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jueves, 12 de junio de 2014

Terapia franciscana



Al fin, el  milagro se produjo: cristianos, musulmanes y hebreos rezaron en los jardines del Vaticano por la paz, el diálogo y el final de la violencia en Tierra Santa. Los protagonistas del acto: Shimón Peres, presidente del Estado de Israel y Mahmúd Abbas, jefe de la Autoridad Nacional Palestina. Promotor y director escénico del evento: el papa Francisco. Testigos de excepción: Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla y el franciscano Pierbattista Pizzaballa, custodio de Tierra Santa. Ni que decir tiene que la ceremonia provocó un gran impacto mediático.

Pero no se trataba sola y únicamente de un operativo de relaciones públicas destinado a resaltar los éxitos del Papa o la habilidad de la diplomacia de la Santa Sede. El gesto de Jorge Mario Bergoglio encerraba una gran dosis de simbolismo. El Papa pretendía acercar a los familiares de las víctimas de la violencia, propiciar un encuentro de los estadistas responsables del constante deterioro de las relaciones israelo-palestinas, instar a las partes a hallar soluciones válidas para acabar con el conflicto intercomunitario. ¿Una misión imposible?

La verdad es que tanto Peres como Abbas están empeñados en ocultar los episodios más inoportunos de sus respectivas biografías. En el caso concreto de Peres, el padre de la colonización de los territorios ocupados, el hecho de haber potenciado, en 1974, la creación de Kadumin, el primer asentamiento israelí de Cisjordania. Siguieron otros, muchos más. Hoy en día, hay alrededor de 125 colonias judías en tierra palestina. Los laboristas de Shimón Peres, que se autoproclaman pacifistas y detractores de la ocupación, participaron sin embargo activamente en el proceso de colonización.

Peres fue, eso sí, uno de los artífices de los Acuerdos de Oslo, negociados por el entonces número dos de la OLP, Mahmúd Abbas (Abu Mazen). Abbas, un personaje poco carismático, que cursó estudios de derecho en universidades árabes. Antes de ingresar en la OLP, formaba parte del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP). En 1994, tras la firma de los Acuerdos de Oslo y el traslado de la plana mayor de la OLP de Túnez a Gaza,  fue el único dignatario palestino autorizado a pisar suelo israelí. De hecho, las autoridades de Tel Aviv facilitaron su regreso a Safed, su ciudad natal, que abandonó en 1948. Cortejado por los laboristas, anatemizado por el Likud, Mahmúd Abbas se convirtió, tras la muerte de Arafat, en la bestia negra del establishment político israelí.

El que esto escribe se acuerda de los tiempos en que el nombre del líder de la resistencia nacionalista palestina se convertía, en los medios de comunicación hebreos, en el cabecilla de los terroristas.  Después de los Acuerdos de Oslo, pasó a llamarse el señor Arafat a secas, sin título ni reconocimiento de su cargo. En los últimos años de su vida, tras el cerco de la Mukata (sede de la Autoridad Nacional) por los blindados israelíes, Arafat se convirtió, por obra y gracia del general Sharon, en el interlocutor irrelevante, el Bin Laden palestino. 
 
Al asumir la presidencia de la Autoridad Nacional, Abbas se tornó en un político débil. La maquinaria de propaganda de Tel Aviv hacía todo lo posible para desprestigiarlo. Tras las elecciones generales de 2006, ganadas por la agrupación islámica radical Hamas, Abbas se queda con el control de Cisjordania. Los milicianos de Al Fatah fueron expulsados de la Franja de Gaza. Para los israelíes, el Presidente de la ANP es un personaje poco representativo. Se convertirá en enemigo de Israel al anunciar, hace apenas unas semanas, la reconciliación de las facciones palestinas y la creación de un Gobierno de coalición integrado por miembros de la resistencia islámica. 

Shimón Peres y Mahmúd Abbas invocaron, en los jardines del Vaticano, la paz entre iguales, el acercamiento entre dos pueblos condenados a entenderse. Mas su gesto poco tiene que ver con la intransigencia del Gabinete Netanyahu, que rechaza cualquier entendimiento con los terroristas de Hamas o con la postura no menos radical de la agrupación religiosa islámica, poco propensa a renunciar al objetivo primordial de su programa: la destrucción del Estado de Israel. 
    
La terapia franciscana sirvió, pues, para alejar durante unos instantes los demonios de la guerra. Pero hará falta más, mucho más que un mero golpe de efecto, para alcanzar la verdadera paz.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Los cristianos de Oriente: entre la cruz y Al Qaeda


Los sangrientos ataques perpetrados en las últimas semanas contra miembros de la comunidad cristiana iraquí vuelven a poner de manifiesto el radicalismo y la intransigencia de Al Qaeda, cuyos cabecillas evocan abiertamente la necesidad de expulsar a los “herejes cristianos” de las tierras del Islam. Curiosamente, ello sucede en un país donde la discriminación religiosa estaba vetada por un conjunto de leyes sobre la “igualdad de las minorías étnicas”, promulgadas por el régimen laico de Saddam Hussein.
Conviene recordar que, durante siglos, las provincias que conforman el Irak moderno fueron pobladas por distintas comunidades cristianas. De hecho, la mayor parte de los cristianos iraquíes pertenece al grupo los asirios, que abrazó la fe de Cristo en los siglos 2º y 3º de nuestra era. La segunda comunidad por orden de importancia está integrada por los caldeos, étnia de cultura y expresión árabes. Menos numerosos son los siriacos ortodoxos y católicos, los armenios y los católicos romanos.
La relación de los cristianos y, ante todo, de la comunidad asiria con la rama iraquí de la monarquía hachemita que reinaba en Bagdad acabó generando la desconfianza y la ira de los musulmanes, tanto sunitas como chiitas. Durante los 35 años de gobierno del Partido Ba’az, los cristianos residentes en las zonas urbanas llegaron a ocupar puestos clave en los Gobiernos de Saddam Hussein y/o amasar grandes fortunas en el mundo de los negocios. ¿La procedencia del dinero? Las transacciones lícitas e ilícitas de la camarilla de Saddam, así como la corrupción reinante a todos los niveles de la Administración del Estado.
La violencia contra los cristianos volvió a desencadenarse a partir de 2004, tras la ocupación del país por las tropas de la coalición pro-occidental. Durante los primeros disturbios registrados en el barrio cristiano de Al Dora, los sunitas lanzaron un ultimátum a los pobladores: convertiros al Islam en un plazo de 24 horas o abandonad el país. Tres años más tarde, más de dos tercios de la población cristiana se había marchado Bagdad. Lo mismo sucedió en Mosul y Kirkuk, baluartes kurdos situados en el Norte del país. Los ataques contra los cristianos fueron perpetrados por las milicias sunitas y chiitas, por integrantes del Ba’az o grupúsculos de Al Qaeda, a los que se sumaron numerosa organizaciones criminales.
Huelga decir que la persecución de las comunidades cristianas no se debe sola y únicamente a la actitud más que benévola de las tropas occidentales para con esta minoría; también entran en liza algunos incidentes acaecidos fuera de la región. Las caricaturas que ridiculizaban al profeta Mahoma, publicadas en Europa en 2005 o las desafortunadas declaraciones del Papa Benedicto XVI sobre el Islam y los musulmanes de 2006, desembocaron en una serie de incidentes protagonizados por radicales islámicos y miembros de la comunidad asiria. Los intentos de crear una región autónoma cristiana en la planicie de Nínive fracasaron, pese a que el artículo 125 de la nueva Constitución iraquí garantiza los “derechos administrativos y políticos de las (distintas) nacionalidades”.
El pasado mes de junio, un grupo integrado por 76 líderes cristianos y representantes de otras etnias lanzó un llamamiento a favor de la protección de las minorías. Sin embargo, los derechos de la minoría cristiana siguen siendo violados sistemáticamente.
Pero el malestar viene de más antiguo. Desde la caída del Imperio otomano, en la década de los 20 del siglo pasado hasta los años 50, las comunidades cristianas protagonizaron la llamada “emigración política”, flujo migratorio resultante de los brotes de nacionalismo radical que acompañaron la creación de los Estados-nación en distintas regiones del ya desaparecido imperio.
Irak no es el único país musulmán sometido a la presión social de los islamistas. En los Territorios Palestinos sólo quedan 50.000 cristianos, es decir, un escaso 3 por ciento de la población. En 1920, había en Turquía más de 2 millones de cristianos. Actualmente, apenas quedan 200.000.
La situación es idéntica en la casi totalidad de los países árabes o musulmanes del contorno mediterráneo. ¿Pura casualidad o… sonada victoria de los radicales de Al Qaeda?