miércoles, 10 de julio de 2019

El Islam europeo – Turquía contempla la reconquista de los Balcanes


¡Los turcooos, qué vienen los turcooooos! Esta vez, la llegada de los otomanos, de los neo-otomanos, no fue acogida con llantos o gritos de desesperación. Al contrario; el Presidente turco, Tayyip Recep  Erdogan tuvo derecho a un caluroso recibimiento en el aeropuerto de Sarajevo. El sultán se había desplazado a la capital bosnia para asistir a la Cumbre del Proceso de Cooperación del Sureste Europeo, única plataforma de cooperación regional que incluye a la totalidad de los países balcánicos.

Aunque el principal tema de debate era el incremento de la cooperación económica entre los Gobiernos y las instituciones paraestatales de la zona, el interés de Turquía se centraba en el posible (y deseable) realineamiento de su política exterior en el espacio de la antigua Yugoslavia. La atomización del país dirigido durante décadas por el mariscal Tito, los conflictos congelados que obstaculizan el desarrollo armónico de las relaciones entre pequeños Estados resultantes de la desintegración de la República Federativa Socialista, el papel desempeñado por las principales potencias europeas – Francia, Alemania, Italia – en el caótico espacio balcánico centran la atención de Turquía, potencia regional emergente y, ante todo,  heredera del legado imperial otomano.

¿Intereses específicos? Múltiples. Durante la guerra de Bosnia, Turquía fue uno de los países islámicos que destacó un contingente militar a la conflictiva región de los Balcanes. La labor de sus asesores diplomáticos y culturales fue eclipsada por la tenaz ofensiva de la brigada de militares, clérigos, propagandistas enviada por Arabia Saudita. Merced a sus inversiones masivas en Bosnia - Herzegovina y Kosovo, los saudíes lograron implantar un liderazgo religioso musulmán proclive a la dinastía de Riad. Uno de los objetivos de Ankara consiste en neutralizar la influencia saudí, tratando de reintroducir los conceptos mucho más flexibles del Islam otomano.

Los analistas estiman que un intento de poner fin al contencioso griego-turco sobre la explotación de los yacimientos de gas natural del mar Jónico podría desembocar en un diálogo sobre el papel que deberían desempeñar Ankara y Atenas en la hipotética remodelación de la estrategia de la OTAN en la región. Sin embargo, es preciso señalar que el nuevo Gobierno griego se siente más atraído por los valores de Occidente, es decir, por la actuación poco respetuosa de los Estados centroeuropeos que siguen fomentando el distanciamiento hacia el sudeste europeo.

Los errores cometidos por Burxelles en la región balcánica, zona plagada de contradicciones étnicas, religiosas y económicas, han irritado a Turquía, provocando reacciones ácidas por parte de Erdogan. Recordemos que las políticas de la UE no coinciden con los intereses inmediatos de Ankara. Una de las prioridades de Erdogan consiste en colocar los Balcanes bajo el paraguas protector del neo-otomanismo. Una misión ésta sumamente difícil, teniendo en cuenta la susceptibilidad de los pobladores de la zona. Un ejemplo: Turquía pretendía incrementar su influencia tratando de mediar en el conflicto entre Serbia, Albania y Kosovo. Sim embargo, albaneses y kosovares rechazaron los buenos oficias de Ankara, calificando la iniciativa de Erdogan de humillante. Ambos países optaron por boicotear, pura y simplemente, la Cumbre de Sarajevo.

A Turquía le queda un largo camino por recorrer en esa reconquista de sus antiguas provincias balcánicas. Pero Ankara apuesta por la reislamización de sus antiguos territorios europeos, al igual que Rusia apuesta por una alianza paneslava con Serbia y Bulgaria. A su vez, Alemania, Francia e Italia apuestan por la creación de nuevas bolsas de mano de obra barata en la extremidad oriental de la Vieja Europa. Pero esta vez, la guerra de intereses económicos y estratégicos se librará sin la intervención de los aviones de la OTAN. O tal vez…

jueves, 4 de julio de 2019

Rusia advierte sobre el peligro de una debacle nuclear


Una de las pocas noticias positivas que trascendieron durante la cumbre del G 20 celebrada el pasado fin de semana en Osaka fue la decisión de las dos superpotencias de abordar la revisión del Tratado sobre la Reducción de Armas Estratégicas START III rubricado en abril de 2010 por el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y su homólogo ruso,  Dmitri Medvédev. Este acuerdo, prolongación de los tratados START I y START II, que dejaron de tener vigencia al final de la Guerra Fría, contempla la reducción de los arsenales atómicos ruso y norteamericano, la limitación sustanciosa del número de ojivas nucleares y de lanzaderas de misiles balísticos intercontinentales.

En principio, la normativa de START III vence en 2021. Pero al tratarse de un acuerdo destinado a proteger ante todo la seguridad de los grandes - Rusia y los Estados Unidos - tanto el Kremlin como la Casa Blanca tienen interés en negociar su prórroga.

Detalle interesante: la esperanzadora noticia se difundió 24 horas antes de la retirada oficial de Washington del Tratado para la reducción de Armas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), que coincidió con la suspensión por parte de Rusia de este pacto de desarme, destinado a defender los intereses estratégicos de los países del Viejo Continente.

Recordemos que la decisión de Donald Trump de abandonar el acuerdo generó un profundo malestar entre los aliados europeos de la Casa Blanca. Algunos, como por ejemplo el Presidente francés, Emmanuel Macron, o la Canciller alemana, Angela Merkel, barajaron la posibilidad de crear un Ejército común europeo, contrapartida al hasta ahora socorrido paraguas nuclear estadounidense. Mas las propuestas de París y Berlín no llegaron a materializarse. Cabe suponer que Europa tardará en elaborar una política de defensa común, en sentar las bases de una estructura militar propia.

En la semana que precedió la retirada Washington y de Moscú del INF, presenciamos un extraño e inquietante cruce de acusaciones y amenazas entre el Kremlin y el Cuartel General de la OTAN en Bruselas.

El pasado día 24,  el viceministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Riabkov, arremetió contra los planes de defensa norteamericanos en Europa del Este y la retirada de la Administración Trump del Tratado sobre la Reducción de Armas Nucleares de alcance intermedio. Estima Riabkov que el despliegue de sistemas de misiles estadounidenses en la inmediación de las fronteras de Rusia, más concretamente, en Polonia y Rumanía, podría llevar a una situación comparable a la crisis de 1962, cuando la URSS respondió al despliegue masivo de cohetes americanos en Turquía enviando misiles balísticos a Cuba. Aquella arriesgada partida de póker  generó un peligro de guerra nuclear.

"Los Estados Unidos, la Casa Blanca, el Pentágono y la Secretaria General de la OTAN aseguran que no hay planes para instalar nuevos sistemas de cohetes en Europa… Sin embargo, las lanzaderas MK-41 son una realidad. Las intenciones de la OTAN han sido y siguen siendo agresivas, recalcó  Riabkov. 
 
Por su parte, el secretario general de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, le concedió al Kremlin un plazo de una semana para acatar la normativa del INF.  En el caso contrario, la OTAN contemplaba la aplicación de “sanciones creíbles y efectivas” a la impenitente Federación Rusa.

"Todavía hay una pequeña oportunidad para que Rusia cumpla con sus compromisos, pero si se desdiga del Tratado, la responsabilidad será exclusivamente suya”, advirtió Stoltenberg, haciendo caso omiso de la estrepitosa retirada de Washington del INF, desencadenante de la reacción de Moscú. 
 
El enardecido debate recuerda extrañamente la época de la Guerra Fría, cuando los rivales recurrían a la escalada verbal para exteriorizar su malestar, proferir amenazas o lanzar “serias advertencias”. Es cierto: presenciamos largos períodos de psicosis de guerra, pero la sangre nunca llegó al río. Recuerdo, eso sí, un pintoresco episodio de aquél descabellado enfrentamiento ideológico. Durante un desfile de 1º de mayo celebrado en un país centroeuropeo, los militantes de una agrupación de extrema izquierda llevaron una pancarta que rezaba: ¡Agresores imperialistas!  ¡Renunciad a la bomba atómica antes de que os la tiremos a la cabeza!  Más claro…

martes, 25 de junio de 2019

Imamoglu: el “griego” que reconquistó Constantinopla


El islamismo moderado no existe. Como tampoco existe el comunismo moderado o la socialdemocracia precavida. Soy musulmán, acato los mandamientos del Corán, pero respeto las otras religiones. Para mí, los militantes de Al Qaeda no son islamistas; están empeñados en destruir la Casa  del Profeta, de ensuciar su nombre.

Recordé las palabras de mi buen amigo, un piadoso intelectual turco, al tropezar con las poco tolerantes manifestaciones de algunos políticos adscritos al Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) durante la última campaña electoral llevada a cabo en Anatolia. Su radicalismo y su exacerbado nacionalismo resultan cuando menos inquietantes.

En este caso concreto, su víctima fue Ekrem Imamoglu, candidato del Partido Popular Republicano (CHP) a la alcaldía de Estambul, denigrado por ser de origen griego o griego póntico. En efecto, Imamoglu es originario de Trebizonda, el último reino cristiano que sobrevivió a la caída de Constantinopla, en 1453. Los habitantes de este feudo heleno resistieron hasta 1461. A pesar de la musulmanización progresiva del territorio, se cree que gran parte la población de la región de Ponto tiene ascendencia griega.

Pese a la persecución de las minorías cristianas de los años 1913 – 1923, la cuestión étnica no parecía haberse planteado en la Turquía moderna hasta la primera década de nuestro siglo, cuando elementos integristas volvieron a resucitar las consignas racistas y xenófobas. La travesía del desierto de Ekrem Imamoglu empezó en el mes de mayo, después de su victoria en las elecciones locales celebradas en el mes de marzo en Estambul y anuladas, como se sabe, a petición expresa del presidente Erdogan.

A mediados de mayo, el alcalde conservador de Esenler, Mehmet Göksu, lanzó la primera diatriba: ¿Sabéis qué dice la prensa griega? Dicen que los griegos han reconquistado Estambul. Pero, ¡un momento! ¿De dónde es este tipo, Imamoglu? ¿Cómo es posible que los griegos hablen de la conquista de Estambul sin que haya habido resistencia alguna? 
  
Curiosamente, los medios de comunicación atenienses jamás habían aludido a los posibles o probables orígenes griegos de Imamoglu. 
 
Durante unas fiestas celebradas a comienzos de junio en la localidad póntica de Giresun, el vicepresidente del AKP, Nurettin Canikli, rindió homenaje a Topal Osman, uno de los líderes del movimiento nacionalista de la década de los 20, instigador de las masacres de las comunidades griegas, armenias y aleví.
  
Canikli lanzó diatribas contra los pontianos, acusándolos de traición durante la Guerra de Independencia. El propio Imamoglu se vio obligado a proclamar su lealtad al ideario nacionalista  de Osman.

El genocidio griego, instigado por los gobiernos del Imperio Otomano, el partido Comité de Unión y Progreso (CUP) y el Movimiento Nacionalista Turco de Mustafa Kemal Atatürk, desembocó en numerosas masacres, deportaciones forzadas y marchas de la muerte. Durante este período, se procedió a la eliminación de alrededor de 1 millón de griegos otomanos.
  
La hostilidad actual de los turcos parece derivar del adoctrinamiento llevado a cabo por las instituciones. Sirva como ejemplo la reciente decisión del Gobierno de Ankara de prohibir el rodaje de un documental sobre la cuestión armenia. Al parecer, el veto fue formulado por la plana mayor del ultraderechista Partido Acción Nacionalista (MHP), socio de Gobierno del AKP, que prefiere correr un tupido velo sobre este período histórico.

Irónicamente, muchos turcos que sienten animadversión hacia los griegos o la minoría cristiana, son probablemente de origen griego.

El nuevo alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, miembro de un partido laico, socialdemócrata y hombre de ideas liberales, aterriza en el despacho ocupado hace un cuarto de siglo por Tayyip Recep Erdogan, ese islamista moderado en el que tanto confiaban los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca. El nuevo regidor tiene por delante una colosal tarea: devolver la milenaria urbe a la normalidad republicana después de décadas de gestión islámica.

Los griegos reconquistaron Constantinopla. Vivir para ver…

domingo, 23 de junio de 2019

El plan de paz Kushner - ¿un contrato de compraventa?


Y la luz se hizo. Apenas cuatro días antes del inicio de la conferencia económica de Bahréin impulsada por la Administración estadounidense, la Casa Blanca ha decidido desvelar algunos detalles del plan de paz para Oriente Medio elaborado por el yernísimo del Presidente, Jared Kushner, que el propio Trump no dudó en tildar en su momento de Acuerdo del siglo.

Kushner compareció ante las cámaras de televisión para bosquejar las líneas maestras de su proyecto, que consiste en la creación de un fondo dotado con 50.000 millones de dólares destinados al desarrollo, durante un período de 10 años, de infraestructuras económicas y empresariales en la región del conflicto. Más de la mitad de los fondos – unos 28.000 millones – se destinará a Cisjordania y la Franja de Gaza, 9.000 millones irán a parar a Egipto, 7.500 serán para Jordania y 6.000 para la economía de Líbano.

Donald Trump espera que otros países, principalmente los estados ricos del Golfo y los inversores privados, se hagan cargo de gran parte de los costes del proyecto.

El plan de acción contempla la realización de 179 proyectos industriales y comerciales, recordándonos extrañamente la interminable lista de objetivos prioritarios establecida por la Conferencia de Paz de París. Pero la reunión celebrada hace años en la capital francesa no emanaba de una iniciativa norteamericana…

Con la mentalidad de promotor inmobiliario heredada de su padre, Charles Kushner, el yernísimo cree que el mero hecho de repartir millones a los gobernantes de la región mezo oriental logrará sentar las bases de una paz duradera. ¿Simple contrato de compraventa? La descabellada idea cuenta con el aval de uno de los incondicionales aliados de Trump, el príncipe saudita Mohammed Bin Salmán. Para el heredero de la Corona saudí, el dinero lo soluciona todo.

No es esta la opinión de la mayoría de los políticos y académicos de la zona. En efecto, para la Autoridad Nacional Palestina, el plan Kushner equivale a una nueva Declaración Balfour. De colosal pérdida de tiempo, tachan los iraquíes la iniciativa de la Casa Blanca; es una idea de promotores inmobiliarios, no de políticos, estima en analista egipcio Gamal Fahmi, un proyecto económico, sin fundamento político, escribe la prensa libanesa, un crimen histórico, añaden los medios afines al movimiento radical islámico Hezbollah. Un plan que sólo beneficia a los enemigos de los Estados Unidos en la región, comenta la prensa árabe de Londres, aludiendo concretamente a… Irán.

Detalle significativo: el Acuerdo del siglo no contempla la creación de un Estado palestino. La cuestión de la soberanía brilla por su ausencia. Hay quien estima que el equipo de Kushner desplegó inestimables esfuerzos para domesticar a los palestinos, inmaduros para fundar un Estado propio. El embajador norteamericano en Israel, David Friedman, asegura que su país no apoyará el establecimiento de un nuevo Estado. Lo último que necesita la región es un Estado Palestino fallido entre Israel y el río Jordán, asevera el diplomático.

En las últimas horas se supo que una delegación empresarial israelí participará en la cumbre de Bahréin. También estarán presentes algunos empresarios palestinos y… políticos exiliados, acérrimos detractores del Gobierno de la ANP.

Entre los participantes figuran también emisarios del antiguo jefe de los servicios de seguridad de la Franja de Gaza, Mahmúd Dahlan, controvertido personaje al que se le tildaba, con o sin razón, de hombre de la CIA en la Administración palestina. Más claro…

jueves, 20 de junio de 2019

Los Altos de Trump y el Acuerdo del Siglo


El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, presidió el pasado fin de semana la ceremonia inaugural de una nueva localidad judía ubicada en la meseta del Golán: Ramat Trump (los Altos de Trump). Se trataba de una inauguración meramente simbólica; el emblemático proyecto no cuenta con el visto bueno del Gabinete interino, desprovisto de capacidad decisoria, ni con el aval de la Knesset (Parlamento). También brillan por su ausencia los imprescindibles planos urbanísticos y la financiación. Sin embargo, a la inauguración virtual de Los Altos asistió el embajador estadounidense en Israel, David Friedman, valedor de Netanyahu y ferviente defensor de su política expansionista. No hay que extrañarse: basta recordar que el actual representante diplomático de la Casa Blanca en Jerusalén provocó la ira de la comunidad palestina al pronunciarse públicamente a favor de la anexión de gran parte, si no de la totalidad del territorio de Cisjordania al Estado Judío. Sus declaraciones, reproducidas por el rotativo New York Times, sorprendieron a los profesionales de la diplomacia. Pero Friedman es un embajador político que, junto con el yerno de Trump, Jared  Kushner, y Jason Greenblatt, vicepresidente de la organización Trump, participó a la elaboración del famoso Acuerdo del Siglo, el plan de paz estadounidense que será desvelado a partir de la semana próxima en varias reuniones internacionales que tendrán por escenario  las capitales árabes.

Detalle interesante: en el primer encuentro, pomposamente bautizado Paz para la Prosperidad, no participarán representantes palestinos ni altos cargos del Gobierno israelí. La Casa Blanca confirmó la asistencia en la cumbre que se celebrará en Bahréin la semana próxima de Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos,  Egipto, Jordania y Marruecos. Según la Administración Trump, dicha reunión facilitará el diálogo sobre una visión ambiciosa y viable para un futuro próspero para el pueblo palestino y la región. ¿Frases huecas? ¿Cortina de humo?

El objetivo principal de este encuentro es la creación de una alianza árabe de corte pro occidental susceptible de promover la iniciativa estadounidense. Aunque el Gobierno israelí no haya sido invitado oficialmente a la primera cumbre, un exfuncionario de alto rango del Ministerio de Defensa hebreo, que ejerció de enlace entre Tel Aviv y la Autoridad Nacional Palestina participará en los debates. Se trata, aparentemente, de una presencia discreta, que revela las preferencias del equipo Kushner, integrado por judíos ortodoxos norteamericanos formados en escuelas rabínicas neoyorquinas o… israelíes.

La segunda fase del flamante plan estadounidense consistiría en anular pura y simplemente el legado de las negociaciones llevadas a cabo en las últimas décadas por israelíes y palestinos, tratando de privar a la ANP de las prerrogativas derivadas de los Acuerdos de Oslo, el Memorándum de Wye Plantation o las cumbres económicas celebradas en París. En resumidas cuentas, dejar entender a los dirigentes de la Autoridad Nacional que la derrota diplomática es un hecho consumado, que la opción de los dos Estados – palestino e israelí – es inviable, que los poderes fácticos del Planeta sólo aceptarían el sometimiento del enemigo palestino a la autoridad del aliado israelí. De hecho, durante el mandato de Donald Trump, los Estados Unidos suspendieron la ayuda económica a la Agencia de las Naciones Unidas para Refugiados Palestinos (UNRWA), aceleraron el traslado de la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, haciendo caso omiso de los acuerdos internacionales, cerraron la representación de la ANP en Washington, reconocieron la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán - territorio sirio ocupado tras la guerra de 1967 - ningunearon sistemáticamente a los interlocutores palestinos. Para el equipo de Trump, el Acuerdo del siglo sería una simple imposición a la parte palestina, cuyo porvenir dependerá, siempre según Washington, de la aquiescencia de los potentados del Golfo: el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed Bin Salman, y del Presidente de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed Bin Zayed. Por si fuera poco, el equipo de Jared Kushner no vería con malos ojos la posible soberanía saudí sobre la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del Islam,  opción barajada hace ya algún tiempo por los Gobiernos conservadores de Tel Aviv. Malos augurios, pues, para los pobladores de Cisjordania y la Franja de Gaza, empeñados en forjar su propia identidad nacional.

La tercera y última fase de la presentación del Acuerdo del Siglo coincidirá, muy probablemente, con la celebración de las elecciones generales israelíes, previstas para mediados del mes de septiembre. Washington cuenta con la victoria de Netanyahu o de su partido, con los inevitables regateos postelectorales que deberían eclipsar el debate sobre el porvenir de las relaciones israelo palestinas.

Obviamente, el ofrecimiento de la Administración Trump resultará muy apetecible para los halcones judíos. Un auténtico disparate, clamarán los palestinos, la izquierda israelí, los politólogos árabes o los analistas occidentales, poco propensos a confiar en la sinceridad y la ecuanimidad de la diplomacia donaldiana.

En algún lugar de Tierra Santa, en la meseta del Golán, quedará un recuerdo de esta triste farsa; una hermosa placa de polivinilo con la inscripción Ramat Trump - los Altos de Trump. Un asentamiento ideado por Benjamín Netanyahu, un político cuyo dudoso porvenir depende de la judicatura del Estado de Israel.