Mostrando entradas con la etiqueta Nuevo Orden Mundial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nuevo Orden Mundial. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de abril de 2022

Biden y su Nuevo Orden Mundial, humillados por los príncipes del oro negro

 

Hay noticias que dan la vuelta al mundo y otras que, por inconfesables motivos, no logran circular. Curiosamente, se trata de informaciones complementarias, estrechamente ligadas a una cuestión clave. Sin embargo…

Va a haber un Nuevo Orden Mundial y tenemos que liderarlo. Y debemos unir al resto del mundo libre para hacerlo. El presidente Joe Biden pronunció estas palabras el 21 de marzo, primer día de primavera, ante un auditorio que congregaba a la flor y nata del mundo empresarial estadounidense. ¿Nuevo Orden Mundial? ¿Tenemos que hacerlo? ¿Liderarlo? ¿Otra conjura masónica o de los Illuminati?

En un país como los Estados Unidos, donde las sociedades supuestamente secretas proliferan, las tesis conspiracioncitas se difunden a velocidades supersónicas. El Imperator Biden lanza su cruzada globalista, insinúan los círculos ultraconservadores norteamericanos. Los europeos – algunos europeos – les siguen. Están acostumbrados a los zigzagueos de los inquilinos de la Casa Blanca. Pero no, no se trata de una mera ficción. El proyecto existe, pero tardará en florecer. Habrá que sortear muchos obstáculos, convencer a un sinfín de indecisos, o… fracasar.

Lo cierto es que la frase viral del presidente causó cierto malestar en las capitales europeas. Los políticos del Viejo Continente, más dados a valorar las medias tintas, miran con recelo los ataques de caudillismo de sus socios transatlánticos. Nada de frases tajantes ni de decisiones precipitadas. A veces, se les acusa de tibieza. Sin embargo, prefieren evitar las situaciones irreversibles. Con razón: Europa es un continente pequeño. El bombardeo de Belgrado, Dubrovnik o… Kiev producen secuelas incurables.

Si la noticia sobre el Nuevo Orden Mundial pregonado por Joe Biden se vivió casi en directo, poco trascendió sobre los discretos, cuando no, conflictivos preliminares, que desembocaron en la humillación del inquilino de la Casa Blanca y de su socio británico, Boris Johnson, empeñados en obtener el apoyo de los principales productores de petróleo en su cruzada contra la economía rusa. La verdad es que resulta sumamente molesto reconocer que tanto la Casa Real de Arabia Saudita como la dinastía de los Emiratos Árabes se negaron a contestar las llamadas telefónicas de Biden y las gestiones hechas in situ por el primer ministro británico. ¿El motivo? La Casa Blanca se había comprometido a suplir las exportaciones de gas y petróleo ruso destinadas a Occidente con productos norteamericanos o procedentes de países amigos de Washington. Pero a la hora de la verdad, los saudíes y los emiratíes prefirieron respetar sus compromisos con los demás miembros de la OPEP – Rusia incluida – que habían acordado no incrementar la producción de crudo hasta la primavera próxima. Biden trató de tocar a las puertas de sus archienemigos – Irán y Venezuela – pero tropezó con la negativa de éstos. Los príncipes del oro negro tienen un peculiar código de conducta.

¿Qué hacer con los excedentes de producción de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes? Aparentemente, compradores no faltan. China, que a la hora de la verdad tampoco quiere someterse a los ukases antirrusos de la Casa Blanca, se ofreció a adquirir petróleo saudí. El gigante asiático se ha convertido en el principal cliente de los wahabitas. Los chinos llevan seis años intentando persuadir a Arabia Saudí para que venda su petróleo en yuanes. Según el Wall Street Journal, la medida amenazaría seriamente el dominio global de los estadounidenses en el mercado petrolero y afectaría la supremacía del dólar.

Pero hay más: el acercamiento de los chinos al reino del desierto no se limita a la compra de petróleo. Los saudíes contaron con Pekín para la producción de sus misiles balísticos, el desarrollo del programa nuclear y las cuantiosas inversiones en los proyectos modernistas del príncipe heredero Mohammed bin Salman, gobernante de facto del reino.

Es cierto: los Estados Unidos se han comprometido a ofrecer apoyo estratégico a Arabia Saudita, pero la monarquía está descontenta con la falta de ayuda norteamericana en la guerra del Yemen, el interés de Washington en resucitar el acuerdo nuclear con Teherán o la caótica y mal explicada retirada de Estados Unidos de Afganistán. Y aunque nadie se pregunta abiertamente en Riad ¿qué hacer con amigos así? el interrogante queda en el aire.

A la humillación de Binen se suma la ira de Boris Johnson quien, tras haber intentado convencer a los saudíes y los emiratíes que no dejan de ser los socios internacionales clave de Occidente, se vio obligado a reconocer que en el recóndito universo de los hidrocarburos el fantasma de Rusia es omnipresente.

Sí, el orden mundial está cambiando. Es un hecho, no una frase viral.

martes, 17 de marzo de 2020

El coronavirus acelera el desplome de los precios del petróleo


No va más, señores. Desde hace una semana, los países productores de “oro negro” tratan de controlar el impacto producido por la pandemia de coronavirus en la economía mundial. La espectacular caída de la cotización del petróleo – un 34 por ciento - en los últimos meses, recuerda la grave crisis  registrada durante el período 2014 – 2016, que sacudió los cimientos de las estructuras de los exportadores de crudo, desembocando en la firma de un acuerdo entre las dos grandes agrupaciones: la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP),integrada por  Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Irán, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Catar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Venezuela y Congo, y los países de la llamada OPEP+ , liderada por Rusia, tercer productor mundial de “oro negro”,  y compuesta por Egipto, Azerbaiyán, Kazajistán, México, Noruega, Omán, Rusia, Siria y Sudán.  Los dos bloques, que trataron de ignorarse durante décadas, establecieron contactos informales a finales de los años 70 del siglo pasado. La cooperación, rechazada por los jefes de fila de ambas agrupaciones -  Arabia Saudita y la ex Unión Soviética  - parecía incompatible. Los príncipes de Riad descartaban cualquier diálogo con los “herejes marxistas”; por su parte, los dueños del Kremlin se negaban a entablar conversaciones con la dinastía “feudal retrograda” de los Saud.

Aun así, al final de la “guerra fría” se divisó un tímido acercamiento entre los dos países. Los negocios son… negocios.
 
Dos décadas después, la faz del mundo había cambiado. El “nuevo orden mundial” de George Bush, la enigmática “globalización”, pregonada por los ultraliberales, el desmembramiento de la URSS y la atomización del impero soviético cambiaron los datos del problema. La altanera Rusia se había convertido en una potencia se segunda; el reino wahabita dejó de ser el incontestable líder de los países de la región del Golfo Pérsico. La inesperada “bonanza” de los emiratos, la prominencia de la revolución islámica del competidor iraní, la creciente penetración del chiismo en la región, acabaron con la aureola de la Casa de Saúd. Rusia a Arabia Saudita - potencias llegadas a menos – tenían buenas razones para sellar las paces. Y, sobre todo, las agrupaciones de países petroleros que ambos capitaneaban tenían interés en coordinar su actuación en los mercados internacionales. Se trataba de fijar precios, establecer cupos de producción, controlar las cuotas de mercado.
   
Es lo que sucedió a finales de la pasada semana, cuando los representantes de la OPEP y la OPEP+ los dos grupos se reunieron en Viena para estudiar la tónica del mercado y consensuar medidas para el mantenimiento de los precios.  Pero esta vez los intentos de concertación fracasaron. Rusia no era partidaria de reducir su producción de crudo para mantener la cotización del petróleo. Arabia Saudita puso en práctica sus amenazas: incrementar la producción, rebajar el precio del barril e inundar el mercado mundial. ¿Qué había sucedido?  Rusia y sus socios se negaron a reducir su producción en un 1,5 millón diario, como lo sugirió Arabia Saudita. Aunque Riad se comprometía a asumir el mayor porcentaje de la bajada, Moscú rechazó la propuesta. Su objetivo: compensar las pérdidas resultantes de la imposición de sanciones occidentales de 2014 con la venta de oro negro, incluso a precios más bajos. Los rusos habían barajado descensos del precio hasta los 35 dólares por barril. Sin embargo, estos cayeron por debajo de los 30 dólares.

Cierto es que el acuerdo de 2016 aportó a las arcas de Moscú alrededor de 88.000 millones de euros. Pero el descenso de la producción – incluso moderado – no estaba contemplado por los jerarcas rusos.

En realidad, tanto Rusia como Arabia Saudita pueden permitirse el lujo de competir “a la baja”. En ambos casos, sus reservas les permiten unos “sacrificios” de unos meses (hasta finales del año). Los auténticos perjudicados serían los productores norteamericanos, que desarrollaron una boyante industria petrolera basada en el “fracking”, técnica extremadamente costosa, que prosperó merced a los precios altos practicados por los demás productores. Es una de las razones – tal vez la más importante – por la que los rusos apuestan por el descenso de la cotización del oro negro.

Los “aliados” saudíes de Washington prefieren apostar por el mantenimiento de su cota de marcado, perjudicando a su vez los intereses directos de los norteamericanos.

El 8 de marzo, algunas publicaciones económicas afirmaron que Arabia Saudita planeaba aumentar la extracción hasta 12 millones de barriles diarios durante el mes de abril.

El 11 de marzo, la petrolera Saudí Aramco aseguró que había recibido la orden de elevar la producción a 13 millones de barriles diarios. Abu Dabi siguió el ejemplo de Riad, incrementando su producción hasta los 4 millones de barriles.

El lunes de la pasada semana, la cotización del crudo Brent se hundía hasta 31,43 dólares el barril, el petróleo estadounidense West Texas se desplomó a 29,73 dólares el barril. Ayer, lunes, el Brent se cotizaba a 31,41 dólares y el West Texas, a 28,86 dólares el barril. Y la guerra sigue.  Pero ya se sabe: “los negocios son… negocios”.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Farhen sie nach West - recuerdos del Muro de Berlín


El Muro de Berlín… ¿Cómo no acordarme? Sucedió en 12 de agosto de 1961.  Recuerdo aquella noche de verano, el restaurancito francés junto a las murallas del Castillo de Praga, los tenues acuerdos del piano. Alguien – probablemente un afamando concertista - tocaba una sonata. ¿Beethoven? ¿Brahms? Poco importa; celebrábamos un cumpleaños, mi cumpleaños…

Pasada la medianoche, la centenaria puerta de madera se abrió chirriando. Al visitante lo reconocimos por la voz. Era Paco, el camarada Francisco, el republicano español que recorrió medio mundo antes de recalar aquí, cerca de Vysehrad: Francia, Rusia (ay, perdón: la Unión Soviética), Rumanía, Cuba…

Salud, camaradas. Traigo una gran noticia. Nuestros compañeros alemanes acaban de construir un muro en Berlín. Vamos a separar los dos sectores; los capitalistas ya no podrán venir a husmear en el Este, en la República Democrática… ¿Están de celebraciones? ¿Por qué no abrimos una botella de champán…? O… de vino.

Desafortunadamente, el camarada Francisco tuvo que contentarse con una pinta de cerveza de Pilsen. 
   
Unos meses antes, en el otoño de 1960, tratábamos de esquivar los atascos de Berlín oriental. Los viejos Trabant y los milagrosos Wartburg, orgullo de la industria automovilística de Alemania Oriental, tenían la pésima costumbre de  amontonarse a última hora de la tarde, provocando el habitual caos circulatorio. Había que tener nervios de acero para aguantar la barahúnda de aquellos vehículos de chatarra.

Al percatarse de nuestra desesperación, el Vopo (policía popular) encargado de dirigir el tráfico, nos indicó en voz baja: Fahren sie nach West – diríjanse hacia el sector occidental. Extraño consejo por parte de un representante de las fuerzas de seguridad de la República Democrática Alemana.

No volveré a Berlín; ya no podremos coger los atajos por el Oeste, pensé aquella noche. Pero sí, regresé a Berlín tres lustros después de la caída del Muro.

Nueve de noviembre de 1989. Trabajaba en un periódico español del que – confieso – no guardo los mejores recuerdos. Fue una época muy difícil de mi vida. Llevaba apenas tres meses en Madrid, después de una prolongada estancia en Oriente Medio. No conseguía tomar tierra, aclimatarme a la nueva situación. Mentalmente, aún vivía con la intifada palestina, con los niños de las piedras. Esperaba las galeradas de mi primer libro: Crónicas palestinas, que iba a publicarse a finales de mes. Pero aquella tarde…

Los redactores del pomposamente llamado turno de mañana nos aprestábamos a abandonar la redacción, cuando uno de los jefes, excelente profesional, entró vociferando en la sala: Ojo, algo está pasando en Berlín. Algo muy gordo…

Las primeras imágenes que aparecieron en la pequeña pantalla fueron impactantes. Grupos de jóvenes alemanes trataban de derribar el Muro. A las once de la noche, un policía del sector occidental abrió una puerta; una entrada minúscula. ¿Qué hacen ustedes aquí? preguntó sorprendido a la multitud  que se agolpaba del otro lado del Muro de Protección Antifascista (para algunos) o Muro de la Vergüenza (para otros). Oyó vagamente las palabras de un joven alemán oriental: Somos libres.

Me quedé en la mesa de redacción hasta el cierre de la primera edición del diario. Al jefecillo que vino a darme las gracias por el esfuerzo le respondí: No hay de qué; soy periodista. Algo importante había pasado aquella noche. 

Unas semanas más tarde, los entonces Presidentes Bush y Gorbachov se reunían en Malta. Estábamos completamente desconcertados. Recuerdo los múltiples y embarullados encuentros con mis compañeros; tratábamos de contestar a la pregunta: Ahora que el Muro ha caído, ¿qué nos depara el porvenir?  
Probablemente, nada bueno, concluimos.

En enero de 1990, George H.W. Bush, 41º Presidente de los Estados Unidos y ex director de la CIA, anunciaba la llegada de la… globalización. 

Algo así como el Fahren sie nach West, pero esta vez en boca del superintendente de las fuerzas del Nuevo Desorden mundial.

domingo, 2 de diciembre de 2018

De la guerra fría al nuevo caos mundial


Escribo estas líneas un 2 de diciembre, al cumplirse 29 años desde el final de la guerra fría. En efecto, el parte de defunción del conflicto que enfrentó durante más de cuatro décadas dos sistemas con ideología y políticos diferentes – el capitalismo y el comunismo – se firmó en Malta, al término de la cumbre sovieto-norteamericana celebrada los día 2 y 3 de diciembre de 1989.  Los protagonistas de aquel encuentro fueron George Bush, entonces presidente de los Estados Unidos y Mijaíl Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Ambos líderes parecían dispuestos a abandonar la confrontación para centrarse en un nuevo proyecto: la edificación del Nuevo orden mundial.

Hagamos memoria: La Guerra Fría (1947-1991) fue un estado de tensión que surgió después del final de la Segunda Guerra Mundial y duró hasta las revueltas registradas en los países de Europa Oriental en 1989.  En el conflicto Este – Oeste  enfrentaron dos grupos de estados: la URSS y sus aliados, agrupación comúnmente conocida como el Bloque Oriental, y Estados Unidos y sus socios, conocidos con el nombre de Bloque Occidental.

A nivel político-militar, los bloques estaban representados por dos alianzas:  la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la derrotada Alemania se dividió en cuatro zonas de ocupación: norteamericana, soviética, británica y francesa. También quedó dividida su antigua capital, Berlín, sede de la Comisión de Control Aliada.

El Muro de Berlín, símbolo de la Guerra Fría, fue - durante más de dos décadas – la barrera de separación entre la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana.

En el plano ideológico-político, la guerra fría fue una confrontación entre las democracias liberales y los regímenes totalitarios. Ambos campos se definían a sí mismos en términos positivos: el bloque occidental se autodenominaba mundo libre o sociedad abierta, mientras que el bloque oriental había escogido los apelativos  de mundo antiimperialista o democracias populares.

La guerra fría, exenta de conflictos bélicos, generó, sin embargo, una vertiginosa campaña armamentista. Las dos superpotencias se equiparon con armas nucleares; sus respectivos arsenales podían aniquilar 20 ó 30 veces las poblaciones del llamado campo enemigo. Surgió, pues, la estrategia de disuasión, es decir, de inevitable bloqueo de la parte adversa. Las negociaciones de desarme llevadas a cabo en Ginebra y, más tarde, en Viena, lograron contener el ímpetu de los estrategas militares.

En 1989, las tropas soviéticas iniciaron su retirada de Afganistán.  Al año siguiente, en 1990, el Kremlin dio luz verde a la reunificación de Alemania. Tras la caída del Muro de Berlín, Mijaíl Gorbachov sugirió la edificación de la Casa Europea Común.  El resultado es harto conocido: Gran Bretaña apostó por el abandono de la Unión Europea, algunos de los recién llegados bajo en techo de Bruselas – Hungría y Polonia – barajan la opción de alejarse del club.

La desaparición de la guerra fría no redundó en la ansiada globalización. Nos preguntamos en aquél entonces si el Nuevo Orden Mundial, sistema propuesto por los dueños del mundo  favorecerá a los pobladores del planeta. Ni que decir tiene que la respuesta inequívoca es: NO. Este supuesto Orden trajo mucho más desorden, muchas más temores, más desigualdades. Hoy en día, los misiles de la no extinta OTAN, trasladados desde la línea Oder-Neisse a la nueva frontera, mar Báltico - mar Negro, apuntan los objetivos del viejo enemigo: Rusia.  Nada que celebrar, pues.