viernes, 6 de abril de 2018

Siria: Trump se va, Putin se queda


Quiero salir. Quiero traer a nuestras tropas de vuelta a casa, empezar a reconstruir nuestra nación.  Con esas palabras expresó el presidente Trump su deseo de retirar el contingente norteamericano – unos 2.000 efectivos – desplegado en Siria para combatir las huestes del Estado Islámico.

Curiosamente, el triunfalismo de Trump nos recordó el no menos pomposo tono del último parte de la Guerra Civil española, dado el 1 de abril de 1939 en Burgos. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO.  Pero las comparaciones son odiosas: Trump no es Franco. Además, la guerra de Siria aún no ha terminado. 

El Estado Islámico, principal beneficiario del conflicto, no ha sido derrotado.  Es uno de los motivos que incita a los estrategas de Washington a cuestionar la decisión del actual inquilino de la Casa Blanca. Al igual que lo hicieron cuando Barack Obama y Donald Trump se decantaron por la retirada de las tropas acantonadas en Afganistán. Demasiado pronto, demasiado peligroso, advirtieron los generales. La virulencia de los ataques perpetrados por los talibanes no justifica un repliegue de tropas; tampoco lo justifica la sorprendente facilidad con la cual el Estado Islámico logra reconquistar los feudos perdidos en suelo iraquí. La retirada sería, pues, inoportuna. 

Si Trump se marcha, Norteamérica se queda, advierten los altos mandos del Pentágono. Washington no puede permitirse el lujo de entregar Siria a los rusos o… los iraníes, principales contrincantes de los Estados Unidos en la zona. El mero hecho de delegar la defensa de los intereses de Occidente en Siria a países como Arabia Saudita o los emiratos del Golfo Pérsico resucita el fantasma del operativo militar iraquí, el mayor fracaso estratégico del Washington en Oriente Medio.
  
De hecho, los propios saudíes apuestan por la presencia militar estadounidense en la región. Sabido es que los príncipes de Riad suelen jugar a dos barajas. Con una mano, contentan a Occidente; con la otra, defienden (y financian) los valores del Islam radical. El papel de gendarme de la zona resultaría sumamente incómodo, cuando no peligroso, para la dinastía wahabí.

La hipotética retirada norteamericana también presupone una amenaza para los gobernantes de Tel Aviv. El amigo Trump no nos traicionará, afirman rotundamente los halcones de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, los estrategas hebreos recuerdan la traición a las milicias kurdas de Siria, armadas, adiestradas y… abandonadas por Washington.  Pero los israelíes no son kurdos. Unas vez más, las comparaciones son odiosas.

Conviene señalar, sin embargo, que el anuncio de Donald Trump coincide en el tiempo con la celebración en Ankara de la cumbre de los jefes de Estado de Rusia, Irán y Turquía, potencias cuyos intereses, aparentemente divergentes, se difuminan ante la presencia de un adversario común: Norteamérica. 

Ni que decir tiene que a Moscú, Teherán y Ankara les favorecería la posible retirada estadounidense. Los tres desean afianzar su protagonismo en la zona, algo que Washington trató de impedir en los cinco últimos años.

Pero este circunstancial frente común euroasiático se distingue por la diversidad de sus intereses.
El Kremlin pretende apoyar a su incondicional aliado Bashar al Assad, defender sus objetivos estratégicos en la región, es decir, las bases militares de Hmainim y Tartús y aprovechar el actual teatro de operaciones para expandir su influencia en Oriente Medio.
    
La República Islámica de Irán apuesta por reforzar la presencia chita – minoritaria - en la zona. Con el beneplácito de Damasco, los iraníes podrían tener libre acceso a Líbano, donde las milicias chiitas de Hezbollah desempeñan – ante la gran desesperación del establishment de Tel Aviv -  un importante papel político-estratégico.

Las inquietudes de Turquía se limitan, al parecer, a los focos de resistencia kurda en suelo sirio. Tanto el Partido de la Unión Democrática como las Unidades de Protección Popular se han convertido en la bestia negra de las autoridades de Ankara. Los sirios de origen kurdo cuentan (o contaban) con el apoyo de los Estados Unidos. Algo inconcebible e imperdonable para la plana mayor del país otomano, empeñada en doblegar a los kurdos de Turquía. Para lograr esta meta, la minoría étnica de Siria no debe adquirir carta de naturaleza.

Aunque la cumbre tripartita de Ankara haya finalizado sin resultados espectaculares – el comunicado final alude tímidamente a vuelta a la calma y la indispensable desescalada de la violencia – los mandatarios aprovecharon la ocasión para cargar contra sus enemigos. El iraní Hassan Rouhaní criticó la política de Washington y la injerencia sionista en Siria. También recomendó la celebración de elecciones generales, así como la retirada de las tropas turcas de la región kurda de Afrin, conquistada recientemente por el ejército de Ankara.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, hizo a su vez hincapié en la necesidad de garantizar la unidad territorial de la vecina Siria siempre y cuando los factores externos (léase, Estados Unidos) retiren su apoyo a las milicias kurdas.

Por su parte, Vladimir Putin abandonó el escenario de la cumbre frotándose las manos. Aseguró a los iraníes del apoyo de Moscú en la pugna con Washington sobre el controvertido programa nuclear persa y logró fijar fecha para la entrega de misiles S 400 a Turquía. Por si fuera poco, las autoridades de Ankara anunciaron la puesta en marcha de un proyecto por valor de 20.000 millones de dólares para la edificación de la primera central nuclear turca en la región de Mersin. La tecnología será suministrada por el gigante ruso Rosatom, lo que provocó, obviamente, la ira de Washington y poco veladas reticencias por parte de la OTAN.

Pero volvamos al rompecabezas sirio. Si prevalece la opción retirada que contempla Donald Trump, los estrategas sospechan que el vacío favorecerá los planes de Moscú y ¡del Estado Islámico! Sin embargo, si la presencia militar estadounidense se perpetúa,  resultará muy difícil renunciar al statu quo actual.

Mas pretender que los destinos de Siria dependan de la buena voluntad de Rusia, Irán o Arabia Saudita equivale a dar un paso más hacia el precipicio, hacia el caos.

viernes, 16 de marzo de 2018

Turquía: una controvertida ley electoral


Con un acalorado debate ideológico y varios episodios de violencia física finalizó el pasado lunes el debate parlamentario sobre la modificación de la Ley Electoral turca.  Finalmente, los diputados islamistas se alzaron con la victoria: la nueva ley abre la vía al proceso de transición del sistema parlamentarista, vigente en las últimas décadas, al presidencialismo, que consolida el liderazgo del Jefe de Estado. 

Los partidos de oposición laicos – kemalistas, kurdos y comunistas – estiman que los 26 artículos de la  nueva normativa legal facilitarán la manipulación de las próximas elecciones generales y presidenciales, previstas para noviembre de 2019. Los miembros del Partido Republicano del Pueblo (CHP), agrupación de centro izquierda creada por Mustafá Kemal Atatürk, estiman que la nueva ley afectará la transparencia del proceso electoral.
  
En efecto, la nueva normativa permite fusionar los colegios electorales, trasladar las urnas de una circunscripción a otra, validar las papeletas que carecen del sello oficial de los respectivos locales de voto, practica poco ortodoxa denunciada durante el referéndum de 2017, cuando el partido del presidente Erdogan logró una victoria muy ajustada con el 51,4 por ciento de sufragios a favor. 

La nueva ley contempla la creación de las hasta ahora prohibidas alianzas electorales, deseadas por el minúsculo Partido de Acción Nacionalista (MHP), movimiento ultraderechista de corte religioso, incapaz de alcanzar el 10 por ciento de los votos necesarios para estar presente en la Cámara. Sin embargo, una posible y muy probable coalición con el partido de Erdogan (AKP), le permitiría tener diputados en el Parlamento, asegurando la mayoría a la corriente islámica.

Otro aspecto controvertido es la presencia de las fuerzas del orden en los locales de voto, para “impedir posibles maniobras intimidatorias” por parte del grupo armado kurdo PKK.  Esa intervención  podría producirse a petición de….¡una sola persona! 

Los diputados kurdos estiman que dicha maniobra de los islamistas deja vislumbrar la perspectiva de elecciones anticipadas, algo que el Gobierno descarta públicamente. 

Por su parte, los kemalistas del Partido Republicano del Pueblo amenazan con recurrir la ley ante el Tribunal Constitucional. “El que hace la ley hace la trampa”, afirma el portavoz del CHP. En este caso concreto, la trampa infringe el orden constitucional de la República Turca. 

Los comicios de 2019 serán claves para reforzar el liderazgo del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por Recep Tayyip  Erdogan, o de la coalición AKP – MHP, futuro “bloque islámico”. Ello le permitiría al Presidente Erdogan perpetuarse en el poder hasta 2029 y modificar, una vez por todas, la estructura del actual sistema político turco.

lunes, 5 de marzo de 2018

Los buenos, los malos y los ilusos


En el verano de 2010, cuando el Tribunal Constitucional español publicó el fallo que declaraba inconstitucionales 14 de los 223 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña, un afamado politólogo madrileño pronunció la entonces inexplicable frase: nos encaminamos, forzosamente, hacia la secesión

Secesión fue la palabra que nadie se atrevió a pronunciar hasta el verano de 2017. Mas cuando los políticos descubrieron el vocablo, era demasiado tarde; el mal ya estaba hecho. El camino se había recorrido sin pena; los secesionistas estuvieron a punto de ganar la batalla al hipócrita silencio oficial.
¿Hacia dónde nos lleva la hipocresía? La hipocresía de los poderes fácticos que rigen los destinos de nuestro Planeta. Porque hay hipocresía por doquier. 

Veamos un poco. Cuando Donald Trump afirma que Rusia, China y Corea del Norte constituyen las mayores amenazas para la prosperidad de los Estados Unidos y, de paso, del mundo occidental, nadie se atreve a rebatir sus imperiales argumentos; unos argumentos que encuentran su debido (o tal vez, indebido) eco en los medios de comunicación del mundo libre. Rusia representa el sempiterno peligro nuclear; China, el gigantesco rival que cuenta con una economía en pleno auge, con unos recursos financieros que hacen palidecer a los banqueros de Wall Street. Oficialmente, tanto Moscú como Pekín figuran (o figuraban) en la lista de socios estratégicos de Washington. Pero el actual inquilino de la Casa Blanca optó por modificar las reglas del juego; los amigos de ayer se han convertido en los competidores de mañana… 

Cuando Vladímir Putin revela, en vísperas de las elecciones presidenciales rusas, la existencia de un invencible y moderno arsenal bélico compuesto por los misiles Sarmat, que no pueden ser interceptados por el Escudo Antimisiles desplegado por Washington o por el cohete Kinjál, capaz de derribar cazabombarderos enemigos, los mismos medios de comunicación se rebelan contra la osadía del oso ruso. Estiman que la política del Kremlin es militarista, belicista, autoritaria y destructiva. Qué duda cabe, pues, que el Presidente ruso es el artífice y promotor de la nueva guerra fría.  

¿Guerra fría? Lo más probable es que esta guerra, la Tercera Guerra Mundial, haya empezado el 11 de septiembre de 2001, con los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York. En realidad, el conflicto larvado dio comienzo en la última década del siglo XX, cuando un ejército de iluminados mercenarios, capitaneado por el millonario saudí Osama Bin Laden y financiado por la CIA estadounidense y su homóloga saudí, precipitó la retirada de las tropas rusas acantonadas en Afganistán. Un auténtico éxito estratégico. O tal vez, el mero preludio a la penetración de elementos yihadistas en las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso, metas ocultas del islamismo radical. 

Rusia trató de defenderse. Pero cuando el Kremlin optó por combatir la amenaza islamista en el territorio de la antigua URSS, los políticos occidentales, que aplaudieron la victoria de Al Qaeda en Afganistán, pusieron el grito en el cielo: el Kremlin no respeta los derechos humanos. Fue ésta la cantinela de Washington y de Bruselas. Pero, ¿de qué derechos estamos hablando, señores? Al Qaeda y su abominable Frankenstein, el Estado Islámico, han dado sobradas muestras de desconocer o ignorar este bárbaro concepto: derechos humanos.

¿Y la tan cacareada guerra fría? La guerra larvada, ese conflicto cuyos comienzos se remontan a la década de los 90 del pasado siglo, se ha tornado en un siniestro enfrentamiento armado entre mercenarios de Rusia, Norteamérica, Irán, Arabia Saudita y Qatar. El escenario es Siria, uno de los pocos países cuyo régimen autoritario no claudicó ante la ofensiva de las llamadas primaveras árabes, proyecto que brotó en Washington durante el mandato de George W. Bush, pero que llegó a materializarse durante la presidencia del pacifista Barack Obama. 

En efecto, ante la imposibilidad de desencadenar una nueva guerra mundial tradicional – el potencial bélico de las dos superpotencias lo impide – los nuevos protagonistas de la farsa llamada globalización utilizan el exiguo territorio sirio para simular un más que desaconsejable enfrentamiento global. La geopolítica tiene sus razones ocultas, fácilmente disimulables con las lacrimógenas imágenes de la catástrofe humanitaria. 

Mas la guerra de Siria, disimulada durante siete años por el eufemismo conflicto interno, no es más que un preludio; otro preludio. El preludio de la re esclavización social e intelectual del planeta Tierra. Una campaña que empezó en 2008, utilizando la tapadera de la… crisis económica. Otro mero pretexto… 

¿La guerra? Recuerdo los diálogos de la Gran Ilusión, la admirable película de Jean Renoir (1937) Esta será la última guerra, mi capitán.  ¿La última? ¡Vamos, hombre…!

martes, 27 de febrero de 2018

Bine ați venit în noul Război Rece (în limba română)


Se poate trăi fără dușmani? Aparent, nu. În timpul Războiului Rece, atotputernica mașinărie de propagandă a Uniunii Sovietice a încercat să convingă popoarele din Europa de Est, sateliți ai Kremlinului, că inamicul comun al utopicului ținut al păcii era militarismul american.                                                                                                                                   
Pentru a demoniza dușmanul, se foloseau formule verbale precum Washington sau Alianța Atlantică. Și pentru a-i liniști pe locuitorii din lumea socialistă, era suficientă expunerea Porumbelului Păcii al lui Picasso. Diafanul împotriva rachetelor. Puritatea contra perversității. Estul își confecționase un inamic teribil, pe unchiul Sam.
La rândul său, Occidentul îl avea pe al său: Ursul rus. Aceste simboluri păreau să fi fost eliminate din limbajul corect politic după summitul de la Malta, la sfârșitul lui 1989, când amabilul lider sovietic, Mihail Gorbaciov, a cedat farmecului unui tenace George Bush, liderul noii ordini mondiale. Doi ani mai târziu, liderii din Rusia, Bielorusia și Ucraina semnau un document care prevedea decesul imperiului sovietic: Uniunea Republicilor Socialiste Sovietice își încetează existența ca entitate de drept…
Ce s-a întâmplat ulterior este cunoscut în mare măsură. Țările europene situate în zona influenței Moscovei au părăsit blocul, preferând economia de piață de invidiat, precum și opțiunea strategico-militară întrupată în NATO. O soluție pragmatică, ce ar fi trebuit să se vadă în bunăstarea economică a națiunilor Europei de Est. Dar râvnitele fonduri europene și fondurile atlantice substanțiale nu au ajuns la destinatarii lor; fantoma corupției traversează întregul continent european.
Schimbările? Adevărul este că au fost schimbări. În ultimii ani, chiar la finalul mandatului lui Barack Obama, distins în mod nefericit cu Premiul Nobel pentru Pace, trupele americane cantonate în Germania și în Țările de Jos au fost trimise în Polonia, România și Țările Baltice, la granița cu noul inamic: Federația Rusă.
Operațiunea, ușor de înțeles din punct de vedere al experților militari, s-a transformat într-un nou Război Rece, cu argumentația ideologică respectivă. Răii sunt cei dintotdeauna, rușii, dușmanii libertății, al căror obiectiv final este distrugerea democrației occidentale.
Media din țările răsăritene au activat din nou strategiile de propagandă din anii 50 și 60 din secolul trecut. Dar, de această dată, își concentrează tirul în direcția Moscovei. Abundă informațiile despre obiectivele perverse ale Kremlinului în Europa. Trebuie subliniat faptul  că argumentele prezentate de comentatorii politici din zonă coincid cu concluziile rapoartelor oficiale realizate de Pentagon, Casa Albă sau Departamentul de Stat.
Pe scurt: e limpede că de la Kremlin se încearcă o infiltrare în afacerile interne ale țărilor occidentale pentru a le slăbi sistemul politic, pentru a sprijini extremiștii de dreapta și de stânga, ca să alimenteze starea de nemulțumire, să încurajeze activitățile grupurilor sau grupărilor pro ruse sau antioccidentale, să militarizeze societatea, să infiltreze presa și păturile sociale, să justifice politica Rusiei în fața unei opinii publice credule europene.
Acestei strategii pe termen scurt și mediu i se adaugă amestecul în campaniile electorale din Franța și Statele Unite ale Americii, precum și în afacerile interne din Paris, Berlin și Londra (Brexit), fără să uităm avalanșa de știri false care invadează rețelele sociale, cum e cazul procesului de independență catalan.
La nivel intern, propagada rusească încearcă să justifice operațiunile de destabilizare, protejându-se cu argumente grosolane și primitive, cum ar fi: în Occident sunt prea mulți atei, musulmani, homosexuali, pedofili și falși refugiați sirieni care se ocupă cu violarea femeilor creștine. Un discurs demn de propaganda nazistă…
Până aici cu incriminările politologilor din Europa de Est. În mod curios, presa țărilor din prima linie a frontului nu pare interesată să abordeze tema manipulării/intoxicării realizate de contraputerea mediatică occidentală. Pentru că și aceasta există…

domingo, 25 de febrero de 2018

Bienvenidos a la nueva guerra fría


¿Se puede vivir sin enemigos? Aparentemente, no. Durante la guerra fría, la todopoderosa maquinaria de propaganda de la Unión Soviética trató de persuadir a los pueblos de Europa Oriental, satélites del Kremlin, que el enemigo común del utópico campo de la paz era el militarismo norteamericano. Para demonizar al enemigo, solían emplearse los vocablos Washington o Alianza Atlántica. Y para tranquilizar a los pobladores del campo socialista, bastaba con exhibir la Paloma de la Paz de Picasso. La diafanidad contra los misiles. La pureza contra la perversidad. El Este se había fabricado un temible enemigo: el tío Sam. A su vez, Occidente contaba con el suyo: el Oso ruso. Esos símbolos parecían haber quedado relegados del lenguaje políticamente correcto a finales de 1989, tras la celebración de la cumbre de Malta, cuando el amable líder soviético, Mijaíl Gorbachov, sucumbió a los encantos del tenaz George Bush, adalid del nuevo orden mundial.  Dos años más tarde, los dirigentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, rubricaban un documento que contenía el parte de defunción del imperio soviético: La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas deja de existir como sujeto de Derecho... 

Lo que sucedió después es harto conocido. Los países europeos situados en la zona de influencia de Moscú abandonaron el bloque, decantándose por la envidiable economía de mercado, así como por la opción estratégico-militar encarnada por la OTAN. Una solución pragmática, que hubiese debido redundar en el bienestar económico de las naciones de Europa oriental. Pero los codiciados fondos europeos y las suculentas subvenciones atlantistas no llegaron a sus destinatarios; el fantasma de la corrupción recorre la totalidad del continente europeo.

¿Los cambios? Lo cierto es que sí ha habido cambios. En los últimos años, coincidiendo con el final del mandato de Barack Obama, el desacertado Premio Nobel de la Paz, las tropas estadounidenses acantonadas en Alemania y los Países Bajos fueron enviadas a Polonia, Rumanía y los países bálticos, junto a los confines con el nuevo enemigo: la Federación Rusa. El operativo, fácilmente comprensible desde el punto de vista de los expertos militares, desembocó en una nueva guerra fría, con su correspondiente argumentación ideológica. Los malos son los de siempre: los rusos, enemigos de la libertad, cuyo objetivo final consulte de socavar la democracia occidental.
  
Los medios de comunicación de los países fronterizos volvieron a activar las estrategias de propaganda de las décadas de los 50 y 69 del pasado siglo. Pero esta vez, centrando sus baterías en dirección de Moscú. Prolifera la información sobre los perversos objetivos del Kremlin en Europa. Conviene señalar  que los argumentos esgrimidos por los comentaristas políticos de la zona coinciden con las conclusiones de los informes elaborados por el Pentágono, la Casa Blanca o el Departamento del Estado. 

En pocas palabras, está claro que el Kremlin trata de aprovechar los problemas internos de los países occidentales para debilitar su sistema político, apoyar a extremistas de todo signo, fomentar el malestar existente, potenciar las actividades de grupos o grupúsculos pro rusos o antioccidentales, militarizar la sociedad, infiltrar la prensa y los tejidos sociales, justificar la política de Rusia ante una crédula opinión pública europea.

A esta estrategia a medio y corto plazo se suman las injerencias en las campañas electorales de Francia y los Estados Unidos, así como en los asuntos internos de París, Berlín y Londres (Brexit), sin olvidar la avalancha de noticias falsas que invaden las redes sociales, como en el caso del procés catalán.

A nivel interno, la propaganda rusa trata de justificar los operativos de desestabilización, escudándose en argumentos bastos, como por ejemplo: en Occidente proliferan los ateos, los musulmanes, los homosexuales, los pedófilos y los falsos refugiados sirios que se dedican a violar mujeres cristianas. Un discurso éste digno de la propaganda nazi…
   
Hasta aquí, parte de las denuncias de los politólogos de Europa oriental. Curiosamente, la Prensa de los países de la primera línea del frente no parece interesada en abordar el tema de la manipulación/intoxicación llevada a cabo por el contrapoder mediático occidental. Porque ese también existe…