viernes, 4 de noviembre de 2011

Y ahora, ¿a quién más bombardeamos?


Durante los primeros meses de la llamada “primavera árabe”, tanto los políticos occidentales como los integrantes del núcleo duro de la Administración Obama, coincidieron en reclamar una contrapartida generosa y razonable por parte de Israel. En resumidas cuentas, lo que reclamaba Occidente parecía relativamente sencillo: esperaba que “establishment” de Tel Aviv trate de amoldarse a las nuevas realidades de Oriente Medio, al nuevo panorama geopolítico emanante de los cambios registrados en Túnez y Egipto, de los movimientos de protesta de Yemen y Jordania, de Marruecos y Siria. Una invitación ésta a la que los políticos hebreos contestaron con su habitual cinismo: “Esperad a ver la resurrección del islamismo radical”. Sin embargo, para las Cancillerías occidentales la argumentación israelí parecía poco convincente. Y aún más, después de la caída de Gadafi y la necesidad de buscar una respuesta válida y contundente a la sangrienta represión ejercida por el “hombre fuerte” de Damasco: Bashar el Assad.


En resumidas cuentas, Occidente le pidió a Israel comprensión, paciencia, moderación. Pero sucedió lo que todos esperábamos: el Gabinete Netanyahu optó por resucitar los viejos fantasmas del Holocausto y la destrucción del Estado judío. El enemigo: el régimen islámico de Teherán, acusado por Tel Aviv de llevar a cabo un maquiavélico programa nuclear destinado a convertir el país de los ayatolás en una potencia regional dotada de armas atómicas. Ficticia o real, la amenaza empezó a perfilarse hace una década, cuando el entonces Primer Ministro israelí, Ariel Sharon, exigió al Presidente Bush “luz verde” para bombardear las instalaciones nucleares iraníes. Sharon tropezó, sin embargo, con el veto de la Casa Blanca. Washington había colocado demasiados peones en el tablero de Oriente Medio. Un operativo militar contra Irán podía haber provocado el descalabro de los proyectos estadounidenses en la región.


Esta semana, el Primer Ministro israelí volvió a anunciar la inminencia de un ataque preventivo contra los reactores nucleares persas. Esta vez, al “halcón” Netanyahu se le suma el titular de Defensa, Ehud Barak, el político laborista que heredó el poco apropiado apodo de “Pacificador”. Como tal, Barak puede enorgullecerse de haber acelerado colonización de Cisjordania y la expropiación de propiedades árabes en Jerusalén Este. El extraño tándem parece decidido a actuar con o sin el beneplácito de los Estados Unidos, con o sin el apoyo de las fuerzas de la OTAN. Una iniciativa que comparte el ministro de Asuntos Exteriores, el radical Avigdor Lieberman.


Recuerdan los estrategas que tanto Israel como Irán cuentan con los mejores ejércitos de la zona, que ambos disponen de misiles de medio alcance, de una fuerza aérea dotada de varios centenares de cazas (unos 460, en el caso de Israel y alrededor de 340 en el de Irán). Y aunque el Estado judío tiene una población de 7 millones y la República Islámica cuenta con 75 millones de habitantes, los efectivos de ambos superan el medio millón de hombres.


Cabe suponer que las autoridades hebreas esperen la publicación, el próximo día 8, del último informe sobre el desarrollo del potencial nuclear iraní elaborado por los expertos del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) para justificar su decisión de actuar contra el rival nuclear en ciernes. Cabe esperar que en la próxima cumbre Estados Unidos – Unión Europea, que tendrá lugar en Washington el 28 de noviembre, el inquilino de la casa Blanca, crecido por el “éxito” de la operación militar contra Libia y aparentemente más preocupado por la necesidad imperiosa de incrementar su cuota de popularidad en los Estados Unidos antes de las elecciones de 2012, no pregunte eufóricamente a sus interlocutores: “Y ahora, ¿a quién más bombardeamos?”

viernes, 28 de octubre de 2011

De la "primavera verde" a la "democracia islámica"


A comienzos de la próxima semana, el alto mando de la Alianza Atlántica dará por finalizada su “misión humanitaria” en Libia. La guerra, pues hay que llamar las cosas por su nombre – la intervención en Libia ha sido una de la peores guerras coloniales de la era moderna – acaba con la caída y el más que humillante asesinato del dictador Gadafi, poniendo en entredicho las “altruistas” motivaciones de Occidente y su peculiar interpretación del vocablo “ética” a la hora de avalar los escasos, sino inexistentes valores humanos de los detractores del tirano. Curiosamente, esta vez nadie se atrevió a afirmar que “la muerte de Gadafi es el triunfo de la democracia”. Porque no se puede hablar de democracia en este país-yacimiento de petróleo, en este territorio sin ley, que los militantes salafistas y sus aliados pretenden convertir en una…”democracia islámica”.



Hace unos meses, cuando los egipcios iniciaron la ocupación pacífica de la cairota plaza Tahrir, un joven periodista me preguntó si los movimientos de protesta registrados en los países árabes eran obra de la cadena de televisión Al Yasira, de las redes sociales o de las fuerzas ocultas que manipulan la información vehiculada a través de los teléfonos Blackburry. Se me ocurrió contestarle que, a mi juicio y parecer, se trataba de un fenómeno mucho más complejo, relacionado con la frustración y el hartazgo de las masas, de unas generaciones incapaces de divisar el porvenir en los escleróticos regímenes autoritarios del soñoliento mundo árabe-musulmán. De hecho, el inesperado éxito de lasa “primaveras verdes” nos permitía albergar la esperanza de cambios espectaculares en el Magreb y el Mashrek. ¿La revolución de Al Yasira? ¡Menudo disparate!



Lo que sí es cierto es que los movimientos reivindicativos seguían el mismo guión, muy parecido, cuando no idéntico al famoso proyecto del “Gran Oriente Medio” ideado es su momento por la Administración Bush. Un proyecto que no llegó a materializarse, puesto que el anterior inquilino de la Casa Blanca parecía más interesado en la seguridad energética de los Estados Unidos que en la posible democratización de las tierras del Islam. Sin embargo, las ideas de Bush fueron llevadas a la práctica -de manera muy torpe- por su sucesor, Barack Obama. En efecto, la “primavera verde” provocó la caída de algunos regímenes pro occidentales del mundo musulmán.



Ni que decir tiene que la desaparición de los dictadores “amigos” plantea varias incógnitas a los gobernantes europeos. Conviene preguntarse si los radicales islámicos – Hermanos Musulmanes, An Nahda, movimiento salafista, etc. – que se limitaron a observar sin inmutarse la rebelión de las masas, no acabarán haciéndose con Gobiernos emanantes de las protestas, si las “primaveras verde” no desembocarán en un sinfín de “democracias islámicas”, más propensas a aplicar a rajatabla la ley islámica (Shariá) que implantar y/o acatar los derechos humanos. El temor a la radicalización de los países musulmanes empieza a adquirir carta de naturaleza en algunas capitales del Viejo Continente. En efecto, a Washington las implicaciones geoestratégicas de la “democracia islámica” le afecta en menor medida.



Los politólogos occidentales han confeccionado la lista de las futuras “democracias”. Se trata de Egipto, Gaza, Líbano, Libia, Siria, Túnez y…Turquía, países donde, según la jerga periodística anglosajona, podrían afianzarse los islamistas “moderados”. ¿Moderados? Extraño concepto, éste… ¿Cuándo se habló de “comunismo moderado” o de “democracia cristiana moderada”? ¿Cuándo se habló de militantes políticos o religiosos moderados?



El islamismo político que salga victorioso de las urnas será, sin duda, la avanzadilla del llamado Islam revolucionario. No hay que temerlo ni aborrecerlo; es preciso tratar de comprender y asimilar el fenómeno, generado por el Departamento de Estado de la era Bush con el apoyo militar de la OTAN. Nos toca a nosotros, europeos, buscar vías de cohabitación. Algo que, sin duda, no resultará excesivamente sencillo.

viernes, 7 de octubre de 2011

Turquía: ¿a contracorriente?


A finales de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) se alzó por vez primera con la victoria en las elecciones generales turcas, el entonces Presidente de los EE.UU. George W. Bush, instó a sus aliados europeos a “acoger en su seno a los islamistas moderados de Ankara”. El inusual entusiasmo del inquilino de la Casa Blanca tropezó, sin embargo, con la reticencia de la clase política del Viejo Continente. Los Gobiernos de París y Berlín no parecían muy propensos a dar la bienvenida al “amigo otomano”.


Los argumentos esgrimidos por los alemanes y los franceses –diversos pero complementarios- reflejan el malestar de los países de Europa Central frente a la hasta ahora hipotética adhesión de Turquía a la UE. Para los alemanes, que cuentan con alrededor de dos millones de trabajadores inmigrados de origen turco, el problema es a la vez cultural y demográfico. Se trata, en efecto, de una población musulmana, que cuenta con una tasa de natalidad muy superior a la de los ciudadanos germanos. Los franceses recurren a las “diferencias culturales” para ocultar su verdadero temor: el importante perjuicio económico que podría causar el ingreso de Turquía en la Unión a la balanza comercial gala. Los estudios realizados por varias universidades francesas ponen de manifiesto los auténticos motivos de preocupación de los empresarios y políticos franceses. De todos modos, los europeos prefieren disimular sus sentimientos. “Turquía puede esperar…” Pero el interrogante es: “¿hasta cuándo?”


La verdad es que en los últimos dos lustros la situación del país otomano ha experimentado importantes cambios. Merced a una política exterior sumamente hábil y a una tasa de desarrollo económico espectacular, Turquía se ha convertido en una potencia regional, respetada y/o temida por sus vecinos. Las autoridades de Ankara lograron establecer el equilibrio entre las controvertidas relaciones con el régimen de los ayatolás de Irán y los no menos polémicos lazos con las autoridades de Tel Aviv. Obviamente, el idilio con los radicales islámicos de Teherán irritaba sobremanera a los Gobiernos occidentales, mientras que la normalidad de los contactos con el Estado judío molestaba a los países árabes de la zona, incapaces de concebir una relación fluida entre musulmanes y hebreos. Mas el Gobierno de Recep Tayyep Erdogan se enfrentó con Israel en mayo de 2010, al respaldar Ankara la iniciativa de mandar “flotillas de paz” a la Franja de Gaza. El incidente de Mavi Marmara, el barco asaltado por comandos israelíes, provocó una oleada de indignación en Turquía. El Gobierno se sumó a la protesta, calificando el incidente de “casus belli”. Un distanciamiento muy oportuno, teniendo en cuenta los espectaculares acontecimientos registrados en la región unos meses más tarde. En efecto, la congelación de las relaciones entre Ankara y Tel Aviv coincidió con el inicio de la llamada “primavera árabe”.


Turquía optó por cambiar de rumbo. En efecto, el papel de país musulmán modélico resultaba mucho más interesante para los políticos turcos. Pero, ¿es viable el modelo turco en otros estados árabes? Hoy por hoy, la respuesta es “no”. Los protagonistas de las “revoluciones” árabes – Túnez, Egipto, etc. – no comparten la herencia del kemalismo.


Por razones estratégicas, Ankara decidió enfrentarse a Bashar el Assad, el dictador sirio que se convirtió en el enemigo público de Occidente. Pero conviene recordar que Turquía y Siria siempre mantuvieron relaciones tensas.


El Gobierno Erdogan tiene pendientes una serie de reformas internas: la redacción de una Constitución democrática, que cuente con un amplio apoyo popular, la solución de la cuestión kurda, las trabas a la libertad de prensa, el diálogo político, etc.


En cuanto a las relaciones con la UE se refiere, la negativa de abrir los puertos y aeropuertos a las naves de bandera chipriota podría entorpecer las interminables consultas sobre la adhesión de Ankara a la Unión Europea, prevista hacia 2015.


Pero hay más: la reciente decisión de Ankara de querer controlar las exploraciones gasísticas frente a las costas chipriotas y los ditirámbicos ataques del Primer Ministro Erdogan contra la amenaza nuclear israelí convierten a los “islamistas moderados” de Ankara en los enemigos de quienes aconsejaron, en su momento, a los europeos el ingreso inmediato de Turquía en el seno de la UE.


No hay que ser… turco para no comprender la estructura mental de los occidentales. De algunos occidentales.

viernes, 30 de septiembre de 2011

1.100 razones para desconfiar de Benjamín Netanyahu


De “baile de los hipócritas” tildó el historiador y periodista francés Dominique Vidal las intervenciones de los presidentes Barack Obama y Nicolas Sarkozy ante la Asamblea General de las Naciones Unidas durante el desolador debate sobre la solicitud de adhesión de la Autoridad Nacional Palestina. Una penosa fiesta de disfraces a la que tanto Vidal como el autor de estas líneas tuvieron la desgracia de asistir en numerosas ocasiones.


Palestina, bandera enarbolada por los defensores de los derechos humanos, por los amantes de la paz, por los cristianos progresistas y los israelíes antisistema, ha sido durante décadas el “mantra” de quienes desean acabar con una injusticia histórica: la marginación de un pueblo que ansia, al igual que los hebreos, tener un hogar, una patria.


Mas a la demagogia de algunos – no todos los partidarios de la causa palestina reclaman forzosamente justicia o equidad – se suma el cinismo de otros. Para los políticos occidentales, el interminable conflicto israelo-palestino se limita a un mero dilema: Israel o suministros energéticos. Apostar por la defensa del sionismo o la amistad con los príncipes del petróleo.


Desde la creación del Estado judío, todos los Presidentes norteamericanos se vieron obligados a hacer frente a este desafío. En la mayoría de los casos, la presión política les ha impedido encontrar una solución de compromiso. En cuanto a Europa se refiere, el Viejo Continente parece incapaz de asumir dignamente y defender sus intereses específicos en la región mediterránea. Conviene recordar, sin embargo, que los acontecimientos de Oriente Medio y el Magreb suelen repercutir de manera directa sobre la situación socio-económica de los países europeos. Sin embargo, Europa ha sabido hablar con una sola voz durante la guerra de Irak, durante la lamentable pantomima diplomática que acompañó y trató de ocultar los ataques “humanitarios” de la OTAN contra la población civil de Libia.


En el caso de Palestina, todos los actores exigen un arreglo pacífico. Todos tienen, o pretenden tener, una postura firme ante los protagonistas del conflicto. ¿Firme? Un ejemplo concreto del zigzagueo de los Gobiernos occidentales lo constituyen las declaraciones de la Ministra española de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, que reclamó el reconocimiento del Estado palestino en las páginas del mayor rotativo madrileño un domingo por la mañana y se limitó a ofrecer a los “amigos” palestinos un “asiento plegable” de observador ante la ONU cinco días más tarde, tras haber escuchado las buenas palabras del gran líder galo, Nicolas Sarkozy.


Tras la decisión del presidente de la ANP, Mahmúd Abbas, de presentar la solicitud de reconocimiento del Estado palestino en las Naciones Unidas, solución contemplada hacia finales de la década de los 90 por el propio Yasser Arafat, pero desaconsejada por su entonces “número dos”… ¡Mahmud Abbas! los cuerpos de bomberos encargados de sofocar los incendios geopolíticos se pusieron en marcha. Washington, Naciones Unidas, el Cuarteto, trataron de persuadir a palestinos e israelíes que urge reanudar el diálogo bilateral, interrumpido por la dejadez de los grandes de este mundo.


La respuesta del Gabinete Netanyahu no tardó en llegar. Las autoridades hebreas dieron luz verde a la construcción de 1.100 apartamentos en un asentamiento de Jerusalén Este. Respuesta sincera y contundente. Curiosamente, en este caso concreto, nadie habló de los “atajos en la vía hacia la paz”. La Casa Blanca se limitó a constatar (y lamentar) el abuso del ejecutivo hebreo.


Pero, ¿en qué quedan las promesas de potenciar la solución de dos Estados: el judío y el árabe? ¿Qué pasa con las resoluciones, la montaña de resoluciones aprobadas por las Naciones Unidas desde aquel fatídico 29 de noviembre de 1947, fecha en la que se aprobó la partición de Palestina? ¿Puro papel mojado? ¿Es esa la tan cacareada “legalidad internacional”?


Hoy en día, los palestinos y la comunidad internacional tienen 1.100 razones de más para desconfiar de las buenas intenciones del Gabinete Netanyahu. El “baile de los hipócritas” continúa.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Palestina: señas de identidad denegadas


A mediados de 1985, una delegación de “notables palestinos” o, mejor dicho, de alcaldes nacionalistas expulsados de Cisjordania por las autoridades militares israelíes, pisó por vez primera la sede europea de las Naciones Unidas, confiando en poder generar una corriente de opinión favorable a los habitantes de los territorios ocupados por el Estado judío tras la guerra de 1968. Los notables trataron de resumir ante la prensa internacional las exigencias de los palestinos. “Queremos un país, una bandera, un pasaporte”. Los representantes de Tel Aviv que presenciaron el encuentro respondieron lacónicamente: “Eso, ni lo sueñen”. Los protagonistas de aquel episodio pasaron a mejor vida. Algunos regresaron a su país; otros murieron en el exilio…


El Estado palestino fue proclamado en 15 de noviembre de 1988 en Argel, durante una reunión extraordinaria del Consejo Nacional de la OLP. A la plana mayor de la organización se sumaron delegados procedentes de Cisjordania y la Franja de Gaza. Las autoridades israelíes estaban al tanto de su presencia en la capital argelina. Sin embargo, optaron por no tomar represalias; el ejército estaba demasiado ocupado combatiendo a los chiquillos de la Intifada. Recuerdo que aquél 15 de noviembre hubo pocos fuegos artificiales, pocas manifestaciones de júbilo en la noche jerosolimitana. Sin embargo, al día siguiente los habitantes árabes de la Ciudad Santa se saludaban con una sola palabra: enhorabuena.


Quienes pensaron que aquella ceremonia iba a desembocar en el derrumbe de Israel, el “gigante con pies de barro” de las primeras semanas del levantamiento popular palestino, en el final de la ocupación y la retirada de las tropas hebreas, se equivocaron. Hubo que esperar otros cinco años hasta la no menos solemne firma de los Acuerdos de Washington, otro “hito” en la accidentada historia de Palestina. Otro engaño, otro desengaño…


En efecto, cuando los palestinos aún confiaban en la aplicación a rajatabla de los Acuerdos de Washington, el entonces primer ministro israelí, Itzak Rabin, recordó a sus impacientes vecinos que “no había fechas sagradas”, que el proceso se podía dilatar e incluso aplazar sine die. Pero, ¡ay! cometió un grave error de cálculo; las maniobras dilatorias aceleraron la radicalización de la sociedad hebrea. El resultado fue… un magnicidio.


No, jamás hubo fechas sagradas en el malhadado “proceso de paz” israelo-palestino. Los sucesivos Gobiernos de Tel Aviv trataron por todos los medios de obstaculizar el diálogo bilateral. Los pretextos empleados: diferencias lingüísticas, terrorismo, irrelevancia o inexistencia de interlocutores válidos. Yasser Arafat fue el primer interlocutor “irrelevante”. Su sucesor, Mahmud Abbas, artífice de los Acuerdos de Oslo, pasó de ser “irrelevante” a… “inexistente”. Sin embargo, hace apenas unos días, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, le instó a negociar un acuerdo bilateral. Y ello, porque Abbas tuvo la pelegrina idea de llevar el asunto de la soberanía a las Naciones Unidas, sabiendo positivamente que el no-Estado que representa había sido reconocido por 126 de las 193 naciones que forman parte del foro internacional.


El presidente de la Autoridad Nacional espera poder obtener para su país un estatuto de Estado de pleno derecho, lo que le permitiría firmar tratados internacionales e iniciar acciones legales contra Israel ante el Tribunal Penal Internacional.


Y si para Benjamín Netanyahu los palestinos no están preparados para la paz, quien lleva la voz cantante ante la ONU es el presidente norteamericano Barack Obama, ferviente defensor de la primavera árabe en todas sus versiones, aunque enemigo jurado de los atajos en el camino de la paz. Obama, que hace apenas unos meses abogó desde la tribuna de la ONU en pro de la creación de un Estado palestino, decidió adoptar una postura más… prudente. ¿Sintonía con Israel? ¿Necesidad de asegurarse los millones de votos judíos en las elecciones presidenciales de 2012? Hace años, un viejo congresista estadounidense confesaba: “Cuando el lobby judío nos exige tirarnos por la ventana, la pregunta no suele ser “¿Por qué?” sino… “¿desde qué piso?”


Hoy en día, los habitantes de Cisjordania y Gaza tienen una bandera, un pasaporte. ¿Y el Estado? Los palestinos siguen soñando.

viernes, 29 de julio de 2011

Gigante en suspensión de pagos


Recuerdo que allá por los años 70, durante una de las interminables reuniones del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), un subsecretario de Estado para Comercio Exterior estadounidense me cantó las loas de la “unidad” de los países industrializados. “Apostamos por Europa; necesitamos aliados fuertes”, afirmó rotundamente. “¿Fuertes? Pero, ¿cuán fuertes?”, se me ocurrió preguntar. “No demasiado fuertes. Tampoco queremos que se conviertan en un problema para los Estados Unidos”, repuso el dignatario norteamericano.


Me acordé de este episodio hace unas semanas, al comprobar que las agencias de calificación estadounidenses hacían todo lo que estaba en su poder para acabar con el ya de por sí frágil equilibrio de la zona Euro. Sí, es cierto; las economías de los principales países periféricos de la UE no lograron asimilar el choque provocado por la onda expansiva de la crisis mundial. Los más débiles – Grecia, Irlanda, Portugal, Italia, España – se encuentran al borde del precipicio. Pero ni que decir tiene que su precaria salud depende de la constante presión de “los mercados”, a las espurias maniobras de las agencias de calificación neoyorquinas, que no dudan en empujarlos hacia el vacío. Cui prodest? ¿A quién le beneficia el crimen?


Hace unos días, a esta guerra de calificaciones y descalificaciones político-financieras se le sumó un nuevo e inquietante factor: el peligro de suspensión de pagos de la primera potencia mundial: los Estados Unidos de Norteamérica. Ficticia o real, la amenaza de una posible quiebra del hasta ahora motor de la economía mundial preocupa a políticos, economistas y banqueros. Norteamérica es, en efecto, el único país donde al Estado puede acogerse a la suspensión de pagos. Una suspensión que implica el fracaso de la gestión económica del Gobierno. Tal vez por ello los protagonistas de este extraño psicodrama – republicanos y demócratas – tratan por todos los medios de hallar un compromiso antes del próximo día 2 de agosto, fecha fatídica para Norteamérica y el porvenir del mundo occidental.


Cabe preguntarse: ¿qué pasará si Estados Unidos se declara en suspensión de pagos? Según los politólogos norteamericanos, las perspectivas son menos sombrías de lo que parece. Y ello, por la sencilla razón de que los depositarios de la mayor parte de la deuda estadounidense – el 63 por ciento – son los bancos centrales y los fondos soberanos. Los Estados de la Unión controlan un 4 por ciento de la deuda, mientras que el 33 por ciento restante se encuentra en manos de particulares.

El profesor Thomas Oatley, catedrático de ciencias políticas de la Universidad de Carolina del Norte, estima que este reparto estratégico de la deuda podría impedir que la suspensión de pagos tenga un impacto excesivamente negativo, véase traumático. Y ello, por la sencilla razón de que ni los bancos centrales ni los fondos de inversión controlados por Pekín tendrían interés en provocar el colapso de la economía estadounidense. Norteamérica es, en definitiva, uno de los principales mercados para sus exportaciones. Incluso una posible (aunque por ahora, poco probable) reducción de la calificación del sistema financiero estadounidense repercutiría en la postura muy flexible de los principales acreedores, interesados en mantener la actual interdependencia económica.


Surgen, pues, varias hipótesis de trabajo. La primera contempla la creación de una alianza internacional de acreedores, dispuesta a obtener una serie de beneficios geopolíticos de la crisis. Sin embargo, hoy por hoy parece poco probable que los distintos actores sean capaces de coordinar sus intereses, muy a menudo divergentes.


La segunda baraja la aparición de un nacionalismo económico radical chino, capaz de coger las riendas de la crisis. La tercera depende de la reacción de los mercados ante la incapacidad del Congreso de los Estados Unidos de encontrar una solución válida a corto y/o medio plazo. Por ende, la cuarta consiste en evaluar las consecuencias del choque provocado por la suspensión de pagos, acompañadas, sin duda alguna, por los inevitables recortes del gasto público y/o la contracción fiscal. Ello desembocaría, según los expertos, en la vuelta a la recesión económica. Una recesión no sólo interna, sino global, generalizada. Los comentarios sobran.

viernes, 10 de junio de 2011

Una fecha emblemática



La mayoría de los analistas políticos coincide en que el Partido para de Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por el actual Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, se alzará con la victoria en las próximas elecciones legislativas, que se celebrarán el próximo día 12 de junio. Sería éste el tercer éxito electoral de la agrupación de corte islámico que irrumpió en la vida pública del país otomano a finales de 2002, tras el descalabro sufrido por partidos tradicionales, completamente desacreditados por los escándalos de corrupción y la falta de liderazgo político. En aquél entonces, el fenómeno AKP logró adueñarse de un espacio político deshabitado. Para los pobladores de Turquía empezaba una nueva etapa; la era de la transparencia y la honradez. Al menos, estas fueron las consignas de la primera campaña electoral de Erdogan.


El Primer Ministro otomano se ha fijado una meta: presidir los actos conmemorativos del centenario de la creación de la Turquía moderna. De hecho, el lema de su campaña actual es: “Objetivo 2023”. Una fecha emblemática.


Aparentemente, la estrategia ideada por el equipo del AKP es sencilla. En el caso de ganar los comicios, como previsto, el Primer Ministro tratará de impulsar la redacción de una nueva Carta Magna, que avale un modelo presidencialista, parecido al francés o al norteamericano, que recortaría los poderes del Parlamento. Una vez aprobada la nueva Constitución, Erdogan podría presentarse, dotado de plenos poderes constitucionales, a las elecciones presidenciales de 2014, ocupando el cargo que hoy en día ostenta su correligionario Abdallah Güll. Los politólogos israelíes se hacen eco del malestar provocado en Tel Aviv por la crisis de la flotilla de Gaza, tachando la maniobra del Erdogan de… “putinismo”. Aluden, claro está, a la maniobra de Vladimir Putin al decantarse por compartir el poder con su socio y amigo Vladimir Medvedev.

Pero Turquía no es Rusia. Las preocupaciones de la opinión pública otomana son, sin duda, diferentes. Los logros del equipo de gobierno del AKP avalan la buena gestión de los militantes islámicos. En la última década, Turquía se ha convertido en la 17ª potencia económica mundial (y 6ª de Europa). Merced a la hábil actuación de su diplomacia, el país de Atatürk vuelve a ocupar un destacado lugar tanto a escala regional como internacional. A la ampliación de las prestaciones sociales destinadas a las capas más desfavorecidas de la población se suma la Gran Amnistía Fiscal, que perdona parte de la deuda de los contribuyentes y sienta nuevas bases para las relaciones de la ciudadanía con Hacienda.


Otro detalle importante es la normalización de las hasta ahora conflictivas relaciones entre Ankara y la minoría kurda. En los últimos años, los kurdos han logrado el reconocimiento de sus derechos lingüísticos. Su lengua y cultura se enseñan en las universidades; la televisión oficial emite programas en kurdo durante 24 horas, las localidades recuperan su denominación en el idioma vernáculo. También es cierto que la comunidad kurda no cuenta con la totalidad de derechos civiles y políticos. Sin embargo, hay quien estima que la situación ha experimentado una notable mejoría.


Entre las preocupaciones de los partidos de oposición figura también el ambicioso programa atómico del Gobierno Erdogan, que contempla la instalación de reactores nucleares en Akkuyu, Sinop y Iğneada. Los miembros del Partido Republicano del Pueblo (CHP) hacen hincapié en el hecho de que Akkuyu se encuentra en las inmediaciones de la falla volcánica de Ecemiş, lo que implica un gran peligro para la seguridad de la población.


Sin embargo, hay otros temas que irritan mucho más a la oposición, empezando por las prerrogativas que tiene el actual Ejecutivo para el nombramiento de jueces y fiscales, lo que podría llevar, según los detractores del AKP, a la desaparición progresiva de la separación de poderes, convirtiendo a Turquía en un Estado más centralizado y menos plural.


Unos apuntes más: la reciente prohibición de la venta y el consumo de alcohol en lugares públicos, vigente desde el pasado mes de enero, la posible penalización del adulterio, la supervisión y vigilancia de Internet, la destrucción de manuscritos “no publicados” de algunos periodistas poco afines al régimen, la detención y el enjuiciamiento de militantes políticos y miembros de las Fuerzas Armadas acusados de pertenecer a la organización “Ergenekon”, supuestamente involucrada en los preparativos de un golpe de Estado. Cara y cruz de la misma moneda. Luces y sombras del país otomano…


Objetivo 2023. Una fecha emblemática.