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domingo, 2 de junio de 2024

La OTAN: un bombero que apaga el incendio con lanzallamas (Orban)

 

Hay inicios de que Ucrania podría perder la guerra. Los primeros en lanzar el grito de alarma fueron los expertos de la inteligencia militar británica. Al día siguiente, las portadas de algunos tabloides estadounidenses anunciaban sin miramientos: Ucrania está perdiendo la guerra. No se trataba, claro está, de una constatación objetiva; el ataque iba dirigido ante todo contra la política del inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, acérrimo defensor del infructuoso esfuerzo bélico de Volodímir Zelenski.

En las últimas semanas, el contingente ruso logró apoderarse de unos 800 kilómetros cuadrados de tierra ucrania. La ofensiva contra Járkov, el segundo centro urbano más poblado del país, parecía imparable. Kiev exigía el envío de armamento sofisticado, pero la Casa Blanca tropezaba con el obstinado rechazo del legislativo. A las maniobras dilatorias del Senado estadounidense se sumaba la irritación de algunos miembros de la UE, poco propensos a seguir financiando el conflicto.

¿Error de cálculo?  Por supuesto; los analistas occidentales, los estragas atlantistas, habían contado con una guerra relámpago, con el espectacular debilitamiento del sistema exsoviético, con la estrepitosa caída del castillo de naipes de Vladimir Putin. O, en el peor de los casos, con la internacionalización del conflicto.

En primero en aludir a la posibilidad de enviar tropas extranjeras a Ucrania fue el presidente francés, Emmanuel Macron. ¿Soldados de la OTAN en suelo ucranio?  ¡Descartado!, contestaron los portavoces de las altas esferas de la Alianza. Sin embargo, Moscú no tardó en corregir el tiro, desvelando la presencia en Ucrania de unidades de la Legión Extranjera gala. París se salió del paso alegando que se trataba de un reducido número de instructores militares. Macron no se sintió obligado a facilitar más detalles. Pero la opción de una intervención militar occidental seguía vigente.

El Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, cuyo mandato finaliza en otoño, no tardó en sugerir el posible empleo de misiles de largo alcance de fabricación estadounidense para frenar la retirada de las tropas de Kiev en las inmediaciones de Járkov. Se trataba de artefactos que podían alcanzar objetivos en territorio de Rusia, lejos de la zona de combates. Apoyaron la propuesta Joe Biden, Emmanuel Macron, Olaf Scholz y otros gobernantes europeos.

Biden se apresuró en puntualizar: se trata sólo de objetivos estratégicos o militares. Una advertencia muy parecida a la enviada hace unas semanas al Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El líder del Likud optó por hacer oídos sordos. ¿Y Zelenski? 

Lo cierto es que los misiles están disponibles; basta con apretar el botón.

Huelga decir que la reacción negativa más contundente procede de un país… miembro de la OTAN: Hungría. El jefe del Ejecutivo de Budapest, Viktor Orban, el amigo de Putin, según los eurócratas de Bruselas, cargó contra la iniciativa de Stoltenberg alegando: La OTAN se asemeja a un bombero que apaga un incendio con un lanzallamas…Cuanto más disparen los ucranios, más avanzarán los rusos. Existe el riesgo, y hay que tenerlo muy presente, de que si apoyamos a Ucrania en el bombardeo del territorio ruso, podemos conseguir que los rusos se acerquen a nosotros, señaló Orban en una entrevista concedida a la emisora nacional radio Kossuth.

Conviene señalar que Orban no es el único detractor de esa iniciativa. Varios países del Este europeo comparten sus inquietudes.

Los jerarcas rusos se han limitado, al menos, de momento, a… levantar la voz. Claro que en su caso se trata de amenazar con una escalada que podría desembocar en una guerra nuclear.

Rusia responderá asimétricamente a los ataques ucranianos a su territorio con armas suministradas por los Estados Unidos, señaló el presidente del Comité de Defensa de la Duma, Andrei Kartapolov, quien añadió que la decisión de Biden de permitir ataques limitados dentro de Rusia con armamento estadounidense no afectará la operación militar rusa en Ucrania.

 

Por su parte, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dmitry Medvedev, advirtió el pasado viernes que Rusia no fanfarronea cuando habla de la posibilidad de utilizar armas nucleares tácticas contra Ucrania y que su conflicto con Occidente podría escalar hasta convertirse en una guerra total.

Asimismo, señaló que Moscú destruiría el personal militar y el armamento occidental en Ucrania o más allá de las fronteras del país si estuvieran involucrados en ataques contra Rusia.

 

Esto, lamentablemente, no es ni intimidación ni engaño, afirmó Medvedev. Por lo tanto, nadie puede descartar hoy la transición del conflicto a su etapa final…

¡Una guerra nuclear! ¿Preparados?


jueves, 18 de mayo de 2023

¿Hacia una autonomía estratégica global?

 

A Emmanuel Macron no se le puede echar en cara su… falta de sinceridad. Macron, ¿hipócrita? No, en absoluto. Pero lo cierto es que a veces sus verdades pueden resultar molestas para sus pares, los hombres y mujeres que dirigen los destinos del Planeta.  

El presidente galo afirmó recientemente que la victoria de Kiev en el conflicto con Moscú ha de ser el objetivo prioritario de las democracias occidentales, pero que los europeos tienen que idear una relación sostenible con Rusia. Si bien sus aliados comunitarios aplaudieron la primera parte del discurso – la victoria de Ucrania – consideraron que sería prematuro contemplar un hipotético restablecimiento de relaciones normales con el Kremlin.

Pero hay más; cuando Macron manifestó que el desequilibrio de fuerzas creado por la intervención rusa en Ucrania convierte a Moscú en un mero vasallo de China, logró abrir la caja de los truenos del Kremlin. El portavoz de Vladimir Putin le recordó al inquilino del Eliseo que las relaciones entre Rusia y China están basadas en el respeto mutuo y la cooperación fraternal, conceptos – según él – casi inexistentes en el vocabulario de la clase política occidental.  

Por ende, cuando el primer mandatario francés se erigió en defensor de la autonomía estratégica del Viejo Continente, el secretario general de la OTAN se apresuró en recordarle la irremplazable importancia del paraguas nuclear estadounidense. Menos diplomática resultó ser la reacción de Donald Trump al enterarse, durante la cumbre de la Alianza celebrada en 2017 en Varsovia, del extravagante neologismo de Macron. La respuesta del entonces presidente norteamericano fue contundente: ¿Autonomía? Pague su cuota a la OTAN y procure incrementar su contribución.

Con el paso del tiempo, el concepto de autonomía estratégica adquirió un nuevo significado. Tras la invasión de Ucrania, la imposición de sanciones contra Moscú, los desequilibrios económicos y monetarios generados por la alteración de las reglas aplicables a los intercambios comerciales, muchos Gobiernos tratan de hallar otras vías para el desarrollo armónico de las relaciones internacionales. Rusia y China abogan en pro del surgimiento de un mundo multipolar, que acabe con el papel hegemónico de los Estados Unidos. Se suman a este proyecto los mayores productores de petróleo – Araba Saudita e Irán – así como algunas potencias regionales emergentes que pertenecen al llamado Sur Global. El objetivo de estos países es de crear nuevas estructuras para el desarrollo de una intensa cooperación política y económica a través de plataformas globales y regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) o la Organización de Cooperación de Shanghái. (OCS).

Una de las prioridades de Moscú y Pekín es la desdolarización de los intercambios comerciales y la paulatina sustitución de la divisa estadounidense por un sistema de pagos basado en la utilización de monedas nacionales o la creación de una nueva unidad monetaria común.

La esencia de este concepto (autonomía estratégica) es que una nación mantenga sólidas relaciones de alianza y, al mismo tiempo, cultive la capacidad de pensar de manera independiente y actuar en función de sus propios valores e intereses, señala el catedrático y economista Kerem Alkin, que ostenta en cargo de representante de Turquía ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Señala el profesor estambulí, partidario de nuevas posibles alternativas para la integración de su país en un amplio concierto internacional, que el concepto de autonomía estratégica no se limita a los países del Sur, ya que también está siendo debatido entre los miembros de la Unión Europea y… la Alianza Atlántica.

En un mundo donde el equilibrio político-económico se está desplazando del Atlántico a Asia-Pacífico, las naciones líderes están experimentando diferencias significativas, ideas contradictorias e intereses en conflicto con sus supuestos socios y aliados de los últimos 22 años, sostiene el representante de Ankara en la OCDE. 

Si bien en las décadas posteriores a la Guerra Fría, la mayoría de las economías de los países industrializados abrazaron el concepto de autonomía estratégica y la indispensabilidad de convertirse en naciones autosuficientes en materia de defensa, energía, agricultura. alimentación, salud, tecnología digital y logística, la cuestión que destaca actualmente es la escasa confianza en el sistema multilateral, la equidad e imparcialidad de los organismos internacionales o la transparencia de las decisiones tomadas por dichas organizaciones.

Apostar por el multilateralismo. ¿Acaso ello significa que Turquía está dispuesta a abandonar su viejo sueño europeo para acercarse progresivamente al perverso eje Pekín-Moscú? Lo cierto es que, en los últimos meses, el presidente Recep Tayyip Erdogan no disimuló su interés por concertar un posible ingreso de Ankara en este Club de los Emergentes.

El porvenir nos los dirá.


martes, 11 de octubre de 2022

Para la mayor gloria de Francia

 

En presidente galo, Emmanuel Macron, inauguró la semana pasada en Praga un proyecto que lleva el prestigioso sello de la República Francesa: la Comunidad Política Europea. Un proyecto destinado a ampliar el espacio de la Unión a los países que no cumplen los requisitos para el ingreso en el exquisito club de Bruselas, pero que debería convertirse en foro de debate para una cuarentena de Estados europeos y mediterráneos que, por su situación política y ubicación geográfica, no encajan en los actuales esquemas de la UE.                                                                                                              

La Comunidad nace sin ideario concreto y carece - al menos por ahora - de Reglamentos internos. Su principal objetivo consiste – según la presentación hecha por el propio jefe de Estado francés – en fomentar el diálogo político y la cooperación y reforzar la seguridad, la estabilidad y la prosperidad del continente europeo. Lo que pretende París es proyectar un bloque europeo amplio que incluya a países extracomunitarios que debatan temas relacionados con el cambio climático, la energía, las migraciones, la paz o la seguridad en la zona.                                                                                                           

A los 27 miembros de la Unión Europea se sumarían otros 17 Estados europeos, el Reino Unido, Turquía, los eternos candidatos a la adhesión de los Balcanes occidentales, Ucrania, Azerbaiyán y Armenia. Una agrupación ideada para acentuar el aislamiento político de los nuevos enemigos del Viejo Continente: Rusia y Bielorrusia.

Obviamente, la Comunidad no sustituirá a las políticas actuales de la UE, en particular la ampliación, y respetará plenamente la autonomía decisoria de Bruselas. Sus diálogos y, ante todo, sus conclusiones, no tendrán carácter vinculante.   

La Comunidad Política se propone analizar numerosos asuntos pendientes, como, por ejemplo, las relaciones del Continente con el Reino Unido después del Brexit, la fluctuante situación de Turquía, la problemática de Serbia o los conflictos de Nagorno-Karabaj, Transnistria, Osetia del Sur y Abjasia.                                                      

La idea de Macron se basa en el proyecto de la Confederación Europea, lanzado en 1989 por otro jefe de Estado francés, François Mitterrand, partidario de organizar Europa tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, Mitterrand era partidario de integrar a Rusia en la famosa Casa Común ideada en su momento por Mijaíl Gorbachov. Pero los tiempos cambian: la Federación Rusa de Vladímir Putin desempeña – con éxito – el triste papel de enemiga.                           

Cabe preguntarse si Macron sueña con tomar las riendas de Europa, una posición que ha ocupado durante lustros la canciller alemana Angela Merkel.                                                

Difícilmente lo podríamos imaginar liderando el cada vez más disonante concierto europeo, donde los fastuosos tonos de su adorada Marcha del Emperador tropiezan (y tropezarán) con los festivos acordes de una Giovinezza.                        

No, lo cierto es que Emmanuel Macron sigue el ejemplo de sus ilustres predecesores: Mitterrand, Chirac y Sarkozy, estadistas dedicados a elaborar grandiosos proyectos dedicados a la mayor gloria de Francia.                              

A finales de los años 80, François Mitterrand apadrinó un proyecto muy parecido a la Casa Común de Gorbachov. A mediados de la década de los 90, Jacques Chirac se empeñó – sin éxito – a adueñarse del Proceso de Barcelona, para convertirlo en el… Proceso de Marsella. Su sucesor, Nicolas Sarkozy, aprovechó el dramático estancamiento de la Declaración de Barcelona para convertir el moribundo proceso en la Unión por el Mediterráneo, herramienta diplomática casi desconocida y muy desaprovechada.

Emmanuel Macron, asiduo lector de sus clásicos, encontró un texto de François Mitterrand que rezaba: Francia no lo sabe, pero estamos en guerra con América. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra económica, una guerra sin muerte aparentemente. Sí, los estadounidenses son muy duros, son voraces, quieren un poder indiviso sobre el mundo. Es una guerra desconocida, una guerra permanente, aparentemente sin muerte y sin embargo una guerra a muerte.

De ahí la idea de crear un Ejercito europeo. La OTAN – afirmó Macron en noviembre de 2019 - tiene el encefalograma plano; es un signo de muerte cerebral. Pero bastó con la amenaza de Trump de retirarse de la Alianza Atlántica para que los políticos europeos vuelvan a cantar las loas del paraguas nuclear estadounidense. Emmanuel Macron tuvo que rectificar el tiro, hallar un nuevo concepto llamado a brillar a la mayor gloria de Francia.

Así se engendró la Comunidad Política Europea.

lunes, 15 de agosto de 2022

Alemania: la desglobalización nos empobrece

 

La locomotora europea ya no tira. Su velocidad de crucero ha disminuido considerablemente en los últimos meses. Y las perspectivas son poco halagüeñas. En efecto, tanto Francia como Alemania, auténticos motores económicos del Viejo Continente, reconocen su incapacidad de dinamizar el proyecto europeo, paralizado por las incesantes manobras que presagian el comienzo de una nueva Guerra Fría.

La situación del país galo es poco boyante. Cuatro años después del terremoto provocado por los chalecos amarillos, la estructura socio-política de Francia parece descabezada. Emmanuel Macron no cuenta con el apoyo parlamentario indispensable para llevar a cabo su proyecto neoliberal, inspirado por los gurús de los centros de estudios financieros, ya de por sí alejados de la vida cotidiana.

Macron es un buen teórico. Pero de la teoría a la práctica hay un abismo, afirman los veteranos parlamentarios galos, irritados por los frecuentes titubeos y resbalones del Presidente.   

Quien parece haber heredado el ademán de los titubeos (¡políticos!) es el canciller alemán Olaf Sholz, poco propenso a imitar el estilo de su predecesora, Angela Merkel.  Consciente de tener que navegar en aguas turbias, Scholz improvisa, combinando el tremendismo con un excesivo optimismo.

En el ámbito comunitario, el canciller tiene que soportar los frecuentes ataques de los conservadores polacos que, al dirigir sus críticas contra el supuesto autoritarismo de la también alemana presidenta de la Comisión Europea, Ursula van der Leyen, aluden al colonialismo germano de la UE. De hecho, el Parlamento polaco ha exigido la destitución, sí, destitución de van der Leyen alegando su intromisión en los asuntos internos de Polonia al supeditar el envío de los fondos para la recuperación de la pandemia a la modificación de las normas poco democráticas que rigen las relaciones entre el Ejecutivo y el Poder Legislativo polacos.

Otra batalla se libra en el frente húngaro, donde el populista Viktor  Orban reclama la abolición de la normativa de género de la UE, considerándola incompatible con los usos y costumbres del pueblo magyar.

Para nosotros, los húngaros, el núcleo conyugal está compuesto por un hombre y una mujer. ¡Y nada más! afirmó Orban durante su reciente gira por los Estados Unidos. Cosechó los efusivos aplausos de una audiencia de militantes trumpistas, más identificada con el ideario de Orban que con las necedades de los gnomos europeístas de Bruselas. Y aunque los eurócratas traten de acallar las voces discordantes o de ocultar las criticas cada vez más virulentas de los díscolos húngaros y polacos, su discurso encuentra eco en Croacia y Rumanía, cuya opinión pública se identifica con la argumentación de los rebeldes.  

También en el ámbito comunitario, sorprendió la decisión de Berlín de oponerse a la recaudación de fondos para Ucrania. El “paquete” de 8.000 millones de euros destinado a la asistencia a Kiev quedó bloqueado por la negativa alemana de financiar el esfuerzo de guerra de Zelensky. Para el equipo de Scholz, las cantidades exigidas por el líder ucranio difícilmente serán reembolsable a corto o medio plazo.

Berlín puso encima de la mesa 1.000 millones de euros, frenando la euforia comunitaria. Zelensky no tardó en calificar el gesto de Scholz de…crimen, de abandono del pueblo ucranio.    

En el ámbito interno, Olaf Scholz tiene que enfrentarse al creciente malestar del sector empresarial, preocupado por la desglobalización de las actividades económicas. Lo industriales temen que una más que previsible guerra comercial con China resultaría demasiado costosa para su país.

Conviene señalar que, en 2021, los intercambios comerciales con Pekín ascendieron a unos 245 000 millones de euros. Una reducción del comercio tendría consecuencias devastadoras para Alemania.

Una desvinculación económica de la Unión Europea del gigante asiático, que implicaría la adopción de represalias por parte de China, le supondría a Alemania un coste seis veces superior a las pérdidas del Brexit. Es lo que se desprende de un estudio realizado por el Instituto IFO (Institut fuer Wirtschaftsforschung) para la Asociación de Industriales Bávaros.

El trabajo, un índice de clima empresarial de la economía germana, se basa en el resultado de cuestionarios enviados a 7.000 empresas, que evalúan las perspectivas de negocios a corto plazo, utilizado para la confección del indicador mensual de confianza.

La desglobalización nos empobrece. En lugar de alejarse sin una razón aparente de importantes socios comerciales, las empresas deberían disponer de información exhaustiva que les permita reducir la dependencia de ciertos mercados y regímenes autoritarios, afirman los autores del informe, haciendo hincapié en el hecho de que China es, con gran diferencia, el socio comercial más importante de Alemania. Aparentemente, un acuerdo comercial entre la UE y los EE. UU. podría amortiguar el impacto negativo de la desvinculación de China, aunque sin poder compensarlo por completo.

En Alemania, los principales sectores perjudicados por una guerra comercial con el gigante asiático serían la industria automotriz (-8,47% pérdida de valor agregado; -$8.306 millones), las empresas de transporte (-5,14%); -1.529 millones de dólares) y fabricantes de maquinaria y equipos (-4,34%; -5.201 millones de dólares), según datos facilitados por la publicación comunitaria Europe Today .

Si Alemania, país exportador, quiere reorientar su modelo de negocios, la deslocalización de la cadena de suministros no sería la solución más idónea. Una opción más inteligente consistiría en establecer alianzas estratégicas y acuerdos de libre comercio con naciones afines, como los Estados Unidos, sugieren los autores del informe. Más claro…

Obviamente, la locomotora ya no tira.

viernes, 3 de septiembre de 2021

La brigada del alférez Borrell


La precipitada y caótica retirada de Occidente de Afganistán ha puesto de manifiesto tanto la peligrosísima falta de previsión de la Administración Biden, obligada a recurrir a un sinfín de malabarismos para justificar los múltiples fracasos de su gestión, como la ineptitud de Europa como actor político global.

El actual inquilino de la Casa Blanca ha dejado constancia de que su slogan América ha vuelto debería interpretarse de una manera más restrictiva. En realidad, el lema del presidente estadounidense es Sólo América. El resto del mundo, adversarios o aliados, se merece el mismo displicente trato. Biden no dudó en convertir sus fracasos o errores de cálculo en extraordinarios éxitos. Frases conocidas también en otras latitudes.

Extraordinarios éxitos. Pero ¿de verdad lo fueron la retirada de Kabul, la entrega del poder a los talibanes, el abandono de los nutridos arsenales regalados al enemigo? Joe Biden, tal Poncio Pilato, se lavó las manos.

¿Y sus aliados? Los países occidentales, involucrados durante dos décadas en el operativo de defensa ISAF – OTAN, abandonaron el terreno cumpliendo a rajatabla las indicaciones del mando estadounidense.  La frustración se fue adueñando de los miembros de la Alianza Atlántica, simples peones de esta partida de ajedrez en la que los extraordinarios éxitos de la Casa Blanca compiten con la incontestable victoria del movimiento islámico.  

¿Los europeos? Obligados a actuar a la zaga de Washington, los eurócratas de Bruselas no dudaron en jugar su baza, al sugerir la creación de un ejército europeo independiente. La iniciativa, presentada la pasada semana por el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, experimentó una rápida metamorfosis en los últimos días. El ejército se convirtió en un cuerpo de intervención rápida, el cuerpo, en una brigada integrada por unos 5 a 6.000 efectivos.  Algunos ministros de defensa de países miembros de la Unión Europea apuntaron a cifras más altas – 15 a 20.000 soldados, pero los duendes de la Comisión se apresuraron a rebajar las exigencias. El propio Borrell se comprometió a presentar un borrador de proyecto antes de finales de año, recordando tal vez la regañina que se llevó el presidente galo, Emmanuel Macron, cuando propuso la creación de un dispositivo de defensa europeo desvinculado de la Alianza Atlántica. Donald Trump logró frenar su impulso con un calma, chico. La iniciativa francesa quedó semiarchivada. Pero después de la debacle de Afganistán, a los europeos les pareció lícito resucitarla.  

Huelga decir que el planteamiento no es nuevo. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, los partidarios de la integración europea contemplaron la creación de un mercado interior y de una política exterior y de seguridad coordinada. La Unión Paneuropea, fundada por europeístas de primera hora y presidida por el archiduque Otto von Habsburg, debía albergar la nueva casa europea. Sin embargo, von Habsburg constató que la casa acabó convirtiéndose en … en una aldea.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la estructura supranacional emanante del Tratado de Roma se fijó como objetivo transformar el Viejo Continente en una gran Suiza. Pero siguiendo el modelo francés, sólo consiguió crear una gran Italia. La manía de la armonización institucional y social que prevalece en estos momentos, obliga a los europeos a vivir en una morada estrictamente regulada. Y no cabe la menor duda de que una política exterior y de seguridad común no puede evolucionar mientras los Estados miembros estén asfixiados por una excesiva regulación. 

Hay quien estima que el futuro sistema de defensa común no debería recaer bajo el paraguas de las instituciones comunitarias. Autónomo o vinculado a la estructura de la OTAN, sería más eficaz que un simple brazo armado de Bruselas.  

Consideran los estrategas que no todos los Estados miembros de la Unión deberían pertenecer al sistema de defensa. La participación tendría que ajustarse a las inquietudes de cada nación, que varían según la proximidad a distintas zonas de conflicto: África, Oriente Medio o Rusia. 

La brigada del alférez Borrell debería fijarse, pues, la doble meta de reducir la dependencia militar de los Estados Unidos y actuar como socio estratégico global. Ambiciosos objetivos que descartan a priori el férreo control de los burócratas o eurócratas, llámense como se quiera.  

domingo, 18 de abril de 2021

El tío Joe y el “asesino”

 

Extraño titular éste para una columna dedicada a la política internacional, a la dificultosa marcha de nuestro mundo. Es lógico que le sorprenda, estimado lector, pero no se escandalice; en un mundo en que se derriban estatuas, se censuran las hazañas de filósofos, literatos o exploradores, se reniega de la música demasiado colonial de Mozart y de Bach, no conforme con el fascinante estilo de Dua Lipa (por cierto, ¿quién es Dua Lipa?), en un mundo donde todo vale, parece hasta cierto punto normal que los titulares periodísticos cambien. El autor de estas líneas se queda, pues, con el nada provocativo El tío Joe y el “asesino”.

 La semana se cierra con un inquietante incremento de la conflictividad; la paz mundial parece amenazada por la inhabitual concentración de tropas ¡rusas! en los confines con Ucrania. Washington, París y Berlín denuncian los propósitos belicosos de Moscú, que se dispone a llevar a cabo una agresión en los linderos de la OTAN. ¿Linderos de la Alianza Atlántica? Olvidados quedan los acuerdos de Praga, el compromiso de los occidentales de no trasladar unidades militares hacia los territorios del antiguo Pacto de Varsovia. En las últimas décadas, la Alianza se ha expandido al Este. Sus nuevos socios pertenecen a la región del mar Báltico o el mar Negro, Polonia y Rumanía se encuentran en la primera línea de frente. Su adversario, la Federación Rusa, les convierte en un hipotético blanco de los ataques del oso ruso, el espantajo de la Guerra Fría.

Por su parte, el Kremlin trata desdramatizar la situación: la presencia de sus tropas en la frontera con la región secesionista de Dombás nada tiene que ver con unos supuestos planes de agresión contra Ucrania, primer país del Este europeo que estrenó la moda de las revoluciones de colores.

¿Agresión? De ninguna manera; Occidente está empeñado en provocar un conflicto fronterizo para entorpecer la vuelta de una gran potencia – Rusia – a la escena mundial, afirman los medios de comunicación moscovitas.

Del otro lado de la frontera, en la región que Washington no duda en llamar pomposamente el campo de la democracia, la percepción es completamente distinta. El presidente ucranio, Volodymyr Zelensky, evacúa consultas con la Casa Blanca, el Pentágono, la OTAN, los jefes de Gobierno europeos. Su mensaje es invariablemente el mismo: ante la amenaza rusa, urge la adhesión del país a la OTAN y la UE. No estamos dispuestos a quedarnos indefinidamente en la antesala de Europa, afirma Zelensky, aparentemente poco persuadido de que los procesos de adhesión suelen ser largos y (muy) penosos.

El líder ucranio cuenta con el respaldo de Emmanuel Macron, especialista en soluciones a la carta que poco tienen que ver con la normativa jurídica que rige la conducta de los organismos internacionales. De hecho, Macron quiere que Occidente actúe. Y ello, haciendo caso omiso de las recriminaciones de Zelensky, que le echa en cara su excesiva amistad con Vladimir Putin. Pero, ¿quién dijo que los estadistas no se comportan a veces como… niños?

A las escénicas salidas del presidente de Ucrania (actor de profesión) se suman las señales de emergencia emitidas por el estamento castrense de Varsovia y Bucarest, que reclama un sustancial incremento de la presencia militar de la Alianza en sus respectivos países.

El tono sube.  Si la disuasión falla, estamos dispuestos a responder a la agresión con todo el peso de la Alianza Alántica, afirmó el general Tod Wolters, Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas en Europa, durante una audiencia en el Comité de Servicios Armados de Senado estadounidense. La OTAN sigue siendo el centro de gravedad estratégico y la base para la disuasión y la seguridad en Europa. Todo lo que hacemos es construir la paz, añadió el militar.

 

Por su parte, Rusia acusa también a Ucrania de preparar una ofensiva militar contra los separatistas del Dombás. Moscú advierte a las autoridades de Kiev que en este caso podría intervenir para apoyar a la población rusa en Donetsk y Lugansk, las provincias controladas por las fuerzas prorrusas.

 

Los estrategas de Washington reclaman planes de defensa concretos para el Mar Negro; las repúblicas bálticas, mayor presencia aliada.

 

Y aquí interviene el tío Joe, perdón, en presidente Biden, que se dirige a su homólogo ruso, Vladimir Putin, al que había tratado de asesino en una reciente entrevista televisiva. Como consecuencia, Moscú retiró a su embajador en los Estados Unidos, Anatoly Antonov, que aún permanece en la capital rusa. Privado de la presencia del representante diplomático, Biden se vio obligado a conversar directamente con el asesino.

 

Su propuesta: muy sencilla. Celebrar una cumbre en terreno neutral para hablar de todo: Ucrania, las relaciones comerciales de Rusia con Occidente, que tanto molestan a Washington, el espionaje informático, los intentos de desestabilización, Irán…


Biden apuesta por una postura constructiva por parte de su interlocutor. Mas apenas 48 horas después de efectuar esa llamada, la Administración estadounidense anuncia la adopción de nuevas sanciones contra Moscú. Una de cal…

 

Aparentemente, la Casa Blanca no comprende en silencio del Kremlin. El que eso escribe tampoco comprende la música de Dua Lipa…

 

martes, 12 de enero de 2021

Turquía – Occidente: ¿pasar página o volver a empezar? (I)

 

Qué todo siga igual, pero que todo cambie, parece ser el mantra del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en el umbral de la nueva década. Una meta difícil de lograr en circunstancias normales en países donde impera el cartesianismo, pero sin duda compatible con los sutiles matices de Oriente. Pero Turquía es, ante todo, un país oriental, donde la sutilidad y la diplomacia pueden lograr milagros. El primer mandatario turco lo sabe perfectamente y apuesta por soluciones portentosas en el embrollo de las relaciones internacionales.  

Entre los objetivos prioritarios de Erdogan figura la mejora de las relaciones con Washington, seriamente deterioradas durante los últimos años del mandato de Donald Trump, el multimillonario muy propenso a avalar las aventuras bélicas de Turquía en la región mediterránea – Siria, Libia – y el Cáucaso – Azerbaiyán, Armenia – pero inflexible a la hora de aceptar la afrenta de un miembro fundador de la Alianza Atlántica que se decanta por adquirir material bélico ruso. Después de todo, Rusia sigue siendo el enemigo de Occidente e, implícitamente, de la OTAN.

La Casa Blanca decidió, pues, imponer sanciones al régimen de Ankara, suspendiendo su participación en el desarrollo del programa del supercaza F-35. El Pentágono sospechaba que los turcos podrían servir de puente para la trasferencia de tecnología militar estadunidense a Rusia. Pese a la aplicación de las sanciones, el dialogo estratégico entre Washington y Ankara continúa.  

De hecho, el presidente Erdogan confía en que la nueva Administración demócrata decida adoptar un tono más dialogante, véase hacer borrón y cuenta nueva de los agravios de Trump. Quedan, sin embargo, otros aspectos conflictivos, como la negativa de Washington a conceder la extradición del clérigo turco Fethullah Gülen, ex aliado circunstancial de Erdogan y fundador de una gigantesca red de instituciones islámicas – centros culturales, colegios y universidades - con ramificaciones en decenas de países, o el apoyo estadounidense a la facción armada kurdo-siria YPG, socia de los estadounidenses en la lucha contra el Estado Islámico, pero que Ankara tilda de mera prolongación del movimiento marxista kurdo PKK, artífice de la interminable guerra civil que sacudió Turquía durante décadas.

A ello se añade, claro está, el apoyo del Gobierno Erdogan al régimen islámico de Teherán, archienemigo de mimada dinastía saudí, las buenas relaciones con el emirato de Qatar, donde Ankara cuenta con instalaciones militares, o la presencia de asesores turcos en Azerbaiyán. Un atentico quebradero de cabeza para la futura Administración estadounidense.

Sin embargo, Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente durante el mandato de Barack Obama, conoce la problemática de la región. Visitó Turquía en cuatro ocasiones y reiteró su deseo de mantener buenas relaciones con Erdogan.

Los americanos quieren pasar página, ha señalado el portavoz presidencial turco, Ibrahim Kalin, durante su primera comparecencia de 2021. Más aun; el equipo de Erdogan confía en que la Administración Biden podría resucitar, de manera directa o indirecta, el mortecino dialogo entre Ankara y Bruselas, ya que Washington había abogado en el pasado por el ingreso de Turquía en la Unión Europea.  El restablecimiento del diálogo diplomático con Grecia, así como los contactos de Erdogan con la presidenta de la Comisión Europea parecen haber creado una atmosfera positiva.

El enfrentamiento entre Turquía, Grecia y Chipre sobre la frontera marítima del Mar Egeo, véase la explotación de los recursos naturales del Mediterráneo oriental, la multiplicación de los incidentes navales y las amenazas de un posible recurso al uso de la fuerza enturbiaron aún más las tensas relaciones entre los Estados vecinos. Mientras el presidente Macron parecía propenso a apoyar las acciones militares greco-chipriotas, la Canciller Merkel desempeñó un papel moderador en el conflicto. Las aguas parecían haber vuelto a sus cauces hacia finales de diciembre, cuando Atenas, Ankara y Nicosia se decantaron por la celebración de consultas diplomáticas.

Otro escollo importante de las relaciones entre Turquía y la UE es la cuestión de la migración. En marzo de 2016, Bruselas y Ankara llegaron a un acuerdo para detener la migración irregular en el mar Egeo y mejorar las condiciones de vida de los dos millones de refugiados sirios residentes en suelo turco. La entrada en vigor del acuerdo ha logrado contener el flujo de refugiados hacia los países de la UE. Sin embargo, la tardanza de Bruselas en transferir los fondos comprometidos – alrededor de 6.000 millones de euros – ha suscitado un profundo malestar en Ankara. En Gobierno Erdogan amenazó en reiteradas ocasiones con la apertura de la frontera con Grecia, el gran coladero de la inmigración procedente de Oriente Medio.

También figura en la lista de agravios la no suspensión del visado comunitario para los ciudadanos turcos que viajan a la UE, proyecto que debía haberse materializado en 2013. Sin embargo, la decisión de Bruselas sigue relegada a… las calendas griegas.  

A esas incógnitas se suma otra, no menos importante y conflictiva: el porvenir de las relaciones de Turquía con sus vecinos asiáticos - Siria, Irak, Armenia y Georgia - y también europeos - Bulgaria, Grecia y Macedonia – territorios que formaban parte, al final de la Primera Guerra Mundial, de la Gran Turquía.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Y Macron mandó la flota

 

Es extraño, pero llevo varios días, tal vez semanas, preguntándome si vivimos en la Edad Media o si han vuelto a mi mente – voluntaria o involuntariamente - las viejas películas de corsarios y piratas, de batallas navales entre reinos e imperios, de soberbios monarcas de la Vieja Europa y megalómanos sultanes otomanos. Películas, eso sí, en blanco y negro, relatando la interminable pugna entre la Liga Santa y la Sublime Puerta, con un trasfondo de religión y de incitación a la cruzada, a la yihad o cualquier dislate digno de la mentalidad de los hombres o superhombres de los siglos XV o XVI. En resumidas cuentas, de un enfrentamiento irracional, como todos los incidentes o accidentes que ahormaron nuestra historia.

Los verdaderos protagonistas de esa ensoñación, tal vez debería decir, pesadilla, son dos personajes modernos: el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, y su homólogo turco, Tayyip Recep Erdogan.  Macron interpreta el papel del reverenciado Rey Sol, mientras Erdogan asume el rol del no menos admirado sultán Mehmed II. La trama podría ser el cerco de Constantinopla o bien la batalla de Lepanto, según se mire. Pero en este caso concreto, los dos rivales pugnan por… el control de los recursos energéticos del Mediterráneo.

Volvamos, pues, al siglo XXI. Durante meses, los despachos de agencias se hicieron eco de la disputa entre Atenas, Nicosia y Ankara por los aún no explotados yacimientos de gas natural detectados en las inmediaciones de las costas de Chipre. Unas reservas que tanto los griegos como los chipriotas consideran suyas. Pero la distancia entre la plataforma continental helena y las costas de Chipre es de… 1.100 kilómetros, mientras que Turquía se halla a unos escasos 64 kilómetros de la Isla de Afrodita (Chipre). Las autoridades de Ankara reclaman el derecho de explotar los recursos del mar patrimonial, la zona económica exclusiva situada en las inmediaciones de sus aguas territoriales. El Gobierno grecochipriota de Nicosia se opone, mientras que Atenas, además de protestar, envía sus fragatas a la zona. Ankara decide emular el ejemplo del archienemigo griego; las flotas de los dos países miembros de la Alianza Atlántica están en posición de combate cuando interviene el árbitro: la multinacional TOTAL, compañía de hidrocarburos francesa encargada de la prospección ce los yacimientos. De repente, el conflicto se internacionaliza. París manda una agrupación de aviones de combate Rafale a Chipre, infringiendo las normas del acuerdo de desmilitarización de la isla rubricado en vísperas de la declaración de independencia de la antigua posesión británica. Por otra parte, París decide aumentar su presencia naval en la región y aprovecha la oportunidad para renovar ¡cómo no! los acuerdos de suministros de armas a Grecia.

Turquía no tarda en acusar a los franceses de “matonismo”, invitando a los “valientes” galos a volver a su casa. El tono sube: el sultán Erdogan toma el relevo a sus visires encargados de defensa y asuntos exteriores. Por su parte, el rey Macron decide tomar cartas en el asunto. Alemania, la OTAN y la Casa Blanca se disputan el papel de salvavidas. El incendio está a punto de extinguirse, cuando entra en escena una publicación humorística parisina: Charlie Hebdo.

El semanario francés, conocido por su tono irreverente es, qué duda cabe, partidario de la acracia. Su primera incursión controvertida en el mundo de la política internacional se remonta al año 2011, cuando cambió su nombre en Charía Hebdo (ley coránica). Al año siguiente, publicó caricaturas en las que el Profeta aparecía… desnudo. El Gobierno francés tuvo que cerrar sus embajadas en los países musulmanes, por miedo a represalias. Pero la riposta de los radicales llegó en enero de 2015; en el atentado contra la redacción murieron 12 personas. Los franceses y los europeos condenaron el ataque. Desde entonces, subsiste el interrogante: ¿ajuste de cuentas de los radicales islámicos u ofensiva contra la libertad de prensa?  

En el último acto de este hilarante vodevil de reyes, sultanes e hidrocarburos, Charlie Hebdo se colocó del lado del rey Sol Macron, poniendo en jaque al sultán Erdogan, que aparece retratado en una postura completamente indecorosa, suscitando nuevamente la indignación y la ira del mundo musulmán. Emmanuel Macron trató de desvincularse de la actuación del semanario. Sin embargo, pocos musulmanes parecen dispuestos a aceptar sus explicaciones. A lo que algunos llaman una “bofetada al Islam” se contesta con campañas de boicot de las exportaciones francesas destinadas al mundo árabe.  

Pero sinceramente hablando: Charlie Hebdo no es responsable del envió de cazas franceses a la Isla de Afrodita. Ni tampoco… ¿la TOTAL?


martes, 31 de diciembre de 2019

Los despechados balcánicos cierran fila


Llegaron a la conclusión de que debían combatir la desesperación, el hartazgo, la desilusión provocadas por las maniobras dilatorias de sus hipotéticos “socios” comunitarios. Que su región, esta zona gris situada en los confines de la Unión Europea y el hipotético “peligro cultural o religioso” encarnado por la indeseada Turquía, debía forjar sus propias estructuras de cooperación, sin esperar el beneplácito de las “locomotoras” de la UE. Con razón; los países balcánicos que iniciaron los trámites de adhesión a la UE – Serbia y Montenegro – o que esperan la aceptación de su candidatura – Albania y Macedonia Norte – no parecen muy propensos a esperar un gesto de Bruselas ni de aceptar silenciosamente el desdén o el rechazo de los Gobiernos de Europa central.

Sabido es que el Presidente Macron se ha pronunciado recientemente a favor de la “congelación” de los contractos con los países de los Balcanes. Su argumentación no llegó a convencer a los eurócratas de Bruselas, quienes pretenden dejar la puerta abierta a negociaciones futuras. ¿Hasta cuándo? preguntan los políticos de Belgrado y Tirana, reconociendo que el sueño de formar parte de las estructuras comunitarias se ha desvanecido en las últimas décadas.

El llamado proceso de “europeización” de los países no miembros resultaba muy atractivo durante los años 90, cuando se confiaba en que la pertenencia a la UE podía influir en las políticas nacionales a través de las normas y criterios acordados en Copenhague, susceptibles de ofrecer halagadoras perspectivas para el desarrollo socioeconómico de la región. Se pensaba que la integración en la UE iba a desempeñar un papel clave para el restablecimiento de las instituciones de la posguerra, la consolidación de los sistemas democráticos o la reconciliación entre los países de los Balcanes Occidentales.

Sin embargo, la evolución sociopolítica del Viejo Continente tras la caída del Muro de Berlín desembocó en la aparición de una Europa más conservadora, partidaria de procesos de integración más estrictos y… más lentos. A las confesadas reticencias de Emmanuel Macron se añaden las dudas (por no decir, rechazos) de otros líderes europeos, preocupados por la posible “avalancha” humana procedente de los Balcanes. Con la agravante de que la apertura de las fronteras facilitaría el flujo de refugiados de Oriente Medio, recluidos actualmente en los campos de Turquía. Ficticio o real, el problema provoca quebraderos de cabeza en las capitales comunitarias.

Por otra parte, los países comunitarios prefieren hacer oídos sordos a las advertencias de politólogos y analistas económicos que señalan un involucramiento cada vez mayor en la región de Rusia, China, los países árabes y musulmanes. Valiéndose de la carta del paneslavismo, los rusos han establecido contratos de cooperación económica y militar con Serbia; los chinos gestionan el puerto griego de Pireo, tratando de sentar las bases de una nueva Ruta de la Seda,  los japoneses y los Estados del Golfo Pérsico tratan de llenar el vacío que deja la inexplicable ausencia europea. Los estados de la región balcánica optaron, pues, por diversificar las fuentes de inversión extranjera, reduciendo la interdependencia de la UE.
     
Pero hay más: a mediados de diciembre, cuatro países de los Balcanes Occidentales - Albania, Serbia, Montenegro y Macedonia del Norte - dieron luz verde a la creación de una zona de libre circulación de personas e intercambios comerciales, una especie de Schengen balcánica, que sentaría las bases para la creación de un amplio espacio de colaboración abierto a los 12 millones de habitantes de la zona. Una advertencia para el nuevo ejecutivo de Bruselas, que tendrá que pronunciarse sobre la inclusión (o exclusión)  de los impacientes candidatos en el cada vez más disonante concierto europeo.

domingo, 13 de mayo de 2018

El imprevisible Míster Trump: unilateralismo y bravuconadas


De “grave error histórico” calificó el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la firma, en julio de 2015, del Acuerdo Nuclear con la República Islámica de Irán. De “mayor despropósito” de la era Trump tildaron los estadistas y políticos de medio mundo la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca de abandonar el Pacto y reinstaurar las sanciones impuestas al régimen de los ayatolas. De nada sirvieron las advertencias formuladas por el Presidente Macron y la Canciller Merkel; Doland Trump optó por escuchar los cantos de sirena de Tel Aviv y de Riad, unos aliados que, por motivos diametralmente opuestos, apuestan por el hipotético final del sistema teocrático instaurado en 1979 por el ayatolá Jomeini, líder de la revolución islámica.  
  
Hay quien trata de persuadirnos que la llamada “amenaza nuclear” iraní se remonta a la década de los 70 del pasado siglo. Trato de hacer memoria. Mi primer encuentro con el Programa nuclear de Irán se remonta a la época del Sha. De hecho, tiene sus orígenes en el año 1957, cuando Teherán firma el primer acuerdo de cooperación nuclear civil, patrocinado por el programa “Átomos para la Paz” de las Naciones Unidas. El objetivo de esa iniciativa: qué todos los pueblos del Planeta tengan libre acceso a la energía nuclear.

En 1959, el Centro de Investigación Nuclear iraní disponía de un reactor de 5 megavatios de fabricación estadounidense, alimentado con… ¡uranio enriquecido! Hacia mediados de la década de los 70, el Sha contemplaba la instalación de una veintena de plantas nucleares. El plan contaba con el visto bueno de Washington y del Organismo Internacional de Energía Nuclear (OIEA).

En 1975, el entonces Secretario de Estado norteamericano, Henry A. Kissinger, firmó un memorándum titulado U.S.-Iran Nuclear Co-operation, en el que se mencionaba que la venta de equipos de energía nuclear a Irán traería a las corporaciones estadounidenses ganancias de más de seis mil millones de dólares. Además de los suministros de equipo técnico alemán y norteamericano, se creó un consorcio multinacional integrado por empresas francesas, belgas, españolas y suecas, cuya tarea consistía en facilitar financiación y tecnología nuclear a las autoridades iraníes. Tras la revolución islámica, los suministros de material quedaron congelados. Conviene señalar, sin embargo, que durante esa travesía del desierto, el establishment militar israelí intentó un acercamiento científico-estratégico a Irán. Curiosamente, la maniobra coincidió con el escándalo Irangate. ¿Simple casualidad?

La normativa del actual acuerdo nuclear – PIAC (Plan Integral de Acción Conjunta) -  es harto conocida. El régimen de los ayatolás, acusado de llevar a cabo un programa secreto para la fabricación de armas atómicas, (¿qué sabían los israelíes al respecto?) se comprometió a reducir sus reservas de uranio enriquecido de 10.000 a 300 kilos durante un período de 15 años, a limitar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.000 y a abandonar la construcción de nuevas instalaciones nucleares durante tres lustros. El uranio enriquecido se almacenó en una sola planta. Por otra parte, la instalación subterránea de Fordo se convirtió en un centro de investigación dedicado sola y únicamente a la utilización del átomo con fines pacíficos. A cambio de ello, Estados Unidos y sus aliados procedieron al levantamiento de las sanciones económicas y financieras decretadas contra el régimen iraní hace más de diez años. 

Según los informes facilitados recientemente por la  OIEA, Irán cumplió  con todas sus obligaciones. Quien no cumplió fue el Presidente Trump.  De hecho, el actual inquilino de la Casa Blanca exigió la incorporación de varias modificaciones de fondo al Tratado, como por ejemplo la eliminación de la cláusula que permite reiniciar el proyecto nuclear, la limitación del programa de misiles balísticos y la abolición de la “injerencia terrorista y desestabilizadora” de la República Islámica en la zona, léase en los conflictos de Siria y Yemen.

El ultimátum de Trump provocó la ira de Teherán. En presidente Hasán Rohaní advirtió que Irán podría reanudar el enriquecimiento de uranio "sin limite".  La respuesta de los saudíes, valedores del Islam sunita, no tardó: si Irán fabrica la bomba atómica, el reino wahabita se dotará a su vez de artefactos nucleares.

Pero hay más: a la ofensiva verbal se sumó, pocas horas después del anuncio de la Casa Blanca, un aparatoso ataque con misiles balísticos contra el territorio israelí, perpetrado desde las posiciones iraníes en Siria. Tel Aviv llamo a filas a los reservistas, abrió los refugios nucleares ubicados en el Norte del país y lanzó un espectacular operativo contra las instalaciones iraníes situadas en la país vecino. 

Ante la escalada de la tensión, la Unión Europea, Rusia y China se comprometieron solemnemente a salvar el acuerdo con la República Islámica. El presidente Marcon aludió, por su parte, a la necesidad de proteger el orden mundial, recordando, junto con la Canciller Merkel, que Europa ya no puede confiar en el aliado norteamericano para su defensa.

En cuanto a las implicaciones económicas de las sanciones anunciadas por la Administración Trump se refiere, cabe suponer que el precio del crudo no experimentará, a la larga, grandes fluctuaciones. Arabia Saudita compensará la ausencia de los 300 – 500.000 barriles diarios de petróleo iraní. Las medidas podrían afectar, sin embargo, a las trasferencias bancarias, y/o la contratación de seguros para los intercambios comerciales. .

España no ha sabido aprovechar las facilidades ofrecidas en su momento por los interlocutores persas. La situación apenas ha variado: hoy en día, sólo seis empresas españoles cuentan con delegaciones permanentes en Teherán.