miércoles, 21 de febrero de 2018

Musulmanes en Europa: una visión apocalíptica



“¡Cuidado: los musulmanes llegan a Europa para hacerse con el poder, al igual que lo hicieron, siglos ha, en Oriente Medio. Ese continente dejará de ser Europa; será Eurabia. Dentro de veinte o treinta años, los musulmanes serán mayoritarios en vuestro continente. La mitad de las mujeres europeas usarán el hijab. Nada nuevo: lo que está sucediendo hoy el día empezó hace mil trescientos años…”

El artífice de esa apocalíptica profecía es el obispo ortodoxo sirio Dionysos Isa Gürbüz, afincado en Suiza. El clérigo, que no disimula su miedo al Islam, advierte en una entrevista publicada por el rotativo Tages Anzeiger: “La aniquilación de los cristianos de Oriente Medio es una mera continuación del genocidio de 1915. Los militantes del Estado Islámico, los talibanes y Al Qaeda son meros ejecutantes de una política de limpieza religiosa. ¿Las víctimas? Casi dos millones de cristianos orientales. Otros millones se convirtieron al Islam.”

Estima el clérigo que “no todos los refugiados que llegan a Europa contemplan la convivencia con la población cristiana. Algunos son terroristas disfrazados, advierte. A la pregunta: ¿Por qué no los acogen los países de Golfo, los Emiratos Árabes o Qatar?, su respuesta es tajante: el rechazo forma parte de una estrategia deliberada de islamizar en Viejo Continente. 

La conclusión del obispo Dionysos: no hay que confiar en “ellos”, pero tampoco hay que ser… islamófobo. 

¿Conclusiones políticamente correctas?  Una de cal…

miércoles, 17 de enero de 2018

Desestabiliza que algo queda



Sucedió a comienzos de la década de los 90 del pasado siglo, durante la guerra de los Balcanes. La Sexta Flota estadounidense realizaba maniobras en el Mediterráneo. Un juego de guerra habitual en aquellos tiempos, cuando las grandes potencias se disputaban el poder por tierra, mar y aire. Pero algo insólito pasó aquél día. El portaaviones Nimitz, buque insignia de la escuadra, quedó totalmente incomunicado. Un repentino apagón de las ondas hertzianas afectó las comunicaciones radiotelefónicas, el radar y el sistema de teledirección de misiles. Durante unos minutos, el gigante de acero quedó ciego y sordo. ¿Explicación lógica? Ninguna.

Lo cierto es que aquella mañana el almirante comandante de la flota informó lacónicamente a la oficialidad reunida en la cubierta: “Señores, la época del poderío naval ha acabado. Estamos entrando en una nueva era; empieza la guerra del ciberespacio…” Una guerra poco tradicional, sin campos de batalla ni concentración de tropas, sin bajas reales, pero con más daños colaterales. Pero el peligro tardó décadas en materializarse.

Huelga decir que desde el espionaje tradicional – sustracción de documentos, acciones de propaganda o intoxicación de la población civil – hasta la utilización masiva de las nuevas tecnologías hay un abismo. Los primeros casos de espionaje informático se remontan a la década de los 70, cuando los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron la presencia de agentes chinos en los organismos de defensa. Su objetivo prioritario: apropiarse de la tecnología militar americana. Hoy en día, los chinos cuentan con alrededor de 25.000 agentes en suelo norteamericano. 

Otro caso muy sonado fue el de Jonathan Pollard, ex analista civil de los servicios secretos de la Marina de los Estados Unidos, condenado por espiar para Israel. Pollard reconoció su culpabilidad antes de la celebración del juicio, esperando conseguir una reducción de pena.
  
Pero esos incidentes embrionarios poco o nada tienen que ver con la verdadera guerra informática. Hay constancia de la utilización de tecnología cibernética en Bosnia, Kosovo, Taiwán, Estonia, Yemen, Oriente Medio, las mal llamadas “primaveras árabes”. Sin olvidar las ofensivas detectadas, denunciadas y condenadas por los Gobiernos occidentales: la posible y muy probable manipulación de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas y, más recientemente, el “procés” catalán.
La lista de ataques informáticos es muy amplia. Recodemos los más sonados: 

· En 1999, durante la guerra de Kosovo, varios centenares de hackers, liderados por el capitán Dragan, un ex militar serbio, se introdujeron en los ordenadores de la OTAN, la Casa Blanca y la fuerza naval estadounidense en el Mediterráneo. Con sus cuarenta ordenadores, trataron de contrarrestar la campaña mediática de la Alianza Atlántica. Su meta: desmentir las noticias facilitadas por la OTAN.    

· En 2003, el sistema informático de Taiwán fue sometido a un ataque llevado a cabo con virus y troyanos por el ejército chino. 
· En 2007, Estonia fue víctima de ciberataques dirigidos contra los bancos, medios de comunicación e instituciones gubernamentales. Se detectó la intervención de hackers rusos.
 · En 2012, los ordenadores de Arabia Saudita, Egipto,  Irán, Israel, Sudán y Siria, fueron infectados con el malware Flame o sKyWIper, diseñado expresamente para tareas de ciberespionaje. Conviene recordar que la región pasaba por un período muy convulso. 
Pero hay más: el 28 de noviembre de 2010, el portal WikiLeaks, fundado por el australiano Julian Assange, publica un paquete de 8.761 documentos confidenciales procedentes de los archivos de la CIA y la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense. Se trata de material restringido, relativo a asuntos de defensa, vigilancia, corrupción, técnicas empleadas por los servicios secretos de Washington.  
En junio de 2013, Edward Joseph Snowden, antiguo empleado de la CIA y de la Agencia de Seguridad Nacional,  difunde, a través de los diarios The Washington Post y The Guardian, documentos ultrasecretos relativos a los programas de vigilancia PRISM y XKeyscore..
A mediados del año 2015, el grupo hackers APT29, identificado como  “mercenarios de las autoridades rusas”, entró en la red del partido Demócrata, robado información de los colaboradores de Hillary Clinton. El presidente Obama no disimuló su enfado, responsabilizando a Vladímir Putin del hackeo de la cuenta de John Podesta,  jefe de la campaña del Partido Demócrata, así como de los archivos de la Fundación  Clinton. Las revelaciones del operativo, difundidas a través de WikiLeaks, DCLeaks y GUccifer, ponían de manifiesto la alianza estratégica de la candidata demócrata con los grupos financieros de Wall Street.
La Administración Obama decretó sanciones diplomáticas contra Rusia, alegando que las autoridades moscovitas habían tratado de perjudicar a la candidata demócrata, favoreciendo a Donald Trump. Sin embargo, Moscú rechazó las acusaciones de la Casa Blanca.
Otra injerencia patente fue la difusión de noticias falsas durante el “procés” catalán (septiembre – noviembre del pasado año), cuando el aparato de propaganda rusa se volcó a la causa independentista, asegurando que la inmensa mayoría de la población de Cataluña apoyaba el secesionismo. Esta vez, la agresividad verbal de la maquinaria de propaganda desencadenó el sistema de alarma de la Unión Europea. Obviamente, las noticias falsas presuponen un peligro real para la seguridad de los Estados miembros de la UE. Hacía falta crear estructuras de defensa eficaces.
En octubre de 2014, el relator especial de la ONU sobre contraterrorismo y derechos humanos presentó ante la Asamblea de Naciones Unidas un informe en el que se condena explícitamente al ciberespionaje masivo en Internet. Conviene señalar, sin embargo, que los  delitos de espionaje cibernético o la ciberguerra no están tipificados ni castigados en los tratados internacionales.  
La reciente reacción de las agencias de seguridad estadounidenses -  CIA, FBI, Seguridad Nacional – abre la vía al inicio de un proceso político y jurídico para elaboración de acuerdos multilaterales destinados a punir los delitos cibernéticos.
Tenía razón el almirante de la Sexta Flota al vaticinar el final de la Guerra Fría. Entramos en la era de la Guerra Cibernética.

martes, 9 de enero de 2018

La “primavera iraní” - ¿un asunto interno?


“Si las primaveras árabes fueron ideadas por gnomos del equipo de George W. Bush y llevadas a la práctica con la inestimable ayuda de veteranos asesores de la Administración norteamericana, no cabe la menor duda de que la cacareada primavera iraní es un invento de Dolad Trump”, afirmaba recientemente un cínico analista político libanés afincado en Francia. 

Ficticia o real, la acriminación encuentra eco en las manifestaciones de numerosos políticos y diplomáticos europeos o asiáticos, quienes no dudan en calificar la impetuosa actuación del actual inquilino de la Casa Blanca de intrusión en los asuntos internos de la República Islámica de Irán. La reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, convocada a finales de la pasada semana por la diplomacia estadounidense, ha puesto de manifiesto el rechazo de los miembros de la ONU ante la arrogante política imperial de la Casa Blanca. “Los problemas internos de Irán no constituyen un peligro para la paz mundial”, advirtieron los embajadores de las grandes potencias que integran el Consejo.

Cierto es que tanto el Presidente Trump como el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tienen interés en acabar, de forma más o menos pacífica, con el régimen de los ayatolás. Donald Trump pretende liquidar el legado de su antecesor, Barack  Obama: el acuerdo nuclear con Teherán, que no es del agrado de los legisladores republicanos. Por su parte, Netanyahu espera ansiosamente la “luz verde” de Washington para la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes, deseada por mentor, el general Sharon.
  
No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los ayatolás echan la culpa de todos los males a los “agentes extranjeros” - Estados Unidos, Gran Bretaña, Arabia Saudita o Israel. Nada nuevo bajo el sol: lo mismo sucedió durante las últimas semanas del reinado del Sha, cuando se identificaba a los miembros de la guardia imperial dedicados a reprimir las revueltas populares con… ¡agentes del Mosad israelí!

Sin embargo, parece más que improbable que los manifestantes de 2018 acepten esas alegaciones. En comparación con la revuelta de 2009, organizada por una agrupación supuestamente liderada por los “verdes”, la actual primavera iraní es la emanación de un movimiento más heterogéneo, que congrega a exponentes del Irán profundo, las capas más desfavorecidas de la sociedad persa, hasta ahora ausente en las movilizaciones populares, a jóvenes, estudiantes, parados y mujeres. En este caso concreto, las quejas de los iraníes son múltiples y variopintas. ¿Su común denominador? La innegable voluntad de cambios estructurales.

Las primeras manifestaciones tuvieron como escenario la población de Mashad, ciudad natal del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de la revolución islámica y el feudo de la resistencia contra su adversario político, el reformador Hasán Rouhaní. Al día siguiente, las protestas se trasladaron a Kermanshah, localidad afectada por el último terremoto. Luego el movimiento se extendió a Teherán y otras localidades del país. La intervención de los Guardianes de la Revolución, unidades de élite que se dedican a proteger al régimen teocrático, se saldó con más de una veintena de muertos, centenares de heridos y detenciones masivas. Si bien el general Mohamad Alí Yafar, comandante en jefe de los Guardianes, se precipitó en anunciar el “fin de la sedición”, las protestas siguieron durante el fin de semana.

¿Se puede hablar de “sedición”? Aunque en las primeras horas se oyeron gritos de No a la República Islámica o Abajo el dictador (por el ayatolá Jameney), el movimiento se tornó rápidamente en una protesta social. Los “sediciosos” reclaman la introducción de nuevas reformas socio-económicas, ansiadas por la sociedad civil.

Los manifestantes denunciaban el  alto índice de desempleo – el 12,4 por ciento – alrededor del 29 por ciento en el caso de los jóvenes; una tasa anual de inflación del orden del 9 por ciento (controlada por las autoridades, puesto que en 2013 se había registrado la cifra récord del 35 por ciento); el aumento desmesurado del precio de los alimentos, la carestía de los hidrocarburos, el estancamiento de los sueldos (el salario mínimo ronda el torno a 155 – 170 euros),  el elevado gasto militar, debido ante todo al involucramiento del ejército y de las agrupaciones paramilitares en el conflicto del Yemen, el control de algunas zonas clave en la vecina Irak, así como la presencia de elementos castrenses en Siria y en el Líbano. A ello se suma el funcionamiento salvaje de sociedades financieras “opacas”, creadas durante la presidencia del populista Mahmud Ahmadineyad, acérrimo oponente de la política del ayatolá Rouhaní.

Por último, aunque no menos importante, la campaña a favor de los derechos básicos de los ciudadanos y las reivindicaciones más que justificadas de los grupos feministas.

Obviamente, el principal factor de la crisis es la patente incapacidad de los clérigos de llevar a cabo impostergables reformas económicas o de combatir la corrupción, un mal existente durante la época del Sha que, dicho sea de paso, fue el detonante (o la coartada) para el cambio de régimen.

Las embrionarias medidas contempladas por Hasán Rouhaní – reducción de los impuestos e incremento de los sueldos bajos – servirían para redorar, al menos, provisionalmente, la imagen del actual Gobierno. Sin embargo, podrían avivar las críticas de una oposición empeñada en condenar la aparente  “debilidad” del ala reformadora del establishment político, liderada por el propio Rouhaní.
Cabe suponer, pues, que al finalizar esa criptoprimavera persa, el país entrará en una etapa de inestabilidad, deseada por los detractores de la República islámica. La lista es muy larga: son legión…

domingo, 24 de diciembre de 2017

La recalentada Guerra Fría de Donald Trump


Solo contra el Mundo. La decisión del Presidente Trump de reconocer Jerusalén como capital del Estado de Israel y ordenar el traslado de la misión diplomática estadounidense de Tel Aviv a la ciudad Tres Veces Santa ha vuelto a abrir la brecha entre Oriente y Occidente o, mejor dicho, ente el mundo musulmán y Washington. Trump rompió con una tradición de siete décadas, en las cuales todos los Gobiernos respetaron el estatuto de corpus separatum  de la milenaria urbe venerada y odiada por judíos, cristianos y musulmanes.

Tras el veto impuesto por la Administración norteamericana al proyecto de resolución presentado por los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaba la iniciativa de Trump, el Gobierno de Ankara solicitó la convocatoria de una sesión extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que censuró la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca. Poco diplomática resultó ser la respuesta del primer mandatario estadounidense: quien no apoye nuestra política internacional puede olvidarse de la ayuda económica americana. Más claro… 

Trato de hacer memoria. Las encuestas de opinión llevadas a cabo en el mundo árabe por sociólogos norteamericanos después de los atentados del 11 S reflejaban claramente el odio de los jóvenes musulmanes contra Occidente y, más concretamente, contra los Estados Unidos, por el apoyo incondicional prestado durante décadas al Estado de Israel. Ni que decir tiene que el malestar se ha ido acentuando tras la guerra de Afganistán y la intervención armada en Irak, donde brotó el germen del Estado Islámico. Un mal que hasta ahora se ha combatido con meras acciones bélicas, propiciadas y bendecidas por la todopoderosa industria de armamentos americana.

Cabe suponer, pues, que el “episodio” de la Embajada siga alimentando la ira de las masas musulmanas, generando nuevas y temibles amenazas terroristas. Pero, ¿acaso no es eso lo que de verdad pretenden algunos gobernantes?

Más alarmante nos parece, sin embargo, la otra resolución adoptada recientemente por la Administración republicana y anunciada con bombo y platillo por Donald Trump. Se trata de la nueva estrategia de seguridad de los EE.UU., iniciativa que pretende:

· Proteger el país, el pueblo y el estilo de vida estadounidenses;
· Promover la prosperidad de la nación americana;
· Mantener la paz mediante la fuerza; y
· Aumentar el protagonismo de los EE.UU. a escala planetaria.

El nuevo plan de acción de Washington describe a Rusia y China como “amenazas” a la postura hegemónica de Norteamérica. En ambos casos, se acusa a Moscú y Pekín de tener sistemas económicos menos “libres y justos”, intensificar los gastos de defensa y reprimir a sus respectivas sociedades. ¿Simple exceso de ingenuidad o… de cinismo? “América vuelve con fuerza”, vaticinó Trump. “América ganará la apuesta”…

Por otra parte, a la América de la “Pax Trumpiana” no le interesa luchar contra el cambio climático: los monopolios mandan. Preocupa, en cambio, la inexplicable e inexplicada presencia de los OVNIS, fenómeno al que se le destinarán inversiones de decenas de millones de dólares.

¿Postmodernismo? No exactamente: convendría hablar de la vuelta al unilateralismo, al aislacionismo deseado por los círculos más conservadores. 

El Presidente Putin no dudó en tildar de “agresiva” la estrategia de seguridad estadunidense, recordando que cualquier movimiento de tropas detectado en suelo de la Federación rusa suele interpretarse como un peligro para los aliados de la Alianza Atlántica, mientras que la instalación de bases militares occidentales en los confines de la antigua URSS pasa por ser un… gesto normal.

¿Los chinos? Conocido es el hermetismo de Pekín en la materia. Los chinos suelen sorprendernos con gestos, no con palabras.

De todos modos, no cabe la menor duda de que las principales potencias mundiales recelan de este  descarado intento de Trump de acabar con el multilateralismo, de recalentar la vieja, aunque no olvidada Guerra Fría. 

martes, 12 de diciembre de 2017

Arabia Saudita – Israel: “ya no somos enemigos”


Los saudíes invierten en empresas de alta tecnología israelí en la Bolsa de Nueva York. La sorprendente noticia, publicada a mediados de los años 90 del pasado siglo por un rotativo de Tel Aviv, provocó la ira de las autoridades de Riad, que se apresuraron en desmentirla, recordando sin embargo a los súbditos del reino wahabita la prohibición de comerciar con Israel decretada por la Liga Árabe. 
  
Pero no fue ésta la única filtración periodística relacionada con los intercambios comerciales entre los dos países, archienemigos desde la creación del Estado judío hasta el advenimiento de un rival común: la República Islámica de Irán. 

Arabia Saudita tuvo que suspender el boicot comercial a Israel en 2005, tras su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC), foro internacional de penaliza estas prácticas. Sin embargo, la prohibición oficial seguía vigente en 2006. 

Las siempre discretas relaciones económicas se multiplicaron en los últimos dos lustros. En 2015, Riad y Tel Aviv negociaron, a través de una empresa suiza, la compra de sistemas electrónicos de vigilancia. Huelga decir que Israel comercializó esos sistemas en otros países del Golfo Pérsico. Más espectacular fue la venta de drones de fabricación israelí al reino wahabita, una operación triangular realizada a través de… Sudáfrica, donde los aparatos se desmontaban completamente. El reensamblaje se efectuaba en suelo saudí. 

En junio de 2016, una delegación de catedráticos y hombres de negocios saudíes visitó Israel. Lideraba la misión el general retirado Anwar Ashki, fundador del Centro de Estudios Estratégicos y Jurídicos de Oriente Medio y personaje con mucho predicamento en la Corte. Ante el revuelo provocado por  la difusión de la noticia, los saudíes se apresuraron a poner los puntos sobre las “íes”. En una entrevista concedida a la televisión egipcia, el Ministro de Asuntos exteriores, Adel al-Jubeir, aseguró que Riad no tiene intención alguna de establecer relaciones con Tel Aviv si las autoridades hebreas se resisten a aceptar el plan de paz saudí de 2002.

Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente político, los primeros indicios del acercamiento entre los dos países se detectan tras la coronación, en 2015, del rey Salman y el vertiginoso ascenso en las esferas del poder de su hijo, Mohamed, heredero de la Corona.  Se rumorea que el príncipe efectuó una visita privada relámpago a Israel hace un par de años. Curiosamente, la información no ha sido confirmada por las autoridades hebreas ni desmentida por los saudíes.

Pero las relaciones secretas o, mejor dicho, discretas entre Tel Aviv y Riad se remontan a la última década del siglo pasado. En efecto, durante la primera Intifada, cuando los políticos y los estrategas hebreos buscaban una solución rápida al conflicto de los Santos Lugares, es decir, de la soberanía de la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, se barajó la posibilidad de traspasar el control de los santos lugares musulmanes a la Corona wahabita, custodia de las Sagradas Mezquitas de Meca y Medina. Los saudíes rechazaron la propuesta, recordando que la protectora de la ciudad santa de Al Quds (Jerusalén) era la Casa Real hachemita, algo que los israelíes pretendían evitar ya que su objetivo era neutralizar o invalidar los lazos entre Amman y la comunidad palestina de Cisjordania. Un cálculo fácil de comprender, teniendo en cuenta que  más del 50 por ciento de la población de Jordania es de origen palestino. Cortar los lazos políticos y sentimentales entre las dos orillas del Jordán implicaba, pues, un mayor control sobre la población de Cisjordania.

Después de las llamadas “primaveras árabes”, los contactos entre Israel y los países del Golfo experimentaron un espectacular incremento. Ello se refleja en la presencia nada ostentosa de representaciones económicas y comerciales  de algunos regímenes árabes “moderados” en Tel Aviv.

El Estado judío no renunció a su estrategia de acercamiento a Arabia Saudita. Con el paso del tiempo, surgieron nuevos intereses convergentes. Al temor de los israelíes ante la posible militarización del programa nuclear iraní (la destrucción total de la “entidad sionista” sigue siendo uno de los objetivos prioritarios de la revolución islámica) se sumó la acentuación del conflicto entre las dos grandes corrientes del Islam – los chitas lo los sunitas – lideradas por el régimen de los ayatolás de Teherán y la dinastía saudí. Obviamente, tanto Tel Aviv como Riad tienen interés en derrotar, véase aplastar, a los iraníes.
 
La aproximación entre los antiguos rivales es cada vez más patente. Hay intercambios de información comercial, de datos relativos a la inteligencia militar en el conflicto de Siria. Se habla de connivencia a la hora de presentar iniciativas diplomáticas destinadas a limitar la reciente influencia iraní en Siria y en el Líbano, del deseo de ambos Gobiernos de neutralizar los contactos entre Teherán y los movimientos islamistas Hamás y Hezbollah. Recordemos que en la década de los 90, los servicios de inteligencia militar hebreos facilitaron los contactos de Hamas con Teherán, estimando que ello alejaría a los radicales palestinos del movimiento chiita Hezbollah, aparentemente más “peligroso” debido a la inmediatez geográfica. Un error de cálculo de Tel Aviv, ya que los iraníes delegaron las relaciones con Hamas en sus aliados libaneses.

Hace apenas unas semanas, un prestigioso medio de comunicación saudí publicaba una extensa entrevista con el Teniente General  Gadi Eizenkot, jefe del Estado Mayor del ejército hebreo, quien hizo especial hincapié en el deseo de Israel de intercambiar información con Arabia Saudita o cualquier otro país árabe “moderado” sobre asuntos de seguridad relacionados con el poderío militar de Irán. Un mensaje transparente, que recordaba la frase pronunciada en reiteradas ocasiones en los foros internacionales por políticos y miembros de la Casa Real saudí: “Ya no somos enemigos”. 

El enemigo común es… ¡Irán!