viernes, 30 de abril de 2010

Chipre: misión imposible

En agosto de 1974, pocos días después de la segunda intervención del ejército turco en la isla de Chipre, coincidí en el Hilton de Nicosia con el enviado espacial de las Naciones Unidas en la zona, un diplomático latinoamericano al que se le conocía como míster Pérez. A mi pregunta sobre las perspectivas de una solución negociada del conflicto entre las dos comunidades – los greco y los turco chipriotas - me respondió lacónicamente: “Deje que solucione este asunto; luego hablamos”. Años más tarde, al abordar con el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar (¡míster Pérez!) la cuestión de las poco fructíferas gestiones llevadas a cabo por el organismo internacional en el minúsculo país mediterráneo, se limitó a poner cara de póker. No hay nada peor para un diplomático que el hecho de tener que confesar su frustración.
Este extraño episodio volvió a mi mente hace unos días, tras la elección del nacionalista Dervis Eroglu en el cargo de Presidente de la República Turca del Norte de Chipre, entidad autoproclamada en 1983, que sólo cuenta con el reconocimiento de las autoridades de Ankara. El político nacionalista se alzó con la victoria en un reñido combate con el Presidente saliente, el izquierdista Mehmet Alí Talat, partidario del diálogo entre las dos comunidades, que tenía, al menos aparentemente, la ventaja de sintonizar con el actual Presidente de la República de Chipre, Demetrios Christofias. Sin embargo, el retraso en las consultas intercomunitarias, la escasa voluntad de los grecochipriotas de finalizar las negociaciones en 2009, como previsto, erosionaron la ya de por sí difícil postura de Talat. Su sucesor parece menos propenso a fomentar el diálogo con los grecochipriotas, a apostar por la reunificación de la isla.
Desde 1977, fecha en la cual dio comienzo el diálogo político entre las dos comunidades, se ha barajado siempre la opción de un Estado bi-zonal, de una federación binacional. Sin embargo, la casi totalidad de las propuestas presentadas durante las tres últimas décadas ha tropezado con la negativa de una de las partes. Lo aceptable para los griegos resultaba completamente inviable para los turcos y viceversa. El Plan Annan, último intento de acercamiento ideado por el antiguo Secretario General de la ONU, contó con la aprobación de los turcochipriotas y… el rechazo frontal de la comunidad griega. Conviene recordar que la solución del conflicto era una condición sine qua non para la integración de la isla en la Unión Europea. Aún así, la República de Chipre pasó a formar parte de la UE en mayo de 2004, trasladando la cuestión de los Estados divididos a los miembros del “club de Bruselas”. A los quebraderos de cabeza de los “eurócratas” se sumaba, pues, un nuevo dilema: Chipre es miembro de la UE, pero no pertenece a la OTAN. La República Turca del Norte, donde se hallan acantonados decenas de miles de militares turcos, forma parte indirectamente de los territorios controlados por la Alianza Atlántica, pero no guarda relación oficial alguna con la UE. Detalle interesante: ambas organizaciones regionales desean aprovechar al máximo el potencial geoestratégico y económico del pequeño país mediterráneo.
Pero hay más: de la solución del conflicto depende el provenir de las consultas entre Ankara y Bruselas, el cada vez más hipotético ingreso de Turquía en la Unión Europea. El Gobierno turco tiene interés en la reanudación de los contactos entre Eroglu y Christofias, cuando no en la posibilidad de abrir una vía de negociación directa con las autoridades de Atenas. Hoy por hoy, la clave del problema estriba en la voluntad de los grecochipriotas de rebajar el listón de sus exigencias. Ello sólo será posible mediante la intervención de Grecia o de la puesta en marcha de una ofensiva diplomática de Bruselas.
Es obvio que las autoridades griegas no están en condiciones de ejercer presiones sobre el Gobierno de Nicosia. Queda, pues, la opción comunitaria. Si Bruselas logra acabar con las reticencias de Turquía de abrir su espacio aéreo y sus instalaciones marítimas a los transportistas grecochipriotas, los obstáculos que frenan el entendimiento entre las dos comunidades de la isla podrían desaparecer. Pero de ahí a vaticinar el final del conflicto…

viernes, 9 de abril de 2010

Moscú y el "emirato del Cáucaso"

Los recientes acontecimientos de Kirkizistán lograron eclipsar el impacto político y mediático de los sangrientos atentados del metro de Moscú. Sin embargo, los politólogos que siguen de cerca los cambios registrados en los territorios de la antigua URSS durante las dos últimas décadas no dudan en aludir a la posible conexión entre la actuación de las llamadas “viudas negras”, jóvenes kamikaze dispuestas a sacrificarse para la mayor gloria del Islam y la proliferación de los síntomas de desestabilización política en la región del Cáucaso. Cabe preguntarse, pues: ¿es el radicalismo islámico una auténtica amenaza para las ex repúblicas soviéticas de Asia?
Hace ya más de tres lustros, tras el desmembramiento de la Unión Soviética, los estrategas de Moscú pidieron ayuda a sus colegas occidentales para evaluar conjuntamente la peligrosidad, ficticia o real, de los movimientos islámicos en Asia. Huelga decir que en aquel entonces la insistencia de los rusos resultaba bastante sorprendente. Sabido era que Moscú tuvo que retirar sus huestes de Afganistán después de varios años de arduos y poco fructíferos combates; unos combates que provocaron el desgaste del Ejército Rojo y la justificada desesperación de la cúpula militar soviética. Pero la humillación provocada por la derrota era sólo la parte visible del iceberg: durante la década de los 80, muchos soldados procedentes de las regiones musulmanas del imperio soviético acabaron haciendo suyo el ideario de los guerrilleros islámicos. Tras el abandono de las tierras afganas, el combate se trasladó a los confines asiáticos de la URSS, cuyos pobladores reclamaban la vuelta al hasta entonces prohibido mahometanismo. Los dirigentes del Kremlin no tuvieron más remedio que hacer concesiones. Las escuelas religiosas volvieron a funcionar, divulgando sin embargo versiones expurgadas del Corán. Aún así, la manipulación de los sentimientos religiosos acabó convirtiéndose en un arma de doble filo. Los antiguos “soldados del Islam”, combatientes de las brigadas internacionales creadas por el multimillonario saudí Osama Bin Laden, no tardaron en adueñarse de algunos feudos caucásicos. Chechenia fue el primer baluarte de un amplio y ambicioso proyecto islamista: el futuro “emirato del Cáucaso”.
Pese a los esfuerzos de los servicios secretos moscovitas, los sucesivos gobiernos pro-rusos instaurados en Grozny fueron incapaces de frenar el avance de los insurgentes. Después del espectacular secuestro que tuvo por escenario el teatro moscovita de Dubrovka, operativo en el que perdieron la vida más de 180 personas, los rebeldes chechenios ocuparon manu militari la escuela primaria de Beslan. El ataque se saldó con más de un centenar de muertos, en su gran mayoría, alumnos del colegio.
Si bien es cierto que en ambos casos las unidades especiales de lucha antiterrorista lograron neutralizar a los rebeldes, el sangriento desenlace llevó el agua al molino de los rebeldes. Los terroristas fallecidos en los operativos de rescate se convirtieron en “mártires del Islam” es decir, exactamente lo que perseguía el movimiento radical del Cáucaso.
Los dirigentes rusos no llegaron a comprender el mensaje de los islamistas y, al parecer, aún están lejos de apreciar en su justo valor las motivaciones de quienes desean reproducir el experimento afgano en otros lugares de la geografía caucásica. En resumidas cuentas, el peligro subsiste y se está convirtiendo en una amenaza de gran envergadura. Y no sólo para los gobernantes del Kremlin, empeñados en emplear la fuerza como único recurso en la lucha contra los radicales del Cáucaso, sino también para los demás países de la zona, donde el islamismo parece haber adquirido carta de naturaleza.

jueves, 18 de marzo de 2010

Siria - entre Alá y Obama

Han pasado casi diez años desde aquel cálido día de julio de 2000, cuando el “General Doctor” Bashar el Assad asumía oficialmente el cargo de Presidente de Siria, heredado de su padre, el mítico e incombustible Hafez el Assad, al que los árabes habían bautizado "el león de Damasco”. El clamor popular acompañó la ceremonia de entronización del Doctor Bashar, digno exponente de las llamadas “dinastías republicanas” de Oriente Medio, novedoso sistema de gobierno ideado y promovido por los dinosaurios de la política regional: Hosni Mubarak, Mummar al Gaddafi, Hafez el Assad, muy propensos a entregar las riendas del poder a sus respectivos retoños.
“Alá, Siria y Bashar”, coreaban las masas en la capital siria. “Alá, Siria y Bashar”. Pero el escepticismo reinaba en las capitales occidentales, donde ejércitos de politólogos y analistas adscritos a los servicios de inteligencia desconfiaban de los dotes de mando del joven oftalmólogo educado en el Reino Unido. Y ello, haciendo caso omiso del hecho de que durante más de un año el cachorro de el Assad estuvo encargado de controlar las transacciones de divisas de Damasco, de supervisar la presencia militar siria en el Líbano y de dirigir las unidades especiales encargadas de velar por la seguridad del régimen. Todo ello, antes de convertirse en… comandante en jefe del ejército y (único) candidato a la vicepresidencia del país.
Al asumir la jefatura del Estado, Bashar el Assad tuvo que afrontar numerosos retos. En el plano regional, había que redefinir la política de Damasco frente al vecino libanés, reactivar los siempre discretos contactos con Israel y tratar de normalizar las relaciones con los Estados Unidos, cuyos gobernantes habían colocado a Siria en la lista negra de los Estados terroristas.
En el plano interno, se trataba de liberalizar las estructuras sociopolíticas, de llevar a cabo la modernización la industria, liberalizar el sistema de producción, librar una guerra sin cuartel contra la corrupción generalizada. ¿Misión imposible? Los británicos, que tuvieron ocasión de conocerle mejor durante su estancia en el Reino Unido, aseguraban que el nuevo líder sirio era un hombre “modesto”, “inteligente” y “reformista”. Sin embargo, los norteamericanos lo tachaban de “ingenuo”, e “incapaz de asumir el poder” en un país con un sinfín de problemas internos, difícil de gobernar en el umbral del siglo XXI. Las sospechas de los estadounidenses se fueron acentuando después de los atentados del 11 de septiembre, cuando Siria pasó a convertirse para el entonces inquilino de la Casa Blanca en un problema regional, en el patrocinador de los movimientos terroristas de Líbano y/o Irak. De hecho, la Administración Bush no dudó en afirmar que las inexistentes armas de destrucción masiva de Saddam Hussein habían sido trasladadas al territorio sirio, donde esperaban una orden del tirano para golpear a Occidente. Sabido es que las armas no aparecieron; Siria se tornó, sin embargo, en refugio de centenares de miles de exiliados iraquíes, que abandonaron sus hogares ante el avance de las tropas de la coalición.
En los primeros años de su mandato, Bashar el Assad trató de introducir una serie de cambios en le país; tropezó con una fuerte reacción por parte de la sociedad siria. Ante el desconcierto provocado por su política reformista, no le quedó más remedio que afianzarse en el poder, tratando de mejorar la imagen del régimen a nivel internacional. Logró su meta tras la llegada al poder de Barack Obama, quien optó por sacar a Damasco del aislamiento.
Subsiste el interrogante: ¿tratará Bashar de negociar la paz con los políticos de Tel Aviv? No hay que olvidar que durante décadas Siria se enorgulleció de se el “baluarte de la lucha contra el enemigo sionista”. En los últimos años de su vida, Hafez el Assad no descartó la posibilidad de firmar la paz con Israel, dejando bien claro que el precio exigido por Damasco iba a ser muy elevado.
Para el Doctor Presidente Bashar, los parámetros del problema son, al menos aparentemente, distintos. ¿Confiar en los políticos hebreos? Hace una década, el Gobierno de Ehud Barak logró defraudar a Siria al filtrar a la prensa un documento confidencial: el borrador final de un acuerdo de paz que estaba a punto de materializarse.
¿Volver a confiar en el establishment de Tel Aviv. Hoy por hoy, el precio de la “traición” parece demasiado elevado. Pero en Oriente Medio todo es fluctuante…

viernes, 12 de marzo de 2010

Israel - ¿el mejor amigo de Washington?


La reciente visita del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, al escenario del conflicto israelo-palestino logró poner punto final a la euforia generada por el histórico discurso pronunciado hace un año por Barack Obama en la Universidad de El Cairo. En aquel entonces, tanto los círculos progresistas del mundo árabe como los analistas occidentales apostaron por una posible y, desde luego, deseable apertura de la Administración estadounidense hacia el archidemonizado mundo musulmán, por una lenta normalización de las relaciones entre el gigante norteamericano y la variopinta sociedad islámica. Sin embargo, la amenaza de atentados contra objetivos civiles estadounidenses ideados por grupúsculos radicales contra objetivos norteamericanos, llevó a un inesperado cambio de la postura dialogante de Washington, a un endurecimiento de la retórica de Obama ante el peligro potencial del llamado “terrorismo islámico”. Curiosamente, la reacción del actual inquilino de la Casa Blanca ante el atentado frustrado del 25 de diciembre de 2009 en Detroit, recordaba extrañamente el lenguaje empleado por su antecesor, George W. Bush, al aludir a las opciones radicales del Islam militante. Lejos quedaban las buenas palabras de la capital egipcia, la “mano tendida” a la sociedad árabes, a los distintos sectores del Dar al Islam.
Entre los que no dudaron en criticar el discurso de Obama figuraban los políticos israelíes, persuadidos, desde el primer momento, que el máximo dignatario estadounidense pecaba por… ingenuo. Tel Aviv no escatimó críticas, entremezcladas con llamadas de atención a la Casa Blanca; un extraño goteo de lamentos sobre la mala fe de los “sanguinarios” dirigentes de Hamas, el revanchismo de las milicias pro-iraníes de Hezbollah, el peligro nuclear encarnado por la República Islámica de Irán, etc. Lo que en realidad exigía Israel era acabar con ese estado de cosas, poner un poco de orden en la región, volver al statu quo existente antes del 11-S. Pensaban los estrategas de Tel Aviv que el nuevo presidente de los Estados Unidos constituía un “estorbo”, tal vez el mayor, para sus planes de cambiar la faz de Oriente Medio.
Las relaciones entre el actual inquilino de la Casa Blanca y el establishment hebreo se han caracterizado siempre por la falta de diálogo. En realidad, sólo se puede hablar de… dos monólogos, de discursos contradictorios, disonantes. Y ello, pese al deseo de la Administración Obama de allanar el camino hacia el entendimiento en la zona. La postura de Washington frente al régimen sirio muestra claramente el deseo de reducir la conflictividad en la zona, sentando nuevas bases para la concertación a escala regional. Asimismo, la insistencia del ejecutivo estadounidense de acelerar la retirada de Irak, refleja una inflexión ideológica, destinada ante todo a acabar con los obstáculos que entorpecen las relaciones con los llamados “Estados moderados” (léase pro-occidentales) del mundo musulmán.
Sin embargo, estos gestos no han hallado una contrapartida en la política del Estado judío, empeñado en proseguir la colonización a pasos agigantados de Cisjordania y Jerusalén oriental. De hecho, el Gobierno de Benjamín Netanyahu aprovechó la visita de Biden para hacer públicos sus planes de edificar 1.600 viviendas en Jerusalén Este. Un gesto éste tachado inmediatamente de “ilegal” por el vicepresidente de los Estados Unidos, cuyas declaraciones se convirtieron en un foco de tensión entre las dos capitales. Pero la tormenta acabó, en menos de 24 horas, con un espectacular pronunciamiento de Joe Biden, quien reconoció públicamente que “Israel era el mejor amigo de los Estados Unidos”.
¿Y los palestinos? Huelga decir que antes y durante la gira del vicepresidente, los medios de comunicación occidentales insinuaban, cuando no aseguraban, que el presidente de la ANP, Majmud Abbas, barajaba la posibilidad de restablecer un diálogo “indirecto” con Israel. El propio dignatario palestino se vio obligado a puntualizar: sólo se contemplan negociaciones con los israelíes sobre la congelación de la actual política de asentamientos ilegales. En cuanto al verdadero diálogo, sólo podrá materializarse tras un cambio radical en la postura de Tel Aviv.
En resumidas cuentas: nada nuevo bajo el sol. ¿Nada nuevo? Sí, algo parece haber cambiado. La Administración Obama modera sus críticas hacia Israel, a la vez que sigue presionando a los palestinos para que reanuden los (estériles) contactos con el equipo de Netanyahu.
¿Nada nuevo? Sí, hay más; por vez primera, Washington reconoce el derecho de Israel a contrarrestar el peligro nuclear iraní. Fue este el deseo oculto de Ariel Sharon, partidario, en su momento, de un ataque aéreo contra el Irán de los ayatolás. A buen entendedor…

viernes, 26 de febrero de 2010

Los burócratas comunitarios, “héroes” por cuenta del contribuyente

La Comisión Europea, acusada por algunos sectores de la ciudadanía de despilfarro e ineficacia, ha decidido proceder a un extraño lavado de cara mediante la publicación, a comienzos del mes de febrero, de un tebeo que ensalza la labor del Departamento para Ayuda Humanitaria (ECHO), encargado de llevar a cabo las operaciones de socorro y reconstrucción.
La historieta, titulada La catástrofe oculta, es obra del dibujante belga Eric Bongers. Según el rotativo británico Sunday Telegraph, el coste total del proyecto – realización, edición de unos 311.000 ejemplares en cinco idiomas y su distribución en los colegios de los Estados miembros de la UE - asciende a la friolera de 250.000 Euros, procedentes de las arcas de la Comisión.
Los protagonistas de la historieta humanitaria son Max y Zana, empleados de ECHO enviados por Bruselas a Borduvia, un país imaginario azotado por un fuerte terremoto. Pese a las reticencias iniciales de las autoridades borduvianas, los “héroes” comunitarios logran contactar con el jefe de la guerrilla local, quien acaba aceptando la ayuda de la UE. Los socorros y los millones de euros llegarán, como por arte de magia, al país devastado, contribuyendo ¡cómo no! a la mejora de las condiciones de vida de la población. Un estado de cosas utópico, que nada que ver con los titubeos de la UE tras la catástrofe humanitaria de Haití.
Detalle interesante: el autor del tebeo se dedica a emplear a fondo la jerga comunitaria. Max y Zana parecen muy preocupados por “informar al Comisario, que tiene previsto presentar su informe ante el Parlamento Europeo”. Por si fuera poco, advierten a los jóvenes lectores que “al producirse catástrofes de esta índole, la solidaridad internacional se impone”.
La insólita iniciativa de la Comisión cuenta, sin embargo, con muchos detractores. El director de la Alianza de Contribuyentes Europeos, Matthew Elliot, no duda en tildar la historieta humanitaria de mero ejemplo de “propaganda política”, que recuerda la actuación de regimenes “corruptos e irresponsables”.
Huelga decir que no es esta la primera ni única acusación de despilfarro. El año pasado, el Parlamento Europeo exigió a la Comisión de Bruselas un mayor control de los fondos comunitarios. De hecho, se echó en cara al Ejecutivo la asignación de cantidades exorbitantes destinadas a costear las vacaciones de invierno de los hijos de los burócratas comunitarios, así como la aprobación de algunos proyectos un tanto estrafalarios, como por ejemplo la financiación de cursos de tango destinados a los… ciudadanos de Finlandia. En resumidas cuentas, un auténtico desastre presupuestario, que no humanitario.

viernes, 19 de febrero de 2010

La batalla de Jerusalén

En 1947, durante la primera guerra israelo-árabe, las tropas del entonces embrionario Estado judío trataron por todos los medios de adueñarse de la casi totalidad de los barrios modernos de Jerusalén. Fue la batalla más larga y más ardua de aquél enfrentamiento bélico entre hebreos y musulmanes. Al término de la ofensiva, las unidades de Tsahal lograron hacerse con el control de la mitad de la urbe. Sin embargo, el mítico Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado de los hebreos, permaneció baja la tutela de los monarcas jordanos.
Desde la famosa “línea verde” que dividía la ciudad, los israelíes podían contemplar las cúpulas del Santo Sepulcro y de la mezquita de Al Aksa, lugares de culto de las otras dos religiones monoteístas – cristianismo e Islam – pero no lograban entrever siquiera los santos lugares hebreos. La situación dio un vuelco espectacular en 1967, tras la “guerra de los seis días”, cuando el ejercito judío se apoderó del sector oriental de Jerusalén. Después de sentir el tacto de las milenarias piedras del Muro, políticos y estrategas hebreos afirmaron rotundamente que la ciudad “reconquistada” formará parte para siempre del Estado de Israel.
Los intentos de convertir Jerusalén en la capital “eterna e indivisible” del Estado judío tropezaron, sin embargo, con un sinfín de reticencias por parte de las naciones que mantienen relaciones diplomáticas con Tel Aviv. De hecho, ninguna de las grandes potencias occidentales se decantó por trasladar su embajada a Jerusalén. Sólo un puñado de países pequeños aceptó el ofrecimiento de “emigrar” a la Ciudad Santa; las autoridades judías se hicieron cargo del… alquiler de sus respectivos locales diplomáticos.
Este estado de cosas obligó al establishment político israelí a abrir un nuevo frente: el de los espectaculares hallazgos arqueológicos. Desde hace más de tres lustros, las excavaciones históricas se han convertido en un nuevo arma de los conservadores judíos. Las huellas arqueológicas se utilizan para reivindicar derechos “bíblicos”. No hay que extrañarse, pues, si algunos científicos israelíes insinúan, medio en broma, medio en serio, que su profesión padece el “síndrome de Jerusalén”, ese trastorno psíquico que suele afectar a los peregrinos y que se manifiesta por una extraña y aguda obsesión religiosa.
Una de las últimas manifestaciones de este mal es, al parecer, el descubrimiento o, mejor dicho, la creación de la llamada “Ciudad de David”, un asentamiento – parque temático creado por la misteriosa empresa “Eldad”, dirigida por David Beeri, antiguo miembro de los comandos especiales del ejército judío. La compañía, que cuenta con el apoyo político del Gobierno de Israel y del Ayuntamiento de Jerusalén, está financiada por un grupúsculo de potentados rusos, entre los que figura, según los medios de comunicación estadounidenses, el multimillonario Román Abramovich, dueño del club de fútbol británico Chelsea.
Resulta sumamente difícil obtener la lista de socios de “Eldad”, que ha logrado en menos de dos décadas, adquirir alrededor del 60 por ciento de los terrenos y los edificios de la aldea palestina de Silwan, situada en las inmediaciones del Muro de las Lamentaciones. Hace unos años, cuando las autoridades municipales trataron de expropiar a los propietarios de 80 viviendas de Silwan, la fuerte presión internacional logró frenar las maniobras de los colonos. Sin embargo…
Estiman los arqueólogos judíos, entre los que también figuran algunos altos cargos de la Autoridad Estatal de Monumentos Arqueológicos, que sería sumamente difícil afirmar que la “Ciudad de David” está edificada junto a las ruinas del palacio del monarca, ubicado casualmente en las inmediaciones de la cisterna de Siloah donde, según el Nuevo Testamento, Jesús curó a un ciego.
Conviene señalar que los israelíes no son los únicos protagonistas de esta paranoica batalla por el suelo y subsuelo de Jerusalén. En 1999, la Autoridad Religiosa Islámica ordenó la construcción de una mezquita subterránea bajo de la Explanada de Templo (o de las Mezquitas), para “borrar” las huellas de la existencia del Templo de Salomón. Ello sucedió en una época en la que las banderas israelíes empezaron a flotar sobre los edificios emblemáticos de la Jerusalén árabe. Los musulmanes intentaron contrarrestar la ofensiva judía, pero sin éxito.
¿Y los cristianos? Hoy por hoy, tanto los hebreos como los mahometanos parecen dispuestos a… tolerarlos. Al menos, aparentemente.

martes, 12 de enero de 2010

Crisis en las relaciones Turquía - Israel

La extraña, la difícilmente explicable “luna de miel” entre los Gobiernos de Turquía e Israel parecía haber llegado a su fin hace unas semanas, cuando las autoridades de Ankara decidieron vetar la participación de la fuerza aérea israelí en unas maniobras regionales de la OTAN. El incidente se produjo tras más de una década de fructífera colaboración estratégica entre los dos ejércitos; una alianza que llegó a generar suspicacias o provocar la ira de muchos oficiales de Estado Mayor de los países árabes, poco propensos a comprender el porqué de la insólita actuación de sus colegas otomanos.
Actualmente, los lazos establecidos a mediados de los años 90 por los estamentos castrenses de las dos únicas democracias del Cercano Oriente, definición ésta acuñada en los despachos oficiales de Washington, están registrando un grave deterioro. Estiman los politólogos y los estrategas israelíes, que ello se debe ante todo a la opción “populista” del Gobierno de Recep Tayyip Erdogan, destinada a contentar a las bases del islamista Partido para la Justicia y el Desarrollo que lidera el Primer Ministro. Siempre según los centros de análisis hebreos, el actual jefe del Gobierno turco, que procede del movimiento radical Milli Gorus, conocido por su ideario antisionista, ha decidido volver a sus raíces, adoptando una postura capaz de complacer a los regimenes más radicales de la zona. Lo cierto es que los israelíes jamás confiaron plenamente en Erdogan. Y ello, pese al pragmatismo del Primer Ministro turco, quien supo compaginar su alianza de facto con los Estados Unidos durante la guerra de Irak con los guiños, cuando no gestos de simpatía, dirigidos hacia el mundo árabe-musulmán, ultrajado por la presencia de tropas occidentales en tierras del Islam. Otro detalle constructivo que llamó la atención del establishment político judío fue la iniciativa de Ankara de llevar a cabo conversaciones de paz secretas con las autoridades de Damasco, siendo Israel el principal beneficiario de esta dinámica. Para algunos, se trataba de una maniobra más, ideada con miras a fortalecer el papel de Turquía como potencia regional emergente. ¿Sólo una maniobra? Desde hace más de tres lustros, los sucesivos Gobiernos de Ankara han hecho todo lo que estaba en su poder para favorecer, a través de sus relaciones regionales, los intereses occidentales –tanto estadounidenses como europeos - en la zona. A la normalización de los contactos con Siria se sumó recientemente la operación sonrisa hacia las autoridades de Armenia, país que no desaprovecha ninguna oportunidad para recordar el genocidio de 1915. Pero los otomanos, que rechazaron sistemáticamente las acusaciones de la comunidad internacional, parecen empeñados en crear un clima que permita a los dos pueblos “pasar página”. Algo de por sí inimaginable hace apenas unos años, cuando la joven república armenia trató de resucitar los viejos fantasmas del pasado.
Otro detalle significativo fue la decisión del Gobierno turco de sellar un pacto de no agresión con las autoridades de Bagdad, comprometiéndose Ankara a renunciar a las incursiones de su ejército en el Kurdistán iraquí, a la vez refugio y paraíso de los guerrilleros del PKK, controlado por numerosos “expertos” de la CIA, a los que se sumaron en los últimos años agentes de los servicios de inteligencia de Tel Aviv. Todo parecía presagiar, pues, un largo período de convivencia pacífica entre la nueva clase política turca y los principales aliados occidentales de Ankara: Norteamérica e Israel.
El deterioro de las relaciones con el establishment hebreo empezó tras la última intervención israelí en el Líbano; un conflicto que erosionó el prestigio militar de Israel y provocó una oleada de protestas a escala internacional. El operativo bélico llevado a cabo hace un año por el ejército judío contra la Franja de Gaza, sólo sirvió para empeorar la imagen del Estado judío tanto en el mundo musulmán, al que Turquía pertenece, como el las capitales occidentales. El Primer Ministro Erdogan llegó a poner en tela de juicio la sinceridad de sus interlocutores israelíes quienes, a través del lobby judío de Washington, se dedicaban a desprestigiar al Partido para la Justicia y el Desarrollo ante los miembros del Congreso de los Estados Unidos. Por su parte, los miembros del Gobierno de Tel Aviv le echaron en cara al Primer Ministro turco el hecho de haber recibido con honores reservados a los jefes de Estado a los emisarios del movimiento islamista Hamás, que figura en la lista negra de organizaciones terroristas aceptada por los países miembros de la OTAN.
Fuera del ámbito meramente político, las relaciones bilaterales reflejan un desencanto mutuo. Durante los primeros nueve meses de 2009, las exportaciones israelíes hacia Turquía registraron una disminución del 44 por ciento. Paralelamente, el número de turistas judíos acusó un descenso del 45 por ciento en comparación con el año 2008. ¿Son estos los primeros síntomas de un antisemitismo latente? No, en absoluto; Turquía jamás no ha sido (ni es) un país antisemita.
Sin embargo, la era fría (aún es prematuro hablar de la guerra fría) favorece el desarrollo de los contactos con los países árabes y musulmanes de la zona. Entre 2003 y 2009, los intercambios comerciales de Turquía con el mundo árabe han experimentado un aumento del 13,1 por ciento, mientras que el flujo de turistas árabes e iraníes registra un crecimiento del 13,4 por ciento. Si a ello se suman los recientes roces a nivel militar, cabe preguntarse: ¿Quo vadis, Turquía? Aunque también sería lícito añadir: ¿Quo vadis, Israel?