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viernes, 12 de diciembre de 2014

Putin y los enemigos de antaño


Dos extraños y contradictorios mensajes de fin de año nos llamaron la atención en vísperas de las fiestas navideñas. El primero procede del Kremlin; el segundo, de la capital de Alemania.
Huelga decir que para la mayoría de los europeos, los protagonistas del 2014 fueron dos amables contrincantes: Vladímir Putin y Angela Merkel. Dos estadistas que encarnan, quieran o no, la nueva guerra fría. La guerra hibrida, para los expertos en polemiología, muy propensos a inventar neologismos adaptados a conflictos de toda índole. Para los polemiólogos, la anexión de Crimea y el conflicto interno de Ucrania forman parte de las llamadas guerras hibridas. Nada que ver, claro está, con la guerra de Vietnam, el conflicto israelo-árabe o la invasión de Irak por la alianza militar liderada por Washington. Las guerras hibridas molestan, pero… no inquietan. Al menos, de momento.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: el intercambio de mensajes entre Oriente y Occidente. Quien abrió las hostilidades (verbales) fue Vladímir Putin en su discurso pronunciado ante las Cámaras del Parlamento ruso. Su análisis sorprendió a los observadores extranjeros. En Presidente habló del papel de Rusia en el mundo, haciendo hincapié en el poderío militar de su país  que sigue siendo la primera potencia nuclear del planeta. Es inútil hablar con Rusia desde posiciones de fuerza, señaló Putin, recordando a los “interesados” el final de la aventura bélica de Adolf Hitler. El mensaje iba dirigido, sin duda alguna, a los enemigos de antaño de Rusia, que tratan de levantar un nuevo telón de acero. ¿Los destinatarios de esa advertencia? Washington, Berlín y Bruselas. Aunque el Presidente ruso se apresura en añadir que a Moscú lo le interesa el deterioro de las relaciones con Occidente, no duda en tachar el escudo antimisiles desplegado por la OTAN en las regiones fronterizas con la antigua URSS de amenaza para toda la humanidad.

Al evaluar el impacto de las sanciones impuestas por Occidente a raíz de la crisis de Crimea y de la situación bélica que reina en Ucrania, el número uno del Kremlin afirma rotundamente que la coyuntura actual representa un estímulo para el desarrollo nacional de Rusia. Reconociendo el importante perjuicio a la economía de su país tanto a nivel de las relaciones comerciales con los socios europeos como para la estabilidad del rublo, Putin insiste sobre la necesidad de apostar por tecnología nacional, conservando a la vez la calidad de los productos nacionales, así como la relación calidad precio.

También recuerda las presiones ejercidas recientemente por Bruselas sobre algunos países balcánicos (Rumanía, Bulgaria) con miras a obstaculizar la construcción del gasoducto South Stream, variante alternativa de la actual conexión energética que atraviesa el territorio de Ucrania. Tras la renuncia de Bulgaria de autorizar las obras previstas por los acuerdos bilaterales, Moscú dirigió sus miradas hacia… Ankara. En efecto, Turquía se convertirá en el suministrador de gas natural ruso en la región Mediterránea. La reciente firma del acuerdo de cooperación energética entre Moscú y Ankara provocó la ira de Washington y de sus aliados europeos. Mas no será este el primer ni el único motivo de enfado. En este contexto, conviene señalar que algunos kremlinólogos occidentales (¡cielos! ¿Esa “secta” aún no ha desaparecido?) estiman que la política llevada a cabo por Occidente frente a Moscú es a la vez contraproducente y nociva. Nuestros políticos no comprenden a Rusia, afirman los estudiosos anglosajones. Decididamente, no.

Los políticos comprenden lo que quieren y, en la mayoría de los casos, sólo lo que les interesa. Hacer caso omiso de la argumentación del enemigo de antaño forma parte de la estrategia de este partido de ajedrez. Hace años, la propaganda oficial rusa advirtió sobre el peligro del revanchismo centroeuropeo. Se trataba, obviamente, de una alusión poco velada a… Alemania, la primera potencia industrial del Viejo Continente. Los rusos no olvidan los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, la Canciller Merkel no tardó en censurar la postura del Kremlin que, según ella, obstaculiza la “normalización” de la relaciones de Ucrania y Georgia – candidatos al ingreso en la OTAN - así como de la República Moldova, con la UE. Moscú teme que Alemania sigue impertérrita su ofensiva hacia el Este y que el vocablo normalización es sinónimo de… anexión.  Algo que aún queda por ver. Aunque los pesimistas ya tienen su slógan: Guten Appetit, Frau Merkel! Buen provecho, señora Canciller…

viernes, 7 de noviembre de 2014

El sueño de la "señora Europa"


“Mi objetivo es tener un Estado palestino”. Con esas palabras se estrenó la nueva Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Federica Mongherini, socialdemócrata italiana que ostentó durante unos meses el cargo de jefa de la diplomacia de su país.

Esa politóloga de 41 años de edad tiene la nada desdeñable tarea de coordinar la política exterior de los 28 miembros de la Unión, lograr que Europa llegue a adoptar medidas comunes y concertadas, que la UE hable con una sola voz en los foros internacionales. Algo que parecía difícil, cuando no imposible, durante el mandato de su antecesora, la baronesa británica Catherine Ashton, una burócrata sin conocimiento alguno de los entresijos de la diplomacia. Ashton limitó su actuación a los Balcanes, apuntándose el éxito del acuerdo sobre la normalización de las relaciones entre Serbia y el enclave secesionista de Kosovo. También desempeñó un papel importante en la preparación del convenio sobre la supervisión del programa nuclear iraní, negociado por las grandes potencias – Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, China y Alemania. Pero la baronesa trató de obviar la delicada situación de Oriente Medio – conflicto israelo-árabe, la dramática situación de los pobladores de Palestina, las repercusiones de las llamadas primaveras árabes para la estabilidad en el Mediterráneo. Ficticia o real, su incapacidad de abordar los problemas de la cuenca meridional del Mare Nostrum ha convertido a Europa, primer socio comercial y primer donante en la región, en mero espectador. Y ello, en un momento en que tres potencias regionales de corte islámico – Arabia Saudita, Irán y Turquía – se disputan el liderazgo geoestratégico en la zona.

Federica Mongherini decidió realizar su primer viaje oficial a Israel y Palestina. La nueva Alta Representante confía en que antes del final de su mandato, en 2019, Palestina sea un Estado; un Estado reconocido por la totalidad de los países de la Unión. Si bien es cierto que algunos de los miembros, como por ejemplo Bulgaria, Chequia, Chipre, Hungría,  Malta, Polonia y Rumanía reconocieron el Estado palestino antes de su incorporación al club de Bruselas, conviene señalar que en los últimos años, y más concretamente después del operativo bélico llevado a cabo por Israel en la Franja de Gaza en 2012, los socios  comunitarios optaron por un endurecimiento de su postura frente a las autoridades de Tel Aviv. En la declaración conjunta de los miembros de la UE publicada al término de la ofensiva contra Gaza, se subraya por vez primera la necesidad de contar con dos Estados – Palestina e Israel – y se condena, por ilegal la política de colonización de los territorios ocupados.

Los cambios registrados en la percepción comunitaria, tanto a nivel de la clase política como de la opinión pública, coinciden con el fracaso sistemático de las consultas de paz patrocinadas por los Estados Unidos. Mientras las iniciativas estadounidenses llevan de antemano su certificado de defunción, los operativos bélicos del Gobierno israelí y la colonización permanente y sistemática de Cisjordania y Jerusalén se convierten en respuestas habituales a las innumerables propuestas de paz o diálogo ideadas por la diplomacia estadounidense.

La pasada semana, el nuevo Gobierno sueco provocó una auténtica tormenta al reconocer unilateralmente a Palestina. Se trata de una verdadera primicia, puesto que la postura oficial (y ambigua) de Bruselas se escuda en la socorrida frase buscar una solución pactada que facilite la creación de un Estado palestino junto al israelí.  Pocas horas después de la escandalosa decisión de Suecia, los parlamentarios ingleses exigieron al primer ministro David Cameron que reconozca el Estado palestino. Lo mismo sucedió en el Senado de la República de Irlanda.


Actualmente,  el Estado judío cuenta con defensores en el seno de la UE. Se trata de los Países Bajos, Dinamarca y Alemania, que apoyan (casi) incondicionalmente la política llevada a cabo por las autoridades de Tel Aviv. La postura de Francia, Inglaterra y España parece más… ambigua. Las dos grandes potencias coloniales del siglo XX procuran ocultar sus verdaderos designios. España, por su parte, sigue a la zaga de…

jueves, 12 de junio de 2014

Terapia franciscana



Al fin, el  milagro se produjo: cristianos, musulmanes y hebreos rezaron en los jardines del Vaticano por la paz, el diálogo y el final de la violencia en Tierra Santa. Los protagonistas del acto: Shimón Peres, presidente del Estado de Israel y Mahmúd Abbas, jefe de la Autoridad Nacional Palestina. Promotor y director escénico del evento: el papa Francisco. Testigos de excepción: Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla y el franciscano Pierbattista Pizzaballa, custodio de Tierra Santa. Ni que decir tiene que la ceremonia provocó un gran impacto mediático.

Pero no se trataba sola y únicamente de un operativo de relaciones públicas destinado a resaltar los éxitos del Papa o la habilidad de la diplomacia de la Santa Sede. El gesto de Jorge Mario Bergoglio encerraba una gran dosis de simbolismo. El Papa pretendía acercar a los familiares de las víctimas de la violencia, propiciar un encuentro de los estadistas responsables del constante deterioro de las relaciones israelo-palestinas, instar a las partes a hallar soluciones válidas para acabar con el conflicto intercomunitario. ¿Una misión imposible?

La verdad es que tanto Peres como Abbas están empeñados en ocultar los episodios más inoportunos de sus respectivas biografías. En el caso concreto de Peres, el padre de la colonización de los territorios ocupados, el hecho de haber potenciado, en 1974, la creación de Kadumin, el primer asentamiento israelí de Cisjordania. Siguieron otros, muchos más. Hoy en día, hay alrededor de 125 colonias judías en tierra palestina. Los laboristas de Shimón Peres, que se autoproclaman pacifistas y detractores de la ocupación, participaron sin embargo activamente en el proceso de colonización.

Peres fue, eso sí, uno de los artífices de los Acuerdos de Oslo, negociados por el entonces número dos de la OLP, Mahmúd Abbas (Abu Mazen). Abbas, un personaje poco carismático, que cursó estudios de derecho en universidades árabes. Antes de ingresar en la OLP, formaba parte del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP). En 1994, tras la firma de los Acuerdos de Oslo y el traslado de la plana mayor de la OLP de Túnez a Gaza,  fue el único dignatario palestino autorizado a pisar suelo israelí. De hecho, las autoridades de Tel Aviv facilitaron su regreso a Safed, su ciudad natal, que abandonó en 1948. Cortejado por los laboristas, anatemizado por el Likud, Mahmúd Abbas se convirtió, tras la muerte de Arafat, en la bestia negra del establishment político israelí.

El que esto escribe se acuerda de los tiempos en que el nombre del líder de la resistencia nacionalista palestina se convertía, en los medios de comunicación hebreos, en el cabecilla de los terroristas.  Después de los Acuerdos de Oslo, pasó a llamarse el señor Arafat a secas, sin título ni reconocimiento de su cargo. En los últimos años de su vida, tras el cerco de la Mukata (sede de la Autoridad Nacional) por los blindados israelíes, Arafat se convirtió, por obra y gracia del general Sharon, en el interlocutor irrelevante, el Bin Laden palestino. 
 
Al asumir la presidencia de la Autoridad Nacional, Abbas se tornó en un político débil. La maquinaria de propaganda de Tel Aviv hacía todo lo posible para desprestigiarlo. Tras las elecciones generales de 2006, ganadas por la agrupación islámica radical Hamas, Abbas se queda con el control de Cisjordania. Los milicianos de Al Fatah fueron expulsados de la Franja de Gaza. Para los israelíes, el Presidente de la ANP es un personaje poco representativo. Se convertirá en enemigo de Israel al anunciar, hace apenas unas semanas, la reconciliación de las facciones palestinas y la creación de un Gobierno de coalición integrado por miembros de la resistencia islámica. 

Shimón Peres y Mahmúd Abbas invocaron, en los jardines del Vaticano, la paz entre iguales, el acercamiento entre dos pueblos condenados a entenderse. Mas su gesto poco tiene que ver con la intransigencia del Gabinete Netanyahu, que rechaza cualquier entendimiento con los terroristas de Hamas o con la postura no menos radical de la agrupación religiosa islámica, poco propensa a renunciar al objetivo primordial de su programa: la destrucción del Estado de Israel. 
    
La terapia franciscana sirvió, pues, para alejar durante unos instantes los demonios de la guerra. Pero hará falta más, mucho más que un mero golpe de efecto, para alcanzar la verdadera paz.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Listas negras y juegos de guerra


Uno de los primeros gestos (simbólicos) de la recién autoproclamada República Popular de Donetsk fue la elaboración de una lista de personas non gratas a las que se les prohíbe la entrada en el territorio controlado por las milicias prorrusas. Encabezan la sui generis lista negra el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, la canciller alemana, Angela Merkel, y la responsable de la diplomacia de la UE, la británica Catherine Ashton. 

Por si fuera poco, el copresidente de la República de Donetsk, Denís Pushilin, firmó un documento en el que acusa al actual inquilino de la Casa Blanca de connivencia con las autoridades de Kiev en la aprobación del decreto que autoriza la operación “antiterrorista” en las provincias orientales. 

La noticia pasó casi inadvertida. A nadie le interesan las listas negras confeccionadas por milicias rebeldes. Las únicas que importan, al parecer, son las elaboradas por los grandes, por Washington o por Bruselas. A nadie se le ocurre pensar que las listas negras son, en definitiva, una aberración ideológica.

Más impacto tuvieron, al parecer, las declaraciones formuladas el mismo día por el representante permanente de la Federación Rusa ante la OTAN, Alexánder Grushko, quien advirtió a los miembros de la Alianza que el incremento del contingente militar occidental en los países de Europa del Este obligaría a Moscú a tomar las medidas pertinentes para su defensa. Estima el representante ruso que las anunciadas acciones de la OTAN – envío de tropas y material estratégico a Polonia, Rumanía y los países bálticos – sólo contribuyen para aumentar la tensión en el Viejo Continente.  Rusia acusa a la Alianza de aprovechar la crisis de Ucrania para incrementar los presupuestos militares de los Estados miembros so pretexto de la aparición/fabricación de nuevos enemigos. 

Por si fuera poco, los estrategas moscovitas recuerdan que la OTAN se había comprometido a no desplegar armamento atómico o fuerzas adicionales en el territorio de los nuevos miembros, es decir, los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia. Dicho compromiso parece haberse convertido en agua de borrajas tras la decisión de la Alianza de enviar brigadas estadounidenses en la región fronteriza con Rusia.

La llamada defensa colectiva de Europa Oriental (léase, incremento del potencial bélico en el Este europeo) figura en el orden del día de la próxima reunión de los ministros de Defensa de la OTAN, que se celebrará en Bruselas a comienzos de junio. Para Moscú se trata de una auténtica declaración de guerra. Ni más, ni menos…

jueves, 24 de abril de 2014

Llegan los marines de guante blanco



Afirmar rotundamente que los Estados Unidos y la Unión Europea han orquestado los últimos acontecimientos de Ucrania, que las potencias occidentales han sido los verdaderos artífices de las revoluciones de colores de Kiev, que han propiciado la caída del presidente Yanukóvich y su sustitución por el equipo del autoproclamado Gobierno de Ucrania, son palabras que, sin duda, provocan malestar. Y más aún, si las acusaciones proceden del jefe de la diplomacia rusa, Serguei Lavrov, el hombre que se comprometió, en nombre del Kremlin, a rebajar la tensión en el Este de Ucrania. 

Pero desde la conferencia de Ginebra, irrelevante evento que congregó en la ciudad helvética a emisarios de Washington, Moscú, Kiev y la UE, la situación sobre el terreno se ha deteriorado a pasos agigantados. El pasado domingo, el jefe de la CIA, John Brennan, realizó un viaje relámpago a la capital de Ucrania. Pocas horas después de su visita, las autoridades de Kiev anunciaban la reanudación de la “operación antiterrorista”, destinada a eliminar los focos de resistencia pro rusa en el Este del país, región que cuenta con una mayoría rusófona, que la propaganda occidental se empeña en tildar de rusófila. Huelga decir que los anteriores intentos de pacificación de la zona se saldaron con estrepitosos fracasos. Soldados y carros blindados que se entregaron al enemigo, es decir, a las milicias rebeldes, extrañas situaciones de compás de espera, en que los combatientes de los bandos rivales se observaban mutuamente sin pegar un solo tiro. Los milicianos, al igual que los políticos moscovitas, estaban a punto de echar las campanas al vuelo. Pero…

En los últimos días, la Administración Obama decidió lanzar sus peones en el tablero de la última frontera. El senador John McCain, candidato republicano a la presidencia de los EE. UU. en los comicios de 2008, encabezó una delegación de congresistas que tomó tierra en Chisinau, capital de la República de Moldavia, territorio reclamado tanto por Moscú como por Bucarest. McCain no dudó en ofrecer a los líderes moldavos asistencia (civil y militar), préstamos y garantías en la lucha contra… la campaña de intoxicación llevada a cabo por las cadenas de televisión rusas. Más explícito, el senador Robert Corker aludió al reciente cambio de actitud de los Estados Unidos hacia los países de Europa oriental, indicando que Norteamérica se comprometía a promover la democracia en Moldavia. Para poner la guinda, Bruselas anunciaba casi simultáneamente que las autoridades de Chisinau podían solicitar el  ingreso en la UE. Un estado de cosas inimaginable hace apenas unos meses, cuando las altas instancias comunitarias descartaban cualquier avance en las consultas con este país, acusado de corrupto, inseguro y ambiguo.  

El vicepresidente John Biden encabezaba la otra comitiva enviada por la Casa Blanca a Kiev para reafirmar el apoyo de Washington a las autoridades ucranias. En su discurso ante la Rada (Parlamento), Biden hizo especial hincapié en la voluntad de los Estados Unidos de facilitar ayuda económica y energética a Ucrania, exigiendo sin embargo una guerra sin cuartel contra la corrupción, así como la férrea defensa de la unidad nacional (léase, integridad territorial) del país. 

No, no se trata de meras palabras. Estados Unidos y la OTAN no parecen dispuestos a limitarse a un intercambio de acusaciones verbales con su futuro ex socio ruso. Hace apenas unas horas aterrizaba en el aeropuerto de Swindin (Polonia) un contingente de 150 militares pertenecientes a la 173 Brigada aeronaval de la OTAN acantonada en Italia. En los próximos días, alrededor de 450 soldados estadounidenses se trasladarán a Lituania, Letonia y Estonia. Por su parte, Alemania ha anunciado el envío de barcos de guerra al Báltico Su misión: reforzar el flanco Este de la Alianza.

Por si fuera poco, Washington acusa a Rusia de no llevar a cabo medidas destinadas a rebajar la tensión en la frontera con Ucrania, es decir, insistir en  el desarme de las milicias pro rusas, mientras que Moscú achaca a la Casa Blanca y la OTAN la escalada verbal y… militar. 

Hay quien estima que hoy por hoy sería erróneo hacer un paralelismo entre esos primeros pasos de esa innegable escalada bélica y las guerras napoleónicas de 1812.  En efecto, no conviene olvidar el trágico desenlace que aquél episodio.

jueves, 27 de marzo de 2014

La Guerra Tibia del Nobel de la Paz


A mediados de 2009, cuando el Comité Nobel noruego otorgó el Premio de la Paz al cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, los habitantes del planeta Tierra confiaban en haber dejado atrás un largo, excesivamente largo y penoso paréntesis de enfrentamientos bélicos y conflictos culturales. En efecto, el entonces recién estrenado inquilino de la Casa Blanca llegaba con un lema: Sí, podemos y con la aureola de político dialogante.  ¿Acaso ello justificaba plenamente la concesión del Nobel de la Paz? 

Durante los mandatos del Presidente Obama, no se registró una disminución de los conflictos locales y regionales. Las heridas provocadas por la temeraria actuación de la Administración Bush siguen abiertas, las diferencias entre el mundo islámico y  Occidente se han ido acentuando. No vivimos en un mundo más seguro. La desigualdad social de ha agudizado. ¿Soluciones? Los duendes de las finanzas nos recomiendan… ¡apretarnos el cinturón! ¿Paliativos? Todos, empezando por la destrucción de los puestos de trabajo y/o la precariedad laboral. Sin embargo…

Cuando se trata de la defensa de los intereses estratégicos (léase socioeconómicos) de Occidente, el Nobel de la Paz nos recuerda que la Alianza Atlántica se apoya en dos pilares: Inglaterra y los Estados Unidos, que los bajos niveles del gasto militar de algunos países de la OTAN es preocupante, que la libertad tiene un precio. Curiosamente,  la advertencia de Obama coincidió con la clausura de la cumbre Estados Unidos – Unión Europea celebrada esta semana en Bruselas. En el orden del día de la reunión figuraba tanto la cooperación económica – la firma del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Europa – como la crisis generada por los acontecimientos de Ucrania y la integración de Crimea en la Federación Rusa. 

En un discurso que algunos politólogos estadounidenses no dudaron en calificar de excesivamente ambiguo y poco convincente, el Presidente de los Estados Unidos hizo hincapié en la necesidad de reforzar la vigilancia del espacio aéreo de los países bálticos y/o la presencia de la OTAN en los Estados de la primera línea: Polonia y Rumanía. 

¿Tambores de guerra? De ninguna manera: el Nobel de la Paz nos asegura que no nos adentramos en ninguna Guerra Fría, que ni Washington ni Bruselas tienen interés en controlar Ucrania, que a diferencia de la extinta Unión Soviética, Rusia no lidera ningún bloque de naciones, no defiende ninguna ideología mundial. Y añade, tal vez para tranquilizar a los gobernantes del Kremlin, que los Estados Unidos no buscan conflicto alguno con Moscú.  Una de cal y otra de arena…

Ni que decir tiene que para los asesores de Vladimir Putin las palabras de Obama sólo sirven para ocultar los verdaderos designios de Occidente. Rusia, a su vez, pasó a la contraofensiva ideológica. Los ataques y contraataques propagandísticos nos recuerdan la época de la Guerra Fría. 

Pero hay más: aún queda por determinar el verdadero alcance de las sanciones impuestas a Moscú. Los estrategas aseguran que la elaboración de listas negras con decenas de nombres o la aplicación de mini embargos comerciales son, en realidad, medidas poco disuasorias. Pero, ¿qué haría falta para persuadir al oso ruso que regrese a su guarida? ¿Renunciar a la dependencia energética de la UE? Actualmente, el gas natural ruso cubre el 70 por ciento de la demanda de la Unión. Algunos países de Europa oriental – República Checa, Eslovaquia, etc. cuentan con centrales nucleares fabricadas en la antigua URSS.  ¿Buscar soluciones alternativas? El proceso sería largo y sumamente costoso.  

Aislar a Rusia parece, pues, una auténtica utopía. De hecho, los economistas rusos prevén un incremento del 100 por ciento de sus exportaciones de gas a China, India y Japón. Moscú dirige su mirada hacia Oriente.
Detalle interesante y muy significativo: mientras el Primer Ministro británico abandera la campaña para la introducción de medidas más contundentes contra Rusia, el Reino Unido, baluarte de la defensa de Occidente, anuncia la firma de un acuerdo para el suministro de... ¡gas natural ruso!

La Guerra Tibia del Nobel de la Paz empieza con mal pie.