viernes, 4 de noviembre de 2022

Turquía: dos décadas de gobierno islamista

 

A veces, la inmediatez informativa nos obliga a relegar a un segundo, véase tercer plano, el análisis minucioso que permite descubrir el trasfondo de las noticias. Guerras, bombardeos, crisis alimentarias, sanciones económicas, amenazas inflacionistas, catástrofes naturales y atentados terroristas ocupan las primeras planas de los periódicos. Las televisiones y las redes sociales, lejos de mejorar la comprensión de los acontecimientos, sirven para la mera banalización de los hechos.

¿Adquirió el islamismo cartas de naturaleza en el umbral del siglo XXI, como afirman algunos comentaristas radiofónicos? ¿Es el comunismo un proyecto ideado por una letrada ibérica que se viste de Chanel? ¿Es la política de cancelación un descubrimiento de nuestra era?

Resulta sumamente difícil, cuando no, imposible, analizar la trayectoria política del islamismo turco sin toparnos con un sinfín de adjetivos y estereotipos, muy a menudo, inútiles, que dificultan la percepción de la realidad. De hecho, ¿cuál sería el posible balance de las dos décadas de gobierno islámico en el país musulmán más moderno de la cuenca mediterránea?

Trato de hacer memoria. El 3 de noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación política de corte religioso se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía, el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, envió un contundente mensaje a sus aliados europeos: Míster Erdogan es un islamista moderado; hay que agilizar el ingreso de Turquía en la Unión Europea.

Recep Tayyip Erdogan, militante islamista de la primera hora, que llegó a desempeñar el cargo de alcalde de Estambul, había sido inhabilitado a perpetuidad por la justicia de su país para desempeñar cargos públicos y políticos por incitación al odio sobre la base de diferencias religiosas. La condena fue suspendida en 2003, después de la formación del primer Gobierno de AKP.     

Pero la Casa Blanca veía en el nuevo líder turco - islamista moderado, liberal en lo económico y democráticamente electo – un modelo exportable al resto del mundo árabe-musulmán, sobre todo en el contexto de la expansión del radicalismo encarnado por el Estado Islámico o la aparición de un fenómeno ilusorio: la primavera árabe.

Tras el inesperado pistoletazo washingtoniano, asistimos a un notable incremento de la cooperación económica, cultural y militar de Turquía con los países pro occidentales de la región: inauguración de una amplia red de centros culturales, oficinas de intereses comerciales – tanto oficiales como privadas – organización de maniobras militares conjuntas con las fuerzas aéreas de Israel y Jordania.

Norteamérica parecía dispuesta a olvidar las carencias denunciadas por sus socios occidentales: violencia terrorista, atentados que se remontan a la época de los Gobiernos laicos, situación precaria de los derechos humanos, habitual caballo de batalla de los gobiernos europeos, problema kurdo. La inacción de Washington sólo sirvió para que la situación se perpetúe. 

La percepción de los europeos parecía completamente diferente. Algunos politólogos recordaban un detalle del programa político del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contemplaba: la remusulmanización de Turquía, así como la islamización de la diáspora, que conllevan a la erosión de las estructuras del Estado laico creado por Mustafá Kemal Atatürk.  

Pero la preocupación fundamental de los dignatarios europeos poco tenía que ver, al menos, aparentemente, con esos aspectos culturales. Interesaba más el déficit de sus balanzas comerciales con Turquía, que hubiesen experimentado un incremento de 400 por ciento en caso de la integración de Ankara en el club de Bruselas.

Las diferencias culturales se manifiestan a la hora de negociar los acuerdos. Ante la negativa de Erdogan de firmar el reconocimiento de Chipre, país dividido tras la invasión turca de 1974, el ministro de asuntos exteriores de Luxemburgo no dudó en dirigirse a los negociadores de Ankara con las poco diplomáticas palabras: aquí, en Europa, no nos comportamos como vendedores de alfombras. Una ofensa que Erdogan no perdonó. Las conversaciones con Bruselas siguen congeladas.

El distanciamiento de Ankara durante la invasión de Irak causó un profundo malestar en Washington. Los inquilinos de la Casa Blanca – tanto Bush como Obama – no comprendieron por qué un aliado de los Estados Unidos se niega a participar en un conflicto que les opone a otro Estado musulmán. Sin embargo, el Corán lo explica claramente. 

Tras la elección de Barack Obama, la propuesta turco-brasileña para reencauzar el programa nuclear iraní fue muy mal acogida en Washington. Si bien el distanciamiento entre las dos capitales comenzó en 2013 a raíz del conflicto iraquí, el malestar se acentuó durante el verano de 2016 con lo que Occidente suele llamar la deriva autoritaria del gobierno turco, pero que Erdogan presenta como una reacción contra conspiraciones judeo-occidentales durante la intentona golpista del ejército. El mandatario turco acusó a los servicios secretos occidentales de haber potenciado (o silenciado) la trama golpista, revelada en el último momento por… ¡los agentes de la KGB destinados en Ankara!

Los roces con Washington se fueron acentuando durante la intervención en Siria, en la que EE UU y Turquía perseguían objetivos contrapuestos.

La ruptura de las relaciones con Israel y el distanciamiento de Europa Occidental favorecieron el comenzó de una nueva era en las relaciones con Rusia. Satanizada por Occidente, la alianza turco-rusa facilitó la materialización de un viejo proyecto de la diplomacia de Ankara: la conversión de Turquía en una potencia regional respetable y respetada, capaz de moderar en los conflictos entre vecinos. La actuación de Ankara en el caso de Ucrania pone de manifiesto la brillantez de su diplomacia.

El neo-otomanismo, doctrina cuyos pormenores fueron revelados en los últimos meses, contempla la recuperación de los referentes históricos del Imperio Otomano: el Mediterráneo, la región del Cáucaso, Afganistán, la región del Golfo Pérsico, donde Turquía cuenta con instalaciones militares y navales, el Cuerno de África.

En resumidas cuentas: una visión del mundo que podría provocar los celos de otro político que sueña con recuperar la grandeza de su imperio desvanecido: el ruso Vladímir Putin.

sábado, 29 de octubre de 2022

Balcaniadas IV Carpáticos y balcánicos, enfrentados por la llegada del quinto de caballería


En mayo de 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos rumanos esperaban la llegada de los libertadores. No, no se trataba de las divisiones del Ejército Rojo, que habían atravesado el país en el verano de 1944, en su ofensiva hacia Berlín, la capital del Tercer Reich. Los rusos se fueron para volver; para regresar y quedarse, ante la desesperación de los pobladores de estas tierras carpáticas, que no balcánicas, que confiaban en la arribada de… los americanos. De esos muchachos que, en los últimos meses de la ocupación alemana, se dedicaron a bombardear los principales puntos estratégicos de Valaquia, sembrando el pánico entre los ocupantes y encendiendo una tímida llama de esperanza en muchas familias rumanas: Vendrán los americanos…

Pero los americanos, esos míticos personajes que encarnaban las películas de vaqueros y que pilotaban las fortalezas volantes de la década de los 40, no llegaron. En la conferencia de Yalta, los tres grandes de aquel convulsionado mundo se repartieron el Viejo Continente. Norteamérica e Inglaterra se quedaron con la región occidental; el resto del continente – el Este – iba a permanecer en la órbita de la Unión Soviética. En algún museo de historia de Londres sigue expuesta la servilleta de mesa utilizada por Winston Churchill para comunicarle a su anfitrión ruso, José Stalin, su última oferta de reparto de los Balcanes: Añade también Rumanía. Y los americanos ya no llegaron.

Curiosamente, el terreno parecía abonado. Las compañías occidentales – alemanas, británicas, estadounidenses - controlaban los yacimientos de crudos de Rumanía, primer exportador de productos petrolíferos refinados de Europa. Steaua Romana, la primera refinería de petróleo construida en el mundo a finales del siglo XIX, contaba con capital rumano y austro-húngaro.

Las grandes empresas británicas controlaban el mercado de productos químicos y farmacéuticos, así como la importación de automóviles.

La derrotada Alemania podía olvidarse de sus múltiples intereses económicos en este país carpático, donde reinaba la dinastía germánica de los   Hohenzollern-Sigmaringen, emparentada con el Kaiser de Prusia.

Pero los Hohenzollern tuvieron que abandonar Rumania en diciembre de 1947, expulsados por un Gobierno social comunista títere de Moscú. Las empresas occidentales fueron nacionalizadas o quedaron bajo en control del complejo enramado político-empresarial dirigido por unos consejeros soviéticos poco propensos en abandonar el país. No hay que extrañarse: además del petróleo, Rumanía contaba con reservas de oro y… ¡de uranio! Unas riquezas muy mal gestionadas por los Gobiernos de la democracia popular instaurada tras la proclamación de la República.

El mito de la inminente llegada de los americanos resucitó en los años 90, tras la caída del régimen comunista. Pero, una vez más, los libertadores tardaron el llegar. Hubo que esperar hasta el otoño de 2015 para poder saludar, tal vez con menos efusividad que en la década de los 40, a los primeros GI enviados desde Alemania por la Administración Obama. Se trataba de una avanzadilla: de militares encargados de establecer las estructuras del escudo antimisiles o de despejar el terreno para la instalación de las bases aéreas que servirían para la vigilancia del Mar Negro. Un operativo éste que no fue del agrado de los generales turcos, quienes custodiaban la región desde la adhesión de Ankara a la OTAN en 1957. Pero como la postura de los gobernantes de Turquía es impredecible, sobre todo después de la Guerra del Golfo, el peso de la defensa estratégica recae últimamente en los recién llegados al universo atlantista, Rumanía y Bulgaria.   

Huelga decir que el conflicto de Ucrania ha causado y sigue causando graves quebraderos de cabeza a las autoridades de Bucarest y de Sofia. Los búlgaros, que hacen valer su condición de eslavos, prefieren no enemistarse con sus hermanos rusos y ucranios.

Los rumanos, que jamás dudaron en exhibir su consuetudinaria animadversión hacia el gran vecino ruso, son incapaces de disimular su preocupación por la proximidad del conflicto de Ucrania. La integración en la OTAN fue acogida con innegable entusiasmo en 2004, cuando Europa se hallaba fuera del epicentro de los conflictos internacionales: Afganistán, Irak, Líbano. Sin embargo, el envío de contingentes rumanos a los llamados teatros de guerra extraeuropeos modificó la percepción del estamento castrense. Las misiones de paz poco o nada tienen que ver con el afable relato de los seriales televisivos norteamericanos. En realidad, somos carne de cañón, confesaba un general rumano separado de su cargo a la vuelta de una misión en un país asiático.

La pasada semana, el titular de Defensa rumano, Vasile Dancu, afamado sociólogo, académico y escritor, adscrito al Partido Socialdemócrata (ex comunista), presentó su renuncia pocas horas después de manifestar públicamente que el conflicto de Ucrania podría solucionarse si Kiev reconocía la soberanía de Rusia sobre Crimea y la necesidad de ceder algunos territorios ocupadas por las tropas de Moscú. Estimaba el ministro que la OTAN debería auspiciar las negociaciones de paz ruso-ucranias.

Dancu alegó que su renuncia se debía a una supuesta falta de coherencia en las relaciones con el presidente rumano, Klaus Iohannis. Un incidente aparentemente banal, pero que coincidió ¡ay! con la tan ansiada llegada de… los americanos.

Se trataba nada menos que de la 101ª División Aerotransportada del ejército estadounidense, apodada Screaming Eagles, que había sido desplegada en Europa hace más de 70 años, en medio de las tensiones entre la Unión Soviética y la OTAN. La división, que adquirió sus cartas de naturaleza durante el desembarcó en las playas de Normandía, es una unidad de infantería ligera, capaz de desplegarse en pocas horas en cualquier campo de batalla.

Desde que el Kremlin lanzó su invasión de Ucrania, las tropas rusas intentaron controlar la costa del Mar Negro y de capturar las ciudades portuarias de Mykolaiv y Odessa, tratando de cortar el acceso de Ucrania al mar. Esta amenaza, tan cercana del territorio de la OTAN, incitó al Pentágono a enviar a Rumanía a este quinto de caballería moderno, dotado de armamento pesado.

Estamos acompañados por una unidad especial de combate aéreo. Somos una agrupación de infantería ligera, pero confiamos en que nuestra movilidad facilite la actuación de nuestros pilotos en sus ataques aéreos, manifestó al pisar suelo rumano el coronel John Lubas, alto mando del Departamento de Defensa, curtido en múltiples acciones bélicas del ejército de los Estados Unidos.   

Nos estamos avecinando a lo que llamaría una tormenta perfecta, confesó con innegable pesimismo el presidente serbio, Alexander Vucic, quien denunció recientemente que su país – aliado de Rusia - está sujeto a amenazas y presiones para sumarse a las sanciones que Occidente ha impuesto a Moscú tras la invasión de Ucrania.

Basta con comparar el potencial bélico de las fuerzas de las que dispone Rusia en Ucrania con las que trajeron los norteamericanos a Rumanía – me refiero a la 101 División Aerotransportada, la mejor unidad del mundo - desplegada a unos kilómetros de la frontera, para imaginar lo que nos espera (a los serbios) si se produce una colisión directa. Está claro cómo afectará este choque a nuestro país, advirtió Vucic.

En resumidas cuentas: los carpáticos y los balcánicos siguen enfrentados. Como siempre. Pero esta vez, nadie tiene interés en recordar que la Primera Guerra Mundial empezó en los Balcanes; en Sarajevo.

 


sábado, 22 de octubre de 2022

Balcaniadas III


Esperando el maná bruselense...

Ha sido y sigue siendo una larga espera. El maná – la luz verde para la adhesión de los candidatos balcánicos a la UE – tarda en llegar. Muchos países o, mejor dicho, muchos Gobiernos de los Balcanes occidentales, confiaban en la reactivación de las consultas con Bruselas. El objetivo final: la integración plena en las estructuras del selecto club de los ricos, ansiada por la mayoría de los países de Europa oriental.

Pero en los tiempos que corren, poco propicios para la edificación de la gran casa europea, los eurócratas prefieren rebajar las pretensiones. No es el momento de entablar el diálogo con los países de la región balcánica; la Unión Europea se está agrietando. Los miembros del Grupo de Visegrado – Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia – los díscolos de Europa oriental, están causando demasiados quebraderos de cabeza a los altos cargos de la Comisión, acostumbrados con la dócil aquiescencia de los Gobiernos occidentales, que asumen la primacía de la legislación supranacional en materia de soberanía, ordenación del espacio jurídico, libertad de prensa o educación sexual. Polacos y húngaros protestan: no están conformes con los fallos de Bruselas. Sus colegas checos y eslovacos adoptan una postura más flexible: todo es negociable, incluso algunos ukases de los eurócratas.

¿Los países balcánicos? ¡Qué esperen! No es el momento de complicarnos la vida, afirman los miembros del Gabinete Macron, poco propensos de sumarse al entusiasmo – justificado o no - de sus socios ibéricos. Para los alemanes, sin embargo, es tiempo de reconducir el debate. Toca ayudar a los eternos candidatos, pero… sin comprometerse. Los balcánicos tienen que aprender a edificar sus propias estructuras, bajo la dirección, eso sí, de la batuta germánica.

El pasado fin de semana, los miembros del Consejo de Cooperación Regional de los Balcanes (RCC), integrado por Albania, Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Macedonia del Norte, Montenegro y Serbia, firmaron un acuerdo de libre circulación regional y homologación de los títulos universitarios, que contempla también el libre tránsito de personas sin documentos de identidad.

Este Mini-Schengen, auspiciado por la ministra de Relaciones Exteriores de Alemania, Annalena Baerbock, pretende facilitar la convalidación de los diplomas universitarios, así como la eliminación de los visados entre los países miembros del RCC.

La secretaria general del Consejo de Cooperación, Majlinda Bregu, estima que se trata de un primer paso hacia la integración europea de la región balcánica. Sin embargo, ello podría convertirse en un arma de doble filo a la hora de negociar el ingreso en la UE, ya que el mini-Schengen de los balcánicos podría tornarse, a su vez, en un díscolo al estilo del Grupo de Visegrado.

Y como la paciencia no es el fuerte de los balcánicos…


martes, 18 de octubre de 2022

Israel se implica en la guerra de los drones


 ¿Hay fisuras en el bloque occidental que apoya a Ucrania? ¿Se puede hablar de simples roces, de subidas de tono o de equívocos?  Lo cierto es que en las últimas semanas hemos presenciado varios incidentes, por no llamarlos minicrisis, protagonizados por altos cargos del Gobierno de Kiev y sus socios extranjeros. El primero en dirigir críticas a Occidente fue el presidente Volodímir Zelensky, quien acusó a los países de la OTAN de no prestar el apoyo militar indispensable para la victoria de su Ejército sobre las fuerzas rusas. Convertido en predicador y moralista, el presidente ucranio echó en cara a Israel su escasa generosidad a la hora de suministrar armas a su país. Armas y dinero es lo que reclama Zelensky en todas sus comparecencias. Armas y dinero que las autoridades de Tel Aviv entregan, al parecer, a cuentagotas. Y no por falta de generosidad, sino por el simple afán de cuidar sus complicadas relaciones con el Kremlin.

Conviene recordar que los inmigrantes de origen ruso representan actualmente el mayor y, con gran diferencia, el más activo grupo étnico integrado en la sociedad israelí. Varios miembros de los últimos Gabinetes proceden a la nutrida colonia rusa, ucrania o moldava. Por otra parte, las relaciones con Moscú han sido inmejorables, pese a los altibajos generados por la fluctuante situación internacional. Rusia o, mejor dicho, la Unión Soviética, fue el primer país en reconocer la independencia de Israel. Moscú trató siempre de cuidar las relaciones con Tel Aviv; la emigración podía haberse convertido en una baza para el equilibrio de las relaciones con el Estado Judío. Sólo en el momento en que el presidente de Ucrania, él mismo de confesión hebraica, se quejó de la escasa generosidad del Estado de Israel, las señales de alarma empezaron a encenderse en los despachos gubernamentales de Tel Aviv. ¡Imposible, inconcebible, inadmisible incomodar a Zelensky!

 Durante el pasado fin de semana, los rotativos israelíes filtraron la noticia: Israel ha estado proporcionando a Ucrania inteligencia básica sobre los drones de fabricación iraní utilizados por Rusia últimamente en su invasión. Los israelíes, que habían capturado varios vehículos durante las incursiones en el Líbano, lograron desmenuzar los artefactos de fabricación iraní.

Pero hay más; al parecer, un alto funcionario hebreo informó a los medios de comunicación sobre el intercambio de datos de inteligencia, asegurando también que una empresa privada de Tel Aviv estaba facilitando a Kiev imágenes satelitales de las posiciones del Ejército ruso.

Desde el mes de agosto, las fuerzas rusas han estado utilizando varios modelos de drones iraníes en Ucrania, aseguran los informes de inteligencia elaborados por los servicios ucranianos, estadounidenses y británicos.

Moscú ha empleado el llamado dron suicida Shahed-136, un vehículo aéreo no tripulado que ha tenido un éxito limitado. Se trata de vehículos lentos que vuelan a bajas altitudes, fáciles de atacar utilizando defensas aéreas convencionales, señaló el pasado miércoles un portavoz del Ministerio de Defensa del Reino Unido, quien advirtió: cabe, sin embargo, la posibilidad de que Rusia haya logrado cierto éxito al atacar con varios drones al mismo tiempo.

De hecho, el ejército ucraniano afirma haber derribado el 60 por ciento de los drones de Rusia.  

Necesitamos la asistencia de Israel; necesitamos su apoyo técnico-militar, necesitamos una Cúpula de Hierro, manifestó el embajador de Ucrania en Tel Aviv, Yevgen Korniychuk. La Cúpula de Hierro, es, recordémoslo, el sistema de defensa antiaéreo por el que apuesta también Alemania y del que España queda excluida.  

La expansión de la venta de drones significa que los artefactos iraníes podrían ser adquiridos por otros países, movimientos de guerrilla u organizaciones terroristas. De hecho, Teherán ha exportado drones a los hutíes en Yemen, a Hezbolá en el Líbano y al Hamás palestino.

Neutralizar los drones rusos y, en cierto sentido detener la avalancha de drones iraníes, es uno de los objetivos prioritarios de la Alianza Atlántica.  Por su parte, el ejército de los Estados Unidos y el Departamento de Defensa están desarrollando nuevos sistemas capaces de contrarrestar los vehículos no tripulados.

En resumidas cuentas: las preliminares de la tan cacareada guerra de las galaxias se juegan en… la Tierra. 



martes, 11 de octubre de 2022

Para la mayor gloria de Francia

 

En presidente galo, Emmanuel Macron, inauguró la semana pasada en Praga un proyecto que lleva el prestigioso sello de la República Francesa: la Comunidad Política Europea. Un proyecto destinado a ampliar el espacio de la Unión a los países que no cumplen los requisitos para el ingreso en el exquisito club de Bruselas, pero que debería convertirse en foro de debate para una cuarentena de Estados europeos y mediterráneos que, por su situación política y ubicación geográfica, no encajan en los actuales esquemas de la UE.                                                                                                              

La Comunidad nace sin ideario concreto y carece - al menos por ahora - de Reglamentos internos. Su principal objetivo consiste – según la presentación hecha por el propio jefe de Estado francés – en fomentar el diálogo político y la cooperación y reforzar la seguridad, la estabilidad y la prosperidad del continente europeo. Lo que pretende París es proyectar un bloque europeo amplio que incluya a países extracomunitarios que debatan temas relacionados con el cambio climático, la energía, las migraciones, la paz o la seguridad en la zona.                                                                                                           

A los 27 miembros de la Unión Europea se sumarían otros 17 Estados europeos, el Reino Unido, Turquía, los eternos candidatos a la adhesión de los Balcanes occidentales, Ucrania, Azerbaiyán y Armenia. Una agrupación ideada para acentuar el aislamiento político de los nuevos enemigos del Viejo Continente: Rusia y Bielorrusia.

Obviamente, la Comunidad no sustituirá a las políticas actuales de la UE, en particular la ampliación, y respetará plenamente la autonomía decisoria de Bruselas. Sus diálogos y, ante todo, sus conclusiones, no tendrán carácter vinculante.   

La Comunidad Política se propone analizar numerosos asuntos pendientes, como, por ejemplo, las relaciones del Continente con el Reino Unido después del Brexit, la fluctuante situación de Turquía, la problemática de Serbia o los conflictos de Nagorno-Karabaj, Transnistria, Osetia del Sur y Abjasia.                                                      

La idea de Macron se basa en el proyecto de la Confederación Europea, lanzado en 1989 por otro jefe de Estado francés, François Mitterrand, partidario de organizar Europa tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, Mitterrand era partidario de integrar a Rusia en la famosa Casa Común ideada en su momento por Mijaíl Gorbachov. Pero los tiempos cambian: la Federación Rusa de Vladímir Putin desempeña – con éxito – el triste papel de enemiga.                           

Cabe preguntarse si Macron sueña con tomar las riendas de Europa, una posición que ha ocupado durante lustros la canciller alemana Angela Merkel.                                                

Difícilmente lo podríamos imaginar liderando el cada vez más disonante concierto europeo, donde los fastuosos tonos de su adorada Marcha del Emperador tropiezan (y tropezarán) con los festivos acordes de una Giovinezza.                        

No, lo cierto es que Emmanuel Macron sigue el ejemplo de sus ilustres predecesores: Mitterrand, Chirac y Sarkozy, estadistas dedicados a elaborar grandiosos proyectos dedicados a la mayor gloria de Francia.                              

A finales de los años 80, François Mitterrand apadrinó un proyecto muy parecido a la Casa Común de Gorbachov. A mediados de la década de los 90, Jacques Chirac se empeñó – sin éxito – a adueñarse del Proceso de Barcelona, para convertirlo en el… Proceso de Marsella. Su sucesor, Nicolas Sarkozy, aprovechó el dramático estancamiento de la Declaración de Barcelona para convertir el moribundo proceso en la Unión por el Mediterráneo, herramienta diplomática casi desconocida y muy desaprovechada.

Emmanuel Macron, asiduo lector de sus clásicos, encontró un texto de François Mitterrand que rezaba: Francia no lo sabe, pero estamos en guerra con América. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra económica, una guerra sin muerte aparentemente. Sí, los estadounidenses son muy duros, son voraces, quieren un poder indiviso sobre el mundo. Es una guerra desconocida, una guerra permanente, aparentemente sin muerte y sin embargo una guerra a muerte.

De ahí la idea de crear un Ejercito europeo. La OTAN – afirmó Macron en noviembre de 2019 - tiene el encefalograma plano; es un signo de muerte cerebral. Pero bastó con la amenaza de Trump de retirarse de la Alianza Atlántica para que los políticos europeos vuelvan a cantar las loas del paraguas nuclear estadounidense. Emmanuel Macron tuvo que rectificar el tiro, hallar un nuevo concepto llamado a brillar a la mayor gloria de Francia.

Así se engendró la Comunidad Política Europea.

martes, 4 de octubre de 2022

Balcaniadas II

 

Extraño continente éste, la Vieja Europa, que se preocupa más por el equilibrio de fuerzas en el lejano Brasil, cuando no por la elección multipresidencial de Bosnia Herzegovina, que por las cuestiones de casa.  ¿Cuestiones de casa? En efecto, la mayoría de los medios de comunicación europeos hizo caso omiso de la celebración de las elecciones generales de Bulgaria, país miembro de la Unión Europea y la Alianza Atlántica, baluarte – tal vez muy a su pesar – de la defensa del Mar Negro contra el avance de lo que algunos llaman, en su intrincado lenguaje pseudoestratégico, la amenaza rusa. Una visión ésta que, digámoslo, poco o nada tiene que ver con la percepción global de los búlgaros.

Cierto es que Bulgaria pertenece a la casa común europea. En realidad, es el país más pobre de los 27, el más hospitalario y, a la vez, el más afectado por la inestabilidad política.

Las elecciones del pasado fin de semana – las cuartas en 18 meses – pretendían hallar un remedio contra la inestabilidad. La ciudadanía lo reclama a gritos, pero…

La mayoría de los actores clave de la vida política fueron acusados de haber introducido o tolerado la corrupción, un mal que viene de muy antiguo y que ninguna fuerza política ha sido capaz de erradicar.

Algunos viajeros recuerdan las rocambolescas escenas de los primeros lustros de este siglo, cuando las mafias turcas se instalaron en Bulgaria. Los capos solían reunirse en los hoteles de lujo de Sofia, dialogando en presencia de los atemorizados turistas que visitaban la exótica capital del país de las rosas. Algunos mafiosos colocaban sus pistolas encima de las mesas. Otros, más discretos, la guardaban en la cintura. Un espectáculo inolvidable para los visitantes de Europa occidental.

La corrupción no tardó en adueñarse de la vida política búlgara. Fue una de las principales razones invocadas por las autoridades de Bruselas para frenar la plena integración del país balcánico en el sistema comunitario.

En los últimos años, la inestabilidad institucional provocó la caída de Gobiernos de distinto signo. Sin embargo, conviene señalar que el deterioro empezó a agudizarse a partir de 2014, tras la adhesión de Crimea a Rusia, cuando Occidente se percató de la importancia estratégica de los países ribereños del Mar Negro. Bulgaria fue el único país miembro de la Alianza Atlántica que se opuso a la militarización de la zona. Concibo el Mar Negro como un mar pacífico, un mar de veleros, no de destructores, manifestó en aquel entonces el presidente búlgaro. Pero la nota disonante en el concierto atlantista se borró unos meses más tarde, cuando los primeros cazas de la OTAN encargados de la vigilancia del Mar Negro aterrizaron en una base situada en las inmediaciones de Varna. Los efectivos de la Alianza se multiplicaron a partir del otoño de 2017, durante los últimos meses del mandato de Barack Obama.

En las elecciones generales celebradas el pasado fin de semana se enfrentaron dos bloques: el centro derechas, capitaneado por  el ex primer ministro  Boiko Borisov, que recibió alrededor del 25 por ciento de los sufragios y tendría la posibilidad de aliarse con el partido minoritario turco MDL e incluso con el Vazrajdane (Renacimiento), ultranacionalista y cercano al Kremlin y el centrista de  Kiril Petkov, un liberal partidario muy propenso a sellar alianzas con los socialistas (ex comunistas) y alguna agrupación minoritaria.

Borisov, acusado de corrupción en 2020, no descarta la posibilidad de formar un Gobierno de coalición con otras fuerzas políticas indecisas, que defienden la pertenencia de Bulgaria en la UE y la OTAN, mientras que algunos de los partidarios del ex primer ministro Petkov parecen sucumbir a la cruzada del Kremlin contra el liberalismo global.

Cierto es que el partido de Petkov, Continuamos el Cambio, está adscrito al Grupo Popular de Parlamento Europeo. También es cierto que un tercio de la población búlgara es partidaria del paneslavismo, doctrina que aglutina a los pueblos eslavos de Europa. Otro tercio – los votantes de Borisov – se identifica más con los valores occidentales.

Petkov reconoció la victoria electoral de su rival. A su vez, Borisov se vio obligado a constatar que ninguna de las dos opciones cuenta con la mayoría necesaria para gobernar. Se abre, pues, la vía para las extrañas y frágiles alianzas postelectorales, que bien podrían desembocar en una nueva consulta popular.

Inestable Bulgaria…

martes, 27 de septiembre de 2022

Balcaniadas I

 

El embajador de los Estados Unidos en Belgrado, Christopher Hill, es incapaz de disimular su malestar. Aparentemente, el gobierno serbio dio un paso en la mala dirección sin consultar con la representación diplomática estadounidense en la capital balcánica. En efecto, Serbia firmó un acuerdo con la Federación Rusa durante la estancia de su ministro de asuntos exteriores en Nueva York, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde coincidió con su colega ruso, Serguéi Lavrov. Nos cuesta entenderlo, afirma Hill, que no duda en recordar a sus indóciles anfitriones que no se debe firmar nada con Rusia en estos momentos.

Huelga decir que el tratado no se ha hecho público; la ira del representante estadounidense se debe a una mera filtración. La indiscreción de un funcionario de alto rango, quien confesó que las consultas llevadas a cabo con los emisarios de Moscú sobre cuestiones políticas fueron particularmente buenas y fructíferas, desembocando en la firma del misterioso acuerdo bilateral.

El jefe de la misión diplomática estadounidense en Serbia es un buen conocedor de la región. Participó en la firma de los Acuerdos de Dyton, que pusieron fin a la guerra de los Balcanes, fue uno de los artífices de la creación del Estado-protectorado atlantista de Kosovo, actuó de representante de la Casa Blanca en Macedonia del Norte. Recientemente, tuvo que asumir el papel de mediador entre Belgrado y Pristina, tratando de apagar el incendio provocado por el gobierno kosovar, que desencadenó una campaña xenófoba contra la minoría serbia residente en el país. Tras la movilización de las tropas de Belgrado en la frontera con Kosovo, que las autoridades de la ex Yugoslavia siguen considerando una república secesionista, Hill apagó el amago de incendio a golpe de llamadas telefónicas. La administración kosovar conoce y, al perecer, venera al amigo americano.

El diálogo con los serbios resulta, en cambio, más difícil. Prueba de ello es el discurso, algo airado, de Christopher Hill.  En este momento, nadie debería estar firmando nada con Rusia, aparte de los pobres reclutas (rusos) que se ven obligados a hacerlo, afirma Hill, quien no tarda en añadir: Estados Unidos espera que Serbia sea consciente de la problemática general. Nosotros apoyamos vuestra decisión de realizar un acercamiento a la Unión Europea.

Esperamos que Serbia diversifique sus fuentes de suministro energético y reduzca su dependencia de Rusia, basada en gran medida en el chantaje y la presión.

Queremos entender en qué se fundamentan las relaciones entre Serbia y Rusia.

¿Sorprendente? En absoluto; no es esta la primera llamada de atención de Washington y sus aliados europeos a las autoridades de Belgrado. Hace apenas unas semanas, el presidente Alexander Vucic, desveló la existencia de varios mensajes con idéntico contenido procedentes de las capitales comunitarias. Serbia tiene que decidir si apoya a las democracias occidentales o si se pone al lado de Putin.

Serbia defenderá siempre los intereses de Serbia, contestó Vucic.

La reacción de la calle fue mucho más airada. Prueba de ello, los comentarios publicados de las redes sociales: ¿Quiénes bombardearon Belgrado en los años 90? ¿Putin o la OTAN? Ahora nos piden que seamos sus aliados.

¡Ay! La indeleble memoria de los pueblos…