domingo, 12 de agosto de 2018

El lado oscuro del carácter turco


Donald Trump ha vuelto a golpear. Empleando sus habituales herramientas de trabajo: la Orden Presidencial y el tuit, símbolos de la diplomacia postmoderna que pretende imponer. Mas esta vez, la trompada no iba dirigida contra un tirano asiático, fabricante de armas nucleares y comunista para más inri, ni contra una congregación de ayatolás chiitas, acérrimos detractores del Gran Satán imperialista, empeñados en modificar el statu quo imperante en el mundo árabe-musulmán. No está vez, el objetivo del inquilino de la Casa Blanca fue Turquía, un país “amigo”, miembro de la OTAN y atalaya de Occidente durante la ofensiva contra el país de los soviets. Pero las cosas han cambiado. El actual Gobierno de Ankara cuenta, al parecer, con amistades peligrosas; el progresivo acercamiento del Presidente Erdogan a Rusia e Irán preocupa a los politólogos estadounidenses, que temen perder el control de esta pieza clave en el tablero del Cercano Oriente.

Donald Trump estima, sin embargo, que el islamista Erdogan merece un buen escarmiento. El Presidente actúa con la misma malevolencia, aunque con más imaginación, a la hora de buscar el castigo. En el caso de Turquía, prefiere declarar una mini guerra comercial, duplicando los aranceles aplicables a las importaciones de acero (un 20 por ciento) y de aluminio (un 50 por ciento).  Se trata de unas medidas anunciadas que, según los analistas económicos occidentales, podrían ser un mero preludio a un enfrentamiento de mayor envergadura. Conviene recordar que hace apenas una semana el Departamento del Tesoro estadounidense decidió  congelar los depósitos de dos ministros del actual Gabinete turco: el titular de Justicia, Abdulhamit Gül  y el de Interior,  Suleyman Solu.
  
La decisión de la Casa Blanca provocó un hondo malestar en Ankara. Y ello, por la sencilla razón de que la economía turca se halla al borde del colapso. Si bien es cierto que el país otomano cuenta con una tasa de crecimiento anual del 7,4 por ciento (2017), en lo que va del año la lira turca se ha depreciado alrededor del 35 por ciento frente al dólar. La inflación se sitúa en el 11 por ciento, la deuda del sector  privado alcanza niveles astronómicos y el déficit en cuenta corriente inquieta a los cada vez más escasos inversores extranjeros. El propio Erdogan ha instado a los turcos a cambiar sus dólares y euros por liras para rescatar la moneda nacional. Aparentemente, el llamamiento no surtió efecto.

Por otra parte, el yerno de Erdogan, titular de las carteras de Finanzas y Tesoro,  no descarta la elaboración de un nuevo modelo económico. ¿Abandonará Turquía el sistema de economía de mercado?

“¿Por qué se empeña usted en castigar a un amigo? ¿Quiere perder a un aliado estratégico?”, le preguntó el Presidente turco a Donald Trump. El mensaje incluía una segunda parte: “Turquía no se rinde; sólo nos arrodillamos ante Alá”.

Pero el aparente conflicto comercial tiene raíces más profundas. Norteamérica no perdona la decisión de Ankara de comprar armamento de fabricación rusa, ni el contrato para la construcción de una mega central  nuclear firmado con Moscú.

El Presidente turco reclama la entrega del predicador Fetullah Güllen, acusado de ser el instigador del golpe de Estado de 2016; los estadounidenses, la liberación inmediata del pastor protestante Andrew Bronson, residente en Turquía desde hace más de dos décadas que, según los servicios de inteligencia otomanos, mantuvo contactos con el movimiento kurdo PKK.

El autor de estas líneas recuerda la advertencia formulada, hace años, por el vicepresidente de la patronal turca (TÜSIAD):   “Cuidado: el rechazo (de Occidente) podría despertar la tentación nacionalista, hacer que el mundo descubra el lado oscuro del carácter turco”. 

¿El lado oscuro? Qué duda cabe de que la amenaza podría materializarse…

martes, 7 de agosto de 2018

Irán: trumpocracia vs. Teocracia


El pasado 8 de mayo, cuando el presidente Trump anunció la retirada de los Estados Unidos del Pacto nuclear con Irán, la plana mayor de los clérigos iraníes comprendió que no podían tomarse el asunto a la ligera. Tal vez porqué el impredecible inquilino de la Casa Blanca, menos versado en los rudimentos de la diplomacia que un tendero de Brooklyn, tiene el mérito de salirse siempre con la suya. Sí, los impulsos suelen llevarle a buen puerto. Mas en este caso concreto, la decisión de Trump no parecía ajena a las motivaciones de dos de sus aliados regionales: Arabia Saudita e Israel que, por razones distintas, rezan por el debilitamiento, véase la caída del régimen teocrático iraní.

Los saudíes, que lideran la corriente sunita del Islam, consideran que los chiitas de Teherán son sus principales adversarios. En el Yemen, la pugna religiosa se ha convertido en… conflicto armado.

Por su parte, Israel lleva más de dos décadas denunciando la peligrosidad del programa nuclear iraní. Los sucesivos Gobiernos de Tel Aviv han exigido al “gran hermano” estadounidense la destrucción de las instalaciones atómicas iraníes; sin éxito. En comparación con los operativos relámpago llevados a cabo por la Fuerza Aérea hebrea  en Siria e Irak, en el caso de Teherán tropezaron contundente veto de la Casa Blanca. 

En ambos casos, Donald Trump prometió echar una mano a sus amigos e incondicionales aliados, apoyando militarmente el esfuerzo bélico de la monarquía wahabita en la Península Arábiga y amenazando con el palo a los clérigos chiitas, enemigos jurados de la “entidad sionista”, léase Israel.   
La primera tanda de sanciones económicas anunciadas por Washington tras el portazo de Donald Trump ha entrado en vigor esta semana. Se trata de la prohibición de comerciar con oro y metales preciosos, la venta de coches a la República Islámica, la importación de alfombras y textiles, la compra de la deuda o la utilización del dólar en el mercado de cambios persa. Es sólo de un comienzo, pues las sanciones más contundentes – embargo a las exportaciones de petróleo y productos petroquímicos -  se darán a conocer en el mes de noviembre.

El anuncio ha caído como un jarro de agua fría en Bruselas: la Unión Europea teme por los intereses de las grandes multinacionales europeas que operan en Irán – Airbus, Peugeot, etc.  Junto con China y Rusia, los europeos tratan de preservar el acuerdo nuclear con Teherán.

Sabido es que las exigencias actuales de Washington poco o nada tienen que ver con el programa nuclear iraní. Lo que se pretende es obligar a Irán a acabar con su presencia militar en Oriente Medio – Siria, Líbano – reducir el alcance de sus programa balístico y retirar el apoyo a los llamados “movimientos terroristas” – Hezbollah, en el Líbano y Hamas en los territorios palestinos.

Curiosamente, Trump pretende clonar el guion empleado con el líder de Corea del Norte: amenazar con la destrucción  del país y, acto seguido, formular una oferta de diálogo. Me sentaré a hablar con el Presidente Rohani sin condiciones previas, anuncia el inquilino de la Casa Blanca. La respuesta de Teherán no tarda en llegar: No se dialoga con alguien que viene con un cuchillo de la mano. Más claro…

Asegura Trump que Norteamérica no desea provocar la caída del régimen de los ayatolás. Sin embargo, las protestas antigubernamentales proliferan en las ciudades persas. Ello coincide con la proliferación de un nuevo perfil de diplomáticos estadunidenses: los expertos en movimientos sociales, léase disturbios callejeros. Los “disturbólogos” han encontrado refugio en misiones diplomáticas situadas en países clave: Afganistán, Paquistán, Egipto, países de Europa Oriental.

En resumidas cuentas: no provocar la caída de Gobiernos es una cosa; desestabilizarlo…

Los ayatolás lo saben; y no sólo los ayatolás.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Erdogan: ¿Pero qué hace Turquía en la OTAN?


Si en algo se parecen Donald Trump y Recep Tayyip Erdogan – aparte de su consabida e inconmensurable soberbia – es la facilidad con la que ambos se dedican a proferir amenazas. Con la diferencia de que las fanfarronadas de Trump suelen diluirse en un mar de rectificaciones, puntualizaciones o (auto)desmentidos, mientras que las amenazas del presidente-sultán acaban materializarse. ¿Cuándo? Tal vez en el momento menos oportuno para los aliados de Ankara.

Un ejemplo: hace apenas tres semanas, el inquilino de la Casa Blanca aterrizó en la cumbre de la OTAN, exigiendo a sus aliados europeos un sustancial incremento de su contribución financiera a los gastos de la Alianza. No se trataba del 2 por cientos del PIB nacional,  reclamado el año pasado, sino de un… ¡4 por ciento! La demanda hizo temblar a muchos estadistas del Viejo Continente. Y más aún,  cuando Trump les amenazó con la (hipotética) retirada de Washington de la Alianza Atlántica. Pero a cabo de unas horas la contingencia se fue difuminando. Trump volvió a presumir de la estructura de defensa transatlántica, mientras que sus socios tuvieron que hacerse a la idea de que el Viejo Continente ya no puede confiar en el paraguas atómico estadounidense. En resumidas cuentas: habrá que reconducir el proyecto de defensa europeo haciendo caso omiso de las frivolidades y los retos del socio transatlántico.

¿Meras dificultades pasajeras? En absoluto. Parece que el chantaje de Trump fue la gota que colmó el vaso.  ¿Consumada la ruptura? Aún es pronto para sacar conclusiones.

Distintas son las amenazas proferidas el pasado fin de semana por el Presidente turco, Tayyieb Recep Erdogan. En efecto, pocas horas después de anunciar el levantamiento del estado de excepción proclamado en julio de 2016, tras la extraña intentona golpista ideada, al menos aparentemente, por el predicador turco Fetullah Gülen, autoexiliado en los Estados Unidos y llevada a cabo por militares secuaces de éste, el sultán-presidente aprovechó el espacio cedido por una cadena de televisión privada `para arremeter contra los Estados Unidos, por haber suspendido Washington la entrega de aviones de combate F-35 destinados a la Fuerza Aérea del su país. Emulando el ejemplo de Trump, el presidente turco no dudó en amenazar con la retirada de Ankara de la OTAN.

La noticia llegó en el peor momento: la Casa Blanca está gestionando la creación de una alianza militar árabe destinada a combatir al país de los ayatolás. Turquía no es un país árabe; es un Estado musulmán que, amén de tener buenas relaciones con el régimen islámico de Teherán, cuenta con bases militares en el Golfo Pérsico. Un auténtico estorbo para los planes de Trump.

Las cosas se complican aún más si tenemos en cuenta que la irritación de Washington y el veto al suministro de los F 35 se debe, ante todo, a la adquisición por parte de Turquía de sistemas de defensa aérea S 400 de fabricación rusa. El contrato con Moscú, uno de los más importantes negocios de la industria de armamentos rusa, se firmó en año pasado, sin que Ankara se molestara en notificar los detalles a sus aliados de la OTAN. No hay que olvidar que para la Alianza, Rusia siegue siendo… el mayor enemigo.

Con el anuncio de la posible retirada de la OTAN, Erdogan trató de eclipsar el balance de la represión llevada a cabo en los últimos dos años: más de 150.000 funcionarios separados de sus cargos, 80.000 personas encarceladas, 28.000 opositores juzgados por los tribunales, 1.500 personas condenadas a cadena perpetua. 

La nueva ley antiterrorista gestada durante el estado de excepción y adoptada tras el levantamiento de éste, constituye un aval para el todopoderoso Erdogan.

¿Qué hay de la amenaza sobre la retirada de Turquía de la OTAN?  Los caminos de Erdogan son infinitamente más inescrutables que las provocaciones de Trump…

lunes, 30 de julio de 2018

Viaje al secesionismo carpático


¿Qué sucede en Cataluña? Hace más de dos lustros, durante un viaje relámpago a Rumanía, un catedrático de ciencias políticas de la Universidad de Bucarest me formuló esa inesperada pregunta. ¿Qué sucede en Cataluña? Tuve que explicarle el funcionamiento del sistema autonómico español, sus pros y sus contras, sus ventajas y sus inconvenientes. ¿Más ventajas que inconvenientes?, preguntó. Quise averiguar los motivos de su innegable preocupación. Aquí en Rumanía tenemos un distrito – el país Székely – cuyos gobernantes se han propuesto seguir el ejemplo catalán. Pero… poco sabemos de lo que sucede en España y menos aún de la ideología del nacionalismo catalán. La conversación, muy útil y enriquecedora, duró varias horas. Al final, marché persuadido que mis anfitriones rumanos tenían que afrontar un grave problema: el renacer del nacionalismo de los años 30. Un auténtico quebradero de cabeza para un país que cuenta, al menos oficialmente, con… ¡62 minorías étnicas!

La minoría de origen magiar es la más importante. El país Székely, situado en el corazón de los Cárpatos, cuenta con un millón y medio de habitantes. Los distritos de Harghita, Covasna y Mures, antiguos condados pertenecientes hasta finales de la Primera Guerra Mundial a la Transilvania de los Habsburgo, pasaron a formar parte de Rumanía en 1920, tras la firma del Acuerdo de Trianon.  Tanto la minoría húngara como la alemana conservaron sus prerrogativas. Después de 1952, el Gobierno comunista optó por emular el ejemplo soviético, creando una Región Autónoma Húngara. Hubo que renunciar a este extravagante experimento hacia finales de la década de los 60. Los húngaros de Rumanía nada tenían que ver con los pobladores de las repúblicas soviéticas del Cáucaso.

Tras la caída del comunismo, los húngaros de Transilvania recuperaron sus señas de identidad. Más con la creación de los partidos políticos étnicos surgieron los problemas. La Unión Democrática de los Húngaros de Rumanía, partido bisagra capaz de formar parte de coaliciones de derechas o de izquierdas en el Parlamento de Bucarest, apuesta por el reformismo; los movimientos más radicales – el Partido Cívico o el Partido Popular Magiar – prefieren hablar de la… desobediencia.  Su radicalismo está fomentado por la derecha de Budapest. Detalle interesante: hace ya tiempo que los nacionalistas húngaros penetran en Rumanía a caballo, vistiendo uniforme de húsares y enarbolando la bandera de la Gran Hungría. Curiosamente, las protestas de las autoridades rumanas pasan casi inadvertidas. Mas cuando se trata de la actuación, poco diplomática, por no decir, agresiva, de los políticos de Budapest.

El Primer Ministro húngaro, Viktor Orbán, invitado de honor de la Universidad de Verano del país Széleky, criticó duramente este fin de semana la celebración del Centenario de la Gran Unión de los Principados rumanos minimizando la importancia del evento. Para nosotros, dijo Orbán, esa celebración nada tiene de festivo. Rumanía ingresó en la edad moderna hace cien años, pero es incapaz de solucionar el problema del millón de húngaros que viven aquí… Cuando toda Europa estará sometida al Islam, los székely, que llevan más de mil años en esta tierra, seguirán preservando su identidad”. 

Ni que decir tiene que la poco diplomática bofetada conmovió al establishment político rumano, acostumbrado, eso sí, a las salidas de tono de Orbán. Pero lo que de verdad molestó a los políticos rumanos fue la llamada de Orbán a mejorar las relaciones con Moscú, alegando que Rusia no suponía ningún peligro para la Unión Europea. Pura herejía en el suelo de un país (comunitario) que se considera uno de los más fieles miembros de la Alianza Atlántica e incondicional aliado de… ¡los Estados Unidos!

Volviendo a la tentación secesionista de los székel, conviene señalar que los partidos étnicos, crecidos por el apoyo de los nacionalistas húngaros, enviaron a finales de febrero una petición al Parlamento Europeo, solicitando que se les reconozca su… derecho a la autodeterminación. La respuesta de Bruselas no tardó en llegar: el artículo 1 de la Constitución rumana define el país como soberano, independiente, unitario e indivisible. Por consiguiente, cualquier autonomía territorial basada en principios étnicos sería inconstitucional. 

A buen entendedor…

martes, 17 de julio de 2018

El último gol de Vladímir Putin



Imaginemos el siguiente comentario criptodeportivo registrado en el último minuto de la inusual rueda de prensa celebrada el pasado lunes en la sede la de Presidencia de Finlandia: Putin pasa el balón del Mundial a Donald Trump. Trump se lo entrega  a  Melanie. Una jugada impecable… ¡¡¡Gooooool de Putin!!!
Una jugada simbólica, una jugada perfecta, que refleja el estado de ánimo de quienes tratan de impulsar el nuevo esquema de relaciones internacionales: la geopolítica del caos.
El actual inquilino de la Casa Blanca puede enorgullecerse de haber introducido un nuevo estilo en la diplomacia multilateral: un estilo basado en el chantaje y la amenaza. En efecto, antes de acudir a la cita con Vladimir Putin, el Presidente de los Estados Unidos se dedicó a leer la cartilla a sus socios de la OTAN, instándoles a duplicar su aportación al presupuesto de la Alianza (de lo contrario, Norteamérica se retira), acusó a la Canciller Ángela Merkel de llevar a cabo una política energética que había convertido a Alemania el “rehén de Rusia”, criticó a la Primera Ministra británica, Theresa May, por no haber… ¡demandado a la UE! en lugar de promover el Brexit, a la propia Unión Europea de haberse convertido en enemigo (comercial) de los Estados Unidos. A todas esas lindezas, propias del estilo donaldiano, se sumó la guinda de Helsinki, donde el mandatario estadounidense desautorizó públicamente los resultados de las encuestas sobre injerencia rusa en la campaña presidencial de 2016. Trump eludió la cuestión, señalando que no veía razones para que Rusia quisiera interferir en los comicios. Por si fuera poco, añadió: “El presidente Putin dice que no fue Rusia. No veo ningún motivo por lo que debería ser así”. Aparentemente, el zar del Kremlin logró ser más persuasivo que los mil y un funcionarios que velan por la seguridad de los Estados Unidos.
La respuesta provocó la ira de los servicios de inteligencia norteamericanos y también de veteranos miembros del establishment político de Washington, quienes no dudaron en pronunciar alto y claro la palabra impeachment” (destitución).
Al malestar que se apoderó de los medios de comunicación estadounidenses, incluso los más proclives a Trump, como la cadena de televisión FOX, se suma la preocupación de la prensa de Europa oriental, que no dudó en resumir la cumbre en pocas, aunque causticas palabras: El vencedor Putin y su portavoz Trump. Los comentarios sobran…
La verdad es periplo europeo de Donald Trump empezó con mal pie. Después de la deplorable escenificación de la OTAN, en enfrentamiento con la cúpula comunitaria, la “ruptura” diplomática con Alemania y el dislate con sus anfitriones británicos, nadie esperaba resultados positivos en la cumbre de Helsinki. Con razón: en el somero orden del día anunciado por el inquilino de la Casa Blanca figuraban todos los ingredientes de la geopolítica del caos: los conflictos congelados de Ucrania y Crimea, la situación en Siria, los acuerdos sobre limitación de misiles balísticos, el rearme nuclear, el acuerdo con Irán, los conflictos comerciales con China y la Unión Europea, enemigos estos últimos, al igual que Rusia, de la Administración Trump. Pero el Presidente no dudó en corregir los términos. Donde dije enemigos digo competidores. No es por nada, pero tenerlos a todos en contra…
En comparación con el multimillonario americano, Vladímir Putin llegó a la capital finlandesa con los deberes hechos. Entre las propuestas formuladas durante el encuentro figuran: la cooperación en la lucha contra el terrorismo, creación de grupos de trabajo entre las agencias de inteligencia, la ciberseguridad, encuentros de empresarios, contactos bilaterales entre expertos en defensa, diplomáticos, hombres de negocios y académicos. Aparentemente, a Trump le encantaron las propuestas. ¿Resultados concretos? Cabe suponer, pues, que los responsables de la diplomacia, los servicios secretos y los órganos de seguridad del Estado de ambos países cojan el relevo.
Mientras Trump se dedicaba a insultar y humillar a sus aliados, el Presidente ruso aprovechaba la final del campeonato de futbol para congregar en Moscú a los líderes de la futura alianza “euroasiática” diseñada por el Kremlin; los jefes de Estado y de Gobierno de Armenia, Abjasia, Bielorrusia, Moldova, Kirguistán, la Autoridad Palestina, Qatar, Osetia de Sud y Hungría. Se trata, en la mayoría de los casos, de miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái, una estructura intergubernamental creada en 1996 por República Popular China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, a la que se sumaron en los últimos años Uzbekistán, India y Pakistán. Los integrantes del Grupo coordinan sus políticas en materia de seguridad, defensa, lucha antiterrorista, relaciones económicas multilaterales, explotación de los recursos energéticos – gas natural y petróleo -  y culturales – muestras de arte, festivales, etc. Una auténtica estructura paraestatal que podría convertirse, a medio o largo plazo en… enemiga de los intereses de Washington.   
El vencedor Putin tiene, pues, sobradas razones para frotarse las manos. Su regalo envenenado – el balón de Helsinki – le permitió marcar un magistral gol. 
El caos geoestratégico sigue.