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lunes, 11 de julio de 2022

La travesía de los desiertos de Sleepy Joe (Biden)


Por favor, no molesten al Presidente con asuntos de poca relevancia. Este fue el mensaje trasladado por los emisarios del Departamento de Estado norteamericano a la cúpula de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en vísperas del viaje de Joe Biden a Oriente Medio.

Nada de efusividad ni de discursos inutiles, rezaban las instrucciones de la Casa Blanca. La foto de Biden con Mahmúd Abbas no tiene que desencadenar reacciones negativas en Israel ni muchísimo menos en Riad, última etapa de la peregrinación del inquilino de la Casa Blanca por tierras de Oriente. En resumidas palabras, el amigo israelí tiene que sentir el apoyo de Washington; el hasta ahora paria del desierto, el príncipe Mohammed Bin Salman, heredero de la Corona saudí, tiene que comprender que el octogenario político norteamericano viene en son de paz. No, en este caso concreto, tampoco se trata de exigir responsabilidades por el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, la oveja negra del régimen de Riad, que halló refugio en las páginas del Washington Post. Sí, es cierto; la muerte de Khashoggi provocó la ira de la prensa libre de Occidente, de los políticos estadounidenses, del propio Biden, quien se comprometió durante la campaña presidencial de castigar a Bin Salman. Pero en estos momentos, la Casa Blanca tiene otras prioridades; se trata de convencer a los señores del reino de las dunas de la necesidad de compensar, con un anhelado excedente de exportaciones, la pérdida de los hidrocarburos rusos, vetados por las restricciones impuestas por Occidente tras la invasión de Ucrania. Entre el oro negro y la honorabilidad de Bin Salman, Washington se decanta por… el crudo saudí.

Lo malo es que el príncipe se comprometió con Rusia – primera potencia productora de petróleo – a no adoptar políticas susceptibles de perjudicar los intereses de los países petroleros y, con China, de incrementar ostensiblemente las exportaciones de oro negro. Bin Salman tiene que retractarse, sugieren los asesores económicos de Biden. ¿Renunciar a la palabra dada? Un autentico desafío para el Presidente. ¿La contrapartida?   

Joe Biden tiene que convencer a los palestinos que el moribundo, véase difunto proceso de paz, se reanudará aceptando los compases de la música propuesta por los saudíes, un ritmo que no es del agrado de la plana mayor de la Autoridad Palestina.

Por su parte, los políticos israelíes, preocupados por el escaso interés de Washington por sus inquietudes - amenaza nuclear iraní, avance de los grupúsculos integristas hacia las fronteras del Estado Judío, recrudecimiento de los ataques de Hamas -, necesitan el espaldarazo de Biden para consolidar su actuación en la zona. El posible reconocimiento por parte de Arabia Saudita y las ansiadas oportunidades de negocios con el país de las dunas abran nuevos horizontes para Israel.

Los palestinos, simple moneda de cambio en este regateo, tendrán que aceptar la tutela de la monarquía saudí y los no siempre agradables ukases de la Casa Blanca. Norteamérica les está exigiendo no molestar a Joe Biden con el espinoso asunto de la apertura de un Consulado General estadounidense en Jerusalén este, no reclamar la reapertura de la oficina de la OLP en Washington, cerrada por la Administración Trump y renunciar a la investigación sobre el asesinato de la periodista palestino-norteamericana Shireen Abu Aqleh, que falleció posiblemente debido a un impacto de bala israelí. El termino posiblemente figura en el informe elaborado recientemente por las autoridades estadounidenses encargadas de dilucidar las condiciones de la muerte de Shireen. Obviamente, hay una diferencia abismal entre la vida de un periodista saudí y la de una palestina empleada por una cadena de televisión árabe. Obviamente, la paz en Oriente Medio no figura entre las prioridades de la Administración Biden.

 

martes, 14 de junio de 2022

El tío Joe y su nuevo desorden mundial

 

Más de un año tardaron los sherpas de la Casa Blanca y sus colegas del Departamento de Estado en ultimar los detalles del primer viaje presidencial a Oriente Medio. Un proyecto difícil, cuya materialización sufrió un considerable retraso debido al conflicto de Ucrania y sus efectos colaterales: el encarecimiento del precio de los crudos y el caótico estado del transporte marítimo, que afecta el suministro global de mercancías.

Por si fuera poco, las directrices provenientes del Despacho Oval eran muy claras: El presidente quiere que el viaje sea recordado como la culminación de la misión pacificadora de la Administración, enfocada en lograr resultados (positivos) para el pueblo norteamericano. Así de claro, pero…      

La visita de Joe Biden a Oriente Medio tendrá lugar del 13 al 16 de julio e incluirá escalas en Israel, los territorios palestinos y Arabia Saudita. Y no será forzosamente, un camino de rosas. La nueva fisionomía de la región, ideada por la Administración Trump, poco tiene que ver con el compungido Oriente Medio, atentico quebradero de cabeza para los diplomáticos estadounidenses. Los Acuerdos de Abraham, negociados por el equipo de Donald Trump, fueron aceptados – a veces, a regañadientes – por los Estados del Golfo, poco propensos a sellar las paces con Israel a cambio de nada. Pero el multimillonario neoyorquino reconvertido a político supo cuantificar el esfuerzo o sacrificio de cada uno de los actores. Con su mentalidad de hombre de negocios, Trump recurrió a la fórmula mágica: I buy! (compro). Fuera quedaron de este trato los principales interesados: los palestinos, quienes no tuvieron voz ni voto en el regateo de Washington con las capitales árabes y Tel Aviv. Alguien dijo en su momento que los Acuerdos Abraham eran una especie de contrato de compraventa aderezado con salsa diplomática. Por muy extraño que ello parezca, el engendro funciona.

Los asesores de Biden sugirieron al Gobierno israelí la convocatoria de una cumbre con los dirigentes palestinos, destinada a relanzar el moribundo proceso de paz interrumpido durante el mandato de Trump. Pero tanto el primer ministro israelí, Naftali Bennett, como el presidente de la ANP, Majmúd Abbas, descartaron la propuesta; ambos estiman que no se dan las condiciones para la reanudación del diálogo. Los israelíes apuestan por la desaparición física de Abbas y su sustitución por uno de los halcones de la cúpula palestina; Mahmúd Abbas, muy debilitado, se aferra al poder, bloqueando el proceso de renovación de las estructuras políticas de la Autoridad Nacional.

Los dirigentes israelíes estiman que después de la muerte de Abbas podrían iniciar el proceso de anexión territorial de Cisjordania, congelado in extremis en vísperas de la firma de los Acuerdos Abraham.

Lo que Israel reclama es la intervención del inquilino de la Casa Blanca para lograr la normalización de las relaciones con Arabia Saudita. En este caso concreto, la normalización se traduce por el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas, que las altas esferas del reino wahabita supeditan a la… solución de la cuestión palestina. ¿Otra misión imposible para Biden?

Otra, sí, puesto que el primer obstáculo para el diálogo entre Norteamérica y Arabia Saudita consiste en perdonar al príncipe heredero, Mohammed Bin Salman, su participación en el complot que desembocó en la muerte del periodista Jamal Khashoggi, comentarista del Washington Post.  Biden se comprometió a exigir su castigo el año pasado, cuando los servicios secretos estadounidenses lo implicaron en la trama asesina. Es, al parecer, la condición sine que non para el reseteo de las relaciones entre Washington y Riad. Pero hoy por hoy parece descabellado imaginar que el presidente de los Estados Unidos le pregunte a Bin Salman: ¿por qué mandó vuestra alteza real matar a un comentarista del Washington Post? Queda, pues, la otra opción; la del borrón y cuenta nueva, del muy socorrido:  Aquí no ha pasado nada…

Sin embargo, lo cierto es que pasaron muchas cosas. Los saudíes cuentan con el apoyo de la Casa Blanca en su combate contra el régimen de los ayatolás iraníes, sus archienemigos en la zona, con la entrega de sistemas de defensa antimisiles, indispensables para neutralizar los ataques de los rebeldes hutíes, con una mayor coordinación de las políticas regionales, que reforzaría el prestigio del reino en la región del Golfo Pérsico.

Por su parte, Biden quiere reclamar un incremento de la producción de petróleo saudí, que cubra el vacío dejado por la imposición de sanciones a la venta de crudo procedente de Rusia. En efecto, las sanciones han provocado un efecto boomerang: Occidente padece la falta de petróleo ruso.  

Conviene recordar que Arabia Saudita apoyó desde el primer momento la política petrolera de Rusia, manifestando su solidaridad con otro gran productor de oro negro. ¿Renunciar al compromiso con Moscú para sumarse al bando del Biden? Para los hombres del desierto, como el príncipe Bin Salman, ello supondría faltar a su palabra de honor. Y en el desierto, el honor es el bien más preciado.