miércoles, 8 de enero de 2014

Al Qaeda ha vuelto




En noviembre de 2001, la plana mayor de Al Qaeda, cercada por las tropas de la alianza occidental liderada por los Estados Unidos, se refugió en las montañas del Este de Paquistán. Pocos días antes del cese de las hostilidades, Osama Bin Laden lanzó una advertencia a “los cruzados y los judíos”, es decir, a los cristianos y los sionistas. La tempestad de los aviones no se calmará, si Alá quiere, mientras (Estados Unidos e Inglaterra) no cesen su apoyo a los judíos en Palestina, no levanten el embargo a Irak y no abandonen la Península Arábiga… Si no lo hacen, la tierra se incendiará a sus pies”. 

Sabido es que el operativo bélico Libertad  Duradera, ideado y capitaneado por los estrategas del Pentágono,  no logró acabar con la presencia de los talibán en tierras afganas o paquistaníes. Sin bien los aliados occidentales ganaron los combates de primera hora, la nutrida fuerza multinacional fue incapaz de erradicar el islamismo militante. Ello se debe ante todo a que los políticos del “primer mundo” no llegaron a analizar el fondo de la cuestión. Para muchos, Al Qaeda no dejaba de ser un fenómeno aislado, un mero accidente histórico. Sin embargo, Bin Laden había avisado: “volveremos dentro de diez años”.

La (mal) llamada guerra global contra el terrorismo se cobró su infinidad de víctimas, tanto en el mundo islámico como en Occidente. Sin hablar, claro está, de los daños colaterales, las millones de personas sospechosas de connivencia con el “enemigo” (¡islámico!), que figuran en las listas negras elaboradas por los organismos de seguridad estadounidenses y/o europeos. Sin embargo, el ideario de Al Qaeda se fue propagando a la casi totalidad de los países de Oriente Medio y el Magreb. Brotes islamistas surgieron en el África subsahariana. El accidente histórico acabó convirtiéndose en una enfermedad contagiosa. En 1992, tras el desmoronamiento del bloque socialista, Norteamérica y la OTAN buscaban un enemigo. Un político español no dudó en ponerle nombre: el enemigo es el Islam.

La aventura bélica iraquí de George W. Bush abrió la caja de Pandora. El entonces inquilino de la Casa Blanca buscaba a los “terroristas de Al Qaeda” en un país laico, donde el radicalismo religioso estaba vedado. Mas al abusar del peligroso mantra Bin Laden, los Estados Unidos lograron fabricar una primera hornada de terroristas. Algunos procedían de la vecina Arabia Saudita, cuna del radicalismo islámico moderno, otros…

Cuando los dirigentes rusos lanzaron los primeros ataques contra los grupos de excombatientes de la guerra de Afganistán que se habían adueñado de  Chechenia, los europeos no dudaron en condenar a Moscú por… la violación de los derechos humanos. Sin embargo, la presencia de Al Qaeda en el Magreb causó un profundo malestar en las cancillerías occidentales. El “enemigo” se estaba  acercado a pasos agigantados.

No es nuestro propósito analizar en estas líneas la espectacular expansión de los movimientos islámicos en Asia y África. Este fenómeno merece ser estudiado con mayor minuciosidad. Creemos, sin embargo, que sería útil comentar la presencia del Emirato Islámico de Irak y el Levante, emanación de Al Qaeda, en la guerra civil siria y los recientes acontecimientos que tuvieron por escenario las localidades de Ramadi y Faludja, sitiadas en el “triángulo suní” de Irak, antiguo baluarte de las tribus aliadas al dictador Saddam Hussein, que se ha convertido en la mayor cantera de radicales islámicos. Tal vez porque los suníes se sienten perseguidos por la mayoría chiita que controla actualmente el país. 

Si bien la Casa Blanca no contempla la posibilidad de reenviar tropas a Irak, pues “no es del interés de los Estados Unidos tener tropas en cada conflicto de Oriente Medio”, como señalaba el subsecretario de Seguridad Nacional Benjamin Rhodes, Norteamérica no descarta la posibilidad de comprometer material bélico sofisticado en el combate contra las huestes del Emirato. 

Más interesante aún es la postura del Presidente Obama frente al régimen de Damasco. Curiosamente, la ofensiva islamista en Siria y los encarnizados combates entre los guerrilleros del Emirato y los aún más radicales miembros del Frente Al Nusra en las inmediaciones de Idlib y Alepo, convierten a Bashar el Assad, el siniestro dictador de 2013 y bestia negra de la Administración estadounidense, en… posible futuro aliado del mundo occidental. 

Todo ello podría parecernos disparatado. Sin embargo, al descifrar los códigos, hallamos la inquietante respuesta: Al Qaeda ha vuelto. Así de simple.

martes, 31 de diciembre de 2013

Los nuevos conflictos de 2014




Los redactores de la revista estadounidense Foreign Policy elaboraron un exhaustivo informe sobre los temas que, según ellos, no despertaron el debido interés de los medios de comunicación en los últimos doce meses, pero que podrían saltar a la palestra durante el año entrante. 

En su lista figuran, junto a los cambios climáticos, algunos síntomas de malestar político y social que dejan entrever el estallido de nuevos conflictos, de nuevas crisis. Reproducimos a continuación algunos de los detalles de este complejo rompecabezas.  

La conquista del Polo Norte. Rusia y Canadá pugnan por el control de los recursos minerales de Árctico. El hasta ahora soterrado conflicto ha entrado en una nueva fase a mediados de 2013, al anunciar Moscú su intención de incrementar la presencia militar en la región. Según el  Ministerio de Defensa ruso, la armada llevará a cabo patrullas navales “disuasorias”. Por su parte, las autoridades canadienses informaron que estaban dispuestas a defender su soberanía sobre el territorio árctico.  

Conviene recordar que el calentamiento global llevó al deshielo paulatino de la región polar, abriendo nuevas rutas navegables que conducen a importantes y aún no explotados yacimientos de hidrocarburos, que figuran entre los mayores del planeta.

Liderazgo japonés de la ASEAN.  Durante el primer año de su mandato, el Primer Ministro nipón Shinzo Abe, ha hecho especial hincapié en el desarrollo de las relaciones diplomáticas con los Estados miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). 

Detalle interesante: en los últimos 12 meses, los japoneses realizaron compras masivas de obligaciones de los miembros de la Asociación, perdonado la deuda pública de algunos Estados.

Se cree que la “generosidad” de las autoridades niponas trata de ocultar el deseo de  Tokio de afianzarse como potencia regional. Aparentemente, esta decisión está relacionada con el constante deterioro de las relaciones con China, otro gigante regional.

Tratamiento contra el SIDA. En marzo de 2013, un grupo de investigadores médicos informó que, por vez primera en la historia, se logró la curación de un enfermo de SIDA mediante un tratamiento agresivo con sustancias antiretrovirales. Se trata de una niña que recibió, apenas 30 horas después de nacer, un tratamiento de choque con tres productos antivirales.

Boom económico en Irak. En 2013, el Producto Interior Bruto (PIB)  de Irak registró un incremento récord del 9,1 por ciento. Ello se debe, ante todo, al incremento de la demanda de “oro negro”, que generó un aumento generalizado de precios. Irak, segundo productor de crudo de la OPEP después de Arabia Saudita, se benefició de la coyuntura internacional. Sin embargo, sus estructuras socio-políticas siguen siendo muy frágiles.

Evolución de las energías renovables. Las energías eólica y solar han acusado un importante desarrollo en las dos cuencas del Atlántico. Los expertos de la Agencia Estadounidense para Energía, las renovables registrarán un incremento del 40 por ciento en los próximos tres años, convirtiéndose – a partir de 2016 - en la principal fuente de energía. Tormenta en perspectiva para los grandes suministradores de energía convencional.

Malestar en América Latina. Las manifestaciones antisistema han proliferado en los países iberoamericanos. En Brasil, Argentina, Colombia, Méjico, Perú y Chile, los indignados han protestado contra la corrupción, los aumentos de precios, las reformas del sector público o el escaso desarrollo económico, síntomas que preceden graves crisis. 

Estas proyecciones un tanto pesimistas figuran en el Informe anual de la revista,  documento que pretende dar claves sobre el significado profundo de unos acontecimientos que, por distintas razones, pasaron inadvertidos. Curiosamente, la publicación no menciona el malestar reinante en Turquía ni los síntomas, cada vez más incuestionables, del resurgir del terrorismo radical islámico capitaneado por Al Qaeda.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Francia veta el acuerdo sobre el programa nuclear iraní


Vive la France!” (Que Viva Francia). Con esas palabras resumió el senador estadounidense John McCain en su cuenta de Twitter  la decisión francesa de bloquear la firma de un convenio entre las autoridades de la República Islámica de Irán y las potencias que integran el Grupo 5+1 - Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Rusia, China y Alemania - sobre el porvenir del programa nuclear iraní. Recordemos que las negociaciones celebradas la pasada semana en Ginebra, fracasaron tras la negativa del gobierno galo de avalar un proyecto de acuerdo sobre el controvertido programa atómico persa.

Curiosamente, los franceses, al igual que los norteamericanos, se negaron a aceptar el articulado del documento, considerando que éste ofrecía muy pocas garantías de seguridad para la comunidad internacional. Con esta maniobra, las autoridades galas dejan la puerta abierta para la presentación, la próxima semana, de un texto elaborado por los congresistas estadounidenses, que contempla una serie de medidas específicas destinadas a contentar tanto a los legisladores republicanos como a los demócratas. Se trata, según fuentes diplomáticas occidentales, de una serie de exigencias concretas, que podríamos resumir de la siguiente manera: suspensión del programa de enriquecimiento de uranio, desmantelamiento de los sistemas de centrifugado, control internacional del conjunto de las actividades relacionadas con el desarrollo de la energía nuclear de “doble uso”, así como el control del reactor de agua pesada de Arak, considerado por los expertos como el “mayor peligro potencial” del programa nuclear iraní. 

Si bien es cierto que los emisarios de Teherán acudieron a la cita ginebrina predispuestos a aceptar la inspección in situ que reclaman los miembros del Grupo 5+1,  los altos cargos gubernamentales se apresuraron en subrayar el hecho de que su país jamás consentiría a abandonar definitivamente el programa atómico. Por su parte, sus interlocutores señalaron que no se trataba de prohibir a los persas el acceso a la energía nuclear, sino pura y simplemente de velar por que Irán no infrinja las normas del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, instrumento internacional no ratificado por Teherán (Tel Aviv, Nueva Delhi, etc.) Para los miembros del Grupo, se trataba de sugerir (véase imponer) un férreo sistema de control internacional, llevado a cabo por los órganos especializados de las Naciones Unidas. Inútil recordar que las autoridades persas autorizaron en su momento las visitas de expertos de la Agencia Internacional para Energía Atómica (AIEA), quienes no detectaron, al menos durante las primeras misiones, indicios de una posible utilización del uranio para fines bélicos. Sin embargo, tras la insistencia de Israel (y los Estados Unidos), surgieron inesperadas “dudas” al respecto. Sabido es que el Gobierno israelí está empeñado en reclamar la destrucción total de las instalaciones atómicas persas, alegando que estas suponen un peligro para la seguridad del Estado judío. La suspicacia de la clase política hebrea encuentra sus raíces en el ideario del ayatolá Jomeyni, que contemplaba la desaparición de Israel, así como en la no menos virulenta campaña anti-judía llevada a cabo por el ex presidente Majmúd Ahmanideyad, ferviente defensor de la guerra total contra el “ente sionista”. 

Conviene recordar que, tras la llegada al poder del moderado Hassan Rohaní, los parámetros cambian. Sin embargo, tanto Washington como su inesperado aliado francés, parecen dispuestos a dar otra vuelta de tuerca a las relaciones con Teherán. Aún no se sabe si las motivaciones son meramente estratégicas o si la maniobra encierra, como sugieren algunos, consideraciones de otra índole. ¿Suministro a buen precio de “oro negro”? ¿Incumplimiento de multimillonarios contratos firmados en la época del Sha pese a las promesas de Jomeyni? ¿Viejas deudas comerciales? Los diplomáticos suelen ser muy hábiles a la hora de ocultar las verdaderas razones de su brillante actuación.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La importancia de llamarse Mohamed


Cuando los milicianos nos dieron el alto para un mero “control de identidad”, mis compañeros intercambiaron miradas inquietas. “Dejadme hablar; a mí me respetan. Me llamo Mohamed”, dijo el joven apuesto que permaneció silencioso durante la travesía del desierto libio. El intercambio verbal duró menos de tres minutos; los guerrilleros nos invitaron amablemente a seguir el viaje. Al comprobar mi asombro, el joven se sintió obligado a puntualizar: “En las familias religiosas, llamar Mohamed al hijo primogénito es una obligación. Procedo de una familia muy religiosa; como habrás podido comprobar, a veces el nombre sirve de salvoconducto…”

Recordé las palabras de aquel extraño viajero, titular de varios pasaportes diplomáticos, el día en que Mohamed Mursi, ingeniero educado en California, asumió la presidencia de la República de Egipto. Huelga decir que en el caso de Mursi, la explicación parecía superflua. La consigna de su partido – Justicia y Libertad – considerado el ala política de la Hermandad Musulmana – era El Islam es la solución. De ahí la presagiar que los Hermanos iban a establecer una teocracia fundamentalista no había más que un  paso. Mohamed Mursi no dudó en dar este paso, valiéndose del apoyo popular, de la voluntad de los egipcios de hacer tabula rasa con el pasado, de borrar el recuerdo de los regímenes militares de Gamal Abdel Nasser y Hosni Mubarak. 

Los Hermanos se enorgullecían de haber creado un Estado dentro del Estado egipcio. Un Estado de bienestar, unas estructuras sociales basadas en la honradez. Su Estado en la sombra, edificado durante décadas, contaba con numerosos colegios, hospitales, centros de capacitación profesional. Unas instituciones dinámicas, donde la burocracia, la corrupción, el clientelismo o el proselitismo brillaban por su ausencia. Nada que ver con la rígida e ineficaz maquinaria estatal. Mas la popularidad de los Hermanos Musulmanes poco tenía que ver, al menos aparentemente, con el slogan El Islam es la solución. En Egipto, al igual que en el Líbano y Palestina, los movimientos de corte religioso – Hezbollah, Hamas - lograron imponerse en la palestra de la política con la máxima: Por sus actos los reconocerán. Ni que decir tiene que las agrupaciones islámicas ganaron la batalla de la eficacia merced a su buen hacer.  

Tras el inicio de las llamadas Primaveras árabes, el establishment político de los países industrializados aceptó de buenas ganas la presencia de militantes islámicos en los Gobiernos de Túnez, Egipto, Libia. Más aún: no dudó en bendecir a los jihadistas radicales que tratan por todos los medios de acabar con las estructuras laicas implantadas en Siria por los colonizadores franceses y perpetuadas por la dinastía de los Assad. 

Cabe preguntarse: ¿serán los militantes islámicos el relevo deseado por Occidente en una región hasta ahora controlada por regímenes autoritarios y retrógrados? ¿A quién le favorece el cambio? Aparentemente, no a los pueblos de la zona.

A la hora de buscar el común denominador de la nueva clase dirigente emanante de las Primaveras, sorprende el paralelismo entre el egipcio Mohamed Mursi, educado en California, el libio Mahmud Jibril, economista que proviene de las universidades norteamericanas, el tunecino Ahmed al Ganoushi, uno de los ideólogos islámicos de mayor relieve, educado en Francia y exiliado en Londres, el iraquí Ahmed Chalabi, titulado del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el también iraquí Ali Alawi, ex ministro de comercio y de defensa de Irak, educado en los Estados Unidos. 

¿Simple casualidad? Demasiadas casualidades. Pero no, las casualidades no existen. Ahora bien, si hacemos caso omiso de las teorías conspiracionistas, llegaremos fácilmente a la conclusión de que los espectaculares cambios socio-políticos contemplados a comienzos de la pasada década por la Administración Bush se han ido materializando. Pero los nuevos aliados de Washington y de Bruselas no son valedores de la democracia ni defensores del ideario humanista de la civilización occidental.  Su llegada al poder no mejora la imagen de los Estados Unidos y/o de sus socios europeos en el mundo árabe, ni deja entrever un cambio de actitud de la opinión pública musulmana frente al fiel aliado de Norteamérica en la región: Israel. Al contrario: las llamadas Primaveras parecen hacer especial hincapié en la… importancia de llamarse Mohamed.    

viernes, 25 de octubre de 2013

¿Hacia la creación del Gran Kurdistán?


A finales del pasado mes de septiembre, mientras el Gobierno liderado por Recep Tayyip Erdogan, anunciaba la adopción de una serie de medidas democratizadoras, aparentemente destinadas a cambiar la faz de la sociedad turca, las miradas de los observadores occidentales se dirigían hacia el vecino Kurdistán iraquí, donde se celebraba la primera conferencia nacional de la nación kurda. 

La minoría kurda de Turquía no había esperado la proclamación de la nueva normativa legal de Ankara, calificada por algunos de poco novedosa y generosa, para sumarse al proceso de reconstrucción nacional propuesto por los organizadores del encuentro de Erbil. ¿Reconstrucción nacional? Pero, “nunca existió un Estado kurdo”, dirán los tecnócratas que nos gobiernan, poco propensos a sumergirse en los tratados de historia. De lo contrario, hubieses descubierto (o redescubierto) la división del territorio poblado por la etnia kurda en el siglo XVI, cuando los dos imperios de Oriente, el otomano y el safávida, se repartieron el Kurdistán. El Tratado de Zuhab (1639) formaliza la partición territorial. 

Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias que redactaron el Tratado de Sevres (1920), se comprometieron a crear en la región controlada por el decadente Imperio Otomano una serie de Estados étnicos. Se trataba de Armenia y de Kurdistán. Conviene señalar, sin embargo, que ambos territorios fueron conquistados por Mustafá Kemal Atatürk, fundador de la Turquía moderna, quién obligó a los aliados a renegociar los trazados fronterizos en la conferencia de Lausana (1923), en la que se desvanecieron los sueños independentistas de los kurdos. Turquía se adueñó de gran parte del territorio kurdo (unos 190.000 kilómetros cuadrados), mientras que Irán, Irak y Siria heredaron las tierras que  se hallaban en sus confines.
Actualmente, la nación kurda cuenta con alrededor de 35 a 40 millones de personas. Las etnias que la componen forman un gran mosaico: hay comunidades árabes, armenias, asirias, azeríes, judías, persas y turcas, cuya lengua franca deriva de un dialecto persa.  
   
En la conferencia nacional de Erbil participaron unos 600 delegados provenientes de las cuatro provincias kurdas de la región y representantes de la diáspora, así como 300 invitados extranjeros. El líder de los kurdos iraquíes, Massoud Barzani, resumió los objetivos del encuentro con las siguientes palabras: “… se pretende es elaborar una estrategia común de las corrientes políticas que actúan en las distintas regiones del Kurdistán”.  Sus palabras causaron preocupación en las cancillerías occidentales. Y ello, por dos motivos: el primer lugar, porque se reafirma la existencia del Kurdistán como nación soberana, compuesta por territorios pertenecientes a los Estados de la zona y, en segundo lugar, por la exigencia de diseñar y aplicar “estrategias comunes”. 

Para los analistas, las palabras de Barzani podrían ocultar el deseo de potenciar el papel de las agrupaciones militares que apoyan a partidos de corte nacionalista y/o de aunar esfuerzos a la hora de librar batalla contra las comunidades nacionales de los Estados de la región. De hecho, las relaciones entre kurdos y los demás pobladores de la región han sido y siguen siendo conflictivas.

Recapitulemos: en Irak, la mayoría árabe critica abiertamente el protagonismo de los kurdos tanto a nivel político como administrativo. Se trata, al menos aparentemente, de una “compensación” ofrecida por los Estados Unidos por el sufrimiento causado a la etnia por los esbirros de Saddam Hussein. Sin olvidar, claro está, el factor clave: el suelo del Kurdistán encierra los mayores yacimientos petrolíferos del país.

En Irán, los kurdos están perseguidos por el mero hecho de no pertenecer a la mayoría chiíta. Se calcula que las regiones pobladas por los kurdos cuentan con una tasa de desarrollo inferior al resto del país, mientras que el paro supera el 50 por ciento.

En Turquía, la lucha armada contra las autoridades de Ankara, iniciada en 1983 por los guerrilleros promarxistas del PKK, arroja un saldo de decenas de miles de muertos. 

En el año 2000, el PKK renuncia a la lucha armada. Pero la decisión quedará revocada en 2003. En mayo de 2013, los movimientos de guerrilla acuerdan deponer las armas e iniciar una retirada estratégica hacia el Kurdistán iraquí. Sin embargo, los radicales de ambos bandos tratan de sabotear el proceso. 

En Siria, los integrantes del Partido de Unión Democrática combaten las milicias jihadistas que propugnan la creación de “emiratos” islámicos en el Norte del país. ¿El porvenir? 

Los estrategas del Pentágono estiman que la cuestión kurda podría solucionarse mediante la creación de un nuevo Estado: el Gran Kurdistán. Como si los estrepitosos “éxitos” de  Afganistán, Irak y Libia no les bastaran…