martes, 22 de mayo de 2018

Los quintacolumnistas


Todo estaba cuidadosamente preparado para convertir la solemne ceremonia de inauguración de la Embajada estadounidense en Jerusalén en un sonado acontecimiento mediático. Ivanka Trump y Jared Kushner ostentaban la representación del actual  inquilino de la Casa Blanca, un crecido Benjamín Netanyahu trataba de eclipsar, con su inconmensurable ego, la presencia del Presidente de Israel, Reuven Rivlin; la plana mayor del Ejército judío, fundamental pilar del Estado, recordaba que, en vísperas del 70 aniversario de su fundación, Israel sigue siendo un país en guerra. Una guerra interminable, permanente, que tenía por escenario aquel día, la frontera con la Franja de Gaza, de ese exiguo territorio superpoblado que el legendario David Ben Gurion, primer jefe de Gobierno de Israel, tachaba, allá por los años 50, de auténtica bomba de relojería.

La bomba estalló, muy oportunamente, el día en que Trump regaló a Israel la capitalidad de Jerusalén, el día en que los palestinos se aprestaban a celebrar la Naqba (la Catástrofe), fecha en la que se conmemora la expulsión de los árabes tras la creación del Estado judío.

El balance de la protesta de Gaza es harto conocido. La contundente intervención del Ejército judío arrojó un saldo de 107 muertos y más de 10.000 heridos. Algo inimaginable en los peores momentos de la primera Intifada. ¿La justificación de la severidad de la tropa?  Oficialmente, los disturbios de Gaza fueron ideados por el movimiento terrorista Hamas, que controla la Franja y teledirigidos por el régimen teocrático de… ¡Irán! Inevitable alusión al enemigo del Presidente Trump, a la bestia negra del establishment político-militar de Tel Aviv.

Hemos perdido la batalla mediática; los palestinos se han apuntado otro tanto, confesaba un alto mando del Ejército de Tel Aviv. Aparentemente, no había comprendido que el verdadero campo de batalla se hallaba en Jerusalén, en el faraónico escenario de la legación diplomática estadounidense. De hecho, fue allí donde la bendición de Donald Trump desencadenó el conflicto que podría desembocar en el resquebrajamiento de la Unión Europea.

Además de los tres Estados latinoamericanos que optaron por trasladar sus respectivas legaciones de Tel Aviv a Jerusalén -  Guatemala, Paraguay y Honduras – cuatro países miembros de la Unión Europea – Austria, Republica Checa, Hungría y Rumanía – estuvieron presentes en la inauguración de la Embajada estadounidense en la Ciudad Tres Veces Santa, haciendo caso omiso de la normativa comunitaria, que no reconoce la capitalidad de Jerusalén, decretada unilateralmente por Israel en 1949. De hecho, casi todas las sedes diplomáticas permanecieron hasta ahora en Tel Aviv, metrópoli designada como centro administrativo del Estado judío en el plan de partición de la ONU de 1947.

El jefe de la diplomacia belga, Didier Reynders, censuró el gesto de los cuatro rebeldes: Si queremos que los europeos desempeñen un papel en la solución del conflicto de Oriente Medio,  debemos tratar que Europa hable con una sola voz,  manifestó el ministro.
    
Conviene señalar que los rebeldes, los quintacolumnistas, pertenecen al clan de los euroescépticos. Austria cuenta con un Gobierno populista; los checos dirigen el llamado grupo de Visegrad, que aglutina y gestiona el malestar provocado por las políticas de Bruselas en los países de Europa Central y Oriental, los actuales dirigentes de Budapest no disimulan su simpatía hacia la política del zar Putin, Rumanía fantasea desde hace más de dos años con una estrepitosa salida de la Unión, siguiendo el ejemplo británico.
  
¿Después de Brexit, Roxit?  Ficticia o real, la amenaza existe. A finales de la pasada semana, un medio electrónico bucarestino reveló que durante la visita oficiosa del presidente del Partido Socialdemócrata rumano, Liviu Dragnea, a Israel, el primer ministro Netanyahu sugirió que los poderes fácticos podrían asumir, en caso del abandono de la Unión, la deuda del país carpático con las instituciones comunitarias, asegurandole al mismo tiempo el mantenimiento de la alianza estratégica con Washington. Al regresar a Bucarest, Dragnea reclamó el traslado de la sede diplomática rumana a… Jerusalén. Fue acusado, sin embargo, de alta traición y usurpación de cargo público, ya que las decisiones en materia de política exterior incumben al Jefe del Estado. Aún así, el Ministerio de Asuntos Exteriores asegura que los aspectos jurídicos del posible traslado han sido estudiados; sólo falta perfilar el modus operandi del cambio de sede.

 Sería prematuro hablar de una crisis institucional en el seno de la UE.  Mas hay que reconocer que Washington o, mejor dicho, la actual Administración estadounidense, no desea contar con una Europa fuerte.
  
Durante la cumbre de la OTAN celebrada el pasado año en Varsovia, el Presidente Trump intentó por todos los medios provocar un distanciamiento entre la nueva Europa (los países del Este) y la vieja, es decir, del núcleo duro de la Unión, empleando la vieja y muy socorrida estrategia del divide y reinarás.  La brecha entre el Este y el Oeste corre el riesgo de ensancharse.

domingo, 13 de mayo de 2018

El imprevisible Míster Trump: unilateralismo y bravuconadas


De “grave error histórico” calificó el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la firma, en julio de 2015, del Acuerdo Nuclear con la República Islámica de Irán. De “mayor despropósito” de la era Trump tildaron los estadistas y políticos de medio mundo la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca de abandonar el Pacto y reinstaurar las sanciones impuestas al régimen de los ayatolas. De nada sirvieron las advertencias formuladas por el Presidente Macron y la Canciller Merkel; Doland Trump optó por escuchar los cantos de sirena de Tel Aviv y de Riad, unos aliados que, por motivos diametralmente opuestos, apuestan por el hipotético final del sistema teocrático instaurado en 1979 por el ayatolá Jomeini, líder de la revolución islámica.  
  
Hay quien trata de persuadirnos que la llamada “amenaza nuclear” iraní se remonta a la década de los 70 del pasado siglo. Trato de hacer memoria. Mi primer encuentro con el Programa nuclear de Irán se remonta a la época del Sha. De hecho, tiene sus orígenes en el año 1957, cuando Teherán firma el primer acuerdo de cooperación nuclear civil, patrocinado por el programa “Átomos para la Paz” de las Naciones Unidas. El objetivo de esa iniciativa: qué todos los pueblos del Planeta tengan libre acceso a la energía nuclear.

En 1959, el Centro de Investigación Nuclear iraní disponía de un reactor de 5 megavatios de fabricación estadounidense, alimentado con… ¡uranio enriquecido! Hacia mediados de la década de los 70, el Sha contemplaba la instalación de una veintena de plantas nucleares. El plan contaba con el visto bueno de Washington y del Organismo Internacional de Energía Nuclear (OIEA).

En 1975, el entonces Secretario de Estado norteamericano, Henry A. Kissinger, firmó un memorándum titulado U.S.-Iran Nuclear Co-operation, en el que se mencionaba que la venta de equipos de energía nuclear a Irán traería a las corporaciones estadounidenses ganancias de más de seis mil millones de dólares. Además de los suministros de equipo técnico alemán y norteamericano, se creó un consorcio multinacional integrado por empresas francesas, belgas, españolas y suecas, cuya tarea consistía en facilitar financiación y tecnología nuclear a las autoridades iraníes. Tras la revolución islámica, los suministros de material quedaron congelados. Conviene señalar, sin embargo, que durante esa travesía del desierto, el establishment militar israelí intentó un acercamiento científico-estratégico a Irán. Curiosamente, la maniobra coincidió con el escándalo Irangate. ¿Simple casualidad?

La normativa del actual acuerdo nuclear – PIAC (Plan Integral de Acción Conjunta) -  es harto conocida. El régimen de los ayatolás, acusado de llevar a cabo un programa secreto para la fabricación de armas atómicas, (¿qué sabían los israelíes al respecto?) se comprometió a reducir sus reservas de uranio enriquecido de 10.000 a 300 kilos durante un período de 15 años, a limitar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.000 y a abandonar la construcción de nuevas instalaciones nucleares durante tres lustros. El uranio enriquecido se almacenó en una sola planta. Por otra parte, la instalación subterránea de Fordo se convirtió en un centro de investigación dedicado sola y únicamente a la utilización del átomo con fines pacíficos. A cambio de ello, Estados Unidos y sus aliados procedieron al levantamiento de las sanciones económicas y financieras decretadas contra el régimen iraní hace más de diez años. 

Según los informes facilitados recientemente por la  OIEA, Irán cumplió  con todas sus obligaciones. Quien no cumplió fue el Presidente Trump.  De hecho, el actual inquilino de la Casa Blanca exigió la incorporación de varias modificaciones de fondo al Tratado, como por ejemplo la eliminación de la cláusula que permite reiniciar el proyecto nuclear, la limitación del programa de misiles balísticos y la abolición de la “injerencia terrorista y desestabilizadora” de la República Islámica en la zona, léase en los conflictos de Siria y Yemen.

El ultimátum de Trump provocó la ira de Teherán. En presidente Hasán Rohaní advirtió que Irán podría reanudar el enriquecimiento de uranio "sin limite".  La respuesta de los saudíes, valedores del Islam sunita, no tardó: si Irán fabrica la bomba atómica, el reino wahabita se dotará a su vez de artefactos nucleares.

Pero hay más: a la ofensiva verbal se sumó, pocas horas después del anuncio de la Casa Blanca, un aparatoso ataque con misiles balísticos contra el territorio israelí, perpetrado desde las posiciones iraníes en Siria. Tel Aviv llamo a filas a los reservistas, abrió los refugios nucleares ubicados en el Norte del país y lanzó un espectacular operativo contra las instalaciones iraníes situadas en la país vecino. 

Ante la escalada de la tensión, la Unión Europea, Rusia y China se comprometieron solemnemente a salvar el acuerdo con la República Islámica. El presidente Marcon aludió, por su parte, a la necesidad de proteger el orden mundial, recordando, junto con la Canciller Merkel, que Europa ya no puede confiar en el aliado norteamericano para su defensa.

En cuanto a las implicaciones económicas de las sanciones anunciadas por la Administración Trump se refiere, cabe suponer que el precio del crudo no experimentará, a la larga, grandes fluctuaciones. Arabia Saudita compensará la ausencia de los 300 – 500.000 barriles diarios de petróleo iraní. Las medidas podrían afectar, sin embargo, a las trasferencias bancarias, y/o la contratación de seguros para los intercambios comerciales. .

España no ha sabido aprovechar las facilidades ofrecidas en su momento por los interlocutores persas. La situación apenas ha variado: hoy en día, sólo seis empresas españoles cuentan con delegaciones permanentes en Teherán.

lunes, 7 de mayo de 2018

Turquía se aleja del “club cristiano” de Bruselas


Hace un poco más de cuatro lustros, en la década de los 90 del siglo pasado, los politólogos occidentales lanzaron la primera advertencia: Turquía estaba a punto de abandonar su tradicional política aislacionista, para convertirse o, mejor dicho, volver a convertirse en una potencia regional. Lejos quedaban el desmoronamiento del Imperio Otomano, la desaparición del Califato o la humillación impuesta por los vencedores de las dos Guerras Mundiales.
  
La República turca salía del letargo con una economía floreciente, una espectacular tasa de desarrollo económico, una insospechada revolución tecnológica. En resumidas cuentas: con una incontestable apuesta por la modernidad.

El progresivo y discreto abandono de la política aislacionista se traduce por la firma de acuerdos de cooperación económica y tecnológica con los países de su entorno: Albania, Bulgaria, Rumanía y Yugoslavia, instrumentos siempre vigentes que aportan pingües beneficios a las empresas del país otomano. El éxito de esa ofensiva comercial abrió la vía a nuevos y ambiciosos proyectos.

En efecto, tras el desmembramiento de la antigua URSS, que redundó en la independencia de las antiguas repúblicas ex soviéticas del Cáucaso con población turcomana, Ankara pasó a desempeñar un importante papel tanto a nivel político como cultural en la zona. Se trataba de imponer a los pobladores de estos territorios el modelo turco. El modelo de una sociedad moderna y democrática y de un Islam moderado.
  
Durante la guerra de Bosnia y el conflicto de Kosovo, Turquía se convierte en país musulmán observador. Su actuación será a la vez diplomática y militar; un privilegio reservado a pocos Estados de la región mediterránea. Con ello, Ankara pensaba haberse ganado la carta de naturaleza otorgada por el club comunitario…

Sin embargo, las negociaciones para el ingreso del país otomano en la Unión Europea seguían estancadas. En Europa apenas se aludió a los intereses ideológicos de la democracia cristiana, que recela de la presencia de un socio musulmán en la UE. Y tampoco de los intereses económicos de algunos de los grandes países, que temen la competitividad de las exportaciones turcas. Todo ello queda disfrazado de argumentos – no siempre injustificados - sobre la ausencia de libertades básicas, persecución de la minoría kurda, censura y/o el papel preponderante del ejército en la vida política.

La llegada al poder del islamista Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), capitaneado por Recep Tayyip Erdogan  constituye un punto de inflexión.

El operativo bélico de Irak y el reciente conflicto de Siria, en el que el ejército turco llegó a tener una participación activa, no hacen más que acrecentar las diferencias entre Ankara y sus socios occidentales: Estados Unidos, OTAN, Unión Europea.

Ante las críticas formuladas por Occidente tras la intentona golpista de 2016 que desembocó en la aplicación de medidas represivas – detención de alrededor de 50.000 personas (militantes de agrupaciones kurdas y pro kurdas, presuntos terroristas pertenecientes al movimiento del clérigo Fetulah Gulen, militantes de las ONG, periodistas, así como la separación de sus cargos de 100.000 funcionarios públicos, jueces, catedráticos - las autoridades turcas deciden estrechar los lazos con sus controvertidos vecinos: Rusia e Irán y dar luz verde a un proyecto cuidadosamente preparado durante décadas por la clase política de Ankara: la reconquista de los territorios musulmanes pertenecientes al antiguo Imperio Otomano.

Se trata de una opción barajada tanto por los partidarios del llamado nuevo otomanismo, allegados a Erdogan, como por sus colegas laicos, adscritos al partido republicano fundado por Mustafá Kemal. Los turcos dirigen, pues, sus miradas hacia otros horizontes: los países musulmanes de Asia, donde existe una vieja tradición de contactos con el Imperio Otomano, aunque también con la Turquía moderna, fundada en la segunda década del siglo XX por Mustafá Kemal Atatürk.

Pero esta vez, la opción es… militar. Las llamadas operaciones transfronterizas redundan en la presencia de tropas turcas en doce países; un hipotético cinturón de seguridad que pasa por los Balcanes, el Cáucaso y el Cuerno de África, reconquistando los antiguos puntos estratégicos controlados por el Imperio Otomano. Participan en este ambicioso operativo alrededor de 54.000 militares turcos.

Lejos quedan, al parecer, los amoríos con el club cristiano de Bruselas. Lo que se vislumbra, en cambio, es una nueva (y confesada) tentación imperial.

viernes, 6 de abril de 2018

Siria: Trump se va, Putin se queda


Quiero salir. Quiero traer a nuestras tropas de vuelta a casa, empezar a reconstruir nuestra nación.  Con esas palabras expresó el presidente Trump su deseo de retirar el contingente norteamericano – unos 2.000 efectivos – desplegado en Siria para combatir las huestes del Estado Islámico.

Curiosamente, el triunfalismo de Trump nos recordó el no menos pomposo tono del último parte de la Guerra Civil española, dado el 1 de abril de 1939 en Burgos. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO.  Pero las comparaciones son odiosas: Trump no es Franco. Además, la guerra de Siria aún no ha terminado. 

El Estado Islámico, principal beneficiario del conflicto, no ha sido derrotado.  Es uno de los motivos que incita a los estrategas de Washington a cuestionar la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca. Al igual que lo hicieron cuando Barack Obama y Donald Trump se decantaron por la retirada de las tropas acantonadas en Afganistán. Demasiado pronto, demasiado peligroso, advirtieron los generales. La virulencia de los ataques perpetrados por los talibanes no justifica un repliegue de tropas; tampoco lo justifica la sorprendente facilidad con la cual el Estado Islámico logra reconquistar los feudos perdidos en suelo iraquí. La retirada sería, pues, inoportuna. 

Si Trump se marcha, Norteamérica se queda, advierten los altos mandos del Pentágono. Washington no puede permitirse el lujo de entregar Siria a los rusos o… los iraníes, principales contrincantes de los Estados Unidos en la zona. El mero hecho de delegar la defensa de los intereses de Occidente en Siria a países como Arabia Saudita o los emiratos del Golfo Pérsico resucita el fantasma del operativo militar iraquí, el mayor fracaso estratégico del Washington en Oriente Medio.
  
De hecho, los propios saudíes apuestan por la presencia militar estadounidense en la región. Sabido es que los príncipes de Riad suelen jugar a dos barajas. Con una mano, contentan a Occidente; con la otra, defienden (y financian) los valores del Islam radical. El papel de gendarme de la zona resultaría sumamente incómodo, cuando no peligroso, para la dinastía wahabí.

La hipotética retirada norteamericana también presupone una amenaza para los gobernantes de Tel Aviv. El amigo Trump no nos traicionará, afirman rotundamente los halcones de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, los estrategas hebreos recuerdan la traición a las milicias kurdas de Siria, armadas, adiestradas y… abandonadas por Washington.  Pero los israelíes no son kurdos. Unas vez más, las comparaciones son odiosas.

Conviene señalar, sin embargo, que el anuncio de Donald Trump coincide en el tiempo con la celebración en Ankara de la cumbre de los jefes de Estado de Rusia, Irán y Turquía, potencias cuyos intereses, aparentemente divergentes, se difuminan ante la presencia de un adversario común: Norteamérica. 

Ni que decir tiene que a Moscú, Teherán y Ankara les favorecería la posible retirada estadounidense. Los tres desean afianzar su protagonismo en la zona, algo que Washington trató de impedir en los cinco últimos años.

Pero este circunstancial frente común euroasiático se distingue por la diversidad de sus intereses.
El Kremlin pretende apoyar a su incondicional aliado Bashar al Assad, defender sus objetivos estratégicos en la región, es decir, las bases militares de Hmainim y Tartús y aprovechar el actual teatro de operaciones para expandir su influencia en Oriente Medio.
    
La República Islámica de Irán apuesta por reforzar la presencia chita – minoritaria - en la zona. Con el beneplácito de Damasco, los iraníes podrían tener libre acceso a Líbano, donde las milicias chiitas de Hezbollah desempeñan – ante la gran desesperación del establishment de Tel Aviv -  un importante papel político-estratégico.

Las inquietudes de Turquía se limitan, al parecer, a los focos de resistencia kurda en suelo sirio. Tanto el Partido de la Unión Democrática como las Unidades de Protección Popular se han convertido en la bestia negra de las autoridades de Ankara. Los sirios de origen kurdo cuentan (o contaban) con el apoyo de los Estados Unidos. Algo inconcebible e imperdonable para la plana mayor del país otomano, empeñada en doblegar a los kurdos de Turquía. Para lograr esta meta, la minoría étnica de Siria no debe adquirir carta de naturaleza.

Aunque la cumbre tripartita de Ankara haya finalizado sin resultados espectaculares – el comunicado final alude tímidamente a vuelta a la calma y la indispensable desescalada de la violencia – los mandatarios aprovecharon la ocasión para cargar contra sus enemigos. El iraní Hassan Rouhaní criticó la política de Washington y la injerencia sionista en Siria. También recomendó la celebración de elecciones generales, así como la retirada de las tropas turcas de la región kurda de Afrin, conquistada recientemente por el ejército de Ankara.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, hizo a su vez hincapié en la necesidad de garantizar la unidad territorial de la vecina Siria siempre y cuando los factores externos (léase, Estados Unidos) retiren su apoyo a las milicias kurdas.

Por su parte, Vladimir Putin abandonó el escenario de la cumbre frotándose las manos. Aseguró a los iraníes del apoyo de Moscú en la pugna con Washington sobre el controvertido programa nuclear persa y logró fijar fecha para la entrega de misiles S 400 a Turquía. Por si fuera poco, las autoridades de Ankara anunciaron la puesta en marcha de un proyecto por valor de 20.000 millones de dólares para la edificación de la primera central nuclear turca en la región de Mersin. La tecnología será suministrada por el gigante ruso Rosatom, lo que provocó, obviamente, la ira de Washington y poco veladas reticencias por parte de la OTAN.

Pero volvamos al rompecabezas sirio. Si prevalece la opción retirada que contempla Donald Trump, los estrategas sospechan que el vacío favorecerá los planes de Moscú y ¡del Estado Islámico! Sin embargo, si la presencia militar estadounidense se perpetúa,  resultará muy difícil renunciar al statu quo actual.

Mas pretender que los destinos de Siria dependan de la buena voluntad de Rusia, Irán o Arabia Saudita equivale a dar un paso más hacia el precipicio, hacia el caos.