Mostrando entradas con la etiqueta Europa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Europa. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de diciembre de 2023

Washington – Tel Aviv: después de Gaza, ¿qué?

 

Aparentemente, la visita a Israel del Secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin, cogió por sorpresa a las autoridades de Tel Aviv. Austin anunció su llegada con un tuit enviado desde el avión que sobrevolaba el Atlántico. ¿Medidas de seguridad? ¿Poca deferencia para con sus anfitriones hebreos? El hecho es que la gira relámpago del jefe del Pentágono se convirtió en una autentica manifestación de apoyo incondicional a la política del Gabinete Netanyahu.

En sus intervenciones públicas, Austin hizo hincapié en el apoyo firme e inquebrantable de Washington a Israel y el férreo compromiso de la Administración Biden para con el Estado judío mientras continúa el conflicto en la Franja de Gaza.

Seguiremos trabajando juntos por un futuro más seguro para Israel y más brillante para los palestinos, manifestó el secretario de Defensa durante su encuentro con su homólogo israelí, Yoav Gallant, uno de los halcones que integra el Gobierno de coalición liderado por el jefe del Likud.

¿Un futuro más brillante para los palestinos? Poco tiene de brillante la situación actual de los pobladores de Gaza y Cisjordania. Cabe preguntarse, pues, qué implica realmente el eufemismo más brillante de Austin.

Desde el pasado 7 de octubre, las autoridades israelíes y sus aliados occidentales han tratado de eludir el debate sobre la posible solución aplicable en la posguerra de Gaza, centrando la atención de la opinión pública en los operativos militares. Una postura ésta muy lógica para un país en guerra, pero menos comprensible en el caso de los burócratas o estrategas que se limitan a analizar la situación desde cómodos despachos situados a miles de kilómetros de las líneas de batalla. Cierto es que algunos políticos, poco conocedores de la problemática real de la zona y de sus constantes vaivenes, optaron por resucitar la formula mágica de los dos Estados – Israel y Palestina, valida en los albores de los Acuerdos de Oslo, aunque neutralizada por el constante trabajo de zapa de la derecha israelí. Hablar de la solución de los dos Estados en el momento actual parece un auténtico sinsentido. ¿Cuáles serían, pues, los posibles desenlaces?

El político y diplomático hebreo Danny Danon, ex embajador de Israel ante las Naciones Unidas y posible sustituto de Netanyahu a la presidencia del derechista Likud, procura hacer un repaso a la posición de los poderes fácticos frente al conflicto israelo-palestino. Recuerda Danon que, si bien en agosto de 1967 los miembros de la Liga Árabe acuñaron los tres noes contra el Estado judío - no a la paz, no al reconocimiento de Israel, no a la negociación con Israel – en las últimas décadas, la postura de la diplomacia internacional ha evolucionado.

Durante la reunión del G7 celebrada el pasado mes de noviembre en Tokio, el Secretario de Estado Antony Blinken dio a conocer los cinco noes de la Casa Blanca - No al desplazamiento forzado de palestinos de Gaza, no a la reocupación de la Franja por el ejército israelí, no a la reducción del territorio de Gaza, no a las amenazas de seguridad de Israel provenientes de la Franja, no al bloqueo de Gaza.

Una de cal y otra de arena. Típica ambigüedad diplomática.

El otro diplomático, Danny Danon, aprovechó para publicitar su propio plan de paz para la posguerra, que consiste en:

· La desmilitarización de la Franja de Gaza;

· La creación de una zona tampón de 3 kilómetros en la Franja;

· La vigilancia por el puesto fronterizo de Rafah (con Egipto) por personal israelí e internacional;

· El abandono de la Franja por los palestinos que deseen establecerse en otros países; y  

· La rehabilitación financiera del territorio sin terrorismo ni incitación a la violencia.

Si bien el Gobierno Netanyahu no se ha pronunciado sobre la propuesta de Danon, el ex embajador asegura que el plan cuenta de antemano con el apoyo de varios miembros del Gabinete.

Curiosamente, se desconoce – al menos en Occidente – la existencia de una contrapropuesta palestina.  ¿Noticias que no nos llegan?

Por ende, conviene dedicar unas líneas al programa no oficial de Lloyd Austin en Tel Aviv, donde se hizo público el anuncio de la creación de una coalición internacional de lucha contra el terrorismo hutí en el Mar Rojo.

Los esquemas bélicos de Afganistán, Irak y Siria siguen vigentes. Pero en este caso concreto, Washington no defiende la democracia, sino la libre circulación de los navíos mercantes por el Canal de Suez. Teniendo en cuenta que las mayores navieras dedicadas al trasporte de fletes operan desde los Estados Unidos, todo tiene una explicación… lógica.


sábado, 7 de enero de 2023

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, nominado al Premio Nobel de la Paz 2023


El diputado noruego Christian Tybring-Gjedde, representante de la corriente populista antiinmigración en el Parlamento de Oslo, anunció este viernes que nominó a su compatriota, Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, para el Premio Nobel de la Paz 2023 , destacando su papel determinante durante la guerra de Ucrania. 

Stoltenberg merece el premio por su trabajo ejemplar como secretario general de la OTAN en un período difícil para la Alianza: la ofensiva brutal y no provocada contra un país vecino pacífico, escribe Tybring-Gjedde en su página de Facebook. Según el legislador noruego, el ex primer ministro laborista Stoltenberg comprendió desde los primeros momentos la gravedad y el significado de la agresión rusa para todos los países que basan su gobierno en la democracia y la libertad.

El año pasado, Tybring-Gjedde nominó al presidente ucranio, Volodímir Zelensky, para el Premio Nobel de la Paz; en 2021, presentó la candidatura del entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. 

Conviene recordar que, en su primer discurso pronunciado en 2023, el secretario general de la OTAN afirmó que el apoyo militar de Kiev era necesario para impedir que Rusia alcanzara sus objetivos político-militares.

“Las armas son el camino hacia la paz en Ucrania. No tenemos constancia de que presidente Putin haya cambiado sus planes, así que, subestimar a Rusia es peligroso", manifestó Stoltenberg.

Decididamente, esa intervención del condotiero de la Alianza Atlántica bien merece un Nobel. Pero… ¿de la Paz?  ¿De la Paz?

¿Alguien me puede explicar por qué los ancianos son/somos tan… recalcitrantes? 


viernes, 2 de diciembre de 2022

Turquía: la "guerra hibrida" de la Casa Blanca

 

La alarma saltó el 14 de noviembre, escasas horas después del atentado perpetrado en la céntrica calle Istiklal de Estambul por una mujer kurda procedente de Siria. La acción terrorista dejó seis muertos y más de ochenta heridos. Nada nuevo bajo el sol, aseveraron los analistas políticos de la antigua capital otomana. Turquía se había acostumbrado a los ciclos de violencia provocados por el constante enfrentamiento con los grupúsculos paramilitares kurdos, tachados de marxistas a sueldo de Moscú o de Alemania del Este en los años 70 y 80 del siglo pasado. Después de la desintegración de la URSS y la caída del Muro de Berlín, los kurdos se quedaron sin padrinos, aunque no sin armas.

El ministro turco del Interior, Suleyman Soylu, sorprendió a los diplomáticos extranjeros al rechazar, abierta y públicamente, las condolencias de la Embajada estadounidense. Sabemos dónde se coordinó el ataque. Hemos recibido el mensaje que nos han enviado. No aceptamos las condolencias de la Embajada, manifestó el titular de Interior, quien había criticado la postura de Estados Unidos frente al acto terrorista, pero sin revelar el verdadero motivo del descontento de Ankara.

¿Cuál era el contenido oculto del mensaje al que se refería Soylu? Pese a los múltiples y constantes roces con Washington, Turquía había adoptado una postura pro occidental en el conflicto de Ucrania. Al envío de los drones Bayraktar TB2, suministrados al ejército de Kiev, se suma la presencia – aún no confirmada – de misiles de medio alcance fabricados por la industria armamentística turca. Aparentemente, este escabroso detalle no entorpece las bunas relaciones con Moscú. Turquía es un buen cliente de Rusia. A las importaciones que van viento en popa, se suma otro atractivo: desde la introducción de las sanciones occidentales, los aeropuertos de Anatolia se han convertido en la única puerta de salida para los viajeros rusos.

Comercio, turismo, cooperación en materia de defensa, suministro de tecnología nuclear… Decididamente, el laxismo de las autoridades de Ankara no es del agrado de Washington. Después de todo, Turquía es uno de los miembros fundadores de la OTAN; uno de los baluartes de la Alianza Atlántica, que coquetea descaradamente con Rusia y con Irán, acérrimos enemigos de Occidente. ¡Incomprensible! ¡Intolerable!

¿Incomprensible? Olvidan los detractores de Erdogan que, en el verano de 2016, cuando se gestó la intentona golpista contra el presidente turco, los servicios de inteligencia occidentales permanecieron mudos. Curiosamente, los únicos que le advirtieron al sultán - presidente sobre el peligro inminente fueron los agentes de la KGB destinados en Ankara. Obviamente, el sultán puede ser cruel, aunque también… agradecido. La gratitud al Kremlin produjo un hondo malestar en la Casa Blanca. El entonces presidente Obama y su mano derecha, Joe Biden, trataron de recomponer los platos rotos. ¿La culpa? La culpa no es de nadie; es de todos. Así lo comprendió, en su momento, Recep Tayyip Erdogan.

Los Estados Unidos están llevando a cabo una guerra hibrida contra Turquía e Irán, afirmaba la pasada semana la prensa moscovita proclive al Kremlin, que no debería llegar a manos del lector occidental. ¿Los motivos?

Muy sencillo: algunos rotativos rusos aseguran que Estados Unidos participaron en la orquestación del reciente ataque terrorista de Estambul e incitaron a los servicios secretos de Kiev a sabotear, por segunda vez en menos un año, el gasoducto TurkStream, que suministra gas natural ruso no sólo a Turquía, sino también a Europa del Este y región balcánica. El intento de sabotaje se produjo poco después de la propuesta de Vladímir Putin de convertir a Turquía en centro para la distribución del gas ruso a Europa.

¿Se trata de castigar a Erdogan por su empeño en buscar un equilibrio entre sus compromisos con la OTAN y el deseo de cooperar con los BRIC y con la Organización de Cooperación de Shanghái, de su voluntad de llevar a cabo una política asiática independiente?

El periodista y politólogo turco Onur Sinan Guzaltan, autor de varios libros sobre la geopolítica del Mediterráneo y el Mundo Árabe, estima que Estados Unidos no tiene interés alguno de contar con países fuertes en la región, recordando que Washington intervino en Yugoslavia, Irak, Siria e Irán. Según él, Norteamérica dividió Irak y tratará de emular el ejemplo en Siria y de desestabilizar a Irán.

¿Y Turquía? Turquía trata de hacer frente a la ofensiva de Washington, lo que explica sus dificultosas relaciones con la Casa Blanca. Pero de ahí hasta vaticinar una aparatosa salida de Ankara de la OTAN hay un abismo. O… tal vez no.


jueves, 28 de abril de 2022

Estamos en guerra


Estamos en guerra. Una guerra sin vencedores ni vencidos; una guerra que ninguno de los bandos tiene intención de perder. Sí, se trata de un conflicto mundial, de un enfrentamiento entre dos potencias - la OTAN y Rusia – que tiene por escenario un terreno supuestamente neutral y se libra a través de ucranios interpuestos.  

Perspectivas para la solución del conflicto: Lucharemos hasta el último ucranio, asevera Volódimir Zelensky, el cómico/presidente del país de los cosacos. Es una inversión que nos permitirá neutralizar a las fuerzas armadas de Rusia durante la próxima década, afirman formalmente los pragmáticos estrategas del Pentágono. Es un operativo de desnazificación del país vecino, aseguran los dueños del Kremlin. En realidad, todos los protagonistas tienen razón; cada cual, a su manera, y todos se equivocan. Y ello, por la sencilla razón de que nos hallamos ante una contienda inusual, llamada a modificar la obsoleta estructura de las relaciones internacionales vigentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Una sorpresa? ¿Un mero accidente histórico? No, en absoluto; el choque se ha gestado durante décadas en las salas de operaciones de los Estados Mayores de distintos ejércitos, en las academias militares y los oscuros círculos de poder de las potencias nucleares. Finalmente, los duendes del dios Marte llegaron a la conclusión de que no sería aconsejable apostar por una confrontación directa, demasiado arriesgada para los súbditos de ambos imperios. Sin embargo, cabía contemplarse la opción de crear campos de combate/ensayo en países terceros. Y los generales apostaron por… ¡Ucrania!

Al evitar el conflicto directo entre potencias nucleares, Occidente se guardaba la baza de poder manipular a su guisa la información relativa al conflicto. Las campañas de desinformación, mejor dicho. Los centros neurálgicos de la propaganda, ubicados en los Estados Unidos y las islas británicas, orquestan ofensiva a nivel global, coordinan los mensajes e imponen una terminología común. El resto, la lectura e interpretación de la partitura, incumbe a los políticos y los organismos regionales que, con mayor o menor éxito, procuran trasladar el mensaje a la ciudadanía. Se trata de mensajes sencillos, muy parecidos a los empleados por ambos bandos durante la Guerra Fría. El enemigo es siempre el otro, el rival, el malo. Unos luchan para defender la democracia; otros, para ganarse su lugar en el paraíso. Ambos tratan de convencernos que su guerra es justa. Ambos tratan de ocultar los verdaderos motivos que les impulsan a librar esta batalla.

Trato de hacer memoria: Oradour-sur-Glane, Lidice, Sabra y Chatila, My Laï, Belgrado… La lista es muy larga. ¿Morir por la democracia? No, decididamente; las victimas poco tenían que ver con los cacareados ideales de la Civilización, de nuestras distintas y ¡ay! convergentes civilizaciones.

Pero, ¡recordad! Estamos en guerra. 

martes, 8 de febrero de 2022

Israel: entre COVID y Pegasus


Hacía tiempo que no recibía llamadas telefónicas de Israel. La verdad es que no eran muy frecuentes, pero siempre… oportunas. Coincidían con algún terremoto geopolítico, algún casus belli o, pura y simplemente, con una sonada tormenta en un vaso de agua que conmovía a la opinión pública de Oriente Medio.

¿Casualidad? No, en absoluto. Siempre pensé que detrás del amable interlocutor había una grabadora o cualquier otro sistema de escucha, cuya misión era recoger mis ingenuas palabras, mis truncados o sesgados comentarios. Sí, en algunos países, muchos países, se escuchan las opiniones, las críticas o los comentarios del corresponsal extranjero. Y más aún, si el escuchado tiene fama de díscolo o, por lo menos, inconformista. Las llamadas eran, pues, una especie de partido de ping-pong, que podía ganar o perder, según las circunstancias. Las asimilaba a charlas de café, sin mayor trascendencia para el destino de la Humanidad, la afligida región de Oriente Medio o… la paz mundial. Nada que ver con los partidos del doctor Kissinger, que tantos quebraderos de cabeza provocaron.

Mi inusual gesta finalizó al inicio de la siniestra mascarada habitualmente llamada pandemia. Las noticias siguieron llegando a través de los medios de comunicación. Ante mi gran sorpresa, me enteré que para el jefe de investigación de Pfizer, Israel era una especie de laboratorio para la aplicación de las vacunas, argumentación rechazada por las autoridades sanitarias del país y reprobada por los negacionistas, que para el consejero delegado de la multinacional farmacéutica el Estado judío era el laboratorio mundial, que para los científicos israelíes – tardos en reaccionar – el COVID era cualquier cosa menos un virus. Un golpe duro para las empresas farmacéuticas, que coincide, extrañamente, con la proliferación de noticias sobre los inquietantes fallos técnicos o médicos detectados en las últimas semanas. Un golpe duro también para una sociedad archivacunada, persuadida de haber superado los peligros del contagio.

También me enteré durante mi prologando confinamiento – la pandemia no perdona – que el sistema de escucha cuya presencia había intuido durante años tiene un nombre: Pegasus. Concebido, fabricado y comercializado por la empresa de seguridad israelí NSO, este troyano se ha tornado en el caballo de batalla de la prensa israelí, que reveló la existencia de un gran escándalo político, que involucra a los servicios de seguridad del Estado judío.

En realidad, Pegasus, cuya presencia ha sido identificada en varios affaires de espionaje político en Europa, Norteamérica y el Norte de África, ha sido utilizado ilegalmente por la policía israelí para recabar datos relacionados con varios procedimientos judiciales en curso. El más sonado es el juicio contra el ex primer ministro Benjamín Netanyahu.

Sin embargo, a la encuesta contra el líder del Likud se suman otras diligencias. Según el periódico digital Calcalist, en la lista de personas espiadas a través de Pegasus figuran altos cargos del Gobierno, activistas políticos, periodistas, alcaldes y contactos del ex primer ministro. Uno de los hijos de Netanyahu, Avner, también fue espiado por los servicios de escucha de la policía. Huelga decir que en la lista hecha pública ayer figuran decenas de nombres de personas que no eran sospechosas de delitos. Al parecer, las escuchas telefónicas se prolongaron durante varios años.

Al trascender las primeras informaciones sobre la vigilancia masiva – en los listados publicados ayer figuran decenas de nombres – la policía negó rotundamente la existencia del operativo. Tras la insistencia de los medios de comunicación, se hizo pública una nota explicando que se había procedido a la ampliación de las escuchas, contando con una supuesta actualización de los datos.  

El primer ministro Naftali Bennett prometió una respuesta contundente esta semana.  Los hechos alegados son muy graves, señala el comunicado de Bennett, recordando sin embargo que el programa Pegasus es una herramienta importante en la lucha contra el terrorismo.

Más ambigua ha resultado la declaración del presidente Herzog, hijo de militar, procedente de la función pública. No podemos renunciar a nuestra democracia, tampoco podemos renunciar a nuestra policía. Ni podemos perder el apoyo de la opinión pública, dijo.

Con todo esto, sigo preguntándome: ¿De verdad le interesaba a Pegasus la opinión de una persona tan insignificante como el autor de estas líneas? 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

El apagón que (no) viene


Primero fue la pandemia; luego, el espectacular incremento del precio de la energía eléctrica, la dramática escasez de materias primas, el aumento de los fletes marítimos, la inimaginable congestión de los emblemáticos puertos comerciales, el desabastecimiento y, por ende, la perspectiva de una pertinaz crisis alimentaria. Por si fuera poco, surgió el fantasma del apagón. Un apagón general, que sumiría a los habitantes del Viejo Continente en un oscuro y gélido paréntesis que duraría alrededor de… dos semanas.

A quienes hemos ocasión de gozar de los deleites del estrambótico periodo de la Guerra Fría, el cumulo de noticias – reales o ficticias – con las que se nos está bombardeando a diario nos recuerda la época del histerismo generado por la inminencia de un conflicto nuclear. El enfrentamiento – que nunca se produjo - nos incitó a contar con refugios antiatómicos, hacer acopio de alimentos para tres, seis o doce meses, prepararnos a combatir al hipotético invasor a la salida de nuestro inexpugnable escondite, persuadidos, eso sí, de la necesidad de defender a la familia, la patria, el mundo, contra las fuerzas del Mal. Pero la amenaza se desvaneció el día en que los grades de este planeta se tomaron sus vasitos de vodka o de bourbon, charlando amigablemente sobre el tiempo y la familia. Los asuntos más espinosos – contención, desarme y un sinfín de etcéteras – fueron remitidos a los grupos de expertos políticos y militares. En invierno atómico se había acabado.  Al igual que esta derrotada pandemia, que sigue vivita y coleando…

Pero volvamos a nuestro apagón. O, mejor dicho, a la inminente amenaza que ha hecho correr ríos de tinta y alimentado numerosísimos, demasiados comentarios en los medios audiovisuales del Viejo Continente. 

Antes que nada, es precioso situar la noticia en su contexto. El espeluznante panorama – un apagón a escala continental – se gestó en las oficinas vienesas de una empresa especializada en publicidad y conducta social, encargada de elaborar un exhaustivo estudio sobre un hipotético corte de electricidad a nivel europeo causado por una catástrofe natural, el posible desabastecimiento de energía eléctrica, supuestos atentados terroristas o ataques cibernéticos. En realidad, se trataba de una campaña virtual de concienciación del público austriaco, poco dado a aceptar las solemnes advertencias de las autoridades. Pero la publicación del informe de la empresa de consultoría en el anuario del Gobierno austriaco desató la tormenta mediática que asoló el resto del continente.  

Se anuncia un gran corte de energía en toda Europa, Un país ya ha informado a su población sobre los detalles del incidente y ha pedido la ayuda del Ejército, El desastre es inevitable… Los catastróficos titulares invadieron los medios de comunicación. Las cadenas de televisión de toda Europa no dudaron en recurrir a sus expertos/analistas para comentar el dramático evento. Algunos, los más cautos, reconocieron que el peligro parecía real, pero no se podía adivinar la fecha del advenimiento de la nueva plaga. ¿Otra más? Pues sí, al paso que vamos no hay que descartar la llegada de más desgracias.

Con su mentalidad germánica, los austriacos se vieron obligados a poner los puntos sobre las “íes”. No, se trataba de una mera simulación. De hecho, el Ministerio de Defensa jamás advirtió sobre un inminente corte de energía a nivel de la UE, ni predijo su magnitud o su duración. El Gobierno no estaba involucrado en esta descontrolada campaña de publicidad Por su parte, la titular de Defensa, Klaudia Tanner, se limitó a afirmar que se debe considerar la posibilidad de un apagón. La pregunta no es si se producirá un apagón masivo, sino cuándo podría materializarse esta amenaza", dijo Tanner.

En resumidas cuentas, la amenaza no es inminente. Lo que sí debería preocuparnos – y nos está preocupando – en esos momentos es el vertiginoso aumento del precio de la electricidad. En este caso concreto, se trata, en este caso concreto, de una desgracia que afecta a todos los europeos. ¿Peor nos lo quieren poner?


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Bienvenidos a la nueva Era del Desorden

 

Hay palabras malsonantes, expresiones que no tienen sentido alguno, términos que pretenden ocultar aciagas realidades. La mal llamada “nueva normalidad” introducida recientemente por los poderes facticos que rigen los destinos del planeta Tierra procura ocultar perspectivas poco halagüeñas.

Sí, es cierto: nos inducen a pensar que “ya nada será como antes”, que la “nueva normalidad” nos coloca en el umbral de un largo período de transición, que el camino que toca recorrer será largo y sinuoso, que el mundo venidero será una amalgama de tecnología y ecología, de justicia y probidad. Un sistema social modélico, sólo imaginable en los cuentos de ciencia ficción escritos, allá por los años 30 ó 50 del siglo pasado, por cándidos autores que confiaban en la honradez, la bondad y la nobleza del ser humano. La quimera se desvaneció unas décadas después, cuando el Mal surgió de las tinieblas; nuestro bucólico Universo se tornó en un mosaico de señoríos antagónicos perpetuamente enfrentados. El Bien y el Mal compartían -al igual que en los modernos videojuegos- victorias y derrotas. No, decididamente; ya nada es como antes. Ni lo será a partir de ahora: en la “nueva normalidad” no encontraremos ideales ni… ética. Ni entusiasmo, ni afán de superación.

Afrontaremos resignados, pues, las malas nuevas engendradas por los cerebros binarios de los ordenadores, fríamente expuestas por grupos de ignotos expertos surgidos de las entrañas de sociedades acalambradas. Pero habrá que aceptar ¡qué remedio! sus catastróficas previsiones.  

Un ejemplo concreto de los previsibles descalabros que se avecinan lo hallamos en un voluminoso informe preparado por los analistas económicos de la Deutsche Bank, divulgado la pasada semana. Los expertos del mayor instituto financiero germano advierten que el mundo está en el umbral de un nuevo ciclo estructural, que no dudan en tildar de… “era del desorden”, una etapa en la que presenciaremos la drástica modificación de las estructuras económicas, de los sistemas políticos y, por ende, del modo de vida de los pobladores del Planeta.

El espectacular deterioro de los tejidos económicos y sociales registrado en los primeros meses de la actual pandemia se irá acrecentando. Tanto los Gobiernos como las grandes empresas industriales optarán por un mayor endeudamiento. La próxima década será decisiva para la vitalidad Europa, cada vez más aislada en un mundo “desglobalizado”, cuyos principales protagonistas serán los dos gigantes de la economía: los Estados Unidos y China. Las guerras comerciales se tornarán en el común denominador de las relaciones entre Estados. La propia Unión Europea corre el riesgo de atomizarse. Los economistas no descartan la creación de tres o cuatro subgrupos de países, cuyos intereses no serán forzosamente convergentes. Esta división incluiría los siguientes bloques: Europa central (Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Austria), Europa oriental (los países de Europa del Este y Rusia), Europa meridional (Italia, España, Grecia, Chipre y Malta), el Reino Unido y su aliada, Norteamérica.

El estudio de la Deutsche Bank hace hincapié en una serie de factores que condicionarían la “Era del desorden”, que podrían resumirse de la siguiente manera: 

 · El deterioro de las relaciones entre EE. UU. y China y la reversión de la globalización;  

· Un reto para la supervivencia de Europa;

· El incremento de la deuda, mayor “centrifugado” de capitales;

· La disyuntiva inflación o deflación;

· El incremento de las desigualdades, que podría generar reacciones violentas y cambios a nivel sociedad;

· El ensanchamiento de la brecha intergeneracional;

· El debate sobre el cambio climático;

· La revolución tecnológica o estancamiento

Conclusión de los expertos alemanes: No hay que extrapolar los tímidos pasos de la “nueva normalidad” con las tendencias pasadas, con la época de bonanza de las décadas de los 50 – 80, que acabamos de dejar atrás. Sería uno de los peores errores que el “hombre nuevo” podría cometer; ya nada será como antes.

Poco estimulantes perspectivas; ¿verdad, estimado lector?


sábado, 26 de octubre de 2019

Siria: los aliados de Putin - Irán (I)


Tras la retirada parcial de las tropas estadounidense estacionadas en Siria - si bien los asesores militares abandonaron sus bases, Washington pretende mantener un reducido contingente encargado de proteger los yacimientos petrolíferos de la zona, controlados por Norteamérica desde hace ya algún tiempo – Rusia se ha convertido en la principal potencia protectora del régimen de Damasco. De hecho, el Kremlin no tardó en exigir al actual inquilino de la Casa Blanca la rápida evacuación de los guardianes del oro negro sirio, sabiendo positivamente que la solicitud tropezará con el contundente rechazo por parte de la Administración Trump.

Los estrategas rusos, ganadores de esta compleja partida de ajedrez que tiene por escenario el territorio de un país otrora independiente, cuentan en este inacabable conflicto con numerosos aliados y vasallos. Aliados circunstanciales y vasallos permanentes: la guerra les une, las ideologías les separa. Es este el caso de los dos principales protagonistas de la mal llamada guerra civil: Irán y Turquía.
   
Desde el estallido de la guerra, en marzo de 2011, Irán y Turquía han estado en bandos opuestos; Teherán y Moscú desempeñando un papel fundamental en la supervivencia del régimen de al Assad y Ankara instando a su derrocamiento y apoyando la  rebelión.

Si bien la decisión de Erdogan de invadir el territorio kurdo en Siria llevó al presidente iraní, Hasán Rouhani, a condenar la ofensiva militar, considerando que ésta aumentaría la inestabilidad regional, los máximos exponentes del estamento militar de Teherán estiman que el operativo bélico de Ankara podría redundar – a medio o largo plazo – en potenciales beneficios para los intereses de su país.

Irán nos ha suministrado armamento y equipos desde el comienzo de la guerra, recordaba Bashar al Assad en una reciente entrevista televisiva, aludiendo a la ayuda militar, financiera y política recibida de la república islámica.

Los estrategas iraníes no disimulan su interés en expandir el radio de acción de su controvertida política internacional. En ese contexto, la invasión turca les plantea serias dudas. Pero Teherán no quiere arriesgar su relación con Ankara, que le permite eludir las sanciones económicas estadounidenses y le brinda la oportunidad de seguir suministrando su gas natural a los países europeos. La mejor opción consiste, pues, en…emular el ejemplo de Turquía.
 
Paralelamente al operativo turco, Irán lanzó una ofensiva de gran envergadura en las inmediaciones de la frontera con el país otomano. A la infantería y los carros acorazados se sumaron unidades especializadas en la lucha antiterrorista acantonadas en Siria, donde Irán tiene alrededor de 70.000 combatientes.

Nuestra Fuerza Basij cuenta con 42 brigadas y 138 batallones, confesaba el general Hossein Hamedani, comandante del cuerpo expedicionario iraní, al que se sumaron miles de voluntarios afganos y paquistaníes.

Los objetivos de la actual ofensiva iraní: dejar constancia de su preparación ante los turcos y acallar las protestas de la minoría kurda de Azerbaiyán, que condena la pasividad de los muyahidín ante una posible campaña de limpieza étnica llevada a cabo por las tropas de Erdogan. 
   
Por último, aunque tal vez lo más importante: el despliegue en la zona de las milicias sunitas apoyadas por Turquía, que podrían limitar la maniobrabilidad de los iraníes. Junto al ejército turco combaten algunos grupos salafistas-yihadistas, como Hay’at Tahrir ash-Sham, Jaish al-Islam o Suqour al-Sham. Estas milicias, derivadas del tronco de al-Qaeda, perciben al Islam chiita como una herejía que conviene combatir.

También hay otro factor que explica, aunque no justifica, la presencia iraní: se trata de la dimensión étnico-nacional. Las aspiraciones nacionales de la minoría kurda plantean un gran desafío a los cuatro países de la región que cuentan con población kurda: Irán, Irak, Turquía y Siria. El precedente del territorio autónomo kurdo en Siria resulta inaceptable para el establishment iraní, que aún recuerda el levantamiento que llevó a la creación, en enero de 1946, de la República de Mahabad.

A pesar de los intentos de Teherán de apaciguar a su minoría kurda, estimada en unos ocho millones de personas, se registraron numerosas protestas anti turcas en todo el país.  Las manifestaciones llevaban un mensaje de unidad con los kurdos de Siria: Rojava, estamos contigo. (Rojava es el nombre del Kurdistán sirio). Los ayatolás temen que el proyecto de un Gran Kurdistán y los sentimientos de afinidad nacional entre kurdos podría dar lugar a disturbios étnicos, que se sumarían a la oleada de protestas de sus compatriotas iraníes que llevan ya algún tiempo desafiando a los ayatolas con el slogan: Marcharos de Siria; pensad en nosotros.

Como lo señalábamos anteriormente, la ofensiva turca podría promover los intereses de los gobernantes de Teherán. Con las unidades turcas en el noreste de Siria, una presencia iraní en la zona podría considerarse legítima. A pesar de la coordinación táctica entre Irán, Rusia y Turquía, el deseo de Ankara de expandir su "zona de seguridad"podría ayudar a Irán a alcanzar el ansiado corredor terrestre que ha estado tratando de establecer durante años desde la frontera noroeste de Irán, pasando por Irak y el territorio sirio, hasta el Mediterráneo.

El régimen iraní confía en que la comunidad internacional centre su interés en la agresión turca o la lucha contra el Estado Islámico para poder expandir su control sobre la región, con el objetivo de alcanzar la frontera de su archienemigo: ¡Israel!

domingo, 12 de mayo de 2019

Trump: el elefante en una tienda de porcelana


Si alguna metáfora sirve para definir las constantes de la política exterior de Donald Trump, esta sería, sin duda, la del “elefante en una tienda de porcelana”.  Animado por los impulsos intervencionistas de su principal asesor, el “halcón” John Bolton, el actual inquilino de la Casa Blanca estaría dispuesto a contemplar una acción militar contra el Gobierno de Nicolás Maduro y, ¿por qué no? un ataque relámpago contra los centros de investigación nuclear de la República Islámica de Irán. Un enfrentamiento armado en toda regla, susceptible de acabar con el ya de por sí frágil equilibrio estratégico de Oriente Medio.

En las últimas horas, Washington ha decidido reforzar su presencia en el Golfo Pérsico. Portaaviones, destructores, barcos de transportes de tropas, bombarderos B – 52, cazas F – 35, baterías de misiles Patriot fueron enviados en la región tras el anuncio por parte de Irán de reducir su compromiso con el acuerdo nuclear de 2015, denunciado unilateralmente por la Administración estadounidense hace exactamente un año.  Si bien Trump considera que la Casa Blanca tiene sobrados motivos para renunciar al Plan Integral de Acción (PIAC) negociado por las potencia internacionales – Norteamérica, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China - con el régimen de los ayatolas y adoptar sanciones económicas contra el régimen iraní, la decisión de Teherán de responder con la misma moneda se torna en una imperdonable afrenta.

“Nosotros no tratamos de perjudicar a los iraníes”, se apresura a afirmar el Presidente de los Estados Unidos, quien añade, cambiando rápidamente de registro: “Si Irán quiere negociar, que me llamen”. Mientras, los refuerzos militares se dirigen hacia la Península Arábiga y las aguas territoriales de la República Islámica.

Al igual que en el caso de Venezuela, la Administración Trump comete el error de subestimar el poder de convocatoria de la cúpula iraní, alegando que el país se halla al borde de la bancarrota y que sus pobladores no dudarán en rebelarse contra el régimen autocrático de los ayatolas. Obviamente, los asesores de la Casa Blanca ignoran los sentimientos nacionalistas del pueblo iraní.

Huelga decir que gran parte de la responsabilidad por este estado de cosas recae sobre el Gobierno de Tel Aviv y, más concretamente, sobre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu, heredero de la política de “mano dura” con Irán inaugurada hace dos décadas por su antecesor, Ariel Sharón. En efecto, Sharón fue el primero en exigir el desmantelamiento o la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes, considerándolas un peligro potencial para la seguridad y la supervivencia del Estado judío. Sin embargo, la Administración estadounidense optó por hacer oídos sordos.

Netanyahu cogió el relevo a partir de 2012, cuando advirtió públicamente sobre el peligro del programa nuclear iraní. En una intervención ante el Congreso de los Estados Unidos, en marzo de 2015, el  mandatario israelí advirtió  afirmó que el acuerdo nuclear con Teherán no iba a impedir que Irán desarrolle armamento nuclear, sino más bien todo lo contrario. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca agilizó las relaciones con los ultraconservadores Israelíes.

Al anunciar su decisión de “reducir en compromiso” con el acuerdo nuclear de 2015,  los  iraníes se reservan el derecho de seguir almacenando uranio enriquecido y agua pasada, indispensables para la buena marcha de su programa nuclear y proseguir el desarrollo de misiles de corto y medio alcance, que podría alcanzar objetivos estratégicos tanto en la región -  Arabia Saudita o Israel – como en algunos países balcánicos – Rumanía, Bulgaria, Albania, Serbia.

Hay quien especula también con la renuncia al  Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC) e incluso con la hipotética retirada del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.

Los estrategas de Washington temen un posible cierre del estrecho de Ormuz, lo que impediría el transporte de crudo procedente de otros países del Golfo. De ahí la aparente precipitación del Pentágono de reforzar la presencia naval estadounidense.

Los iraníes tratan de esquivar el boicot americano abriendo canales alternativos con sus aliados de siempre: Rusia, China y Turquía.

Europa, que facilitó el advenimiento de la República Islámica al participar activamente en 1978 al derrocamiento del Shá de Persia, se halla ante la disyuntiva de reimponer las sanciones económicas anunciadas por Trump o adoptar una serie de medidas destinadas a  proteger los intereses de sus multinacionales que operan en Irán: Total, Airbus, Siemens, Peugeot, eventuales damnificadas por la decisión de Washington. En este caso concreto, cabe la posibilidad de recurrir al llamado Estatuto de Bloqueo, elaborado por Bruselas para evitar las sanciones impuestas recientemente a Cuba, así como a un mecanismo de pagos para eludir el control financiero estadounidense.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Si vis pacem, para bellum


La República Francesa o, mejor dicho, la “Francia imperial” del napoleónico  Emmanuel Macron, conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, la gran deflagración continental que sacudió los cimientos de los imperios que pretendían regir los destinos de lo que antaño se conocía bajo el nombre de “civilización occidental”.  De hecho, el mundo iba a cambiar. La caída de las monarquías trajo consigo una remodelación del mapa geopolítico del Viejo Continente; un cambio acompañado por una gran dosis de ingenuidad y optimismo.

En efecto, en aquél entonces, muchos europeos esperaban el advenimiento de una era de paz duradera, la edificación de un mundo mejor, un mundo de concordia, bienestar y fraternidad. Un sueño para después de una guerra…  ¿Acaso no se pueden tener sueños utópicos después de un cataclismo?

La última guerra… Recuerdo el diálogo de La Gran Ilusión, la famosa película del cineasta francés Jean Renoir, rodada en 1937, en el umbral de otro conflicto, que finalizaba con las palabras: “Esta guerra tiene que terminar; espero que sea la última”.

Apenas dos años después del estreno de la película, estalló la Segunda Guerra Mundial, un enfrentamiento aún más mortífero, que oponía dos ideologías totalitarias: el nazismo y el comunismo. Ambas doctrinas se habían adueñado del vocablo socialismo, desvirtuando su significado y vaciándolo de contenido. Pero resultaría sumamente peligroso tratar de comparar la estructura criminal de los regímenes de terror instaurados por Adolf Hitler y José Stalin. Una vez desaparecidas las causas, nosotros, los europeos, nos precipitamos en minimizar los posibles efectos. No contábamos con la aparición de nostálgicos de las dictaduras de todo signo…

Sin embargo, durante el período de aparente paz que acompañó la Guerra Fría empezaron a gestarse respuestas radicales. Al nacionalismo, difícil de erradicar, pese a los esfuerzos de los “padres” de la Europa Unida, se sumaron los extremismos y los mal llamados populismos de todo signo, que algunos no dudaron en calificar, hace más de una década,  de… neofascismos. Pero la palabra “fascismo” queda vedada en el lenguaje “políticamente correcto” de la sociedad occidental.

En Rusia o, mejor dicho, en la antigua URSS, el nacionalismo ha sido la baza utilizada por los gobernantes para mantener el miedo a Occidente, fomentando así los antagonismos.

Sin bien los argumentos esgrimidos por los populismos varían – encontramos al alimón consideraciones tan dispares como crisis económica, paro, xenofobia, terrorismo, guerra mundial o invasión del sagrado territorio de la Patria, las respuestas desembocan forzosamente en la misma solución: totalitarismo. Es el objetivo que los populistas, tanto de derechas como de izquierdas, procuran ocultar.
   
El Occidente tiene la desventaja de haber descubierto, en este desconcertante ambiente de crisis y/o transición hacia un nuevo modelo de sociedad, un corrosivo mal común: la corrupción. No es una lacra reciente, pero al parecer los escándalos brotan con mayor facilidad en periodos de cambio.

Quo vadis, Europa?  A esta pregunta, más que lícita, no hallamos una respuesta coherente. El fenómeno de la globalización debería obligarnos a contemplar argumentos globales. Sin embargo, la política del Viejo Continente sigue empleando los parámetros posbélicos: Estados Unidos, Alianza Atlántica, Rusia, enemigos.

Si bien parece que la nueva política exterior del Presidente Trump incita a los europeos a dirigir sus miradas hacia el coloso ruso, posible (aunque por ahora poco probable) “socio y vecino”, la Alianza Atlántica no duda en recordar a sus miembros, tanto occidentales como orientales, que Rusia sigue siendo el “peligro potencial, el enemigo que no se dejó doblegar”.

En ese contexto, las recientes maniobras de la OTAN en el Árctico y en Escandinavia, donde se pretende proteger a las democracias occidentales contra una hipotética invasión de tropas procedentes del Este, tratan de poner los puntos sobre las “íes”.

Comentando la nutrida presencia de tropas y material bélico de la Alianza Atlántica en el Árctico – el mayor ejercicio militar organizado desde el final de la Segunda Guerra Mundial – un importante rotativo español titulaba: La OTAN se prepara. ¿Para qué? ¿Quién es el enemigo?

Recordémoslo: Europa conmemora esta semana el centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Los comentarios sobran.