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miércoles, 8 de febrero de 2017

Trump: de la islamofobia al caos


“Viaje a los Estados Unidos mientras todavía se lo permiten”. El anuncio, publicado recientemente por los rotativos de Amman, formaba parte de una agresiva campaña publicitaria de Royal Jordanian, compañía de bandera del reino hachemita, que se adelantaba, en clave de humor, a la orden ejecutiva de la Casa Blanca que prohíbe la entrada en suelo americano a titulares de pasaportes sirios, iraquíes, libios, somalíes, sudaneses, yemenitas e iraníes. Se trata de en los que el empresario-presidente no tiene intereses económicos. La controvertida decisión de Trump no afecta, al menos por ahora, a los ciudadanos de Egipto, Arabia Saudí, Líbano, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Turquía. Aunque la orden ejecutiva haya sido suspendida por un juez estadounidense, la medida abrió viejas heridas. Recordemos que después de los atentados del 11 S el mundo musulmán acusó a la Administración Bush de llevar a cabo una política antiárabe.  Los asesores de la Casa Blanca tuvieron que rectificar: no se trataba de censurar al Islam, sino de condenar la actuación de los “islamistas”. Sin embargo, se les olvidó añadir la palabra “radicales”.

Tanto George W. Bush como Barack Obama trataron de disociar – por razones tal vez diametralmente opuestas - las palabras Islam y terrorismo. El republicano fue aconsejado por sus asesores, vinculados a los intereses de las grandes compañías petrolíferas. Por su parte, Obama pecaba por su incomprensible buenismo, actitud que generó roces con algunos gobernantes árabes. Ninguno de los dos fue capaz de articular propuestas de paz coherentes para Oriente Medio. Ninguno de los dos logró granjearse la simpatía de las partes en el conflicto. ¿Y Donald Trump?

La monarquía saudí, que acogió con satisfacción la llegada del multimillonario a la Casa Blanca, confiando en que Trump dejará de coquetear con el régimen de los ayatolás de Teherán o de apoyar los movimientos revolucionarios mimados por Obama, el Presidente Trump se torna en un aliado bastante molesto. Las conflictivas medidas adoptadas durante los primeros 10 días de su mandato han generado reacciones adversas en el mundo musulmán.

Mientras la Organización de Cooperación Islámica, con sede en la Meca, estima que la ordenanza de Trump afecta de manera injusta a los refugiados, favoreciendo el discurso de los extremistas, partidarios de la violencia terrorista, el monarca saudí, Salman bin Abdul Aziz al Saud, trató de persuadir al inquilino de la Casa Blanca sobre la necesidad de crear “zonas de seguridad” para las poblaciones desplazadas en los confines de Siria y Yemen. En ningún momento se aludió a la posibilidad de acoger refugiados en suelo saudí. ¿Escasez de infraestructuras? No, en absoluto: falta de voluntad política.

El presidente egipcio, Abdel Fattah al Sisi, primer mandatario árabe que felicitó a Trump tras su elección, instó al Presidente norteamericano a reconsiderar la decisión de trasladar la sede de la Embajada de los Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Idéntico fue el mensaje transmitido por el rey Abdallah II de Jordania, uno de los primeros dignatarios recibidos en la Casa Blanca. Conviene señalar que la monarquía jordana ostenta la custodia de los santos lugares musulmanes jerosolimitanos.

“Inquietud” y “desconfianza” son las palabras que acompañan en discurso de los políticos yemenitas o los nacionalistas kurdos, quienes contaban con el apoyo de Washington para la materialización de su proyecto independentista.

Para el Presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, valedor del candidato republicano a la Casa Blanca, el discurso del Empresario-Presidente tiene connotaciones “molestas”. Más directa y sincera ha sido la reacción del Primer Ministro Binali Yildirim, quien criticó abiertamente la iniciativa de Trump de edificar un muro en la frontera con Méjico: “Se puede construir un muro, pero no es esta la solución. Los muros se pueden derribar, al igual que el Muro de Berlín”.

Los palestinos acogieron con estupor el nombramiento de Jared Kushner, yerno de Trump, en el cargo de negociador del proceso de paz con los israelíes. La familia de Kushner, judío ortodoxo, tiene intereses económicos en los territorios ocupados. En esas circunstancias, la objetividad resultaría más que hipotética.

¿Objetividad? La mayoría de los analistas coincide en que la Islamofobia se ha convertido en el eje de la política de Trump contra el terrorismo.  La islamofobia, es decir, el deseo de relacionar forzosamente en Islam con el terrorismo, surge en los círculos conservadores estadounidenses tras los atentados del 11 S.  Basada en el concepto del choque de civilizaciones elaborado por Samuel Huntington, la islamofobia desarrolla la teoría de que la lucha contra el Islam puede implicar la intervención armada, la aplicación de los métodos de lucha elaboradas por Israel, el apoyo a los regímenes autocráticos árabes, la legalización de la tortura, la limitación de la libertad de movimiento de los musulmanes, la limitación de los derechos y libertades fundamentales, que acompañarían  la introducción de medidas “securitatrias” en el mundo occidental.

Conviene recordar que el propio Trump se pronunció, durante la campaña electoral, a favor de la prohibición total del ingreso de los musulmanes en los Estados Unidos, alegando que el Islam es radical y que, a la hora de la verdad, “no sabemos quiénes son los musulmanes que quieren entrar en el país”.

Los asesores del Presidente, Stephen K. Bannon, Michael Flynn, Jeff Sessions, Frank Gaffney, John Bolton, etc. defienden las tesis de Huntington y aplauden las recientes medidas de Trump, que se inscriben, según ellos, en la “larga historia de la civilización judeo-cristiana de lucha contra el Islam”.  Para Flynn, “Occidente, y de manera especial, América, es más civilizada y respeta más los valores éticos y morales”.

“Estamos en guerra; en una guerra global”, asegura Stephen K. Bannon, la eminencia gris de la Casa Blanca, que muchos no dudan en tachar de racista y antisemita.
Para Asma Afsaruddin, profesora de Estudios Islámicos en la Universidad de Indiana y directora del Centro para el Estudio del Islam y la Democracia, las decisiones de Donald Trump son susceptibles de generar un enfrentamiento entre musulmanes y la cultura occidental.

En pocas palabras: el caos está servido. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Estamos en guerra...


Se veía venir… Fue esta mi primera reacción al descubrir las horroríficas escenas de los atentados de Bruselas. Sí, cabía esperar una reacción violenta por parte de los radicales islámicos, de las famosas células durmientes de Al Qaeda, tras la detención en la capital belga de Salah Abdeslam, el cerebro de la matanza de París. Se veía venir; los servicios de inteligencia occidentales conocían los planes de los terroristas. Sin embargo, optaron por actuar siguiendo la rajatabla las sacrosantas normas de conducta del sistema democrático. Mas olvidando un detalle: estamos en guerra. Una guerra larvada, un conflicto no declarado que amenaza a todos los pobladores del Viejo Continente.

Me preguntaba un amigo periodista cuál de los dos movimientos radicales musulmanes – Al Qaeda o el Estado Islámico – resultaba, a mi juicio, más pernicioso para la seguridad mundial. Mi respuesta le sorprendió: Pero si estamos hablando de dos engendros gemelos. Tienen los mismos padres y, si te descuidas, los mismos padrinos.

¿Los mismos padres? Conviene recordar que Occidente tardó en denunciar la crueldad de los combatientes del Estado Islámico, los métodos inhumanos empleados por esos nuevos defensores de la fe. Los gobernantes del Primer Mundo empezaron a preocuparse por la suerte de las víctimas de las huestes del Islam cuando el Estado Islámico se adueñó de los yacimientos petrolíferos de Siria y de Irak. Por vez primera, en las redacciones de los medios occidentales aparecieron los vocablos yazidíes, alevíes, kurdos. Poblaciones en peligro, según las cajas de resonancia de Washington o de Bruselas, que habían permanecido silenciosas durante los enfrentamientos de Siria, donde la multicéfala hidra trataba de derrocar el régimen de Bashar el Assad.

El Estado Islámico y Al Qaeda combatían en el mismo bando. Sus valedores eran las monarquías supuestamente pro occidentales de Qatar y Arabia Saudita, aliadas de Washington e integrantes de la coalición internacional antiterrorista liderada por el Presidente Barack Obama.

En ambos casos, se trata de agrupaciones que persiguen el mismo objetivo: levantar un Califato regido por la Sharia, la ley islámica. Algo que, de paso sea dicho, Osama Bin Laden había conseguido en el Afganistán de los talibanes. Huelga decir que la eliminación física del multimillonario saudí no obstaculizó el desarrollo del proyecto. Al contrario, su muerte aceleró el proceso de radicalización.

Trato de hacer memoria. En noviembre de 2001, la plana mayor de Al Qaeda, cercada por las tropas de la alianza liderada por los Estados Unidos, se refugió en las montañas del Este de Paquistán. Pocos días antes del cese de las hostilidades, Bin Laden lanzó una advertencia a los cruzados y los judíos, es decir, a los cristianos y los sionistas. La tempestad de los aviones no se calmará, si Alá quiere, mientras (Estados Unidos e Inglaterra) no cesen su apoyo a los judíos en Palestina, no levanten el embargo a Irak y no abandonen la Península Arábiga… Si no lo hacen, la tierra se incendiará a sus pies.

Sabido es que el operativo militar Libertad Duradera, ideado y capitaneado por los estrategas del Pentágono, no logró acabar con la presencia de los talibánes en tierras afganas o paquistaníes. Sin bien los aliados occidentales ganaron los combates de primera hora, la nutrida fuerza multinacional estacionada en suelo afgano fue incapaz de erradicar el islamismo militante. Ello se debe ante todo a que los políticos del primer mundo no llegaron a analizar el fondo de la cuestión. Para muchos, Al Qaeda no dejaba de ser un fenómeno aislado, un mero accidente histórico. Sin embargo, Bin Laden había avisado: volveremos dentro de diez años.

A veces, el candor de los políticos nos conmueve. Cabe preguntarse si sus actos obedecen a la ingenuidad, pureza, honradez de esos personajes públicos, o bien a una mala fe disfrazada de una delgadísima capa de buenismo. Lo cierto es que la trayectoria de esos mal llamados gobernantes se caracteriza por el zigzagueo y el titubeo continuos, por el deseo de complacer a seguidores y detractores. Ello genera situaciones rocambolescas, que recuerdan los libretos del género chico.

Conviene recordar que en 1992, tras el desmoronamiento del bloque socialista, Norteamérica y la OTAN buscaban un enemigo. Un político español no dudó en ponerle nombre: el enemigo es el Islam. Siguió un largo tiempo de silencio, de aparente olvido. Las guerras en tierra del Islam no eran, no podían ni debían ser nuestras guerras. ¿Simple error de cálculo?

Cabe preguntarse, pues: ¿a qué se debe esta anacrónica postura de los gobernantes del Primer Mundo? El tardío despertar de la clase política, su repentino afán el declarar la guerra al Estado Islámico presenta malos presagios para las relaciones con el mundo árabe-musulmán. Si bien es cierto que la mayoría de los musulmanes no se identifica con los salvajes procedimientos de los yihadistas del EI o la farragosa retórica de Al Qaeda, también es verdad que los argumentos empleados por Occidente – libertad de expresión, derecho a criticar, véase ofender al Islam – no cuentan con muchos seguidores en el mundo musulmán.

Es obvio que George W. Bush no ganó la guerra contra el terrorismo. Lo único que logró el expresidente norteamericano fue un incremento de la corriente anti islámica en Estados Unidos y algunos países de Europa occidental. Un buen caldo de cultivo para la incomprensión y el odio. Los atentados del 11-M de Madrid (2004) y/o las bombas que estallaron durante la maratón de Boston (2013) sirvieron para alimentar la animadversión de una opinión pública desconcertada. La matanza perpetrada en la redacción del semanario parisino Charlie Hebdo (2014) fue la detonante para la nueva ofensiva, esta vez, generalizada, contra el radicalismo islámico. ¿Contra el radicalismo o contra algunos radicales?

La guerra global desencadenada por el Presidente Bush en 2001, se cobró su infinidad de víctimas, tanto en el mundo islámico como en Occidente. Sin hablar, claro está, de los daños colaterales, las millones de personas sospechosas de connivencia con el enemigo (¡islámico!), que figuran en las listas negras elaboradas por los organismos de seguridad estadounidenses y/o europeos. Sin embargo, el ideario de Al Qaeda se fue propagando a la casi totalidad de los países de Oriente Medio y el Magreb. Brotes islamistas surgieron en el África subsahariana. Su presencia generó un profundo malestar en las cancillerías occidentales. El enemigo se estaba acercado a pasos agigantados. No es nuestro propósito analizar en estas líneas la espectacular expansión de los movimientos islámicos en Asia y África. Este fenómeno merece ser estudiado con mayor minuciosidad.

Letanía por una guerra anunciada. Sí, estamos en guerra. Esto se veía venir. Las células durmientes han despertado. Ello presagia un porvenir sombrío para el Viejo Continente. ¿Sólo para la Vieja Europa?

viernes, 27 de febrero de 2015

Cara feroce al enemigo


A veces, el candor de los políticos nos conmueve.  Mas cabe preguntarse si sus actos obedecen a la ingenuidad, pureza, honradez de esos personajes públicos, o bien a su mala fe disfrazada de una delgadísima capa de buenismo. Lo cierto es que la vida de esos mal llamados gobernantes se caracteriza por el zigzagueo y el titubeo continuos, por el deseo de complacer a seguidores y detractores. Ello genera situaciones rocambolescas, que recuerdan los libretos del género chico. Y sin embargo…

Hace apenas unas semanas, después del atentado contra el semanario galo Charlie Hebdo, la Casa Blanca anunció la celebración de una cumbre mundial sobre el terrorismo. Cierto es que la Administración Obama no estuvo presente en la gigantesca movilización contra el yihadismo, que congregó en la capital francesa a medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno. ¿Simple error de cálculo?

En realidad, el presidente de los Estados Unidos convocó la famosa cumbre contra el terror, modificando, eso sí, los parámetros. En la reunión no se habló del yihadismo ni del terrorismo islamista, términos acuñados por la Administración Bush después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sino del… extremismo violento, eufemismo aplicable a casi todas las situaciones conflictivas.  Aparentemente, el deseo del presidente era evitar el enfado de los musulmanes. Por ello, la cumbre no abordó el tema de las guerras religiosas, los crímenes cometidos por el Estado Islámico o la creciente influencia de la tentacular Al Qaeda en los países de Asia y África. Al contrario, se habló de la necesidad de encauzar a países como Irak y Siria por la senda que conduce a la democracia. ¿Loables  palabras? ¿Frases huecas? De hecho, la mayoría de los analistas norteamericanos estima que el problema no es el Estado Islámico ni Al Qaeda; hay que identificar y analizar las raíces del malestar que desembocó en el conflicto. Un malestar generado y alimentado por la actuación de las grandes potencias occidentales.

Curiosamente, en la cumbre de Obama asistió una nutrida delegación rusa, encabezada por Alexander Bortnikov, director del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, heredero de la antigua KGB. El nombre de Bortnikov figura en la lista negra de altos funcionarios moscovitas que acompaña las tan cacareadas sanciones contra Rusia. Más extraño aún: el director del FBI no fue invitado a la reunión. Algunos medios estadounidenses se hacen eco de un discreto encuentro del vicepresidente Joe Biden con representantes de agrupaciones islámicas norteamericanas acusadas de haber suministrado en el pasado, fondos a movimientos radicales de Oriente Medio. ¿A eso se le llama en lenguaje castrense cara feroce al enemigo?

Detalle interesante: apenas unas horas después de finalizar la cumbre de la Casa Blanca, se inauguraba en Riad una conferencia mundial sobre la lucha contra el… terrorismo islamista, patrocinada por las monarquías del Golfo. Acudieron a la cita representantes de las Casas Reales, políticos, catedráticos y ulemas (doctores de la ley mahometana), dispuestos a dialogar sobre la posible, aunque poco probable erradicación de los movimientos radicales de corte religioso. Sabido es que tanto Al Qaeda como el Estado Islámico surgieron merced a las subvenciones a fondo perdido de príncipes y jeques de la zona. En resumidas cuentas: ¿otra variante de la cara feroce al enemigo?

Más cerca de nosotros, en la Vieja Europa, los ánimos están caldeado por la decisión del Primer Ministro húngaro, Viktor Orban, de recibir en suelo comunitario al Presidente ruso, Vladimir Putin. El actual inquilino del Kremlin fue acogido con todos los honores en un país miembro de la Unión Europea, que se había comprometido, hace apenas un año, a congelar las relaciones con Moscú tras la anexión de Crimea. Pero Putin venía a hablar de negocios con las autoridades de Budapest; buenos negocios, como el suministro de gas natural ruso y la posible edificación de una central nuclear diseñada y financiada por Rusia.

El servicio diplomático de la UE se vio obligado a manifestar su disconformidad con la actuación de Orban. Pero el Primer Ministro húngaro no dudó en echar más leña al fuego con su comentario: “Estamos convencidos que dejar a Rusia fuera de Europa sería irracional”. Los socios comunitarios dieron la callada por respuesta: no hay que olvidar que el 40 por ciento del gas natural que consume Alemania procede de… la Federación rusa.   En resumidas cuentas: ¿por qué poner cara feroce al enemigo? 

viernes, 14 de enero de 2011

¿Un "enemigo" llamado Turquía?


“Mucho tiempo después de que Jomeyni y Osama bin Laden sean olvidados, aventuro que Recep Tayyip Erdoğán y sus compañeros serán recordados como los artífices de una forma de islamismo más insidiosa y longeva", afirmaba recientemente Daniel Pipes, fundador y director del Middle East Forum, entidad ultraconservadora norteamericana que lleva años denunciando la supuesta “miopía” de la postura oficial de Washington frente al conflicto de Oriente Medio.

Pese a sus reiterados intentos de hacerse pasar por un experto en cuestiones relacionadas con los conflictos israelo-árabe o israelo-palestino, Pipes no deja de ser un mero “conservador” o “neoconservador” empeñado en imponer a los círculos políticos más influyentes de Washington los criterios del establishment israelí. En 2003, cuando el entonces Presidente George W. Bush anunció el nombramiento de Pipes en la Junta de Gobierno del Instituto Norteamericano para la Paz, las críticas empezaron a llover de todas partes. No sólo se rebelaron los miembros del Partido Demócrata, detractores a ultranza el ideario del profesor de Filadelfia, sino también los organismos pro derechos cívicos y, por supuesto, las asociaciones de árabes americanos, quienes no dudan en tildar a Pipes de “oveja negra” de los respetables analistas políticos estadounidenses.

Pero la guerra de Daniel Pipes no se limita sólo al conflicto étnico, religioso, cultural y territorial que opone a israelitas y mahometanos. El fundador del Middle East Forum va mucho más lejos, lanzando advertencias contra la islamización socio-político-religiosa llevada a cabo por el Gobierno de Recep Tayyip Erdoğán, detectada recientemente por sus congéneres, quienes se hicieron eco de la existencia de una “agenda secreta” o, para ponerlo en buen castellano, de un “programa oculto” de los islamistas de Ankara.

Ficticia o real, la “amenaza” denunciada por los neo-cons se articula en torno a acciones concretas, como por ejemplo el referéndum que abre la vía a la modificación de la Constitución turca, la pugna sobre la utilización del velo islámico en los lugares públicos, los juicios contra oficiales de alta graduación acusados de haber preparado un golpe de estado contra el Gobierno de corte islamista liderado por Erdoğán. La tesis de Pipes es, al menos aparentemente, muy sencilla: mientras el régimen iraní constituye un peligro inmediato para Occidente debido al desarrollo de su programa nuclear, el terrorismo, la agresividad ideológica y/o la posible formación de un "bloque de resistencia", en el caso de poder capearse y doblegarse la “amenaza”, el Irán tendría un potencial único a la hora de sacar a los musulmanes de la edad media del islamismo y encauzarlos hacia una forma más moderna, moderada y sociable de islam.
¿Y Turquía? Recuerda el director del “Middle East Forum” que Atatürk, el padre del Estado turco moderno, expulsó al islam de la vida pública durante el período 1923-38. No obstante, los islamistas llegaron a formar parte de un Gobierno de coalición en los años 70 del siglo pasado. Más aún, entre 1996 y 1997, lideraron un primer Gobierno religioso. Las agrupaciones políticas de corte islámico se alzaron con la victoria en las elecciones generales de 2002, al obtener la tercera parte de los votos. Los gobernantes obraron con innegable cautela y probada competencia hasta la consulta popular de 2007, cuando obtuvieron más de la mitad de los sufragios. Estima Pipes que a partir de entonces comenzó la política de intimidación, de va desde las multas excesivas impuestas a los medios críticos, pasando por casquivanas teorías conspirativas contra las fuerzas armadas. Los islamistas obtuvieron el 58% de los votos en el referéndum celebrado en septiembre de 2010 y parecen destinados a ganar los próximos comicios, que se celebrarán a mediados de 2011.

“Mientras la administración turca representa contados peligros inmediatos, la implantación más sutil por su parte de los repugnantes principios del islamismo hacen que parezca inminente como futura amenaza”, escribe Daniel Pipes, quién añade: “…de ahí que el país de Oriente Medio que reclama una solución más inmediata (de la amenaza terrorista) pueda convertirse en el líder de la cordura y la creatividad…al tiempo que el más incondicional aliado musulmán de Occidente, en cinco décadas (Turquía) se podría transformar en la fuente más grave de acciones hostiles y reaccionarias”.

Sería interesante conocer la opinión del Presidente Barack Obama, defensor del diálogo entre Islam y Occidente.

Para el autor de estas líneas, los comentarios sobran.

sábado, 11 de septiembre de 2010

11 - S ¿Lucha contra el terrorismo o guerra contra el Islam? (II)


Una escueta y ambigua noticia sobre la supuesta profanación del Corán en la base estadounidense de Guantánamo en Cuba, convertida a partir de enero de 2002 en campo de detención de los supuestos radicales islámicos capturados durante la guerra de Afganistán fue, al menos aparentemente, el detonante de una espectacular campaña de protesta contra los Estados Unidos. Los disturbios tuvieron como punto de partida la aún convulsa Afganistán, expandiéndose como una bola de nieve, a Indonesia y Pakistán, la Franja de Gaza y los Emiratos del Golfo.
La información, publicada por el prestigioso semanario norteamericano "Newsweek" en su edición del 9 de mayo, alude a un opaco episodio según el cual, algunos oficiales encargados de interrogar a los islamistas afganos y paquistaníes habrían tirado páginas del Corán en los retretes de la prisión, tratando de humillar a los presos y provocar su confesión.
La violenta reacción suscitada por la noticia sigue causando quebraderos de cabeza en los despachos oficiales de Washington. La Administración Bush, acusada en reiteradas ocasiones de fomentar por ignorancia, equivocación u omisión, un conflicto de civilizaciones, se ha visto obligada a defender públicamente los valores del Libro de los musulmanes, sabiendo positivamente que la tormenta desencadenada por el semanario neoyorquino en tierras del Islam podría tener efectos molestos y prolongados. Aunque "Newsweek" haya decidido pedir disculpas a sus lectores por el "error cometido", el debate sobre la difícil convivencia entre Islam y Occidente sigue abierto.
En realidad, la información reproducida por el semanario sirvió para reavivar la frustración de las masas árabes, persuadidas de que los ataques del 11-S constituyeron una respuesta a la falta de voluntad política de las sucesivas administraciones norteamericanas de buscar, hallar e imponer una solución válida al conflicto palestino-israelí.
Los musulmanes acusan a los gobernantes estadounidenses de dejadez y partidismo. A finales de 2001, un exhaustivo estudio elaborado por el Departamento de Sociología de la Universidad de Harvard ponía de manifiesto que el 70 por ciento de los habitantes de Oriente Medio considera que la cuestión palestina representa la mayor fuente de frustración para el conjunto de los musulmanes. En este contexto, la argumentación de Osama Bin Laden (ocupación de las tierras del Islam por "cruzados" - léase cristianos - y "judíos" - israelíes) encuentra un excelente caldo de cultivo en el seno de la comunidad nacional árabe. Y ello, por la sencilla razón de que los pobladores de los países islámicos - sean estos musulmanes o cristianos - no ocultan su rechazo a las humillaciones, la incomprensión y la arrogancia de Occidente.
Una sensación esta que se ha ido acentuando después de las declaraciones formuladas por el presidente norteamericano, George Bush, el 12 de septiembre de 2001, cuando el inquilino de la Casa Blanca anunció el inicio de una "guerra global contra el terrorismo". Sin embargo, los árabes parecen desconcertados: ¿Lucha contra el terrorismo o guerra contra el Islam? ¿Propuestas de democratización del"Gran Oriente Medio" o simples designios neocolonialistas?
En los últimos meses, la Administración estadounidense trató por todos los medios de centrar su interés en la convulsa región de Oriente Medio, esbozando una serie de propuestas para la modernización de la sociedad árabe-musulmana. Pero la mayoría de los gobernantes árabes acogió con escepticismo dichas iniciativas, alegando que se trataba de soluciones impuestas desde el exterior, es decir, que hacen caso omiso de la idiosincrasia islámica. Curiosamente, a la inquietud de los señores feudales y los déspotas "amigos de Occidente" se suma, en este caso concreto, la incredulidad de las masas, poco propensas a aceptar las benéficas virtudes de la llamada "primavera árabe". De una "primavera" útil y necesaria, qué duda cabe, pero que tropieza con un gigantesco obstáculo psicológico: la incomprensión de Oriente por parte de Occidente. Porque resulta sumamente difícil hablar de democratización, modernización y derechos humanos en esta amplia región del mundo después de la guerra (y la ocupación militar) de Iraq, de las amenazas proferidas por el "núcleo duro" de la Administración Bush contra el régimen islámico de Teherán o de los intentos de desestabilización política en el Mediterráneo oriental, avalados por Washington y algunos de sus aliados europeos.
Cabe preguntarse, pues, si la oleada de protestas generada por la supuesta profanación del Corán en la base de Guantánamo no es, en definitiva, más que la punta visible del iceberg. El barómetro del odio y la suspicacia indica claramente que la tormenta se está avecinando a las ya de por sí frágiles y complejas relaciones entre el mundo musulmán y Occidente.

(*) Artículo publicado en RNI en mayo de 2005