viernes, 11 de octubre de 2013

El regateo nuclear, clave de las relaciones entre Irán y Occidente



Hay quien deposita demasiadas esperanzas en los resultados del próximo encuentro entre emisarios del Gobierno iraní y las potencias occidentales, que se celebrará la semana próxima en Ginebra. Si bien para muchos politólogos el deshielo de las relaciones entre Washington y Teherán empezó a esbozarse durante la reciente llamada telefónica entre el Presidente Obama y su homólogo iraní,  Hasán Rohaní, algunos conocedores de la realidad persa estiman que los dos estadistas tendrán que sortear innumerables obstáculos políticos, diplomáticos e ideológicos. Para el actual inquilino de la Casa Blanca, la principal rémora tiene nombre y apellido. Se trata del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien se apresuró en advertir al establishment estadounidense sobre la escasa credibilidad del discurso de Rohaní. No se refería el político del Likud sólo a la intervención del líder iraní ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el cual ofreció un diálogo sincero a Occidente y reconoció, por vez primera, la existencia del Holocausto, sino también y ante todo al tono conciliador empleado por el hoyatoleslam en su conversación con el presidente Obama. 

Ciertamente, el discurso del Primer ministro hebreo no ha cambiado. El halcón utiliza los argumentos de siempre: Irán desea convertirse en una potencia nuclear, poniendo en peligro la seguridad de la región y la supervivencia de Israel. Los iraníes hablan de convivencia, pero a la hora de la verdad potencian las actividades de grupúsculos terroristas. Los iraníes obstaculizan, mediante el apoyo incondicional al régimen de Bashar el Assad, la solución del conflicto sirio. La intolerancia iraní constituye un peligro para la estabilidad de los Estados “moderados” del Golfo Pérsico. 

¿Israel, defensor de la causa árabe? Por muy extraño que ello parezca, los estrategas de Tel Aviv y las monarquías del Golfo tratan de crear un frente común contra un poderosísimo enemigo: la república islámica. ¿Política ficción? No, en absoluto. En la era de la globalización, surgen nuevas e inesperadas alianzas.

Pero conviene recordar que Rohaní tiene también detractores en Washington. La pasada semana, la Subsecretaria de Estado para asuntos políticos, Wendy Sherman, pidió a los ultraconservadores del Congreso que abandonen o al menos, que congelen las iniciativas destinadas a imponer nuevas sanciones económicas contra el gigante persa, ya que tales medidas podrían neutralizar los esfuerzos diplomáticos de la Casa Blanca. Sabido es que los políticos norteamericanos no brillan por su tacto a la hora de abordar cuestiones de alta política internacional. El propio Obama cometió un grave error al aludir recientemente al “régimen iraní”, desafortunada expresión que presupone el no reconocimiento de la legitimidad del Gobierno de Teherán. ¿Simple lapsus? 

Rohaní cuenta también con enemigos al interior del país. Aunque el Guía de la Revolución, el septuagenario e intransigente Alí Jameneí, parece dispuesto a avalar la política aperturista del presidente, los círculos religiosos más conservadores y los radicales que lideran a los Guardianes de la Revolución no comparten el proyecto del presidente. ¿Qué pretende el  hoyatoleslam? ¿Acabar de un plumazo de 34 años de lucha revolucionaria, de llamamientos a la unidad del mundo musulmán, abandonar el objetivo final del programa político del ayatolá  Jomeyni, la (re)conquista de Jerusalén? 

Los jóvenes persas son partidarios del cambio, de la apertura, de la modernización de las estructuras socio-económicas (¡y políticas!) del país. Pero qué duda cabe de que el camino está plagado de obstáculos.

De momento, las autoridades iraníes tratarán de aprovechar la cita diplomática de Ginebra para resolver la crisis generada por la mal llamada “cara oculta” del programa nuclear. Estiman los observadores que los emisarios de Teherán estarían dispuestos a limitar el número de centrifugadoras en funcionamiento, así como la cantidad de uranio enriquecido. También se baraja la posibilidad de aceptar más misiones de verificación de la AIEA. Por su parte, Occidente ha elaborado una serie de propuestas concretas, más rígidas, que los iraníes podrían desestimar, pero que ofrecen como contrapartida el levantamiento progresivo de algunas sanciones aplicables al sector petroquímico y a las exportaciones de… oro. 

Del resultado de este regateo depende, en gran parte, el porvenir de las relaciones entre Irán  - un país aparentemente dispuesto a cambiar de rumbo - y las potencias occidentales.   

viernes, 27 de septiembre de 2013

Irán – USA: ¿luz al final del túnel?


“Olvídense de Siria; hay que ir a por Irán”. Este sibilino mensaje, enviado por el infatigable Daniel Pipes cuatro días antes de la conclusión del acuerdo entre Washington y Moscú sobre la destrucción de las armas químicas sirias, refleja la postura del lobby pro-israelí estadounidense, que antepone los intereses de Tel Aviv a las prioridades de la Casa Blanca. 

Pipes, conocido por su militancia a favor del Estado judío, lleva años reclamando una riposta contundente contra la República Islámica, alegando que su programa nuclear supone un auténtico peligro para la seguridad de Israel. Aunque la preocupación por el posible uso bélico de las instalaciones atómicas persas llegó a convertirse en una pesadilla para los Gobiernos occidentales, los argumentos empleados por el analista norteamericano superan con creces el lenguaje tremebundo de los expertos en guerra psicológica de Tel Aviv. El razonamiento de Pipes es a la vez sencillo y contundente. Se limita a un llamamiento: hay que acabar con el protagonismo de Irán en la zona, con los sueños de los ayatolás de convertir el país en una potencia regional. Para  ello, todas las acusaciones son, o al menos, parecen válidas.

Pero el profesor norteamericano no es el único detractor de la política de Teherán. El miedo al hasta ahora hipotético poderío militar iraní es el mantra de los políticos y los estrategas de Washington. Un Irán detentor de armas nucleares podría representar una amenaza para los demás Estaos de la región, al igual… que Israel, India o Paquistán,  países que forman parte del llamado “club atómico”. Mas en el caso del Irán, los datos del problema son más complejos.

Conviene recordar que durante los últimos años del reinado de Mohamed Raza Pehlevi, el régimen imperial iraní llegó a mantener excelentes relaciones “agrícolas y estratégicas” con las autoridades de Tel Aviv. La misión oficiosa israelí – el “bunker” de Teherán – contaba con decenas de empleados: diplomáticos, agrónomos, expertos militares hebreos, miembros de los servicios de inteligencia. Su expulsión, tras el regreso a Irán del ayatolá Jomeyni, no desanimó a los “podres fácticos” del Estado judío. Algunos llegaron incluso a barajar la opción de una posible colaboración en materia… nuclear. Pero la joven República islámica descartó esa alternativa. Siguió un constante y vertiginoso deterioro de las relaciones bilaterales. De hecho, el programa político de Jomeyni contemplaba la destrucción total y definitiva el “ente sionista”, así como la reconquista de Jerusalén, la tercera ciudad santa del Islam. Durante más de 30 años, los sucesivos Gobiernos persas se mantuvieron fieles a los ideales del líder de la revolución islámica. 

Pero las cosas empezaron a cambiar esas últimas semanas, tras la llegada al poder de Hasán Rohani, un clérigo moderado que apuesta por el entendimiento con las potencias occidentales. El nuevo presidente iraní parece dispuesto a estrenar una nueva política exterior, eliminar las posturas irreconciliables, buscar soluciones negociadas a la crisis nuclear, obrar por un acercamiento con Washington y con las potencias europeas. Hay quien vaticina ya una “reconciliación histórica” entre iraníes y norteamericanos. ¿Se puede hablar de rayos de luz al final del túnel?

Durante su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Rohani hizo especial hincapié en el hecho de que su país “no representa amenaza alguna para el mundo”. Los politólogos se apresuraron a interpretar estas palabras como una invitación a retomar las consultas sobre el controvertido programa nuclear. Más impactantes aún fueron las palabras del presidente iraní sobre el Holocausto judío, un hecho histórico jamás  reconocido por las autoridades religiosas de Teherán. 

Los tiempos cambian. Hoy en día, los reporteros gráficos esperan ansiosamente un hipotético apretón de mano entre Obama y Rohani. Pero ninguno de los estadistas está dispuesto a sacrificar su capital de credibilidad por una imagen de portada. Las negociaciones bilaterales darán comienzo en pocas horas. De su éxito o su fracaso depende un cambio sustancial de los parámetros políticos, de la paz o la guerra en Oriente Medio. ¿Las premisas?

Lo cierto es que Hasán Rohani quiere dialogar. Y Barack Obama necesita, en sus horas bajas, este diálogo. ¿La luz al final del túnel? Tampoco hay que echar campanas al vuelo.

martes, 3 de septiembre de 2013

De cómo (no) restaurar la democracia



Hace apenas un par de meses, cuando el ejército egipcio irrumpió en la vida política cairota, arrestando al líder islamista Mohammed Mursi, presidente electo del país africano, el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, no dudó en poner los puntos sobre las íes: no, no se trataba de un golpe d estado; la cúpula militar egipcia se había limitado a… restaurar de democracia. Curiosamente, la mayoría de sus compatriotas no compartía esa opinión. De hecho, el establishment político de Washington no tardó en calificar la intervención de los generales egipcios de golpe, condenando los métodos empleados para esa extraña “restauración de la democracia”.  El que eso escribe cayó en la tentación de comparar la verborrea de Kerry con la proverbial discreción de uno de sus ilustres antecesores: el también Secretario de Estado Henry Kissinger. Hablar de “democracia” en el contexto mezzo oriental no era el fuerte del politólogo alemán recriado en los Estados Unidos. Cometer semejante dislate sin pensar en dimitir para salvar la cara, tampoco. Pero los tiempos cambian y el perfil de los jefes de la diplomacia estadounidense también…

John Kerry nos volvió a sorprender la pasada semana al afirmar que los Estados Unidos disponían de pruebas sobre la autoría del ataque con armas químicas perpetrado – según él – por el ejército sirio, en el que perdieron la vida 1.429 personas. Aparentemente, la información estaba basada en declaraciones de testigos, informes médicos y datos suministrados por los servicios de inteligencia occidentales. Siempre según el jefe de la diplomacia norteamericana, los militares sirios emplearon el mortífero gas sarín. Detalle interesante: a comienzos de la misma semana, una agencia de noticias árabe informaba sobre la detención en la frontera turco-siria de varios jihadistas que transportaban 11 bidones de… gas sarín. Sin embargo, la noticia no apareció en los medios de comunicación occidentales. ¿Mera casualidad? ¿Deseo de no entorpecer los preparativos bélicos del Premio Nobel de la Paz Barack Obama? Lo cierto es que el Secretario de Estado se apresuró en asegurar a la prensa que Norteamérica es consciente de la experiencia iraquí – léase las inexistentes armas de destrucción masivas de Saddam Hussein – y que la Administración demócrata no repetirá el error de George W. Bush. 

De todos modos, la “operación castigo” ideada por el actual inquilino de la Casa Blanca tendrá que esperar. Washington no cuenta con el apoyo incondicional de los aliados occidentales. La fiel Inglaterra ha dado marcha atrás, censurando el discurso militarista del Primer Ministro Cameron, Alemania prefiere mirar hacia el Norte, la España post-aznarista parece a su vez poco propensa a arrimarse al carro de las aventuras bélicas de Obama. Por su parte, Rusia advierte: no hay que tocar al precario equilibrio estratégico de la región mediterránea. Finalmente, Bashar el Assad, el “malo de la película”, advierte: si los Estados Unidos atacan a Siria, todo Oriente Medio acabará en llamas.  Ficticia o real, la amenaza surtió efecto. Barack Obama espera el (innecesario, aunque siempre socorrido) visto bueno del Congreso para lanzar su ataque “ético” contra el hombre fuerte de Damasco. Por último, aunque no menos importante, el cauto silencio de los inspectores de las Naciones Unidas no presagia nada bueno…

Hasta aquí en “reality show”, el conflicto que nutre los contenidos de los telediarios y las páginas de los rotativos que se decantan por la hipotética y selectiva defensa de los derechos humanos. Pero ¿de verdad nos importa la suerte de los sirios? ¿De verdad apostamos por la victoria de los “combatientes por la libertad”, de jihadistas financiados por Arabia Saudita y Qatar, de islamistas apoyados por…Washington. 

Curiosamente, ello nos incita a plantearnos un sinfín de preguntas sobre la espontaneidad y utilidad de las llamadas “primaveras árabes”. Recuerdo la reacción de un joven e inexperto periodista occidental que, además de bautizarlas “las revoluciones de Twitter”, se convirtió en abogado del diablo poniendo en tela de juicio su objetivo. “¿Qué necesidad tiene Washington de sustituir a sus aliados tradicionales – monarcas o dictadores – por islamistas made in USA?” 

La pregunta sigue vigente. La respuesta… Conviene recordar la iniciativa del Gran Oriente Medio elaborada por la Administración Bush. El Twitter y los islamistas moderados figuraban en aquél guion.  Pero la historia de Oriente Medio no se escribe en Washington ni en Hollywood. Cabe preguntarse, pues, si el cacareado y pospuesto ataque contra Siria no acabará convirtiéndose en la chispa que provoque la gran llamarada.

jueves, 15 de agosto de 2013

Israel – Palestina: la enésima “última oportunidad”



En un ambiente que difícilmente podríamos tachar de optimista dieron comienzo esta semana en Jerusalén las consultas bilaterales sobre el porvenir de los territorios ocupados por Israel en 1967. Pese a que la jerga oficial empleada por la Administración Obama alude, como siempre, al “proceso de paz”, pocos analistas depositan esperanzas en este diálogo, que la diplomacia estadounidense pretende limitar a un período de… nueve meses. ¿Nueve meses para la solución de un conflicto milenario?

Las consignas de Washington son claras: las consultas no deben estar supeditadas a “condiciones previas” impuestas por la delegación palestina (por ello se entiende la congelación de la política de asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén Este), no se puede ni se debe abandonar la mesa de negociaciones y, por último, conviene mantener la máxima discreción acerca de los conflictivos temas inscritos en el orden del día. Porque esta vez hay que negociarlo todo: la estructura del futuro Estado palestino y las garantías de seguridad, el porvenir de las fronteras y el estatuto jurídico de los asentamientos, la capitalidad de Jerusalén, la espinosa cuestión de los refugiados, es decir, del derecho de retorno de unos seis millones de palestinos exiliados en la región y/o en países de ultramar, el reparto equitativo de los recursos hídricos de Cisjordania. En resumidas cuentas, la totalidad de los asuntos pendientes tras la firma de los Acuerdos de Oslo y de los protocolos adicionales elaborados en la última década del siglo pasado. 

En el capítulo de los “sacrificios dolorosos” anunciados por las autoridades de Tel Aviv figura la liberación de 104 presos palestinos detenidos por los israelíes antes de la firma de los Acuerdos de Oslo. En algunos casos, se trata, al parecer, de autores de “delitos de sangre”, condenados por la  muerte de ciudadanos israelíes. 

En el capítulo “hago lo que se me antoja”, se inscribe el anuncio del Gobierno Netanyahu de iniciar la construcción de alrededor de 2.000 nuevas viviendas en los asentamientos Cisjordania y Jerusalén Este. Pero esta vez, los palestinos no tienen derecho a indignarse; el actual inquilino de la Casa Blanca no parece muy propenso a escuchar su voz. Aun así, el presidente Mahmúd Abbas confía en las discretas o secretas promesas de Barack Obama. Y aunque el contenido de dichos compromisos no ha trascendido, el líder palestino asegura que las garantías ofrecidas por la Casa Blanca son bastante fuertes para contener la ira de sus compatriotas ante las nuevas manifestaciones de arrogancia israelí. 

Hace apenas unas horas, los medios de comunicación occidentales volvieron a aludir a la tan socorrida “última oportunidad” que ofrece la nueva ronda de consultas israelo-palestinas. Pero, seamos pragmáticos: basta con analizar el perfil de los protagonistas de este nuevo y desafortunado guion mediático para comprender que el diálogo no parece viable. El responsable de la diplomacia estadounidense para Oriente Medio, Martin Indyk, procede del AIPAC, el famoso lobby judío norteamericano de Washington. Indyk, australiano de origen, ostentó el cargo de embajador de los Estados Unidos en Tel Aviv.

La ministra de Justicia israelí, Tzipi Livni, llegó a la política merced a su carrera en los servicios de inteligencia hebreos. Fue, durante años, la cabeza visible del Mosad en Francia. 

El jefe de la delegación palestina, Saeb Erakat, unos de los artífices de los Acuerdos de Oslo, no disimula siquiera su pesimismo acerca de la utilidad de las consultas.

A ello conviene añadir el rechazo frontal de la cúpula de Hamás y la Yihad Islámica a las negociaciones con Israel, el creciente odio al Estado hebreo registrado en el seno de la opinión pública árabe; un odio que se debe ante todo a la campaña “antisionista” llevada a cabo por grupos radicales durante las llamadas “primaveras árabes”, el… otro error de cálculo de la geoestrategia estadounidense.
  
Es ese contexto, el optimismo y los comentarios sobran.  

domingo, 11 de agosto de 2013

Turquía: golpe al "Estado profundo"



“No hay que preocuparse; la democracia turca sale ganando. Las sentencias dictadas en el caso Ergenekon constituyen un duro golpe contra el “Estado profundo”, afirman los politólogos occidentales que siguen muy de cerca la situación política del país otomano. 

El macrojuicio contra la llamada “trama Ergenekon”, organización que supuestamente pretendía dinamitar los cimientos del Estado turco, provocando la caída del Gobierno de corte islamista de Recep Tayyip Erdogan, finaliza con catorce cadenas perpetuas dictadas contra militares de alta graduación, jefes de las fuerzas de Orden público y… periodistas. También hay cuatro condenas a más de 40 años de cárcel, dos a más de 30, así como una decena de penas superiores a 10 años de privación de libertad. 

Durante cuatro años, la Justicia turca investigó a los 275 imputados – militares, policías, gendarmes, empresarios, abogados, escritores, catedráticos, periodistas, personajes relacionados con los círculos mafiosos. El sumario del juicio consta de unas 39.000 páginas, un cúmulo de acusaciones de toda índole contra los “podres ocultos” que pretenden desestabilizar las estructuras del Estado. 

Curiosamente, la sentencia del tribunal generó un profundo malestar en el seno de la opinión pública turca, incapaz o poco deseosa de recordar los recientes enfrentamientos de la Plaza Taksim de Estambul, el forcejeo entre los “indignados” procedentes de todas las capas sociales y el prepotente Primer Ministro Erdogan.  

En efecto, mientras algunos dudan de la veracidad de las pruebas presentadas por la acusación contra los presuntos “golpistas”, los partidos de oposición insisten en que el líder del AKP (Partido para la Justicia y el Desarrollo) trata de aprovechar esta oportunidad para eliminar a sus detractores. Ficticia o real, esa acusación nos recuerda el enfrentamiento de los islamistas turcos con el estamento militar, garante, durante décadas, de las estructuras laicas ideadas por Mustafá Kemal, Atatürk, padre del Estado moderno. 

Conviene recordar que entre las “recomendaciones” formuladas por la Unión Europea para el proceso de adhesión de Ankara al “club cristiano” de Bruselas, figura la eliminación de la tutela ejercida por los militares sobre la clase política otomana. De hecho, entre 1960 y 1997, el Ejército turco irrumpió en cuatro ocasiones en la vida política del país, suspendiendo las garantías constitucionales. 

La pugna entre los seguidores de Erdogan y las Fuerzas Armadas dio comienzo a primeros de agosto de 2003, cuando el Parlamento, gracias a la mayoría del AKP, logró aprobar una serie de medidas destinadas a reducir el papel protagonista del Consejo de Seguridad Nacional (MGK) en la vida política del país.  Si desde una perspectiva europea se trataba de un paso muy importante de cara al acercamiento a la UE, numerosos políticos y catedráticos turcos consideraban que “sería erróneo debilitar las estructuras existentes antes de tiempo”, ya que el estamento castrense, que cuenta con gente preparada, disciplinada y pragmática, es el único garante de la unidad del Estado.  Por otra parte, algunos analistas estiman que los cánones europeos en materia de no injerencia del ejército en la política son difícilmente aplicables a Turquía.

Cuarto años más tarde, en 2007, cuando las autoridades desvelaron la existencia de la “red Ergenekon”, los ánimos volvieron a caldearse. Sin embargo, esta vez los europeos optaron por mantenerse al margen, alegando que se trataba de un asunto interno turco. 

Las primeras reacciones críticas se registraron a comienzos de esta semana, tras la publicación del veredicto. Aparentemente, los occidentales estiman que detrás del castigo infligido a los “golpistas antiislamistas” se divisan motivaciones políticas, que la cuestión es mucho más compleja de lo que a primera vista parece. En efecto, si Turquía quiere formar parte de Europa, el golpe contra el “Estado profundo” era imprescindible. Pero tampoco es aceptable en el Viejo Continente, al menos a primera vista, un régimen islámico con todo lo que conlleva. Obviamente, Recep Tayyip Erdogan no es Mohamed Mursi y las movilizaciones de la Plaza Taksim poco o nada tienen que ver los recientes acontecimientos de la cairota Plaza Tahrir.

La pregunta que se plantea es si Turquía tiene la madurez democrática suficiente para soportar el gobierno de partidos de distinta tendencia sin la ayuda o la injerencia directa de los militares. Pero a la vez, y gracias al juego político, no permitiendo que dichos partidos transgrediesen las reglas del kemalismo, de una democracia laica consolidada.