viernes, 19 de septiembre de 2014

Moscú recurrirá las sanciones de Occidente


Si el Kremlin lo ordena, las tropas rusas tardarían dos días en llegar a Kiev, Riga, Vilna, Tallin, Varsovia o Bucarest. La noticia, divulgada hace apenas unas horas por el prestigioso rotativo alemán Süddeutsche Zeitung, revela el contenido de una conversación privada sostenida por el presidente ruso, Vladímir Putin, con su homólogo ucranio, Petro Porosenko.
 
Poroshenko no tardó en trasladar la amenaza de Putin al Presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Barroso, a la vez que solicitaba la ayuda económica y militar de Occidente. Una ayuda que se materializará, de momento, con la concesión de nuevos créditos a las autoridades de Kiev.

Huelga decir que los portavoces oficiales de la Comisión se negaron a comentar las declaraciones del hombre fuerte del Kremlin, recordando que la UE no suele trasladar la acción diplomática a los medios de comunicación o pronunciarse sobre el contenido, total o parcial, de conversaciones confidenciales.  Pero Porosenko tenía interés en filtrar la noticia; según la prensa ucrania, el ejército de Kiev cuenta actualmente con un escaso 40 por ciento de sus arsenales. Los enfrentamientos de la región de Donbas tuvieron efectos devastadores.

Menos devastadoras son, al parecer, las sanciones impuestas por el actual inquilino de la Casa Blanca. Aunque la evaluación del impacto de las sanciones contra Rusia muestra un deterioro del margen de maniobra de la banca estatal y del papel preponderante del conglomerado Gazprom, las contramedidas anunciadas por Moscú – limitación de los suministros de gas natural, veto a las importaciones de productos alimentarios procedentes de la UE – han sido acogidas con preocupación, véase pánico, en los países de la Unión. A las protestas de los agricultores, principales víctimas del cierre del mercado ruso, se suma en nerviosismo de algunos Gobiernos, incapaces de hallar soluciones de recambio destinadas a paliar la más que probable escasez de combustibles  para el período invernal. De hecho, Gazprom acordó esta semana una disminución del 10 por ciento de las exportaciones de gas natural destinadas a los vecinos de Rusia: Ucrania, Polonia, Rumanía y los países bálticos. ¿Advertencia? ¿Mero anticipo de una nueva ofensiva energética? El mensaje es muy sencillo: A Rusia no se le chantajea. Por si fuera poco, Moscú piensa recurrir las sanciones occidentales ante la Organización Mundial del Comercio, baluarte del libre cambio comercial, ideado por los Gobiernos del primer mundo para llevar a cabo el desarme arancelario de los países en desarrollo.

Hace más de dos décadas, cuando por politólogos de la universidad de Yale idearon la pinza contra Rusia, partieron de la falsa premisa de que el frente occidental estaría compuesto por los antiguos vasallos de Moscú (ex miembros del Pacto de Varsovia) y que China se convertiría, a su vez, en el muro de contención asiático. Ni que decir tiene que se equivocaron. Los países de Europa oriental no disimulan su preocupación ante una posible, aunque por ahora, poco probable ofensiva militar de Rusia contra Kiev, Riga, Vilna, Tallin, Varsovia o Bucarest. En Asia, China se perfila, a través de la Organización de Cooperación de Shanghái, en uno de los principales aliados de la Federación rusa. Se le suman India y Singapur, dos gigantes económicos que apuestan por la inversión o la tecnología rusas. Un auténtico quebradero de cabeza para el Nobel de la Paz Obama, que navega zigzagueando entre los conflictos de Ucrania, Oriente Medio y África.  

Decididamente, la historia con H mayúscula no se escribe en Yale.

jueves, 21 de agosto de 2014

La guerra encubierta de Barack Hussein Obama


¡Fuera, fuera árabes! No quiero que este país sea gobernado por los árabes. Sucedió durante la campaña presidencial estadounidense de 2008, durante un mitin del Partido Republicano. El árabe era el candidato demócrata, Barack Hussein Obama y la contestataria, una mujer mayor que se había dejado intoxicar por los argumentos de la maquinaria de propaganda de un poderoso lobby con ramificaciones en las altas esferas del poder. El político republicano que había acudido a la cita con sus electores no tardó en poner los puntos sobre las íes. No, Barack Obama no era árabe, sino un buen ciudadano norteamericano, un respetable y respetado miembro del Senado de los Estados Unido. De hecho, unas semanas más tarde Obama se convirtió en el cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos.

Curiosamente, el Presidente Obama no supo aprovechar al máximo las resonancias orientales de su segundo nombre – Hussein -  para lograr un acercamiento al mundo árabe musulmán, traumatizado por las intervenciones militares estadounidenses en Afganistán e Irak, frustrado por el apoyo incondicional de Washington al conflictivo aliado israelí. Es cierto, el Presidente de los Estados Unidos se dirigió a la nación árabe en junio de 2009, vaticinando un nuevo comienzo de las relaciones entre Estados Unidos y el Islam. Pero el mensaje dirigido a los musulmanes desde la Aula Magna de la Universidad de El Cairo quedó en agua de borrajas. Sí, Obama anunció la retirada de las tropas estacionadas en Afganistán e Irak, el final de la política intervencionista de Washington, la introducción de normas éticas en las relaciones internacionales. Las buenas palabras, que no los actos, le valieron el Premio Nobel de la Paz. Una distinción prematura y, según los politólogos, inmerecida.

Las llamadas primaveras árabes fueron el primer intento fallido de normalización de las relaciones con el mundo islámico. Los estrategas norteamericanos pensaron – erróneamente – que la sustitución de los regímenes autoritarios pro occidentales  por estructuras islámicas modernas iba a contar con el beneplácito de los intelectuales y de la sociedad civil de los países del Magreb y el Mashrek. Craso error; los Gobiernos de corte islamista provocaron un espectacular retroceso político y social. En el caso de Egipto, Washington optó por devolver el poder al ejército; en Libia, las heridas provocadas por el nada ético derrocamiento de Mummar al Gaddafi siguen abiertas. La primavera árabe no cuajó en Siria, donde el régimen de Bashar el Assad mantiene su pulso con los movimientos yihadistas financiados, al igual que Al Qaeda en su momento, por las monarquías árabes conservadoras, aunque también apoyados por las… ¡democracias occidentales!

Occidente no intervino militarmente en la guerra civil de Siria. Hay quien estima que había demasiados intereses creados, demasiadas contradicciones en las políticas de los socios comunitarios. Los valedores de los yihadistas fueron Arabia Saudita, Qatar y Kuwait, feudos del conservadurismo árabe… pro occidental.

Barack Obama cumplió su promesa al retirar el contingente americano de Irak en 2011. Pero se trataba de un repliegue completamente caótico, que hacía caso omiso de las condiciones objetivas existentes en el país: inestabilidad política, conflictos étnicos y religiosos, desintegración paulatina del Estado nación, etc.

También cumplieron su promesa los combatientes del Estado Islámico de Irak y Levante al trasladarse desde Alepo al Kurdistán iraquí y, aprovechando la aparente debilidad de las instituciones autonómicas kurdas, anunciando la creación del califato en tierras del Islam. Un proyecto descabellado, si no fuera por el espectacular avance de los yihadistas, que llegaron a varias decenas de kilómetros de Bagdad. Pero hay más: el Estado Islámico pretende expandirse al Líbano, Jordania y la Península del Sinaí. 
  
La persecución de la minoría kurda y las matanzas de centenares de yazidíes, una secta que jamás llamó en interés de los occidentales, fueron los detonantes para el regreso de Washington al escenario iraquí. Pero esta vez, el operativo militar, apoyado por la mayoría de los miembros de la Unión Europea, está disfrazado de operación humanitaria. No, Occidente no mandará tropas a Irak. Basta con armar hasta los dientes a los kurdos. Qué se maten ellos…

La maquinaria de propaganda del Estado Islámico tilda a Barack Hussein Obama de Cruzado, esclavo de Washington o perro de los romanos. Y pensar que hace apenas unos años no querían árabes en la Casa Blanca…  

sábado, 16 de agosto de 2014

Gaza: treinta y tres días y dos mil muertos después…


Durante mis primeros viajes a Gaza, descubrí que la vieja y descuidada carretera principal que atraviesa la Franja servía de frontera natural entre dos mundos: la miseria de los refugiados, hacinados en los campamentos situados en la orilla del mar y la opulencia de las mansiones señoriales, edificadas del otro lado de la vieja vía de tránsito, entre naranjales y magníficos jardines de estilo californiano. De un lado, la pobreza; del otro, la ostentación de los automóviles de superlujo pertenecientes a los señores de la Franja, adinerados terratenientes que solían pasar la mitad de su vida en palacetes londinenses o residencias de ensueño de la Costa Azul. Dos mundos separados, tales compartimentos estancos que llevaban existencias paralelas en ese exiguo espacio – unos 150 kilómetros cuadrados – que los cooperantes nórdicos no dudaron en llamar el bantustán Gaza.

Sí, aquel territorio cercado por alambradas cuidadosamente colocadas por vecinos israelíes y egipcios, aquél claustrofóbico hervidero de gente humilde y de religiosos exaltados parecía un enorme campo de concentración. Gaza fue, tiempos ha, tierra de iluminados y profetas, cantera de radicales islámicos, generadora de pobreza e inestabilidad. Para el mítico David Ben Gurion, primer ministro de Israel durante la primera ocupación militar de la Franja, Gaza era una “bomba de relojería” que había que esquivar. Cinco décadas después, otro jefe de Gobierno israelí, Ariel Sharon, ordenó la retirada de las tropas y la repatriación de los colonos judíos afincados en la Franja. Su permanencia resultaba demasiado onerosa para las arcas del Estado de Israel.

Pero el bantustán se había radicalizado. Tras las elecciones palestinas de 2006, el Movimiento de Resistencia Islámica (HAMAS) logró expulsar de la Franja a los representantes de la OLP. Un año más tarde, los militantes islámicos cogían las riendas del poder, convirtiendo el territorio en un mundo aparte.  El desafortunado experimento islamista parecía haber llegado a su fin hace apenas unos meses, tras la inesperada y espectacular reconciliación entre HAMAS y la OLP, cuando ambas facciones acordaron la creación de un Gobierno de Unidad Nacional. Buenas noticias para la calle palestina; sombríos presagios para el Gobierno conservador de Tel Aviv, liderado por el inflexible Benjamín Netanyahu, dinamitero de los Acuerdos de Oslo y adversario de la convivencia con los palestinos. Lo que siguió después es harto conocido.

Los 33 días del operativo militar bautizado pomposamente Margen Protector (los estrategas israelíes no carecen de imaginación a la hora de buscar eufemismos), la incursión arroja el siguiente saldo: alrededor de 2.000 víctimas mortales en el bando palestino, en su gran mayoría, civiles y 67 bajas israelíes. Según la ONG británica OXFAM, los daños materiales podrían resumirse de la siguiente manera: 10.000 viviendas destruidas, 12 hospitales, 141 colegios y 6 refugios de las Naciones Unidas afectados por los bombardeos, destrucción total de la gran mezquita de Gaza y daños irreparables de la única central eléctrica de la Franja. La reconstrucción - total o parcial – del territorio requerirá varios miles de millones de dólares. Un excelente negocio para las mal llamadas agencias de desarrollo del primer mundo, especializadas en llevar las buenas palabras de países que participaron, a través de sus industrias armamentistas, a la devastación de la zona. 

Aunque los estrategas de Tel Aviv estiman que la ofensiva Margen Protector cumplió su objetivo – la destrucción total de los túneles subterráneos utilizados por HAMAS para el transporte y lanzamiento de misiles o la penetración de comandos de guerrilleros en suelo israelí - los radicales islámicos no se dan por vencidos.

Es cierto que el discurso de HAMAS ha cambiado durante las negociaciones indirectas de El Cairo, pero ello no significa que la agrupación religiosa haya renunciado a su objetivo: la lucha sin cuartel contra el ente sionista.  Aprovechando la última tregua, israelíes y palestinos tratan de redactar el borrador de un posible acuerdo, que incluye una serie de concesiones mutuas. Aparentemente, la parte israelí estaría dispuesta a ampliar la zona de pesca de Gaza de 3 a 12 millas, aumentar el número de permisos para la salida de Gaza y autorizar la transferencia de fondos destinados al pago de los salarios de los funcionarios públicos gazatíes. Hasta ahora, los pagos se efectuaban a través de instituciones financieras qataríes. A su vez, HAMAS se comprometería a readmitir a la guardia del Presidente de la ANP en la frontera con Egipto, la supervisión de los trabajos de reconstrucción por la Autoridad Nacional Palestina (ANP), así como un mayor protagonismo del Presidente Abbas  en la toma de decisiones relativas al porvenir de la Franja.

A cambio, Israel exige la desmilitarización (léase desarme) total de las facciones armadas que operan en la Franja – HAMAS, Jihad islámica, Brigadas de Ezzedin al Kassem, el cese total de los lanzamiento de misiles y la destrucción de los túneles utilizados por la resistencia islámica.

Los palestinos reclaman la (re)construcción de un aeropuerto y la reapertura del puerto de Gaza. Exigencia estas que parecen quedar relegadas, como de costumbre, a las calendas griegas…  Lo que sí es cierto es que después de 33 días de guerra no declarada los tiempos del bantustán Gaza no volverán. Pero tampoco volverá aquél candoroso flirteo entre israelíes y palestinos que presenciamos tras la firma de los Acuerdos de Oslo. Esta vez, las heridas son demasiado profundas. 

jueves, 31 de julio de 2014

La segunda muerte de Mustafá Kemal Atatürk


El próximo fin de semana, el electorado turco está llamado a designar al futuro presidente de la república: de ese Estado laico fundado en 1923 por un militar otomano nacido en la ciudad helena de Salónica, que recibió la formación en la Academia militar de Monastir y que destacó por su brillante actuación de estratega tanto en la Primera Guerra Mundial como en la Guerra de Independencia Turca. En octubre de 1923, tras la proclamación de la república, Mustafá Kemal fue elegido en el cargo de presidente del nuevo estado, título que desempeñó hasta su muerte en 1938.

Las reformas llevadas a cabo por Atatürk son múltiples. Entre las más importantes destacan el cierre de las escuelas religiosas, la abolición de la ley islámica, la adopción del calendario gregoriano, la prohibición del velo, la introducción de un Código Civil basado en el suizo, la laicidad del Estado y un sinfín de etcéteras.

Como buen militar, Mustafá Kemal encomendó al ejército la unidad del país y la defensa de sus estructuras laicas. Un papel crítico, censurado por la clase política occidental, que prefiere tratar con interlocutores ideados a su imagen y semejanza. De hecho, la tutela de los militares se convirtió, con el paso del tiempo, en uno de los hándicap que frenaba las negociaciones sobre la adhesión de Turquía a las instituciones comunitarias europeas. Uno, pero no el único. A la hora de la verdad, los políticos de la Vieja Europa guardaban más ases en la manga…

Las cosas dieron un vuelco espectacular en septiembre de 2010, cuando el Ejecutivo aprobó la reforma de la Constitución que limita el poder del estamento castrense. Cuatro años más tarde, en agosto de 2014, dos candidatos islamistas compiten por la presidencia de un Estado moderno, que corre el riesgo de renunciar al sacrosanto principio de laicidad.

Uno de los candidatos es el actual primer ministro, Recep Tayyip Erdogan que, tras haber agotado los tres mandatos de Jefe de Gobierno autorizados por los reglamentos de su agrupación política, el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), quiere perpetuarse en la política otomana desde la presidencia. Erdogan cuenta con el apoyo de más de la mitad del electorado, pues tiene en su haber importantes logros, como una tasa de crecimiento económico anual del 5 por ciento desde 2002, la promulgación de leyes de libertad religiosa o el inicio de un difícil proceso de paz destinado a acabar con el conflicto kurdo.

Mas el actual Primer Ministro prefiere no hablar del pasado, sino del futuro. Sus prioridades: reformar la Constitución e introducir un sistema presidencialista, velar por la proyección internacional de Turquía, reforzar el sistema democrático, celebrar, en 2023, el centenario de la creación del Estado moderno, con una estructura institucional diferente. Hay quien estima que ello implica el abandono paulatino del kemalismo, por no decir, del laicismo. Tal vez por ello los dirigentes del Partido Republicano Popular (CHP), creado por Atatürk, hayan decidido presentar a su vez un candidato islámico a la presidencia. Una opción estratégica que no ha gustado a las bases del partido, poco propensas a asociar la política con la religión.

El candidato del Partido Republicano es Ekmeleddin İhsanoğlu, ex diplomático y académico, que ostentó durante años el cargo de Secretario General de la Organización de Cooperación Islámica (OCI), el mayor organismo internacional creado por los Estados del mundo árabe-musulmán. 

İhsanoğlu, que nació en El Cairo, conoce perfectamente los entresijos de la política y los códigos de conducta de la sociedad árabe. Tiene la ventaja de poder actuar como observador, analista o actor en el universo islámico. Quienes lo conocen no dudan en asimilarlo a un catedrático de Cambridge o de Oxford. Es un hombre demasiado tranquilo, estiman algunos politólogos.

El tercer candidato en liza es Selahttin Demitras, un jurista perteneciente al pro kurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP). Pocos analistas apuestan por su victoria. Sin embargo, la mayoría estima que el voto kurdo podría resultar decisivo en el caso de una segunda vuelta. Por su parte, Demitras, que ha escogido como lema de su campaña las palabras libertad, democracia, paz, fraternidad e igualdad,  niega la existencia de un acuerdo secreto con Erdogan que contemple una solución rápida del conflicto con el PKK.  

viernes, 25 de julio de 2014

Fabricar un enemigo


Hace tres lustros, tras la desaparición del imperio soviético, los políticos occidentales empezaron a echar de menos la ausencia del enemigo. De un peligro ideológico, de una amenaza justificada, que permitiera cerrar filas en torno al adalid de una causa común: la lucha sin cuartel contra… Pero, ¿contra quién? El oso ruso acababa de entrar en un  largo período de hibernación, sus adláteres de Europa oriental se decantaban por las dichas (¡jamás desdichas!) de la economía de mercado, los enemigos de antaño se convertían en fieles seguidores del Nuevo Orden Mundial. Superada la etapa de los enfrentamientos Este-Oeste, surgía el interrogante: ¿y el enemigo? Obviamente, el ser humano no podía permitirse el lujo de vivir sin adversarios.

A finales de 1992, los politólogos y los estrategas militares dieron un gran suspiro de alivio: Occidente había encontrado un nuevo contrincante: el Islam. La aparatosa campaña mediática que se puso en marcha recordaba, extrañamente, los viejos tiempos del anticomunismo visceral, de la demonización del otro, de la cruzada contra el ateísmo, de la victoria del bien sobre el mal. En realidad, no resultó difícil convencer a la opinión pública que los vocablos Islam, árabe, infiel y terrorista eran… meros sinónimos. Los atentados del 11 – S sirvieron de colofón de esta ofensiva. Con la destrucción de las Torres Gemelas, símbolo de la opulencia de Occidente, los militantes de Al Qaeda  dejaron constancia de su odio hacia el modelo de sociedad impuesto y liderado por el capitalismo estadounidense. El enemigo sacó los colmillos; era exactamente lo que se pretendía. Los habitantes del primer mundo abominaban el Islam/islamismo radical/violencia/terrorismo; los pobladores del Dar al Islam llegaron a aborrecer a Norteamérica/Occidente/colonialismo/materialismo/sionismo. Extraña mezcolanza de conceptos que, metidos en el mismo saco, servían para fabricar al enemigo.

Mas con el paso del tiempo, Oriente y Occidente lograron superar el impacto primitivo de los estereotipos. Ni todos los árabes eran terroristas, no todos los occidentales unos ateos materialistas.

Las mal llamadas primaveras árabes, ejercicio de estilo ideado por politólogos estadounidenses, tuvieron un impacto negativo en el mundo musulmán.  Según el estudio Auge de inquietudes motivadas por el fundamentalismo islámico en Oriente Próximo realizado recientemente por el Pew Research Center, los pobladores de Líbano, Túnez, Egipto, Jordania y Turquía se muestran más preocupados por la amenaza fundamentalista que hace apenas doce meses. Con Al Qaeda, Hezbolá y Hamas, en el punto de mira, la opinión pública árabe repudia las opciones radicales, véase violentas.

Señala el informe del Pew Research Center que de todos los grupos musulmanes encuestados, los cisjordanos y los gazatíes albergan la opinión más favorable – el 26 por ciento - de Al-Qaeda, mientras que sólo el 6 por ciento de los árabes israelíes se muestran partidarios del engendro de Osama Bin Laden.

Mientras el 62 por ciento de los habitantes de Gaza se muestra partidario de los atentados suicidas, en Cisjordania, el porcentaje queda limitado al 36 por ciento de los encuestados. Curiosamente, Hamas cuenta (o contaba) con menos apoyo que Hezbolá tanto en Gaza como en Cisjordania. ¿Será por la inmediatez?

Según los datos de Pew, se deduce que el islamismo radical está de capa caída en el mundo musulmán. ¿Está? ¿Estaba? Huelga decir que el estudio del centro se publicó el pasado 1 de julio, unos días antes del inicio de la ofensiva israelí contra la Franja de Gaza. Un operativo que, lejos de acabar con la violencia terrorista, como afirma Israel, resucita el fantasma del odio y la intolerancia.  Los árabes, varones, mujeres y niños, vuelven a desempeñar el papel de abominables terroristas, los amigos de Israel, cómplices de la matanza de seres inocentes.  

Si el objetivo final de Israel era fabricar un enemigo, el mensaje subliminal puede resumirse en dos palabras: misión cumplida. El odio de los palestinos se perpetuará durante generaciones. Pero a lo mejor eso es justamente lo que desea la derecha sionista: librarse del estéril, molesto y hasta peligroso dialogo con los palestinos durante dos o tres generaciones. Misión cumplida.

jueves, 10 de julio de 2014

Operación Margen Protector – Netanyahu contra Hamás


No debemos permitir que la muerte nuestros hijos se convierta en una coartada para el combate (fratricida), manifestó hace apenas unos días Raquel Fraenkel, la madre de Neftalí, uno de los tres jóvenes israelíes secuestrados y asesinados por extremistas palestinos. Tomando la palabra ante los miembros de un foro de las Naciones Unidas, Raquel se comprometió a entrevistarse con la madre de Mohamed Abu Khdeir, el adolescente palestino quemado vivo por ultraderechistas judíos. A quienes insinúan que se trata de una decisión ingenua, de un gesto gratuito, Raquel les contesta: las madres pueden ganar la batalla que perdieron los políticos.

Conviene recordar que tanto los artífices del triple asesinato de Hebrón como los de la siniestra venganza de Jerusalén fueron identificados y se hallan bajo custodia policial. Sin embargo, en esta ocasión los crímenes no quedan circunscritos a una simple investigación de la brigada de homicidios. La sangre de los estudiantes de la escuela talmúdica de la milenaria ciudad cisjordana o del muchacho palestino de Shuafat reclama más sangre. El círculo vicioso desemboca en la barbarie. La ultraderecha israelí exige la expulsión de los palestinos de la Cuidad Santa de Jerusalén; el ala militar de Hamás amenaza con una masacre, con un auténtico baño de sangre. Mohamed será vengado, aseguran los cabecillas de las Brigadas Ezzedín al Qassam, brazo armado de la agrupación islámica. No se trata de una mera advertencia: en menos d 24 horas, los extremistas de la Franja de Gaza disparan más de 160 cohetes y granadas de mortero contra el territorio israelí. El Estado judío lanza la Operación Margen Protector, un espectacular operativo destinado, según los portavoces militares, a lograr la eliminación física de los dirigentes del movimiento islámico y acabar con las lanzaderas de misiles. La fuerza aérea bombardea los locales de Hamás, aunque también las viviendas de algunos militantes islámicos. El Primer Ministro Netanyahu pide a los militares que no actúen con guantes de seda. Por su parte, el Presidente palestino, Majmúd Abbas, reclama… contención. Su discurso se parece como dos gotas de agua al artículo – manifiesto de Barack Obama, publicado por el rotativo hebreo Haaretz.

¿Contención? En realidad, tanto Netanyahu como Abbas tienen que hacer frente a la presión ejercida por los ultras de sus respectivos Gabinetes. Durante la pasada semana, dos ministros pertenecientes a corrientes derechistas, Naftalí Benet, titular de Economía y Avigdor Lieberman, titular de Exteriores, protagonizaron el divorcio entre el Likud y sus socios ultraconservadores. Por ahora, la crisis se limita a la ruptura del pacto de coalición; los ministros no abandonan el Gobierno. Aun así, hay quien baraja la alternativa de un adelanto electoral, la típica maniobra israelí destinada a… ganar tiempo.

En el caso de Majmúd Abbas,  el conflicto no tiene dos vertientes: la palestino-palestina y la palestino-israelí. A nivel interno, destacan las disensiones entre los miembros de Al Fatah y Hamás que integran el nuevo Gobierno de unidad nacional. Mientras los islamistas reclamaron mano dura después del asesinato de Mohamed Abu Khdeir, los nacionalistas apostaron por la… reapertura del diálogo con Israel.

Las cosas se complican aún más a la hora de evaluar el impacto de la crisis en las ya de por sí difíciles relaciones con Israel. Sabido es que las autoridades de Tel Aviv tratan por todos los medios de acabar con la coalición gubernamental palestina. Estiman que Hamás – agrupación terrorista, reconocida como tal por los Estados Unidos y la Unión Europea -  debe quedar relegada a la Franja de Gaza, donde gobierna desde 2007, convirtiendo a Al Fatah en el único interlocutor con el Estado judío. Abbas necesita, sin embargo, el apoyo de la corriente islámica para afianzarse como presidente de todos por palestinos. Su credibilidad depende, en gran medida, del acuerdo con los dirigentes políticos de la  Franja de Gaza. Unos políticos a los que el Gobierno Netanyahu tiene previsto… eliminar.  El nombre del operativo es: Margen Protector. 

viernes, 4 de julio de 2014

El Califa de Bagdad


Todo empezó con un extraño e inesperado anuncio: los miembros del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS), incapaces de hacer frente a la ofensiva del ejército regular de Damasco, decidieron abandonar Alepo para adentrarse en suelo iraquí. Curiosamente, la mal llamada retirada estratégica desembocó en la espectacular ocupación de la mitad Norte de la antigua Mesopotamia y la proclamación del Califato islámico, es decir, de una entidad confesional que desconoce las limitaciones geográficas del mundo moderno o, si se prefiere, los confines establecidos artificialmente a comienzos del siglo XX por el acuerdo Sykes - Picot.

Los combatientes de ISIS no dudaron en proclamar califa a su líder, Abu Bakr al Bagdadi, un radical islamista nacido hace 43 años en la localidad iraquí de Samarra. El califa, cuyo verdadero nombre es Ibrahim bin Awad bin Ibrahim al Badri al Radawi al Husseini al Samarra'i, anunció  que iba a destruir la Kabba, la mítica piedra situada en la Mecca y conquistar poblaciones saudíes para poder trasladar el centro de operaciones del ISIS en la tierra de los wahabitas. Con esa advertencia, al Bagdadi retoma el discurso de Osama Bin Laden, quien solía calificar a la Casa Real saudí de excesivamente tibia a la hora de aplicar los preceptos del Islam tradicional. Para el autoproclamado sucesor de Mahoma por… voluntad de Alá, el mundo musulmán tiene que volver a sus raíces, a la guerra contra el infiel.

Al Bagdadi, declarado en 2011 el hombre más peligroso del mundo, dirige la agrupación religiosa más violenta del mundo islámico. Los propios líderes de Al Qaeda censuran el fanatismo de ISIS y se desolidarizan de sus acciones despiadadas. Por su parte, otros grupos de corte islámico critican la decisión del Estado Islámico de proclamar el califato, considerando que aún no se dan las condiciones objetivas para el establecimiento o, mejor dicho, el restablecimiento de las estructuras teocráticas abolidas hace nueve décadas, tras la desaparición del Imperio otomano. En realidad, los cabecillas de los movimientos yihadistas que combaten en Siria no parecen muy propensos a rendir pleitesía al nuevo califa, como lo exige la ley islámica. Para ellos, al Bagdadi sólo es uno de los suyos, uno más.

Curiosamente, la espectacular ofensiva los combatientes de ISIS no provocó la ira (ni la preocupación) de la clase política occidental. El actual inquilino de la Casa Blanca se limitó a hacer oídos sordos a las llamadas de auxilio de las autoridades de Bagdad, alegando que los Estados Unidos sólo intervienen en los conflictos cuyas repercusiones suponen un peligro real y directo para su seguridad. En este caso concreto, Irak, el país bombardeado, ocupado y sometido por los duendes de la guerra transatlánticos queda… lejos. Sin embargo, Washington no disimula su malestar cuando la fuerza aérea iraquí recibe aviones de combate de fabricación rusa. Moscú, con más criterio, hace todo lo que está en su poder para frenar el avance islamista. Pero los norteamericanos exigen, como contrapartida, cambios radicales en las estructuras de gobierno iraquíes. Mientras el primer ministro Nuri al Maliki se niega a aceptar los ukases de Washington, el presidente del Gobierno Regional de Kurdistán, Masud Barzani, coquetea con la vía secesionista. Razones no le faltan. Y una, tal vez la más importante, es… el petróleo. ¡Qué duda cabe de que se trata de un seguro de vida para muchas generaciones de kurdos!

A río revuelto… Los combatientes del ISIS cuentan, al parecer, con apoyos variopintos. Según Daniel Pipes, director de la publicación The Middle East Quarterly, uno de los valedores del Estado Islámico sería el Primer Ministro turco, Tayyep Recep Erdogan, quien se entrevistó en varias ocasiones con el emisario del ISIS, Yasín al Qadi,. Siempre según Pipes, Turquía habría pagado alrededor de 800 millones de dólares al Estado Islámico por suministros de oro negro. Conviene señalar que la cadena de televisión estadounidense CNN llegó a emitir un reportaje titulado Las rutas clandestinas de los contrabandos yihadistas a través de Turquía.

Norteamericanos, turcos, árabes, europeos. Todos aquellos que contaban con la derrota de Bashar el Assad y la desaparición del régimen baasista apoyaron o apoyan a los grupúsculos yihadistas que combaten en Siria e Irak.

A eso lo llamamos tirar piedras en el propio tejado, confesaba recientemente un politólogo ruso, preocupado por el avance del radicalismo islamisico en el Cáucaso. Es decir, en una posible, aunque por ahora hipotética región del Califato de Bagdad.