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domingo, 6 de junio de 2021

El enemigo sin rostro

 

El actual modelo de relaciones internacionales y la arquitectura de seguridad se destruyen sistemáticamente; se limita el papel de los organismos internacionales. Las normas de derecho internacional están sustituidas por un orden basado en reglas distintas, propuesto y apoyado por personas desconocidas, no definidas y no identificadas.


La cita no le pertenece al que esto escribe. Se trata más bien de una constatación algo tardía de un relevante miembro del equipo de Vladimir Putin; el coronel general Alexandr Fomin, viceministro de defensa de la Federación Rusa.


En unas sonadas declaraciones a la televisión rusa, Fomin aseguró que estamos asistiendo a la creación de un nuevo orden mundial, en el que los inevitables partidarios de la nueva Guerra Fría tratan de dividir el mundo entre nosotros y los otros, los buenos y los malos, los aliados y los adversarios.


Coincide esta división, cada vez más acentuada, con la aparición de nuevos tipos de armas, que invaden el espacio y el ciberespacio, modificando los conceptos y los métodos de guerra. En efecto, lo que hace apenas unas décadas podía habernos parecido una simple utopía se perfila como una amenaza real. Hoy en día, las ofensivas se ganan en el ciberespacio; las guerras pueden convertirse en batallas galácticas.


Estas nuevas formas de combate serán analizadas a finales de este mes en Moscú por los participantes en la novena Conferencia sobre Seguridad auspiciada por las autoridades rusas. 


¿Se siente Rusia acorralada? La respuesta es un sí rotundo. A la presencia de cazas de combate de la OTAN en los países bálticos, de buques de guerra norteamericanos, británicos, holandeses o franceses en el Mar Negro, se suma el deseo de tres países limítrofes  – Ucrania, Georgia y la República Moldova – de acelerar su ingreso en la Alianza Atlántica y la Unión Europea. Los “tres mosqueteros”, que sellaron una alianza estratégica hace apenas unas semanas, alegan idénticos motivos: Ucrania teme la pérdida del Dombás, región fronteriza disputada durante siglos por los cosacos rusos y ucranios; la República Moldova reclama la devolución de Transnistria, territorio ocupado por unidades del 14º ejército ruso desde la década de los 90, cuando Moldova proclamó su independencia; a su vez, Georgia reclama la devolución de Abjasia y Osetia del Sur, regiones que autoproclamaron su soberanía para poder navegar a  la zaga de Moscú, autorizando la presencia de bases militares rusas en su territorio. Los tres gobiernos acusan a Rusia de llevar a cabo acciones de desestabilización en sus respectivas regiones fronterizas. Por su parte, Moscú les echa en cara una actitud hostil, caracterizada por un sinfín de provocaciones antirrusas.


A la retórica belicosa se han ido sumando en las últimas semanas una serie de medidas concretas. En efecto, en Ministerio de Defensa ruso ha anunciado la creación de una veintena de divisiones llamadas a defender su frontea occidental para contrarrestar la creciente presencia de la OTAN. Se trata, según el Estado Mayor del ejército, de una respuesta a las maniobras llevadas a cabo por los miembros de la Alianza, cuya frecuencia aumenta de año en año. En el verano de 2021, Europa albergará varias maniobras auspiciadas por los Estados Unidos, las más importantes desde el final de la Guerra Fría. En opinión de los estrategas de Moscú, podría tratarse de preparativos para una guerra contra Rusia.


Detalle interesante:  la prensa moscovita se hizo eco últimamente de las posibles razones que podrían llevar a un conflicto armado entre la Federación Rusa y la OTAN. Un primer escenario y el más probable, según los diarios rusos, sería un enfrentamiento por la región de Kaliningrado, un enclave estratégico donde se almacenan varios tipos de proyectiles balísticos rusos capaces de alcanzar los principales objetivos de la infraestructura militar de la OTAN. Aparentemente, el objetivo de las maniobras de la OTAN en la región sería la conquista y ocupación del enclave. Obviamente, Rusia no renunciará a Kaliningrado, lo que provocaría un conflicto abierto con la Alanza Atlántica. 


En segundo lugar, cabe la posibilidad de un choque entre Rusia y la OTAN a raíz de la tensa situación de Bielorrusia. Hasta hace poco, hubo protestas masivas en este país debido a los resultados de las últimas elecciones presidenciales. Si la oposición pro-occidental toma el poder en Minsk, cabe suponer que reclamaría la presencia de tropas de la Alianza en su territorio. En este caso concreto, el Kremlin no considerará que se trata de un problema interno de Bielorrusia e intervendrá por la fuerza.


Otra opción barajada es un posible conflicto armado involucrando a Ucrania. Las autoridades de Kiev tratarán de apoderarse de las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk. Si bien las tropas rusas enviadas recientemente en la zona fronteriza se retiraron, su armamento permanece en los campos de entrenamiento situados en las inmediaciones de la frontera. A petición de Ucrania, la Alianza Atlántica podría enviar sus contingentes para tratar de detener la ofensiva rusa.


También existen otros escenarios que contemplan un conflicto entre la OTAN y Rusia en los países bálticos. Sin embargo, en este caso concreto, los estrategas prefieren no utilizar la expresión de guerra abierta, tratando de recurrir al socorrido eufemismo de redistribución por la fuerza de las esferas de influencia. 


El guion está escrito y las actuaciones, perfiladas. El enemigo… Todos somos enemigos. Pero aún seguimos sin saber quiénes son los insignes desconocidos, no definidos y no identificados a los que alude el general Fomin.


martes, 8 de octubre de 2019

La tardía llegada del Tío Sam


Por fin llegan. Los esperábamos a finales de la década de los 40 del siglo pasado, cuando los grandes de este mundo nos entregaron al déspota Stalin; los esperábamos en los años 60, cuando el iluso John F. Kennedy urdió una inverosímil treta para sacarnos de la órbita de Moscú; los esperábamos a partir de 1990, tras la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del mal llamado campo socialista…

Pero ¡por fin llegan! Con más de 2.500 tanques Abrams M1, carros de combate Bradley, piezas de artillería Palatin Howatzer, transportes de tropas, misiles de última generación y supersofisticados radares … Llegan tarde, pero ¡llegan! 
  
Los politólogos atlantistas de Bucarest acogieron con un gran suspiro de alivio la llegada de material bélico y personal militar estadounidense a Rumania, Polonia, Bulgaria, Estonia, Hungría, Letonia y Lituania, países que se enorgullecen de hallarse en la primera línea del nuevo frente de la OTAN. Situados en la frontera con la antigua Unión Soviética, conforman el recién estrenado Telón de Acero ideado por los estrategas del Pentágono. Su papel consiste en repeler cualquier intento de agresión del Ejército ruso, archienemigo de las jóvenes democracias orientales recién evangelizadas por los adalides de la globalización y la economía de mercado.

La decisión de la OTAN de desplazar sus fronteras al extremo oriental del continente europeo data de 2014. De hecho, los primeros blindados estadounidenses llegaron a Polonia y Rumanía en diciembre de 2015, durante las últimas semanas del mandato de Barack Obama. El material militar procedía de Alemania y Holanda, principales custodios de los arsenales de la Alianza Atlántica. Si bien los holandeses se congratularon con la decisión de traspasar parte de sus depósitos de armamento a Polonia y Rumanía, sus vecinos alemanes criticaron las medidas adoptadas hace apenas unos meses por la Alianza, cuando esta anunció el traslado de tropas al territorio polaco. 

Huelga decir que el proceso de militarización de los países del nuevo Telón de Acero empezó hace un lustro, cuando los primeros contingentes de la fuerza multinacional aterrizaron en Polonia y los países bálticos. A los soldados norteamericanos se sumaron batallones procedentes de Canadá, Holanda, Alemania, el Reino Unido, así como aviones de combate italianos, españoles, ingleses y holandeses.

Los pilotos y artilleros estadounidenses se trasladaron a Rumanía entre 2015 y 2018. Sin embargo, el grueso de las tropas arribará en los próximos meses, coincidiendo con la llegada del material bélico. Según datos facilitados por el Ministerio de Defensa rumano,  la base aérea de Kogălniceanu (MK, en la jerga militar estadounidense), que cuenta actualmente con mil soldados aliados, podrá albergar alrededor de 10.000 militares. Será prácticamente una ciudad pequeña, que se construirá de la nada. Además de las instalaciones estratégicas, la base futura contará con viviendas para el personal militar, hoteles, un hospital, guarderías y jardines de infancia, escuelas, supermercados, lugares de ocio, parques, piscinas, instalaciones deportivas y aparcamientos.

Además de la Base MK, el Pentágono cuenta en Rumanía con dos objetivos importantes: las instalaciones de defensa Aegis Ashore de Deveselu, que forman parte del llamado escudo antimisiles. Este sistema defensivo, que el Kremlin tilda de punta de lanza de los agresores occidentales, está equipado con el bloque IIA de misiles de última generación. Será uno de los primeros blancos de los cohetes rusos en caso de conflicto bélico.

El segundo centro emblemático es la Base Aérea General Emanoil Ionescu de Campia Turzii, donde la Fuerza Aérea de los EE. UU. tiene instalaciones capaces de albergar drones armados MQ-9 Reaper, aviones cargo, así como distintos modelos de cazas de combate.

La mayoría de los vehículos blindados llegará a Rumania, país considerado, junto con Polonia, esencial para la consolidación del flanco Este de la OTAN, en las próximas semanas.

Por fin llegan…  Atrás quedan los obsoletos acuerdos de Yalta y la era de la contención, de la utópica convivencia pacífica. Washington ha decidido mover fichas en el tablero. Tampoco hay que extrañarse: En el área del Mar Negro, Rumania es el aliado clave, manifestó recientemente el general Ben Hodges. De hecho, la deserción de Turquía convierte a los países europeos de la cuenca del Mar Negro en… socios privilegiados de los estrategas estadounidenses.

Un último apunte; aparentemente, el estamento castrense rumano no parece muy propenso a compartir el entusiasmo de los politólogos atlantistas de Bucarest. ¿Por qué será?

viernes, 26 de octubre de 2018

Putin, Trump y los neoNATOs


Vientos de pánico soplan desde hace unos días en los países de la OTAN situados en los confines con la Federación Rusa. Pánico y preocupación por la posible respuesta del Kremlin tras la decisión de Donald Trump de abandonar el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares de Corto y Medio Alcance (INF) firmado en 1987 por el Presidente Reagan y el Primer Secretario del PCUS, Mijaíl Gorbachov. En aquel entonces, los europeos vivían los últimos coletazos de la Guerra Fría, el conflicto ideológico que dividió el Viejo Continente durante cuatro décadas.
  
Cuando Washington y Moscú apostaron por renunciar al enfrentamiento, los pobladores de la vieja Europa confiaron en poder redescubrirse, en reanudar las cordiales relaciones existentes en los efímeros momentos de calma del período interbélico. Los europeístas de los años 50 y 60, fervientes defensores de la unificación del continente, soñaban con la materialización de su ansiado proyecto: el establecimiento de los Estados Unidos de Europa.  Sin embargo…

La desaparición del llamado “campo socialista” y el ocaso de la ideología  marxista precipitaron la integración de los países de Europa oriental en las estructuras socio-político-militares de Occidente. Curiosamente, la Unión Europea supeditaba la adhesión de los nuevos candidatos a su integración en la OTAN, la estructura militar que podía enorgullecerse de haber derrotado a su rival soviético – el Pacto de Varsovia – sin disparar un solo tiro. Pero el desmantelamiento de la OTAN, acordado por las superpotencias en los años 90, jamás llegó a producirse.  De hecho, con el paso del tiempo las estructuras de la Alianza Atlánticas se fueron trasladando hacia el Este. Hoy en día, la frontera entre los dos mundos antagónicos no se halla en la famosa línea Oder-Niesse, sino en la nueva demarcación Báltico-mar Negro.

Si en los últimos lustros Moscú se limitaba a elevar tímidas protestas contra la expansión de la OTAN hacia el Este, el tono empezó a cambiar a partir de 2015, cuando la Administración Obama dio luz verde al incremento de la presencia militar estadounidense en el flaco Este de la Alianza. Para Moscú, la llegada de contingentes norteamericanos estacionados en Alemania y Holanda desencadenó el sistema de alarma. La guerra híbrida de Ucrania, la presencia de tanques americanos en la República Moldova, suponían una auténtica provocación. La OTAN, por su parte, se escudaba detrás del “peligro de invasión” rusa de sus nuevos aliados de Europa oriental.

La situación experimentó un notable deterioro tras la llegada de Donad Trump a la Casa Blanca. En comparación con su antecesor, Barack Obama, el problemático Premio Nobel de la Paz que acompañó con buenas palabras la ofensiva estratégica hacia el Este, Trump se decantó por un lenguaje duro, que nada tiene que ver con los usos y costumbres de la diplomacia tradicional. Un estilo que, lamentablemente, se está afianzando. Y si a ello se suma el hecho de que gran parte de los asesores presidenciales son acérrimos enemigos de la convivencia con Rusia, se llega fácilmente a la conclusión de que la retirada de Washington del INF podría presagiar un primer paso hacia el abandono progresivo de los acuerdos internacionales de desarme.

La respuesta del Kremlin no tardó; Vladímir Putin advirtió al inquilino de la Casa Blanca que Rusia se verá obligada a atacar a los países europeos que aceptarían acoger en su territorio instalaciones balísticas estadounidenses. Una alusión directa a Polonia y Rumanía, que facilitaron la presencia de bases militares americanas.
  
El Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, insiste en que las estructuras balísticas ubicadas en la línea Báltico – mar Negro no están dirigidas contra Rusia.  Más aún; que la OTAN no tiene intención alguna de aumentar el número de ojivas nucleares en suelo europeo. Sin embargo, Rusia, que rechaza tajantemente las acusaciones de Trump relativas a posibles violaciones del tratado INF en los últimos años, advierte: la nueva generación de misiles intercontinentales rusos tendrán trayectorias difíciles de anticipar. Además, podrán lanzar ataques simultáneos en varias direcciones, que el sistema de intercepción de la OTAN será incapaz de detectar. 
 
El general Serguey Karakayev,  comandante de las Fuerzas Estratégicas Nucleares de la Federación rusa, asegura que los proyectiles de última generación no tendrían dificultad alguna en aniquilar las instalaciones “defensivas” de la OTAN situadas en Polonia o Rumanía. ¿Defensivas? Si bien los estrategas occidentales aseguran que el “escudo antimisiles” instalado en la frontera con Rusia sirve sola y únicamente para proteger a los aliados contra un hipotético ataque ¡iraní!, los militares rusos insisten en que una simple modificación de los programas informáticos utilizados por la Alianza podría convertir el sistema defensivo en una espectacular fuerza de combate.
  
Aparentemente, a los estrategas rusos no les preocupan sobremanera las maniobras conjunta llevadas a cabo por los ejércitos de Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria, ni la presencia de tropas estadounidenses en la zona; lo que de verdad inquieta es la perspectiva de un ataque masivo de la Alianza contra el territorio de la Federación.

Por su parte, los expertos de la Alianza no disimulan su inquietud ante la guerra híbrida iniciada por Moscú en la década de los 80, cuando las grandes compañías rusas se adueñaron de empresas petroquímicas o siderúrgicas de Europa oriental. Los estrategas de la OTAN denuncian las reiteradas violaciones del espacio aéreo del mar Negro por aviones de combate rusos, el incremento de la presencia de agentes moscovitas en la república de Moldova, el excesivo interés del Kremlin por los yacimientos de gas natural del mar Negro, controlados no sólo por el Gobierno de Bucarest, sino también por multinacionales energéticas estadunidenses.

“Creo que nuestra pertenencia a la OTAN supone más inconvenientes que ventajas. Nuestros muchachos se están convirtiendo en carne de cañón”, confesaba recientemente un oficial de alta graduación del Ejército rumano. La sinceridad le valió un expediente disciplinario. No fue el primero y, probablemente, tampoco el último.   

martes, 25 de julio de 2017

El "ejemplo polaco"


Hace apenas unas semanas, el Presidente Trump nos deleitó con su retórica al ensalzar el apego del pueblo polaco por los “valores europeos”: tradición, religiosidad y, ante todo, animadversión frente a Rusia. Trump no dudó en poner a Polonia como “ejemplo” de la incondicional e indispensable defensa del legado del Viejo Continente. Un extraño paradigma que, de paso sea dicho, no comparten ni avalan los socios comunitarios de Varsovia.

Sin embargo, conviene señalar la presencia en la tribuna de honor de oficiales de los ejércitos Rumanía y de los Estados bálticos, así como de altos cargos de la Alianza Atlántica destacados en la región. ¿Pura casualidad? No, en absoluto. La visita del actual inquilino de la Casa Blanca a este país del Este europeo tenía una finalidad muy concreta: la puesta en marcha de la “Iniciativa de los Tres Mares”, un macro proyecto de independencia energética auspiciado por los Estados Unidos. Sus beneficiarios: Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Estonia, Letonia, Croacia, Eslovenia y Austria. Es decir, todos los Estados que podrían o, mejor dicho, deberían prescindir de las exportaciones de gas natural ruso, que inciden en las relaciones entre Moscú y Occidente. 

No se trata de un plan nuevo; la Iniciativa fue ideada durante la presidencia de Barack Obama, cuando Washington se comprometió a acabar con la dependencia energética de Europa occidental. Pero, ¿cómo? Las importaciones de gas natural norteamericano resultan demasiado onerosas. Jugar la carta de los países del Golfo Pérsico parecía hasta cierto punto arriesgado, cuando no disparatado. ¿Otras alternativas? ¡Cómo no! La respuesta se hallaba muy cerca de los confines de la Madre Rusia. Washington apostaba por… el gas natural noruego. Todo, con tal de desplazar al Kremlin. Y todo, con tal de reabrir la brecha entre “viejos” y “nuevos” miembros de la Unión Europea.

No se trata, recordémoslo, de una meta de la Administración Trump. La estratagema fue empleada en 2003 por el entonces Presidente Bush, para justificar el apoyo de los nuevos aliados de la OTAN durante la intervención en Irak.

Conviene señalar que, al igual que en aquella época, muchos políticos de Europa oriental no dudan en sucumbir a los cantos de sirena de Washington. Tampoco hay que extrañarse: las misiones diplomáticas estadounidenses en el Este europeo se han convertido en cajas de resonancia de la política de Washington, velando también por la “moralidad” política, la eficacia económica y los niveles de transparencia de las autoridades de los nuevos Estados miembros de la UE.

“Si hay que escoger entre la UE y la OTAN, digamos tres veces “sí” a la OTAN”, afirmaba recientemente un asesor político del Presidente de Rumanía. Tres veces OTAN, tres veces la Iniciativa de los Tres Mares, tres veces… Obviamente, la Casa Blanca recurre, una vez más, a la táctica del “divide y reinarás”. Esta vez, el objetivo no es la Rusia de Putin, sino la propia Unión Europea. Con Trump, el antieuropeísmo ha adquirido carta la naturaleza en la capital del Imperio.

“Polonia es el corazón de Europa”, afirmaba el Presidente norteamericano en Varsovia. Pero se vio obligado a añadir: “desde el punto de vista geográfico”. 

Desde el punto d vista meramente ideológico, a los europeos les preocupa la deriva totalitaria de las autoridades polacas.  El país está lejos de aceptar las reglas de juego de la UE, de respetar el concepto de Estado de Derecho. La reciente ley sobre la reforma del Tribunal Constitucional, la mordaza a los medios de comunicación estatales, que permite nombrar periodistas “a dedo”, la normativa sobre el embarazo y el aborto, la negativa a admitir refugiados “no cristianos”, irritan sobremanera a la Comisión Europea, que amenazó con retirar a Varsovia en derecho de voto y de limitar e incluso suspender la concesión de fondos europeos.

¿El “ejemplo polaco”? Hoy por hoy, los únicos dispuestos a seguir por esta senda son los ultraconservadores húngaros, más propensos a aliarse con Moscú que aceptar la disciplina comunitaria.

En resumidas cuentas, la brecha entre las dos Europas corre el riesgo de ensancharse.



   

viernes, 26 de mayo de 2017

Donald Trump y los “obsoletos”


Es costumbre que, tras la toma de posesión, los Presidentes de los Estados Unidos se reúnan con los líderes de los países miembros de la Alianza Atlántica. Se trata, por regla general, de encuentros informales, que poco o nada tienen que ver con las sofisticadas “cumbres” de jefes de Estado, destinadas a esbozar los planes de actuación de la OTAN. Sin embargo, parece que el actual inquilino de la Casa Blanca está dispuesto a cambiar las reglas de juego. No sería esta la primera vez; Donald Trump se empeña en imponer su peculiar estilo.

El encuentro celebrado esta semana en Bruselas debía haber tenido un carácter meramente simbólico. En principio, se trataba de inaugurar la nueva sede de la Alianza Atlántica, un edificio modernista, cuya arquitectura contrasta con las hasta ahora austeras instalaciones que albergaban la secretaría de la agrupación militar. ¿Simple cambio de piel? ¿Mirada hacia el futuro? Lo cierto es que la OTAN no va a desaparecer, como lo hizo en su momento el Pacto de Varsovia, brazo armado de Moscú durante la guerra fría.

No, la Alianza Atlántica no parece dispuesta a seguir los pasos de su ex rival. Al contrario, la estructura militar contempla una posible expansión al ámbito extra europeo. Esta es, por lo menos, la opción defendida por el aliado transatlántico, que desea un mayor involucramiento de los europeos en Oriente Medio, Asia y África, regiones azotadas por la lacra del terrorismo. Esta fue una de las propuestas formuladas en Bruselas por el Presidente norteamericano que, tras haber “regañado” a sus aliados por el escaso interés a la hora de sufragar los gastos de la Alianza – la famosa contribución del 2 por ciento del PIB destinada a la defensa - se apresuró a invitarlos a participar “activamente” en la lucha contra el Estado Islámico, símbolo del terrorismo yihadista. Los europeos, que participan ya directamente en los operativos bélicos de Oriente Medio, parecen poco propensos a incrementar su presencia en la zona. Sin embargo, contemplan una mayor cooperación en materia de logística e inteligencia. ¿Un brindis al sol?

Si bien durante su campaña electoral de 2016 Trump tildó a la OTAN de organización “obsoleta”, su opinión cambió radicalmente hace apenas un mes, tras entrevistarse con el Secretario General de la Alianza, Jens Stoltenberg, quien llegó a persuadirle de la ventaja que implica contar con una organización de defensa fuerte. “Dije que la OTAN era obsoleta, ya no pienso que sea obsoleta”, manifestó el Presidente sin parpadear. No será éste su primer ni su único zigzagueo en política internacional.

Lo cierto es que la Alianza puede ser útil no sólo para combatir el “terrorismo árabe”, auténtica bestia negra de Trump, sino también para reforzar la presencia militar occidental en Europa del Este, donde polacos, rumanos y bálticos emplean invariablemente el mantra “¡vienen los rusos!”.  De hecho, tanto Bucarest como Varsovia abogan en pro de una consolidación del flanco oriental de la OTAN, que implicaría también la adopción de una postura unitaria de la Alianza y la UE con respecto a las relaciones con el Kremlin. Ello supone un aumento sustancial de la ayuda económica (y no sólo) para Ucrania, Georgia y Moldova, países que han solicitado la adhesión a la OTAN.

El primer encuentro de Doland Trump con sus ex obsoletos aliados finalizó con algunos – pocos – resultados concretos. Sin embargo, sirvió para despejar el horizonte de las relaciones diplomático-estratégicas entre Europa y Norteamérica, que habían experimentado una crisis aguda a finales de 2016.

El inquilino de la Casa Blanca descubrió la verdadera faz de sus socios europeos. Por su parte, los “obsoletos” lo despidieron con un gran suspiro de alivio al comprobar que el “paraguas protector” del tío Sam sigue abierto. Pero de ahí a decir que las aguas han vuelto a sus cauces hay un abismo…

jueves, 18 de mayo de 2017

Ataques informáticos y guerra digital


Mientras el Santísimo Patriarca Kirill (Cirilio), actual cabeza de la Iglesia ortodoxa de Moscú y toda Rusia, se dedica a bendecir los ordenadores de los ministerios de la Federación Rusa (ex Unión Soviética), pidiendo al Señor que proteja a los suyos  contra los engorrosos ataques informáticos, las estructuras de ciberdefensa de los países de Europa oriental, ex socios de Moscú en el extinto Pacto de Varsovia, tratan de elaborar, con ayuda de los “dioses” transatlánticos, estrategias de defensa contra la guerra digital iniciada recientemente por el Kremlin.

La guerra digital o ciberguerra es la variante moderna de lo que antes llamábamos propaganda, intoxicación, desinformación, manipulación de la opinión pública. Los antepasados de los actuales cerebros de la ciberguerra recurrían a la difusión de falsas noticias a través de la Prensa escrita, la rumorología, las campañas diseñadas para generar olas de pánico. Durante la Primera Guerra Mundial, alemanes y franceses, otrora enemigos, competían en la fabricación de peligrosas medias verdades, destinadas a engañar a los estrategas y desconcertar a los políticos. A las personas encargadas de la difusión de estas noticias se les llamaba lisa y llanamente espías. Unos seres despreciables, cuya actuación se castigaba con la pena de muerte. Nada que ver con el James Bond de las películas de Hollywood o con las entretenidas novelas de Graham Greene.
   
Hoy en día, cuando se habla de espionaje se alude, forzosamente, a campañas cibernéticas destinadas a desestabilizar la vida política de los Estados. Recordemos las acusaciones de intrusión de los servicios secretos rusos en la campaña presidencial estadounidense de 2016, al goteo de información ¡no contrastada! de WikiLeaks, a los “topos” infiltrados en el Cuartel General de la Alianza Atlántica.
Para los países de Europa oriental, la palabra espionaje es sinónimo de Rusia. La amenaza – ficticia o real – se perfila en los países bálticos, Polonia, Ucrania o Rumanía. Según los servicios de inteligencia de esos Estados, adiestrados por la CIA estadounidense, el espionaje ruso ha intensificado sus actuaciones en los últimos meses, es decir, tras la celebración en Varsovia de la cumbre de la OTAN, donde se dejó constancia de los planes “defensivos” de la Alianza Atlántica. Unos planes que incluyen el reforzamiento de la presencia de la OTAN en la zona, la creación de estructuras del llamado “Escudo antimisiles”, el incremento de la fuerza naval en el Báltico y el Mar Negro. 

Las autoridades de Estonia y Lituania confirmaron la detención de agentes de la Agencia de Información Militar rusa (GRU) y del Servicio Federal de Seguridad (GRU), sucesor del KGB, aparentemente interesados en recabar datos relativos a las aún embrionarias estructuras de defensa de dichos países. 

Polonia ha solicitado y conseguido el aumento de la presencia de tropas de la OTAN en su suelo. La masacre de Katyn – el fusilamiento, en 1940, de militares, policías e intelectuales polacos llevada a cabo por el NKVD de Stalin -, aún no queda olvidada. No hay que extrañarse, pues, el que Varsovia se haya convertido en el baluarte de la ofensiva ideológica anti rusa. 

En el caso de Rumanía, el peligro procede de variopintos horizontes. Rusia constituye, indudablemente, la mayor fuente de preocupación, aunque no la única. La disputa por la soberanía de Transilvania, que opone a rumanos y húngaros desde hace más de un siglo, se ha recrudecido tras la llegada al poder del conservador Viktor Orban, partidario de la “gran Hungría”, es decir, de la “reconquista” del suelo transilvano.

En realidad, Orban se limita a hacer suyos los argumentos de la derecha ultranacionalista de mediados del siglo pasado, que logró adueñarse de Transilvania con el apoyo de las tropas del Tercer Reich. Las heridas permanecen abiertas. 

Otro frente es el rumano-serbio. Belgrado no reconoce la existencia de la minoría étnica rumana en su territorio. En este caso, la guerra que se libran Bucarest y Belgrado no se limita a meras consultas diplomáticas.  

¿Qué hacer? Los rumanos son conscientes de la necesidad de contrarrestar las campañas de propaganda de sus vecinos. Y no sólo de propaganda. En efecto, mientras los enviados del Kremlin aseguran que Rumanía se encuentra fuera de su zona de influencia, los estrategas rusos arremeten contra la presencia de las instalaciones del “Escudo antimisiles” y de las unidades motorizadas de la OTAN en las inmediaciones de la ciudad costera de Constantza.

Recientemente, la Academia de Ciencias de Rumania anunció de creación de un Centro de Evaluación de los Peligros informáticos, destinado a supervisar la actuación poco amistosa de sus vecinos en… las redes sociales. ¿Una herramienta para el inicio de una ciberofensiva? “No”, aseguran los diplomáticos rumanos, “aún no estamos preparados para ello…”