viernes, 11 de marzo de 2016

El ocaso de la Fortaleza Europa


Los cimientos de la Fortaleza Europa empezaron a temblar en agosto del pasado año, cuando la Canciller alemana, Angela Merkel, anunció la suspensión del Reglamento de Dublín, compleja normativa jurídica que regulaba el ingreso y la permanencia de refugiados sirios en la Unión Europea. Pocas horas después del anuncio de Berlín, interminables columnas de personas desplazadas emprendieron camino hacia Grecia, primer país comunitario situado en los confines con el Cercano Oriente. En menos de seis meses, alrededor de un millón de inmigrantes llegó a Europa, tierra de promisión para las víctimas de los conflictos étnico religiosos de Siria e Irak.  A los refugiados se sumaron inmigrantes económicos afganos, paquistaníes, somalíes, magrebíes, deseosos de llegar a Alemania, Suecia o Inglaterra. Alguien les había indicado que el paraíso terrenal se hallaba en el Norte. A los inmigrantes, núcleos de aún inconfesados yihadistas que buscaban nuevos escenarios para la pugna entre el Islam – la llamada casa de la Paz – y Occidente – la casa de la Guerra.

Quienes recuerdan los flujos migratorios generados por la Segunda Guerra Mundial no dudan en hacer un paralelismo entre los millones de refugiados europeos y las caóticas formaciones de personas que recorren actualmente el Viejo Continente repitiendo el mantra Alemania.

Resulta sumamente difícil hacer un análisis objetivo de la situación creada por esa marea humana, de las repercusiones socio-económicas de su presencia en suelo europeo, de los aspectos culturales de su integración en una sociedad poco propensa a aceptar las peculiaridades del otro, del ser distinto que desconoce los códigos que rigen las normas de convivencia entre europeos. En algunos países comunitarios, donde la religión católica está muy arraigada, como Polonia o Hungría, por ejemplo, la llegada masiva de inmigrantes mahometanos provocó un hondo malestar. Un ejemplo: las autoridades polacas advirtieron que sólo aceptarían pequeños cupos de árabes cristianos. Los musulmanes…

Detalle interesante: la Administración Obama trata de convencer a los europeos que la llegada de refugiados procedentes de Oriente Medio tendrá efectos benéficos para la economía comunitaria. Algunos diplomáticos estadounidenses insinúan que Europa necesitará más de veinte millones de inmigrantes en las próximas décadas. Y advierten que las reacciones xenófobas registradas últimamente en algunos países de Europa septentrional – Alemania, Suecia, Dinamarca – se deben ¡ay! a la campaña de incitación al odio llevada a cabo por los servicios secretos rusos, que emplean los viejos métodos de la KGB.  

Al inusual histerismo del aliado transatlántico se suma la preocupación de algunos Gobiernos europeos. Hace apenas unas semanas, el Gabinete de Angela Merkel encargó a los servicios de inteligencia un informe sobre la posible participación de Rusia en la campaña de desestabilización política en Alemania, así como la relación del Kremlin con los movimientos populistas de extrema derecha. Por su parte, los analistas políticos de la OTAN advierten: si el Frente Nacional capitaneado por Marine Le Pen se alza con la victoria en las elecciones presidenciales francesas, el responsable del fracaso de los partidos democráticos será… Vladímir Putin.
  
Extraña manera ésta de interpretar el origen de los acontecimientos. En resumen: Angela Merkel abre la puerta a la inmigración masiva, Grecia se desentiende del control de sus fronteras, pero el responsable del flujo migratorio está en el Kremlin. ¡Palabra de politólogo!

Por su parte, las autoridades de Ankara no dudan en echar más leña al fuego, asegurando que los bombardeos rusos contra objetivos del Estado Islámico en Siria constituyen una injerencia directa en la crisis de los refugiados. El país otomano, que acogió en su suelo a más de dos millones de personas desplazadas, recibirá de la UE alrededor de 6.000 millones de euros para la custodia de los refugiados. Además, Bruselas se compromete a suspender la obligatoriedad del visado para los ciudadanos turcos que viajen al espacio Schengen y a reactivar las consultas sobre la adhesión de Ankara a la UE.

Grecia, mero alfil en este complejísimo tablero de la geopolítica germano norteamericana, no parece muy propensa en asumir el papel de… campamento de refugiados de la Vieja Europa.

Huelga decir que al aliado transatlántico le preocupa más en estos momentos el impacto de la futura alianza entre Rusia y China. Y, por supuesto, el porvenir de su indomable enemigo jurado: Vladimir Putin, encarnación de todos los males.  ¿Por qué será?

miércoles, 24 de febrero de 2016

Europa se está resquebrajando


Europa se está resquebrajando. El viejo y ¡ay! cuán socorrido estribillo, acompaña esta vez la avalancha de negros nubarrones, precursores de la gigantesca tempestad que se avecina. Europa se está resquebrajando, repiten insistentemente las fuentes transatlánticas, empeñadas en persuadirnos que la apuesta por la unidad europea tiene los días contados. Sí, esta vez, la advertencia nos llega de Washington, aunque también de los populistas griegos, dispuestos a jugar a fondo la baza de la destrucción/reconstrucción de las endebles estructuras de la Unión Europea.

Muchos son los heraldos de la inminente desgracia, aunque distintas las partituras que vaticinan el ocaso del sueño europeísta. Algo huele a podrido en el Viejo Continente, aseguran las almas caritativas de Washington, Nueva York o Londres. ¿Mero catastrofismo? Efectivamente, muchas cosas huelen a podrido en estas latitudes. Los males que achacan a los europeos tienen nombre: crisis económica, populismo, racismo, xenofobia, una gigantesca oleada de inmigrantes (y no sólo refugiados) que busca el bienestar en países opulentos, unos confines comunitarios convertidos en coladero, una nueva amenaza: el radicalismo islámico, que se abre camino a pasos agigantados en los países de Europa occidental. Pero hay más.

En esas circunstancias, nada halagüeñas para los pobladores del Viejo Continentes, aparecen, ¡cómo no! los pájaros de mal agüero. Se trata de personajes ilustres, que utilizan su prestigio para entonar las primeras notas del canto del cisne comunitario. No, ese no es el Réquiem por la Señora Europa, aunque sus intérpretes tratan de convencernos que nuestro proyecto no tiene porvenir. ¿Sus alegaciones?

Empecemos por la rivalidad entre los dos imperios: Estados Unidos y Rusia. Durante la primera quincena de febrero, el exsecretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, se entrevistó en Moscú con el Presidente Putin. Su cometido: tratar de convencer a los dueños del Kremlin de la utilidad de sumarse al proceso de globalización capitaneado por Washington. Lógicamente, ello implica el abandono por parte de Rusia del proyecto BRICS, que preocupa tanto a los grandes bancos estadounidenses como al propio Fondo Monetario Internacional (FMI).

Kissinger, artífice de la crisis del petróleo que desembocó, en 1974, en la creación del petrodólar, es un ferviente defensor de la política económica llevada a cabo por el Partido republicano. Consciente de que un posible descalabro del sistema financiero  mundial afectaría no sólo al futuro inquilino de la Casa Blanca, sino también y ante todo a los duendes de Wall Street, el exsecretario pidió a los rusos que actúen con exquisita prudencia a la hora de deshacerse de los bonos del Tesoro americanos adquiridos en las últimas décadas. En efecto, una venta masiva podría provocar el colapso de las instituciones financieras estadounidenses. El impacto del crac superaría la debacle bursátil de 2008. 
 
El no menos sonado viaje del periodista y escritor norteamericano Robert D. Kaplan a los Balcanes coincidió, extrañamente, con la estancia de Kissinger en Moscú. Kaplan, que se hizo famoso a raíz de sus análisis sobre la evolución de los países de Europa oriental tras la caída del imperio soviético, no dudó en advertir a los políticos de la región – Rumanía, Bulgaria, Polonia, los Estados bálticos – que Europa tiene problemas, ya que está sumida en una crisis muy profunda,  que los gobernantes difícilmente podrán superar. Por si fuera poco, Kaplan sugiere que la clase política de Europa oriental está cada vez más propensa a dirigir sus miradas hacia los Estados Unidos, único protector válido y poderoso. El experiodista independiente que pisó por vez primera el suelo balcánico en 1981, apuesta por la vuelta de las divisiones americanas al Viejo Continente, donde, según él, han de estar acuartelados, ya que su presencia podría disuadir al enemigo: Rusia.

Por su parte, el Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, advierte en las mismas fechas que la OTAN dispone de armas nucleares y no descarta su posible (aunque por ahora hipotética) utilización. Mensaje dirigido a Moscú que, según Stoltenberg, está llevando a cabo una política agresiva.

Por último, aunque no menos importante, es el deseo del propio Presidente Obama de intervenir de manera directa o indirecta en la campaña del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. El inquilino de la Casa Blanca tratará de persuadir a los ingleses sobre las ventajas de su pertenencia al club comunitario. Una misión extremadamente difícil, teniendo en cuenta el rechazo de la sociedad inglesa de su política de globalización, así como el sentimiento generalizado de que los políticos europeos son incapaces de gestionar los asuntos de la Unión.

Tampoco hay que olvidar la otra cara de la moneda: Inglaterra ha sido, es y será la punta de lanza de los intereses estadounidenses en Europa. Lo advirtió en su momento el anglófobo general De Gaulle, lo han podido comprobar sus sucesores. 

En resumidas cuentas: ¿se está resquebrajando Europa? O, mejor dicho ¿a quién le interesa el que Europa se esté resquebrajando?

domingo, 31 de enero de 2016

El fin de la Historia y los cuentos sin fin



En la última década del siglo pasado causó un gran revuelo la publicación del ensayo El fin de la Historia y el último hombre del politólogo estadounidense Francis Fukuyama. ¿El fin de la historia? La tesis defendida por Fukuyama en 1992 parecía relativamente sencilla: al finalizar la Guerra Fría, es decir, en enfrentamiento ideológico Este-Oeste, la Historia se había acabado. La única opción viable para el mundo, para el conjunto de las naciones de la Tierra, era la democracia liberal, sistema socio-político que se sustentaba en tres pilares: la economía de mercado, la gobernanza democrática y el imperio del derecho. Una receta única, basada en un pensamiento único. 

Fukuyama aludía al pensamiento hegeliano al afirmar que el fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas

¿Un mundo sin guerras, sin enemigos, sin abusos, sin corrupción? ¿Una sociedad global democrática? Aparentemente, esa perspectiva no era del agrado del establishment político militar que controla los destinos de la humanidad. En 1992, mientras Bosnia estaba sumergida en una guerra étnica, inesperado conflicto entre cristianos y musulmanes europeos, los aviones de la OTAN bombardeaban Serbia, uno de los últimos reductos del mal llamado socialismo científico. El ensayo de Fukuyama se publicó unas semanas antes de la revelación del prestigioso rotativo Washington Post, que profetizaba la aparición de otro temible enemigo potencial: el Islam. Cabe suponer que la predicción no nació en la redacción del diario, sino el algún despacho oficial de la capital estadounidense. La democracia liberal tenía, pues, un enemigo: el mahometismo. Mas la clase política occidental se apresuró en corregir el error. El verdadero enemigo no era el Islam, sino los… islamistas radicales. Algunos amigos que profesaban la religión fundada por Mahoma insistieron en cambiar el nombre: hablen de musulmanes radicales, no de islamistas; asimilar a la Casa del Islam a las acciones de unos pocos es una ofensa…  Pero, ¿quiénes eran esos musulmanes radicales? Lo comprendimos, Occidente lo comprendió el 11 de septiembre de 2001. Exactamente nueve años después de la publicación del premonitorio artículo del Washington Post  y… del libro de Francis Fukuyama. 

Lo que sucedió después en harto conocido: Afganistán, Irak, las primaveras árabes, la guerra civil de Siria, Yemen, la caída de algunos dictadores (Gadafi, Mubarak)… el advenimiento del caos. Los Bush, Clinton y Obama trataron de reconducir la situación. Sin éxito; todos los intentos de aparente modernización del mundo árabe fracasaron. La Historia seguía su curso, fragmentada en… cuentos sin fin. 

Francis Fukuyama volvió a aparecer hace unas semanas en una república caucásica exsoviética, en un foro patrocinado por entes públicos estadounidenses. Esta vez, el mensaje del antiguo neo-con distaba mucho de la profecía de 1992. No, el fin de la Historia aún no había llegado. Habrá que esperar la desaparición de dos grandes obstáculos: el putinismo y el islamismo. Dos enemigos que, al menos aparentemente, poco tienen en común. El radicalismo islámico, creado o fomentado por las fuerzas ocultas del aparato estadounidense, con apoyo saudí, qatarí, etc. ha llevado a la creación del siniestro Estado Islámico. Para Fukuyama, los militantes del EI son un puñado de jóvenes sin novias y sin trabajo. Se acabó el fin de la Historia; empiezan los cuentos sin fin.
     
El putinismo, la nueva e inesperada amenaza, nació de un simple error de cálculo de los politólogos de la Universidad de Yale, quienes habían sugerido, también en 1992, que tras la caída del sistema soviético y la desintegración de la antigua URSS, el Kremlin acabaría arrodillándose ante la presión de Occidente. Contaban los analistas estadounidenses con una pinza OTAN – China.  Obviamente, tomaban sus deseos por realidades. 

Si bien es cierto que las promesas de Mijaíl Gorbachov sobre la transición rápida hacia la democracia liberal, léase la economía de mercado, parecían materializarse durante el mandato de Boris Yeltsin, la llegada al poder de Vladimir Putin coincidió con la introducción progresiva de un sistema autoritario. 

Nos equivocamos en 1991 al creer que la transición será rápida, afirma Fukuyama, recordando sin embargo que la democracia liberal tardó más de un siglo en arraigarse en los países de Europa Occidental. Y añade: habrá islamismo y putinismo para rato.

En resumidas cuentas: prepárense para el sinfín de cuentos.  

lunes, 18 de enero de 2016

En la primera línea del frente y II


De hipócritas tildaron algunos los medios de comunicación de Europa oriental las palabras de Vladimir Putin, al afirmar este que Rusia no tenía intención de ser una superpotencia mundial. Inútil recordar que la Federación rusa, heredera de la extinta URSS, sigue siendo una de las naciones más poderosas de la Tierra.

Las declaraciones de Putin, recogidas por el rotativo alemán Bild Zeitung en la primera semana de enero, coincidían extrañamente con la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad de Rusia, un documento que contiene una serie de advertencias dirigidas al establishment de Washington y de la Alianza Atlántica e indica un innegable cambio de rumbo en la política de defensa de Moscú.

En efecto, tanto el tono como la argumentación han cambiado del otro lado de la primera línea del frente. El Kremlin sostiene que el estacionamiento de nuevos efectivos de la Alianza en los confines de Rusia refleja el deseo de Washington de ejercer su dominación a escala planetaria, que conlleva, en este caso concreto, a una serie de presiones políticas, económicas y militares contra el antiguo imperio de los zares.

Señala el documento que  la expansión del potencial de la OTAN, así como el creciente protagonismo de la Alianza a nivel mundial violan el espíritu del Tratado que rige las relaciones entre la OTAN y Moscú. Más aún; la reciente activación de la estructura militar del bloque presupone una amenaza directa para la seguridad nacional del país.

Al pasar revista a las opciones geopolíticas de los EE.UU., el documento hace especial hincapié en el traslado hacia la región fronteriza de laboratorios biológicos destinados a fines militares. Existe un gran peligro de proliferación y utilización de armas químicas, que alimenta la incertidumbre acerca de la presencia de armas biológicas y/o la capacidad de algunos países de producirlos, estiman los estrategas moscovitas.

La nueva estrategia del Kremlin parece una respuesta a las sanciones impuestas por Washington y Bruselas contra Rusia tras la anexión, en 2014, de la Península de Crimea. Unas  sanciones que, de paso sea dicho, han generado más pérdidas a las economías de la UE – alrededor de 90.000 millones de euros durante el período 2014-2015 – que a la economía rusa – 25.000 millones. Sin embargo, el informe subraya la necesidad de asegurar la independencia alimentaria de Rusia.

También contempla la nueva Estrategia un notable incremento del poderío militar y naval de la Federación rusa. A partir de 2018, la Marina militar será dotada de nuevos sumergibles, que disponen de modernísimos sistemas de control y comunicaciones, difícilmente detectables por los servicios de vigilancia de la OTAN. Tampoco podrán localizar los radares utilizados por el ejército de los Estados Unidos los nuevos aviones de combate Sujoy PAK FA o T – 50, capaces de despegar desde la cubierta de los portaaviones. 

Otra de las prioridades sería el reforzamiento del papel desempeñado por los servicios de inteligencia. Ello implica, según los estrategas, la capacidad de incidir de manera eficaz en políticas planetarias.

Lo que de verdad preocupa al Kremlin son las llamadas revoluciones de colores, que representan un peligro para la seguridad nacional. Alusión obvia a la revolución de Maidan y el derrocamiento del Presidente ucranio Víctor Yanúkovich, obligado a abandonar el país tras las presiones ejercidas, muy democráticamente, por Washington y por Berlín.

Para Moscú, el conflicto de Ucrania se ha tornado en una auténtica pesadilla. La consolidación de una ideología nacionalista de extrema derecha, los esfuerzos deliberados de ofrecer una imagen pública de Rusia – enemigo potencial – convierte a Ucrania en una fuente de inestabilidad europea a largo plazo, señala el informe.

Además de temer por el desmembramiento de la Federación, los posibles ataques contra la unidad y la integridad territorial del país, la Estrategia denuncia los esfuerzos de Occidente de obstaculizar la creación de la Unión Euroasiática, espacio político-económico promovido por el Kremlin con miras a contrarrestar el peso de la Unión Europea. Dichos esfuerzos, señala el documento, afectan de manera negativa los intereses nacionales rusos.

Finalmente, al abordar el tema de los refugiados, los autores de la Estrategia hacen hincapié en la vulnerabilidad del sistema de seguridad de la región euro-atlántica controlada por la OTAN y la UE.

En resumidas cuentas, el común denominador de las nuevas estrategias de seguridad podría resumirse en una sola palabra: enemigo.