jueves, 9 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (III)


Erdogan – un sultán en el almudín de los zares

El Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, se limitó a manifestar su “preocupación” ante la firme decisión de Turquía de formalizar la compra de misiles rusos S – 400, aparentemente “incompatibles” con los sistemas de defensa de la OTAN. Y si Stoltenberg abandonó Ankara visiblemente molesto por el fracaso de su misión – un intento de última hora de persuadir a Erdogan de la imperiosa necesidad de no seguir en tratos con el rival moscovita, enemigo jurado de las “democracias occidentales”- la respuesta de Washington ha sido más contundente: “Turquía pagará muy caro por esta decisión”, señaló Donald Trump, aludiendo a la decisión de preferir el sistema de defensa antiaéreo ruso a los cohetes norteamericanos, tres veces más costosos y, al parecer, menos eficaces. “Nadie puede interferir en los asuntos que atañen a nuestra soberanía nacional”, recalcó el primer mandatario turco. 
   
En realidad, Washington teme que la tecnología con la que están equipadas las baterías S-400 pueda usarse para recopilar datos relativos a los aviones de combate de la OTAN, y que Rusia acabe teniendo acceso a ellos.

Nada parece impedir que Turquía adquiera el sistema ruso S-400. De hecho, se da por seguro que un centenar de militares turcos comenzará a entrenarse a parir de finales de mayo en una base de Rusia. Los turcos se sumarán a un grupo de oficiales chinos que se encuentra en la Federación rusa desde el pasado mes de marzo. Conviene señalar que se trata de una autentica innovación: es la primera vez que el ejército ruso organiza cursos de capacitación para miembros de fuerzas armadas no pertenecientes a una alianza militar liderada por Moscú. 
  
Huelga decir que la disputa sobre la compra del sistema S – 400  tiene raíces más profundas.  El enfado de Trump y de la OTAN se debe, ante todo, a los múltiples y variopintos  proyectos de cooperación militar bilateral y del suministro de material bélico ruso a la República de Turquía.

"Podemos comenzar a desarrollar y producir conjuntamente equipo militar de alta tecnología", señaló Erdogan durante una rueda de prensa celebrada en Moscú el pasado 8 de abril. Entre los objetivos prioritarios de las industrias de armamentos figuran la producción del sistema antimisiles Kornet y la fabricación de vehículos blindados destinados a las fuerzas armadas turcas.
 
Por otra parte, el ejército de Ankara recibirá en breve los primeros misiles Konus fabricados en Ucrania. El contrato, firmado por la corporación estatal turca Makina ve Kimya Endüstrisi Kurumu (MKEK), contempla la producción de estos artefactos en suelo turco, así como su posible y, desde luego, deseada y deseable exportación a los voraces mercados de armas de Oriente Medio.

El anhelado bazar moscovita

Pero las relaciones con Rusia y sus antiguos aliados no se limitan a la compraventa de material bélico. Hay un sinfín de intereses convergentes que no han provocado la ira de los aliados occidentales. Turquía depende, en gran medida, de las importaciones de crudo procedente de Irán. Un negocio sumamente interesante, ya que los persas suministran el petróleo a precio muy competitivo. Precios políticos, dirán algunos.

Rusia es, por su parte, el mayor proveedor de gas natural destinado a la península de Anatolia. El año pasado, las importaciones ascendieron a 24.000 millones de metros cúbicos, cantidad que cubre casi la mitad de las exigencias del país.
  
El gasoducto TurkStream, que aumentará considerablemente el nivel de suministros de gas natural, entrará en funcionamiento antes de finales de año.

Otro proyecto energético clave es la central nuclear de Akkuyu, construida con tecnología rusa, que estará operativa en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación de la República turca.
  
El año pasado, los intercambios comerciales entre los dos países experimentaron un incremento del  orden del 16 por ciento, alcanzando la cifra global de 25.000 millones de dólares. “Nuestro objetivo es superar la cifra de 100.000 millones”, señaló Erdogan durante su reciente visita a Rusia.

En los últimos años, las empresas turcas han realizado proyectos por valor de 70.000 millones de dólares. Además de la espectacular expansión de las actividades de empresas constructoras, se ha registrado mayor interés para los sectores manufacturero, metalúrgico, agrícola y de tecnología puntera.
   
Tampoco se han descuidado los intercambios culturales, los contactos en materia de educación, ciencia e investigación científica.

Detalle interesante: la cooperación económica turco-rusa no parece inquietar sobremanera a los miembros de la OTAN.  La clave podría hallarse en la vieja y muy socorrida clausula de los acuerdos de paz firmados después de cada guerra – hubo trece conflictos – entre los zares y Rusia y el sultán de Constantinopla, que contemplaba la… libre circulación de comerciantes y mercancías.

Los monarcas modernos – Erdogan y Putin – se limitan, pues, a emular a sus antecesores.

jueves, 2 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (II)


Erdogan - entre Rusia e Irán

Poco después de la intentona golpista de julio de 2016, la política exterior de Turquía experimentó un cambio radical. Erdogan, que había logrado enemistarse con  los líderes europeos poco propensos a aceptar el ingreso de Ankara en la Unión Europea – Alemania y Holanda – dirigió su mirada hacia el Kremlin. Huelga decir que las relaciones turco-norteamericanas se habían enrarecido durante la guerra del Golfo, cuando Ankara se mostró muy reacia a autorizar la utilización de su espacio aéreo para las incursiones de cazas estadounidenses contra Irak, país musulmán “hermano”. El Parlamento turco tuvo que ceder ante las presiones de Occidente; un miembro fundador de la Alianza Atlántica no podía disociarse de la política militar común. Su compromiso con la OTAN debía ser… inquebrantable. Washington exigió la aplicación del artículo 5º del Tratado del Atlántico Norte, relativo a la defensa colectiva; el Parlamento turco no tuvo más remedio que plegarse a las exigencias de los aliados. Una doble derrota, puesto que a las consideraciones de índole política se sumaba la deshonra de no haber cumplido con la sacrosanta obligación de solidaridad islámica. Un detalle éste que los estrategas del Pentágono habían descuidado. El 99 por ciento de los habitantes de Turquía, Estado aparentemente laico, profesa la fe mahometana. De ahí los equívocos…

La otra batalla perdida fue la del acceso a la Unión Europea. Una larga sucesión de encuentros y desencuentros que se prolongó durante cuatro décadas. El país ideado y fundado por Mustafa Kemal Atatürk quería ser europeo. Pero los miembros del “club cristiano” de Bruselas vetaron el ingreso. Los conservadores alegaron motivos “culturales”, los liberales y progresistas, argumentos políticos. Hace ya más de tres lustros, los mandatarios de Ankara empezaron a buscar otras alternativas, más acordes con la idiosincrasia turca. 

Tras el desmembramiento de la URSS, reapareció la opción del “panturquismo”, alianza de todos los pueblos turcomanos de Asia, liderada por Turquía. Después de la llegada al poder de los islamistas del AKP, el “panturquismo” dejó paso al “neo-otomanismo”, que contempla la acción política de Turquía en todas las regiones que se hallaron bajo el dominio otomano. La nueva estrategia, concebida por el ex ministro de Asuntos Exteriores de Erdogan, Ahmet Davutoglu, empezó a implementarse con bastante éxito a mediados de la pasada década, allanando el camino hacia la materialización del sueño de la clase política: convertir el país en una predominante potencia regional.

Con el paso del tiempo, los sueños de grandeza de los insumisos islamistas de Ankara se convirtieron en una auténtica pesadilla para sus aliados occidentales. ¿Resucitar el espíritu del Imperio Otomano, el esplendor de los sultanes – califas del Islam, la presencia turca en tres continentes? “Imposible, aberrante y ante todo, peligroso”, estimaban las Cancillerías occidentales. Y si a ello se le suma la tentación totalitaria del líder del AKP, el autoritarismo y las redundantes consignas nacionalistas, el deterioro de la imagen institucional es innegable. Recep Tayyip Erdogan deja de ser un aliado, para convertirse en… adversario de Occidente y, ante todo, de los Estados Unidos.

La noche del 15 al 16 de julio de 2016 marca un punto de inflexión. Los “poderes fácticos” apostaron por la eliminación de Erdogan, cometido factible en un país habituado a los golpes de Estado. El ejército no encontró resistencia alguna al ejecutar la primera fase del plan: la ocupación de los puntos estratégicos. Sin embargo, treinta minutos antes de la llegada de los comandos golpistas a la residencia de verano de Erdogan, este abandonó la localidad costera de Marmaris a borde de un avión privado, dirigiéndose hacia Estambul, ciudad controlada por los rebeldes. Al parecer, pocas horas antes del inicio de la intentona, el Presidente turco recibió una llamada del… Kremlin. Su interlocutor ruso, conocedor de los planes del ejército, puso a su disposición un satélite ruso de telecomunicaciones, que le permitió contactar con los militares fieles. El general Umit Dundar recuperó el control del aeropuerto internacional de Estambul, permitiendo en aterrizaje del avión presidencial.

¿Está tratando Turquía de crear ‎su propia alianza militar?

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En este contexto, el acercamiento entre Ankara y Moscú resulta no sólo comprensible, sino inevitable. Las posteriores visitas del mandatario turco al Kremlin desembocaron en la firma de numerosos acuerdos comerciales y… militares. Después de ultimar la compra del sistema de defensa antiaérea  ruso S-400, ‎el ejército turco anunció la probable adquisición de aviones de combate ¡rusos! Su-35 o ‎‎Su-57, competidores de los F 35 norteamericanos. Hay quien especula con una posible (aunque hoy por hoy hipotética) retirada de Turquía de la Alianza Atlántica. Pero se barajan otras alternativas: la creación de una alianza militar entre Turquía, Irán y Rusia para gestionar conjuntamente el conflicto de Siria. Aparentemente, los tres países tienen intereses divergentes: Rusia apoya a su fiel amigo Bashar el Assad, Irán quiere afianzar su presencia estratégica en los confines con Israel, Turquía pretende eliminar a los combatientes kurdos, amigos de los norteamericanos y aliados del PKK. Con ello, Ankara pretende ‎impedir que Estados Unidos utilice las milicias que combaten en suelo sirio para fomentar nuevas “primaveras ‎árabes”.
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También existe otro proyecto, aún más ambicioso: la creación de un bloque militar que agruparía a ‎Turquía, Irán y Qatar, como posible contrapeso a una “OTAN árabe” capitaneada por Washington. Si Erdogan consigue involucrar al Kremlin, la relación de fuerzas en el mundo árabe musulmán cambiaría ‎en detrimento de los Estados Unidos y sus incondicionales aliados del Golfo Pérsico.

martes, 30 de abril de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (I)


“Terroristas” y contestatarios 


A finales de la pasada semana, la fiscalía de Estambul ordenó la detención y el encarcelamiento de 210 personas acusadas de haber participado en los preparativos del golpe militar de 2016.  Entre los sospechosos figuraban miembros de las fuerzas armadas: ejército de tierra, marina, aviación y guardia costera, así como oficiales de la gendarmería y de otros cuerpos de la seguridad del Estado, acusados de pertenecer a la organización “terrorista” liderada por el clérigo Fetullah Gulen, ex aliado del Presidente Erdogan, que vive en el exilio desde 1999. Gulen negó en reiteradas ocasiones su participación en los preparativos de la intentona.

Los detenidos fueron identificados a través de grabaciones de llamadas telefónicas efectuadas por los servicios de inteligencia militar.

Actualmente, hay más de 77,000 personas detenidas por su presunta participación en el golpe de Estado. Al parecer, la fiscalía cuenta con una larga lista de “sospechosos” que suponen una amenaza para la seguridad nacional, cuyo arresto sería inminente. 
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Conviene recordar que desde el verano de 2016, las autoridades turcas suspendieron o despidieron a alrededor de 150.000 funcionarios públicos y militares supuestamente adscritos a las redes de Gulen.  
Sabido es que los aliados occidentales de Turquía, país miembro de la Alianza Atlántica, han criticado en reiteradas ocasiones las medidas represivas adoptadas por Ankara, insinuando que Erdogan trata de usar el golpe como coartada para deshacerse de detractores o testigos molestos.

La cierto es que la guerra fratricida contra el popular clérigo desterrado ha causado demasiadas victimas. Una situación ésta que generó un hondo malestar en el seno del oficialista Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación fundada por el propio Erdogan escasos meses antes de alzarse con la victoria en las elecciones legislativas celebradas  en el otoño de 2002. 
 
Nace un nuevo partido político
El solemne comunicado de la fiscalía de Estambul eclipsó la noticia de la creación de un nuevo partido político, facilitada casi paralelamente por la prensa de oposición. La nueva agrupación,  Yeni Parti  (Nuevo Partido), fue fundada por tres veteranos del AKP, pilares de la política nacional y antiguos compañeros de camino de Tayyip Recep Erdogan. Se trata de  Ahmet Davutoglu, antiguo primer ministro y jefe de la diplomacia turca, Abdullah Gül, antiguo Presidente de la República y Ali Babacan, exministro de Economía y Asuntos Exteriores. Los tres compartieron las horas bajas y los momentos de gloria del “sultán”; los tres fueron marginados o desterrados de la política por sus desavenencias con el actual Presidente de la República.

Sus hojas de servicios son impecables. Abdullah Gül, el “islamista socialdemócrata”, sirvió de tapadera para las actividades políticas de Erdogan durante la fase constitutiva del AKP. Como se sabe, Erdogan había sido inhabilitado penalmente para el ejercicio de funciones públicas a raíz de unas manifestaciones pro islamistas en Estambul.

Alí Babacan, economista de formación, fue uno de los artífices de los programas de desarrollo elaborados por el primer Gabinete Erdogan.

Ahmet Davutoglu, politólogo, catedrático y diplomático, fue el autor intelectual del neo-otomanismo, doctrina que contempla el acercamiento de Turquía al mundo árabe musulmán, como posible respuesta al rechazo de la candidatura de Ankara a la Unión Europea.

Según informes publicados en algunos medios turcos, los tres políticos se comprometieron ante Occidente a “devolver el país a la senda de la democracia”. El núcleo duro del Yeni Parti cuenta actualmente con medio centenar de miembros del AKP.  

Aparentemente, el proyecto – liderado por Gül – surgió hace unas semanas, tras el fracaso del AKP en las elecciones municipales, primer síntoma de debilitamiento de la agrupación islámica.

Davutoglu, que negoció y firmó en nombre de Turquía el acuerdo con la UE sobre  migrantes y personas desplazadas, hizo público u documento de 15 páginas en el que critica la política del AKP, así como su fracaso en la reciente consulta electoral. Estima el padre del neo-otomanismo, la deriva del partido de gobierno se debe a su alianza con los ultranacionalistas, las limitaciones impuestas a los medios de comunicación, a una política económica alejada de los principios básicos de la libertad de mercados, a la corrupción y el nepotismo.  Y enfatiza: “el espíritu reformista y liberal del AKP ha sido reemplazado en los últimos años por un enfoque basado en la seguridad y el estatismo, impulsado por el deseo de mantener el status quo”.
 
Los periódicos de Estambul resumen a reacción del Presidente de Turquía con el siguiente titular: Erdogan: ira y promesas de venganza.

Obviamente, los complejos problemas internos entorpecen la actuación del sultán, más preocupado en forjar nuevas alianzas regionales. Sus objetivos prioritarios: Siria, la cuestión kurda, Rusia y el Golfo Pérsico, antiguo feudo del Imperio Otomano.

jueves, 18 de abril de 2019

Tanto va el cántaro a la fuente…


Alea iacta est. La última reunión ministerial de los países miembros de la OTAN, celebrada en Washington a comienzos de abril, ha aprobado un paquete de medidas tendientes a aumentar la presencia de la Alianza en el Mar Negro e intensificar el apoyo concedido a Georgia y Ucrania, países ribereños y vecinos directos de la Federación Rusa, que han solicitado su ingreso en la estructura de defensa occidental. En ambos casos, la candidatura cuenta con el comprensible veto del Kremlin. Sin embargo, la Alianza Atlántica no desespera; las relaciones con Moscú han experimentado un constante deterioro tras la anexión de la península de Crimea, convirtiéndose en casi inexistentes para muchos políticos y estrategas de Bruselas.
 
¿Inexistentes? En el caso concreto del Mar Negro, la reciente decisión de la OTAN pone punto final al excéntrico juego de escondite de las fuerzas navales que se afrontan en el antiguo Lago turco, codiciado espacio marítimo situado en los confines de Asia con Europa. De hecho, la presencia de la Armada imperial rusa en el puerto de Sebastopol convirtió el lago turco en el baluarte de los zares; la madre Rusia acabó adueñándose del Mar Negro. La Unión Soviética, segunda potencia nuclear del planeta, perpetuó, lógicamente, su dominio naval en la zona. Hasta el día en que…

Tras el desmantelamiento del Pacto de Varsovia y la insospechada expansión de la Alianza Atlántica hasta el Báltico, los estrategas occidentales dirigieron sus miradas hacia la frontera meridional de Rusia. Con la incorporación de nuevos Estados ex comunistas a la OTAN, los aliados contaban con tres socios en la región: Turquía, miembro fundador e incondicional de la Alianza, Rumanía, timorata potencia marítima local y Bulgaria, país poco propenso a desempeñar un papel activo en la defensa terrestre o marítima de la zona.

La Convención de Montreux sobre el paso de los estrechos, firmada en 1936, otorga a Turquía el control de los Dardanelos y el Bósforo y limita la presencia de navíos de guerra extranjeros en el Mar Negro. Una garantía de estabilidad para los países ribereños; un hándicap para los inoportunos visitantes occidentales.

Sin embargo, en la primavera de 2014, poco después de la ocupación de Crimea por el ejército ruso, un destructor de la OTAN se adentró en las aguas del Mar Negro. ¿Simple advertencia dirigida a los dueños del Kremlin? ¿Preludio a una ofensiva naval? La tímida protesta de Moscú, así como el silencioso beneplácito de las autoridades turcas propiciaron la multiplicación de visitas de los buques de guerra occidentales. La tensión llegó a su apogeo en noviembre de 2018, cuando las fuerzas navales rusas apresaron tres barcos ucranios que intentaban cruzar el estrecho de Kerch, dirigiéndose al Mar de Azov, que cuenta con numerosas instalaciones portuarias controladas por el Gobierno de Kiev. Según los portavoces del Kremlin, las embarcaciones navegaban en las aguas territoriales rusas. Detalle interesante: Ucrania estaba a punto de solicitar formalmente su ingreso en la Alianza Atlántica.

Comentando las medidas aprobadas por la Alianza en la reunión de Washington, el secretario general de la agrupación, Jens Stoltenberg, asegura que la OTAN desea ofrecer apoyo estratégico a los países candidatos, Georgia y Ucrania, y participar activamente a la formación de las fuerzas navales de la región. Sin olvidar, claro está, la organización y participación en maniobras navales conjuntas con las escuadras turca, búlgara y rumana.

Más edificante fue, sin embargo, la declaración de la representante norteamericana ante la OTAN,  Kay Bailey Hutchison, quien explicó que el objetivo final del paquete de medidas  consistía en  contrarrestar la influencia de Rusia en el mar Negro.  Recordemos que la reunión ministerial de la capital de los Estados Unidos coincidió con la celebración en las aguas del antiguo lago turco de un aparatoso ejercicio naval en el que participó una veintena de buques de guerra de la Alianza.
  
Esta vez, la réplica de Moscú fue tajante. Rusia responderá "proporcionalmente" al aumento de la presencia militar de la OTAN en el Mar Negro, manifestó el viceministro de Asuntos Exteriores, Alexander Grushko, haciendo especial hincapié en el hecho de que la presencia de embarcaciones pertenecientes a la Alianza constituye una amenaza para la estabilidad de la región.

Si la OTAN decide incrementar su presencia en el Mar Negro, Rusia puede contrarrestar fácilmente su poderío, estima el estratega moscovita Konstantin Sivkov, quien añade que  los submarinos de última generación y los sistemas lanzamisiles pueden trasladarse desde otros teatros de operaciones. Si fuera realmente necesario, las escuadrillas de aviación podrían agruparse en las bases de Krasnodar y Crimea. Si a ello se suma la presencia de sistemas balísticos Bal y Bastion, los elementos persuasorios serían más que suficientes, sostienen los militares rusos.

Alea iacta est. El nuevo frente está abierto. Curiosamente, ambos bandos utilizan las mismas expresiones: amenaza, expansión, estabilidad, seguridad.

Si se les ocurre buscar referencias en el refranero, encontrarán una respuesta más bien alarmante: Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe…