Mostrando entradas con la etiqueta Rumania. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rumania. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de diciembre de 2023

Moldova: la Caperucita Maia y el Feroz Oso Vladímir


Tal vez cueste imaginar que un uno de diciembre, fecha en la cual los rumanos celebran su fiesta nacional, miles de ciudadanos de la República Moldova, territorio controlado hasta 1990 por la extinta Unión Soviética, salgan a la calle para bailar la hora, la danza popular que ameniza los jolgorios de varios pueblos balcánicos y carpáticos: rumanos, búlgaros, serbios o griegos. La hora se baila en círculo; puede sonar una música lenta o rápida, siempre adaptada al estado de ánimo de los bailarines, hombres y mujeres que suelen entonar estrofas de canciones folclóricas o patrióticas aprendidas desde la más tierna infancia.  

Pero el pasado sábado – uno de diciembre – las celebraciones han revestido un carácter particular. Miles de habitantes de la ex república soviética salieron la calle ondeando enormes banderas rumanas y cantando la Hora Unirii – himno de la unión – escrita para celebrar la unificación, hace más de un siglo, de los principados que iban a conformar el joven reino de Rumanía. A los pobladores de Moldova, país vecino de Ucrania y de la Federación Rusa, este uno de diciembre les brindaba la oportunidad de refirmar su pertenencia a una nación separada por fronteras artificiales. Su patria – Besarabia – fue troceada por el imperio austrohúngaro, el reino de Polonia, la revolución rusa de 1917. No hay que extrañarse, pues, si muchos moldavos sueñan con la reunificación, con la vuelta a… Rumania, el país creado en 1862 por los unionistas liberales de Moldova y Valaquia.

Mas no todos los pobladores de Moldova comparten este deseo. Pera la presidenta Maia Sandu, una economista formada en los Estados Unidos, que llegó a ostentar un importante cargo en el Banco Mundial, el provenir de su país pasa forzosamente por la integración en las estructuras euroatlánticas.  Sandu no descarta la colaboración con las autoridades rumanas, muy generosas a la hora de apoyar, tanto política como económicamente, este exiguo territorio que apenas cuenta con 2,7 millones de habitantes; algo menos que la población de Bucarest o de Madrid.

Huelga decir que los contrincantes de Sandu en la campaña por la presidencia de Moldova fueron el político prorruso Igor Dodon, líder del Partido Socialista, que se las ingenió para tener unos ingresos extra de 45.000 dólares mensuales procedentes de las arcas del Kremlin, y también el avezado hombre de negocios Ilan Șor, que fundó su propia agrupación política, el Partido Chance, convertido en el altavoz de la propaganda mscovita en Chișinău.

Dodon, acusado de corrupción, desaparecio de la palestra hace unos años. Por su parte, Șor, que hace gala de su doble nacionalidad – moldava e israelí - navega entre Chișinău y Tel Aviv. Sus contactos con los organismos oficiales rusos son archiconocidos. El Servicio de Inteligencia y Seguridad de Moldova (ISS) afirma tener constancia de varias transacciones de dinero ruso destinado a Chance a través de ciudadanos de terceros países, como por ejemplo… Kazajstán.

Pero hay más; el ISS asegura que entre los contactos rusos de Ilan Șor destacan el empresario Igor Ceaika, hijo del ex fiscal general de Rusia y amigo personal de Vladímir Putin, así como el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, artífices ambos de proyectos destinados a derrocar a la presidenta Sandu y devolver Moldova a la zona de influencia de Rusia. El rotativo estadounidense Washington Post se hizo eco de la noticia, citando como fuente tanto a la inteligencia moldava como al servicio de contraespionaje ucranio, que suministró datos concretos sobre la financiación de los intentos de desestabilización por parte de Rusia. Aparentemente, Moscú se habría gastado entre 55 y 90 millones de dólares en la campaña contra las instituciones moldavas. A ello se suma un rocambolesco plan que contemplaba el envío de un ejército de mercenarios extranjeros – rumanos, búlgaros, sirios, turcos y kazajos – encargado de llevar a cabo atentados terroristas.

Ficticia o real, la situación de inestabilidad política generada por el feroz oso ruso incita a Maia Sandu a recurrir, una y otra vez, a su mantra: Urge nuestra integración en la OTAN.

sábado, 6 de abril de 2019

Rusia - OTAN: ¿qué se os ha perdido aquí?


La OTAN tiene que responder a los desafíos de Rusia. De lo contrario, corremos el riesgo de ver aviones rusos sobrevolando Praga, Varsovia y por qué no, Berlín. Sus provocaciones sirven para averiguar hasta dónde llega nuestra paciencia. El tono grave de Andrzej Duda recuerda el discurso catastrofista de la década de los 50 del pasado siglo, cuando los políticos de los dos lados del Telón de Acero solían emplear en sus intervenciones radiofónicas una gran dosis de histerismo para convencer a los ciudadanos europeos de la inminencia de una nueva confrontación bélica.

Había, en aquella Europa dividida, dos bloques militares: la Alianza Atlántica, liderada por los Estados Unidos, que congregaba a los países de Europa occidental, y el Pacto de Varsovia, contrarréplica ideada por Moscú, integrada por los miembros del llamado campo socialista, es decir, los Estados de Europa del Este, entregados al Kremlin por los acuerdos de Yalta. Ambas agrupaciones militares hacían alarde del carácter defensivo de sus respectivas alianzas. Luchamos por la paz, era el slogan empleado por el Pacto de Varsovia. Protegemos al mundo libre, era el lema de la Alianza Atlántica. En realidad, ambos bandos se dedicaban a reforzar sus estructuras militares, haciendo acopio de armamentos supersofisticados. La paz era una paz armada, la protección, garantizada por los uniformados.

Las negociaciones de desarme, iniciadas en la década de los 60 en Ginebra, desembocaron en la firma del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. El equilibrio del terror incitó a las dos superpotencias nucleares – Estados Unidos y la URSS – a proseguir las consultas sobre limitación de armamentos. En el monumental palacio ginebrino, primitiva sede de la extinta Sociedad de las Naciones, se gestaron el Tratado sobre Misiles Anti-Balísticos (ABM), los acuerdos sobre la limitación de armas estratégicas (SALT I) y los misiles balísticos intercontinentales (SALT 2), sobre la reducción de ofensivas estratégicas (SORT) o la limitación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), amén de otras medidas colaterales, modestas o ambiciosas, que se suman al elenco de éxitos de la diplomacia multilateral. En realidad, este frágil diálogo sirvió de puente entre Oriente y Occidente durante primera etapa de la llamada política de contención global, período de crispación extrema de la guerra fría.

Con el paso del tiempo, el discurso de los exponentes de los dos pactos militares empezó a moderarse. Pero el primer cambio significativo se produjo tras la firma, en 1975, de la Declaración de Helsinki, instrumento no vinculante, que establecía las normas de buena conducta llamadas a regir las futuras relaciones entre el Este y el Oeste. Conviene señalar que los participantes en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa volvieron a reunirse en Belgrado, Madrid y Viena. Su labor quedó interrumpida en 1990, coincidiendo con el desmembramiento y  la anunciada desaparición del bloque comunista.

En efecto, la reunión entre los presidentes de los Estados Unidos, George H. Bush, y de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, celebrada en Malta en diciembre de 1989, pocas semanas después de la caída del Muro de Berlín, cerró el largo paréntesis de la llamada coexistencia pacífica entre las agrupaciones rivales, separadas por el cada vez más permeable Telón de acero. La obsoleta política de distensión daba paso al Nuevo Orden Mundial o, mejor dicho, a la  globalización.

Los cambios no tardaron en materializarse: Checoslovaquia, Hungría y Polonia abandonaron el Pacto de Varsovia a comienzos de 1991. Tras la retirada de los demás Estados miembros, la disolución de la alianza se formalizó en julio del mismo año. El Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAEM) había firmado su parte de defunción hacia finales del mes de junio.

En 1999, los Gobiernos de Praga, Budapest y Varsovia anunciaban la integración de sus respectivas estructuras de defensa en la OTAN. Los demás miembros del Pacto de Varsovia se adhirieron a la Alianza Atlántica en 2004. La Europa de los bloques, vestigio de la guerra fría, se había convertido en un imponente espacio de defensa continental.

Huelga decir que esta ampliación de la OTAN suscitó reticencias en la otra orilla del Atlántico. Una cuarentena de politólogos y expertos militares norteamericanos expresaron su preocupación ante la expansión costosa e innecesaria de la Alianza. Aparentemente, Rusia había dejado de ser una amenaza para la paz mundial. Pero su percepción cambió en 1995, al estallar en conflicto de Chechenia.

Uno de los compromisos adquiridos por la OTAN en la década de los 90 fue el mantenimiento del statu quo estratégico en el Viejo Continente. La Alianza debía garantizar la permanencia de los contingentes acantonados en la orilla occidental de la línea Oder – Niesse en las bases creadas durante la guerra fría. Sin embargo…

El traslado masivo de tropas aliadas hacia las instalaciones de Europa oriental empezó a producirse en los últimos meses de 2015, coincidiendo con el final del mandato del Nobel de la Paz Barack Obama. Americanos, canadienses, británicos, alemanes, holandeses y españoles tomaron posesión sigilosamente de los principales puntos estratégicos de la línea Mar Báltico – Mar Negro.  En la cumbre de Varsovia de 2016, la OTAN consagró la nueva frontera, situada en los confines de Rusia.

Durante el insólito aquelarre polaco, apropiadamente publicitado en los medios de comunicación de Europa del Este ex socios de la Unión Soviética, Donald Trump aludió en varias ocasiones al ejemplo polaco. ¿Mero gesto de cortesía para con los anfitriones de la conferencia? No, en absoluto. El inquilino de la Casa Blanca sentaba las bases de una nueva estrategia: la expansión de la presencia militar estadounidense en Europa oriental. En efecto, las autoridades de Varsovia habían solicitado el establecimiento de una base norteamericana en su suelo. El proyecto, evaluado en unos 2.000 millones de dólares, recibió luz verde esta semana, antes de la celebración en Washington del 70º aniversario de la Alianza Atlántica.

Entre las alegaciones de los polacos destacan las violaciones del espacio aéreo por cazas rusos, las amenazas cibernéticas, la difusión de noticias falsas, el empeño de Rusia de influir en los procesos electorales de otros países, manifestaciones de poder y arrogancia del Kremlin, según las autoridades de Varsovia. Curiosamente, ningún político aludió la tradicional enemistad entre polacos y rusos, común denominador de las accidentadas relaciones bilaterales. Para los habitantes de Polonia, los enemigos de sus enemigos han de ser, forzosamente, sus amigos.

Actualmente, hay alrededor de 4.500 soldados estadounidenses estacionados en Polonia. Al contingente americano se suma una brigada de la OTAN, integrada por 3.500 soldados británicos, rumanos y croatas. Se especula con la llegada de otros invitados.

Más discreta fue la llegada de las unidades aliadas a Rumania, otro de los países clave para la ofensiva hacia el Este. Los militares americanos llegaron a finales de 2015 a la base aérea de Kogalniceanu, antiguo aeropuerto civil convertido en pista de despegue de los cazas rumanos. Paralelamente, la plana mayor de la OTAN inauguró las instalaciones de Desevelu, punto neurálgico del escudo antimisiles de Washington. Para el Kremlin, el arsenal de Desevelu nada tiene que ver con el escudo. Se trata de armamento convencional, que podría convertirse en blanco prioritario de los cohetes rusos. Las amenazas de los estrategas moscovitas se multiplicaron en los últimos meses, provocando un innegable malestar en el seno del Estado Mayor de Defensa rumano. Por su parte, La OTAN se apresuró a desmentir la versión de los estrategas rusos, indicando que las armas almacenadas en Europa oriental tienen carácter meramente defensivo. Más aún; la Alianza conminó al Kremlin a respetar el espíritu y la letra del Tratado sobre la limitación de armas nucleares de alcance intermedio (INF), abandonado por la Administración Trump la pasada primavera. Según Washington, su retirada del INF se debe al incumplimiento de las normas por parte de Rusia.

Bulgaria resultó ser el único país de la Alianza que no ve con buenos ojos la llegada de efectivos occidentales. En 2016, cuando los primeros barcos de guerra de la OTAN se adentraron en las aguas del Mar Negro, los gobernantes de Sofía dejaron constancia de que hubiesen preferido acoger embarcaciones de recreo. La idea de enfrentarse a los hermanos eslavos (rusos) parecía un auténtico disparate. La Alianza tuvo que enviar cazas canadienses y británicos para reforzar la presencia atlantista en el país de las rosas.

La situación se fue complicando aún más en los años, tras la ocupación de la península de Crimea, cuando los navíos de la OTAN invadieron literalmente el Mar Negro. Moscú no dudó en recurrir a las disposiciones del Convenio de Montreux, que limita la presencia de barcos de guerra extranjeros en la zona. La OTAN, en cambio, alega que la flotilla tiene derecho a navegar en las aguas territoriales de sus tres aliados regionales: Turquía, Bulgaria y Rumanía. Mas cuando la Alianza reveló que tenía intención de organizar maniobras navales con la participación de una veintena de barcos de guerra, los circuitos de alarma saltaron en el Kremlin. Con razón: el equipo de Vladímir Putin procura tener presentes los detalles de la operación tenazas ideada por politólogos y estrategas  estadounidenses en la década de los 90 del pasado siglo. Y si a ello se le añade la reciente decisión de la Asamblea Atlántica de reforzar la presencia naval en el Mar Negro para defender a Ucrania y Georgia, países no miembros de la OTAN, la perspectiva de la expansión es incuestionable.

Un último apunte. En el verano de 1982, durante la invasión de Líbano por el Ejercito israelí, un policía de las Islas Fiyi, perteneciente a los  cascos azules de la ONU, trató de frenar el avance de una columna de blindados hebreos escudándose en la… autoridad moral que confiere el uniforme de las Naciones Unidas.

¿Qué están haciendo ustedes aquí?, preguntó solemnemente el fiyiano.
¿Y usted?, contestó impasible el comandante de la unidad…

viernes, 26 de mayo de 2017

Donald Trump y los “obsoletos”


Es costumbre que, tras la toma de posesión, los Presidentes de los Estados Unidos se reúnan con los líderes de los países miembros de la Alianza Atlántica. Se trata, por regla general, de encuentros informales, que poco o nada tienen que ver con las sofisticadas “cumbres” de jefes de Estado, destinadas a esbozar los planes de actuación de la OTAN. Sin embargo, parece que el actual inquilino de la Casa Blanca está dispuesto a cambiar las reglas de juego. No sería esta la primera vez; Donald Trump se empeña en imponer su peculiar estilo.

El encuentro celebrado esta semana en Bruselas debía haber tenido un carácter meramente simbólico. En principio, se trataba de inaugurar la nueva sede de la Alianza Atlántica, un edificio modernista, cuya arquitectura contrasta con las hasta ahora austeras instalaciones que albergaban la secretaría de la agrupación militar. ¿Simple cambio de piel? ¿Mirada hacia el futuro? Lo cierto es que la OTAN no va a desaparecer, como lo hizo en su momento el Pacto de Varsovia, brazo armado de Moscú durante la guerra fría.

No, la Alianza Atlántica no parece dispuesta a seguir los pasos de su ex rival. Al contrario, la estructura militar contempla una posible expansión al ámbito extra europeo. Esta es, por lo menos, la opción defendida por el aliado transatlántico, que desea un mayor involucramiento de los europeos en Oriente Medio, Asia y África, regiones azotadas por la lacra del terrorismo. Esta fue una de las propuestas formuladas en Bruselas por el Presidente norteamericano que, tras haber “regañado” a sus aliados por el escaso interés a la hora de sufragar los gastos de la Alianza – la famosa contribución del 2 por ciento del PIB destinada a la defensa - se apresuró a invitarlos a participar “activamente” en la lucha contra el Estado Islámico, símbolo del terrorismo yihadista. Los europeos, que participan ya directamente en los operativos bélicos de Oriente Medio, parecen poco propensos a incrementar su presencia en la zona. Sin embargo, contemplan una mayor cooperación en materia de logística e inteligencia. ¿Un brindis al sol?

Si bien durante su campaña electoral de 2016 Trump tildó a la OTAN de organización “obsoleta”, su opinión cambió radicalmente hace apenas un mes, tras entrevistarse con el Secretario General de la Alianza, Jens Stoltenberg, quien llegó a persuadirle de la ventaja que implica contar con una organización de defensa fuerte. “Dije que la OTAN era obsoleta, ya no pienso que sea obsoleta”, manifestó el Presidente sin parpadear. No será éste su primer ni su único zigzagueo en política internacional.

Lo cierto es que la Alianza puede ser útil no sólo para combatir el “terrorismo árabe”, auténtica bestia negra de Trump, sino también para reforzar la presencia militar occidental en Europa del Este, donde polacos, rumanos y bálticos emplean invariablemente el mantra “¡vienen los rusos!”.  De hecho, tanto Bucarest como Varsovia abogan en pro de una consolidación del flanco oriental de la OTAN, que implicaría también la adopción de una postura unitaria de la Alianza y la UE con respecto a las relaciones con el Kremlin. Ello supone un aumento sustancial de la ayuda económica (y no sólo) para Ucrania, Georgia y Moldova, países que han solicitado la adhesión a la OTAN.

El primer encuentro de Doland Trump con sus ex obsoletos aliados finalizó con algunos – pocos – resultados concretos. Sin embargo, sirvió para despejar el horizonte de las relaciones diplomático-estratégicas entre Europa y Norteamérica, que habían experimentado una crisis aguda a finales de 2016.

El inquilino de la Casa Blanca descubrió la verdadera faz de sus socios europeos. Por su parte, los “obsoletos” lo despidieron con un gran suspiro de alivio al comprobar que el “paraguas protector” del tío Sam sigue abierto. Pero de ahí a decir que las aguas han vuelto a sus cauces hay un abismo…

jueves, 18 de mayo de 2017

Ataques informáticos y guerra digital


Mientras el Santísimo Patriarca Kirill (Cirilio), actual cabeza de la Iglesia ortodoxa de Moscú y toda Rusia, se dedica a bendecir los ordenadores de los ministerios de la Federación Rusa (ex Unión Soviética), pidiendo al Señor que proteja a los suyos  contra los engorrosos ataques informáticos, las estructuras de ciberdefensa de los países de Europa oriental, ex socios de Moscú en el extinto Pacto de Varsovia, tratan de elaborar, con ayuda de los “dioses” transatlánticos, estrategias de defensa contra la guerra digital iniciada recientemente por el Kremlin.

La guerra digital o ciberguerra es la variante moderna de lo que antes llamábamos propaganda, intoxicación, desinformación, manipulación de la opinión pública. Los antepasados de los actuales cerebros de la ciberguerra recurrían a la difusión de falsas noticias a través de la Prensa escrita, la rumorología, las campañas diseñadas para generar olas de pánico. Durante la Primera Guerra Mundial, alemanes y franceses, otrora enemigos, competían en la fabricación de peligrosas medias verdades, destinadas a engañar a los estrategas y desconcertar a los políticos. A las personas encargadas de la difusión de estas noticias se les llamaba lisa y llanamente espías. Unos seres despreciables, cuya actuación se castigaba con la pena de muerte. Nada que ver con el James Bond de las películas de Hollywood o con las entretenidas novelas de Graham Greene.
   
Hoy en día, cuando se habla de espionaje se alude, forzosamente, a campañas cibernéticas destinadas a desestabilizar la vida política de los Estados. Recordemos las acusaciones de intrusión de los servicios secretos rusos en la campaña presidencial estadounidense de 2016, al goteo de información ¡no contrastada! de WikiLeaks, a los “topos” infiltrados en el Cuartel General de la Alianza Atlántica.
Para los países de Europa oriental, la palabra espionaje es sinónimo de Rusia. La amenaza – ficticia o real – se perfila en los países bálticos, Polonia, Ucrania o Rumanía. Según los servicios de inteligencia de esos Estados, adiestrados por la CIA estadounidense, el espionaje ruso ha intensificado sus actuaciones en los últimos meses, es decir, tras la celebración en Varsovia de la cumbre de la OTAN, donde se dejó constancia de los planes “defensivos” de la Alianza Atlántica. Unos planes que incluyen el reforzamiento de la presencia de la OTAN en la zona, la creación de estructuras del llamado “Escudo antimisiles”, el incremento de la fuerza naval en el Báltico y el Mar Negro. 

Las autoridades de Estonia y Lituania confirmaron la detención de agentes de la Agencia de Información Militar rusa (GRU) y del Servicio Federal de Seguridad (GRU), sucesor del KGB, aparentemente interesados en recabar datos relativos a las aún embrionarias estructuras de defensa de dichos países. 

Polonia ha solicitado y conseguido el aumento de la presencia de tropas de la OTAN en su suelo. La masacre de Katyn – el fusilamiento, en 1940, de militares, policías e intelectuales polacos llevada a cabo por el NKVD de Stalin -, aún no queda olvidada. No hay que extrañarse, pues, el que Varsovia se haya convertido en el baluarte de la ofensiva ideológica anti rusa. 

En el caso de Rumanía, el peligro procede de variopintos horizontes. Rusia constituye, indudablemente, la mayor fuente de preocupación, aunque no la única. La disputa por la soberanía de Transilvania, que opone a rumanos y húngaros desde hace más de un siglo, se ha recrudecido tras la llegada al poder del conservador Viktor Orban, partidario de la “gran Hungría”, es decir, de la “reconquista” del suelo transilvano.

En realidad, Orban se limita a hacer suyos los argumentos de la derecha ultranacionalista de mediados del siglo pasado, que logró adueñarse de Transilvania con el apoyo de las tropas del Tercer Reich. Las heridas permanecen abiertas. 

Otro frente es el rumano-serbio. Belgrado no reconoce la existencia de la minoría étnica rumana en su territorio. En este caso, la guerra que se libran Bucarest y Belgrado no se limita a meras consultas diplomáticas.  

¿Qué hacer? Los rumanos son conscientes de la necesidad de contrarrestar las campañas de propaganda de sus vecinos. Y no sólo de propaganda. En efecto, mientras los enviados del Kremlin aseguran que Rumanía se encuentra fuera de su zona de influencia, los estrategas rusos arremeten contra la presencia de las instalaciones del “Escudo antimisiles” y de las unidades motorizadas de la OTAN en las inmediaciones de la ciudad costera de Constantza.

Recientemente, la Academia de Ciencias de Rumania anunció de creación de un Centro de Evaluación de los Peligros informáticos, destinado a supervisar la actuación poco amistosa de sus vecinos en… las redes sociales. ¿Una herramienta para el inicio de una ciberofensiva? “No”, aseguran los diplomáticos rumanos, “aún no estamos preparados para ello…”  

viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Vuelve el mundo bipolar?


Rusia está preparando un ataque contra Occidente. La apocalíptica advertencia ocupa un destacado lugar en las páginas del semanario estadounidense Newsweek, publicación seria y fidedigna, que no suele hacerse eco de insensatos rumores. En este caso concreto, la revista menciona las declaraciones del general Philip Breedlove, antiguo comandante en jefe de la OTAN en Europa, quien hace hincapié en la necesidad de adjudicar a Rusia el papel de peligro potencial para los Estados Unidos y sus aliados del Viejo Continente, insuficientemente preparados – según él - para repeler una posible intervención militar de Moscú.

Cabe suponer que el general, al igual que muchos excompañeros de armas encuadrados en la cúpula de las empresas de armamento norteamericanas, trata de incidir en las políticas de defensa de los Estados miembros de la OTAN, reprendidos por no incrementar sus respectivos presupuestos militares. Conviene señalar que la maquinaria de propaganda atlantista no escatima esfuerzos a la hora de denunciar la concentración de unidades motorizadas del ejército ruso en la frontera occidental. Se califica a las maniobras aéreas y navales rusas de provocaciones cuando no de amenazas para la integridad territorial de los nuevos socios orientales de la Alianza – Polonia, Rumanía, Bulgaria y los Estados bálticos.  La revista Jane’s, especializada en asuntos de defensa e inteligencia militar, recomienda a los integrantes del flanco Este de la OTAN que modernicen su armamento. Se trata de inversiones del orden de miles de millones de dólares.

Apenas se menciona en los artículos de la prensa occidental la presencia de tropas de la OTAN en los confines de Rusia: aviones de combate, instalaciones del escudo antimisiles, carros blindados provenientes de las bases de Alemania y Holanda, equipos de vigilancia electrónica. Obviamente, la Alianza defiende sus fronteras. Algunos dirán, empleando una gran dosis de cinismo, que el mérito de Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, es de haber ocupado la mitad de Europa sin pegar un solo tiro. Pero tampoco hay que caer en la trampa de la excesiva simplificación de las políticas geoestratégicas. 
   
Cierto es que este infatigable movimiento de alfiles y peones en el tablero de la vieja Europa preocupa a los actuales inquilinos del Kremlin y la Casa Blanca. El previsible cambio de rumbo de la política exterior estadunidense tras la elección de Donald Trump obligó a Rusia a poner las cartas sobre la mesa.

 Rusia no necesita enemigos, declaró a primeros de diciembre el Presidente Vladimir Putin, al presentar la nueva doctrina de la política exterior de su país. Añadió el dignatario ruso que Moscú no tiene intención alguna de involucrarse en confrontaciones geopolíticas, pero que la Madre Rusia – potencia mundial – no dudará en defender sus intereses.

He aquí algunas de las directrices recogidas en el memorándum sobre la nueva política exterior del Kremlin:
• Luchar contra la presión política y económica de EE.UU. y sus aliados, que desembocan en la desestabilización global;
• seguir colaborando con la UE, socio político e interlocutor económico de Moscú;
• abrir el diálogo con Canadá sobre la desmilitarización región del Árctico;
• lograr la estabilidad política en Oriente Medio y el Norte de África;
• elaborar un tratado internacional sobre la desmilitarización del espacio extraterrestre;
• frenar cualquier intento de injerencia en los asuntos internos de Rusia;
• establecer, en la medida de lo posible, relaciones de cooperación con la OTAN,
• incrementar la seguridad informática del país;
• considerar que el escudo antimisiles desplegado por los Estados Unidos representa una amenaza para la seguridad de la Federación rusa;
• negociar un tratado sobre la indivisibilidad de la seguridad en el Atlántico Norte;
• reaccionar con fuerza ante cualquier acción hostil de los Estados Unidos;
• fortalecer los lazos con los países de América Latina y el Caribe; y
• desarrollar las relaciones con Ucrania.

Para las Cancillerías occidentales, los enunciados tienen doble lectura. Doble o múltiple; es una de las reglas de oro de la diplomacia. 

Habrá que esperar unas semanas – pocas – para descubrir los ases de la baraja de Donald Trump. 

¿La estabilidad del Viejo Continente? Dependerá, muy probablemente, de los designios de Washington y de Moscú. En este caso, los demás actores sólo tienen derecho, como en el póker, a la… jugada del muerto.