miércoles, 17 de junio de 2020

Usted no nos representa, señor Borell



La discordancia ha sido, desde siempre, el común denominador de la política exterior de los países miembros de la Unión Europea. Las políticas exteriores, mejor dicho, ya que los socios del club de Bruselas han sido incapaces de elaborar directrices unitarias para su actuación a escala mundial. Y ello, pese a la creación de la figura del Alto Representante de la Unión para Política Exterior, cargo desempeñado con mayor o menor éxito por funcionarios de alto rango de los Estados comunitarios, procedentes - en su gran mayoría -  de agrupaciones políticas de centroizquierda. ¿Ventaja o inconveniente? Difícil decirlo. Lo cierto es que a la hora de la verdad algunos de los tenores que llevan la voz cantante en las cancillerías europeas no dudan en censurar la actuación de los Altos Representantes con un rotundo y solemne no nos representan.

Sucedió hace poco en Berlín, durante la reunión anual de los Embajadores alemanes, destinada a ultimar los preparativos para la presidencia germana de la UE. El pasado 25 de mayo, los diplomáticos de la República Federal escucharon estupefactos la intervención del español Josep Borell, alto representante de la UE para política exterior, interpretada por algunos como el  preludio al  declive de la supremacía estadounidense. Las tesis defendidas por el político catalán, muy parecidas a las del presidente galo, Emmanuel Macron, podrían resumirse de la siguiente manera:

· La UE debería adoptar una postura equidistante en el conflicto entre Estados Unidos y China, tratando de defender sus propios intereses.

· El Brexit constituye una bendición para el proyecto europeo.

· Las relaciones con Rusia deberían edificarse teniendo en cuenta los intereses comunes, sin descuidar los aspectos estratégicos clave para Bruselas y Moscú.

· Las relaciones bilaterales Europa - China deben estar basadas en la confianza, la transparencia y la reciprocidad, en la disciplina colectiva. 
 
En resumidas cuentas, unas líneas maestras un tanto sorprendentes. Y si los alemanes no se inmutaron (por algo son alemanes), sus vecinos de Europa oriental, miembros de la UE aunque también y ante todo de la OTAN, se mostraron consternados por la intervención de Borell.  ¿A quién se le ocurre hablar de intereses comunes con Rusia, de aspectos estratégicos convergentes? ¿A quién se le ocurre subestimar el peligro que reside en el flanco Este de la OTAN? Rumanos y polacos están allí para recordarlo, para advertirle con mayor o menor elegancia al catalán usted no nos representa.

Conviene señalar que uno de los temas que preocupa actualmente al establishment político de Europa central y oriental es la posible retirada de tropas estadounidenses acantonadas en suelo germano. La Administración Trump amenaza con llevarse alrededor de 10.000 (de los 34.500) soldados destinados en la RFA a bases de otros países. Ofrecimientos no faltan; al contrario.

Polonia ha expresado el deseo de acoger algunos de los efectivos que deben abandonar Alemania. El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, se apresuró en recordarle a su amigo Trump que el verdadero peligro se halla en la frontera oriental y por consiguiente, el traslado de fuerzas estadounidenses hacia los confines con Rusia supondría el fortalecimiento de la seguridad para todo el continente europeo.

Morawiecki alega que la reciente expansión militar de Rusia a territorios de Georgia y Ucrania (Crimea y Dombass) justifica la creación de bases militares permanentes norteamericanas en su país.   
No menos compleja es la situación en Rumanía, otro aliado fiel del gigante transatlántico en el Viejo Continente, cuyo papel estratégico se ha visto reforzado a raíz del coqueteo de Erdogan con el Kremlin. Los rumanos, que sienten la misma animadversión hacia la madre Rusia que sus socios polacos, acaban de adoptar una nueva Estrategia de Defensa Nacional 2020 – 2024, que define a la Federación Rusa como estado hostil y amenaza para la región, cuyo comportamiento agresivo inquieta al estamento militar. Durante los últimos meses, las autoridades rumanas reclamaron un incremento sustancial de la presencia de efectivos estadounidenses, lo que irritó sobremanera a la cúpula castrense moscovita.

Rusia estima que la base militar norteamericana de Deveselu dispone de sistemas Aegis Ashore, capaces de disparar misiles de crucero Tomahawk. Deveselu se convierte, automáticamente, en blanco de la aviación rusa.

Pero hay más; los estrategas del Kremlin creen que la nueva Estrategia de defensa de Bucarest contempla también el aumento de la presencia naval de la OTAN y los Estados Unidos en el Mar Negro, el lago vigilado hasta ahora por la Marina turca. Con ello, la actuación de Bucarest contribuirá a aumentar aún más las tensiones en la región y la falta de confianza, aseguran los rusos.

Para las autoridades rumanas, se trata, pura y simplemente, de la adecuación de los planes de defensa al cambio del paradigma global, determinado por el deterioro de las relaciones entre la Alianza Atlántica y la Federación Rusa. El principal artífice de este nuevo enfoque es, sin duda, el actual inquilino de la Casa Blanca: Donald Trump.

No hay que extrañarse, pues, al comprobar que los politólogos bucarestinos – más atlantistas que europeístas - emulan a sus colegas polacos al afirmar: usted no nos representa, señor Borell. 

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