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domingo, 9 de abril de 2023

Embajador en el Ártico y (II)

 

Gigantescos cargueros chinos cruzan el Estrecho de Bering escoltados por cuatro fragatas de la Armada rusa. La noticia se publicó hace varios lustros en un diario de Anchorage; era la copia conforme del comunicado de la Guardia Costera estadounidense que vigila las aguas territoriales de Alaska.

La versión novelesca de los hechos merecería, sin duda, el rimbombante titular: ¡Qué vienen los chinos!  La verdad es que no hizo falta informar al Pentágono ni alertar al inquilino de la Casa Blanca; el establishment estadounidense estaba al tanto de la presencia de los barcos de guerra rusos y de sus huéspedes chinos en las aguas (¡y los hielos!) del Polo Norte.

Ignorada durante décadas, la proliferación de los llamados puestos de vigilancia meteorológica rusos empezó a inquietar a los estrategas de la OTAN durante la Guerra Fría; los planes de defensa del mundo libre debían incluir, forzosamente, el hipotético peligro de la militarización del Ártico, de instalación de bases de misiles atómicos o la llegada de los recién estrenados submarinos nucleares. De hecho, el Pentágono contaba desde la Segunda Guerra Mundial con una gran base aérea en Groenlandia. Las instalaciones militares acogieron también misiles balísticos, conservados en congelados silos subterráneos.

¿Y los rusos? ¿Qué bazas tienen los rusos?, inquirieron los estrategas norteamericanos. Es preciso hacer memoria: las primeras exploraciones rusas de la región ártica comenzaron en el siglo pasado, hace ya más de cien años. En aquella época, el Ministerio de Asuntos Exteriores del Imperio Ruso envió una nota a los países aliados en la que se hacía hincapié en el hecho de que la Rusia de los zares era la propietaria de las tierras e islas situadas al norte de la costa asiática del imperio.

En 1924, la soberanía de dichos territorios quedó transferida a la URSS. Dos años más tarde, en abril de 1926, un decreto del Presidium del PCUS advirtió que son territorios de la URSS todas las tierras e islas, tanto descubiertas como las que puedan descubrirse posteriormente, situadas en el Océano Ártico entre la costa de la URSS y el Polo Norte.

En la franja costera de Rusia, que constituye en 53 p. c. de la costa del Océano Árctico, viven alrededor de 2,5 millones de personas; un 40 p. c. de los pobladores de la región.

Hoy en día, la importancia de la zona no parece haber disminuido: el Ártico produce más del 83 p. c. de su gas natural ruso, el 17 p. c. de los crudos, alberga importantes reservas de diamantes y de metales preciosos.  Por otra parte, la llamada Ruta Marítima Septentrional es un corredor de transporte que conviene mantener y ampliar.

El volumen del tránsito de mercancías a través de la Ruta del ar del Norte pasará de 31.5 millones de toneladas en 2019 a 80 millones de toneladas en 2024, para alcanzar los 160 millones en 2035.

 En 2021, Rusia modificó sus reclamos de plataforma continental para incluir también Gakkel Ridge. Estados Unidos también ha cambiado su normativa para el paso de barcos mercantes.

A finales de 2022, los países del BRICS y de la OCS manifestaron su interés en seguir cooperando con Rusia en la región del Ártico.

En su lucha por el dominio del Polo Norte, Rusia construyó en los últimos tiempos una imponente flota de rompehielos, barcos y submarinos con capacidad nuclear.

En enero de 2023, una empresa minera sueca informó que había descubierto un gran yacimiento de minerales de tierras raras en su región ártica. Al descubrimiento se le ha conferido un importante estatus geopolítico porque ayudará a reducir la dependencia de los suministros de elementos de tierras raras de China, que representan actualmente el 60% de las importaciones de tierras raras de Occidente.

Para el Kremlin, un enfrentamiento con las potencias occidentales ávidas de riquezas parece, pues, inevitable. 

¿Y China?

Durante las dos últimas décadas, los chinos han llevado a cabo una amplia investigación científica en el Océano Ártico y los mares adyacentes.

La República Popular China trata de incrementar su influencia en el Ártico a través de un amplio elenco de actividades económicas, diplomáticas, científicas y militares. China hizo hincapié en su intención de desempeñar un papel activo en la configuración de la gobernanza regional. China ha duplicado su inversión en la zona, centrándose en la explotación de minerales clave, señala un informe publicado recientemente por el exvicepresidente norteamericano Mike Pence,

Insinúa el lugarteniente de Donald Trump que comportamiento agresivo de China a nivel mundial podría desembocar en un despliegue de submarinos dotados con misiles balísticos bajo el hielo del Ártico, con fácil acceso a blancos situados en Europa y América del Norte. La fuente empleada por Pence es… la Estrategia Ártica de la Marina de los EE. UU. de 2021.

Pues bien, señores geo estrategas y colegas analistas políticos, parece que el guion del próximo enfrentamiento, de uno de los próximos enfrentamientos entre bloques, está servido. 

Toca elucubrar; perdón, trabajar.

martes, 28 de marzo de 2023

Embajador en el Ártico (I)

 

Queremos que el Ártico sea una región pacífica, estable y próspera; es una zona que tiene una importancia estratégica vital para los Estados Unidos, manifestó recientemente el jefe de la diplomacia norteamericana, Antony Blinken, al anunciar la creación del cargo de embajador general para la región ártica, que sustituye al actual coordinador del Ártico del Departamento de Estado.

Oficialmente, la misión de este nuevo plenipotenciario consistirá en tratar asuntos relacionados con el medio ambiente y el desarrollo regional, haciendo especial hincapié en los intereses económicos y de seguridad nacional derivados de los efectos del calentamiento global en el Polo Norte.  

Conviene señalar que la Unión Europea se adelantó a la iniciativa de Washington, anunciando el nombramiento de su representante para asuntos árticos y la apertura de una oficina de cooperación de la Comisión Europea en Groenlandia, dirigida por un… embajador.

La competencia se libra también a nivel discursivo-ideológico. El recién estrenado término euroártico, empleado por los funcionarios de Bruselas, define los intereses de la UE en la región: llevar a cabo una política independiente más activa, aprovechando el entorno para fortalecer los lazos con los países del Atlántico Norte, desde Noruega y las Islas Feroe hasta Islandia y Groenlandia, sin olvidar, claro está a los aliados estratégicos clave, Estados Unidos y Canadá.

Los informes escritos en la (casi) ininteligible jerga comunitaria indican que la estrategia de Bruselas debe centrarse en cuestiones de seguridad en las que la UE puede desempeñar un papel importante, como la importación de minerales y materias primas, el uso de los sistemas de satélites civiles y militares, la conversión de la Unión en un actor geopolítico dispuesto a explotar activamente sus interdependencias económicas, es decir, el aprovechamiento de los múltiples recursos minerales de la región.

 

Parecen olvidar los autores del informe comunitario que el Ártico es, en realidad, un escenario de confrontación entre Rusia y Estados Unidos. Para Washington, la Federación Rusa representa una verdadera amenaza militar, teniendo en cuenta los vientos belicistas que soplan en el Viejo Continente. Y, reconozcámoslo:  Rusia, que cuenta con grandes reservas de petróleo y gas natural en el Ártico, lleva años reforzando su presencia militar con armamento de toda índole: submarinos, cohetes, tanques y aviones.  

Los analistas occidentales temen que Estados Unidos y Europa no puedan controlar los ansiados recursos energéticos y establecer un equilibrio estratégico en la región mientras Rusia siga colocando más personal civil y militar en el Ártico, haciendo que peligre – siempre según Occidente - el desarrollo económico y la seguridad de las demás naciones cuyos territorios soberanos se encuentran dentro del Círculo Polar: Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia.

En un sonado artículo titulado La batalla por el Ártico continúa y Estados Unidos ya están atrasados, el omnipresente secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, aseguró que tenía información fidedigna e inquietante sobre el aumento del contingente militar ruso en la zona.  

Afirma Stoltenberg que la defensa aérea de Rusia en la región está cubierta por los misiles S-400 y Pantsir. La brigada de fusileros motorizados 80 utiliza versiones especiales de vehículos todo terreno Vityaz capaces de operar en condiciones extremas, así como tanques T-80BVM.

La principal amenaza para Rusia es, sin duda, la flota de sofisticados submarinos de última generación de la Alianza Atlántica.

La estrategia militar del Ártico, lanzada en octubre de 2022 por el Pentágono, es mucho más agresiva e inequívoca que el discurso conciliador del Departamento de Estado, ya que proclama el deseo de posicionar a Norteamérica como primus inter pares en la competencia con el Kremlin.

 

El plan estratégico de los militares se basa en los siguientes componentes: 

 

1º – Seguridad

2ª - Cambio climático y protección ambiental

3º - Desarrollo económico sostenible

4º - Cooperación y Gobernanza Internacionales

 

En enero de 2021, el plan Restaurar el dominio en el Ártico elaborado por el Departamento de Defensa era mucho más explícito:

 

1º - Crear un cuartel general con brigadas de combate especialmente entrenadas y equipadas;

2º - Aumentar la preparación material de las unidades capaces de actuar en el Ártico;

3º - Mejorar la formación individual y colectiva en condiciones de montaña y alta montaña;

4º - Mejorar la calidad de vida de los militares, civiles y familiares que viven y trabajan en la región del Ártico.

 

Por ende, el Concepto Estratégico de la OTAN adoptado en la cumbre de Madrid de 2022 establece que la libertad de navegación a través del Atlántico Norte es un desafío estratégico para la Alianza.

 

Recapitulemos: submarinos atómicos, rompehielos, comandos especiales, artillería, tanques, misiles con ojivas nucleares.

 

Ahora bien: parafraseando al dramaturgo francés Jean Giraudoux podríamos decir que La guerra del Ártico no tendrá lugar. Mas escuchando las enigmáticas palabras de Antony Blinken, nos veríamos obligados a añadir: Al menos, de momento.

Sería licito preguntarse, pues: ¿Para qué sirven los embajadores en el Ártico?


martes, 14 de junio de 2022

El tío Joe y su nuevo desorden mundial

 

Más de un año tardaron los sherpas de la Casa Blanca y sus colegas del Departamento de Estado en ultimar los detalles del primer viaje presidencial a Oriente Medio. Un proyecto difícil, cuya materialización sufrió un considerable retraso debido al conflicto de Ucrania y sus efectos colaterales: el encarecimiento del precio de los crudos y el caótico estado del transporte marítimo, que afecta el suministro global de mercancías.

Por si fuera poco, las directrices provenientes del Despacho Oval eran muy claras: El presidente quiere que el viaje sea recordado como la culminación de la misión pacificadora de la Administración, enfocada en lograr resultados (positivos) para el pueblo norteamericano. Así de claro, pero…      

La visita de Joe Biden a Oriente Medio tendrá lugar del 13 al 16 de julio e incluirá escalas en Israel, los territorios palestinos y Arabia Saudita. Y no será forzosamente, un camino de rosas. La nueva fisionomía de la región, ideada por la Administración Trump, poco tiene que ver con el compungido Oriente Medio, atentico quebradero de cabeza para los diplomáticos estadounidenses. Los Acuerdos de Abraham, negociados por el equipo de Donald Trump, fueron aceptados – a veces, a regañadientes – por los Estados del Golfo, poco propensos a sellar las paces con Israel a cambio de nada. Pero el multimillonario neoyorquino reconvertido a político supo cuantificar el esfuerzo o sacrificio de cada uno de los actores. Con su mentalidad de hombre de negocios, Trump recurrió a la fórmula mágica: I buy! (compro). Fuera quedaron de este trato los principales interesados: los palestinos, quienes no tuvieron voz ni voto en el regateo de Washington con las capitales árabes y Tel Aviv. Alguien dijo en su momento que los Acuerdos Abraham eran una especie de contrato de compraventa aderezado con salsa diplomática. Por muy extraño que ello parezca, el engendro funciona.

Los asesores de Biden sugirieron al Gobierno israelí la convocatoria de una cumbre con los dirigentes palestinos, destinada a relanzar el moribundo proceso de paz interrumpido durante el mandato de Trump. Pero tanto el primer ministro israelí, Naftali Bennett, como el presidente de la ANP, Majmúd Abbas, descartaron la propuesta; ambos estiman que no se dan las condiciones para la reanudación del diálogo. Los israelíes apuestan por la desaparición física de Abbas y su sustitución por uno de los halcones de la cúpula palestina; Mahmúd Abbas, muy debilitado, se aferra al poder, bloqueando el proceso de renovación de las estructuras políticas de la Autoridad Nacional.

Los dirigentes israelíes estiman que después de la muerte de Abbas podrían iniciar el proceso de anexión territorial de Cisjordania, congelado in extremis en vísperas de la firma de los Acuerdos Abraham.

Lo que Israel reclama es la intervención del inquilino de la Casa Blanca para lograr la normalización de las relaciones con Arabia Saudita. En este caso concreto, la normalización se traduce por el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas, que las altas esferas del reino wahabita supeditan a la… solución de la cuestión palestina. ¿Otra misión imposible para Biden?

Otra, sí, puesto que el primer obstáculo para el diálogo entre Norteamérica y Arabia Saudita consiste en perdonar al príncipe heredero, Mohammed Bin Salman, su participación en el complot que desembocó en la muerte del periodista Jamal Khashoggi, comentarista del Washington Post.  Biden se comprometió a exigir su castigo el año pasado, cuando los servicios secretos estadounidenses lo implicaron en la trama asesina. Es, al parecer, la condición sine que non para el reseteo de las relaciones entre Washington y Riad. Pero hoy por hoy parece descabellado imaginar que el presidente de los Estados Unidos le pregunte a Bin Salman: ¿por qué mandó vuestra alteza real matar a un comentarista del Washington Post? Queda, pues, la otra opción; la del borrón y cuenta nueva, del muy socorrido:  Aquí no ha pasado nada…

Sin embargo, lo cierto es que pasaron muchas cosas. Los saudíes cuentan con el apoyo de la Casa Blanca en su combate contra el régimen de los ayatolás iraníes, sus archienemigos en la zona, con la entrega de sistemas de defensa antimisiles, indispensables para neutralizar los ataques de los rebeldes hutíes, con una mayor coordinación de las políticas regionales, que reforzaría el prestigio del reino en la región del Golfo Pérsico.

Por su parte, Biden quiere reclamar un incremento de la producción de petróleo saudí, que cubra el vacío dejado por la imposición de sanciones a la venta de crudo procedente de Rusia. En efecto, las sanciones han provocado un efecto boomerang: Occidente padece la falta de petróleo ruso.  

Conviene recordar que Arabia Saudita apoyó desde el primer momento la política petrolera de Rusia, manifestando su solidaridad con otro gran productor de oro negro. ¿Renunciar al compromiso con Moscú para sumarse al bando del Biden? Para los hombres del desierto, como el príncipe Bin Salman, ello supondría faltar a su palabra de honor. Y en el desierto, el honor es el bien más preciado.

jueves, 23 de abril de 2020

A por ellos...


Las reservas mundiales de petróleo se agotarán dentro de veinte o treinta años. Prepárense para la nueva era; la era de las restricciones. La advertencia, formulada en el invierno de 1972 por un alto cargo de la Compañía Nacional Iraní de Petróleo (NIOC), se convirtió en mi mantra durante lustros. Tardé en comprender el verdadero significado del mensaje: mi interlocutor se refería a las reservas mundiales de petróleo conocidas o, mejor dicho, inventariadas por los productores de oro negro: las multinacionales anglosajonas y las pocas empresas nacionalizadas por los regímenes autoritarios del mundo árabe.

A finales de la década de los 70 del pasado siglo, cuando los países miembros de la OPEP iniciaron un prudente acercamiento a los Estados productores de petróleo no miembros del cartel, los temores de los técnicos de Teherán parecían confirmarse. O tal vez…

¿Escasez o superabundancia? Los niveles de producción de los nuevos actores – los países de la no-OPEP, más conocidos en los últimos años como la agrupación OPEP+ - desvelaban nuevos horizontes. Entre los países que entraban en liza figuraban Rusia, los Estados Unidos, Canadá, México, Noruega, las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso. A más caudal, más competencia. La OPEP ya no podía fijar unilateralmente el precio de referencia de los crudos: sus nuevos socios - aunque siempre competidores – se regían por otros baremos.

Algunos de los recién llegados se sumaron al bloque liderado por Rusia. Otros, como por ejemplo Estados Unidos, Canadá o Brasil optaron por abrir otros frente: el de los independientes. Con razón: la multipolarización del sector afectaba sus intereses.

Durante décadas, la industria petrolera trató de ajustar los precios del crudo a la creciente demanda mundial y también a las cotizaciones, siempre al alza, de los países del “primer mundo” – Noruega, Canadá y los Estados Unidos, obligados a soportar costes de producción más elevados. Las plataformas del Mar del Norte empleaban tecnologías más sofisticadas que los pozos situados en los desiertos de Cercano Oriente; los yacimientos de Texas o Dakota funcionaban gracias a la fracturación hidráulica – el fracking  - método sumamente costoso, poco rentable en países donde el oro negro sale a raudales.
  
Durante décadas, el modus operandi funcionó. Sin embargo, hace 17 años, tras la aparición de otro virus chino, el SARS, los precios cayeron en un tercio y la economía mundial registró pérdidas estimadas en alrededor de 60.000 de millones de dólares. El mercado tardó más de un año en recuperarse.

A finales de 2019, los exportadores de petróleo advirtieron los primeros síntomas de una nueva recesión económica. El peligro de una pandemia estaba en el aire, pero no se había materializado. Sin embargo, los productores de la OPEP y, concretamente, Arabia Saudita, apostaron por una reducción sustanciosa de los niveles de producción, indispensable para mantener la cotización de los precios. La propuesta de Riad, que invalidaba el acuerdo con los miembros de OPEP+, contemplaba una disminución de 10 millones de barriles diarios e la producción de ambos bloques, contando también con la posible ¡y deseada! reducción de los independientes – Estados Unidos y Canadá.

Ante la negativa de Rusia de aceptar el ofrecimiento de Riad, los saudíes decidieron abrir el grifo, inundando el marcado con petróleo barato. La guerra entre los feudales de Riad y los apostatas de Moscú, finalizó la pasada semana con un inevitable acuerdo. Aún así, cabe suponer que la cotización del crudo no volverá a alcanzar los niveles del pasado año: la recesión económica y los efectos colaterales del coronavirus entorpecerán la recuperación.

¿Petróleo a 31, 32 ó 35 dólares por barril?  Rusia y Arabia Saudita pueden permitirse este lujo.  No es este el caso de los petroleros de Texas o Dakota. No hay que extrañarse, pues, si el día en que se dieron a conocer los detalles del nuevo acuerdo entre los dos grandes bloques, un ejecutivo de la compañía rusa de petróleo expresó su satisfacción con la escueta frase: Y ahora, a por ellos.

martes, 17 de marzo de 2020

El coronavirus acelera el desplome de los precios del petróleo


No va más, señores. Desde hace una semana, los países productores de “oro negro” tratan de controlar el impacto producido por la pandemia de coronavirus en la economía mundial. La espectacular caída de la cotización del petróleo – un 34 por ciento - en los últimos meses, recuerda la grave crisis  registrada durante el período 2014 – 2016, que sacudió los cimientos de las estructuras de los exportadores de crudo, desembocando en la firma de un acuerdo entre las dos grandes agrupaciones: la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP),integrada por  Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Irán, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Catar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Venezuela y Congo, y los países de la llamada OPEP+ , liderada por Rusia, tercer productor mundial de “oro negro”,  y compuesta por Egipto, Azerbaiyán, Kazajistán, México, Noruega, Omán, Rusia, Siria y Sudán.  Los dos bloques, que trataron de ignorarse durante décadas, establecieron contactos informales a finales de los años 70 del siglo pasado. La cooperación, rechazada por los jefes de fila de ambas agrupaciones -  Arabia Saudita y la ex Unión Soviética  - parecía incompatible. Los príncipes de Riad descartaban cualquier diálogo con los “herejes marxistas”; por su parte, los dueños del Kremlin se negaban a entablar conversaciones con la dinastía “feudal retrograda” de los Saud.

Aun así, al final de la “guerra fría” se divisó un tímido acercamiento entre los dos países. Los negocios son… negocios.
 
Dos décadas después, la faz del mundo había cambiado. El “nuevo orden mundial” de George Bush, la enigmática “globalización”, pregonada por los ultraliberales, el desmembramiento de la URSS y la atomización del impero soviético cambiaron los datos del problema. La altanera Rusia se había convertido en una potencia se segunda; el reino wahabita dejó de ser el incontestable líder de los países de la región del Golfo Pérsico. La inesperada “bonanza” de los emiratos, la prominencia de la revolución islámica del competidor iraní, la creciente penetración del chiismo en la región, acabaron con la aureola de la Casa de Saúd. Rusia a Arabia Saudita - potencias llegadas a menos – tenían buenas razones para sellar las paces. Y, sobre todo, las agrupaciones de países petroleros que ambos capitaneaban tenían interés en coordinar su actuación en los mercados internacionales. Se trataba de fijar precios, establecer cupos de producción, controlar las cuotas de mercado.
   
Es lo que sucedió a finales de la pasada semana, cuando los representantes de la OPEP y la OPEP+ los dos grupos se reunieron en Viena para estudiar la tónica del mercado y consensuar medidas para el mantenimiento de los precios.  Pero esta vez los intentos de concertación fracasaron. Rusia no era partidaria de reducir su producción de crudo para mantener la cotización del petróleo. Arabia Saudita puso en práctica sus amenazas: incrementar la producción, rebajar el precio del barril e inundar el mercado mundial. ¿Qué había sucedido?  Rusia y sus socios se negaron a reducir su producción en un 1,5 millón diario, como lo sugirió Arabia Saudita. Aunque Riad se comprometía a asumir el mayor porcentaje de la bajada, Moscú rechazó la propuesta. Su objetivo: compensar las pérdidas resultantes de la imposición de sanciones occidentales de 2014 con la venta de oro negro, incluso a precios más bajos. Los rusos habían barajado descensos del precio hasta los 35 dólares por barril. Sin embargo, estos cayeron por debajo de los 30 dólares.

Cierto es que el acuerdo de 2016 aportó a las arcas de Moscú alrededor de 88.000 millones de euros. Pero el descenso de la producción – incluso moderado – no estaba contemplado por los jerarcas rusos.

En realidad, tanto Rusia como Arabia Saudita pueden permitirse el lujo de competir “a la baja”. En ambos casos, sus reservas les permiten unos “sacrificios” de unos meses (hasta finales del año). Los auténticos perjudicados serían los productores norteamericanos, que desarrollaron una boyante industria petrolera basada en el “fracking”, técnica extremadamente costosa, que prosperó merced a los precios altos practicados por los demás productores. Es una de las razones – tal vez la más importante – por la que los rusos apuestan por el descenso de la cotización del oro negro.

Los “aliados” saudíes de Washington prefieren apostar por el mantenimiento de su cota de marcado, perjudicando a su vez los intereses directos de los norteamericanos.

El 8 de marzo, algunas publicaciones económicas afirmaron que Arabia Saudita planeaba aumentar la extracción hasta 12 millones de barriles diarios durante el mes de abril.

El 11 de marzo, la petrolera Saudí Aramco aseguró que había recibido la orden de elevar la producción a 13 millones de barriles diarios. Abu Dabi siguió el ejemplo de Riad, incrementando su producción hasta los 4 millones de barriles.

El lunes de la pasada semana, la cotización del crudo Brent se hundía hasta 31,43 dólares el barril, el petróleo estadounidense West Texas se desplomó a 29,73 dólares el barril. Ayer, lunes, el Brent se cotizaba a 31,41 dólares y el West Texas, a 28,86 dólares el barril. Y la guerra sigue.  Pero ya se sabe: “los negocios son… negocios”.

sábado, 26 de octubre de 2019

Siria: los aliados de Putin - Irán (I)


Tras la retirada parcial de las tropas estadounidense estacionadas en Siria - si bien los asesores militares abandonaron sus bases, Washington pretende mantener un reducido contingente encargado de proteger los yacimientos petrolíferos de la zona, controlados por Norteamérica desde hace ya algún tiempo – Rusia se ha convertido en la principal potencia protectora del régimen de Damasco. De hecho, el Kremlin no tardó en exigir al actual inquilino de la Casa Blanca la rápida evacuación de los guardianes del oro negro sirio, sabiendo positivamente que la solicitud tropezará con el contundente rechazo por parte de la Administración Trump.

Los estrategas rusos, ganadores de esta compleja partida de ajedrez que tiene por escenario el territorio de un país otrora independiente, cuentan en este inacabable conflicto con numerosos aliados y vasallos. Aliados circunstanciales y vasallos permanentes: la guerra les une, las ideologías les separa. Es este el caso de los dos principales protagonistas de la mal llamada guerra civil: Irán y Turquía.
   
Desde el estallido de la guerra, en marzo de 2011, Irán y Turquía han estado en bandos opuestos; Teherán y Moscú desempeñando un papel fundamental en la supervivencia del régimen de al Assad y Ankara instando a su derrocamiento y apoyando la  rebelión.

Si bien la decisión de Erdogan de invadir el territorio kurdo en Siria llevó al presidente iraní, Hasán Rouhani, a condenar la ofensiva militar, considerando que ésta aumentaría la inestabilidad regional, los máximos exponentes del estamento militar de Teherán estiman que el operativo bélico de Ankara podría redundar – a medio o largo plazo – en potenciales beneficios para los intereses de su país.

Irán nos ha suministrado armamento y equipos desde el comienzo de la guerra, recordaba Bashar al Assad en una reciente entrevista televisiva, aludiendo a la ayuda militar, financiera y política recibida de la república islámica.

Los estrategas iraníes no disimulan su interés en expandir el radio de acción de su controvertida política internacional. En ese contexto, la invasión turca les plantea serias dudas. Pero Teherán no quiere arriesgar su relación con Ankara, que le permite eludir las sanciones económicas estadounidenses y le brinda la oportunidad de seguir suministrando su gas natural a los países europeos. La mejor opción consiste, pues, en…emular el ejemplo de Turquía.
 
Paralelamente al operativo turco, Irán lanzó una ofensiva de gran envergadura en las inmediaciones de la frontera con el país otomano. A la infantería y los carros acorazados se sumaron unidades especializadas en la lucha antiterrorista acantonadas en Siria, donde Irán tiene alrededor de 70.000 combatientes.

Nuestra Fuerza Basij cuenta con 42 brigadas y 138 batallones, confesaba el general Hossein Hamedani, comandante del cuerpo expedicionario iraní, al que se sumaron miles de voluntarios afganos y paquistaníes.

Los objetivos de la actual ofensiva iraní: dejar constancia de su preparación ante los turcos y acallar las protestas de la minoría kurda de Azerbaiyán, que condena la pasividad de los muyahidín ante una posible campaña de limpieza étnica llevada a cabo por las tropas de Erdogan. 
   
Por último, aunque tal vez lo más importante: el despliegue en la zona de las milicias sunitas apoyadas por Turquía, que podrían limitar la maniobrabilidad de los iraníes. Junto al ejército turco combaten algunos grupos salafistas-yihadistas, como Hay’at Tahrir ash-Sham, Jaish al-Islam o Suqour al-Sham. Estas milicias, derivadas del tronco de al-Qaeda, perciben al Islam chiita como una herejía que conviene combatir.

También hay otro factor que explica, aunque no justifica, la presencia iraní: se trata de la dimensión étnico-nacional. Las aspiraciones nacionales de la minoría kurda plantean un gran desafío a los cuatro países de la región que cuentan con población kurda: Irán, Irak, Turquía y Siria. El precedente del territorio autónomo kurdo en Siria resulta inaceptable para el establishment iraní, que aún recuerda el levantamiento que llevó a la creación, en enero de 1946, de la República de Mahabad.

A pesar de los intentos de Teherán de apaciguar a su minoría kurda, estimada en unos ocho millones de personas, se registraron numerosas protestas anti turcas en todo el país.  Las manifestaciones llevaban un mensaje de unidad con los kurdos de Siria: Rojava, estamos contigo. (Rojava es el nombre del Kurdistán sirio). Los ayatolás temen que el proyecto de un Gran Kurdistán y los sentimientos de afinidad nacional entre kurdos podría dar lugar a disturbios étnicos, que se sumarían a la oleada de protestas de sus compatriotas iraníes que llevan ya algún tiempo desafiando a los ayatolas con el slogan: Marcharos de Siria; pensad en nosotros.

Como lo señalábamos anteriormente, la ofensiva turca podría promover los intereses de los gobernantes de Teherán. Con las unidades turcas en el noreste de Siria, una presencia iraní en la zona podría considerarse legítima. A pesar de la coordinación táctica entre Irán, Rusia y Turquía, el deseo de Ankara de expandir su "zona de seguridad"podría ayudar a Irán a alcanzar el ansiado corredor terrestre que ha estado tratando de establecer durante años desde la frontera noroeste de Irán, pasando por Irak y el territorio sirio, hasta el Mediterráneo.

El régimen iraní confía en que la comunidad internacional centre su interés en la agresión turca o la lucha contra el Estado Islámico para poder expandir su control sobre la región, con el objetivo de alcanzar la frontera de su archienemigo: ¡Israel!