Mostrando entradas con la etiqueta Geoestrategia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Geoestrategia. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Vuelve el mundo bipolar?


Rusia está preparando un ataque contra Occidente. La apocalíptica advertencia ocupa un destacado lugar en las páginas del semanario estadounidense Newsweek, publicación seria y fidedigna, que no suele hacerse eco de insensatos rumores. En este caso concreto, la revista menciona las declaraciones del general Philip Breedlove, antiguo comandante en jefe de la OTAN en Europa, quien hace hincapié en la necesidad de adjudicar a Rusia el papel de peligro potencial para los Estados Unidos y sus aliados del Viejo Continente, insuficientemente preparados – según él - para repeler una posible intervención militar de Moscú.

Cabe suponer que el general, al igual que muchos excompañeros de armas encuadrados en la cúpula de las empresas de armamento norteamericanas, trata de incidir en las políticas de defensa de los Estados miembros de la OTAN, reprendidos por no incrementar sus respectivos presupuestos militares. Conviene señalar que la maquinaria de propaganda atlantista no escatima esfuerzos a la hora de denunciar la concentración de unidades motorizadas del ejército ruso en la frontera occidental. Se califica a las maniobras aéreas y navales rusas de provocaciones cuando no de amenazas para la integridad territorial de los nuevos socios orientales de la Alianza – Polonia, Rumanía, Bulgaria y los Estados bálticos.  La revista Jane’s, especializada en asuntos de defensa e inteligencia militar, recomienda a los integrantes del flanco Este de la OTAN que modernicen su armamento. Se trata de inversiones del orden de miles de millones de dólares.

Apenas se menciona en los artículos de la prensa occidental la presencia de tropas de la OTAN en los confines de Rusia: aviones de combate, instalaciones del escudo antimisiles, carros blindados provenientes de las bases de Alemania y Holanda, equipos de vigilancia electrónica. Obviamente, la Alianza defiende sus fronteras. Algunos dirán, empleando una gran dosis de cinismo, que el mérito de Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, es de haber ocupado la mitad de Europa sin pegar un solo tiro. Pero tampoco hay que caer en la trampa de la excesiva simplificación de las políticas geoestratégicas. 
   
Cierto es que este infatigable movimiento de alfiles y peones en el tablero de la vieja Europa preocupa a los actuales inquilinos del Kremlin y la Casa Blanca. El previsible cambio de rumbo de la política exterior estadunidense tras la elección de Donald Trump obligó a Rusia a poner las cartas sobre la mesa.

 Rusia no necesita enemigos, declaró a primeros de diciembre el Presidente Vladimir Putin, al presentar la nueva doctrina de la política exterior de su país. Añadió el dignatario ruso que Moscú no tiene intención alguna de involucrarse en confrontaciones geopolíticas, pero que la Madre Rusia – potencia mundial – no dudará en defender sus intereses.

He aquí algunas de las directrices recogidas en el memorándum sobre la nueva política exterior del Kremlin:
• Luchar contra la presión política y económica de EE.UU. y sus aliados, que desembocan en la desestabilización global;
• seguir colaborando con la UE, socio político e interlocutor económico de Moscú;
• abrir el diálogo con Canadá sobre la desmilitarización región del Árctico;
• lograr la estabilidad política en Oriente Medio y el Norte de África;
• elaborar un tratado internacional sobre la desmilitarización del espacio extraterrestre;
• frenar cualquier intento de injerencia en los asuntos internos de Rusia;
• establecer, en la medida de lo posible, relaciones de cooperación con la OTAN,
• incrementar la seguridad informática del país;
• considerar que el escudo antimisiles desplegado por los Estados Unidos representa una amenaza para la seguridad de la Federación rusa;
• negociar un tratado sobre la indivisibilidad de la seguridad en el Atlántico Norte;
• reaccionar con fuerza ante cualquier acción hostil de los Estados Unidos;
• fortalecer los lazos con los países de América Latina y el Caribe; y
• desarrollar las relaciones con Ucrania.

Para las Cancillerías occidentales, los enunciados tienen doble lectura. Doble o múltiple; es una de las reglas de oro de la diplomacia. 

Habrá que esperar unas semanas – pocas – para descubrir los ases de la baraja de Donald Trump. 

¿La estabilidad del Viejo Continente? Dependerá, muy probablemente, de los designios de Washington y de Moscú. En este caso, los demás actores sólo tienen derecho, como en el póker, a la… jugada del muerto.

lunes, 18 de enero de 2016

En la primera línea del frente y II


De hipócritas tildaron algunos los medios de comunicación de Europa oriental las palabras de Vladimir Putin, al afirmar este que Rusia no tenía intención de ser una superpotencia mundial. Inútil recordar que la Federación rusa, heredera de la extinta URSS, sigue siendo una de las naciones más poderosas de la Tierra.

Las declaraciones de Putin, recogidas por el rotativo alemán Bild Zeitung en la primera semana de enero, coincidían extrañamente con la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad de Rusia, un documento que contiene una serie de advertencias dirigidas al establishment de Washington y de la Alianza Atlántica e indica un innegable cambio de rumbo en la política de defensa de Moscú.

En efecto, tanto el tono como la argumentación han cambiado del otro lado de la primera línea del frente. El Kremlin sostiene que el estacionamiento de nuevos efectivos de la Alianza en los confines de Rusia refleja el deseo de Washington de ejercer su dominación a escala planetaria, que conlleva, en este caso concreto, a una serie de presiones políticas, económicas y militares contra el antiguo imperio de los zares.

Señala el documento que  la expansión del potencial de la OTAN, así como el creciente protagonismo de la Alianza a nivel mundial violan el espíritu del Tratado que rige las relaciones entre la OTAN y Moscú. Más aún; la reciente activación de la estructura militar del bloque presupone una amenaza directa para la seguridad nacional del país.

Al pasar revista a las opciones geopolíticas de los EE.UU., el documento hace especial hincapié en el traslado hacia la región fronteriza de laboratorios biológicos destinados a fines militares. Existe un gran peligro de proliferación y utilización de armas químicas, que alimenta la incertidumbre acerca de la presencia de armas biológicas y/o la capacidad de algunos países de producirlos, estiman los estrategas moscovitas.

La nueva estrategia del Kremlin parece una respuesta a las sanciones impuestas por Washington y Bruselas contra Rusia tras la anexión, en 2014, de la Península de Crimea. Unas  sanciones que, de paso sea dicho, han generado más pérdidas a las economías de la UE – alrededor de 90.000 millones de euros durante el período 2014-2015 – que a la economía rusa – 25.000 millones. Sin embargo, el informe subraya la necesidad de asegurar la independencia alimentaria de Rusia.

También contempla la nueva Estrategia un notable incremento del poderío militar y naval de la Federación rusa. A partir de 2018, la Marina militar será dotada de nuevos sumergibles, que disponen de modernísimos sistemas de control y comunicaciones, difícilmente detectables por los servicios de vigilancia de la OTAN. Tampoco podrán localizar los radares utilizados por el ejército de los Estados Unidos los nuevos aviones de combate Sujoy PAK FA o T – 50, capaces de despegar desde la cubierta de los portaaviones. 

Otra de las prioridades sería el reforzamiento del papel desempeñado por los servicios de inteligencia. Ello implica, según los estrategas, la capacidad de incidir de manera eficaz en políticas planetarias.

Lo que de verdad preocupa al Kremlin son las llamadas revoluciones de colores, que representan un peligro para la seguridad nacional. Alusión obvia a la revolución de Maidan y el derrocamiento del Presidente ucranio Víctor Yanúkovich, obligado a abandonar el país tras las presiones ejercidas, muy democráticamente, por Washington y por Berlín.

Para Moscú, el conflicto de Ucrania se ha tornado en una auténtica pesadilla. La consolidación de una ideología nacionalista de extrema derecha, los esfuerzos deliberados de ofrecer una imagen pública de Rusia – enemigo potencial – convierte a Ucrania en una fuente de inestabilidad europea a largo plazo, señala el informe.

Además de temer por el desmembramiento de la Federación, los posibles ataques contra la unidad y la integridad territorial del país, la Estrategia denuncia los esfuerzos de Occidente de obstaculizar la creación de la Unión Euroasiática, espacio político-económico promovido por el Kremlin con miras a contrarrestar el peso de la Unión Europea. Dichos esfuerzos, señala el documento, afectan de manera negativa los intereses nacionales rusos.

Finalmente, al abordar el tema de los refugiados, los autores de la Estrategia hacen hincapié en la vulnerabilidad del sistema de seguridad de la región euro-atlántica controlada por la OTAN y la UE.

En resumidas cuentas, el común denominador de las nuevas estrategias de seguridad podría resumirse en una sola palabra: enemigo.

martes, 29 de diciembre de 2015

En la primera línea del frente


¿Acabará convirtiéndose el Viejo Continente en escenario de múltiples conflictos generados por desigualdades económicas, roces étnicos, descenso de la natalidad o  fragmentación de la estructura geopolítica de la región? ¿Desaparecerá la Unión Europea? ¿Sobrevivirá la moneda común: el euro? Los analistas del afamado think tank estadounidense Statregic Forcasting (Stratfor) no dudan en tildar de sombrío el porvenir de sus aliados transatlánticos de Washington.

En efecto, el escenario esbozado por la flor y nata del establishment político-militar de los Estados Unidos contempla la división de Europa en cuatro centros de poder económico, ubicados en el Oeste, el Este, Escandinavia y las Islas británicas. Ello presupone la disminución, cuando no desaparición de la supremacía de Alemania, el aislamiento progresivo, aunque no total, del Reino Unido, la aplicación de medidas llamadas a desembocar en una Europa a dos velocidades, deseada por quienes parecen haber perdido el control de la tan cacareada locomotora comunitaria. En resumidas cuentas, en el advenimiento de una Europa que se rige por simples acuerdos bilaterales o multilaterales coyunturales, en su mayoría, de corta duración.

¿Los motivos de este pesimismo? Los predecibles problemas que afrontará Alemania, principal exportador de la zona euro, en caso de acentuación de la crisis, del inevitable auge del euroescepticismo, fomentado no sólo por movimientos ultraconservadores, sino también por decisiones políticas precipitadas o poco acertadas, que facilitaron la llegada de un millón y medios de inmigrantes en apenas doce meses, las reacciones xenófobas registradas en algunos Estados de Europa oriental, poco propensos a acoger los cupos de inmigrantes establecidos por Bruselas y por último, aunque no menos importante, el deseo de trasladar los operativos de defensa global hacia las fronteras orientales del Viejo Continente.

En ese contexto, Washington contempla una reordenación total de sus intereses geoestratégicos. En la próxima década, Norteamérica cuenta con el establecimiento de una coalición antirrusa, integrada por Polonia, Rumania y los países bálticos, y capitaneada, claro está, por la primera potencia mundial. Dicha alianza debería desempeñar un papel clave para la redefinición de las fronteras de Rusia y la reivindicación de territorios perdidos a lo largo de la historia por los aliados de Occidente. Se calcula que, tras la (hipotética) disminución del poderío ruso, la alianza podría convertirse en una fuerza dominante no sólo en los confines de Ucrania y Bielorrusia, sino en la región de Europa oriental. Para ello, tanto Polonia como Rumanía deberían incrementar su poderío político y económico en la zona; una meta que sólo lograrían alcanzar merced a la asociación estratégica con… los Estados Unidos. 

Obviamente, Washington tiene interés en el desarrollo de la región, que se traduce, hoy por hoy en el establecimiento de bases militares supuestamente relacionadas con el escudo antimisiles. Sin embargo, al juzgar por las características del armamento almacenado en las nuevas instalaciones de Rumanía, el Pentágono infringe la normativa del Tratado sobre misiles de corto y medio alcance, negociado por la OTAN y el extinto Pacto de Varsovia. Rusia protestó recientemente ante el despliegue de estos artefactos, pero la Alianza Atlántica prefirió hacer oídos sordos.

Estiman los analistas de Stategic Forcasting que si bien no habrá una implosión en Rusia, es decir, una revuelta contra el sistema político implantado por Vladimir Putin, el impacto de las sanciones económicas impuestas por Occidente, la espectacular disminución del precio del petróleo y el incremento de los gastos militares desembocarán en la debilitación del poderío del Kremlin y la posible fragmentación territorial de la Federación rusa. ¿Cabe especular con la posible presencia de unidades de choque estadounidenses en algunos de estos nuevos territorios independientes? Los analistas norteamericanos no descartan esta posibilidad.

Otro país que podría o debería sumarse a la coalición contra Rusia es… Turquía. El país  otomano necesita del apoyo de los Estados Unidos en el por ahora embrionario aunque debidamente fomentado conflicto que le opone al Kremlin. Si bien tanto Washington como Moscú dudan de la eficacia o sinceridad de Ankara a la hora de combatir los movimientos islámicos radicales que operan en Siria o en Irak, no cabe la menor duda de que Turquía tiene capacidad e interés en convertirse en el próximo gendarme del Mar Negro. De este modo, quedaría configurada la primera línea del frente. Y eso nada tiene que ver con un escenario de política ficción.

lunes, 6 de abril de 2015

Lausana: un acuerdo de principios en un mundo sin ética


La presencia de aquel suboficial de las tropas especiales iraníes me sorprendió Hello míster. No, no se preocupe; estamos aquí para protegerle, me dijo el militar armado hasta los dientes. ¿Contra quién?, pregunté.  Contra cualquiera que trate de acercarse a este edificio, respondió, señalando con la mano la sede de la representación diplomática estadounidense en Teherán.  Sucedió allá, por diciembre de 1978, durante mi última visita a lo que iba a convertirse, unos meses más tarde, en el nido de víboras del Gran Satán.

Tuve que abandonar Irán al día siguiente; la SAVAK – policía política del Sah – me invitó a hacerlo. A su manera; con un minucioso registro del que dejó innumerables y ostensibles huellas. La presencia de los periodistas extranjeros resultaba molesta. El propio Sah iba a abandonar el país pocas semanas después.

En Ginebra, a escasos kilómetros del mítico Beau Rivage Palace, que acogió la última ronde de consultas entre las seis potencias – Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, China y Rusia – y la República Islámica de Irán, un viejo amigo persa me recibió con los brazos abiertos: Verás; ahora vendrá la democracia.  Murió en el exilio, sin poder pisar la tierra de sus antepasados. Es el sino de los librepensadores, incapaces de tolerar los abusos de los déspotas ilustrados o de acomodarse con la teocracia de  los clérigos fanáticos.

Vuelven a mi mente esos lejanos recuerdos al tratar de evaluar los resultados de las maratonianas negociaciones de Lausana, que desembocaron recientemente en la firma del acuerdo preliminar destinado a poner fin al contencioso nuclear que enfrenta a Irán con los grandes de este mundo.  

La problemática es harto conocida. El régimen de los ayatolás, acusado de llevar a cabo un programa secreto para la fabricación de armas atómicas, se compromete, tras años de negociación, a reducir sus reservas de uranio enriquecido de 10.000 a 300 kilos durante un plazo de 15 años, a limitar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.000 y a abandonar la construcción de nuevas instalaciones nucleares durante los próximo tres lustros. El uranio enriquecido se almacenará en una sola planta. Por otra parte, la instalación subterránea de Fordo se convertirá en un centro de investigación dedicado sola y únicamente a la utilización del átomo con fines pacíficos. A cambio de ello, Estados Unidos y sus aliados procederán, una vez que la AIEA deje constancia de que Irán cumple sus compromisos, al levantamiento de las sanciones económicas y financieras decretadas contra el régimen iraní hace más de diez años.

Un compromiso histórico, estima el Presidente Obama, que desea finalizar su segundo y último  mandato con algún resultado positivo en política exterior. Una farsa, contestan sus detractores, persuadidos de que la República Islámica hará todo lo posible por incumplir sus promesas. Un peligro para la estabilidad de la región, alega la monarquía saudita, preocupada por la expansión chiita en la zona. Un acuerdo que pone el peligro la supervivencia del Estado de Israel, advierte el Primer Ministro Netanyahu. Un pacto insuficiente, que conviene rechazar, señala John Boehner, líder de la mayoría republicana en el Congreso de los Estados Unidos. Un signo de debilidad por parte del Gobierno iraní, afirma por su parte el ayatolá Alí Jameney,  jefe espiritual de la Revolución Islámica. Ante los ataques de los “halcones”, los negociadores cuentan con escasas semanas para redactar un tratado aceptable para todos.

Una puntualización: el programa nuclear iraní no dio comienzo a finales des siglo XX, como afirman algunos. Los primeros contactos de Teherán con la energía nuclear se remontan a… 1957, fecha en la que el Sah firmó el primer acuerdo de cooperación nuclear civil. En 1975, el entonces Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, rubrico un memorándum titulado   U.S.-Iran Nuclear Co-operation, que aludía al suministro de equipo nuclear a Irán. Además de las exportaciones llevadas a cabo por Estados Unidos y Alemania, se creó un consorcio multinacional integrado por empresas francesas, belgas, españolas y suecas, cuya tarea consistía en facilitar financiación y tecnología nuclear a las autoridades iraníes.

Tras la revolución islámica, los suministros que quedaron congelados. Sin embargo, durante esa travesía del desierto, Israel intentó un acercamiento científico-estratégico a Irán. Corrían los tiempos del Irangate, cuando los traficantes de armas de Tel Aviv no dudaban en negociar con… Dios y con el Diablo. Jomeiny rechazó la propuesta: su programa político contempla – sigue contemplando - la destrucción total del ente sionista. De ahí los temores de Netanyahu.


Finalmente, conviene recordar que Irán cuenta con dos vecinos que disponen de la bomba atómica: Paquistán y la India. En ambos casos, los responsables de la proliferación nuclear son… las dos superpotencias: Estados Unidos y la antigua URSS. Pero aquí nos adentramos en el terreno de la… materia reservada.  

miércoles, 1 de abril de 2015

Oriente Medio: de las "primaveras árabes" a las alianzas militares


Dios creó la guerra para que los norteamericanos aprendieran geografía, afirmaba sarcásticamente el afamado escritor norteamericano Mark Twain, buen conocedor de las múltiples y profundas lagunas culturales de sus compatriotas.

Barack Hussein Obama, presidente de los Estados Unidos, apadrinó las Primaveras árabes confiando en poder llevar la democracia a una región del mundo que se rige por parámetros muy distintos a los valores abrazados por los norteamericanos. Mil disculpas, estimado lector; las comparaciones son odiosas. Barack Obama no es Dios. Cabe suponer que al tratar de arreglar los destinos del mundo árabe-musulmán, cayó en la trampa tendida a sus compatriotas por el supino desconocimiento de una cultura diferente.

Conviene recordar que al asumir su primer mandato, el cuadragésimo cuarto Presidente de los EE. UU. tuvo que hacer frente al innegable deterioro de las relaciones entre Washington y las capitales árabes. Los atentados del 11 de septiembre, la intervención norteamericana en Afganistán, la invasión de Irak, habían ensanchado la brecha entre las dos culturas: la musulmana y la occidental (cristiana). Buscar la paz, el acercamiento y la concordia parecían los objetivos prioritarios del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sin embargo…

Barack Obama se equivocó al tratar de recurrir a viejos remedios: la exportación de la democracia Made in USA a una región que cuenta con tejidos sociales frágiles u obsoletos, los intentos de apoyar a movimientos políticos hostiles al poder establecido o de apostar por agrupaciones religiosas poco propensas a avalar la modernización de las estructuras sociales. La ofensiva de Washington fracasó en Egipto, Libia y Siria. El miedo acabó apoderándose de los aliados de Norteamérica: Jordania, Arabia Saudita, las monarquías del Golfo Pérsico. Con razón: los vientos de cambios que soplaban en tierras de Oriente ponían en tela de juicio la legitimidad de las hasta ahora incontestadas estructuras feudales.

La encarnizada guerra civil siria afectó directa o indirectamente la estabilidad política de otros Estados de la zona: Jordania, Líbano, Israel, Turquía. Cuando se detectó el uso de armas químicas en ataques dirigidos contra la población civil, Obama estuvo a punto de bombardear Damasco. Pero la Casa Blanca tropezó con el niet rotundo del Kremlin.  

Huelga decir que el conflicto, que se había convertido en una especie de laboratorio de la violencia para las múltiples agrupaciones guerrilleras creadas y financiadas por norteamericanos, saudíes, qataríes e… iraníes, se tornó en auténtica pesadilla tras la aparición del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS). Los radicales islámicos lograron adueñarse de los yacimientos de petróleo de Siria y de Irak. El laboratorio acababa de engendrar su monstruo…

El incontrolable avance del Estado Islámico en Irak obligó a reconsiderar las alianzas estratégicas. La Casa Blanca no vio con malos ojos la intervención de los Guardianes de la Revolución iranés en el frente iraquí. Aún así, Teherán seguía en la lista negra de Washington a raíz de su controvertido programa nuclear. Poco importa: mientras el regateo nuclear continúa, la Administración estadounidense prefiere hacer suya la máxima: los enemigos de mis enemigos son…¿mis amigos?

La presencia de Irán en la zona no se limita, sin embargo, a la ofensiva contra el Estado Islámico. Teherán no ha disimulado su apoyo al Presidente sirio, Bashar el Assad, ni su respaldo a Hezbolá, la agrupación armada libanesa de corte político-religioso que se ha tornado en el enemigo público número uno de los estrategas de Tel Aviv. ¿Demasiado complicado? No, en absoluto; estamos en Oriente Medio.

Mas el panorama de alianzas contra naturaleza empieza a enmarañarse cuando una tribu chiita de Yemen, los hutíes, declara la guerra al presidente sunita del país, Abd Rabo Mansur Hadi, un prooccidental protegido por la monarquía saudita. ¿Otro conflicto interno?

Yemen ha sido, desde siempre, el feudo de Al Qaeda en la Península Arábiga. El grupo terrorista cuenta con varios campos de entrenamiento estrechamente vigilados, eso sí, por los servicios de inteligencia norteamericanos y saudíes. Se supone que Washington está librando aquí batalla contra el radicalismo islámico. Eso es mucho suponer…

Cuando los hutíes pusieron en peligro la supervivencia del régimen sunita de Saná, las autoridades de Riad se apresuraron a denunciar la injerencia iraní en el país vecino. El Gabinete del recién entronizado rey Salmán se decantó no sólo por una movilización general, sino también por la creación de una coalición militar árabe destinada a contrarrestar los designios bélicos de Teherán en la región. Dotada con 40.000 hombres, un centenar de blindados y 180 aviones de combate, la alianza panta cara al nuevo enemigo: el Irán chiita. Otro enfrentamiento en ciernes.

Como para recordarnos que el Nobel de la Paz Barack Obama se ha vuelto a confundir.  O ¿a… confundirnos?


jueves, 26 de marzo de 2015

A la caza de los "submarinos rojos"


Hay verdades ocultas y revelaciones que conviene silenciar. El escándalo o, mejor dicho, la tormenta en un vaso de agua estalló en octubre del pasado año, cuando las autoridades suecas denunciaron la presencia de submarinos intrusos en sus aguas territoriales. Acto seguido, el Ministerio de Defensa del neutral Reino de Suecia decretó la mayor movilización militar desde el final de la Guerra Fría. Algunos recordaban vagamente que en 1981 un sumergible soviético que transportaba armas nucleares encalló cerca de las costas suecas.

Aunque durante el aparentemente inexplicable incidente producido en octubre los servicios de inteligencia suecos no señalaron a Rusia, el diario Svenska Dagbladet informó que los militares habían interceptado mensajes de emergencia procedentes de un mini submarino que solicitaba auxilio. Curiosamente, el objeto no identificado desapareció tras la llegada en la zona de un barco-laboratorio ruso, dedicado a la investigación científica del fondo de los mares. ¿Mera casualidad?

Al parecer, en el trasfondo de los extraños incidentes navales hallamos el distanciamiento entre Rusia y los países de Occidente que han impuesto sanciones a Moscú por lo que consideran un apoyo encubierto del Kremlin a los rebeldes ucranios.

Pero, ¿cómo se explica la aparición y desaparición de los submarinos rusos en las costas escandinavas? La clave del misterio estriba en uno de los secretos mejor guardados por la cúpula de la Alianza Atlántica: los rusos controlan actualmente una base militar ultrasecreta en Noruega, país miembro de la OTAN.

Hagamos memoria: hace apenas seis años, los políticos noruegos decidieron que la Federación Rusa había dejado de ser una amenaza para sus vecinos. Se habló del posible desmantelamiento de algunas instalaciones militares, cuyo mantenimiento resultaba muy gravoso para las arcas del país. El Ministerio de Defensa se decantó por la venta de la base secreta de Olavsvern, ubicada en una región montañosa, cerca de Tromsø. La base tiene una superficie de 948.900 metros cuadrados. Dispone de amarres para buques de guerra y submarinos. Cuenta también con 124 dormitorios. En resumidas cuentas, podría ser el refugio ideal para un… ejército. Un refugio situado en las inmediaciones de la frontera con Rusia.

La construcción de la base se realizó entre 1964 y 1994. Su coste ascendió a… ¡440 millones de Euros! Sin embargo, el Gobierno noruego decidió venderla – sin éxito - por 12,1 millones.  Finalmente, consiguió deshacerse de Olavsvern por el módico precio de  4,4 millones.

El comprador, el hombre de negocios Gunnar Wilhelmsen, no tardó en encontrar inquilino. Se trata de la empresa rusa Sevmorneftegeofizika, especializada en la medición sísmica marítima. Pero las embarcaciones de Sevmorneftegeofizika forman parte de la marina de guerra rusa. Los barcos, que realizan mediciones sísmicas y ejercen una estrecha vigilancia estratégica del entorno marino,  envían mini submarinos a las aguas territoriales de Suecia, Finlandia y Noruega. Todo ello, utilizando como punto de partida la antigua base de la OTAN, considerada durante décadas como uno de los pilares de la defensa de la soberanía noruega.

Si bien los políticos han puesto el grito en el cielo, la población de Tromsø no tiene queja alguna del comportamiento muy urbano de los visitantes rusos. Al contrario, espera que los negocios de la base se multipliquen.

Para recuperar las instalaciones estratégicas sacrificadas en el ara de la efímera convivencia pacífica con el oso ruso, el Gobierno debería invalidar la venta. Una opción ésta sumamente difícil en un país regido por la economía de mercado.

Detalle interesante: la venta de la base ultrasecreta de Olavsvern se realizó durante el mandato del Primer Ministro conservador Jens Stoltenberg, actual Secretario General de la Alianza Atlántica (OTAN) y ferviente defensor de la política de mano dura contra el Presidente Putin. Los comentarios sobran.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Putin y los enemigos de antaño


Dos extraños y contradictorios mensajes de fin de año nos llamaron la atención en vísperas de las fiestas navideñas. El primero procede del Kremlin; el segundo, de la capital de Alemania.
Huelga decir que para la mayoría de los europeos, los protagonistas del 2014 fueron dos amables contrincantes: Vladímir Putin y Angela Merkel. Dos estadistas que encarnan, quieran o no, la nueva guerra fría. La guerra hibrida, para los expertos en polemiología, muy propensos a inventar neologismos adaptados a conflictos de toda índole. Para los polemiólogos, la anexión de Crimea y el conflicto interno de Ucrania forman parte de las llamadas guerras hibridas. Nada que ver, claro está, con la guerra de Vietnam, el conflicto israelo-árabe o la invasión de Irak por la alianza militar liderada por Washington. Las guerras hibridas molestan, pero… no inquietan. Al menos, de momento.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: el intercambio de mensajes entre Oriente y Occidente. Quien abrió las hostilidades (verbales) fue Vladímir Putin en su discurso pronunciado ante las Cámaras del Parlamento ruso. Su análisis sorprendió a los observadores extranjeros. En Presidente habló del papel de Rusia en el mundo, haciendo hincapié en el poderío militar de su país  que sigue siendo la primera potencia nuclear del planeta. Es inútil hablar con Rusia desde posiciones de fuerza, señaló Putin, recordando a los “interesados” el final de la aventura bélica de Adolf Hitler. El mensaje iba dirigido, sin duda alguna, a los enemigos de antaño de Rusia, que tratan de levantar un nuevo telón de acero. ¿Los destinatarios de esa advertencia? Washington, Berlín y Bruselas. Aunque el Presidente ruso se apresura en añadir que a Moscú lo le interesa el deterioro de las relaciones con Occidente, no duda en tachar el escudo antimisiles desplegado por la OTAN en las regiones fronterizas con la antigua URSS de amenaza para toda la humanidad.

Al evaluar el impacto de las sanciones impuestas por Occidente a raíz de la crisis de Crimea y de la situación bélica que reina en Ucrania, el número uno del Kremlin afirma rotundamente que la coyuntura actual representa un estímulo para el desarrollo nacional de Rusia. Reconociendo el importante perjuicio a la economía de su país tanto a nivel de las relaciones comerciales con los socios europeos como para la estabilidad del rublo, Putin insiste sobre la necesidad de apostar por tecnología nacional, conservando a la vez la calidad de los productos nacionales, así como la relación calidad precio.

También recuerda las presiones ejercidas recientemente por Bruselas sobre algunos países balcánicos (Rumanía, Bulgaria) con miras a obstaculizar la construcción del gasoducto South Stream, variante alternativa de la actual conexión energética que atraviesa el territorio de Ucrania. Tras la renuncia de Bulgaria de autorizar las obras previstas por los acuerdos bilaterales, Moscú dirigió sus miradas hacia… Ankara. En efecto, Turquía se convertirá en el suministrador de gas natural ruso en la región Mediterránea. La reciente firma del acuerdo de cooperación energética entre Moscú y Ankara provocó la ira de Washington y de sus aliados europeos. Mas no será este el primer ni el único motivo de enfado. En este contexto, conviene señalar que algunos kremlinólogos occidentales (¡cielos! ¿Esa “secta” aún no ha desaparecido?) estiman que la política llevada a cabo por Occidente frente a Moscú es a la vez contraproducente y nociva. Nuestros políticos no comprenden a Rusia, afirman los estudiosos anglosajones. Decididamente, no.

Los políticos comprenden lo que quieren y, en la mayoría de los casos, sólo lo que les interesa. Hacer caso omiso de la argumentación del enemigo de antaño forma parte de la estrategia de este partido de ajedrez. Hace años, la propaganda oficial rusa advirtió sobre el peligro del revanchismo centroeuropeo. Se trataba, obviamente, de una alusión poco velada a… Alemania, la primera potencia industrial del Viejo Continente. Los rusos no olvidan los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, la Canciller Merkel no tardó en censurar la postura del Kremlin que, según ella, obstaculiza la “normalización” de la relaciones de Ucrania y Georgia – candidatos al ingreso en la OTAN - así como de la República Moldova, con la UE. Moscú teme que Alemania sigue impertérrita su ofensiva hacia el Este y que el vocablo normalización es sinónimo de… anexión.  Algo que aún queda por ver. Aunque los pesimistas ya tienen su slógan: Guten Appetit, Frau Merkel! Buen provecho, señora Canciller…

viernes, 28 de noviembre de 2014

La guerra de Abjasia no tendrá lugar


Cuando Mijaíl Gorbachov se decantó, hace ya más de veinte años, por la disolución de la Unión Soviética, los ciudadanos soñaban con convertir a Rusia en la segunda América, en un país industrializado, fuerte y rico, capaz de competir con la primera potencia mundial. Ni que decir tiene que los políticos tenían otros designios. En el Kremlin se barajaba la posibilidad de mantener el poderío militar y económico de la madre Rusia, de conservar las prerrogativas de la gran potencia mundial abocada, al menos aparentemente, a la decadencia. En efecto, durante la década de los 90, muchos analistas occidentales apostaron por la total y completa desaparición del poderío ruso-soviético. Craso error; la madre Rusia estaba… descansando.

Mas los sueños se esfumaron en los últimos tiempos, cuando Moscú empezó a notar la creciente presión ejercida en sus fronteras por los países de la Alianza Atlántica. El resto es harto conocido: la anexión de Crimea, las manifestaciones (poco) espontáneas de la plaza Maidan de Kiev, la secesión de las provincias orientales de Ucrania, las sanciones impuestas por Occidente, la reciente decisión del Alto Mando de la OTAN de trasladar una brigada de blindados acantonada en Alemania a uno de los países de la primera línea de combate: Rumanía, Polonia o los Estados bálticos. Todo ello, en el pos de mantener la estabilidad del flanco oriental de la Alianza, amenazado por la presencia de tropas rusas en sus fronteras. Mientras los navíos de guerra estadounidenses penetraban en el Mar Negro, infringiendo los acuerdos negociados con Rusia en los años 90, el Kremlin se apresuraba a firmar un tratado de cooperación militar y económica con Abjasia, una provincia secesionista de Georgia situada en la orilla del Mar Negro. Abjasia, que proclamó la independencia en 1999,  sólo cuenta con el reconocimiento formal de Rusia, Nicaragua, Venezuela y Nauru. Según estipula el tratado, las tropas rusas estacionadas en Abjasia desde hace dos décadas, se fusionarán con las unidades del ejército abjasio, actuando bajo el mando de un oficial ruso. Si a ello se le suma la presencia de bases aéreas utilizadas por aviones militares rusos, se comprende el malestar provocado por la jugada de Putin en algunas capitales occidentales. De hecho, tanto la UE como la Alianza Atlántica condenaron el acuerdo que, según su criterio, atenta a la soberanía y la integridad territorial de Georgia, país que - junto con Ucrania - solicita el ingreso en la OTAN.  

Si bien Rusia logró neutralizar en su momento los designios de la Alianza, los occidentales no parecen dispuestos a tirar la toalla. La Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Políticas de Seguridad, Federica Mogherini, acusa a Moscú de poner en peligro la seguridad regional. Por su parte, el secretario general de la OTAN, Jens Stlotenberg, considera que el Kremlin infringe los principios de legalidad internacional, haciendo caso omiso de los compromisos adquiridos por la Federación Rusa. Los medios de comunicación de Europa Oriental se suman a la ofensiva ideológica, haciendo hincapié en el deseo de Putin de reforzar la  presencia rusa en el Mar Negro. En realidad, el documento firmado por Vladimir Putin y su homólogo abjasio Raúl Hajhimba (otro antiguo agente de la KGB), contempla el incremento de la ayuda económica rusa a Abjasia. La cifra barajada es de… 160 millones de euros. 

Pero el problema es más complejo: mientras la OTAN avanza con pasos agigantados hacia los confines de la Federación Rusa, el Kremlin no parece tener derecho a adoptar las medidas estratégicas que considera oportunas.  En este contexto, conviene señalar que el Presidente de la Duma de Estado (Cámara Baja del Parlamento ruso), Serguei Naryshkin, instó esta semana a los países europeos a… contemplar la expulsión a los Estados Unidos de la Alianza Atlántica. El político ruso afirmó, tal vez en clave de humor, que tras la exclusión de Washington, la seguridad y estabilidad regionales volverán a los niveles anteriores a la crisis de Ucrania. 

La ironía de Naryshkin difícilmente puede ocultar la preocupación del Kremlin por los continuos avances de la Eurogermania de Merkel hacia los feudos moscovitas. Cabe preguntarse si la Canciller cuenta con incluir a la República Moldova entre sus trofeos de caza.


Si Abjasia estuviera situada en el estanco de la Casa Blanca, Putin sería, sin duda alguna, un… peligro para Occidente. Pero de momento, el Mar Negro está ubicado en la encrucijada entre Asia y Europa, entre Oriente y Occidente.