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miércoles, 8 de febrero de 2017

Trump: de la islamofobia al caos


“Viaje a los Estados Unidos mientras todavía se lo permiten”. El anuncio, publicado recientemente por los rotativos de Amman, formaba parte de una agresiva campaña publicitaria de Royal Jordanian, compañía de bandera del reino hachemita, que se adelantaba, en clave de humor, a la orden ejecutiva de la Casa Blanca que prohíbe la entrada en suelo americano a titulares de pasaportes sirios, iraquíes, libios, somalíes, sudaneses, yemenitas e iraníes. Se trata de en los que el empresario-presidente no tiene intereses económicos. La controvertida decisión de Trump no afecta, al menos por ahora, a los ciudadanos de Egipto, Arabia Saudí, Líbano, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Turquía. Aunque la orden ejecutiva haya sido suspendida por un juez estadounidense, la medida abrió viejas heridas. Recordemos que después de los atentados del 11 S el mundo musulmán acusó a la Administración Bush de llevar a cabo una política antiárabe.  Los asesores de la Casa Blanca tuvieron que rectificar: no se trataba de censurar al Islam, sino de condenar la actuación de los “islamistas”. Sin embargo, se les olvidó añadir la palabra “radicales”.

Tanto George W. Bush como Barack Obama trataron de disociar – por razones tal vez diametralmente opuestas - las palabras Islam y terrorismo. El republicano fue aconsejado por sus asesores, vinculados a los intereses de las grandes compañías petrolíferas. Por su parte, Obama pecaba por su incomprensible buenismo, actitud que generó roces con algunos gobernantes árabes. Ninguno de los dos fue capaz de articular propuestas de paz coherentes para Oriente Medio. Ninguno de los dos logró granjearse la simpatía de las partes en el conflicto. ¿Y Donald Trump?

La monarquía saudí, que acogió con satisfacción la llegada del multimillonario a la Casa Blanca, confiando en que Trump dejará de coquetear con el régimen de los ayatolás de Teherán o de apoyar los movimientos revolucionarios mimados por Obama, el Presidente Trump se torna en un aliado bastante molesto. Las conflictivas medidas adoptadas durante los primeros 10 días de su mandato han generado reacciones adversas en el mundo musulmán.

Mientras la Organización de Cooperación Islámica, con sede en la Meca, estima que la ordenanza de Trump afecta de manera injusta a los refugiados, favoreciendo el discurso de los extremistas, partidarios de la violencia terrorista, el monarca saudí, Salman bin Abdul Aziz al Saud, trató de persuadir al inquilino de la Casa Blanca sobre la necesidad de crear “zonas de seguridad” para las poblaciones desplazadas en los confines de Siria y Yemen. En ningún momento se aludió a la posibilidad de acoger refugiados en suelo saudí. ¿Escasez de infraestructuras? No, en absoluto: falta de voluntad política.

El presidente egipcio, Abdel Fattah al Sisi, primer mandatario árabe que felicitó a Trump tras su elección, instó al Presidente norteamericano a reconsiderar la decisión de trasladar la sede de la Embajada de los Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Idéntico fue el mensaje transmitido por el rey Abdallah II de Jordania, uno de los primeros dignatarios recibidos en la Casa Blanca. Conviene señalar que la monarquía jordana ostenta la custodia de los santos lugares musulmanes jerosolimitanos.

“Inquietud” y “desconfianza” son las palabras que acompañan en discurso de los políticos yemenitas o los nacionalistas kurdos, quienes contaban con el apoyo de Washington para la materialización de su proyecto independentista.

Para el Presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, valedor del candidato republicano a la Casa Blanca, el discurso del Empresario-Presidente tiene connotaciones “molestas”. Más directa y sincera ha sido la reacción del Primer Ministro Binali Yildirim, quien criticó abiertamente la iniciativa de Trump de edificar un muro en la frontera con Méjico: “Se puede construir un muro, pero no es esta la solución. Los muros se pueden derribar, al igual que el Muro de Berlín”.

Los palestinos acogieron con estupor el nombramiento de Jared Kushner, yerno de Trump, en el cargo de negociador del proceso de paz con los israelíes. La familia de Kushner, judío ortodoxo, tiene intereses económicos en los territorios ocupados. En esas circunstancias, la objetividad resultaría más que hipotética.

¿Objetividad? La mayoría de los analistas coincide en que la Islamofobia se ha convertido en el eje de la política de Trump contra el terrorismo.  La islamofobia, es decir, el deseo de relacionar forzosamente en Islam con el terrorismo, surge en los círculos conservadores estadounidenses tras los atentados del 11 S.  Basada en el concepto del choque de civilizaciones elaborado por Samuel Huntington, la islamofobia desarrolla la teoría de que la lucha contra el Islam puede implicar la intervención armada, la aplicación de los métodos de lucha elaboradas por Israel, el apoyo a los regímenes autocráticos árabes, la legalización de la tortura, la limitación de la libertad de movimiento de los musulmanes, la limitación de los derechos y libertades fundamentales, que acompañarían  la introducción de medidas “securitatrias” en el mundo occidental.

Conviene recordar que el propio Trump se pronunció, durante la campaña electoral, a favor de la prohibición total del ingreso de los musulmanes en los Estados Unidos, alegando que el Islam es radical y que, a la hora de la verdad, “no sabemos quiénes son los musulmanes que quieren entrar en el país”.

Los asesores del Presidente, Stephen K. Bannon, Michael Flynn, Jeff Sessions, Frank Gaffney, John Bolton, etc. defienden las tesis de Huntington y aplauden las recientes medidas de Trump, que se inscriben, según ellos, en la “larga historia de la civilización judeo-cristiana de lucha contra el Islam”.  Para Flynn, “Occidente, y de manera especial, América, es más civilizada y respeta más los valores éticos y morales”.

“Estamos en guerra; en una guerra global”, asegura Stephen K. Bannon, la eminencia gris de la Casa Blanca, que muchos no dudan en tachar de racista y antisemita.
Para Asma Afsaruddin, profesora de Estudios Islámicos en la Universidad de Indiana y directora del Centro para el Estudio del Islam y la Democracia, las decisiones de Donald Trump son susceptibles de generar un enfrentamiento entre musulmanes y la cultura occidental.

En pocas palabras: el caos está servido. 

viernes, 17 de octubre de 2014

El Estado 194


Sucedió hace más de un cuarto de siglo; el 15 de noviembre de 1988. Desde la ventana de mi morada de Jerusalén, contemplaba las murallas de la Ciudad Vieja, las casitas del silencioso y mortecino vecindario árabe. El viejo radiorreceptor sintonizaba una emisora extranjera: Radio Argel. De pronto, oímos la voz de Yasser Arafat, anunciando solemnemente: “…proclamamos hoy la creación del Estado Palestino en los territorios de Cisjordania y Gaza…” Media docena de cohetes blancos iluminaron el cielo de la Ciudad Tres Veces Santa. No, no hubo festejos en los barrios árabes de Jerusalén; la ciudad estaba sitiada. Un millar de policías y soldados velaban por el mantenimiento del orden público.

Unas semanas antes de la solemne proclamación de la capital argelina, el entonces Primer Ministro israelí, Itzak Shamir, no dudó en poner los puntos sobre las “íes”: There will never be a Palestinian state” (No habrá jamás un Estado palestino). Sus sucesores, Sharon,  Barak, Olmert y Netanyahu, permanecieron fieles a la “profecía” del adalid del Likud.

Sería sumamente difícil, cuando no presuntuoso, tratar de resumir en unas líneas esos 25 años de desencuentros, de errores políticos y fracasos diplomáticos, de levantamientos populares (intifadas) y operaciones militares, de la quimérica “luz al final del túnel” y las tinieblas que acompañaban a los ángeles de la muerte. Pero, ¿sería inútil recordar el sufrimiento, el dolor, la desesperación de quienes desconocen la paz, el amor al prójimo, la tolerancia? Desde 1948, palestinos e israelíes han sido condenados a vivir en un estado de guerra permanente. Los políticos encuentran siempre “pegas” para hacer las paces. Los pueblos…

La última ofensiva israelí contra la Franja de Gaza, tercera en seis años, arrojó un saldo de 1.500 civiles muertos, 110.000 palestinos desplazados, 26 colegios destruidos, 3 hospitales cerrados. Actualmente, unos 450.000 gazatíes no tienen acceso a agua corriente. Según las primeras estimaciones de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNWRA), los daños materiales ascienden a unos 8.000 millones de dólares. La conferencias de donantes celebrada el pasado fin de semana en El Cairo, finalizó con la promesa de entregar a la ANP la cantidad de 4.275 millones. Sin embargo, las contribuciones anunciadas por los participantes apenas ascendieron a unos… 2.000 millones de dólares. 
Estados Unidos se comprometen a aportar 212 millones de dólares (la ayuda económica y militar destinada a Israel asciende anualmente a alrededor de 2.000 millones), la Unión Europea donará 450 millones de euros, el emirato de Qatar prometió 790 millones de euros y Arabia Saudita, unos 400 millones. Recordemos que la conferencia fue copatrocinada por los Gobiernos de Egipto y… de Noruega.

A comienzos del mes de octubre, el nuevo Gobierno sueco sorprendió a sus socios comunitarios reconociendo “unilateralmente” la existencia del Estado palestino. La iniciativa provocó la ira de las autoridades de Tel Aviv, acostumbradas a controlar los movimientos diplomáticos del Viejo Continente, causando también un innegable malestar en Washington y en Bruselas. El Departamento de Estado norteamericano se limitó a recordar a los suecos que las naciones occidentales se habían comprometido a  llevar a cabo una política consensuada, que implicaba el no reconocimiento de Palestina antes de la (cada vez más) hipotética firma de un acuerdo de paz entre Israel y sus vecinos de los territorios ocupados. A su vez, la Comisión Europea lamentó el gesto poco solidario de las autoridades de Estocolmo, que habían caso omiso de la disciplina existente (impuesta) en el seno de la Unión. Conviene señalar, sin embargo, que otros Estados miembros de la UE – Eslovaquia, Hungría y Polonia – reconocieron el Estado palestino antes de adherirse al club de Bruselas.

Huelga decir que los temores de los “poderes fácticos” del planeta no carecen de fundamento. Contagiado por la valentía de los suecos, el Parlamento británico aprobó esta semana una resolución instando al Gobierno de su Graciosa Majestad a reconocer a Palestina. La iniciativa fue apoyada por 274 diputados y rechazada por... 12.


Queda por ver si esta oleada de desobediencia/hartazgo de los europeos encontrará su debido eco en las deliberaciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. En este caso, Palestina podría convertirse de aquí a finales del año, en el… Estado miembro número 194 de la ONU. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

Palestina: crónica de una victoria "contraproducente"


De “contraproducente” calificó la Administración estadounidense la decisión de la Asamblea General de Naciones Unidas de otorgar el estatuto de Estado observador a la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Aparentemente, la cúpula del Departamento de Estado considera que el éxito diplomático de la ANP obstaculiza el ya de por sí moribundo proceso negociador entre las instituciones de Tel Aviv y de Ramala, un diálogo relegado en un tercer plano por el Primer Ministro Benjamín Netanyahu, quien no dudó en tildar al Presidente Mahmúd Abbas de personaje “irrelevante”. Una táctica empleada en su momento por su predecesor (y mentor), Ariel Sharon, a la hora de rechazar cualquier contacto con el líder histórico de la OLP, Yasser Arafat.

Lo cierto es que el reconocimiento de la Autoridad Nacional Palestina por 138 Estados miembros de las Naciones Unidas, la “contraproducente” victoria de Abbas, pone de manifiesto del aislamiento de Israel y de su aliado estadounidense. Sólo nueve países apoyaron al Estado judío: Canadá, la República Checa, Panamá y las islas del Pacífico: Nauru, Tonga, Guam, etc.

Conviene recordar que la votación tuvo lugar un 29 de noviembre, exactamente 65 años después de la adopción por la ONU del plan de partición de Palestina. Como los árabes no aprovecharon la oportunidad para crear estructuras estatales en el territorio asignado por el entonces naciente foro internacional, los hebreos tardaron unos meses en proclamar unilateralmente el Estado de Israel. Hoy en día, las autoridades de Tel Aviv y sus aliados instan a los palestinos a renunciar a cualquier medida “unilateral”. ¿Incoherencia? No, en absoluto.

La nueva condición jurídica de Palestina podría facilitar el ingreso de la ANP en otros organismos internacionales. La perspectiva de que el equipo de gobierno de Ramala presente quejas contra Israel ante el Tribunal Internacional de la Haya provoca quebraderos de cabeza en Jerusalén y el Washington.

De “contraproducente” tachó la Administración Obama la decisión del Gobierno Netanyahu de construir otras 3.000 viviendas en los territorios ocupados y, más concretamente, en una zona cercana a Jerusalén y considerada “intocable” por los acuerdos israelo-palestinos. En este caso concreto, no se trata de un mero “castigo”, sino de una táctica deliberada, que consiste en acabar con la continuidad territorial de Cisjordania, impidiendo la creación de un Estado palestino. ¿Improvisación? No, no nos hallamos ante una decisión precipitada, sino de un plan cuidadosamente ideado por los políticos hebreos, al que se añaden otras medidas, como la confiscación de fondos palestinos destinados a pagar los sueldos de los funcionarios de Ramala.

A Israel le irrita la tenacidad de Abbas, su valentía a la hora de plantar cara al “establishment” hebreo, de lograr el hasta ahora impensable apoyo del movimiento islámico Hamás que, por una vez, se sumó a la ofensiva de la ANP. La perspectiva de un acercamiento entre los islamistas de Gaza y los laicos de Ramala, acabaría neutralizando la ofensiva propagandística de la clase política israelí, que hace hincapié en la incapacidad de los palestinos de solucionar sus problemas internos.

Pero hay más: a Netanyahu le preocupa el éxito obtenido por los palestinos apenas seis semanas antes de la celebración de las elecciones generales en Israel. Su partido sale debilitado del forcejeo de Nueva York y sus aliados laboristas parecen dispuestos a abandonar el navío. Aún así, cabe suponer que la derecha seguirá gobernando en Israel después de la consulta popular. Con una mayoría reducida y, por consiguiente, con un margen de maniobra más escaso.

De “contraproducente” califican los observadores internacionales el mutismo de la Casa Blanca ante las poco halagüeñas perspectivas de solución del conflicto. En Presidente Obama, que se pronunció hace un año a favor de la creación de un Estado palestino, debería poner los puntos sobre las “íes”, exigiendo a Hamás el reconocimiento formal de Israel y pidiendo a Netanyahu que renuncie a la creación del Gran Israel, proyecto que pondría en peligro la estabilidad de la región.

Al parecer, los coqueteos del actual inquilino de la Casa Blanca con los Hermanos Musulmanes no surten el efecto deseado. El malestar se está adueñando de la sociedad tunecina, de la calle egipcia. La cacareadas “revoluciones árabes” podrán convertirse en un arma de doble filo. Pero a Norteamérica el mundo árabe le queda lejos, muy lejos. Al menos, geográficamente…



viernes, 28 de enero de 2011

Palestina bien vale un "YaziLeaks"



En un mundo en el que la revelación de secretos oficiales vale su peso en oro (o en millones de dólares), alguien decidió que el mal llamado y peor llevado “proceso de paz” de Oriente Medio se merecía un pequeño escandalillo. Así podríamos resumir la iniciativa de la cadena de televisión catarí Al Yazira de publicar en su portal de Internet unos supuestos documentos confidenciales relativos a las negociaciones entre la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y el Estado de Israel. Los “papeles palestinos”, que los cataríes comparten con el rotativo británico The Guardian, parecen haber causado estupor en algunos círculos periodísticos, que desconocen los entresijos de las relaciones entre palestinos e israelíes. Merced a la ignorancia, el escándalo está servido. El que esto escribe prefiere emplear el vocablo “ignorancia”, sinónimo, en este caso concreto, de “mala fe”.

De hecho, el Yazileaks (variante catarí de WikiLeaks), se limita a reflejar, de manera meramente anecdótica, la sinuosa trayectoria de las negociaciones entre las dos comunidades, dirigidas por un árbitro poco imparcial – Estados Unidos – que desempeña gustosamente el papel de juez y parte en el proceso. De la lectura de los documentos queda constancia del escaso interés de las Administraciones norteamericanas en adoptar una postura ecuánime. En efecto, los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca tuvieron que claudicar ante la intransigencia israelí. Por su parte, los Secretarios de Estado llevaron una política de doble rasero, haciendo suyos los argumentos del establishment de Tel Aviv.

Pero vayamos por partes. Sorprende a los analistas de la cadena catarí la supuesta renuncia por parte de los negociadores palestinos a defender el derecho de retorno de los refugiados. Sin embargo, los documentos publicados hasta la fecha se hacen eco de la postura oficial de Israel durante y después de la Conferencia de Madrid, cuando la propuesta oficial de Tel Aviv contemplaba el retorno al territorio del Estado de Israel de unos 50 a 120.000 refugiados palestinos, en su gran mayoría, gente adinerada dispuesta a financiar proyectos empresariales bajo el paraguas hebreo. A ello se sumaba el desconcierto de la ANP, incapaz de concebir el reasentamiento en el exiguo territorio cisjordano de unos 2 a 4 millones de exiliados. El tema quedó, pues, pendiente debido a la incapacidad de ambas partes de hallar salidas airosas.

Tampoco las propuestas de un canje de territorios parece favorecer a los palestinos, quienes debían aceptar, a cambio de los barrios limítrofes de Jerusalén oriental, unos palmos de tierra desértica en el Néguev. ¿Contemplaba la ANP la posibilidad de ceder definitivamente la soberanía de los barrios árabes de Jerusalén al Estado Judío? La propuesta, formulada en reiteradas ocasiones por expertos de las dos comunidades, barajaba la posibilidad de una administración conjunta de la Ciudad Santa. En cuanto al control palestino sobre la Explanada de las Mezquitas se refiere, es preciso recordar que hace un par de décadas los estadistas hebreos parecían más propensos a negociar su traspaso a… la Corona wahabita. Pero las gestiones fracasaron; había que contentarse, en última instancia, con los interlocutores palestinos.

Al abordar el tema de la seguridad, conviene tener presente el hecho de que para los estrategas israelíes este concepto se aplica sola y únicamente a la población israelí. Los palestinos quedarían bajo “la tutela” del ejército hebreo.

Curiosamente, el único estadista israelí que logró desbloquear las consultas intercomunitarias fue el poco carismático Ehud Olmert, antiguo alcalde de Jerusalén, persuadido en su foro interno que la paz pasaba, forzosamente, por la convivencia. Su sucesor, Benjamín Netanyahu, ostensiblemente molesto por el camino recorrido durante el gobierno de Olmert, optó por hacer borrón y cuenta nueva, alegando que no hallaba interlocutores válidos en el bando palestino. Cuando Netanyahu lamenta la ausencia de interlocutores, se refiere obviamente a unos complacientes cipayos palestinos.

Pero hay más: durante el mandato de George W. Bush, se baraja la posibilidad de que Israel “traslade” a Cisjordania a ciudadanos árabes (israelíes) residentes en Galilea. ¿Sería este operativo de “limpieza étnica” un primer paso hacia el reconocimiento del carácter “judío” de Israel? El “YaziLeaks” no contesta a esta pregunta. Como tampoco ofrece respuestas claras a ningún interrogante relacionado con las luchas intestinas entre el sector laico de la ANP y los radicales de Hamás. Cabe preguntarse, pues: ¿a quién le favorece la filtración? Se aceptan apuestas/respuestas.

viernes, 9 de julio de 2010

"Hombres de paz"


Lo que sí resultó claro después de la última entrevista entre el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, celebrada esta semana en Washington, es que el dignatario hebreo ha logrado restablecer el difícil modus vivendi con la Administración norteamericana. Una relación muy especial, que se deterioró tras la llegada de Obama a la Casa Blanca y los guiños del dignatario estadounidense en dirección de los pobladores del mundo árabe-musulmán.
Conviene recordar que los israelíes jamás disimularon su animadversión hacia el político demócrata. Y no tanto por motivos meramente… étnicos (léase raciales), como por los antecedentes culturales de un presidente que aprendió a no hacer uso de su segundo nombre: Hussein. Para Tel Aviv, la simple presencia de Barack Hussein Obama en el Despacho Oval suponía un peligro potencial. Así lo dejaron entender los políticos hebreos durante sus giras por los Estados Unidos, en las entrevistas con miembros de la comunidad judía norteamericana o defensores incondicionales del Estado de Israel.
Para Netanyahu, al igual que para sus antecesores, la amplitud de mira del Presidente de los Estados Unidos equivale a una bomba de relojería. En efecto, Israel desconfía de los posibles resultados de la campaña lanzada por Obama para mejorar la imagen de Norteamérica en el mundo árabe, condición esta sine que non para restablecer el equilibrio estratégico en la región de Oriente Medio, sino también a raíz del escaso entusiasmo del Presidente a la hora de contemplar una posible intervención armada contra el “enemigo público número uno” del Estado judío en la zona: la República Islámica de Irán. De hecho, Obana resultó ser, al menos hasta la fecha, el dignatario norteamericano menos propenso a aceptar la idea de un ataque “preventivo” contra el país de los ayatolás. Un operativo que los israelíes reclaman desde hace años, sacando a relucir el fantasma de la hipotética bomba atómica persa.
Ficticia o real, la amenaza nuclear iraní se ha convertido en el lema y estribillo de todos los “hombres de paz” de Tel Aviv. Porque no hay que olvidar que el propio Netanyahu abandonó esta semana la Casa Blanca con el calificativo de “político preparado para hacer la paz” (¿con los palestinos?).
Huelga decir que “Bibi” Netanyahu no es el único político hebreo que goza de este dudoso privilegio. El primero en la lista de “hombres buenos” es ex Primer Ministro laborista, Ehud Barak, bautizado “el Pacificador” por los asesores de imagen catapultados a Tel Aviv por el Presidente Bill Clinton. Recordemos que durante el Gobierno de Barak, se registró un espectacular incremento de la población de los asentamientos judíos de Cisjordania. Un récord absoluto, que ningún Gobierno conservador logró batir.
La aportación de Netanyuahu al mal llamado “proceso de paz” israelo-palestino consiste en la “proeza” de vaciar de contenido, durante su primer mandato de Primer Ministro (1996-1999), los acuerdos de Oslo. El ex general Sharón, otro “hombre de paz”, según el ex Presidente Bush, fue el primer político hebreo en exigir la adopción de medidas contundentes contra Irán. Su prematura desaparición del escenario político frenó el fervor de los “neocons” de la Casa Blanca.
Tras la vuela al poder, en 2009, “Bibi” Netanyahu decidió insistir sobre la necesidad de acabar con la pesadilla nuclear iraní. Más aún; los estrategas israelíes pusieron fecha a la materialización del proyecto atómico de Teherán. Afirman que los ayatolás tendrán las primeras ojivas nucleares en menos de… 11 meses.
Hasta ahora, el Presidente Obama se limitó a hacer oídos sordos a la campaña de Tel Aviv. Sin embargo, algo parece haber cambiado en las últimas semanas, ya que los propios saudíes no descartan la posibilidad de “tolerar”, si necesario, la presencia en su espacio aéreo de cazabombarderos hebreos cuya misión sería… la destrucción de objetivos estratégicos iraníes.
A cambio, Netanyahu se ha comprometido ante el inquilino de la Casa Blanca iniciar “en breve” el diálogo directo con los palestinos. En resumidas cuentas, Bibi cambia su piel de lobo por un socorrido disfraz de… “hombre de paz”. ¿Otro “hombre de paz”?

viernes, 12 de marzo de 2010

Israel - ¿el mejor amigo de Washington?


La reciente visita del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, al escenario del conflicto israelo-palestino logró poner punto final a la euforia generada por el histórico discurso pronunciado hace un año por Barack Obama en la Universidad de El Cairo. En aquel entonces, tanto los círculos progresistas del mundo árabe como los analistas occidentales apostaron por una posible y, desde luego, deseable apertura de la Administración estadounidense hacia el archidemonizado mundo musulmán, por una lenta normalización de las relaciones entre el gigante norteamericano y la variopinta sociedad islámica. Sin embargo, la amenaza de atentados contra objetivos civiles estadounidenses ideados por grupúsculos radicales contra objetivos norteamericanos, llevó a un inesperado cambio de la postura dialogante de Washington, a un endurecimiento de la retórica de Obama ante el peligro potencial del llamado “terrorismo islámico”. Curiosamente, la reacción del actual inquilino de la Casa Blanca ante el atentado frustrado del 25 de diciembre de 2009 en Detroit, recordaba extrañamente el lenguaje empleado por su antecesor, George W. Bush, al aludir a las opciones radicales del Islam militante. Lejos quedaban las buenas palabras de la capital egipcia, la “mano tendida” a la sociedad árabes, a los distintos sectores del Dar al Islam.
Entre los que no dudaron en criticar el discurso de Obama figuraban los políticos israelíes, persuadidos, desde el primer momento, que el máximo dignatario estadounidense pecaba por… ingenuo. Tel Aviv no escatimó críticas, entremezcladas con llamadas de atención a la Casa Blanca; un extraño goteo de lamentos sobre la mala fe de los “sanguinarios” dirigentes de Hamas, el revanchismo de las milicias pro-iraníes de Hezbollah, el peligro nuclear encarnado por la República Islámica de Irán, etc. Lo que en realidad exigía Israel era acabar con ese estado de cosas, poner un poco de orden en la región, volver al statu quo existente antes del 11-S. Pensaban los estrategas de Tel Aviv que el nuevo presidente de los Estados Unidos constituía un “estorbo”, tal vez el mayor, para sus planes de cambiar la faz de Oriente Medio.
Las relaciones entre el actual inquilino de la Casa Blanca y el establishment hebreo se han caracterizado siempre por la falta de diálogo. En realidad, sólo se puede hablar de… dos monólogos, de discursos contradictorios, disonantes. Y ello, pese al deseo de la Administración Obama de allanar el camino hacia el entendimiento en la zona. La postura de Washington frente al régimen sirio muestra claramente el deseo de reducir la conflictividad en la zona, sentando nuevas bases para la concertación a escala regional. Asimismo, la insistencia del ejecutivo estadounidense de acelerar la retirada de Irak, refleja una inflexión ideológica, destinada ante todo a acabar con los obstáculos que entorpecen las relaciones con los llamados “Estados moderados” (léase pro-occidentales) del mundo musulmán.
Sin embargo, estos gestos no han hallado una contrapartida en la política del Estado judío, empeñado en proseguir la colonización a pasos agigantados de Cisjordania y Jerusalén oriental. De hecho, el Gobierno de Benjamín Netanyahu aprovechó la visita de Biden para hacer públicos sus planes de edificar 1.600 viviendas en Jerusalén Este. Un gesto éste tachado inmediatamente de “ilegal” por el vicepresidente de los Estados Unidos, cuyas declaraciones se convirtieron en un foco de tensión entre las dos capitales. Pero la tormenta acabó, en menos de 24 horas, con un espectacular pronunciamiento de Joe Biden, quien reconoció públicamente que “Israel era el mejor amigo de los Estados Unidos”.
¿Y los palestinos? Huelga decir que antes y durante la gira del vicepresidente, los medios de comunicación occidentales insinuaban, cuando no aseguraban, que el presidente de la ANP, Majmud Abbas, barajaba la posibilidad de restablecer un diálogo “indirecto” con Israel. El propio dignatario palestino se vio obligado a puntualizar: sólo se contemplan negociaciones con los israelíes sobre la congelación de la actual política de asentamientos ilegales. En cuanto al verdadero diálogo, sólo podrá materializarse tras un cambio radical en la postura de Tel Aviv.
En resumidas cuentas: nada nuevo bajo el sol. ¿Nada nuevo? Sí, algo parece haber cambiado. La Administración Obama modera sus críticas hacia Israel, a la vez que sigue presionando a los palestinos para que reanuden los (estériles) contactos con el equipo de Netanyahu.
¿Nada nuevo? Sí, hay más; por vez primera, Washington reconoce el derecho de Israel a contrarrestar el peligro nuclear iraní. Fue este el deseo oculto de Ariel Sharon, partidario, en su momento, de un ataque aéreo contra el Irán de los ayatolás. A buen entendedor…