miércoles, 30 de septiembre de 2020

Bienvenidos a la nueva Era del Desorden

 

Hay palabras malsonantes, expresiones que no tienen sentido alguno, términos que pretenden ocultar aciagas realidades. La mal llamada “nueva normalidad” introducida recientemente por los poderes facticos que rigen los destinos del planeta Tierra procura ocultar perspectivas poco halagüeñas.

Sí, es cierto: nos inducen a pensar que “ya nada será como antes”, que la “nueva normalidad” nos coloca en el umbral de un largo período de transición, que el camino que toca recorrer será largo y sinuoso, que el mundo venidero será una amalgama de tecnología y ecología, de justicia y probidad. Un sistema social modélico, sólo imaginable en los cuentos de ciencia ficción escritos, allá por los años 30 ó 50 del siglo pasado, por cándidos autores que confiaban en la honradez, la bondad y la nobleza del ser humano. La quimera se desvaneció unas décadas después, cuando el Mal surgió de las tinieblas; nuestro bucólico Universo se tornó en un mosaico de señoríos antagónicos perpetuamente enfrentados. El Bien y el Mal compartían -al igual que en los modernos videojuegos- victorias y derrotas. No, decididamente; ya nada es como antes. Ni lo será a partir de ahora: en la “nueva normalidad” no encontraremos ideales ni… ética. Ni entusiasmo, ni afán de superación.

Afrontaremos resignados, pues, las malas nuevas engendradas por los cerebros binarios de los ordenadores, fríamente expuestas por grupos de ignotos expertos surgidos de las entrañas de sociedades acalambradas. Pero habrá que aceptar ¡qué remedio! sus catastróficas previsiones.  

Un ejemplo concreto de los previsibles descalabros que se avecinan lo hallamos en un voluminoso informe preparado por los analistas económicos de la Deutsche Bank, divulgado la pasada semana. Los expertos del mayor instituto financiero germano advierten que el mundo está en el umbral de un nuevo ciclo estructural, que no dudan en tildar de… “era del desorden”, una etapa en la que presenciaremos la drástica modificación de las estructuras económicas, de los sistemas políticos y, por ende, del modo de vida de los pobladores del Planeta.

El espectacular deterioro de los tejidos económicos y sociales registrado en los primeros meses de la actual pandemia se irá acrecentando. Tanto los Gobiernos como las grandes empresas industriales optarán por un mayor endeudamiento. La próxima década será decisiva para la vitalidad Europa, cada vez más aislada en un mundo “desglobalizado”, cuyos principales protagonistas serán los dos gigantes de la economía: los Estados Unidos y China. Las guerras comerciales se tornarán en el común denominador de las relaciones entre Estados. La propia Unión Europea corre el riesgo de atomizarse. Los economistas no descartan la creación de tres o cuatro subgrupos de países, cuyos intereses no serán forzosamente convergentes. Esta división incluiría los siguientes bloques: Europa central (Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Austria), Europa oriental (los países de Europa del Este y Rusia), Europa meridional (Italia, España, Grecia, Chipre y Malta), el Reino Unido y su aliada, Norteamérica.

El estudio de la Deutsche Bank hace hincapié en una serie de factores que condicionarían la “Era del desorden”, que podrían resumirse de la siguiente manera: 

 · El deterioro de las relaciones entre EE. UU. y China y la reversión de la globalización;  

· Un reto para la supervivencia de Europa;

· El incremento de la deuda, mayor “centrifugado” de capitales;

· La disyuntiva inflación o deflación;

· El incremento de las desigualdades, que podría generar reacciones violentas y cambios a nivel sociedad;

· El ensanchamiento de la brecha intergeneracional;

· El debate sobre el cambio climático;

· La revolución tecnológica o estancamiento

Conclusión de los expertos alemanes: No hay que extrapolar los tímidos pasos de la “nueva normalidad” con las tendencias pasadas, con la época de bonanza de las décadas de los 50 – 80, que acabamos de dejar atrás. Sería uno de los peores errores que el “hombre nuevo” podría cometer; ya nada será como antes.

Poco estimulantes perspectivas; ¿verdad, estimado lector?


viernes, 11 de septiembre de 2020

Un Nobel de la paz llamado... ¿Donald Trump?

 

Alea jacta est – la suerte está echada. Un buen ciudadano europeo, Christian Tybring-Gjedde, miembro del Parlamento de Oslo y presidente de la delegación noruega en la Asamblea Parlamentaria de la OTAN, presentó esta semana la candidatura de Donald Trump para el Premio Nobel de la Paz.

Tybring-Gjedde, militante del conservador Partido del Progreso, justifica la nominación de Trump por los “esfuerzos desplegados por el primer mandatario estadounidense para resolver conflictos prolongados y crear un clima de paz entre naciones”. El parlamentario cita como ejemplo el reciente acuerdo de paz entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, la disputa fronteriza entre India y Pakistán, el conflicto entre las dos Coreas y el intento de desmantelar el programa nuclear de Pionyang.

El diputado noruego trata de poner los puntos sobre las “íes” al hacer hincapié en el hecho de que no es un gran partidario de Trump, pero estima que el Comité Nobel debería juzgar al hombre por sus acciones y no por la forma de comportarse.

Aparentemente, todo está dicho. Su señoría, que cursó estudios superiores en los Estados Unidos, está en deuda con el país y, tal vez en menor medida, con el actual inquilino de la Casa Blanca, cuya personalidad le producen sentimientos mitigados. Sin embargo, estima que Donald Trump se merece mucho más el Nobel que la mayoría de los nominados en los últimos años. Alusión ésta indirecta, aunque transparente, a Barack Obama, que tuvo que lidiar durante su mandato a un sinfín de conflictos regionales e internacionales. Sabido es que para los conservadores, Obama no fue un “hombre de paz”. Sin embargo, Trump… lo es.   

¿Ejemplos concretos? Otra de las proezas del primer mandatario estadounidense fue la reciente firma del acuerdo de “normalización económica” entre Serbia y Kosovo, negociado en el Despacho Oval de la Casa Blanca la pasada semana.

Los artífices de este inusual pacto fueron, además de Trump, que actuaba en su calidad de candidato a la reelección en noviembre próximo, el presidente serbio, Aleksandar Vucic, y el primer ministro de Kosovo, Avdullah Hoti.

Trump propuso que Serbia y Kosovo congelaran durante doce meses la disputa política sobre la independencia de la provincia, así como las condiciones sine que non de Belgrado para un posible reconocimiento de Kosovo, centrando el debate en las perspectivas de desarrollo económico, creación de una zona económica común, abolición de aranceles, libertad de inversión y movimiento, fomento de medidas destinadas a atraer el capital extranjero. En resumidas cuentas, la adopción de un paquete de medidas que beneficiarían tanto a Kosovo como a la vecina Serbia. La cuestión del reconocimiento de la independencia de la provincia secesionista no se incluyó en los documentos – tres variantes distintas – rubricados en Washington.  Con razón; se trataba justamente de eludir el escollo con el que tropezó el proyecto de “pacificación” presentado hace dos años por los negociadores de la Unión Europea. En este caso concreto, el empresario Trump ganó la partida a los diplomáticos comunitarios, quienes centraron sus esfuerzos en la hipotética solución política de un conflicto que se arrastra desde la última década del siglo pasado, cuando los países occidentales se decantaron por crear un “protectorado de la OTAN” en los Balcanes. Kosovo – la provincia albanesa de la antigua Yugoslavia – se convirtió en el escenario de este rocambolesco proyecto.   

La solemne firma del documento tripartito deparó ciertas sorpresas a los políticos balcánicos. Se trataba de la introducción, en el documento serbio, de un compromiso formal de Belgrado de trasladar su embajada a Jerusalén en un plazo de diez meses y en el de Kosovo, de establecer relaciones diplomáticas con el Estado judío y abrir una representación diplomática en… Jerusalén. Curiosamente, ambos políticos aceptaron esta clausula de última hora.  

Con esta jugada, Trump consigue poner en un brete a su “amigo” Netanyahu. Si bien en el caso de Serbia no habría problemas – Tel Aviv y Belgrado cuentan con varios acuerdos de cooperación – al establishment israelí le resulta incómodo reconocer la independencia de Kosovo. De hecho, Israel se encuentra – junto con España, Grecia, Chipre, Eslovaquia o Rumania – entre los Estados que prefieren desconocer la existencia de la provincia secesionista. La clase política hebrea prefiere no sentar un precedente que pudiera servir de argumento legal a las corrientes independentistas de las “minorías” nacionales. En este cao concreto, la “minoría” son… los palestinos. Aunque Trump insiste en que Pristina no es Ramalá, los dignatarios israelíes prefieren caso omiso de las garantías de la Casa Blanca.   

Cabe suponer que, de aquí a primeros de noviembre, fecha de las elecciones presidenciales norteamericanas, Donald Trump nos sorprenda con otras majezas diplomáticas. No serán, sin duda, argumentos de peso para la concesión de Nobel de la Paz, como lo desea el noruego Christian Tybring-Gjedde, pero servirán para comprender que vivimos en un mundo en plena mutación. Y… acostumbrarnos al cambio.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Acuerdo Israel - Emiratos Árabes Unidos: revisen la letra pequeña


En los últimos tiempos, hemos visto en los medios de comunicación -impresos y digitales- un sinfín de comentarios vertidos por politólogos, catedráticos y periodistas sobre la “anexión de Palestina”.  Si bien es cierto que los titulares sensacionalistas o catastrofistas   facilitan la venta de periódicos, revistas o reportajes televisivos, es preciso recordar que la regla de oro del periodismo es… la exactitud. Alejados de los enfervorizados ambientes de las asambleas políticas, de las manifestaciones de apoyo a uno u otro bando, de las condenas, justificadas o no, por motivaciones meramente ideológicas, deberíamos tratar de poner, serenamente, los puntos sobre las “íes”.
   
En ningún momento se habló de la “anexión de Palestina”. Los políticos y, ante todo, los políticos conservadores – Benjamín Netanyahu y Donald Trump – coquetearon en su momento con la hipótesis de la anexión por parte de Israel de un tercio de las tierras de Cisjordania, convirtiendo los asentamientos ilegales edificados en las últimas décadas en la zona en territorio bajo soberanía israelí. Una opción ésta descartada desde los años 60 del pasado siglo por las sucesivas Administraciones norteamericanas. Sin embargo, la situación dio un vuelco radical a finales de 2019, cuando el Secretario de Estado Mike Pompeo anunció que Estados Unidos no consideraría ya los asentamientos de la Cisjordania ocupada como "incompatibles con las normas del derecho internacional". Netanyahu se apresuró a anunciar la anexión de las colonias judías a Eretz Israel (Tierra de Israel). Sumido en plana campaña electoral, el político hebreo no dudó en adelantar la fecha fatídica: el proceso de anexión dará comienzo el primero de julio de 2020. Pero a comienzos del verano, el líder del Likud recibió un escueto mensaje de la Casa Blanca: “Espera”. Y el excapitán Netanyahu espero…

Donald Trump, también sumido en una campaña electoral, le presentó un apetecible trato que consistía en renunciar a la mediática operación Cisjordania a cambio de un acuerdo de “normalización” de relaciones con uno de los principales países productores de petróleo del Golfo Pérsico: los Emiratos Árabes Unidos. Un país con el que Israel mantenía, de hecho, inmejorables lazos “ocultos”, muy parecidos a los contactos semioficiales existentes en la década de los 70 del pasado siglo con el Irán del Sha Pahlavi, donde Tel Aviv contaba con una sofisticada representación diplomática, comercial y militar.
   
Al igual que en la época del Sha, el “trato” propuesto por el actual inquilino de la Casa Blanca contiene algunas cláusulas “tabú”. Aunque se haga hincapié en el abandono del plan de anexión de los asentamientos de Cisjordania, la palabra “renuncia” (por parte de Israel) no aparece en el borrador de acuerdo de normalización aceptado por ambas partes. Tampoco se alude en las conversaciones oficiales a la compra de aviones fantasma F 35 por parte de los Emiratos. Sabido es que Israel se niega a que otros países de la región cuenten con este tipo de aparatos.  Sin embargo, los F 35 están aparcados en las pistas de la base aérea estadounidense de Doha. Hace ya algún tiempo que los EAU presentaron una solicitud formal de compra. Aparentemente, el visto bueno de Washington está a punto de llegar.

Donald Trump, el candidato Trump, insiste en la necesidad de anunciar la inminente apertura de representaciones diplomáticas en Doha y Tel Aviv. Considera, como buen hombre de negocios, que la presencia física de una compañía realza el status del acuerdo. Por ahora, los técnicos hebreos y emiratíes tratan de sentar las bases de la cooperación en materia de salud, turismo, finanzas e inversiones. Es una visión mucho más pragmática de las futuras relaciones bilaterales.

Subsisten las incógnitas: ¿qué pasaría si Netanyahu se desdice de la promesa de renunciar a la anexión? No sería la primera vez. De hecho, el Primer Ministro israelí manifestó su intención de seguir adelante con el proyecto. Tal vez no de inmediato, pero…  En este caso, los emiratíes tendrán que escoger entre la suspensión de los acuerdos y… la vista gorda.

Y también ¿qué pasaría si Tel Aviv opta por llevar a la práctica el plan sobre la creación de dos Estados – hebreo y palestino - elaborado por la Administración Trump?  Dicho plan convertiría los territorios palestinos en un parque temático o, mejor dicho, en una cantera de mano de obra barata para Israel y su gran aliado y protector, Estados Unidos. Una opción ésta que no conviene descuidar.