones del satanizado Yasser Arafat, se convertía a su vez en un personaje irrelevante, calificativo empleado por los políticos hebreos a la hora de buscar coartadas para rechazar el diálogo con la ANP.

Tampoco hay que extrañarse, pues, si a la hora de la verdad la reconciliación de las facciones palestinas fue calificada de “error fatal” por parte de la clase política hebrea. El primer ministro israelí no dudo en tildar al líder de la ANP de… traidor de los ideales de su pueblo, por haber preferido sellar las paces con los “terroristas de Hamas” en lugar de aceptar la negociación (¡que brilla por su ausencia!) con Israel. En resumidas cuentas: todos los pretextos son buenos para eludir el diálogo.

Huelga decir que Netanyahu, conocedor la de estrategia de Mahmúd Abbas, es incapaz de disimular su inquietud ante la maniobra de la OLP, que pretende solicitar a la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se celebrará en septiembre próximo, el reconocimiento de un Estado palestino. Mas para ello, los palestinos tienen que ofrecer una imagen de unidad, una postura coherente. De ahí el deseo del Presidente de la ANP de archivar la pugna con el movimiento islámico, de crear un Gobierno de unidad nacional integrado por tecnócratas no pertenecientes a las facciones rivales, de anunciar la celebración de elecciones generales en un plazo de un año.

De ahí también el temor de los políticos hebreos ante la nueva realidad palestina, que facilitaría la aprobación de una resolución de las Naciones Unidas sobre el Estado palestino, apoyada por un centenar de países, liderados por potencias emergentes de Asia y América Latina. Una resolución que, la verdad sea dicha, tampoco cambiaría la situación de facto en Cisjordania y Gaza, pero sí acentuaría el aislamiento político y diplomático del Estado judío.

Conviene recordar que los gobernantes israelíes han sido incapaces de comprender y/o apreciar el su justo valor el impacto de los acontecimientos que tuvieron lugar últimamente en la zona y que exigen un cambio radical de táctica por parte de Tel Aviv. El inmovilismo ante la solución del conflicto israelo-palestino, podría llevar el agua al molino de los radicales islámicos: los Hermanos Musulmanes en Egipto, Jordania y Siria, Hezbollah, en el Líbano, etc. Sin embargo, el Primer Ministro Netanyahu prefiere hacer caso omiso de las consecuencias de la llamada “primavera árabe”, reservándose el derecho de presentar una nueva iniciativa diplomática ante…el Congreso de los Estados Unidos, partiendo obviamente del supuesto de que… “quién paga, manda”.

El inmovilismo de Netanyahu preocupa al actual inquilino de la Casa Blanca. Barack Obama sabe positivamente que Norteamérica no puede ni debe renunciar a su papel hegemónico en la región. Y ello, por la sencilla razón de que la aceptación de una iniciativa palestina o israelí acabaría erosionando en ya de por sí frágil prestigio de Washington en el mundo musulmán. El presidente de los Estados Unidos desvelará el próximo día 24, presentará, su propio plan de paz, tratando de adelantarse a las propuestas de Abbas y Netanyahu.

Queda por ver si la pax Obama no correrá la misma suerte que las decenas de iniciativas presentadas en los últimos 50 años por tantos, tantísimos hombres de buena voluntad. Perdón, estadistas de altos vuelos…

viernes, 6 de mayo de 2011

Osama


Exit Osama Bin Laden. Durante décadas, su nombre fue sinónimo de terror, odio y destrucción. El multimillonario saudí hizo suya la ideología más radical, la opción más dañina de la pugna entre las grandes religiones monoteístas. Enfrentar el Islam al judaísmo y el cristianismo, acentuar las diferencias culturales, apostar por la intolerancia y la incomprensión, fueron los caballos de batalla de Osama Bin Laden. “Ten cuidado con este hombre; es saudí y, aparentemente, trabaja para la CIA”, me advirtió hace años un buen amigo musulmán, refinado intelectual y ferviente partidario de la convivencia entre seres procedentes de culturas distintas. Procedía de un pequeño pueblo del Mar Caspio, donde musulmanes chiítas, armenios, judíos y mazdeístas se entremezclaban.

“Ten cuidado con este hombre…”. Durante aquél encuentro fortuito, Bin Laden quiso saber cómo vivían sus “hermanos”, los pobladores de los campamentos de refugiados palestinos de Cisjordania y del Líbano, unos seres que me había tocado conocer pocos meses antes, durante la invasión israelí del país de los cedros. “¿Qué puedo hacer por ellos?”, preguntó seriamente. Obviamente, no podía imaginarme que la respuesta final sería la yihad – la “guerra santa contra los judíos y los cruzados”.

Pero no me cabe la menor duda de que ya en aquél entonces Osama tenía las ideas claras: después de la retirada de las tropas rusas de Afganistán, tocaba convertir el inhóspito país asiático en un laboratorio del Islam puro, inmaculado. Nada que ver, decía él, con el corrupto sistema saudí (que le protegió incluso después de los atentados del 11-S), o con el “tibio” Islam de los ayatolás iraníes, cuya revolución le parecía una inconsistente pantomima religiosa. Ya en la década de los 80, Bin Laden preconizaba el advenimiento de un sistema social basado en su interpretación del Corán, en su sentimiento de frustración, en sus hipotéticos traumas infantiles. Pero olvidan los analistas occidentales que Bin Laden era hijo del desierto, que sus parámetros poco o nada tenían que ver con las hipótesis expuestas en los libros de psiquiatría escritos por médicos austriacos de comienzos del siglo XX.

Osama Bin Laden fue, probablemente, un engendro de la CIA. Aprendió a odiar al enemigo, a librar una guerra sin cuartel contra los infieles que ocuparon la tierra del Islam, tanto en Afganistán como en Arabia Saudí, en el Líbano o en Palestina. Su baza: una inconmensurable fortuna que le permitía crear y armar ejércitos. Su punto débil: la excesiva confianza en los compañeros de viaje norteamericanos o británicos, dispuestos a sacrificarle en el ara del enfrentamiento ideológico.

En 1993, tras el desmoronamiento del imperio soviético, Occidente se apresuró en buscar un nuevo enemigo. Un enemigo funcional, fabricado por la maquinaria de propaganda estadounidense; un enemigo comodo para los aliados de la OTAN. El enemigo tenía nombre: el Islam. A partir de 1993, Bin Laden se convirtió en el máximo exponente del mal, en la encarnación del hasta entonces imaginario conflicto entre Oriente y Occidente.

Aún es prematuro evaluar si el distanciamiento de Bin Laden de sus aliados de Washington fue ficticio o real. Lo cierto es que el saudí desempeñó con éxito el papel de malo de la película, de traidor, de desagradecido… Después de los atentados de 2001, Osama desapareció en las montañas. Sus advertencias alimentaban las pesadillas de los órganos de seguridad occidentales; algunas de sus amenazas llegaron incluso a materializarse. Hace años, cuando los comandos especiales estadounidenses encontraron su huella en Pakistán, el entonces inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush, optó por hacer caso omiso de los informes de la inteligencia USA: matar a Osama suponía convertirlo en un mártir; dejarlo con vida, en un mito para las legiones de jóvenes árabes que se identificaban con su ideario.

La cuota de Bin Laden (y de Al Qaeda) empezó a bajar hace unos meses, tras el estallido de las revueltas de Túnez y Egipto. La (mal) llamada revolución de Tweeter y Facebook, preparada con años de antelación, daba el paso a otros protagonistas árabes, más modernos, menos sanguinarios. Ante el cambio de guión, se imponía un cambio de actores. La abominable opción Al Qaeda parecía haber cumplido su cometido. La operación Kill Bin finalizó con éxito el mismo día en el que los aviones de la OTAN fracasaron en su intento de asesinar al dictador libio Mommar al Gaddafi.

viernes, 15 de abril de 2011

Siria: entre el "malo conocido" y el caos por descubrir


Después de varios días de titubeos, el presidente sirio, Bashar el Assad, anunció una remodelación del Gabinete dimisionario, optando por la presencia en el nuevo Ejecutivo de políticos fieles, pertenecientes a la nomenclatura del Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baath). Pocas caras cambian, pues, en el Gobierno de Damasco; pocas opciones de auténtica liberalización se divisan en el horizonte político del país de los omeyas.

Los enfrentamientos entre la oposición y las fuerzas gubernamentales se multiplican. La violencia, las detenciones arbitrarias, la omnipotencia de los servicios secretos, el férreo control de los medios de comunicación han sido y siguen siendo las herramientas empleadas el clan de los alauíes instalado en el poder desde la sexta década del siglo XX.

Hace diez años, cuando el joven e inexperto oftalmólogo Bashar el Assad “heredó” – tras el fallecimiento de su padre - la presidencia del país, los politólogos occidentales no dudaron en vaticinar su rápida y estrepitosa caída. Y ello, con un razonamiento a la vez sencillo y muy simplista: ¿qué se puede esperar del vástago de un tirano? En aquél entonces, el rey Abdalá de Jordania trató de tranquilizar al aliado transatlántico: “No hay que preocuparse sobremanera. Bashar y yo tenemos muchas cosas en común: los dos pertenecemos a la generación de Internet”. Sin embargo, cuando en recién estrenado presidente trató de liberalizar el acceso de los sirios a la Red, tropezó con el veto de los poderes fácticos: la vieja guardia del Partido, valedora del sistema represivo introducido por su padre, Hafez el Assad.

Durante algún tiempo, se especuló con el sincero deseo de Bashar de introducir reformas políticas y sociales, de acabar con las desigualdades y las injusticias de un sistema de gobierno cuyos pilares eran el Ejército controlado por oficiales alauíes y la nueva clase media, integrada por los comerciantes sunitas. Sin embargo, el cambio supuestamente deseado por el Presidente no llegó a materializarse.

La situación experimentó un cambio radical hace unas semanas, tras el éxito de la revolución tunecina y la renuncia del Presidente Mubarak – ambas promovidas cuando no impuestas por las fuerzas armadas de los respectivos países. En Siria, donde la oposición tenía un escasísimo margen de maniobra, los promotores de la Declaración de Damasco - manifiesto político adoptado en 2005 - lideraron las protestas populares. Sus reivindicaciones podrían resumirse de la siguiente manera: mayor libertad religiosa y de pensamiento; una mejor distribución de la riqueza; nuevos impulsos a la liberalización económica; y un cambio del actual sistema de gobierno, que permite el control socioeconómico del país por la minoría alauí, a la que pertenece el clan de los Assad.

Las cartas de naturaleza de la oposición estriban en la pertenencia a tribus o familias no relacionadas con la historia del Partido Baath, que han destacado en la lucha contra el colonialismo francés y el actual régimen autoritario y/o una presencia activa y continuada en la llamada “blogosfera”, mundillo de las redes sociales que propició los movimientos de protesta.

La agresividad del núcleo duro de la oposición ha sido alimentada por una situación socioeconómica desastrosa. A la falta de inversiones, la ausencia de nuevas tecnologías y de métodos de gestión económica modernos se suman los lastres de la burocracia y la corrupción. Por si fuera poco, el país ha padecido – desde 2006 - cuatro años de devastadora sequía. Se calcula que 2 ó 3 millones de personas viven actualmente por debajo del umbral de pobreza.

Sin olvidar, claro está, el peso de las sanciones económicas impuestas por las sucesivas Administraciones norteamericanas, empeñadas en mantener al régimen de Damasco en la lista de países que apoyan el terrorismo internacional. De hecho, la alianza estratégica entre Siria e Irán y el apoyo de Damasco a las agrupaciones islámicas radicales, como por ejemplo Hezbollah (Líbano) o Hamas (Palestina), no facilitan los intentos de lavado de cara del establishment sirio.

Finalmente, conviene señalar que la confrontación entre los detractores del régimen y los partidarios de El Assad plantea serios (y extraños) interrogantes. Hoy por hoy, el Ejército y la acomodada clase media suni temen una posible victoria del movimiento popular, que se nutre ante todo en la población rural. Estiman los partidarios del statu quo que el éxito de este movimiento llevaría al desmembramiento violento de la sociedad, lo que desembocaría forzosamente en un prolongado período de inestabilidad política, cuando no en el caos. Tal vez por ello algunas potencias regionales y/o democracias occidentales prefieren apoyar, en su foro interno, al… malo conocido.

viernes, 8 de abril de 2011

¿Un Estado palestino? Sí, ¡gracias!


La espectacular oleada de revueltas que hacen temblar los cimientos de los arcaicos regímenes de Oriente Medio y el Norte de África ha logrado relegar en un segundo, véase tercer plano, los reñidos combates ideológicos que se están librando desde hace meses las diplomacias israelí y palestina. Durante las primeras semanas de enero, los medios de comunicación occidentales aún se hacían eco de la imparable ofensiva llevada a cabo por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para lograr el reconocimiento de facto del Estado palestino por los países latinoamericanos. La “operación sonrisa” surtió efecto: tanto Argentina como Brasil, gigantes del continente americano que, dicho sea de paso, cuentan con nutridas comunidades israelitas, optaron por dar luz verde al reconocimiento. Acto seguido, los emisarios de la ANP centraron su interés en algunos Estados de América Central – Honduras, Guatemala y El Salvador – países pequeños, pero muy activos e influyentes en las Naciones Unidas.

Pero, ¿qué pretenden los palestinos? El principal objetivo de estas maniobras consiste en lograr la aprobación por la Asamblea General de las Naciones Unidas de una resolución recomendando cuando no exigiendo la creación del Estado palestino. La Asamblea es, de hecho, el único órgano de la ONU donde los amigos de Israel – Estados Unidos y/o Inglaterra – no pueden ejercer su derecho de veto. Estiman los analistas políticos israelíes que la estrategia empleada por la ANP es correcta, ya que los palestinos han logrado ganar la ofensiva propagandística.

Subsisten, por supuesto, muchos interrogantes, como por ejemplo la actitud de la Unión Europea, hasta ahora muy propensa a poner en tela de juicio la oportunidad de declarar “unilateralmente” la independencia de los territorios palestinos. El frente de rechazo europeo está liderado por Inglaterra, Alemania y los Países Bajos, incondicionales de Israel. Sin embargo, hay quien estima que la cohesión de “los 27” podría romperse. El primer país “disidente”, es decir, dispuesto a apartarse de la línea de conducta común, sería España. Seguirán su ejemplo Eslovaquia y los Estados nórdicos – Suecia, Finlandia y Noruega, este último, no miembro de la Unión. A ello se suma, claro está, la postura muy firme de Rusia, heredera de la política meso-oriental de la Unión Soviética. El presidente Medvedev reiteró durante su reciente gira por Oriente Medio el apoyo de Moscú a creación del Estado palestino. Más aún: Rusia, que forma parte del Cuarteto para Oriente Medio, sigue barajando la opción de patrocinar una conferencia internacional sobre la paz en la zona.

Hoy por hoy, resulta sumamente arriesgado evaluar las repercusiones políticas de un posible voto positivo de la Asamblea de la ONU. Al parecer, la Cancillería israelí está considerando todas las opciones, sin descartar las más “catastróficas”, la peores para el Estado judío. Según el rotativo hebreo “Ha’aretz”, ha diseñado el mapa de un futuro estado palestino independiente. El borrador se limita a reconocer y aceptar el statu quo actual, concediendo a los palestinos un 40 ó 45 por ciento de los territorios de Cisjordania. Todo ello, dentro de unas fronteras provisionales, cuyo trazado definitivo se decidirá en consultas bilaterales.

Ante la amenaza que supone la avalancha provocada por la diplomacia palestina, las autoridades de Tel Aviv tratan por todos los medios de conseguir la anulación del informe Goldstone, redactado por un jurista sudafricano de origen judío, que condena la actuación de las tropas hebreas (aunque también, de Hamas) durante la invasión de la Franja de Gaza a finales de 2008 y comienzos de 2009. Pero Richard Goldstone, desprestigiado tanto en Israel como en las comunidades de la diáspora, no quiere dar su brazo a torcer. Claro que del “escamoteo” del informe depende el éxito o el fracaso de la contraofensiva diplomática de Tel Aviv en el palacio de cristal de Manhattan.

De aquí a septiembre, Israel jugará todas sus bazas. Esta vez, en un ambiente socio-político diferente. El Estado judío ya no puede enorgullecerse de ser la única democracia de Oriente Medio. Los vientos de cambio que soplan en la región deberían incitar al establishment de Tel Aviv a adoptar una postura más dialogante para con sus vecinos árabes. Guste o no al ala más conservadora de la clase política hebrea. Guste o no a los aliados incondicionales de Israel.

viernes, 18 de marzo de 2011

Los musulmanes y la democracia


Los musulmanes no están preparados para la democracia”, profetizaba hace un par de lustros Bernard Lewis, uno de los más afamados islamólogos estadounidenses. Mas el viejo profesor, considerado uno de los mejores expertos en el mundo árabe-musulmán, añadía: “…pero están deseando que los Estados Unidos invadan sus países, acaben con los regímenes autoritarios e instauren la democracia”.

Después de estas desafortunadas declaraciones, que se limitaban a avalar las aventuras bélicas de George W. Bush en Afganistán e Irak, Bernard Lewis se tornó – en los ojos de los árabes – en un viejo judío inglés adicto a los designios neocolonialistas del “Imperio yanqui”.

Los acontecimientos de las últimas semanas – las revueltas “amables” de Túnez y Egipto – el levantamiento de las clases medias libias contra el régimen del sanguinario coronel Gaddafi – pusieron de manifiesto los errores de Bernard Lewis. Es cierto que los últimos documentos elaborados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), reflejaban una realidad completamente distinta. El informe sobre el desarrollo humano en el mundo árabe, publicado a finales de 2009, señala que las prioridades de la sociedad musulmana son: la pobreza, las deficiencias del sistema sanitario, el desempleo, la corrupción, etc. Los derechos humanos y los cambios de los sistemas sociales ocupan un modesto penúltimo lugar en la lista.

Muy parecidas son las conclusiones de la encuesta bienal minuciosamente preparada por la Universidad de Harvard, que señalan que la mayor preocupación de los habitantes de Oriente Medio es la imposibilidad de resolver el conflicto israelo-palestino o la humillación de las masas árabes por las potencias occidentales, Estados Unidos y sus aliados.
Cabe preguntarse, pues: ¿qué pasó en Túnez para desencadenar esta oleada de imparables protestas, este conjunto de reivindicaciones sociales? ¿Qué está pasando en el mundo árabe, en estos países con estructuras sociales diferentes, con distintos niveles de desarrollo económico? Los jóvenes que lideran los movimientos de protesta no pertenecen a las capas más desfavorecidas de la sociedad; por el contrario, son, en su gran mayoría, profesionales formados en las mejores universidades de Oriente Medio y el Magreb, en centros docentes del llamado “primer mundo”.

No, la revolución tunecina, las revueltas de Egipto, no son frutos de la “propaganda de Al Jazira” o una confabulación de las redes sociales, como pretenden los círculos conservadores. Tanto la cadena de televisión qatarí como Facebook son meras cajas de resonancia, testigos de una juventud que ha perdido el miedo, que reclama más oportunidades de perfeccionamiento personal. Pero la condición sine que non para ello es la libertad. Una libertad hasta ahora inexistente en muchos países árabes de Magreb y Oriente Medio.

Apoyan este movimiento los antiguos izquierdistas de los años 60, los oportunistas que se arriman al carro buscando provecho personal, y los grupos de oposición islámicos, que hacia finales de la década de los 90 adoptaron un discurso basado en la convivencia, sea ésta real o ficticia.

Los movimientos islámicos legalizados tienen una larga tradición de participación en los procesos electorales de los países que cuentan con un sistema parlamentario abierto. Por regla general, nunca han conseguido más del 10% de los sufragios. Sin embargo, la oposición laica que surge en países como Túnez y Egipto parece más frágil que los movimientos religiosos, siendo las agrupaciones islámicas la opción mejor organizada y más estructurada.

¿Un peligro para la democracia? Una hipotética victoria electoral de los movimientos islámicos no se traduciría forzosamente en una repetición de la revolución iraní de 1979. Los partidos de corte islámico han demostrado su voluntad de integrarse en procesos pluralistas y/o de frenar los intentos de imponer modelos teocráticos.

¿Cuál ha de ser la aportación de Occidente? Por proximidad geográfica, Europa podría desempeñar un papel clave en el proceso de evolución política. Si bien la Unión Europea no puede ofrecer a sus vecinos del sur la integración plena, como en el caso de los países del Este europeo, es importante promover el concepto de “partenariado de vecindad”.

¿Y los Estados Unidos? Si bien la Administración Obama promueve el concepto de democracia, se trata más bien de un cambio de discurso, no de política. El principal interés de Washington es la estabilidad política de la región. Y la geopolítica energética, exige mantener las buenas relaciones con las monarquías petroleras del Golfo Pérsico.

viernes, 11 de febrero de 2011

Después de Mubarak, ¿qué?



Desde el pasado 25 de enero, las baterías de la diplomacia y los servicios de inteligencia israelíes se centran en el levantamiento popular que sacude el vecino Egipto. Los analistas hebreos no disimulan su inquietud al formular la ya inevitable pregunta: “Después de Mubarak, ¿qué?”. Obviamente, la era post-Mubarak implica el inicio de un traumático cambio en el equilibrio de fuerzas en el Oriente Medio. Un cambio ansiado por las masas árabes pero que preocupa a los políticos y los estrategas de Tel Aviv, que no dudaron en acomodarse durante décadas con alianzas contra natura, establecidas con gobiernos autoritarios. El caso de Egipto no es el único en los anales de la política exterior del Estado judío. Para contrarrestar las posibles críticas, los políticos hebreos aludieron siempre a la necesidad imperiosa de proteger a la población judía contra posibles ataques de los vecinos árabes.
Pero la defensa de los intereses nacionales, léase, de la seguridad de Israel, conlleva una serie de innegables injerencias en los asuntos de los Estados de la región. Basta con hacer memoria: en junio de 1981, un escuadrón de cazas israelíes llevó a cabo un espectacular operativo contra el reactor nuclear iraquí “Osirak”, construido con tecnología y financiación francesas. Los aviones militares sobrevolaron el espacio aéreo saudí, antes de adentrarse en el territorio de Irak.

El 13 de septiembre de 2001, apenas 48 horas después de los sangrientos atentados de Nueva York, el entonces primer ministro israelí, Ariel Sharon, advirtió a su amigo y aliado George W. Bush que “Arafat era el Bin Laden palestino”. El ex general exigió la expulsión del líder nacionalista de los territorios palestinos o… ¡su eliminación! El proyecto se materializó años más tarde, cuando los “expertos” israelíes lograron, con la aquiescencia de Washington y la colaboración de traidores palestinos, envenenar a Arafat.

En noviembre de 2002, el establishment político israelí lanzó una nueva ofensiva. Esta vez, el blanco era… el programa nuclear iraní; un operativo que disimulaba un siniestro, ambicioso y peligroso proyecto destinado a fabricar armas atómicas. Durante años, los políticos y militares hebreos se dirigieron a los sucesivos presidentes norteamericanos, reclamando el derecho de… bombardear las instalaciones nucleares persas. Pero cuando las cosas se torcieron (a veces, Occidente se acuerda del vapuleado concepto de legalidad internacional), surgió la desafortunada metáfora “Ahmadinejad - Hitler”. Hasta el pasado 25 de enero, cuando la onda expansiva del terremoto egipcio sacudió los cimientos del mundo árabe, la campaña propagandística iba por buen camino.

Si para los pobladores de los Estados musulmanes de Oriente Medio y el Magreb la rebelión de las masas cairotas equivale a un rayo de luz en las tinieblas de unas estructuras autoritarias, para Israel la desaparición de Mubarak presupone la vuelta a la sensación de asfixia experimentada en las décadas de los 50 y 60. En efecto, el “rais” egipcio fue el mejor valedor de los acuerdos de paz sellados en Camp David en 1978.
Pero hay más: Mubarak ayudó a Israel a controlar a los radicales de Hamas, atrincherados en su feudo de Gaza. Los servicios secretos egipcios, dirigidos por el actual vicepresidente, Omar Suleiman, colaboraron con Israel durante las negociaciones con la ANP llevadas a cabo en El Cairo, así como en los preparativos para la retirada hebrea de la Franja de Gaza. Mientras las autoridades de Tel Aviv apuestan por Suleimán como posible reemplazo del presidente Mubarak, hay quien teme que la inclusión de los Hermanos Musulmanes en el proceso de democratización de la sociedad egipcia podría desembocar en el surgimiento de otro poderoso enemigo, que sumaría sus fuerzas a las de Hamas o Hezbollah, movimientos radicales que no disimulan su hostilidad hacia el sionismo. En una entrevista concedida esta semana, el portavoz del los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsy, dejó constancia de que los radicales islámicos no se opondrían a la “revisión de los acuerdos de Camp David”.

El primer ministro Netanyahu se arriesgó a llamar la atención públicamente a la Casa Blanca sobre el “peligro” que implica la desaparición de Hosni Mubarak del escenario político de la zona. Su desafortunada intervención generó una respuesta contundente por parte del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, quien invitó al dignatario hebreo a… “no inmiscuirse en los asuntos internos de Egipto”. Obviamente, los amigos de Israel tratan de tomar distancia.