jueves, 7 de marzo de 2019

Alemania, la OTAN y el "peligro nuclear" chino


La ministra de Defensa alemana, Ursula von der Leyen, sorprendió a propios y extraños al expresar públicamente su preocupación por la amenaza que representan los misiles chinos para… ¡la Federación rusa!

En declaraciones formuladas recientemente a los medios de comunicación de su país, la titular de Defensa sugirió que Moscú debería negociar con China un tratado de desarme perecido al INF, denunciado el mes pasado por los dos grandes de este mundo: Donald Trump y Vladimir Putin.

Si los misiles rusos representan una amenaza para Europa, los chinos lo son para Rusia, manifestó la ministra, aparentemente inquieta por la seguridad e integridad territorial de la antigua Unión Soviética. Extraña aseveración por parte de un dignatario germano, cuyo país forma parte de la OTAN, agrupación militar cuyas tropas están acantonadas en las inmediaciones de la frontera occidental de Rusia.

Ni que decir que las palabras de von der Leyen provocaron un profundo malestar en el Kremlin. Vladimir Djabarov, vicepresidente primero del Comité de Relaciones Internacionales del Consejo de la Federación Rusa, se apresuró a poner los puntos sobre las “íes”, señalando que los misiles chinos no representan una amenaza real para Rusia. A su juicio, Alemania pretende resucitar el Tratado sobre la Limitación de Armas de Alcance Intermedio, rescindido por las superpotencias nucleares.
Para la reactivación del Tratado INF, haría falta contar con varios Estados miembros. De hecho, tanto China, como la India o Pakistán tienen misiles de medio y corto alcance, señaló Djabarov, recordando que Putin manifestó su deseo de entablar negociaciones sobre el hasta ahora hipotético porvenir de un nuevo Tratado INF.

Cabe preguntarse si la amenaza china es un simple estratagema destinado a ocultar en deseo de Berlín de reactivar las consultas sobre desarme nuclear en Europa o una maniobra ideada para desviar la atención de otros movimientos estratégicos que preocupan en mayor medida a los estrategas de la Alianza.

De hecho, en estos momentos las miradas se dirigen hacia Turquía, miembro fundador a la vez que enfant terrible de la OTAN, que acaba de celebrar las mayores maniobras navales de su historia. En los ejercicios, llevados a cabo simultáneamente en tres mares, el Mar Negro, el Mar Egeo y el Mediterráneo, participaron más de cien navíos de guerra, aviones de combate, helicópteros y drones. El objetivo de este espectacular despliegue: hacer alarde del poderío militar y naval de Turquía, potencia regional emergente, dispuesta a ocupar un lugar clave en los proyectos geoestratégicos de Oriente y Occidente.

La Turquía de Erdogan sorprendió a los aliados occidentales al anunciar la compra de sofisticados sistemas de defensa antiaéreos S 400 de fabricación rusa y la adquisición, casi simultánea, de aviones de combate norteamericanos F 35. La transacción irritó sobremanera tanto a los altos mandos da la OTAN como al amigo estadounidense, habitual suministrador de armamento destinado al Ejército turco.

Al progresivo acercamiento de Erdogan a Rusia se suma otra iniciativa bélica que preocupa sobremanera a los aliados occidentales: la decisión de Ankara y Teherán de lanzar una ofensiva conjunta contra las fuerzas kurdas - aliadas de Washington - que combaten en suelo sirio. Para ambos regímenes, los kurdos son… terroristas.

Cabe preguntarse, pues, si los misiles chinos que tanto inquietan a la titular de Defensa alemana, constituyen una auténtica amenaza para la seguridad mundial.

lunes, 25 de febrero de 2019

Rearme nuclear: ¿quién rompió la baraja?


Hace apenas unas semanas, cuando el actual inquilino de la Casa Blanca comunicó su decisión de abandonar el Tratado sobre el control de Armas nucleares de alcance intermedio (INF), rubricado por las dos superpotencias – Estados Unidos y la URSS - en diciembre de 1987, la noticia fue acogida con aparente calma y una gran dosis de resignación por los estrategas de la Alianza Atlántica. ¿Sorprendidos? No, en absoluto. Desde la ceremonia de instalación, Donald Trump había divulgado el largo elenco de medidas de desconexión imprescindibles, según él, para llevar a cabo su proyecto: América primero. Una opción aislacionista, que pretende alejar a Norteamérica del resto del mudo.

Muy a menudo, las medidas contempladas por el actual Presidente de los Estados Unidos hacen caso omiso de los compromisos adquiridos por Washington en las últimas décadas en materia de seguridad, cooperación internacional, comercio o desarme. En el plano internacional, Donald Trump ha resucitado el viejo mantra de los enemigos de América: Rusia, China, Corea e Irán, creando un insostenible ambiente de psicosis bélica. ¿Estamos presenciando el resurgir de la guerra fría? Los politólogos occidentales tratan de quitarle hierro al asunto. Sin embargo, los nuevos-viejos rivales de Norteamérica prefieren no infravalorar la belicosidad del lenguaje del multimillonario americano. Sí, Trump parece un elefante en una  tienda de porcelana… reconocen algunos analistas, sorprendidos por la infinidad de estragos que logra causar la política del Presidente.

En el caso del Tratado sobre Armas de Alcance Intermedio (INF), pieza clave para el mantenimiento del equilibrio estratégico en Europa, Trump acusó a Rusia de haber infringido las cláusulas del acuerdo, al desarrollar misiles ultramodernos capaces de alcanzar objetivos estratégicos situados en suelo europeo. En principio, el INF prohibía a las potencias nucleares producir y almacenar misiles balísticos con un alcance de entre 500 y 5.500 kilómetros. La limitación progresiva de armamentos implicó la retirada y la destrucción de numerosos artefactos nucleares rusos y norteamericanos.

 Al anunciar la decisión de desvincularse del INF, Trump hizo caso omiso de detalles clave, como por ejemplo la expansión de la OTAN a los países de Europa oriental pertenecientes al antiguo Pacto de Varsovia, los deliberados intentos de incorporar nuevos Estados - Georgia, Ucrania y la República Moldova -  a la Alianza, la presencia de buques de guerra de la OTAN en el mar Negro, la proliferación de instalaciones militares occidentales en los países bálticos, Polonia, Bulgaria y Rumanía.

En los últimos dos años, el Kremlin ha protestado contra la presencia de los sistemas Aegis Ashore en Polonia y Rumanía. Para los estrategas de la Alianza, los artefactos balísticos almacenados en la inmediación de la frontera con la Federación rusa no constituye una violación del Tratado INF, puesto que el llamado escudo antimisiles desplegado por Washington y sus aliados tiene carácter meramente defensivo. Los militares rusos no comparten este punto de vista. Para los expertos en balística, se trata de armamentos de doble uso. En resumidas cuentas, el Kremlin y la Alianza Atlántica se acusan mutuamente de infringir las cláusulas del  Tratado, denunciado por Rusia 24 horas después de haberse materializado la retirada estadounidense.

Los socios estadounidenses han declarado que suspenden su participación en el acuerdo; nosotros también lo suspendemos”, manifestó Vladimir Putin durante una reunión con diplomáticos y militares rusos. Sin embargo, Putin instó al personal diplomático y militar a restablecer el diálogo con sus habituales interlocutores norteamericanos,  con miras a iniciar a la mayor brevedad una nueva ronda de negociaciones de desarme.

Pero apenas una semana después de la reunión, el presidente ruso aprovechó su discurso sobre el estado de la Nación, dirigido a los miembros de as dos Cámaras del Parlamento para amenazar con una nueva escalada armamentista si los Estados Unidos deciden desplegar más misiles en los países de la OTAN. 

Estamos listos para hacer frente a  una nueva crisis de los misiles, parecida a la de Cuba (1962) si Estados Unidos despliega más artefactos en Europa, señaló Putin, haciendo hincapié en la voluntad de Rusia de responder de forma simétrica y asimétrica a las amenazas de Washington. El primer mandatario ruso recordó que la industria de armamentos rusa está ultimando la producción de misiles hipersónicos y de drones submarinos. 

Curiosamente, en este caso concreto, la Alianza Atlántica, que no censuró la decisión de Trump de abandonar el INF, condenó la postura del Kremlin, exigiendo… más moderación.
  
Subsisten los interrogantes: ¿quién rompió la baraja y por qué?  Y, ante todo, ¿qué repercusiones tendrá la ausencia de un Tratado de control de armas nucleares para la seguridad del Viejo Continente?

sábado, 9 de febrero de 2019

He sido facilitador, relator, notario


El reciente debate sobre la necesidad de imponer la figura de facilitador, mediador o notario en el estéril debate entre el Gobierno de la Nación y los veleidosos representantes de una Comunidad autónoma terminó, como era de imaginar, en un estrepitoso fracaso. ¿La razón? No se trataba, como pretendían algunos, de un mero asunto de forma, sino de un problema de fondo. Lo que se pretendía, en realidad, era introducir observadores - preferiblemente, internacionales – en una disputa de familia anquilosada por la inflexibilidad de unos y la patente debilidad de otros. El que eso escribe no pretende analizar la legitimidad de los argumentos esgrimidos por las partes: el sentido común dicta la respuesta.

He de confesar que el galimatías lingüístico empleado por el Gobierno y el gobern, la absurda, aunque exquisita guerra criptosemántica que opone a Madrid y Barcelona, me trajo a la mente viejos recuerdos. Concretamente, el día en el que me convertí en facilitador, relator, notario  del conflicto israelo-árabe.

Sucedió en diciembre de 1973, durante la Conferencia Internacional de Paz convocada por los Estados Unidos y la Unión Soviética y auspiciada por la Secretaría General de las Naciones Unidas. El escenario: el ginebrino Palacio de las Naciones, remanso de paz edificado en los años 30 del pasado siglo, testigo de discretos conciliábulos y de estrepitosos fracasos diplomáticos. El Palacio – sede de la Sociedad de las Naciones, cerró sus puertas en diciembre de 1939. La guerra acababa de empezar.

En diciembre de 1973, acudieron a la cita ginebrina los representantes de tres Estados involucrados en el conflicto de Oriente Medio: Egipto, Israel y Jordania. Siria declinó la invitación cursada por las superpotencias; la OLP brillaba por su ausencia. En realidad, la conferencia se convirtió en un gran acontecimiento mediático. Aquí han más periodistas que delegados, afirmaba el presentador estrella de una cadena de televisión estadounidense. Sí, había más periodistas y, lógicamente, el conflicto se trasladó a las salas de prensa de las Naciones Unidas.
          
Su facilitador, relator, notario estaba dialogando con un pequeño grupo de informadores libaneses. La llegada del redactor jefe del Jerusalem Post, el periódico más influyente de Israel, convirtió nuestra charla en un auténtico velatorio.

¿Colegas árabes? preguntó el periodista del Post. Tengo varias preguntas para ustedes…. El silencio reinaba del otro lado de la mesa. Dígale que si quiere preguntar algo, lo haga a través de usted, contestó – en el mismo idioma – el comentarista político de la televisión libanesa. Me interesaría saber… replicó el israelí, dirigiéndose a mí, siempre en el mismo idioma común, en inglés. Aquello recordaba, salvando las distancias, las peleas familiares: Niño, dile a tu padre…  Tú, dile a tu madre…

La conversación a tres bandas duró alrededor de 45 minutos. No faltaron las descalificaciones, las recriminaciones, las declaraciones solemnes de ambas partes. Hoy en día, cuatro décadas después de aquel estrafalario encuentro, no parece que las posturas de las partes hayan variado.
  
Me quedo, pues, con la duda: ¿para qué sirve el facilitador, relator, notario?

sábado, 19 de enero de 2019

Oriente Medio: míster Trump tiene un plan


Con incredulidad, desconfianza y escepticismo fue recibida la noticia, la filtración, mejor dicho, del proyecto del plan de paz para Oriente Medio elaborado por la Administración Trump.

Se trata, en realidad, de una iniciativa destinada a resolver, de una vez por todas, el conflicto israelo-palestino, the deal of the century, como lo llama el actual inquilino de la Casa Blanca. La expresión podría traducirse por el acuerdo del siglo, o, conociendo la jerga empleada por Donald Trump, por negocio del siglo.

La filtración del borrador se produjo hace unos días, cuando la publicación árabe Al Monitor, editada en Washington por un grupo de catedráticos, políticos y altos directivos de empresas multinacionales, tuvo acceso a lo que podría ser la versión definitiva de la iniciativa de la Administración norteamericana. 

Huelga decir que el poco original documento recoge algunas ideas que figuran en las decenas de propuestas elaboradas en las últimas siete décadas. Un coctel un tanto explosivo, que debería contentar a las partes, pero que los politólogos occidentales encuentran poco convincentes.

Se cree que el aún no publicado documento oficial se dará a conocer en la primera quincena de abril, después de la celebración de las elecciones generales israelíes. 
 
Detalle interesante: el plan de paz de la Casa Blanca contempla la división de Jerusalén en tres sectores. Israel contralaría el sector occidental de la ciudad, así como los barrios judíos situados en la parte oriental (árabe). Por su parte, la Autoridad Palestina o, mejor dicho, el futuro Estado palestino, podría establecer su capital en Jerusalén Este, es decir, en el corazón de la llamada capital eterna e indivisible de Israel. Algo que el establishment político hebreo difícilmente podría aceptar, sobre todo teniendo en cuenta que la  nueva  entidad estatal palestina abarcaría parte de Jerusalén, una gran extensión de Cisjordania y la Franja de Gaza.

El tercer sector, que quedaría bajo control internacional, comprendería la Cuenca Sagrada de la milenaria ciudad, que engloba la Ciudad Vieja, el Monte de los Olivos y el barrio árabe de Silwan, antigua sede de la Administración colonial británica reconvertida, después de 1947, en cuartel general de las Naciones Unidas. La propuesta recuerda, extrañamente, el tristemente célebre Plan de Partición elaborado por las Naciones Unidas en 1947 y rechazado por los sucesivos Gobiernos israelíes.

Parece muy improbable que los políticos hebreos acepten la propuesta de la Administración estadounidense, ya que ello supondría reconocer la doble capitalidad de Jerusalén e, implícitamente, la cosoberanía del Estado Palestino. Por otra parte, quedarían bajo control internacional los dos lugares sagrados del judaísmo: el Muro de las lamentaciones y el cementerio del Monte de los Olivos.  
Finalmente, la perspectiva de la división de Jerusalén en tres sectores, perturbaría la política israelí y dañaría al futuro Gobierno del Estado Hebreo.

Más compleja, complicada y dolorosa sería la cesión de territorios en Cisjordania. El plan de Trump prevé el establecimiento del Estado Palestino sobre el 85 – 90 por ciento de Cisjordania, garantizando la soberanía (extraterritorial) israelí sobre los asentamientos ilegales. En este contexto, conviene recordar que los territorios supuestamente administrados por la Autoridad Nacional Palestina (Cisjordania y Gaza)  tienen una extensión total de 6.242 Km2, lo que representa un escaso 22,9 % de la Palestina histórica. Si se descuentan las tierras ocupadas por los asentamientos, este porcentaje queda reducido al 16,03 %. Y si se añade una reducción del orden de 10 a 15 % prevista por la propuesta de Trump, el futuro Estado quedaría reducido en su más mínima expresión. 

Aparentemente, el documento facilitado por Al Monitor tiene bastantes visos de credibilidad. Subsiste, sin embargo, el interrogante: ¿se trata de una versión definitiva? ¿De un globo sonda? ¿De un intento de manipulación mediática?

Llama la atención el hecho de que el actual presidente de Al Monitor es Andrew Parasiliti, un alto cargo de la Rand Corporation, prestigioso gabinete de estudios que suele elaborar los planes estratégicos de la Administración estadounidense.

Y, por ende, cabe preguntarse: ¿qué estratagema piensa emplear Donald Trump para persuadir a israelíes y palestinos que el acuerdo del siglo es, en definitiva, su negocio del siglo?

domingo, 23 de diciembre de 2018

Siria: Donald Trump tira la toalla


Hemos derrotado al Estado Islámico en Siria; la única razón para estar allí bajo mi mandato presidencial. El anuncio-tuit de Donald Trump recordaba extrañamente un famoso parte de guerra emitido en Burgos el 1 de abril de 1939 por el bando nacional: …cautivo y desarmado en ejército rojo, la guerra ha terminado.  

Dirán que todos los partes de guerra se parecen y que, en este caso concreto, las comparaciones son odiosas.  Es posible, aunque al autor de estas líneas le resulta difícil comparar la paz de Burgos con el anuncio de la retirada de los efectivos estadounidenses destacados a Siria. Para los vencedores de 1939, se trataba de poner punto final a un sangriento conflicto interno; en el caso de la tan cacareada guerra global contra el terror, el inquilino de la Casa Blanca se retira antes de la ofensiva final, afirmando lacónicamente: Ya es hora de que otros luchen…

Trump sabe positivamente que la guerra no ha terminado; aún quedan en Siria y en la vecina Irak alrededor de 30.000 yihadistas dispuestos a defender los últimos reductos del califato proclamado por el Estado Islámico. Su aniquilamiento presupone un auténtico quebradero de cabeza para los aliados de Washington.

En efecto, tanto los combatientes sirios de las Unidades para la Defensa del Pueblo (YPG), integradas por miembros de la minoría kurda, como los estrategas del Tel Aviv, manifestaron su preocupación ante el precipitado anuncio del presidente de los Estados Unidos, quien no se molestó en consultar con la plana mayor del Pentágono ni informar a la OTAN sobre las consecuencias de su política tuitera.

La Alianza Atlántica  se limitó a tomar nota de la decisión de Trump, destacando – en un breve comunicado – el continuo compromiso de los Estados Unidos con la coalición internacional que lucha contra el islamismo. Conviene señalar que la OTAN no está directamente involucrada en los combates llevados a cabo en Siria; su papel se limita a la capacitación del nuevo ejército iraquí y la supervisión de los vuelos de vigilancia en la zona.

Por su parte, Turquía ha acogido con satisfacción la retirada de los efectivos estadounidenses, que entrenaban y… protegían a los kurdos. En efecto, la presencia norteamericana había obstaculizado un operativo militar turco en la región del Éufrates,  deseado por el Presidente Erdogan. Para las autoridades de Ankara, los miembros de las YPG son una simple extensión del PPK – Partido de los Trabajadores de Kurdistán – prohibido en Turquía.

Ante el peligro de una ofensiva turca, las Unidades para la Defensa del Pueblo han edificado fortificaciones en Manbij, la región fronteriza con Turquía. Pueden cavar túneles o trincheras; pueden esconderse bajo tierra si lo desean. Cuando llegue el momento, serán enterrados en las trincheras/cunetas  que cavan, manifestó el ministro de Defensa turco, Hulusi Akar, durante una visita relámpago a la base militar turco-qatarí de Doha. El propio presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, advirtió recientemente que su país podría lanzar una operación militar en Siria en cualquier momento. La respuesta de Washington fue contundente: cualquier acción militar unilateral en el noreste de Siria sería inaceptable.

El establishment militar israelí trata de minimizar el impacto de la retirada estadounidense sobre la ya de por sí compleja relación con el enemigo Bashar el Assad, pero ante todo con Irán y Rusia, elementos clave en la crisis. Si bien el Primer Ministro Netanyahu logró establecer últimamente puentes con Moscú, la presencia iraní alimenta el contagio islamista tanto en la vecina Líbano como en la Franja de Gaza, donde la influencia de Teherán está en pleno auge.

Curiosamente, nadie aludió a los yacimientos de petróleo y de gas natural situados en la zona controlada por las milicias kurdas bajo la discreta vigilancia de consejeros militares estadounidenses. Sabido es que durante la ocupación del Estado Islámico, el crudo extraído en la región solía comercializarse en el mercado negro controlado por hombres de negocios saudíes, libaneses y… turcos. Sin embargo, las concesiones pertenecían a compañías occidentales, acusadas – tal vez injustamente – de percibir royalties de esas ventas ilegales.
  
Ya es hora de que otros luchen, decía Donald Trump en su tuit, aludiendo tanto a Rusia, cuyos dirigentes aplauden la retirada estadounidense, como a los… ¿europeos? poco propensos a tomar cartas en los combates fratricidios. ¿Cobardía? ¿Debilidad? ¿Error de cálculo?

¿Y si la derrota del Estado Islámico en Siria conlleva el posible traslado del campo de batalla al… Viejo Continente?
  
El porvenir nos lo dirá.