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domingo, 1 de agosto de 2021

La otra Europa – entre la soberanía nacional y los ucases de Bruselas


Leo en un resumen de prensa de Europa oriental:  Ha comenzado la guerra fría en el corazón de Europa: entre la soberanía nacional y el Gobierno de Bruselas. Curiosamente, en la otra extremidad del Viejo Continente, en la otra Europa, el enfrentamiento entre el Gobierno del conservador húngaro Viktor Orban y las altas instancias comunitarias tiene connotaciones distintas. No se trata de demonizar una ley que prohíbe los cursos de orientación sexual en colegios y liceos, sino ¡ay! de una flagrante injerencia de los eurócratas en los asuntos de un país miembro de la Unión. 
La otra Europa. Resulta sumamente difícil para un habitante de Europa occidental imaginar que más allá de los confines orientales de la opulenta Alemania surge otro continente, distinto y desconocido: la otra Europa. Un continente integrado por los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, la pacifica organización de defensa creada por el Kremlin en 1955 para hacer contrapeso a la Alianza Atlántica, la no menos pacífica agrupación fundada por los países occidentales en 1949.
En la década de los 80 del pasado siglo, George Bush y Mijaíl Gorbachov optaron por una redistribución del poder. La URSS renunció, al menos aparentemente, a su vocación de líder del campo marxista leninista; la Casa Blanca decidió poner fin a la Guerra Fría. El nuevo ordenamiento ideado por los grandes de este mundo comprendía la desaparición de los bloques militares. Rusia desmanteló su alianza militar; Norteamérica ingurgitó a los antiguos aliados del Kremlin. Los confines entre la OTAN y la Federación Rusa se trasladaron al Mar Báltico y el Mar Negro. Los otros europeos, rescatados por la Alianza Atlántica, fueron autorizados a solicitar su adhesión a las instituciones europeas. Hungría se convirtió en miembro de la UE en mayo de 2004. Empezaba un largo camino que llevó… al cisma.
En sus andanzas, los húngaros fueron acompañados por los miembros del Grupo de Visegrado - Eslovaquia, Polonia y la República Checa – un organismo que pretendía resucitar el pacto de no agresión y cooperación económica sellado en 1335 por los reyes de Hungría, Polonia y Bohemia. Huelga decir que, en este caso concreto, los signatarios – el checo Vaclav Havel, el polaco Lech Walesa y el húngaro Josef Antall – representaban las democracias modernas surgidas del Tratado de Versalles, que consagró el final de la Primera Guerra Mundial y la desaparición de los grandes imperios europeos.
El Grupo de Visegrado, creado para acelerar el proceso de integración de los países excomunistas de Europa Central en la UE, denunció en reiteradas ocasiones la postura altanera de los eurócratas de Bruselas, empeñados en aplicar a los Estados de la otra Europa una serie de medidas inadecuadas, es decir, poco conformes con la idiosincrasia de los pobladores de la región. A finales de 2016, los miembros del Grupo barajaron la posibilidad de ¡abandonar la UE! considerando que algunas políticas de normalización legislativa elaboradas por la Comisión contravenían los intereses nacionales del Grupo. Se trataba, en realidad, de defender el sacrosanto concepto de soberanía nacional, pisoteado durante décadas por los dueños del Kremlin. Si bien algunos países occidentales parecen más propensos a renunciar a parcelas de soberanía, los antiguos vasallos de Moscú no están dispuestos a transigir con los derechos de sus ciudadanos.
Polonia fue el primer país en apartarse de la ortodoxia bruselense, atentando contra la independencia del sistema judicial y tolerando la discriminación de la comunidad LGTBI+. De nada sirvieron las protestas de las instituciones comunitarias ni las sanciones económicas impuestas al Gobierno de Varsovia. En realidad, las raíces del problema son ideológicas, no económicas. Es algo que los eurócratas se niegan a reconocer.
En las últimas semanas, la batalla se trasladó a Hungría, otro país díscolo que rechaza la promoción de las llamadas alternativas sexuales en su sistema de enseñanza. ¿La orientación sexual en los colegios? Según el equipo del primer ministro conservador (léase demócrata cristiano) Viktor Orban, se trata de una apuesta de vida o muerte de quienes dirigen la UE que, sólo por el bien de las minorías sexuales, han iniciado una guerra fría en Europa central.   
La diferencia entre Hungría, que se opone a la introducción de la educación LGBTI+ en las escuelas y la Comisión estriba en la extensión del poder comunitario sobre estados soberanos. En otras palabras, la Comisión Europea quiere convertirse, según Viktor Orban, en un gobierno comunitario por encima de los Estados soberanos.
La guerra entre los políticos que defienden la identidad de sus países y los burócratas de Bruselas se ha intensificado en el último semestre.
Ahora no se trata sólo de los gays y otras minorías sexuales. De hecho, se oponen dos visiones irreconciliables: la globalista, que quiere ampliar el poder de Bruselas sobre las políticas de los Estados nacionales, y otra que quiere preservar el statu quo de la Unión y el principio fundamental de subsidiariedad. Esto significa respetar la soberanía interna de cada Estado y su derecho a decidir su propio destino.
Las trincheras excavadas en este conflicto separan gradualmente a otros países del espacio excomunista de las ideologías políticamente correctas promovidas por Bruselas, como respuesta instintiva a un tipo de política dirigista, a la que estos estados estaban acostumbrados cuando vivían bajo la tutela de la madre Rusia. Lo que el disidente ruso Vladimir Bukovski había presentido al vaticinar que la Unión Europea tendería a convertirse en una nueva URSS.  Algo que la otra Europa aborrece. 

lunes, 12 de octubre de 2020

Cercar a Rusia

 

Rusia está trayendo nuevos aliados al Mar Negro. Buques de guerra egipcios participarán en maniobras navales conjuntas en la región. La noticia, divulgada hace apenas unos días por el Departamento de Información de la Flota Rusa del Mar Negro, causó cierta preocupación tanto en los círculos atlantistas de Bruselas como en las Cancillerías de algunos países ribereños miembros de la Alianza Atlántica. ¿Qué hacen aquí – en el Mar Negro – los aliados de Rusia? Extraña pregunta, teniendo en cuenta que el cuartel general de la Armada rusa se encuentra en Sebastopol, en la península de Crimea. 

Un escueto comunicado del servicio de prensa de la marina rusa despejó la incógnita: navíos de guerra egipcios participarán, junto con los rusos, en las maniobras navales Friendship Bridge 2020 (Puente de la amistad), que se celebrarán en el Mar Negro. Las embarcaciones, que contarán con el apoyo de la Fuerza Aérea rusa, realizarán lanzamientos de misiles, tiros de artillería, ejercicios de rescate, desembarco de tropas y reabastecimiento de navíos, búsqueda y localización de barcos enemigos. En resumidas cuentas, seguirán un guion muy parecido, casi idéntico, al de los ejercicios navales organizados habitualmente por Turquía – miembro de la OTAN - con la participación de sus aliados: Estados Unidos, Inglaterra, Francia. Pero en el caso de Rusia, se trata de una inquietante novedad.   

Cierto es que los barcos de la Alianza Atlántica llevan años surcando en estas aguas. A veces, su presencia resulta demasiado inoportuna; en principio, el Convenio de Montreux de 1936 limita el acceso de barcos de guerra pertenecientes a países no ribereños en la zona. Sin embargo, durante las maniobras Cáucaso 2020, celebradas el pasado mes de septiembre en el sureste de la Federación rusa, la OTAN había movilizado un destructor y un navío para el desembarco de tropas de la Armada estadunidense, así como un barco francés de transmisiones marítimas, encargado de supervisar las comunicaciones radiofónicas de la región. En este caso, no se trataba de una primicia; las tropas estadounidenses, acompañadas por aliados de la OTAN participan, desde hace años, en maniobras conjuntas con el ejército de Georgia, antigua república soviética que solicitó su ingreso en la Alianza Atlántica después de la guerra de Osetia de 2008. Sin embargo, los estrategas occidentales estiman que la perspectiva de un nuevo enfrentamiento entre Tiblisi y Moscú desaconseja, por ahora, la integración del país caucásico en la OTAN. Los riesgos de un conflicto abierto con Rusia serían demasiado elevados.  

Otros países del universo postsoviético situados en los confines occidentales de la Federación rusa – Ucrania y la República Moldova – reciben periódicamente la visita de brigadas motorizadas estadounidenses. Las autoridades de Kiev desean apurar su adhesión a la Alianza, confiando en el hipotético blindaje de Occidente en un enfrentamiento con Rusia. Hoy por hoy, la OTAN prefiere no desoír las reiteradas advertencias de Moscú. Ucrania es, qué duda cabe, un manjar muy sabroso, pero ya se sabe: la avaricia…

Distinto es el caso de la República Moldova, donde los peones del Kremlin controlan las instituciones. Moldova adhirió a la Asociación para la Paz de la OTAN, pero la mayor parte de las decisiones estratégicas siguen tomándose en… Moscú. Los intentos de reunificación con Rumanía – uno de los baluartes del atlantismo en el Este europeo – fracasaron. Si bien los rumanos no dan por perdido en proyecto, son conscientes de la dificultad de superar los obstáculos impuestos por el Kremlin.

En resumidas cuentas: con una Bielorrusia que sigue en la órbita de Moscú y una Moldova sometida a los ukases de la clase dirigente rusa, el cerco a la Madre Rusia ideado hace más de dos décadas por los politólogos de Yale no parece, hoy por hoy, materializable.

Después de la desintegración de la Unión Soviética, el cabio de rumbo de los países de Europa oriental y el inevitable desmantelamiento del Pacto de Varsovia, al Kremlin sólo le quedan cinco aliados: Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán y Turkmenistán, integrados, eso sí, en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), la versión rusa de la OTAN. La organización pretende defender la política euroasiática de Putin, una original variante geoestratégica elaborada por la derecha nacionalista.

¿Los aliados de Moscú? En Bielorrusia soplan vientos de cambio, Armenia ha sido arrastrada, por obra y gracia de Ankara, en el conflicto con Azerbaiyán por el enclave de Nagorno Karabaj, Kirguistán tiene que hacer frente a una oleada de disturbios callejeros.  Los problemas de inestabilidad de los vecinos repercuten seriamente en la política del Kremlin.

Sin embargo, portavoz oficial de Vladimir Putin, Dimtri Peskov, trata de minimizar el alcance de los conflictos. ¿Hablar de un cerco a Rusia? ¡Eso parece absurdo! Existe un potencial de conflicto que se concentra alrededor de nuestras fronteras, pero la inestabilidad es un fenómeno generalizado, afirma Pleskov, recordando los problemas de Europa occidental después del Brexit, las protestas contra la discriminación racial en los Estados Unidos, la rebelión de Turquía contra sus aliados de la OTAN, la interminable batalla contra el coronavirus.  

¿Perspectivas? Es cierto que los repuntes pueden degenerar en una guerra mundial, el establecimiento de un nuevo orden planetario o… limitarse a pequeños terremotos, que permitirán reducir las tensiones y aliviar la situación. Pero por favor, no se les ocurra hablar del cerco a Rusia.  

¿Tan lejos queda el recuerdo del Pacto Molotov – Ribbentrop?


domingo, 4 de agosto de 2019

El legado de un Premio Nobel de la Paz



Trato de repasar, por enésima vez, los titulares de la prensa de hoy.  Resultan desconcertantes, cuando no incomprensibles. Al parecer, la ruptura del acuerdo sobre misiles nucleares de medio y corto alcance (INF), deseada por Washington y anunciada con fanfarrias por Donald Trump, resucita el temor al posible y más que probable rearme atómico. Mas parece que el verdadero peligro proviene de Rusia, cuyos gobernantes contemplan una carrera armamentística sin límites, destinada a preservar su hegemonía nuclear. Extraño mundo este, en el que las dos superpotencias optan por renunciar a las pocas cláusulas de salvaguardia ideadas para librarnos del equilibrio del terror.

¿Quién podría haber imaginado, allá por la década de los 80 del pasado siglo, cuando Washington y Moscú trataban de eliminar los obstáculos generados por la desconfianza mutua, que el mundo volverá a la incredulidad de los años 50,  que los aliados de la Segunda Guerra Mundial, artífices de la victoria contra el nazismo, iban a convertirse en irreconciliables rivales?  El camino recorrido al término de la contienda fue largo y tortuoso.  Después del apocalipsis de Hiroshima y Nagasaki, rusos y norteamericanos no tardaron en blandir el espectro de la bomba atómica, de la destrucción total. Pero no tardaron en comprender que la apuesta era demasiado arriesgada.   

En los años 60, las grandes potencias deciden resucitar un viejo mito de la diplomacia multilateral: las consultas sobre desarme, celebradas durante el mandato de la extinta Sociedad de las Naciones en la aletargada ciudad de Ginebra. El proyecto acabó siendo muy fructífero. Tras la elaboración y la firma del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, los expertos negociaron los tratados SALT I y SALT II, sobre la limitación de sistemas de misiles antibalísticos, START I y START II, sobre la reducción de armas estratégicas y, finalmente, el tratado INF sobre la eliminación de misiles nucleares de medio y corto alcance o euromisiles, instrumento deseado por los países del Viejo Continente, que se hallaban en el teatro de combate de la OTAN y el Pacto de Varsovia.

Curiosamente, las primeras críticas relativas a la supuesta ineficacia o inoperancia  del INF fueron formuladas en 2014 por el entonces Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, el Premio Nobel de la Paz que dispuso el traslado de las tropas de la OTAN estacionadas en Europa central hacia la frontera con la Federación Rusa. Obama acusó al Kremlin de haber infringido en tratado al desarrollar un nuevo misil de crucero, SSC - 8, capaz de alcanzar objetivos estratégicos situados en Occidente. Fue este el argumento esgrimido por su sucesor, Donald Trump, al anunciar años más tarde el abandono del Tratado INF por parte de los Estados Unidos. ¿Pura casualidad?

Haciendo honor a su habitual incoherencia, Trump aprovechó la ruptura del compromiso para instar a Rusia y a los demás miembros del “club nuclear” – Francia, Reino Unido, China, India, Paquistán, Israel, Corea del Norte - a negociar un nuevo tratado sobre la prohibición de armas atómicas. Paralelamente, la Administración norteamericana filtró la noticia sobre el despliegue de misiles estadounidenses en Asia, en las inmediaciones de la frontera con la Federación Rusa. ¿Otra casualidad?

Qué duda cabe de que la vuelta a la inestabilidad y al terror nuclear está servida.

miércoles, 17 de julio de 2019

De la caída del Telón de Acero a la segunda Guerra Fría


Mientras los convencidos europeístas se aprestan a celebrar con toda pompa el 30 aniversario de la caída del Telón de Acero, los fervorosos atlantistas prefieren dirigir sus miradas hacia el más que incierto futuro, persuadidos del advenimiento de una nueva Guerra Fría.

Pero vayamos por partes. Oficialmente, el Telón de Acero dejó de existir el 11 de septiembre de 1989, tras la apertura de la frontera entre Hungría y Austria. Decenas de miles de ciudadanos de la República Democrática Alemana esperaban el gesto simbólico de las autoridades de Viena; un gesto liberador. La verja cerrada a cal y canto durante cuatro décadas se abrió como por arte de magia, allanando el paso de ciudadanos del campo socialista hacia el ansiado mundo libre. En pocas horas, alemanes, polacos, checos y húngaros descubrieron las dichas de la otra Europa, el universo de la sociedad de consumo. No tardaron mucho en familiarizarse también con sus desdichas…

Los politólogos y diplomáticos occidentales acogieron la noticia con inexplicable calma, véase resignación. Hacía más de una década que las cancillerías habían barajado esta posibilidad. De hecho, el Acta final de la Conferencia de Helsinki sobre Seguridad y Cooperación en Europa contemplaba el inevitable acercamiento entre el Este y el Oeste. Pero de ahí a soñar con la apertura de fronteras…

En realidad, las fisuras en el telón aparecieron al cabo de un lustro, al sumarse a las buenas palabras de la Declaración de Helsinki la actuación del sindicato polaco Solidaridad, la proliferación de grupúsculos liberales incrustados en el establishment político de las llamadas democracias populares, el impacto de la Primavera de Praga, la perestroika de Mijaíl Gorbachov. El proceso, aparentemente lento, se tradujo en fructíferos resultados. Sin embargo…

La desaparición de los dos bloques rivales, el ocaso de las ideologías, el mal llamado pensamiento único y la galopante globalización – camino que no lleva a ninguna parte -  lograron cambiar la faz del Viejo Continente.

Los países de Europa oriental, recién integrados al Club de la Opulencia no lograron asimilar los cambios sociales. Curiosamente, su precipitado ingreso en la OTAN y la Unión Europea, no de tradujo en sustanciosas mejoras para el bienestar de la población. A los escasos niveles de desarrollo económico acabaron sumándose tentaculares redes de corrupción. Unas perspectivas poco halagüeñas para efectuar la transición hacia modelos democráticos. Las consecuencias son harto conocidas.

La Segunda Guerra Fría

Huelga decir la ampliación de la Europa comunitaria no logró eclipsar el otro aspecto del proyecto continental: la defensa común. ¿Defenderse? ¿Contra quién? El Pacto de Varsovia, hipotético contrincante de la OTAN, había desaparecido. Los Estados que lo integraban forman parte actualmente de la Alianza Atlántica. Rusia se quedó sola.

La aparente soledad del Kremlin se convirtió en la baza de los atlantistas, dispuestos a dar el golpe de gracia al oso ruso.  Con las tropas de la Alianza desplegadas en los confines de la Federación Rusa – la vieja línea Oder-Neisse se había desvanecido – los estrategas de la OTAN tratan de encontrar nuevos subterfugios para justificar la ansiada confrontación con el Kremlin.  Incidentes navales, violación del espacio aéreo, fabricación y almacenamiento de nuevos misiles de medio y largo alcance… En realidad, todos los pretextos son válidos. Barack Obama envió unidades terrestres, blindados y aviones de combate a los países de Europa Oriental; Donald Trump denunció tratados de desarme negociados hace más de dos décadas. Cada movimiento iba acompañado por una advertencia: Rusia no quiere la paz.

Lo cierto es que los rusos controlan actualmente el 48 por ciento de las armas nucleares almacenadas por las superpotencias.

El Tratado INF, firmado por los Estados Unidos y la URSS en 1987, prohibió los misiles lanzados desde el suelo, capaces de transportar ojivas nucleares a una distancia de entre 500 y 5.500 kilómetros.

¿Existe un peligro real de enfrentamiento nuclear? ¿Cómo respondería Washington a un ataque lanzado desde Rusia?

El general David Goldfein, jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire no descarta esa posibilidad. Más aún; se dedica a airear las medidas que se tomarían en caso de una ofensiva nuclear rusa.  En una entrevista concedida al rotativo británico Daily Express, asegura que Estados Unidos y sus aliados de la OTAN contemplarían un ataque global.

Prácticamente, en una etapa temprana de un ataque ruso, los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN lanzarán un contraataque de gran envergadura, que involucraría a las fuerzas especiales, la aviación, la actuación de comandos, amén de ataques cibernéticos. Sin olvidar, claro está, la intervención de submarinos nucleares o de los modernísimos cazas F-35, capaces de interceptar y destruir los misiles balísticos rusos.

Una visión catastrofista, que recuerda el caustico humor ruso de la década de los 60. 

¿Qué hacer en caso de un ataque nuclear?

Coger una sábana blanca y dirigirse en fila india hacia el cementerio.

¿Por qué en fila india?

Para que no cunda el pánico.

Avisados estamos…

sábado, 6 de abril de 2019

Rusia - OTAN: ¿qué se os ha perdido aquí?


La OTAN tiene que responder a los desafíos de Rusia. De lo contrario, corremos el riesgo de ver aviones rusos sobrevolando Praga, Varsovia y por qué no, Berlín. Sus provocaciones sirven para averiguar hasta dónde llega nuestra paciencia. El tono grave de Andrzej Duda recuerda el discurso catastrofista de la década de los 50 del pasado siglo, cuando los políticos de los dos lados del Telón de Acero solían emplear en sus intervenciones radiofónicas una gran dosis de histerismo para convencer a los ciudadanos europeos de la inminencia de una nueva confrontación bélica.

Había, en aquella Europa dividida, dos bloques militares: la Alianza Atlántica, liderada por los Estados Unidos, que congregaba a los países de Europa occidental, y el Pacto de Varsovia, contrarréplica ideada por Moscú, integrada por los miembros del llamado campo socialista, es decir, los Estados de Europa del Este, entregados al Kremlin por los acuerdos de Yalta. Ambas agrupaciones militares hacían alarde del carácter defensivo de sus respectivas alianzas. Luchamos por la paz, era el slogan empleado por el Pacto de Varsovia. Protegemos al mundo libre, era el lema de la Alianza Atlántica. En realidad, ambos bandos se dedicaban a reforzar sus estructuras militares, haciendo acopio de armamentos supersofisticados. La paz era una paz armada, la protección, garantizada por los uniformados.

Las negociaciones de desarme, iniciadas en la década de los 60 en Ginebra, desembocaron en la firma del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. El equilibrio del terror incitó a las dos superpotencias nucleares – Estados Unidos y la URSS – a proseguir las consultas sobre limitación de armamentos. En el monumental palacio ginebrino, primitiva sede de la extinta Sociedad de las Naciones, se gestaron el Tratado sobre Misiles Anti-Balísticos (ABM), los acuerdos sobre la limitación de armas estratégicas (SALT I) y los misiles balísticos intercontinentales (SALT 2), sobre la reducción de ofensivas estratégicas (SORT) o la limitación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), amén de otras medidas colaterales, modestas o ambiciosas, que se suman al elenco de éxitos de la diplomacia multilateral. En realidad, este frágil diálogo sirvió de puente entre Oriente y Occidente durante primera etapa de la llamada política de contención global, período de crispación extrema de la guerra fría.

Con el paso del tiempo, el discurso de los exponentes de los dos pactos militares empezó a moderarse. Pero el primer cambio significativo se produjo tras la firma, en 1975, de la Declaración de Helsinki, instrumento no vinculante, que establecía las normas de buena conducta llamadas a regir las futuras relaciones entre el Este y el Oeste. Conviene señalar que los participantes en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa volvieron a reunirse en Belgrado, Madrid y Viena. Su labor quedó interrumpida en 1990, coincidiendo con el desmembramiento y  la anunciada desaparición del bloque comunista.

En efecto, la reunión entre los presidentes de los Estados Unidos, George H. Bush, y de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, celebrada en Malta en diciembre de 1989, pocas semanas después de la caída del Muro de Berlín, cerró el largo paréntesis de la llamada coexistencia pacífica entre las agrupaciones rivales, separadas por el cada vez más permeable Telón de acero. La obsoleta política de distensión daba paso al Nuevo Orden Mundial o, mejor dicho, a la  globalización.

Los cambios no tardaron en materializarse: Checoslovaquia, Hungría y Polonia abandonaron el Pacto de Varsovia a comienzos de 1991. Tras la retirada de los demás Estados miembros, la disolución de la alianza se formalizó en julio del mismo año. El Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAEM) había firmado su parte de defunción hacia finales del mes de junio.

En 1999, los Gobiernos de Praga, Budapest y Varsovia anunciaban la integración de sus respectivas estructuras de defensa en la OTAN. Los demás miembros del Pacto de Varsovia se adhirieron a la Alianza Atlántica en 2004. La Europa de los bloques, vestigio de la guerra fría, se había convertido en un imponente espacio de defensa continental.

Huelga decir que esta ampliación de la OTAN suscitó reticencias en la otra orilla del Atlántico. Una cuarentena de politólogos y expertos militares norteamericanos expresaron su preocupación ante la expansión costosa e innecesaria de la Alianza. Aparentemente, Rusia había dejado de ser una amenaza para la paz mundial. Pero su percepción cambió en 1995, al estallar en conflicto de Chechenia.

Uno de los compromisos adquiridos por la OTAN en la década de los 90 fue el mantenimiento del statu quo estratégico en el Viejo Continente. La Alianza debía garantizar la permanencia de los contingentes acantonados en la orilla occidental de la línea Oder – Niesse en las bases creadas durante la guerra fría. Sin embargo…

El traslado masivo de tropas aliadas hacia las instalaciones de Europa oriental empezó a producirse en los últimos meses de 2015, coincidiendo con el final del mandato del Nobel de la Paz Barack Obama. Americanos, canadienses, británicos, alemanes, holandeses y españoles tomaron posesión sigilosamente de los principales puntos estratégicos de la línea Mar Báltico – Mar Negro.  En la cumbre de Varsovia de 2016, la OTAN consagró la nueva frontera, situada en los confines de Rusia.

Durante el insólito aquelarre polaco, apropiadamente publicitado en los medios de comunicación de Europa del Este ex socios de la Unión Soviética, Donald Trump aludió en varias ocasiones al ejemplo polaco. ¿Mero gesto de cortesía para con los anfitriones de la conferencia? No, en absoluto. El inquilino de la Casa Blanca sentaba las bases de una nueva estrategia: la expansión de la presencia militar estadounidense en Europa oriental. En efecto, las autoridades de Varsovia habían solicitado el establecimiento de una base norteamericana en su suelo. El proyecto, evaluado en unos 2.000 millones de dólares, recibió luz verde esta semana, antes de la celebración en Washington del 70º aniversario de la Alianza Atlántica.

Entre las alegaciones de los polacos destacan las violaciones del espacio aéreo por cazas rusos, las amenazas cibernéticas, la difusión de noticias falsas, el empeño de Rusia de influir en los procesos electorales de otros países, manifestaciones de poder y arrogancia del Kremlin, según las autoridades de Varsovia. Curiosamente, ningún político aludió la tradicional enemistad entre polacos y rusos, común denominador de las accidentadas relaciones bilaterales. Para los habitantes de Polonia, los enemigos de sus enemigos han de ser, forzosamente, sus amigos.

Actualmente, hay alrededor de 4.500 soldados estadounidenses estacionados en Polonia. Al contingente americano se suma una brigada de la OTAN, integrada por 3.500 soldados británicos, rumanos y croatas. Se especula con la llegada de otros invitados.

Más discreta fue la llegada de las unidades aliadas a Rumania, otro de los países clave para la ofensiva hacia el Este. Los militares americanos llegaron a finales de 2015 a la base aérea de Kogalniceanu, antiguo aeropuerto civil convertido en pista de despegue de los cazas rumanos. Paralelamente, la plana mayor de la OTAN inauguró las instalaciones de Desevelu, punto neurálgico del escudo antimisiles de Washington. Para el Kremlin, el arsenal de Desevelu nada tiene que ver con el escudo. Se trata de armamento convencional, que podría convertirse en blanco prioritario de los cohetes rusos. Las amenazas de los estrategas moscovitas se multiplicaron en los últimos meses, provocando un innegable malestar en el seno del Estado Mayor de Defensa rumano. Por su parte, La OTAN se apresuró a desmentir la versión de los estrategas rusos, indicando que las armas almacenadas en Europa oriental tienen carácter meramente defensivo. Más aún; la Alianza conminó al Kremlin a respetar el espíritu y la letra del Tratado sobre la limitación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), abandonado por la Administración Trump la pasada primavera. Según Washington, su retirada del INF se debe al incumplimiento de las normas por parte de Rusia.

Bulgaria resultó ser el único país de la Alianza que no ve con buenos ojos la llegada de efectivos occidentales. En 2016, cuando los primeros barcos de guerra de la OTAN se adentraron en las aguas del Mar Negro, los gobernantes de Sofía dejaron constancia de que hubiesen preferido acoger embarcaciones de recreo. La idea de enfrentarse a los hermanos eslavos (rusos) parecía un auténtico disparate. La Alianza tuvo que enviar cazas canadienses y británicos para reforzar la presencia atlantista en el país de las rosas.

La situación se fue complicando aún más en los años, tras la ocupación de la península de Crimea, cuando los navíos de la OTAN invadieron literalmente el Mar Negro. Moscú no dudó en recurrir a las disposiciones del Convenio de Montreux, que limita la presencia de barcos de guerra extranjeros en la zona. La OTAN, en cambio, alega que la flotilla tiene derecho a navegar en las aguas territoriales de sus tres aliados regionales: Turquía, Bulgaria y Rumanía. Mas cuando la Alianza reveló que tenía intención de organizar maniobras navales con la participación de una veintena de barcos de guerra, los circuitos de alarma saltaron en el Kremlin. Con razón: el equipo de Vladímir Putin procura tener presentes los detalles de la operación tenazas ideada por politólogos y estrategas  estadounidenses en la década de los 90 del pasado siglo. Y si a ello se le añade la reciente decisión de la Asamblea Atlántica de reforzar la presencia naval en el Mar Negro para defender a Ucrania y Georgia, países no miembros de la OTAN, la perspectiva de la expansión es incuestionable.

Un último apunte. En el verano de 1982, durante la invasión de Líbano por el Ejercito israelí, un policía de las Islas Fiyi, perteneciente a los  cascos azules de la ONU, trató de frenar el avance de una columna de blindados hebreos escudándose en la… autoridad moral que confiere el uniforme de las Naciones Unidas.

¿Qué están haciendo ustedes aquí?, preguntó solemnemente el fiyiano.
¿Y usted?, contestó impasible el comandante de la unidad…

domingo, 2 de diciembre de 2018

De la guerra fría al nuevo caos mundial


Escribo estas líneas un 2 de diciembre, al cumplirse 29 años desde el final de la guerra fría. En efecto, el parte de defunción del conflicto que enfrentó durante más de cuatro décadas dos sistemas con ideología y políticos diferentes – el capitalismo y el comunismo – se firmó en Malta, al término de la cumbre sovieto-norteamericana celebrada los día 2 y 3 de diciembre de 1989.  Los protagonistas de aquel encuentro fueron George Bush, entonces presidente de los Estados Unidos y Mijaíl Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Ambos líderes parecían dispuestos a abandonar la confrontación para centrarse en un nuevo proyecto: la edificación del Nuevo orden mundial.

Hagamos memoria: La Guerra Fría (1947-1991) fue un estado de tensión que surgió después del final de la Segunda Guerra Mundial y duró hasta las revueltas registradas en los países de Europa Oriental en 1989.  En el conflicto Este – Oeste  enfrentaron dos grupos de estados: la URSS y sus aliados, agrupación comúnmente conocida como el Bloque Oriental, y Estados Unidos y sus socios, conocidos con el nombre de Bloque Occidental.

A nivel político-militar, los bloques estaban representados por dos alianzas:  la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la derrotada Alemania se dividió en cuatro zonas de ocupación: norteamericana, soviética, británica y francesa. También quedó dividida su antigua capital, Berlín, sede de la Comisión de Control Aliada.

El Muro de Berlín, símbolo de la Guerra Fría, fue - durante más de dos décadas – la barrera de separación entre la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana.

En el plano ideológico-político, la guerra fría fue una confrontación entre las democracias liberales y los regímenes totalitarios. Ambos campos se definían a sí mismos en términos positivos: el bloque occidental se autodenominaba mundo libre o sociedad abierta, mientras que el bloque oriental había escogido los apelativos  de mundo antiimperialista o democracias populares.

La guerra fría, exenta de conflictos bélicos, generó, sin embargo, una vertiginosa campaña armamentista. Las dos superpotencias se equiparon con armas nucleares; sus respectivos arsenales podían aniquilar 20 ó 30 veces las poblaciones del llamado campo enemigo. Surgió, pues, la estrategia de disuasión, es decir, de inevitable bloqueo de la parte adversa. Las negociaciones de desarme llevadas a cabo en Ginebra y, más tarde, en Viena, lograron contener el ímpetu de los estrategas militares.

En 1989, las tropas soviéticas iniciaron su retirada de Afganistán.  Al año siguiente, en 1990, el Kremlin dio luz verde a la reunificación de Alemania. Tras la caída del Muro de Berlín, Mijaíl Gorbachov sugirió la edificación de la Casa Europea Común.  El resultado es harto conocido: Gran Bretaña apostó por el abandono de la Unión Europea, algunos de los recién llegados bajo en techo de Bruselas – Hungría y Polonia – barajan la opción de alejarse del club.

La desaparición de la guerra fría no redundó en la ansiada globalización. Nos preguntamos en aquél entonces si el Nuevo Orden Mundial, sistema propuesto por los dueños del mundo  favorecerá a los pobladores del planeta. Ni que decir tiene que la respuesta inequívoca es: NO. Este supuesto Orden trajo mucho más desorden, muchas más temores, más desigualdades. Hoy en día, los misiles de la no extinta OTAN, trasladados desde la línea Oder-Neisse a la nueva frontera, mar Báltico - mar Negro, apuntan los objetivos del viejo enemigo: Rusia.  Nada que celebrar, pues.