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lunes, 25 de octubre de 2021

Turquía – ¿el “aliado fiel” de Occidente?


El ministro de Defensa de Turquía, Hulusi Akar, sorprendió a sus aliados de la OTAN al manifestar el malestar de su Gobierno por el establecimiento de acuerdos militares fuera de la Alianza Atlántica. Aludía el titular de Defensa del Gobierno Erdogan al pacto de cooperación estratégica entre Grecia y la República Francesa, rubricado a finales de septiembre, que incluye un pedido de tres fragatas francesas valoradas en 3.000 millones de euros.

Comentando la noticia, el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, señaló que el acuerdo contemplaba una cláusula de asistencia mutua en caso de posibles amenazas externas.

Dado que todos pertenecemos a la OTAN, deberíamos ser conscientes de que el establecimiento de acuerdos fuera del ámbito de la Alianza dañaría el prestigio de la organización, afectarían las relaciones bilaterales y provocarían la erosión de la confianza, manifestó el ministro turco.

Sabido es que Grecia y Turquía se disputan los derechos sobre la zona de exclusión económica de las plataformas continentales y sus respectivas fronteras marítimas. Aparentemente, los contactos exploratorios sobre la soberanía naval, celebrados a comienzos de este año, finalizaron con resultados constructivos, sentando las bases para una nueva ronda de consultas intergubernamentales.  

La clave del conflicto estriba en los derechos de explotación de los recursos marítimos (gas natural, petróleo), que Grecia y Chipre pretenden apropiarse con la complicidad de empresas estatales francesas.

Curiosamente, la advertencia de Akar coincide con la nueva ronda de consultas entre Turquía y Estados Unidos sobre la venta de aviones F-16 a cambio de la cuantiosa inversión de Ankara en el programa de F-35, del que los norteamericanos eliminaron a su fiel socio euroasiático tras la controvertida compra del sistema de defensa antiaéreo ruso S-400, deseada y avalada por el propio presidente Erdogan.

¿Decidió el actual inquilino de la Casa Blanca perdonar a las volubles autoridades turcas, haciendo caso omiso del impacto político, estratégico y mediático causado por la jugada del sultán Erdogan? Obviamente, la adquisición de material bélico ruso por un país miembro de la Alianza Atlántica no puede considerarse un… simple capricho.  De hecho, el llamémoslo desafortunado incidente que algunos pretenden escamotear ha sentado las bases de una cooperación estrecha y duradera entre la Rusia del zar Putin y la potencia regional (que ya no imperial) acaudillada por el sultán Erdogan.

Turquía y Rusia ya no se enfrentarán; las relaciones entre los dos países han entrado en una nueva fase, que tendrá un impacto directo en la dinámica regional y mundial, asegura Aleksander Dugin, controvertido politólogo moscovita que se vanagloria de ser amigo personal y consejero áulico de Vladimir Putin. 

Ese vástago de un antiguo alto cargode la KGB, que llegó a conocer los entresijos de la casa, es también el promotor de la doctrina euroasiática del Kremlin, una baza geopolítica que pretende confluir el mundo cristiano ortodoxo ruso con el Islam caucásico y, por qué no, asiático. Duguin dirige en Moscú el Centro de Estudios Euroasiáticos, un punto de encuentro creado y financiado por el Kremlin que favorece el acercamiento a la cultura y religión musulmanas. No hay que extrañarse, pues, al comprobar que el Doctor Dugin hable en nombre de... Rusia.

Recientemente, Dugin aseguró a los medios de comunicación turcos que los presidentes Erdogan y Putin trazaron, en el encuentro celebrado en Sochi el 29 de septiembre, una hoja de ruta para el futuro al comprometerse a descartar cualquier enfrentamiento armado o posible conflicto económico.

 El gurú ruso vaticinó que Estados Unidos se retirará de Siria de manera gradual, tratando de no generar situaciones de crisis. A partir de este momento, la postura común de Turquía, Rusia e Irán será el factor determinante para la pacificación de Siria.

Aludiendo a Crimea, Dugin hizo hincapié en el hecho de que Rusia considera la península como parte integrante de su territorio, tesis rebatida hasta ahora por Ankara. Si Turquía cambia su posición sobre Crimea, añadió, Rusia podría reconocer la soberanía de la República Turca del Norte de Chipre (TRNC), entidad estatal artificialmente creada por los militares turcos, que sólo cuenta con el reconocimiento de Ankara.   

Conviene recordar que Turquía condenó, junto con los demás miembros de la OTAN, la anexión de Crimea por parte de Moscú en 2014, expresando su apoyo a la integridad territorial de Ucrania.

Analizando las previsiones de Aleksaner Dugin, cabe preguntarse se el hasta ahora molesto eje Moscú – Teherán podría convertirse, en un futuro no demasiado lejano, en el aún más molesto triangulo Moscú – Ankara – Teherán.

Se admiten apuestas.


sábado, 16 de enero de 2021

Turquía – Oriente: sueños de grandeza, temores, pesadillas (II)

 

Turquía, nuevo líder para un mundo diferente, se titulaba el ensayo que me envió hace más de dos décadas un amigo diplomático con el ruego de publicarlo en una revista especializada. Turquía, nuevo líder, Turquía, potencia regional emergente. Nadie imaginaba, en aquel entonces, que el Estado moderno ideado por Mustafá Kemal Atatürk iba a convertirse, en menos de un siglo, en un ejemplo a seguir para el mundo musulmán, en motivo de preocupación para los poderes fácticos de este mundo, en pesadilla para algunos de los vecinos y ex vasallos del extinto Imperio Otomano.

Recapitulemos los hechos: al final de la Primera Guerra Mundial, dos grandes potencias europeas – Inglaterra y Francia – pusieron todo su empeño en desmantelar las tambaleantes estructuras del gigante otomano, aliado durante la contienda del Reich alemán y del Imperio Austrohúngaro, colosos llamados a su vez a desaparecer tras la paz de Versalles. 

Turquía o, mejor dicho, el Imperio Otomano, vio su suerte sellada por los Tratados de Sèvres y de Lausana, que contemplaban la desintegración del Imperio, la abolición del sultanato, la creación de zonas de influencia italianas y francesas en Anatolia, así como el control del paso de los Estrechos por una comisión internacional. En enero de 1920, antes de la firma del Tratado de Sèvres, la Asamblea Nacional turca rechazó las condiciones leoninas dictadas por los occidentales. Sin embargo, su negativa resultó ser un gesto meramente simbólico. La Cámara quedó disuelta tras la aprobación del llamado Juramento Nacional, que se convirtió, con el paso del tiempo, en el dogma de las aspiraciones políticas del actual liderazgo en Ankara.

Curiosamente, los autores del Juramento Nacional apostaron por el factor tiempo y el tiempo jugó a su favor. En efecto, cien años después de aquella debacle histórica, Turquía y Rusia, los dos grandes imperios de Oriente vuelven a recuperar el protagonismo de antaño. El “zar” Putin y el “sultán” Erdogan actúan en plena sintonía. Ambos se aferran al poder hasta el punto de alcanzar manifestaciones dictatoriales; ambos aprovechan a fondo la baza del terrorismo; ambos promueven políticas nacionalistas y populistas que atraen a sus respectivos seguidores.

Desde la guerra de Georgia, la incursión en el Dombás y la anexión de Crimea, la Rusia de Putin ha comenzado a desvelar sus tendencias neoimperialistas.

Turquía aún no ha anexionado territorios. Por ahora, se limita a reforzar su posición internacional mediante la presencia militar en Siria y Libia, el despliegue naval en el Mediterráneo oriental y los confines con Grecia. 

Sin embargo, tras la llegada de Erdogan llegó al poder, los términos Nueva Turquía o  Gran Turquía, ansiada por los miembros de la Asamblea Nacional de 1920, se han vuelto recurrentes en los medios de comunicación cercanos al poder y, más recientemente, en las intervenciones de algunos parlamentarios. 

Hace apenas unas semanas, el diputado Metin Kulunk, miembro del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) fundado por Erdogan, abogó en pro del retorno a la Gran Turquía, publicando en sus cuentas de Twitter un mapa que incluye el sur de Bulgaria, incluida Varna, el norte de Grecia y las islas del Egeo oriental, Chipre, así como áreas de Armenia, Georgia, Siria e Irak.

El parlamentario turco se dirigió a sus vecinos griegos, invitándoles a recordar sus condiciones de vida durante los cuatro siglos de convivencia con los otomanos. “Pregunta a tus historiadores; te dirán que vivimos como hermanos”, reza el mensaje de Kulunk 

Es obvio que Turquía no podrá volver – a corto o medio plazo – a las fronteras de la Gran Turquía. Las posibilidades de materializar el sueño de los nacionalistas turcos son más probables en algunas áreas de Siria y especialmente en Irak, pero disminuyen drásticamente cuando se apunta a los Estados europeos miembros de la UE o de la OTAN. 

Ciertamente, el actual liderazgo turco no cuestiona la posible existencia de tales oportunidades a nivel internacional; lo que de verdad interesa es saber cuándo surgirán. Por eso, Ankara concede especial importancia a las relaciones con Rusia y China, estados que cumplen las dos condiciones deseadas por Turquía: ser potencias globales capaces de oponerse a los Estados Unidos y a la OTAN y naciones que no disimulan sus reivindicaciones territoriales, estando dispuestas a recurrir al uso de la fuerza para lograr sus objetivos.

Subsiste el interrogante: ¿está dispuesto Erdogan a actuar a nivel político, económico y militar para crear un clima propicio para alcanzar estos objetivos y actuar con valor y eficacia cuando la situación internacional lo permita?

De momento, los países limítrofes del Mar Negro – Bulgaria y Rumania – antiguos vasallos de la Sublime Puerta, apuestan por la presencia en su suelo de contingentes de la Alianza Atlántica, por los tratados de defensa firmados con Washington, por un hipotético cambio de rumbo de la política exterior de Ankara, por unas relaciones más justas (léase fluidas) con el Kremlin.   

En resumidas cuentas, por la posibilidad de escoger entre los dos vecinos, entre dos males…


martes, 12 de enero de 2021

Turquía – Occidente: ¿pasar página o volver a empezar? (I)

 

Qué todo siga igual, pero que todo cambie, parece ser el mantra del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en el umbral de la nueva década. Una meta difícil de lograr en circunstancias normales en países donde impera el cartesianismo, pero sin duda compatible con los sutiles matices de Oriente. Pero Turquía es, ante todo, un país oriental, donde la sutilidad y la diplomacia pueden lograr milagros. El primer mandatario turco lo sabe perfectamente y apuesta por soluciones portentosas en el embrollo de las relaciones internacionales.  

Entre los objetivos prioritarios de Erdogan figura la mejora de las relaciones con Washington, seriamente deterioradas durante los últimos años del mandato de Donald Trump, el multimillonario muy propenso a avalar las aventuras bélicas de Turquía en la región mediterránea – Siria, Libia – y el Cáucaso – Azerbaiyán, Armenia – pero inflexible a la hora de aceptar la afrenta de un miembro fundador de la Alianza Atlántica que se decanta por adquirir material bélico ruso. Después de todo, Rusia sigue siendo el enemigo de Occidente e, implícitamente, de la OTAN.

La Casa Blanca decidió, pues, imponer sanciones al régimen de Ankara, suspendiendo su participación en el desarrollo del programa del supercaza F-35. El Pentágono sospechaba que los turcos podrían servir de puente para la trasferencia de tecnología militar estadunidense a Rusia. Pese a la aplicación de las sanciones, el dialogo estratégico entre Washington y Ankara continúa.  

De hecho, el presidente Erdogan confía en que la nueva Administración demócrata decida adoptar un tono más dialogante, véase hacer borrón y cuenta nueva de los agravios de Trump. Quedan, sin embargo, otros aspectos conflictivos, como la negativa de Washington a conceder la extradición del clérigo turco Fethullah Gülen, ex aliado circunstancial de Erdogan y fundador de una gigantesca red de instituciones islámicas – centros culturales, colegios y universidades - con ramificaciones en decenas de países, o el apoyo estadounidense a la facción armada kurdo-siria YPG, socia de los estadounidenses en la lucha contra el Estado Islámico, pero que Ankara tilda de mera prolongación del movimiento marxista kurdo PKK, artífice de la interminable guerra civil que sacudió Turquía durante décadas.

A ello se añade, claro está, el apoyo del Gobierno Erdogan al régimen islámico de Teherán, archienemigo de mimada dinastía saudí, las buenas relaciones con el emirato de Qatar, donde Ankara cuenta con instalaciones militares, o la presencia de asesores turcos en Azerbaiyán. Un atentico quebradero de cabeza para la futura Administración estadounidense.

Sin embargo, Joe Biden, que ostentó el cargo de vicepresidente durante el mandato de Barack Obama, conoce la problemática de la región. Visitó Turquía en cuatro ocasiones y reiteró su deseo de mantener buenas relaciones con Erdogan.

Los americanos quieren pasar página, ha señalado el portavoz presidencial turco, Ibrahim Kalin, durante su primera comparecencia de 2021. Más aun; el equipo de Erdogan confía en que la Administración Biden podría resucitar, de manera directa o indirecta, el mortecino dialogo entre Ankara y Bruselas, ya que Washington había abogado en el pasado por el ingreso de Turquía en la Unión Europea.  El restablecimiento del diálogo diplomático con Grecia, así como los contactos de Erdogan con la presidenta de la Comisión Europea parecen haber creado una atmosfera positiva.

El enfrentamiento entre Turquía, Grecia y Chipre sobre la frontera marítima del Mar Egeo, véase la explotación de los recursos naturales del Mediterráneo oriental, la multiplicación de los incidentes navales y las amenazas de un posible recurso al uso de la fuerza enturbiaron aún más las tensas relaciones entre los Estados vecinos. Mientras el presidente Macron parecía propenso a apoyar las acciones militares greco-chipriotas, la Canciller Merkel desempeñó un papel moderador en el conflicto. Las aguas parecían haber vuelto a sus cauces hacia finales de diciembre, cuando Atenas, Ankara y Nicosia se decantaron por la celebración de consultas diplomáticas.

Otro escollo importante de las relaciones entre Turquía y la UE es la cuestión de la migración. En marzo de 2016, Bruselas y Ankara llegaron a un acuerdo para detener la migración irregular en el mar Egeo y mejorar las condiciones de vida de los dos millones de refugiados sirios residentes en suelo turco. La entrada en vigor del acuerdo ha logrado contener el flujo de refugiados hacia los países de la UE. Sin embargo, la tardanza de Bruselas en transferir los fondos comprometidos – alrededor de 6.000 millones de euros – ha suscitado un profundo malestar en Ankara. En Gobierno Erdogan amenazó en reiteradas ocasiones con la apertura de la frontera con Grecia, el gran coladero de la inmigración procedente de Oriente Medio.

También figura en la lista de agravios la no suspensión del visado comunitario para los ciudadanos turcos que viajan a la UE, proyecto que debía haberse materializado en 2013. Sin embargo, la decisión de Bruselas sigue relegada a… las calendas griegas.  

A esas incógnitas se suma otra, no menos importante y conflictiva: el porvenir de las relaciones de Turquía con sus vecinos asiáticos - Siria, Irak, Armenia y Georgia - y también europeos - Bulgaria, Grecia y Macedonia – territorios que formaban parte, al final de la Primera Guerra Mundial, de la Gran Turquía.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Y Macron mandó la flota

 

Es extraño, pero llevo varios días, tal vez semanas, preguntándome si vivimos en la Edad Media o si han vuelto a mi mente – voluntaria o involuntariamente - las viejas películas de corsarios y piratas, de batallas navales entre reinos e imperios, de soberbios monarcas de la Vieja Europa y megalómanos sultanes otomanos. Películas, eso sí, en blanco y negro, relatando la interminable pugna entre la Liga Santa y la Sublime Puerta, con un trasfondo de religión y de incitación a la cruzada, a la yihad o cualquier dislate digno de la mentalidad de los hombres o superhombres de los siglos XV o XVI. En resumidas cuentas, de un enfrentamiento irracional, como todos los incidentes o accidentes que ahormaron nuestra historia.

Los verdaderos protagonistas de esa ensoñación, tal vez debería decir, pesadilla, son dos personajes modernos: el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, y su homólogo turco, Tayyip Recep Erdogan.  Macron interpreta el papel del reverenciado Rey Sol, mientras Erdogan asume el rol del no menos admirado sultán Mehmed II. La trama podría ser el cerco de Constantinopla o bien la batalla de Lepanto, según se mire. Pero en este caso concreto, los dos rivales pugnan por… el control de los recursos energéticos del Mediterráneo.

Volvamos, pues, al siglo XXI. Durante meses, los despachos de agencias se hicieron eco de la disputa entre Atenas, Nicosia y Ankara por los aún no explotados yacimientos de gas natural detectados en las inmediaciones de las costas de Chipre. Unas reservas que tanto los griegos como los chipriotas consideran suyas. Pero la distancia entre la plataforma continental helena y las costas de Chipre es de… 1.100 kilómetros, mientras que Turquía se halla a unos escasos 64 kilómetros de la Isla de Afrodita (Chipre). Las autoridades de Ankara reclaman el derecho de explotar los recursos del mar patrimonial, la zona económica exclusiva situada en las inmediaciones de sus aguas territoriales. El Gobierno grecochipriota de Nicosia se opone, mientras que Atenas, además de protestar, envía sus fragatas a la zona. Ankara decide emular el ejemplo del archienemigo griego; las flotas de los dos países miembros de la Alianza Atlántica están en posición de combate cuando interviene el árbitro: la multinacional TOTAL, compañía de hidrocarburos francesa encargada de la prospección ce los yacimientos. De repente, el conflicto se internacionaliza. París manda una agrupación de aviones de combate Rafale a Chipre, infringiendo las normas del acuerdo de desmilitarización de la isla rubricado en vísperas de la declaración de independencia de la antigua posesión británica. Por otra parte, París decide aumentar su presencia naval en la región y aprovecha la oportunidad para renovar ¡cómo no! los acuerdos de suministros de armas a Grecia.

Turquía no tarda en acusar a los franceses de “matonismo”, invitando a los “valientes” galos a volver a su casa. El tono sube: el sultán Erdogan toma el relevo a sus visires encargados de defensa y asuntos exteriores. Por su parte, el rey Macron decide tomar cartas en el asunto. Alemania, la OTAN y la Casa Blanca se disputan el papel de salvavidas. El incendio está a punto de extinguirse, cuando entra en escena una publicación humorística parisina: Charlie Hebdo.

El semanario francés, conocido por su tono irreverente es, qué duda cabe, partidario de la acracia. Su primera incursión controvertida en el mundo de la política internacional se remonta al año 2011, cuando cambió su nombre en Charía Hebdo (ley coránica). Al año siguiente, publicó caricaturas en las que el Profeta aparecía… desnudo. El Gobierno francés tuvo que cerrar sus embajadas en los países musulmanes, por miedo a represalias. Pero la riposta de los radicales llegó en enero de 2015; en el atentado contra la redacción murieron 12 personas. Los franceses y los europeos condenaron el ataque. Desde entonces, subsiste el interrogante: ¿ajuste de cuentas de los radicales islámicos u ofensiva contra la libertad de prensa?  

En el último acto de este hilarante vodevil de reyes, sultanes e hidrocarburos, Charlie Hebdo se colocó del lado del rey Sol Macron, poniendo en jaque al sultán Erdogan, que aparece retratado en una postura completamente indecorosa, suscitando nuevamente la indignación y la ira del mundo musulmán. Emmanuel Macron trató de desvincularse de la actuación del semanario. Sin embargo, pocos musulmanes parecen dispuestos a aceptar sus explicaciones. A lo que algunos llaman una “bofetada al Islam” se contesta con campañas de boicot de las exportaciones francesas destinadas al mundo árabe.  

Pero sinceramente hablando: Charlie Hebdo no es responsable del envió de cazas franceses a la Isla de Afrodita. Ni tampoco… ¿la TOTAL?


viernes, 4 de abril de 2014

El incombustible señor Erdogan


En noviembre de 2002, cuando el Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), agrupación política de corte religioso, se alzó con la victoria en las elecciones generales celebradas en Turquía tras un largo período de inestabilidad institucional, el entonces Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, envió a los gobernantes del Viejo Continente  un contundente mensaje: Míster Erdogan en un islamista moderado; hay que agilizar el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Pero las altas instancias comunitarias prefirieron hacer oídos sordos. La adhesión de la República Turca al club de Bruselas es un tema que suele quedar relegado a las… calendas griegas. 
 
El país otomano es, por su ubicación geográfica, uno de los pilares de la Alianza Atlántica. Turquía pertenece también al Consejo de Europa, respetable organismo que acoge en su seno a naciones que cuentan con sistemas legislativos democráticos. Sin embargo, las autoridades de Ankara no lograron pasar en umbral de la sacrosanta Comisión de la UE. Aparentemente, Turquía tiene en la Babel comunitaria dos archienemigos: Grecia y Chipre, miembros de pleno derecho de la Unión, que boicotean sistemáticamente cualquier intento de acercamiento. Pero hay más: las dos locomotoras de la economía europea, Alemania y Francia, parecen poco propensas a abrir las puertas del selecto club a un país musulmán, cuya tasa de crecimiento demográfico supera con creces a la media europea. El ancestral miedo al turco, generado durante la conquista otomana de Occidente en los siglos XV y XVII,  aún perdura. Los pobladores del Viejo Continente y, ante todo, su clase política no parecen haber asimilado la filosofía de Mustafá Kemal Atatürk, quien sentó, hace ya nueve décadas, las bases de un Estado moderno y laico.

Ficticio o real, el miedo de los occidentales se alimenta actualmente de los arrebatos del Primer Ministro Erdogan, del recién estrenado sectarismo, de la tentación autoritaria. Durante los doce años de gobierno, el AKP ha conseguido adueñarse de las estructuras clave del Estado – justicia, educación, seguridad – modificar la Constitución y eliminar algunas normativas legales que garantizaban el carácter laico del país. Los cambios institucionales pasaron casi inadvertidos.  Con la salvedad de la punga entre el Gobierno y el estamento castrense, valedor de la laicidad, y el debate sobre la reintroducción del pañuelo islámico en los lugares públicos, símbolo de la derrota del kemalismo. 

En las elecciones municipales celebradas la pasada semana, los turcos descubrieron los nuevos retos del islamista moderado de George W. Bush. Cansado de las molestas filtraciones sobre escándalos de corrupción que salpican a la plana mayor del AKP e incluso a algunos miembros de su familia, el Primer Ministro Erdogan optó por censurar los contenidos de Internet y prohibir Twitter y YouTube, redes sociales presuntamente implicadas en campañas desestabilizadoras. El Tribunal Supremo desautorizó a Erdogan, alegando que el cierre de las redes equivale a un ataque contra la libertad de expresión.

Detrás del aspecto meramente anecdótico de la ofensiva contra Twitter se hallan indicios de una guerra sin cuartel entre el jefe del Gobierno y el clérigo sunita Fetullah Güllen, un antiguó aliado de Erdogan, que dirige desde la sombra un auténtico imperio que comprende colegios religiosos, organizaciones patronales, ONG, etc. Además, Güllen tiene un sinfín de contactos subversivos o por lo menos sospechosos con funcionarios públicos: jueces, policías, inspectores de Hacienda. Sin olvidar a las legiones de políticos y  periodistas afiliados a Hizmet, su red. 

En los últimos años, el Gobierno procedió a la destitución de 6.000 agentes de policía y centenares de magistrados, supuestamente relacionados con el Hizmet, que algunos politólogos no dudan en calificar de Estado dentro del Estado. Lo cierto es que la ruptura ente Erdogan y Güllen hizo temblar los cimientos del edificio islamista turco. Hay quien afirma que Güllen, multimillonario que logró expandir su imperio a 160 países, es un gran defensor de la transparencia y, por consiguiente, enemigo de la corrupción. Pero cabe preguntarse si esos argumentos no ocultan diferencias más profundas.

Por último, queda el caso Ergenekon, esa extraña conjura de oficiales y periodistas kemalistas (léase laicos), acusados de preparar un golpe de Estado y encarcelados desde 2007.   

Aun así, la gestión del Primer Ministro Erdogan  cuenta con el apoyo del 45 por ciento de la población. Turquía: luces y sombras.          

martes, 25 de mayo de 2010

Turquía: del kemalismo al nuevo otomanismo


Hace dos décadas, cuando los analistas políticos occidentales detectaron los primeros síntomas del resurgimiento de la influencia geopolítica de Turquía en el Mediterráneo oriental y la región del Cáucaso, parecía poco probable que el país al que los grandes de este mundo no dudaron el tildar, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, de “enfermo de Europa” iba a convertirse nuevamente en una potencia regional. El despertar del gigante otomano coincidió con el desmantelamiento de la URSS y la atomización del llamado “campo socialista”, agrupación de Estados de Europa oriental y central europeos sometidos al férreo control de Moscú por los artífices de los acuerdos de Yalta.
Sin embargo, tras la caída del muro de Berlín, la faz del mundo experimentó un cambio radical. En este contexto, Turquía – fiel aliado de la Alianza Atlántica, situado en la primera línea de combate contra el entonces “enemigo” ruso – empezó a desarrollar una política ambiciosa, destinada a recuperar su influencia cultural en las antiguas repúblicas soviéticas con población turcomana. La presencia de profesionales otomanos en los nuevos Estados del Cáucaso debía encauzar a los gobernantes de la era post-soviética hacia modelos de sociedad abiertos, basados en la aceptación de los principios democráticos y de la economía de mercado. A finales de los años 90, los turcos podían cantar victoria. Los valores defendidos por sus emisarios en la zona parecían haberse arraigado en las sociedades caucásicas.
Pero huelga decir que se trataba sólo de un primer paso hacia la meta designada por la clase política de Ankara, que añoraba el innegable esplendor del Imperio Otomano. En este caso concreto, no se trataba de volver a la época de los sultanes, sino de ofrecer a los países de la zona la imagen de una sociedad musulmana moderna, laicizada y, ¿por qué no? occidentalizada. El conjunto del “establishment” emanante del kemalismo apostó por esta opción. Con el paso del tiempo, Turquía se convirtió en un referente para la mayoría de sus vecinos árabes, en un interlocutor privilegiado entre las autoridades de Tel Aviv y los detractores del Estado judío, en el aliado estratégico de los ejércitos árabes y judío, en un discreto aunque eficaz intermediario en las titubeantes consultas entre sirios e israelíes, el garante (poco deseado) de la aún hipotética desnuclearización del Irán de los ayatolás. En resumidas cuentas, los políticos de Ankara reclamaban el derecho a “participar” en la elaboración y la puesta en práctica de las nuevas políticas regionales.
Conviene señalar que el despertar de Turquía y la aparición del llamado “neo otomanismo”, término acuñado recientemente por los partidos de corte islámico que gobiernan el país, no cuenta con la aceptación de la totalidad de los vecinos de la antigua potencia imperial. En efecto, pese a la reciente visita “histórica” del Primer Ministro turco, Recep Tayyep Erdogan, a Grecia y a la espectacular propuesta de reducir los presupuestos de defensa y dedicar los recursos financieros derivados del desarme a nuevos y ambiciosos proyectos de desarrollo económico, los politólogos helenos no parecen muy propensos a confiar en la buena voluntad del tradicional enemigo de la civilización helénica, recordando el “peligro” que supone la hegemonía turca en la región. Un peligro que para algunos se remonta a la batalla de Manzikert (1071), cuando los otomanos se adueñaron de gran parte de los Balcanes. Ficticio o real, el fantasma del “enemigo otomano” recuerda viejos rencores, heridas mal curadas por diez siglos de antagonismos.
Según el politólogo griego Giorgos Karampelias, las autoridades de Atenas tienen que hacer todo lo que esté en su poder para impedir el ingreso de Turquía en la UE; el verdadero “polo de estabilidad” balcánico ha de tener como referente a… Grecia. El economista ateniense parece dispuesto a olvidar que el ingreso de su país en la Comunidad Europea se hizo precipitadamente, para borrar las huellas de una sangrienta dictadura militar. En el caso de Turquía, el Gobierno Erdogan trata de limitar la influencia del hasta ahora todopoderoso ejército en la vida política del país. Cabe suponer que la pugna entre los islamistas del AKP y la cúpula del ejército no acabará con los cambios constitucionales aprobados recientemente, que los militares no renunciarán a su papel de jueces de la vida política, de árbitros de la presencia (o la retirada) de las tropas otomanas en el Norte de Chipre.
Si bien es cierto que el “neo-otomanismo” cuenta con detractores en la convulsa región del Mediterráneo oriental, también es obvio que la Turquía moderna, innegable potencia emergente, tiene derecho a participar activamente en la toma de decisiones en la zona. Guste o no a los políticos de Washington o de Bruselas, a los enemigos tradicionales de los otomanos…

viernes, 30 de abril de 2010

Chipre: misión imposible

En agosto de 1974, pocos días después de la segunda intervención del ejército turco en la isla de Chipre, coincidí en el Hilton de Nicosia con el enviado espacial de las Naciones Unidas en la zona, un diplomático latinoamericano al que se le conocía como míster Pérez. A mi pregunta sobre las perspectivas de una solución negociada del conflicto entre las dos comunidades – los greco y los turco chipriotas - me respondió lacónicamente: “Deje que solucione este asunto; luego hablamos”. Años más tarde, al abordar con el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar (¡míster Pérez!) la cuestión de las poco fructíferas gestiones llevadas a cabo por el organismo internacional en el minúsculo país mediterráneo, se limitó a poner cara de póker. No hay nada peor para un diplomático que el hecho de tener que confesar su frustración.
Este extraño episodio volvió a mi mente hace unos días, tras la elección del nacionalista Dervis Eroglu en el cargo de Presidente de la República Turca del Norte de Chipre, entidad autoproclamada en 1983, que sólo cuenta con el reconocimiento de las autoridades de Ankara. El político nacionalista se alzó con la victoria en un reñido combate con el Presidente saliente, el izquierdista Mehmet Alí Talat, partidario del diálogo entre las dos comunidades, que tenía, al menos aparentemente, la ventaja de sintonizar con el actual Presidente de la República de Chipre, Demetrios Christofias. Sin embargo, el retraso en las consultas intercomunitarias, la escasa voluntad de los grecochipriotas de finalizar las negociaciones en 2009, como previsto, erosionaron la ya de por sí difícil postura de Talat. Su sucesor parece menos propenso a fomentar el diálogo con los grecochipriotas, a apostar por la reunificación de la isla.
Desde 1977, fecha en la cual dio comienzo el diálogo político entre las dos comunidades, se ha barajado siempre la opción de un Estado bi-zonal, de una federación binacional. Sin embargo, la casi totalidad de las propuestas presentadas durante las tres últimas décadas ha tropezado con la negativa de una de las partes. Lo aceptable para los griegos resultaba completamente inviable para los turcos y viceversa. El Plan Annan, último intento de acercamiento ideado por el antiguo Secretario General de la ONU, contó con la aprobación de los turcochipriotas y… el rechazo frontal de la comunidad griega. Conviene recordar que la solución del conflicto era una condición sine qua non para la integración de la isla en la Unión Europea. Aún así, la República de Chipre pasó a formar parte de la UE en mayo de 2004, trasladando la cuestión de los Estados divididos a los miembros del “club de Bruselas”. A los quebraderos de cabeza de los “eurócratas” se sumaba, pues, un nuevo dilema: Chipre es miembro de la UE, pero no pertenece a la OTAN. La República Turca del Norte, donde se hallan acantonados decenas de miles de militares turcos, forma parte indirectamente de los territorios controlados por la Alianza Atlántica, pero no guarda relación oficial alguna con la UE. Detalle interesante: ambas organizaciones regionales desean aprovechar al máximo el potencial geoestratégico y económico del pequeño país mediterráneo.
Pero hay más: de la solución del conflicto depende el provenir de las consultas entre Ankara y Bruselas, el cada vez más hipotético ingreso de Turquía en la Unión Europea. El Gobierno turco tiene interés en la reanudación de los contactos entre Eroglu y Christofias, cuando no en la posibilidad de abrir una vía de negociación directa con las autoridades de Atenas. Hoy por hoy, la clave del problema estriba en la voluntad de los grecochipriotas de rebajar el listón de sus exigencias. Ello sólo será posible mediante la intervención de Grecia o de la puesta en marcha de una ofensiva diplomática de Bruselas.
Es obvio que las autoridades griegas no están en condiciones de ejercer presiones sobre el Gobierno de Nicosia. Queda, pues, la opción comunitaria. Si Bruselas logra acabar con las reticencias de Turquía de abrir su espacio aéreo y sus instalaciones marítimas a los transportistas grecochipriotas, los obstáculos que frenan el entendimiento entre las dos comunidades de la isla podrían desaparecer. Pero de ahí a vaticinar el final del conflicto…