El
primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, vuelve mañana a Washington para comentar
con Donald Trump los escasos resultados de las negociaciones de los
enviados de la Casa Blanca con Irán, celebradas el pasado fin de semana en Omán
y, ante todo, para presentar unas exigencias ¡otras más! al equipo negociador
estadounidense. Aparentemente, las consultas de Omán hacen caso omiso de los
intereses inmediatos de Tel Aviv: la limitación de los misiles balísticos iraníes,
capaces de alcanzar objetivos estratégicos en el territorio del Estado judío,
así como el cese total y definitivo del apoyo de Teherán a los movimientos islamistas
radicales de la zona: Hezbolah (Líbano) y Hamas (Palestina).
Conviene
señalar que las consultas indirectas llevadas a cabo en Omán la pasada semana parecían
volver al punto de partida del diálogo sobre el programa nuclear iraní. Y aunque
Trump calificó los casi inexistentes resultados de muy buenos, no dudó
en amenazar a Teherán con el uso de la fuerza para reactivar el debate
sobre el programa nuclear iraní. La respuesta de los ayatolás fue contundente: no
hablaremos del programa nuclear ni del porvenir de los misiles balísticos.
La
Casa Blanca optó por acelerar el envío a la zona del portaaviones Abraham
Lincoln y de otros buques de guerra, que recibieron este fin de semana la
visita del almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central del Ejército de EE.
UU. y de los emisarios de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner. Para las
Cancillerías del Golfo Pérsico, esta visita podría interpretarse como un presagio
para el estallido de un conflicto regional.
Las
declaraciones del titular de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán,
Abbas Araghchi, a la cadena de televisión quatarí Al Jazeera son un
indicio: si Estados Unidos ataca Irán, nuestro país no tiene la capacidad de
ripostar a EE.UU. y, por tanto, debe atacar o tomar represalias contra bases
estadounidenses en la región. Más claro…
Araghchi no se pronunció sobre la propuesta presentada
por los jefes de las diplomacias de Egipto, Turquía y Catar sobre la posible congelación
del programa de enriquecimiento de uranio iraní durante tres años, el envío
del uranio altamente enriquecido fuera del país (probablemente, a Rusia) y el
compromiso de Teherán de no usar sus misiles balísticos contra los Estados de
la zona (léase, Israel).
Esos
dos últimos puntos justifican la visita relámpago de Netanyahu a la Casa Blanca. Pero en su caso, no se trata de rogar
ni de pedir, sino de exigir el apoyo (siempre incondicional) del amigo
americano.

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