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domingo, 13 de julio de 2025

Del bantustán Gaza a la Riviera Trump

 

Alea iacta est. Sí, la suerte está echada. Los dos hombres fuertes del planeta, Donald Trump y Benjamín Netanyahu, decidieron que la suerte de Gaza o, mejor dicho, de los pobladores de la Franja, pasa por la emigración supuestamente voluntaria de parte de sus habitantes y la reclusión, no menos voluntaria del resto de los gazatíes – alrededor de 1,3 ó 1,6 millones de personas - en la ciudad humanitaria de Rafah, situada en la frontera con Egipto. Un territorio muy exiguo, plagado de las ruinas de los bombardeos israelíes. La ciudad humanitaria es una quimera, al igual que los planes de emigración voluntaria de más de medio millón de gazatíes. Pero los planes de limpieza étnica ideados por los mesiánicos cerebros de los estadistas del (mal) llamado mundo libre podrían materializarse en un futuro no muy lejano…

Hace un cuarto de siglo, los diplomáticos extranjeros destinados a Tel Aviv y algunos periodistas occidentales solían visitar la Franja de Gaza empujados por la curiosidad o las indicaciones/recomendaciones de algunos de sus jefes occidentales. Se trataba, en la mayoría de los casos de averiguar in situ detalles sobre las condiciones de vida de los gazatíes, una población formada, en su gran mayoría, por refugiados palestinos procedentes de localidades ocupadas en los años 40 por las fuerzas armadas del recién creado Estado de Israel.

¿Las primeras impresiones? ¿Qué decir de las condiciones de vida de familias de 10 ó 12 personas, acinadas en precarias viviendas de dos habitaciones?  Sí, es verdad; tienen suerte. La mitad de los hijos trabajan”, afirmaban los trabajadores humanitarios de Gaza. ¿Dormir siete personas en una habitación? Sí, es verdad; pero se turnan. Nadie puede permitirse alquilar viviendas más espaciosas.  Los refugiados nos invitan a comer. O a compartir una taza de té. No se avergüenzan de su condición. Sí se avergonzaron los administradores hebreos del territorio, cuando un periodista canadiense publicó un libro titulado Bantustán Gaza.

Bantustán, sí. Recordando los extensos territorios con población de color tutelados por el régimen racista de Sudáfrica. Los bantustanes. Pero Israel no es un país racista, respondieron los gobernantes de Tel Aviv…

Y así pasaron más de cuatro décadas. El bantustán Gaza se convirtió en un problema insoluble para los estrategas hebreos. ¿Qué hacer al final de la actual ofensiva del Ejército israelí? La eliminación total de Hamas es una mera utopía. La limpieza étnica, una herejía. La convivencia entre hebreos y gazatíes, una ficción. Pero queda el ukase de Donald Trump: Hay que vaciarme todo esto. La Riviera Trump será el paraíso de los ricos.  

Mensaje recibido en Tel Aviv, donde se trabaja incesantemente en la materialización del deseo del amigo americano.

¿Expulsar gazatíes? ¿Recluir a la población en una mal llamada zona humanitaria? ¿Financiar el reasentamiento de centenares de miles de personas? ¡Puros disparates! Pero si Washington lo quiere…

En las últimas semanas, la prensa anglosajona se hizo eco de la existencia de un plan destinado a satisfacer las exigencias de Donald Trump y… exonerar (ayunque sólo parcialmente) de culpa a Benjamín Netanyahu. Una gran consultora norteamericana - Boston Consulting Group – trabaja dese hace meses en un proyecto destinado facilitar la tarea de los políticos israelíes.  

Un primer indicio: las actividades de la Agencia de las Naciones Unidas para Refugiados Palestinos (UNWRA), vetada por Israel debido a sus supuestos vínculos con Hamas, fueron retomadas por la Fundación Humanitaria de Gaza, patrocinada por Israel y Estados Unidos. Su actuación resultó ser torpe y deficiente a la hora de distribuir la ayuda humanitaria bloqueada por Tel Aviv durante varias semanas.

Al tener que hacer frente a la distribución de alimentos, la Boston Consulting se vio obligada contratar la empresa de seguridad Safe Reach Solutions (SRS), cuyos paramilitares se vieron involucrados – según informes elaborados por centros de investigación israelíes – en los primeros ataques contra la población palestina. Aparentemente, los chicos de SRS tienen – al igual que sus colegas hebreos - el gatillo fácil…

El equipo de Boston Consulting elaboró un borrador de Plan Financiero para la reconstrucción de Gaza, que incluye estimaciones de costos para reubicar a cientos de miles de palestinos de la Franja así como el impacto económico de tal desplazamiento masivo. Según las hipótesis de trabajo, más de 500.000 gazatíes abandonarían el enclave con cheques de reubicación por valor de 9.000 dólares por persona, es decir, un coste total de alrededor de 5.000 millones de dólares. Pero los altos cargos de la consultora estiman que fueron engañados sobre el alcance del trabajo por los directivos del proyecto.

En principio, los combatientes y líderes de Hamás que deseen salir de Gaza podrían hacerlo junto con sus familiares; Turquía y Qatar los aceptarían con los brazos abiertos.  

Los demás pobladores de la Franja permanecerán en Rafah, recluidos en la “ciudad humanitaria”, un gigantesco gueto estrictamente vigilado. Tendrá, eso sí, acceso a las zonas industriales:  fabricación de coches eléctricos, empresas tecnológicas, laboratorios, ubicados en las inmediaciones de urbanizaciones de lujo destinadas a multimillonarios extranjeros.

Sabido es que Israel – al igual que la Casa Blanca – prefieren recurrir a… mano de obra barata.

El presidente Trump se encargaría, por su parte, de animar a Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí a participar en la creación de un gobierno provisional.

Se estima que el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmúd Abbas, que no tardó en reclamar la soberanía de Gaza para la Autoridad Nacional, debería nombrar a una persona de confianza para formar un gobierno provisional ¡sin la participación de Hamás! hasta que los palestinos puedan celebrar elecciones libres.

¿Elecciones libres? Pero sí; Donald Trump tendrá su Riviera mediterránea.


miércoles, 11 de junio de 2025

Gaza: después de Hamas. ¿qué?

  

A comienzos de abril, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, afirmó rotundamente: Gaza es un campo de exterminio.

 El vicepresidente de los Estados Unidos, James David Vance, no comparte este punto de vista.  No creo que Israel esté intentando matar deliberadamente a todos los palestinos (de Gaza). Por consiguiente, no considero que lo que está sucediendo allí sea un genocidio, afirmó el número dos de la Administración norteamericana.

Gaza: hay opiniones para todos los gustos; apreciaciones muy dispares…

Recuerdo que, en los años 80, durante las primeras semanas de la intifada, solía reunirme en Jerusalén con un pequeño grupo de analistas árabes y hebreos, tratando de contestar a la única pregunta ¿Cuántos muertos hubo ayer? ¿75? ¿90? ¿52? Cuando la cifra de víctimas no superaba el umbral de los 33 ó 35, alguien dejaba caer la frase: No, no ha sido un mal día.

Un mal día… Desde el 7 de octubre de 2023, me toca practicar este lúgubre ritual solo, en mi torre de marfil madrileña. ¿Solo? ¡No! Las lejanas voces de mis interlocutores de antaño me acompañan. Y los malos días siguen sucediéndose.

Curiosamente, nadie se pregunta hoy en día: Después de Hamas, ¿qué? ¿Cuál será el provenir de Gaza al término de las hostilidades? Sí, es cierto: los gobernantes de Tel Aviv contemplan una limpieza étnica total: la expulsión de los dos millones de pobladores de la Franja a un país árabe. Pero ningún Gobierno hermano está dispuesto a acogerlos con los brazos abiertos, alegando dificultades económicas, complicaciones políticas o trabas administrativas. Para Egipto, los gazatíes son enemigos de toda la vida; para los jordanos, un exceso de población extranjera difícilmente asimilable. Los países del Golfo Pérsico prefieren limitar su solidaridad con el pueblo palestino a los cheques que envían periódicamente a las organizaciones humanitarias.

Donald Trump tiene un proyecto: convertir Gaza en un lujoso resort turístico mediterráneo, capaz de competir con la Costa Azul francesa o la Riviera italiana. Pero si Gaza se queda sin población. No pasa nada, afirma el multimillonario americano, podemos importar mano de obra barata de Asia. Una opción ésta que no acaba de convencer al aliado israelí.

Tel Aviv tiene, a su vez, un proyecto que podría complacer a Trump.  Se trata de una propuesta para crear en la Franja una nueva entidad tras el derrocamiento de Hamás. El plan, titulado pomposamente Programa de Seguridad y Recuperación de Gaza, cómo debería ser el día después, fue elaborado en diciembre de 2023 por un grupo de 35.000 reservistas de las fuerzas de seguridad israelíes y de los miembros del grupo de expertos del Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs. 

El informe implica la reconstrucción económica, la construcción de infraestructuras, así como la necesidad de preparar un cronograma detallado para el control de la Franja tras la caída o el desmantelamiento de la organización islámica.

Ese plan de control de Gaza descarta la soberanía palestina, o mejor dicho, de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), o la presencia del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (UNWRA) como fuente de ayuda humanitaria.

El documento, cuya autenticidad fue confirmada por un alto funcionario del Gobierno. no indica si Israel tiene la intención de anexionarse la Franja, aunque se afirma claramente que las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) quieren tener un mayor protagonismo en la gestión de los asuntos de Gaza. Detalle interesante: el borrador no alude, en ningún momento, a las exigencias palestinas o a los documentos firmados por las dos partes – Israel y Palestina – desde la entrada en vigor de los acuerdos de Oslo.

Tras la caída de Hamas, el ejército israelí trataría de apoderarse temporalmente de la totalidad de la Franja, teniendo libertad de movimiento sobre el terreno y obteniendo el control total de la frontera de 12 kilómetros entre Gaza y Egipto, incluido el cruce fronterizo de Rafah.

Las FDI ya han creado una zona tampón a lo largo de algunas partes de la línea fronteriza. Desde principios de abril, los israelíes controlan aproximadamente la mitad de la Franja. Para ampliar la zona tampón, las FDI demolieron sistemáticamente toda la infraestructura, haciendo que parte del territorio fuera inhabitable.

Durante la segunda fase de la ocupación, el gobierno de Tel Aviv establecería cinco consejos administrativos autónomos, denominados: Gaza Norte, Ciudad de Gaza, Franja de Gaza Central, Khan Yunis y Rafah. Los consejos tendrían la tarea de gestionar la vida civil en la Franja, después de cumplir con ciertos requisitos previos: no estar relacionados con facciones terroristas, reconocer el estado de Israel y participar en un plan de reeducación también llamado proceso de desnazificación.

Israel establecerá una Dirección Administrativa Internacional (IMD, por sus siglas en inglés) para la ayuda, la reconstrucción y la supervisión de los consejos administrativos. No se contempla para nada incluir a la Unión Europea en los nuevos órganos de gobierno, pero sí a los Estados Unidos, algunos países occidentales como Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, así como a Estados suníes pragmáticos como Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y posiblemente Arabia Saudita, como parte de una maniobra destinada a normalizar las relaciones entre Riad y Tel Aviv.

Israel debería favorecer, asimismo, el despliegue de un cuerpo parecido a la Fuerza Multinacional y Observadores en el Sinaí, instrumento de mantenimiento de la paz creado en 1982 con el apoyo de Estados Unidos.

Durante la tercera y última fase, los palestinos podrán autodeterminarse.

El plan propuesto no pone ningún obstáculo real a la capacidad de los palestinos para lograr la autodeterminación una vez que reconozcan a Israel como el Estado judío y abandonen las actividades terroristas imputables a Hamas.

¿Los palestinos? Digamos que brillan por la ausencia, al igual que en los Acuerdos Abraham, negociados durante el anterior mandato de Donald Trump.  ¿Qué opinan los palestinos?


martes, 7 de diciembre de 2021

Diez millones de mahometanos abrazan la fe en Cristo

 

Influido por acontecimientos impactantes, como por ejemplo la caída de Kabul, un creciente número de musulmanes teme y rechaza el Islam radical, escribía recientemente Daniel Pipes, islamólogo y ante todo consejero áulico de la derecha estadounidense. A Pipes, fino conocedor de los entresijos del Islam moderno, se le echa en cara su parcialidad a la hora de analizar el complejo proceso de transformación que atraviesa el mundo árabe musulmán. Aunque los temas tratados suelen ser de gran relevancia, a veces la información facilitada puede parecernos incompleta. Pero el que fuera asesor de varios presidentes norteamericanos raramente corrige su tiro. ¿Mera soberbia? ¿Riesgo calculado?

 

Al abordar el espinoso tema de las conversiones de musulmanes al cristianismo – alrededor de diez millones desde los año 60 del pasado siglo – Daniel Pipes elude las estadísticas, detalle sumamente importante para comprender el alcance del problema. No se sabe a ciencia cierta si pretende apaciguar los ánimos de sus amigos israelíes, más propensos a censurar la violencia del mal llamado Islam político que a profundizar sobre el malestar provocado por los comportamientos radicales en el seno de la sociedad musulmana. Pipes nos ofrece, eso sí, su definición de los conversos, a los que tilda pomposamente de anti islamistas, dividiéndolos en cuatro categorías: los moderados, los irreligiosos, los apostatas y los conversos. 

 

Escasean también los datos sobre los países de origen. Los facilita, sin embargo, una cadena de televisión cristiana magrebí Al Hayat, dirigida por el hijo de un imán que abrazó la fe cristiana. Al Hayat alude en sus programas semanales a candidatos a la conversión provenientes de Jordania, Egipto, Túnez o Marruecos. Si bien se sabe que en Irán se registraron en las últimas décadas alrededor de 300.000 conversiones al cristianismo y budismo, se desconoce la situación reinante actualmente en países como Afganistán o Pakistán, donde el radicalismo islámico avanza a pasos agigantados.

 

En comparación con los eurócratas de Bruselas, que apuestan por eliminar las alusiones al cristianismo de la tediosa jerga comunitaria, los nuevos conversos parecen muy propensos a disfrutar de los usos y costumbres de su nuevo credo. Algunos hacen hincapié en el hecho de que la cuestión confesional no era un tema acuciante en el Oriente de comienzos del siglo pasado. Sin embargo, hoy en día la problemática ha variado. A la presión ejercida sobre las comunidades cristianas del antiguo Imperio Otomano a partir de 1915 – 1920, se suma la ofensiva contra los musulmanes que, según los doctores de la Ley coránica, se están apartando de la ortodoxia de las principales corrientes del mahometismo. En este contexto, los ejemplos que aporta Daniel Pipes son significativos.

En Egipto, los Hermanos musulmanes contaron, durante décadas, con el beneplácito y el apoyo del presidente Hosni Mubarak. Tras la caída del raís y el poco concluyente interregno del islamista Mohamed Morsi, las críticas contra el radicalismo redundaron en el auge de los detractores del Islam de trincheras, como Islam al Behairyh, Ibrahim Issa, Muktar Jomah, Khaled Montaser y Abadallah Nasr. Curiosamente, estos críticos cuentan con el apoyo del presidente Al Sisi, antiguo simpatizante de los Hermanos musulmanes.

 

En Arabia Saudita, cuna y baluarte del Islam puro (término acuñado por Osama Bin Laden), los ateos representan el 5 por ciento de la población, una cifra similar a la de Estados Unidos. Utilizando la estrategia del palo y la zanahoria, la monarquía saudita trató de abrir el país a un estilo de vida más moderno – más derechos para la mujer – promulgando al mismo tiempo una Ley antiterrorista que castiga el pensamiento ateo en todas sus formas o el cuestionamiento de los fundamentos de la religión musulmana en la que se basa el Estado. En resumidas cuentas, se establece la ecuación: ateo = terrorista.

 

Para el responsable de Inteligencia de la República Islámica de Irán, Mahmud Alavi, la rápida conversión de los musulmanes persas al cristianismo presupone un peligro para las estructuras estatales.

 

Uno de los principales objetivos del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por  el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan era la creación de una generación pía. Sin embargo, los jóvenes turcos no parecen dispuestos a elegir el modo de vida islámico. A la hora de la verdad, la mayoría se decanta por costumbres occidentales: relaciones prematrimoniales, sexo fuera del matrimonio, homosexualidad. Según una encuesta realizada en Turquía por el Instituto Gallup, el 73 por ciento de los entrevistados se define como “no religioso”.

 

La situación es, sin duda, diametralmente opuesta en las comunidades musulmanas de Occidente, donde el radicalismo islámico sigue ganado apoyos. ¿Algo que ver con nuestra percepción o actitud frente al Islam?

 

Un último dato que me aporta exultante mi documentalista: el jeque kuwaití Abdullah al Sabah, miembro del clan que dirige desde hace décadas los destinos del próspero principado, confirmó su reciente conversión al cristianismo. Una excelente noticia para Daniel Pipes y, ante todo, para los asesores de… Donald Trump.

miércoles, 14 de julio de 2021

Israel: el lavado de cara

 

Israel bien vale un lavado de cara. A esta conclusión llegó el Gobierno de Tel Aviv, liderado por el tándem integrado por Naftali Bennett y Yair Lapid, un ultraconservador y un liberal que difícilmente podrían convivir en la vida real de cualquier país democrático. Israel es, obviamente, la excepción de confirma la regla. Un país donde las consideraciones de índole partidista claudican ante la imperiosa necesidad de concebir coaliciones viables para la gobernanza. Gobernar entre crisis y crisis; gestionar los indispensables paréntesis democráticos exigidos por las normas de buena conducta impuestas por la supuestamente transparente comunidad internacional. Israel necesita este aval; su imagen resultó dañada por la década de gobierno de Benjamín Netanyahu, el ultra que trató de emular el ejemplo de Ariel Sharon, el incombustible e impredecible general que desafió a varios inquilinos de la Casa Blanca. Obviamente, el insumiso militar podía haberse permitido este lujo. A Netanyahu, la desobediencia le costó más, aunque logró salirse con la suya. Contaba con el apoyo de la población del Estado judío, obsesionada por los múltiples peligros de la región: el árabe, el iraní, el palestino, el terrorista… Netanyahu supo gestionar esos fantasmas para crear un ambiente de pánico permanente. La psicosis logró sobrevivir durante una década.

Curiosamente, la pesadilla se fue desvaneciendo tras la firma del Acuerdo Abraham, impulsado por Donald Trump, aliado incondicional de Netanyahu. La llamada normalización de las relaciones con los países árabes, ansiada por la élite de Washington, se convirtió en una victoria pírrica, que coincidió con el desgaste del político israelí. Exit Netanyahu…

Israel bien vale un lavado de cara, estimaron Bennett y Lapid, tras haber evaluado los estragos causados por la gestión de Netanyahu. A nivel local, había que mejorar las relaciones con la Autoridad Nacional Palestina, ninguneada por el antiguo jefe de Gobierno. A la constante presión económica y bloqueo sanitario durante la pandemia se sumaron los operativos bélicos, generados por los ataques de Hamas y sus aliados islámicos de la Franja de Gaza. Tel Aviv exigió la intervención del Gabinete palestino de Ramallah, sabiendo positivamente que el equipo de Majmud Abbás no controla la situación en la Franja.  El actual Gobierno israelí cooperará con la Autoridad Nacional en el proceso de vacunación de los habitantes de los territorios. Los demás asuntos pendientes serán abordados en consultas bilaterales.

Por otra parte, el Gobierno israelí ha decidido bloquear las transferencias de fondos qataríes destinados a la resistencia palestina (Hamas). La multimillonaria ayuda humanitaria del emirato debería efectuarse o bien a través de las Naciones Unidas o en transferencias bancarias directas.

Jordania, país con el que Israel ha mantenido siempre relaciones muy ambiguas, recibirá una compensación inmediata, que consiste en el incremento del caudal de aguas subterráneas de Cisjordania controladas por el ejército de ocupación israelí. La decisión del Gabinete hebreo se hizo pública antes de la visita oficial del rey Abdalá a los Estados Unidos.

Por su parte, el tándem Bennett – Lapid, que tiene previsto un encuentro con el presidente Biden a finales de mes, está ultimando los detalles de su futura política frente a Irán, tratando de recomponer los platos rotos por Netanyahu. Huelga decir que la situación ha variado en los últimos meses; Rusia parece dispuesta a consentir la autonomía nuclear de Teherán.

La última baza esgrimida por el equipo Bennett – Lapid es… Europa. El titular de Asuntos Exteriores (Lapid), participó en el último consejo de ministros de relaciones exteriores de la UE, celebrado esta semana en Bruselas, donde dejó constancia del deseo del Estado judío de fortalecer las relaciones con la Unión Europea, después de años de tensiones con Netanyahu. Pero la reanudación del diálogo no resultó fácil.

 Acepto que parte de nuestro diálogo consiste en un juicio moral”, dijo Lapid. Pero no es demasiado esperar que este diálogo tenga en cuenta el hecho de que mi casa está siendo atacada.

Un lavado de cara complicado, si se piensa en los múltiples intereses económicos y estratégicos de los países comunitarios en la región.  

miércoles, 3 de junio de 2020

Turquía en Tierra Santa - La batalla por Jerusalén


Hubo una época – durante los dos primeros lustros de este siglo – en la que la nutrida presencia de instituciones turcas en Tierra Santa se había convertido en un destacado acontecimiento para los pobladores de la región. Nuestros nuevos amigos, los turcos, solían decir los políticos de Tel Aviv; han vuelto los otomanos, insinuaban los nacionalistas palestinos, nuestros nuevos aliados musulmanes, argüían los estrategas jordanos, orgullosos de poder participar en maniobras conjuntas con unidades del ejército de Ankara, segunda fuerza militar de la Alianza Atlántica.

Los oficiales del reino hachemita ponían cara de póker cuando se les recordaba que se trataba, en realidad, de ejercicios de guerra tripartitos, en los que participaba también…Israel.  Sí, también hubo presencia judía en las maniobras, reconocían un tanto molestos por las inoportunas revelaciones de sus interlocutores occidentales. No se trataba de revelar secretos militares; las rotativas israelíes habían hecho hincapié en el carácter tripartito del ejercicio. Sin embargo, en la otra orilla del Jordán, la percepción era distinta. La prudencia desaconsejaba confundir el acercamiento entre Ammán y Ankara con una iniciativa estratégica de los… ¡aliados regionales de los Estados Unidos!

Ese extraño noviazgo se rompió el 31 de mayo de 2010, cuando unidades de élite del Ejército israelí atacaron los barcos de la llamada Flotilla de la Libertad, embarcaciones de la organización por palestina Free Gaza fletados por Turquía, que llevaban a bordo un centenar de militantes comprometidos con la causa palestina. La intervención israelí generó un sinfín de incidentes, que desembocaron en la congelación de las relaciones diplomáticas entre Turquía e Israel.  El Primer Ministro Erdogan exigió disculpas al Estado judío por el ataque, amén de unas cuantiosas compensaciones – 20 millones de dólares - por los desperfectos causados durante el operativo. En 2016, turcos e israelíes firmaron la paz. Sin embargo, los embajadores no volvieron a sus respectivos puestos. El conflicto continúa…

Al cumplirse diez años desde en incidente de la Flotilla de la Libertad, llegamos fácilmente a la conclusión de que Tel Aviv y Ankara no lograron recomponer el ambiente de cordialidad que reinaba a comienzos del siglo. Turquía abandonó la política de amistad con sus vecinos inmediatos – los países de la región mediterránea – mientras que Israel dirigió sus miradas hacia la UE y las monarquías del Golfo Pérsico – Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Bahréin – poco propensas a aceptar el papel de una Turquía neo otomanista, dispuesta a resucitar el pasado del Imperio otomano. Mientras, en Israel se están forjando nuevas alianzas estratégicas. Esta vez, con Grecia y Chipre, enemigos declarados del Gobierno de Ankara.

En enero de 2019, Israel pasó a formar parte del Foro del Gas del Mediterráneo Oriental, integrado por Grecia, Italia, Chipre, Jordania y la Autoridad Nacional Palestina, países que pretenden compartir los recursos gaseísticos ubicados en la Zona Económica Exclusiva de Chipre. Turquía, que ocupa la mitad norte de la isla, reclama a su vez acceso a los yacimientos, pero tropieza con la tajante negativa de los europeos, empeñados en no reconocer su soberanía sobre el territorio ocupado durante la invasión de 1974.

Por otra parte, Israel se ha adherido al acuerdo para la vigilancia de los drones turcos que sobrevuelan en Mar Egeo. Para las autoridades de Atenas y Nicosia, la presencia de dichos aparatos constituye un acto de piratería.

Más complicada aún es la situación que reina en Jerusalén, donde las organizaciones benéficas turcas se han ido adueñando de los locales situados en la Explanada de las Mezquitas. Bienvenidas en la época del coqueteo entre Ammán, Ankara y Tel Aviv, esas embajadas del islamismo turco se han convertido en un estorbo para las autoridades jordanas, que custodian los Santos Lugares musulmanes de Palestina. Hace años, cuando los palestinos introdujeron a los emisarios del Islam turco en la ciudad Tres Veces Santa, los jordanos aceptaron muy a regañadientes su presencia. Con el paso del tiempo, los turcos se fueron integrando en el Waqf, fundación islámica que administra los bienes religiosos jerosolimitanos, provocando más quebraderos de cabeza a los jordanos.

Tras la publicación del Plan de paz de Donald Trump, otra potencia islámica – Arabia Saudita – manifestó su interés en asociarse a la gestión de los bienes religiosos. Curiosamente, los saudíes venían de la mano de las autoridades hebreas, que llevaban décadas negociando un posible traspaso de la administración de la Explanada de las Mezquitas al reino wahabita. Lo que parecía imposible en los años 90 del siglo pasado, podría materializarse próximamente. Los jordanos estarían dispuestos a aceptar un simulacro de cogestión de la fundación islámica a condición de que Riad se comprometa a neutralizar la presencia turca en Jerusalén. Aparentemente, los Estados Unidos avalarían el proyecto; Arabia Saudita es uno de sus más fieles aliados de Washington en la zona y un firme valedor del Plan Trump. Además, la presencia saudí abriría la puerta a otros Estados del Golfo Pérsico, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, países propensos a reconocer a Israel.

¿Y Turquía? Qué duda cabe de que el sultán Erdogan, autoproclamado heredero de la relumbrante tradición imperial de los antepasados de la Sublime Puerta, librará batalla por la tercera Ciudad Santa del Islam: Jerusalén.

domingo, 23 de junio de 2019

El plan de paz Kushner - ¿un contrato de compraventa?


Y la luz se hizo. Apenas cuatro días antes del inicio de la conferencia económica de Bahréin impulsada por la Administración estadounidense, la Casa Blanca ha decidido desvelar algunos detalles del plan de paz para Oriente Medio elaborado por el yernísimo del Presidente, Jared Kushner, que el propio Trump no dudó en tildar en su momento de Acuerdo del siglo.

Kushner compareció ante las cámaras de televisión para bosquejar las líneas maestras de su proyecto, que consiste en la creación de un fondo dotado con 50.000 millones de dólares destinados al desarrollo, durante un período de 10 años, de infraestructuras económicas y empresariales en la región del conflicto. Más de la mitad de los fondos – unos 28.000 millones – se destinará a Cisjordania y la Franja de Gaza, 9.000 millones irán a parar a Egipto, 7.500 serán para Jordania y 6.000 para la economía de Líbano.

Donald Trump espera que otros países, principalmente los estados ricos del Golfo y los inversores privados, se hagan cargo de gran parte de los costes del proyecto.

El plan de acción contempla la realización de 179 proyectos industriales y comerciales, recordándonos extrañamente la interminable lista de objetivos prioritarios establecida por la Conferencia de Paz de París. Pero la reunión celebrada hace años en la capital francesa no emanaba de una iniciativa norteamericana…

Con la mentalidad de promotor inmobiliario heredada de su padre, Charles Kushner, el yernísimo cree que el mero hecho de repartir millones a los gobernantes de la región mezo oriental logrará sentar las bases de una paz duradera. ¿Simple contrato de compraventa? La descabellada idea cuenta con el aval de uno de los incondicionales aliados de Trump, el príncipe saudita Mohammed Bin Salmán. Para el heredero de la Corona saudí, el dinero lo soluciona todo.

No es esta la opinión de la mayoría de los políticos y académicos de la zona. En efecto, para la Autoridad Nacional Palestina, el plan Kushner equivale a una nueva Declaración Balfour. De colosal pérdida de tiempo, tachan los iraquíes la iniciativa de la Casa Blanca; es una idea de promotores inmobiliarios, no de políticos, estima en analista egipcio Gamal Fahmi, un proyecto económico, sin fundamento político, escribe la prensa libanesa, un crimen histórico, añaden los medios afines al movimiento radical islámico Hezbollah. Un plan que sólo beneficia a los enemigos de los Estados Unidos en la región, comenta la prensa árabe de Londres, aludiendo concretamente a… Irán.

Detalle significativo: el Acuerdo del siglo no contempla la creación de un Estado palestino. La cuestión de la soberanía brilla por su ausencia. Hay quien estima que el equipo de Kushner desplegó inestimables esfuerzos para domesticar a los palestinos, inmaduros para fundar un Estado propio. El embajador norteamericano en Israel, David Friedman, asegura que su país no apoyará el establecimiento de un nuevo Estado. Lo último que necesita la región es un Estado Palestino fallido entre Israel y el río Jordán, asevera el diplomático.

En las últimas horas se supo que una delegación empresarial israelí participará en la cumbre de Bahréin. También estarán presentes algunos empresarios palestinos y… políticos exiliados, acérrimos detractores del Gobierno de la ANP.

Entre los participantes figuran también emisarios del antiguo jefe de los servicios de seguridad de la Franja de Gaza, Mahmúd Dahlan, controvertido personaje al que se le tildaba, con o sin razón, de hombre de la CIA en la Administración palestina. Más claro…

jueves, 20 de junio de 2019

Los Altos de Trump y el Acuerdo del Siglo


El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, presidió el pasado fin de semana la ceremonia inaugural de una nueva localidad judía ubicada en la meseta del Golán: Ramat Trump (los Altos de Trump). Se trataba de una inauguración meramente simbólica; el emblemático proyecto no cuenta con el visto bueno del Gabinete interino, desprovisto de capacidad decisoria, ni con el aval de la Knesset (Parlamento). También brillan por su ausencia los imprescindibles planos urbanísticos y la financiación. Sin embargo, a la inauguración virtual de Los Altos asistió el embajador estadounidense en Israel, David Friedman, valedor de Netanyahu y ferviente defensor de su política expansionista. No hay que extrañarse: basta recordar que el actual representante diplomático de la Casa Blanca en Jerusalén provocó la ira de la comunidad palestina al pronunciarse públicamente a favor de la anexión de gran parte, si no de la totalidad del territorio de Cisjordania al Estado Judío. Sus declaraciones, reproducidas por el rotativo New York Times, sorprendieron a los profesionales de la diplomacia. Pero Friedman es un embajador político que, junto con el yerno de Trump, Jared  Kushner, y Jason Greenblatt, vicepresidente de la organización Trump, participó a la elaboración del famoso Acuerdo del Siglo, el plan de paz estadounidense que será desvelado a partir de la semana próxima en varias reuniones internacionales que tendrán por escenario  las capitales árabes.

Detalle interesante: en el primer encuentro, pomposamente bautizado Paz para la Prosperidad, no participarán representantes palestinos ni altos cargos del Gobierno israelí. La Casa Blanca confirmó la asistencia en la cumbre que se celebrará en Bahréin la semana próxima de Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos,  Egipto, Jordania y Marruecos. Según la Administración Trump, dicha reunión facilitará el diálogo sobre una visión ambiciosa y viable para un futuro próspero para el pueblo palestino y la región. ¿Frases huecas? ¿Cortina de humo?

El objetivo principal de este encuentro es la creación de una alianza árabe de corte pro occidental susceptible de promover la iniciativa estadounidense. Aunque el Gobierno israelí no haya sido invitado oficialmente a la primera cumbre, un exfuncionario de alto rango del Ministerio de Defensa hebreo, que ejerció de enlace entre Tel Aviv y la Autoridad Nacional Palestina participará en los debates. Se trata, aparentemente, de una presencia discreta, que revela las preferencias del equipo Kushner, integrado por judíos ortodoxos norteamericanos formados en escuelas rabínicas neoyorquinas o… israelíes.

La segunda fase del flamante plan estadounidense consistiría en anular pura y simplemente el legado de las negociaciones llevadas a cabo en las últimas décadas por israelíes y palestinos, tratando de privar a la ANP de las prerrogativas derivadas de los Acuerdos de Oslo, el Memorándum de Wye Plantation o las cumbres económicas celebradas en París. En resumidas cuentas, dejar entender a los dirigentes de la Autoridad Nacional que la derrota diplomática es un hecho consumado, que la opción de los dos Estados – palestino e israelí – es inviable, que los poderes fácticos del Planeta sólo aceptarían el sometimiento del enemigo palestino a la autoridad del aliado israelí. De hecho, durante el mandato de Donald Trump, los Estados Unidos suspendieron la ayuda económica a la Agencia de las Naciones Unidas para Refugiados Palestinos (UNRWA), aceleraron el traslado de la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, haciendo caso omiso de los acuerdos internacionales, cerraron la representación de la ANP en Washington, reconocieron la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán - territorio sirio ocupado tras la guerra de 1967 - ningunearon sistemáticamente a los interlocutores palestinos. Para el equipo de Trump, el Acuerdo del siglo sería una simple imposición a la parte palestina, cuyo porvenir dependerá, siempre según Washington, de la aquiescencia de los potentados del Golfo: el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed Bin Salman, y del Presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed Bin Zayed. Por si fuera poco, el equipo de Jared Kushner no vería con malos ojos la posible soberanía saudí sobre la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del Islam,  opción barajada hace ya algún tiempo por los Gobiernos conservadores de Tel Aviv. Malos augurios, pues, para los pobladores de Cisjordania y la Franja de Gaza, empeñados en forjar su propia identidad nacional.

La tercera y última fase de la presentación del Acuerdo del Siglo coincidirá, muy probablemente, con la celebración de las elecciones generales israelíes, previstas para mediados del mes de septiembre. Washington cuenta con la victoria de Netanyahu o de su partido, con los inevitables regateos postelectorales que deberían eclipsar el debate sobre el porvenir de las relaciones israelo palestinas.

Obviamente, el ofrecimiento de la Administración Trump resultará muy apetecible para los halcones judíos. Un auténtico disparate, clamarán los palestinos, la izquierda israelí, los politólogos árabes o los analistas occidentales, poco propensos a confiar en la sinceridad y la ecuanimidad de la diplomacia donaldiana.

En algún lugar de Tierra Santa, en la meseta del Golán, quedará un recuerdo de esta triste farsa; una hermosa placa de polivinilo con la inscripción Ramat Trump - los Altos de Trump. Un asentamiento ideado por Benjamín Netanyahu, un político cuyo dudoso porvenir depende de la judicatura del Estado de Israel.

sábado, 9 de febrero de 2019

He sido facilitador, relator, notario


El reciente debate sobre la necesidad de imponer la figura de facilitador, mediador o notario en el estéril debate entre el Gobierno de la Nación y los veleidosos representantes de una Comunidad autónoma terminó, como era de imaginar, en un estrepitoso fracaso. ¿La razón? No se trataba, como pretendían algunos, de un mero asunto de forma, sino de un problema de fondo. Lo que se pretendía, en realidad, era introducir observadores - preferiblemente, internacionales – en una disputa de familia anquilosada por la inflexibilidad de unos y la patente debilidad de otros. El que eso escribe no pretende analizar la legitimidad de los argumentos esgrimidos por las partes: el sentido común dicta la respuesta.

He de confesar que el galimatías lingüístico empleado por el Gobierno y el gobern, la absurda, aunque exquisita guerra criptosemántica que opone a Madrid y Barcelona, me trajo a la mente viejos recuerdos. Concretamente, el día en el que me convertí en facilitador, relator, notario  del conflicto israelo-árabe.

Sucedió en diciembre de 1973, durante la Conferencia Internacional de Paz convocada por los Estados Unidos y la Unión Soviética y auspiciada por la Secretaría General de las Naciones Unidas. El escenario: el ginebrino Palacio de las Naciones, remanso de paz edificado en los años 30 del pasado siglo, testigo de discretos conciliábulos y de estrepitosos fracasos diplomáticos. El Palacio – sede de la Sociedad de las Naciones, cerró sus puertas en diciembre de 1939. La guerra acababa de empezar.

En diciembre de 1973, acudieron a la cita ginebrina los representantes de tres Estados involucrados en el conflicto de Oriente Medio: Egipto, Israel y Jordania. Siria declinó la invitación cursada por las superpotencias; la OLP brillaba por su ausencia. En realidad, la conferencia se convirtió en un gran acontecimiento mediático. Aquí han más periodistas que delegados, afirmaba el presentador estrella de una cadena de televisión estadounidense. Sí, había más periodistas y, lógicamente, el conflicto se trasladó a las salas de prensa de las Naciones Unidas.
          
Su facilitador, relator, notario estaba dialogando con un pequeño grupo de informadores libaneses. La llegada del redactor jefe del Jerusalem Post, el periódico más influyente de Israel, convirtió nuestra charla en un auténtico velatorio.

¿Colegas árabes? preguntó el periodista del Post. Tengo varias preguntas para ustedes…. El silencio reinaba del otro lado de la mesa. Dígale que si quiere preguntar algo, lo haga a través de usted, contestó – en el mismo idioma – el comentarista político de la televisión libanesa. Me interesaría saber… replicó el israelí, dirigiéndose a mí, siempre en el mismo idioma común, en inglés. Aquello recordaba, salvando las distancias, las peleas familiares: Niño, dile a tu padre…  Tú, dile a tu madre…

La conversación a tres bandas duró alrededor de 45 minutos. No faltaron las descalificaciones, las recriminaciones, las declaraciones solemnes de ambas partes. Hoy en día, cuatro décadas después de aquel estrafalario encuentro, no parece que las posturas de las partes hayan variado.
  
Me quedo, pues, con la duda: ¿para qué sirve el facilitador, relator, notario?