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viernes, 23 de octubre de 2015

Disiente y pagarás


Un fantasma recorre Europa; es el fantasma de la corrupción. Pero, ¿son corruptos los europeos? O, mejor dicho, ¿de verdad son tan corruptos como afirman algunos? Lo cierto es que desde hace más de una década, los escándalos financieros, las denuncias por irregularidades económicas y blanqueo de dinero de las temibles y prolíficas mafias empañan el horizonte del hasta ahora honrado, cuando no intachable Viejo Continente. 

De hecho, Europa se enorgullecía de haber promovido una serie de conceptos éticos, de haber ideado y llevado a la práctica normas de buena conducta empresariales o de convivencia social. No, el Viejo Continente no era, no pretendía ser, el jardín del Edén. Sin embargo, el abanico de las ventajas sociales logradas por los pobladores de la mayoría de los Estados que conforman la Unión Europea hacía palidecer a la clase política de otras latitudes. Norteamericanos, canadienses y asiáticos miraban con recelo hacia el continente que había regido los destinos del planeta. Mas la Europa de la segunda mitad del siglo XX poco tenía que ver con aquél conglomerado de imperios autoritarios. La cuna de la democracia y de los derechos humanos, quebrada por dos contiendas mundiales, fracturada por el bipolarismo impuesto por las superpotencias nucleares, procuraba levantar cabeza. Lo consiguió merced a los primeros tratados de cooperación firmados en Roma, París, Bonn y Bruselas. La Comunidad Europea del Carbón y el Acero, precursora del Mercado Común, abrió la vía a la integración económica del Viejo Continente. Pocos recuerdan hoy en día la época en la que el concepto de Europa Unida era sinónimo de mito, de mera utopía. Pero qué duda cabe de que la unión hace la fuerza.

La fuerza, la cohesión de los europeos, empezó a preocupar, allá por los años 70 del siglo pasado, a sus amigos y aliados de allende. Una Europa fuerte sí, pero una Europa protagonista, no. Los poderes fácticos no veían con buenos ojos la aparición de un nuevo polo de poder. Con el paso del tiempo, surgieron los primeros roces. Las discordancias se acentuaron a partir de 2001, cuando las principales potencias europeas  - Alemania y Francia – optaron por no convertirse en aliados incondicionales del Presidente Bush en su guerra total contra el terrorismo. Una cruzada que algunos asimilaron a un enfrentamiento con el Islam, con un nuevo enemigo, con un fantasma fabricado por quienes necesitaban a toda costa sustituir los  peligros rojo y amarillo, por la hidra verde. Mas el Viejo Continente tardó en reaccionar; hicieron falta los ataques directos – Copenhague, París - para hacerse a la idea de que también los europeos estaban en guerra. No quedaba más remedio que seguir a Washington en su ineficaz combate contra el yihadismo.  

Curiosamente, la otra guerra que el gigante transatlántico quería ganar era la de Rusia, a través de una Ucrania interpuesta. Pero las cosas se torcieron cuando el Kremlin decidió contrarrestar el golpe. 

Las sanciones impuestas a Rusia contaron, desde el primer momento, con el apoyo de la Unión Europea. Un apoyo algo timorato, teniendo en cuenta los variopintos intereses económicos de los 28, su dependencia de los suministros energéticos rusos. Pero cuando la potente locomotora alemana optó por distanciarse progresivamente de la postura intransigente de Washington, estallaron los escándalos. La Deutsche Bank, principal instituto financiero germano, fue acusada por el Departamento de Justicia estadounidense de blanquear de dinero de oligarcas rusos allegados a Vladimir Putin, cuyos nombres figuran en las listas negras elaboradas por Washington. 

Pocas semanas después, el FBI lanzaba a su vez un ataque contra la FIFA. La campaña pretendía acusar a la plana mayor de la Federación Internacional de Futbol de haber empleado métodos poco transparentes para la organización de los campeonatos internacionales de Qatar (2018) y… ¡Moscú! (2022).

Pero el golpe de gracia contra el gigante europeo llegó en el mes de septiembre, cuando la Agencia Norteamericana para la Protección del Medio Ambiente desveló la existencia de programas que manipulan los niveles de contaminación en los motores de 11 millones de automóviles (de fabricación alemana) Volkswagen. Cierto es que los americanos habían descubierto el fallo hace más de cuatro años. Pero al detectarse los primeros síntomas de recuperación de la economía germana, la perspectiva de unas sanciones económicas de 18.000 millones de dólares sólo en los Estados Unidos nos obliga a recapacitar.

Aparentemente, la nueva política de cooperación de los Estados Unidos podría resumirse en dos palabras: disiente y pagaras.

miércoles, 22 de abril de 2015

El desafío de los viejos generales


La crisis de Ucrania podría desembocar en una segunda Guerra Fría; La agresión de Rusia representa el mayor reto para la seguridad europea; Europa se rearma frente a la amenaza rusa. La lectura de los titulares de la prensa occidental me recuerda, extrañamente, los peores años de la Guerra Fría, la jerga belicosa empleada por los dos bloques militares empeñados en controlar el destino de los europeos: la Alianza Atlántica y el Pacto de Varsovia. Mas la confrontación ideológica Este – Oeste finalizó en la década de los 90 del pasado siglo, sin la inquietante intervención de los militares, predispuestos a apretar el gatillo o recurrir a los terroríficos artefactos nucleares almacenados en el suelo del Viejo Continente.  Aparentemente, el sentido común de los políticos había alejado el desencadenamiento de la Tercera Guerra Mundial. Pero se trataba de una simple tregua.

Los conflictos armados de la última década del siglo XX – Bosnia, Serbia, Kosovo – cambiaron la fisionomía de los Balcanes. Bosnia recuperó sus atributos de país musulmán; Serbia volvió a ser un territorio pobre, rodeado por vecinos codiciosos y molestos; Kosovo tuvo la dicha de convertirse en el primer protectorado de la OTAN ubicado en una de las regiones más inestables de Europa. El común denominador de los tres conflictos: la limpieza étnica. La solución trajo consigo los tráficos de armas y de drogas, la corrupción, la criminalidad, el reinado de las mafias. Todo ello, bajo la complaciente o cómplice mirada de los funcionarios internacionales y los expertos europeos.

El operativo militar en los Balcanes, liderado por el general estadounidense Wesley Clark, comandante en jefe de la OTAN, desembocó en la modificación de las fronteras. De la antigua Yugoslavia, promotora del Movimiento de los No Alineados, la famosa tercera vía entre el comunismo y el capitalismo, sólo queda un vago recuerdo. El ensayo resultó concluyente: se abría el camino para la expansión hacia en Este. 
  
Trescientos paracaidistas norteamericanos llegan a Ucrania. La noticia, publicada hace apenas unos días en los periódicos europeos, hace hincapié en el carácter pacífico de esta visita. Los militares estadounidenses se limitarán a adiestrar a los miembros de la futura Guardia Nacional ucrania, cuerpo de élite integrado por antiguos paramilitares.

Tranquilícese, estimado lector: nos aseguran nuestros ángeles de la guarda que la crisis de Ucrania poco tiene que ver con la Guerra Fría. Se trata de una guerra híbrida, eufemismo empleado por los estrategas para ocultar verdades por todos conocidas. Sin embargo, la guerra híbrida sirve para el envío de material sofisticado a las autoridades de Kiev. Los suministros se efectúan a través de empresas privadas que sirven de tapadera para la venta de armas, aparentemente no autorizadas por los Gobiernos.

Paralelamente  se registra un incremento del gasto militar de los nuevos miembros de la OTAN: Polonia, los países bálticos, Rumanía y Bulgaria. Se trata, en realidad, de los únicos países de la Alianza Atlántica que aumentan los presupuestos de defensa, pues tanto los EE. UU. como las potencias occidentales – Alemania, Francia, Italia, Dinamarca y Portugal – planean aplicar recortes drásticos a sus respectivas partidas de defensa. 

Hay que armar a Ucrania. Rusia atacará dentro de dos meses, afirma el ex general Wesley Clark en una entrevista concedida al semanario estadounidense Newsweek. Clark encabeza un triunvirato castrense, integrado por el general Patrick M. Hughes, antiguo director de la inteligencia militar norteamericana y el también general John S. Caldwell, ex jefe adjunto del Estado Mayor, encargado del suministro de armamento, que dirige actualmente una de las más importantes compañías especializadas en la venta de material bélico sofisticado. Curiosamente, al trio se le suma el multimillonario George Soros, ex especulador reconvertido a mecenas y pensador, también partidario de un enfrentamiento abierto entre Ucrania y Rusia. Estima Soros – y lo pregona – que en Ucrania se defienden los valores y los principios sobre los que se creó la… Unión Europea. Olvida sin embargo el financiero húngaro-americano el renacer de los movimientos de corte nazi y la omnipresente corrupción, principal lacra de Ucrania. 

Por ende, conviene señalar que el diabólico cuarteto dispone de fondos ilimitados, mueve el negocio de armas y cuenta con influencias a escala mundial. En este caso concreto, utiliza hábilmente un argumento clave: si la UE no se involucra, aunque sólo sea indirectamente en el conflicto, Europa dejará de tener un peso específico en las relaciones internacionales.


En resumidas cuentas: la guerra caliente contra el oso ruso está servida.    

jueves, 16 de enero de 2014

Turquía: el juego sucio




En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía, la opinión pública del país otomano acogió la noticia con un gran y muy sincero suspiro de alivio. Durante décadas, el país había sobrevivido al vacío político, a las crisis generadas por frágiles pactos de Gobierno, que solían alimentar la inestabilidad institucional. La corrupción y la ineficacia eran el común denominador del juego de la alternancia en el poder. Después de muchos y estériles “lavados de cara”,  los políticos tradicionales optaron por tirar la toalla. 

El beneficiario de esta claudicación forzosa fue el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación de corte islámico renombrada por su transparencia y honradez.  Sus líderes, Recep Tayyep Erdogan y Abdalá Gül, defensores a ultranza de la remusulmanización de Turquía e islamización de la diáspora, abogaban por un país  musulmán más afín a los conceptos básicos del Islam. Una opción ésta diametralmente opuesta al Estado laico creado en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk.    

¿Islamismo contra kemalismo? ¿Tradicionalismo contra modernidad? Estos fueron, desde marzo de 2003, los grandes interrogantes que se plantearon los politólogos occidentales, acostumbrados al estereotipo “Turquía – país musulmán laico”. 

Durante los once años de gobierno del AKP, el país otomano experimentó numerosos cambios. Los occidentales recordarán el apasionado debate sobre la utilización del pañuelo islámico en los lugares públicos, la limitación del papel desempeñado por las fuerzas armadas en la vida política, la modificación de la Carta Magna, la modernización de la normativa legal y la introducción de una serie de medidas destinadas a facilitar la integración de las minorías (kurda o cristiana) en la sociedad. Y, como no, la negativa del Parlamento de Ankara de autorizar el tránsito de tropas estadounidenses por territorio turco durante la guerra de Irak. Unas medidas controvertidas o mal comprendidas por los políticos del “primer mundo”, persuadidos de la validez universal de sus valores. 

Pero Turquía es diferente; siempre lo fue, siempre lo será. Ese puente entre Oriente y Occidente comparte los hábitos de los suníes de Bagdad o los chiíes de Teherán, de los alawitas de Latakia o los mazdeístas del Mar Caspio. Europa, la vieja Europa, es una quimera: la fantasía de un ilustre general otomano, Mustafá Kemal, nacido en la cosmopolita Salónica, baluarte heleno situado en los confines de dos mundos: el Islam y la cristiandad.   

Para los detractores de la integración de Turquía en la Unión Europea, el país otomano es un cuerpo extraño que jamás podrá adquirir cartas de naturaleza en el club cristiano de Bruselas. Coartadas: varias y muy diferentes, según la ideología de los críticos. 

Y si a las razones antes mencionadas se suma la tentación autoritaria del primer ministro Erdogan, la represión de las manifestaciones del parque de Gezi o la detención de periodistas no conformistas, se llega fácilmente a la conclusión de que Europa puede y debe –según los etnocentristas - exigir más cambios políticos y sociales. 

A finales de diciembre, un nuevo escándalo estalló en Turquía. Se trata, esta vez, de un “affaire” de corrupción que afecta al Ejecutivo. Las unidades especiales de la policía y los servicios secretos acusaron a los familiares de cuatro miembros del Gabinete de aceptar sobornos, realizar transferencias ilegales de dinero a Irán, manipular las licitaciones públicas, conceder permisos de obras ilegales. El escándalo desembocó en el cese fulminante de los titulares de Interior, Economía, Medio Ambiente y Urbanismo.

Erdogan no dudó en culpar a las potencias extranjeras de practicar un juego sucio destinado ante todo a… desprestigiar a Turquía. Acto seguido, varios centenares de policías fueron relevados de sus puestos. Tampoco se libraron los magistrados que habían ordenado investigar a los corruptos. 

¿Juego sucio? Ficticia o real, la acusación del primer ministro turco pone de manifiesto la existencia de un nuevo estado de cosas: lejos quedan los tiempos de la transparencia y la honradez. Erdogan debería recordar la máxima: El poder corrompe. Lo que ha trascendido es sólo la punta visible del iceberg. Aparentemente, el malestar es mucho más profundo. Hay quién estima que se trata, en realidad, de una guerra oculta entre el jefe del Ejecutivo y el clérigo islamista Fetulá Gülen, fundador de Hizmet (El Servicio), una extraña cofradía secreta que cuenta con numerosos seguidores en el mundo musulmán. Se cree que las últimas medidas adoptadas por el Gabinete Erdogan – cierre de algunos colegios regentados por El Servicio, que suponían una importante fuente de financiación  para el movimiento de Gülen, provocaron el incendio. Un incendio que los bomberos de Ankara difícilmente podrán apagar. 

martes, 31 de diciembre de 2013

Los nuevos conflictos de 2014




Los redactores de la revista estadounidense Foreign Policy elaboraron un exhaustivo informe sobre los temas que, según ellos, no despertaron el debido interés de los medios de comunicación en los últimos doce meses, pero que podrían saltar a la palestra durante el año entrante. 

En su lista figuran, junto a los cambios climáticos, algunos síntomas de malestar político y social que dejan entrever el estallido de nuevos conflictos, de nuevas crisis. Reproducimos a continuación algunos de los detalles de este complejo rompecabezas.  

La conquista del Polo Norte. Rusia y Canadá pugnan por el control de los recursos minerales de Árctico. El hasta ahora soterrado conflicto ha entrado en una nueva fase a mediados de 2013, al anunciar Moscú su intención de incrementar la presencia militar en la región. Según el  Ministerio de Defensa ruso, la armada llevará a cabo patrullas navales “disuasorias”. Por su parte, las autoridades canadienses informaron que estaban dispuestas a defender su soberanía sobre el territorio árctico.  

Conviene recordar que el calentamiento global llevó al deshielo paulatino de la región polar, abriendo nuevas rutas navegables que conducen a importantes y aún no explotados yacimientos de hidrocarburos, que figuran entre los mayores del planeta.

Liderazgo japonés de la ASEAN.  Durante el primer año de su mandato, el Primer Ministro nipón Shinzo Abe, ha hecho especial hincapié en el desarrollo de las relaciones diplomáticas con los Estados miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). 

Detalle interesante: en los últimos 12 meses, los japoneses realizaron compras masivas de obligaciones de los miembros de la Asociación, perdonado la deuda pública de algunos Estados.

Se cree que la “generosidad” de las autoridades niponas trata de ocultar el deseo de  Tokio de afianzarse como potencia regional. Aparentemente, esta decisión está relacionada con el constante deterioro de las relaciones con China, otro gigante regional.

Tratamiento contra el SIDA. En marzo de 2013, un grupo de investigadores médicos informó que, por vez primera en la historia, se logró la curación de un enfermo de SIDA mediante un tratamiento agresivo con sustancias antiretrovirales. Se trata de una niña que recibió, apenas 30 horas después de nacer, un tratamiento de choque con tres productos antivirales.

Boom económico en Irak. En 2013, el Producto Interior Bruto (PIB)  de Irak registró un incremento récord del 9,1 por ciento. Ello se debe, ante todo, al incremento de la demanda de “oro negro”, que generó un aumento generalizado de precios. Irak, segundo productor de crudo de la OPEP después de Arabia Saudita, se benefició de la coyuntura internacional. Sin embargo, sus estructuras socio-políticas siguen siendo muy frágiles.

Evolución de las energías renovables. Las energías eólica y solar han acusado un importante desarrollo en las dos cuencas del Atlántico. Los expertos de la Agencia Estadounidense para Energía, las renovables registrarán un incremento del 40 por ciento en los próximos tres años, convirtiéndose – a partir de 2016 - en la principal fuente de energía. Tormenta en perspectiva para los grandes suministradores de energía convencional.

Malestar en América Latina. Las manifestaciones antisistema han proliferado en los países iberoamericanos. En Brasil, Argentina, Colombia, Méjico, Perú y Chile, los indignados han protestado contra la corrupción, los aumentos de precios, las reformas del sector público o el escaso desarrollo económico, síntomas que preceden graves crisis. 

Estas proyecciones un tanto pesimistas figuran en el Informe anual de la revista,  documento que pretende dar claves sobre el significado profundo de unos acontecimientos que, por distintas razones, pasaron inadvertidos. Curiosamente, la publicación no menciona el malestar reinante en Turquía ni los síntomas, cada vez más incuestionables, del resurgir del terrorismo radical islámico capitaneado por Al Qaeda.