miércoles, 4 de abril de 2012

Siria: la "última oportunidad"



“Dicen que esta es la última oportunidad que se le brinda al régimen de Damasco. Pero, ¿qué significa eso exactamente?”, pregunta ingenuamente el joven periodista. “La última oportunidad es lo que suelen decir los diplomáticos cuando carecen de argumentos convincentes”, responde su interlocutor, veterano corresponsal político “enganchado” a las crisis, golpes de estado, guerras civiles o conflictos regionales. “La última oportunidad…”



Sucedió el pasado fin de semana, en los pasillos de la conferencia de Amigos de Siria, celebrada en Estambul. La cumbre parecía mal encaminada. De hecho, la mayoría de los observadores habían vaticinado su fracaso. Sin embargo, los poderes fácticos del planeta Tierra lograron convertir el previsible fiasco en… moderado éxito.



Antes del inicio de las consultas, se barajaban distintas opciones, divergentes cuando no contradictorias. Arabia saudita y Qatar, que lideraban la línea dura del atomizado grupo árabe, parecían haberse decantado por la solución armada; armas para los rebeldes sirios, envío de tropas de interposición, intervención militar contra el ejército de Bashar el Assad desde las fronteras con Jordania y Turquía. Por su parte, el régimen de Ankara contemplaba una política de “mano dura” con el clan de los alauitas de Damasco. Turquía había hecho las paces con los sirios después de más de medio siglo de enfrentamientos, mas al tener que asumir el delicado papel de “ejemplo” ante las llamadas revoluciones árabes, se vio obligada a renunciar a la recién sellada alianza para distanciarse de cualquier foco de conflicto capaz de comprometer su imagen.



Los emisarios de las llamadas primaveras parecían, por su parte, propensos a exportar sus experiencias revolucionarias. Una opción esta poco viable; el régimen de el Assad cuenta – contaba con cimientos más sólidos que las dictaduras del tunecino Ben Ali o el egipcio Mubarak.



Los países occidentales ofrecieron la habitual muestra de democrática desunión. Mientras Norteamérica parecía empeñada en acabar cuanto antes con el gobierno autoritario de El Assad, los europeos, liderados por Francia, se decantaron por la vía humanitaria: cese de la violencia, envío de ayuda de emergencia, creación de pasillos humanitarios, negociaciones destinadas a facilitar la salida más o menos airosa del tirano y su sustitución por el Consejo Nacional Sirio, agrupación integrada por intelectuales exiliados, en su gran mayoría, en suelo… galo.



Armas, medicinas, sanciones, diplomacia… Golpe militar deseado o fomentado por algunos, golpe de palacio ideado por los servicios de inteligencia. Un caótico panorama que irritaba sobremanera a los ayatolás iraníes, aliados históricos de los alauitas. Un quebradero de cabeza para el ya de por sí poco estable Gobierno iraquí, preocupado ante la perspectiva de nuevos desequilibrios regionales.



Para Rusia y China -las dos grandes potencias que tratan de mantener o adquirir protagonismo en la zona- la situación resultaba extremadamente incómoda. El apoyo al régimen de Damasco les convertía en los “malos de la película”. Tampoco hay que extrañarse: el guión lo habían escrito autores transatlánticos, partidarios de regímenes islamistas “amigos”. ¿Amigos? Pero, ¿amigos de quién?



La cumbre de Estambul terminó echando leña al fuego de los rebeldes sirios. La última oportunidad se parecía, como dos gotas de agua, a otros espejismos; a los habituales espejismos generados por los conflictos que proliferan en Oriente Medio.



El rayo de luz o tal vez de sol (al shams- sol y también el nombre árabe de Damasco), apareció tras el final de las consultas, al anunciar el enviado de las Naciones Unidas y la Liga Árabe, Kofi Annan, la aceptación por parte de El Assad del plan de paz elaborado por el hasta ahora poco afortunado diplomático africano. En principio, Siria se compromete a llevar a la práctica las propuestas pacificadoras de Annan a partir de la próxima semana. ¿Será esta la última oportunidad? El que eso escribe difícilmente puede disimular sus reticencias.

viernes, 30 de marzo de 2012

Irán - Occidente: la conexión turca



Aunque la cacareada Cumbre sobre Seguridad Nuclear celebrada esta semana en Seúl haya finalizado sin resultados satisfactorios, los jefes de Estado y de Gobierno que acudieron a la cita de la capital surcoreana abandonaron el escenario de este gran espectáculo mediático persuadidos de haber puesto la primera piedra de un nuevo edificio; se trata de un acuerdo marco sobre la sustitución progresiva, a partir de 2013, del uranio enriquecido – combustible de las centrales nucleares, también empleado para usos clínicos – por uranio empobrecido. Además, se dieron los primeros pasos hacia la elaboración de una normativa sobre la prevención de las catástrofes atómicas, parecidas a las de Fukushima y de la lucha contra el contrabando de material radiactivo.


Todo parece indicar que las consideraciones de índole meramente estratégica prevalecen sobre los aspectos humanitarios. De hecho, conviene señalar que el fantasma del programa nuclear iraní planeó sobre las consultas de Seúl. Ficticia o real, la “amenaza atómica” de Teherán se convirtió en el mantra de los participantes. El país de los ayatolás, gran ausente de esta cumbre, se ha convertido en el foco de atención de los grandes de este mundo. Pero recordemos que Estados Unidos y Rusia no comparten los mismos criterios a la hora de evaluar los peligros derivados de la eventual conversión de Irán en potencia nuclear. Los rusos, que siguen muy de cerca la evolución del programa iraní, se muestran menos pesimistas que sus interlocutores estadounidenses.


Tampoco comparte Moscú la preocupación de Occidente respecto de la posible adquisición de material radiactivo por parte de algunos movimientos terroristas, proceso que, según Washington, podría desembocar en la fabricación de una “bomba sucia”, mortífero artefacto que, pese a su pequeño calibre, podría causar inestimables daños en cualquier lugar del planeta. Una opción esta que descartan a priori los antiguos jefes de los servicios de inteligencia galos, quienes estiman que “no hay constancia” de la existencia de planes concretos de ataque nuclear por parte de los líderes de Al Qaeda. Aparentemente, el único documento incautado por los militares estadounidenses en el refugio de Osama Bin Laden de Tora Bora es el mero croquis de un artefacto atómico atribuido al físico nuclear paquistaní Abdel Khader Khan, conocido por su ideología anti-occidental. El resto es, siempre según los espías franceses, una mera fabricación de la maquinaria de propaganda transatlántica.


Mas en el caso concreto de Irán, la movilización no deja de ser general. Tanto es así que los integrantes del Grupo 5+1, es decir, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas más Alemania, optaron por encargar al Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, la difícil misión de mediar entre la República de Irán y el foro de la ONU para tratar de reducir la tensión de los últimos meses.


Erdogan salió de Seúl rumbo a Teherán para trasladar las propuestas del Grupo a las autoridades persas. Lo acompañaron sus ministros de Economía y Energía, habituales interlocutores en las ya de por sí complejas tratativas con el equipo del Presidente Mahmúd Ahmadineyad.


No es esta la primera ni la única vez en la que los turcos sirven de puente entre Occidente y los detractores del “gran Satán” de los infieles. Hace apenas unos días, dos grandes compañías estadounidenses – Cargill y Bunge - especializadas en la venta de cereales, revelaron la existencia de un contrato suministro de trigo al país de los ayatolás. Se trata de unas 180.000 toneladas de cereales provenientes del Estado de Kansas, a las que se sumarán, de aquí a finales de año, suministros de material y equipo médico “no sometido” al embargo económico decretado por las potencias occidentales. Todo ello, claro está, con el beneplácito de la Casa Blanca…


Dado que las relaciones bancarias entre Estados Unidos e Irán han sido interrumpidas, los pagos (¡en Euros!) se efectuarán a través de institutos financieros turcos. Obviamente, el papel desempeñado por Ankara en el conflicto no es meramente… diplomático.

viernes, 9 de marzo de 2012

Si vis pacem...

Hay que armar a los rebeldes sitios. El tirano tiene que caer. Mas no conviene caer en la trampa libia; el apoyo incondicional a los insurgentes puede convertirse en un arma de doble filo, capaz de dañar los intereses occidentales.


Con el Irán de los ayatolás, que pretende ingresar en el club de las potencias nucleares, conviene emplear la táctica del palo y la zanahoria. Sanciones económicas, presión política, insinuaciones sobre una posible, inminente, véase contundente intervención armada.


A Israel hay que darle armas, apoyo político, bazas estratégicas y, ante todo, esperanzas. Una intervención bélica del Estado judío en suelo persa sería una catástrofe, pero estamos en vísperas de las elecciones presidenciales. El porvenir de los políticos norteamericanos depende de los millones de votos del electorado judío.


Un auténtico quebradero de cabeza para el actual inquilino de la Casa Blanca, quien soñaba con una solución pacífica, elegante y discreta del conflicto de Oriente Medio. De los conflictos, mejor dicho, ya que a la hora de la verdad Obama descubrió que la problemática del mundo árabe-musulmán poco o nada tenía que ver con las recomendaciones que figuran en los tratados de geoestrategia escritos por los miembros del Consejo de Seguridad Nacional o los sesudos expertos recluidos en las torres de marfil de las universidades estadounidenses.


La carnicería de Libia acabó poniendo en tela de juicio la argumentación simplista de los politólogos. La intervención militar, deseada por la mayoría de los grupúsculos rebeldes y aconsejada por los militares de la OTAN, no hizo más que acrecentar el odio a Occidente. Al igual que los vecinos de Túnez, los sigilosos opositores de Egipto o los radicales marroquíes, los libios se decantan actualmente por la introducción de la shariá – la ley coránica – en la vida pública. ¿Pura casualidad? Lo cierto es que la dinámica de las “revoluciones verdes” nada tiene que ver con las pautas democratizadoras ideadas por Washington. Sí, es cierto: los amigos de Norteamérica se han jugado, se están jugando el tipo. Sin embargo, el proceso sigue por otros derroteros. Washington ha perdido en control de la nave; Europa mira desconcertada hacia el Sur.


El nuevo mapa del mundo árabe hace caso omiso de las previsiones de los expertos en relaciones internacionales. Los dictadores parecen poco propensos a abandonar el poder, los ayatolás se aferran al apocalíptico programa ideado hace ya cuatro décadas por su líder, Jomeyni, Israel sigue empeñado en fomentar la conflictividad en la zona, su única manera de mantener la cohesión nacional y exigir el apoyo incondicional de Occidente.


Nada tiene que ver este avispero con los buenos propósitos del discurso pronunciado en junio de 2009 por Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, en la Universidad de El Cairo. La faz de Oriente no ha cambiado. Al contrario, los intentos de democratizarlo no hacen más que acelerar la deriva hacia el radicalismo. La cautela se impone. Y más aún, en un año de elecciones…

jueves, 1 de marzo de 2012

Siria: con "amigos" así...


Los “amigos de Siria” se congregaron en pasado fin de semana en Túnez para analizar (y condenar) las repercusiones de la sangrienta represión del régimen de Bashar al Assad contra la población civil del país de los omeyas. Según datos facilitados por las Naciones Unidas, durante los últimos 11 meses fallecieron unos 7.500 civiles sirios: algo así como un centenar de muertos diarios.


Pese a la gravedad de la situación, los “amigos de Siria” no lograron adoptar una postura coherente. Mientras el grupo árabe, liderado por Arabia Saudita, Qatar y Túnez se pronunció a favor de la intervención armada, Turquía y los países occidentales barajan la opción de las sanciones económicas y la asfixia financiera, acompañada por la ya casi inevitable injerencia humanitaria. En ambos casos, la batería de medidas propuestas es insuficiente.


Las diferencias reflejan claramente la percepción geoestratégica de un conflicto interno que podría desembocar en una crisis regional. Las monarquías del Golfo, poco propensas a modernizar, véase democratizar las estructuras sociales de sus países, tiemblan ante el peligro de un posible “contagio”. Hay que acabar con las protestas pase lo que pase. La caída del dictador y la posible (muy probable) instalación de un gobierno de corte islámico, parecido al de Libia, no les preocupa en absoluto. Al contrario, resulta más fácil tratar con los islamistas que con Gobiernos laicos.


Para los europeos, la proliferación de regímenes de corte islámico en la cuenca Sur del Mediterráneo supone un nuevo desafío. En efecto, ya no se trata de centrar la preocupación – real o ficticia – en el Irán de los ayatolás, el terrorismo de Al Qaeda o los maléficos diseños de los Hezbollah libaneses, sino de establecer un modus vivendi con los Gobiernos de Túnez, Libia y Marruecos, liderados por los mal llamados “islamistas moderados”. (La lista no es exhaustiva; podría completarse con la inclusión de otros países: Egipto, Yemen, etc.) Hace años, un viejo amigo turco, declarado pacifista y musulmán practicante, confesaba que el “islamismo moderado” era un mero invento de los occidentales. “Se es musulmán o no se es; no hay medias tintas”…


Las autoridades de Ankara optaron por sumarse a la postura de Occidente para apartarse de las exigencias del grupo árabe. En efecto, Turquía – que defiende a ultranza su condición de potencia regional – no puede permitirse el lujo de pertenecer a una agrupación capitaneada por monarquías feudales. Los líderes turcos están persuadidos de que su país debe desempeñar un papel clave en la solución del conflicto sirio.


La percepción de Norteamérica es distinta. Estiman los antiguos altos cargos del “establishment” washingtoniano que la presencia de los “islamistas moderados” en la región mediterránea no supone una amenaza para los intereses económicos, véase políticos estadounidenses. “Es un problema para ustedes, los europeos”, afirmaba rotundamente en la década de los 90 un directivo de la Rand Corporation. Un problema que, obviamente, tocará resolver sin contar con el apoyo incondicional de Washington.


Las revueltas árabes cuentan, en efecto, con dos herramientas ideadas en la otra orilla del Atlántico: el proyecto del Gran Oriente Medio elaborado por la Administración Bush y el libro De la dictadura a la democracia del profesor Gene Sharp. Los “guiones” pre-establecidos se siguieron con éxito en la antigua Yugoslavia, Albania, Túnez y Egipto. Pero no fue este el caso de Libia ni, al parecer, el de Siria.


Rusia y China, hasta ahora aliados del régimen de Al Assad, tratan de afianzar su presencia en una región abandonada, tras la desintegración de la antigua URSS, a los intereses geopolítico-energéticos de los Estados Unidos. Su actuación irrita a los países occidentales, cuyos líderes se resisten a aceptar esta original y peligrosa jugada de ajedrez.


Por ende, conviene señalar que la carencia democrática no representa el único desafío para las autoridades de Damasco. El hambre, la prolongada sequía y las altas tasas de desempleo juvenil son los auténticos detonantes de las protestas populares. A ello se suma la presencia en suelo sirio de radicales procedentes de Líbano e Irán, de “elementos incontrolados” (eufemismo empleado para disimular las palabras espía o agente provocador) que no comparten forzosamente los mismos objetivos que los indignados sirios. Ya se sabe: “a río revuelto…”

viernes, 10 de febrero de 2012

Irán, en el punto de mira



Hace apenas unos días, el Gobierno liderado por Benjamín Netanyahu pidió, por enésima vez, el visto bueno de Washington para llevar a cabo un ataque aéreo contra las instalaciones nucleares iraníes. Sin embargo, el actual inquilino de la Casa Blanca exigió “moderación”. No se trata, en este caso concreto, de una negativa tajante, sino de un simple “no, pero…” de la Administración estadounidense. De hecho, Barack Obama parece más preocupado por la evolución de la situación en Siria, donde Norteamérica no tiene intención alguna de repetir los errores cometidos durante la mal llamada “intervención humanitaria” de la OTAN en Libia, que acabó con el régimen dictatorial de Mummar al Gadafi, abriendo sin embargo la vía a otros abusos, a otros excesos.


El drama humano escenificado por la población siria debería justificar una intervención extranjera. Eso es, al menos, la opinión de algunos gobiernos occidentales, que han tardado muy poco en hacer suya de doctrina de la injerencia humanitaria, ideada allá por los años 90, durante los conflictos de los Balcanes. En el caso de Siria, sin embargo, los intereses de los países occidentales pesan más en la balanza que el deseo – legítimo o no – de defender los derechos fundamentales de la población civil.


El análisis de la compleja situación pre-bélica que atraviesa el país abre la caja de Pandora. La única base naval rusa en el Mediterráneo se encuentra en… Siria; los abundantes, aunque ocultos recursos petrolíferos del país están explotados por una compañía alemana; las empresas de telefonía y electrónica están controladas por multinacionales francesas; las armas empleadas por el ejército provienen, en su gran mayoría, de países de Europa oriental, recién adheridos a la Alianza Atlántica (OTAN). Rusia y China, que se disputan el protagonismo en la región, siguen apostando por su “amigo” Bashar, acorralado por la Liga árabe, las Naciones Unidas y los países de Occidente.


Pero hay más: el Irán de los ayatolá utiliza el régimen de Damasco como punta de lanza en la zona. Turquía, que pretende desempeñar el papel de potencia regional emergente, juega la carta de la imparcialidad. Una postura más ficticia que real, teniendo en cuenta los intereses económicos y estratégicos de Ankara, diametralmente opuesto a los de Damasco. Aún así, las autoridades turcas contemplan la posibilidad de patrocinar una conferencia internacional destinada a solucionar el problema sirio. La reunión debería celebrarse en suelo otomano o en cualquier país de la zona. Los turcos estiman que no hay que internacionalizar el debate ni, por supuesto, la solución del la crisis.


Para las autoridades israelíes, la cuestión siria sigue siendo un mero asunto colateral; el objetivo de los estrategas de Tel Aviv es acabar cuanto antes con el “peligro nuclear” iraní. Cabe preguntarse, pues, si después del “no, pero” de Obama los militares hebreos han renunciado definitivamente a su proyecto bélico. Hay quien estima que los políticos hebreos siguen barajando la posibilidad de llevar a cabo una acción relámpago contra las instalaciones nucleares iraníes en los primeros meses del verano. Los objetivos son múltiples: acabar con la “amenaza nuclear” del régimen de los ayatolás, eliminando total o parcialmente el potencial atómico persa, garantizar – si es preciso – la libre circulación de petroleros por el estrecho de Ormuz, congraciarse con la Casa Real saudí, que no disimula su inquietud ante el avance ideológico y militar de Teherán en la región, etc.


Ni que decir tiene que una intervención hebrea contra Irán tendría repercusiones negativas para la política de quienes, desde Washington, Bruselas o París, se dedican a potenciar y/o alabar las llamadas “primaveras árabes”, que lograron reducir el impacto de la corriente antiimperialista reinante en la región después de la guerra de 2001. Aparentemente, los aspectos negativos no parecen preocupar sobremanera al establishemnt israelí: el Estado judío no tiene inconveniente alguno de tratar con regímenes teocráticos. Al contrario, Israel prefiere negociar con los islamistas, convertir la región en un mosaico de Estados confesionales. ¿Estiman los gobernantes hebreos que sería más fácil entablar el diálogo entre… judaísmo e islam? El provenir nos lo dirá.

viernes, 20 de enero de 2012

Hungría


Hace dos décadas, tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del imperio soviético, los países de Europa oriental pertenecientes contra su voluntad al mal llamado “campo socialista”, se apresuraron a abrazar las ideas liberales de sus antiguos enemigos de la OTAN, de sus hasta entonces rivales de la Comunidad Económica Europea.



Los nuevos gobernantes de las antiguas “democracias populares” no dudaron en pasarse, con armas y bagajes, al bando occidental, hechizados tal vez por las bucólicas imágenes de las cintas en Tecnicolor, que cantaban las loas de la libertad y el bienestar material. La integración de los países “satélites” de la difunta URSS en el concierto de las democracias occidentales se llevó a cabo con prisa y sin pausa. Lo que se pretendía era evitar por todos los medios el “efecto del péndulo”, es decir, un posible (e incluso probable) giro a la derecha.



A comienzos de la década de los 90, parecía fácil neutralizar la tentación totalitaria de las recién liberadas naciones del Este europeo. Según los miembros del misterioso comité de expertos financieros de la R.F. de Alemania, las arcas del Banco central germano contaba con reservas suficientes para garantizar no sólo la reconversión socio-económica de Alemania del Este, sino con bastantes recursos para financiar los cambios estructurales en la totalidad de los países del antiguo bloque soviético.



La apuesta por la unificación del Viejo Continente se convirtió, pues, en la máxima prioridad de los gobernantes de Bonn y París, más interesados aparentemente en acabar con la zona de influencia de Moscú que ofrecer a los pobladores de Europa oriental condiciones de vida semejantes a las de sus vecinos occidentales. De hecho, en la mayoría de los casos, la tramitación de las solicitudes de adhesión a la CEE – UE se llevó a cabo haciendo caso omiso de la debilidad de las economías de los candidatos, que apenas cumplían los requisitos básicos exigidos por Bruselas. Algunos Gobiernos siguieron el (mal) ejemplo de Grecia, manipulando los indicadores económicos. Ante las protestas de los “eurócratas” los gobernantes se limitaban a contestar lacónicamente: “No se molesten en exigirnos demasiado; París (o Bonn) apoyan nuestra candidatura…”



Con el paso del tiempo, los políticos de Europa oriental se convirtieron líderes del movimiento de los “euroescépticos”. La Europa real no ofrecía los “encantos” de las películas en Tecnicolor; la construcción del edificio comunitario reclamaba esfuerzos, cuando no sacrificios. Un precio demasiado elevado para los suspicaces y reacios pobladores del Este europeo. De hecho, los primeros en tratar de obstaculizar la marcha de la Unión, oponiéndose a la adopción y puesta en la práctica del Tratado de Lisboa fueron los Gobiernos conservadores de la República Checa y Polonia. Mas a la hora de la verdad, la sangre no llegó al río…



Pero los tiempos cambian y la problemática comunitaria también. Después del “susto” provocado por la llegada al poder en Austria del ultraderechista Jörg Haider, y la necesidad de “limpiar la cara” de la UE, Bruselas trató por todos los medios de impedir cualquier intento de desviacionismo ideológico. Sin embargo…



Hace apenas unas semanas, el Gobierno conservador de Hungría, liderado por el acérrimo anticomunista Viktor Orban, anunció la adopción de una nueva Carta Magna que, junto con la modificación de la normativa legal atenta, según la Comisión de la UE, contra la autonomía del Banco Central, la independencia de la Justicia y la libertad de expresión. Sin olvidar, claro está, la manipulación de la ley electoral, que beneficia a las agrupaciones de corte conservador o el debilitamiento del Tribunal Constitucional. Motivos estos suficientes para que los países del Benelux reclamen la apertura de un expediente contra la política de Hungría.



Los húngaros se comprometieron modificar algunas leyes en el plazo de 30 días establecido por la Comisión. Algunas, pero no todas. En concepto de soberanía sigue imperando en los países del antiguo campo soviético. En ese contexto, el malestar generado por las decisiones unilaterales adoptadas por el eje París-Berlín parece desembocar en un auténtico movimiento de rechazo.



Los conservadores húngaros amenazan con abandonar la UE; los populistas rumanos denuncian la utilización de “sus” fondos de cohesión para financiar de deuda griega, los búlgaros, que ostentan el triste récord de campeones de la corrupción y la criminalidad, plantan a su vez cara a la Comisión. En resumidas cuentas, Viktor Orban no está solo; la brecha entre comunitarios ricos y pobres se está ensanchando.

sábado, 14 de enero de 2012

El empleo decente, principal objetivo de la OIT en el mundo árabe




Una encuesta elaborada hace más de tres lustros años por los politólogos de la Universidad de Harvard señalaba que la mayor preocupación, véase frustración de los pobladores del mundo árabe derivaba de las escasas cuando no inexistentes perspectivas de desarrollo profesional o de avances del bienestar social en los países de Oriente Medio y del Magreb. De hecho, este fue el detonante de las revueltas populares que sacudieron el mundo árabe-musulmán en los últimos 12 meses. Las sublevaciones fueron la consecuencia de una pobreza exacerbada, del desempleo, de las desigualdades y de la opresión, resultantes de un prolongado déficit de gobernanza democrática, de libertades fundamentales y de diálogo social.


En este contexto, cabe recordar que el desempleo juvenil ha sido y sigue siendo uno de los mayores desafíos de los gobernantes árabes. A pesar del crecimiento económico de los países de la región, no se crearon suficientes puestos de trabajo para absorber a las masas de jóvenes que ingresaban al mercado laboral o, cuando estos empleos existían, eran trabajos de baja calidad, desempeñados habitualmente por los trabajadores migrantes.


La tasa de desempleo entre la juventud árabe es la más elevada del mundo: 23,6 por ciento en África del Norte y 21,1 por ciento en el Oriente Medio, en comparación con un promedio mundial del orden de 12,6 por ciento. En 2010, de 100 personas en edad de trabajar, ni siquiera la mitad tuvo acceso al mercado laboral.


Consciente de la gravedad de la situación para el desarrollo armonioso de los países de la zona, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebró una reunión dedicada a los desafíos en el mundo árabe, durante la cual se estudió una estrategia para la creación de “oportunidades de empleo decente” en Oriente Medio y el Norte de África.


El informe presentado por la Secretaría de la OIT señala que “los progresos significativos logrados por muchos países hacia el Objetivo de Desarrollo del Milenio” ocultan, sin embargo, discrepancias a nivel local. Los principales obstáculos son: la falta de infraestructuras, el acceso limitado a los servicios y la educación, así como la desigualdad en el acceso a las tecnologías de la información. Los países más desfavorecidos están atrapados dentro de un círculo vicioso: su situación obstaculiza las mejoras en la productividad y el rendimiento, sin dejar espacio para el aumento de los ingresos, lo cual agrava aún más sus debilidades.


Aparentemente, las principales razones del déficit de trabajo decente en los países del mundo árabe musulmán son: los servicios públicos de empleo con carencias crónicas de personal cualificado, la ausencia de un entorno favorable para la creación y desarrollo de pequeñas y medianas empresas, la migración no regulada, unas normas del trabajo insuficientes y la fragilidad del diálogo social. A pesar de los progresos en la educación, los niveles de productividad siguen siendo muy bajos. Ello se debe a que, con frecuencia, las escuelas, universidades, institutos de educación y formación profesional están egresando graduados que no tienen las calificaciones necesarias para ingresar en los mercados laborales competitivos.


Según el informe, la OIT está en una posición ideal para apoyar a los países árabes, colocando el trabajo decente y el empleo en el corazón de las estrategias socioeconómicas.


Las políticas de la OIT se centran en la promoción de oportunidades a través del incremento de la utilización de los recursos locales, las inversiones con alto coeficiente de empleo y las actividades relacionadas con la protección del medio ambiente.


Los programas destinados a promover el empleo juvenil, las políticas activas del mercado laboral y la iniciativa empresarial se están expandiendo en muchos países de la región. La OIT está buscando financiación adicional (alrededor de 90 millones de dólares) para la puesta en marcha de proyectos estatales en Argelia, Bahréin, Egipto, Jordania, Marruecos, Omán, Túnez y la República Árabe de Siria.


El apoyo al sector privado es otra de las prioridades de la Organización. En este caso concreto, se trata de elaborar programas específicos destinados a crear de puestos de trabajo para los jóvenes, promover el desarrollo de obras públicas con alto coeficiente de empleo, fomentar el diálogo social y consolidar el papel de las organizaciones sindicales.


Sin embargo, cabe preguntarse si la realización de esos objetivos no tropezará con las reticencias de los nuevos Gobiernos de corte islámico de Marruecos, Libia y Túnez, por no citar más que a unos cuantos.