martes, 15 de abril de 2014

El anhelo imperial de Vladímir Putin


Vladímir Putin no vive en este mundo, le confesó recientemente Angela Merkel a Barack Obama. La Canciller de Hierro (nada que ver con su ilustre antecesor, Otto von Bismarck) trataba de explicarle al poco carismático Presidente estadounidense, que no tiene la talla de líder mundial que el hombre fuerte del Kremlin hace caso omiso de las reglas del juego establecidas por círculos de poder occidentales. Según la Sra. Merkel, los recientes acontecimientos de Crimea y la oleada de protestas registrada en Ucrania oriental reflejan una manera de pensar nada conforme con los cánones de conducta de los políticos del primer mundo. 

Desde el inicio de la crisis ucraniana, que desembocó en la ruptura entre Kiev y Moscú, el Presidente ruso se ha convertido en el blanco de los líderes de opinión norteamericanos, quienes le acusan de emplear métodos dictatoriales, destinados a desestabilizar a las instituciones democráticas de los países vecinos (de momento, Ucrania, pero sin duda otros se sumarán a la lista), de expansionismo violento y un sinfín de etcéteras. Putin ocupa el lugar reservado hasta los años 50 del siglo pasado a… José Stalin, sanguinario eso sí, aliado de las potencias occidentales – Norteamérica, Reino Unido y Francia – durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ni que decir tiene que Putin no es Stalin; Obama tampoco es Roosevelt, ni Kennedy, ni Reagan.

Es cierto: Putin no vive en el mundo de Frau Merkel, aunque hay muchos paralelismos entre el pensamiento político de ambos. En efecto, mientras la Canciller alemana sueña con restablecer el poderío germano en toda Europa, el Presidente ruso está empeñado en edificar el cuarto imperio ruso-eslavo. Para lograr su meta, Putin recurre al centralismo instaurado por Iván el Terrible en el siglo XVI y desarrollado por Pedro el Grande en el siglo XVII. Los líderes de la revolución de Octubre heredaron esas estructuras, que convirtieron, en 1922, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al igual que muchos de sus coetáneos, Putin es un nostálgico de la era soviética, del prestigio de la extinta URSS, la potencia mundial fundadora del siniestro club nuclear. 

Pero el proyecto de supremacía rusa se desvaneció al final de la Perestroika. El imperio soviético se disgregó. Mientras los políticos de la generación de Putin tratan de recuperar el prestigio de la Madre Rusia, el padre de la espectacular liberalización de la década de los 80, Mijaíl Gorbachov, se dedica a grabar spots publicitarios loando las virtudes de la… pizza estadounidense.  

Según el politólogo italiano Irnerio Seminatore, presidente del Instituto Europeo de Relaciones Internacionales, organización con sede en Bruselas, Vladímir Putin dirige una empresa de gran envergadura, llamada a desembocar en el alumbramiento de una nueva potencia global: el Estado ruso euro-asiático. Para alcanzar esta meta, el Kremlin debe hacerse con el control político y económico a escala planetaria. El poderío global nada tiene que ver con el poder ejercido hasta ahora por las potencias industriales. La globalización manda. 

Moscú mira, pues, hacia Oriente. Sus nuevos mercados potenciales son China y la India. Sin olvidar a Corea y Japón o los países miembros de la ASEAN. De hecho, en los próximos 20 años China monopolizará gran parte de las exportaciones rusas de gas natural. También se prevé un incremento de los suministros de crudo. 

Los contactos con la India no se limitan, como hasta ahora, a la tecnología nuclear. Los rusos tienen intención de participar activamente en el desarrollo de la industria armamentística hindú. No se trata de una excepción. En los últimos meses,  han proliferado de acuerdos de venta de tecnología militar firmados con varios países latinoamericanos: Brasil, Venezuela, etc. 

Aparentemente, Rusia trata de ampliar sus relaciones económicas con los miembros del BRICS, agrupación que integra a varios Estados emergentes: Brasil, China, India y Sudáfrica. 

¿Las cacareadas sanciones occidentales a Rusia? Su eficacia aún queda por ver. El titubeo de Bruselas ante la crisis de Ucrania ofrece un bochornoso espectáculo de desunión comunitaria. En esas circunstancias, Norteamérica de convierte en adalid de la guerra (fría) contra Moscú. Barack Obama quiere defender la democracia ucrania. Pero, ¿dónde queda Ucrania? ¿Entre Guatemala, Panamá y Granada? ¿Entre Afganistán e Irak? La mayoría de los norteamericanos lo ignora. ¿Cómo explicarles que nos hallamos ante una nueva etapa de la bananizacion  (qué no balcanización) del Viejo Continente? A buen entendedor…    

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