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lunes, 29 de diciembre de 2025

Cita con el doctor Bashar - oftalmólogo

 

Si paseas por las calles de la urbanización Rublyovka, feudo reservado a la élite moscovita, donde se sospecha que vive el expresidente de Ucrania, Viktor Yanukóvich, que tuvo que abandonar Kiev durante la revolución de colores de 2014, es posible que encuentres una placa con la siguiente inscripción:

Доктор Б. аль-Асад – офтальмолог

La traducción del ruso, simple y sorprendente, significa:

Dr. Bashar al Assad – oftalmólogo

No; no se trata de una coincidencia o una casualidad; el exdictador sirio quien abandonó su país en noviembre del pasado año para refugiarse en Rusia vive ahora en una lujosa residencia de Moscú, donde repasa sus estudios de oftalmología.

¿Dificultades económicas?  Obviamente (Bashar) no necesita el dinero; lo que sugiere que su clientela sería la élite adinerada de Moscú, escribe el rotativo británico The Guardian, empeñado a seguir la pista del presidente depuesto. No hay que extrañarse; sabido es que los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos tomaron parte activamente al derrocamiento del último miembro del clan de los Assad, superviviente – junto con su vecino, Abdalah de Jordania, de las primaveras árabes. Curiosonamente, en ambos casos. los presagios no se cumplieron. Los cimientos del Estado sobrevivieron. ¿Error de cálculo de los servicios?

La familia de al Assad lleva una vida tranquila en Rusia y los Emiratos Árabes Unidos, segunda residencia del exmandatario sirio. donde cuenta con más amistades que en Moscú.  

Putin tiene poca paciencia para con los líderes que abandonan el poder, y Assad ya no es visto como una figura relevante, señala una fuerte occidental. Informes del Foreign Office británico indica que el vástago de Fafez, el oficial sirio que cursó estudios en la Academia Militar de Moscú, era irrelevante para el dueño del Kremlin. De hecho, los Assad tienen muy poco contacto con el mundo exterior y están apartados de los círculos de élite sirios y rusos que antes conocían.

Después de salir de Siria, la principal preocupación de Assad parece haber sido la salud de su esposa. Asma, que había tenido leucemia durante años.  Su estado se volvió crítico y, en los meses previos a la caída del régimen, recibía tratamiento en Moscú.

Rusia parece haber bloqueado las posibles apariciones públicas de al Assad. La familia, ¡sin Bashar! fue vista en público el pasado mes de junio, cuando su hija Zein se graduó en relaciones internacionales en la prestigiosa universidad de Moscú, ceremonia a la que asistió la flor y nata de la clase dirigente rusa.

Cabe suponer que el nombre de Zein al Assad no figurará en la lista de funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso. Pero tal vez en la de altos cargos de la diplomacia de los Emiratos Árabes Unidos…


lunes, 18 de enero de 2016

En la primera línea del frente y II


De hipócritas tildaron algunos los medios de comunicación de Europa oriental las palabras de Vladimir Putin, al afirmar este que Rusia no tenía intención de ser una superpotencia mundial. Inútil recordar que la Federación rusa, heredera de la extinta URSS, sigue siendo una de las naciones más poderosas de la Tierra.

Las declaraciones de Putin, recogidas por el rotativo alemán Bild Zeitung en la primera semana de enero, coincidían extrañamente con la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad de Rusia, un documento que contiene una serie de advertencias dirigidas al establishment de Washington y de la Alianza Atlántica e indica un innegable cambio de rumbo en la política de defensa de Moscú.

En efecto, tanto el tono como la argumentación han cambiado del otro lado de la primera línea del frente. El Kremlin sostiene que el estacionamiento de nuevos efectivos de la Alianza en los confines de Rusia refleja el deseo de Washington de ejercer su dominación a escala planetaria, que conlleva, en este caso concreto, a una serie de presiones políticas, económicas y militares contra el antiguo imperio de los zares.

Señala el documento que  la expansión del potencial de la OTAN, así como el creciente protagonismo de la Alianza a nivel mundial violan el espíritu del Tratado que rige las relaciones entre la OTAN y Moscú. Más aún; la reciente activación de la estructura militar del bloque presupone una amenaza directa para la seguridad nacional del país.

Al pasar revista a las opciones geopolíticas de los EE.UU., el documento hace especial hincapié en el traslado hacia la región fronteriza de laboratorios biológicos destinados a fines militares. Existe un gran peligro de proliferación y utilización de armas químicas, que alimenta la incertidumbre acerca de la presencia de armas biológicas y/o la capacidad de algunos países de producirlos, estiman los estrategas moscovitas.

La nueva estrategia del Kremlin parece una respuesta a las sanciones impuestas por Washington y Bruselas contra Rusia tras la anexión, en 2014, de la Península de Crimea. Unas  sanciones que, de paso sea dicho, han generado más pérdidas a las economías de la UE – alrededor de 90.000 millones de euros durante el período 2014-2015 – que a la economía rusa – 25.000 millones. Sin embargo, el informe subraya la necesidad de asegurar la independencia alimentaria de Rusia.

También contempla la nueva Estrategia un notable incremento del poderío militar y naval de la Federación rusa. A partir de 2018, la Marina militar será dotada de nuevos sumergibles, que disponen de modernísimos sistemas de control y comunicaciones, difícilmente detectables por los servicios de vigilancia de la OTAN. Tampoco podrán localizar los radares utilizados por el ejército de los Estados Unidos los nuevos aviones de combate Sujoy PAK FA o T – 50, capaces de despegar desde la cubierta de los portaaviones. 

Otra de las prioridades sería el reforzamiento del papel desempeñado por los servicios de inteligencia. Ello implica, según los estrategas, la capacidad de incidir de manera eficaz en políticas planetarias.

Lo que de verdad preocupa al Kremlin son las llamadas revoluciones de colores, que representan un peligro para la seguridad nacional. Alusión obvia a la revolución de Maidan y el derrocamiento del Presidente ucranio Víctor Yanúkovich, obligado a abandonar el país tras las presiones ejercidas, muy democráticamente, por Washington y por Berlín.

Para Moscú, el conflicto de Ucrania se ha tornado en una auténtica pesadilla. La consolidación de una ideología nacionalista de extrema derecha, los esfuerzos deliberados de ofrecer una imagen pública de Rusia – enemigo potencial – convierte a Ucrania en una fuente de inestabilidad europea a largo plazo, señala el informe.

Además de temer por el desmembramiento de la Federación, los posibles ataques contra la unidad y la integridad territorial del país, la Estrategia denuncia los esfuerzos de Occidente de obstaculizar la creación de la Unión Euroasiática, espacio político-económico promovido por el Kremlin con miras a contrarrestar el peso de la Unión Europea. Dichos esfuerzos, señala el documento, afectan de manera negativa los intereses nacionales rusos.

Finalmente, al abordar el tema de los refugiados, los autores de la Estrategia hacen hincapié en la vulnerabilidad del sistema de seguridad de la región euro-atlántica controlada por la OTAN y la UE.

En resumidas cuentas, el común denominador de las nuevas estrategias de seguridad podría resumirse en una sola palabra: enemigo.

martes, 29 de diciembre de 2015

En la primera línea del frente


¿Acabará convirtiéndose el Viejo Continente en escenario de múltiples conflictos generados por desigualdades económicas, roces étnicos, descenso de la natalidad o  fragmentación de la estructura geopolítica de la región? ¿Desaparecerá la Unión Europea? ¿Sobrevivirá la moneda común: el euro? Los analistas del afamado think tank estadounidense Statregic Forcasting (Stratfor) no dudan en tildar de sombrío el porvenir de sus aliados transatlánticos de Washington.

En efecto, el escenario esbozado por la flor y nata del establishment político-militar de los Estados Unidos contempla la división de Europa en cuatro centros de poder económico, ubicados en el Oeste, el Este, Escandinavia y las Islas británicas. Ello presupone la disminución, cuando no desaparición de la supremacía de Alemania, el aislamiento progresivo, aunque no total, del Reino Unido, la aplicación de medidas llamadas a desembocar en una Europa a dos velocidades, deseada por quienes parecen haber perdido el control de la tan cacareada locomotora comunitaria. En resumidas cuentas, en el advenimiento de una Europa que se rige por simples acuerdos bilaterales o multilaterales coyunturales, en su mayoría, de corta duración.

¿Los motivos de este pesimismo? Los predecibles problemas que afrontará Alemania, principal exportador de la zona euro, en caso de acentuación de la crisis, del inevitable auge del euroescepticismo, fomentado no sólo por movimientos ultraconservadores, sino también por decisiones políticas precipitadas o poco acertadas, que facilitaron la llegada de un millón y medios de inmigrantes en apenas doce meses, las reacciones xenófobas registradas en algunos Estados de Europa oriental, poco propensos a acoger los cupos de inmigrantes establecidos por Bruselas y por último, aunque no menos importante, el deseo de trasladar los operativos de defensa global hacia las fronteras orientales del Viejo Continente.

En ese contexto, Washington contempla una reordenación total de sus intereses geoestratégicos. En la próxima década, Norteamérica cuenta con el establecimiento de una coalición antirrusa, integrada por Polonia, Rumania y los países bálticos, y capitaneada, claro está, por la primera potencia mundial. Dicha alianza debería desempeñar un papel clave para la redefinición de las fronteras de Rusia y la reivindicación de territorios perdidos a lo largo de la historia por los aliados de Occidente. Se calcula que, tras la (hipotética) disminución del poderío ruso, la alianza podría convertirse en una fuerza dominante no sólo en los confines de Ucrania y Bielorrusia, sino en la región de Europa oriental. Para ello, tanto Polonia como Rumanía deberían incrementar su poderío político y económico en la zona; una meta que sólo lograrían alcanzar merced a la asociación estratégica con… los Estados Unidos. 

Obviamente, Washington tiene interés en el desarrollo de la región, que se traduce, hoy por hoy en el establecimiento de bases militares supuestamente relacionadas con el escudo antimisiles. Sin embargo, al juzgar por las características del armamento almacenado en las nuevas instalaciones de Rumanía, el Pentágono infringe la normativa del Tratado sobre misiles de corto y medio alcance, negociado por la OTAN y el extinto Pacto de Varsovia. Rusia protestó recientemente ante el despliegue de estos artefactos, pero la Alianza Atlántica prefirió hacer oídos sordos.

Estiman los analistas de Stategic Forcasting que si bien no habrá una implosión en Rusia, es decir, una revuelta contra el sistema político implantado por Vladimir Putin, el impacto de las sanciones económicas impuestas por Occidente, la espectacular disminución del precio del petróleo y el incremento de los gastos militares desembocarán en la debilitación del poderío del Kremlin y la posible fragmentación territorial de la Federación rusa. ¿Cabe especular con la posible presencia de unidades de choque estadounidenses en algunos de estos nuevos territorios independientes? Los analistas norteamericanos no descartan esta posibilidad.

Otro país que podría o debería sumarse a la coalición contra Rusia es… Turquía. El país  otomano necesita del apoyo de los Estados Unidos en el por ahora embrionario aunque debidamente fomentado conflicto que le opone al Kremlin. Si bien tanto Washington como Moscú dudan de la eficacia o sinceridad de Ankara a la hora de combatir los movimientos islámicos radicales que operan en Siria o en Irak, no cabe la menor duda de que Turquía tiene capacidad e interés en convertirse en el próximo gendarme del Mar Negro. De este modo, quedaría configurada la primera línea del frente. Y eso nada tiene que ver con un escenario de política ficción.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Nuestro amigo Bashar


El 10 de junio de 2000, cuando el oftalmólogo Bashar al Assad asumió en cargo de Presidente de la República Árabe Siria, el recién ungido monarca republicano fue acogido con vítores y gritos de Alá, Siria y Bashar, el viejo país de los omeyas parecía encaminarse hacia una nueva etapa histórica. El rey Abdalá de Jordania no dudó en tildar al hijo del dictador Hafez al Assad de renovador, aperturista y amante del progreso. ¿Falsa percepción? ¿Simple manipulación de una opinión pública occidental crédula e inocente? Huelga decir que los primeros gestos del inexperto gobernante sirio parecían acreditar esta tesis. Pero las primeras reformas emprendidas por el régimen de Damasco fueron a la vez tímidas y lentas. El raís tropezaba invariablemente con las reticencias de la vieja guardia del Partido Ba’as, poco propensa a renunciar a sus prerrogativas. Las férreas estructuras ideadas por el viejo dictador no facilitaban los cambios ansiados por la joven generación. Modificar el sistema suponía romper con el pasado. Mas Bsahar al Assad fue incapaz de llevar a cabo la titánica tarea.

Para las monarquías feudales de la región, Siria era un país laico, que salía de los moldes de la sacrosanta ley coránica, aliado de Moscú y de Teherán, es decir, de  infieles y… de ¡chiitas! Para Occidente, se trataba de uno de los últimos vestigios de la colonización gala en la región, de una isla de cultura francófona, que contaba con intelectuales de primerísima fila: arquitectos, escritores, poetas, filósofos… Una élite cultural que, pese a las limitaciones impuestas por el régimen totalitarista, lograba competir con la flor nata de la intelectualidad europea.

Pero el cambio de rumbo preconizado por Basar al Assad finalizó con la llegada de las mal llamadas primaveras árabes. Alguien de fuera de la zona decidió acabar con las dictaduras laicas y reemplazarlas por regímenes islámicos moderados. A la caída del tunecino Ben Alí le siguió la derrota del egipcio Mubarak, el repulsivo asesinato del libio Gadafi, la guerra civil yemenita. Sin embargo, el califa de Damasco seguía en su trono. Algo realmente imperdonable para los guionistas de las primaveras árabes. Siria acabó convirtiéndose, pues, en el laboratorio de una guerra de guerrilla, en escenario de enfrentamientos entre grupúsculos islámicos de toda índole, apoyados por mecenas saudíes, qataríes y… norteamericanos. Su objetivo prioritario: acabar con Bashar al Assad. Su meta real: convertir al último alfil de Rusia en Oriente Medio en baluarte de la democracia made in USA.

En cuatro años, la guerra civil siria se cobró más de 300.000 víctimas mortales. Alrededor de 2,8 millones de personas cruzaron las fronteras, buscando refugio de los países vecinos. Pero Jordania, Líbano y Turquía no cuentan con las infraestructuras básicas para albergarlos. Por su parte, los países del Golfo Pérsico descartan la posibilidad de acoger a los refugiados. Aparentemente, son… demasiado pobres para poder integrarse en el mundo de la opulencia edificado por el maná de los petrodólares.

Los refugiados optaron por coger el camino de Europa, dirigiéndose hacia la prospera Alemania o la multirracial Inglaterra. ¡Qué vienen los musulmanes! De repente, los gobernantes del Viejo Continente descubrieron que tenían un aliado en tierras de Oriente; un gobernante que combatía el peligro yihadista: el presidente sirio Bashar al Assad. Presidente a secas, sin más calificativos. El mundo cambia.

Hace un par de años, cuando Barack Obama estuvo a punto de bombardear Damasco, bastó con una llamada de atención del Presidente Putin para que los aviones de la Fuerza Aérea se queden el tierra. Hoy en día, Europa coquetea con la idea de sumarse a la guerra contra el yihadismo. Aparentemente, Austria y España son los principales valedores del régimen sirio. Francia se sumará a los bombardeos contra las posiciones del Estado Islámico; Inglaterra no tardará en unirse al operativo bélico. La avalancha de refugiados genera, pues, un tardío y traumático despertar.

¿A qué se debe este cambio radical de Occidente? Tratemos de hacer memoria: hubo una época - no muy lejana - en la que nuestros amigos los dictadores tenían vara muy alta en las Cancillerías del primer mundo. Una época en la que los diplomáticos del Viejo Continente trataban muy ceremoniosamente de monsieur le Président a los Mobutu o los Tchombe, tiranos africanos que controlaban los yacimientos de cobalto o las minas de oro y de diamantes, en la que la modélica democracia de Bonn se desvivía en complacer al general Strossner, oriundo alemán convertido en dictador del Paraguay, cuando la  City de Londres actuaba de principal centro financiero de los jeques del oro negro. En aquel entonces, las afirmaciones de los señores dictadores o los respetables tiranos tenían el don de convertir los ríos de sangre en lingotes de oro. Luego llegó la introducción forzosa de la democracia del mundo civilizado y, con ella, la corrupción.
Es obvio que para hallar una solución coherente y duradera al conflicto sirio es preciso contar con los buenos oficios de Moscú y Teherán. Pero los iraníes advierten: no se puede contemplar un diálogo de paz sin la participación activa de Arabia Saudita y los Estados Unidos, los países que mueven los hilos de la contienda. 

En ese contexto, cabe preguntarse: ¿a qué universo pertenece nuestro (nuevo) amigo Bashar al Assad? 

miércoles, 1 de abril de 2015

Oriente Medio: de las "primaveras árabes" a las alianzas militares


Dios creó la guerra para que los norteamericanos aprendieran geografía, afirmaba sarcásticamente el afamado escritor norteamericano Mark Twain, buen conocedor de las múltiples y profundas lagunas culturales de sus compatriotas.

Barack Hussein Obama, presidente de los Estados Unidos, apadrinó las Primaveras árabes confiando en poder llevar la democracia a una región del mundo que se rige por parámetros muy distintos a los valores abrazados por los norteamericanos. Mil disculpas, estimado lector; las comparaciones son odiosas. Barack Obama no es Dios. Cabe suponer que al tratar de arreglar los destinos del mundo árabe-musulmán, cayó en la trampa tendida a sus compatriotas por el supino desconocimiento de una cultura diferente.

Conviene recordar que al asumir su primer mandato, el cuadragésimo cuarto Presidente de los EE. UU. tuvo que hacer frente al innegable deterioro de las relaciones entre Washington y las capitales árabes. Los atentados del 11 de septiembre, la intervención norteamericana en Afganistán, la invasión de Irak, habían ensanchado la brecha entre las dos culturas: la musulmana y la occidental (cristiana). Buscar la paz, el acercamiento y la concordia parecían los objetivos prioritarios del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sin embargo…

Barack Obama se equivocó al tratar de recurrir a viejos remedios: la exportación de la democracia Made in USA a una región que cuenta con tejidos sociales frágiles u obsoletos, los intentos de apoyar a movimientos políticos hostiles al poder establecido o de apostar por agrupaciones religiosas poco propensas a avalar la modernización de las estructuras sociales. La ofensiva de Washington fracasó en Egipto, Libia y Siria. El miedo acabó apoderándose de los aliados de Norteamérica: Jordania, Arabia Saudita, las monarquías del Golfo Pérsico. Con razón: los vientos de cambios que soplaban en tierras de Oriente ponían en tela de juicio la legitimidad de las hasta ahora incontestadas estructuras feudales.

La encarnizada guerra civil siria afectó directa o indirectamente la estabilidad política de otros Estados de la zona: Jordania, Líbano, Israel, Turquía. Cuando se detectó el uso de armas químicas en ataques dirigidos contra la población civil, Obama estuvo a punto de bombardear Damasco. Pero la Casa Blanca tropezó con el niet rotundo del Kremlin.  

Huelga decir que el conflicto, que se había convertido en una especie de laboratorio de la violencia para las múltiples agrupaciones guerrilleras creadas y financiadas por norteamericanos, saudíes, qataríes e… iraníes, se tornó en auténtica pesadilla tras la aparición del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS). Los radicales islámicos lograron adueñarse de los yacimientos de petróleo de Siria y de Irak. El laboratorio acababa de engendrar su monstruo…

El incontrolable avance del Estado Islámico en Irak obligó a reconsiderar las alianzas estratégicas. La Casa Blanca no vio con malos ojos la intervención de los Guardianes de la Revolución iranés en el frente iraquí. Aún así, Teherán seguía en la lista negra de Washington a raíz de su controvertido programa nuclear. Poco importa: mientras el regateo nuclear continúa, la Administración estadounidense prefiere hacer suya la máxima: los enemigos de mis enemigos son…¿mis amigos?

La presencia de Irán en la zona no se limita, sin embargo, a la ofensiva contra el Estado Islámico. Teherán no ha disimulado su apoyo al Presidente sirio, Bashar el Assad, ni su respaldo a Hezbolá, la agrupación armada libanesa de corte político-religioso que se ha tornado en el enemigo público número uno de los estrategas de Tel Aviv. ¿Demasiado complicado? No, en absoluto; estamos en Oriente Medio.

Mas el panorama de alianzas contra naturaleza empieza a enmarañarse cuando una tribu chiita de Yemen, los hutíes, declara la guerra al presidente sunita del país, Abd Rabo Mansur Hadi, un prooccidental protegido por la monarquía saudita. ¿Otro conflicto interno?

Yemen ha sido, desde siempre, el feudo de Al Qaeda en la Península Arábiga. El grupo terrorista cuenta con varios campos de entrenamiento estrechamente vigilados, eso sí, por los servicios de inteligencia norteamericanos y saudíes. Se supone que Washington está librando aquí batalla contra el radicalismo islámico. Eso es mucho suponer…

Cuando los hutíes pusieron en peligro la supervivencia del régimen sunita de Saná, las autoridades de Riad se apresuraron a denunciar la injerencia iraní en el país vecino. El Gabinete del recién entronizado rey Salmán se decantó no sólo por una movilización general, sino también por la creación de una coalición militar árabe destinada a contrarrestar los designios bélicos de Teherán en la región. Dotada con 40.000 hombres, un centenar de blindados y 180 aviones de combate, la alianza panta cara al nuevo enemigo: el Irán chiita. Otro enfrentamiento en ciernes.

Como para recordarnos que el Nobel de la Paz Barack Obama se ha vuelto a confundir.  O ¿a… confundirnos?


viernes, 27 de febrero de 2015

Cara feroce al enemigo


A veces, el candor de los políticos nos conmueve.  Mas cabe preguntarse si sus actos obedecen a la ingenuidad, pureza, honradez de esos personajes públicos, o bien a su mala fe disfrazada de una delgadísima capa de buenismo. Lo cierto es que la vida de esos mal llamados gobernantes se caracteriza por el zigzagueo y el titubeo continuos, por el deseo de complacer a seguidores y detractores. Ello genera situaciones rocambolescas, que recuerdan los libretos del género chico. Y sin embargo…

Hace apenas unas semanas, después del atentado contra el semanario galo Charlie Hebdo, la Casa Blanca anunció la celebración de una cumbre mundial sobre el terrorismo. Cierto es que la Administración Obama no estuvo presente en la gigantesca movilización contra el yihadismo, que congregó en la capital francesa a medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno. ¿Simple error de cálculo?

En realidad, el presidente de los Estados Unidos convocó la famosa cumbre contra el terror, modificando, eso sí, los parámetros. En la reunión no se habló del yihadismo ni del terrorismo islamista, términos acuñados por la Administración Bush después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sino del… extremismo violento, eufemismo aplicable a casi todas las situaciones conflictivas.  Aparentemente, el deseo del presidente era evitar el enfado de los musulmanes. Por ello, la cumbre no abordó el tema de las guerras religiosas, los crímenes cometidos por el Estado Islámico o la creciente influencia de la tentacular Al Qaeda en los países de Asia y África. Al contrario, se habló de la necesidad de encauzar a países como Irak y Siria por la senda que conduce a la democracia. ¿Loables  palabras? ¿Frases huecas? De hecho, la mayoría de los analistas norteamericanos estima que el problema no es el Estado Islámico ni Al Qaeda; hay que identificar y analizar las raíces del malestar que desembocó en el conflicto. Un malestar generado y alimentado por la actuación de las grandes potencias occidentales.

Curiosamente, en la cumbre de Obama asistió una nutrida delegación rusa, encabezada por Alexander Bortnikov, director del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, heredero de la antigua KGB. El nombre de Bortnikov figura en la lista negra de altos funcionarios moscovitas que acompaña las tan cacareadas sanciones contra Rusia. Más extraño aún: el director del FBI no fue invitado a la reunión. Algunos medios estadounidenses se hacen eco de un discreto encuentro del vicepresidente Joe Biden con representantes de agrupaciones islámicas norteamericanas acusadas de haber suministrado en el pasado, fondos a movimientos radicales de Oriente Medio. ¿A eso se le llama en lenguaje castrense cara feroce al enemigo?

Detalle interesante: apenas unas horas después de finalizar la cumbre de la Casa Blanca, se inauguraba en Riad una conferencia mundial sobre la lucha contra el… terrorismo islamista, patrocinada por las monarquías del Golfo. Acudieron a la cita representantes de las Casas Reales, políticos, catedráticos y ulemas (doctores de la ley mahometana), dispuestos a dialogar sobre la posible, aunque poco probable erradicación de los movimientos radicales de corte religioso. Sabido es que tanto Al Qaeda como el Estado Islámico surgieron merced a las subvenciones a fondo perdido de príncipes y jeques de la zona. En resumidas cuentas: ¿otra variante de la cara feroce al enemigo?

Más cerca de nosotros, en la Vieja Europa, los ánimos están caldeado por la decisión del Primer Ministro húngaro, Viktor Orban, de recibir en suelo comunitario al Presidente ruso, Vladimir Putin. El actual inquilino del Kremlin fue acogido con todos los honores en un país miembro de la Unión Europea, que se había comprometido, hace apenas un año, a congelar las relaciones con Moscú tras la anexión de Crimea. Pero Putin venía a hablar de negocios con las autoridades de Budapest; buenos negocios, como el suministro de gas natural ruso y la posible edificación de una central nuclear diseñada y financiada por Rusia.

El servicio diplomático de la UE se vio obligado a manifestar su disconformidad con la actuación de Orban. Pero el Primer Ministro húngaro no dudó en echar más leña al fuego con su comentario: “Estamos convencidos que dejar a Rusia fuera de Europa sería irracional”. Los socios comunitarios dieron la callada por respuesta: no hay que olvidar que el 40 por ciento del gas natural que consume Alemania procede de… la Federación rusa.   En resumidas cuentas: ¿por qué poner cara feroce al enemigo? 

jueves, 19 de febrero de 2015

El guardián de las dos mezquitas sagradas


Hace apenas unas semanas, cuando el príncipe Salman Bin Abdel Aziz al Saud ascendió al trono del Reino de Arabia Saudita, los medios de comunicación occidentales se hicieron eco de los espectaculares cambios institucionales anunciados por el nuevo monarca. No, no se trataba de medidas innovadoras, destinadas a reformar o modernizar el régimen autocrático impuesto por la Casa de Saud, sino de una simple reorganización administrativa. Detalle interesante: el guardián de las dos mezquitas sagradas, título que ostenta el jefe de la Casa Real, decidió relevar de su cargo al jefe de los todopoderosos servicios de inteligencia, el príncipe Jaled Bin Bandar, al secretario del Consejo de Seguridad Nacional y exembajador en Washington, el príncipe Bandar Bin Sultan, así como a los imanes que dirigían el Ministerio de Justicia y la policía religiosa.

¿Terremoto o simple tormenta en un vaso de agua? Aparentemente, se trata de una cuestión dinástica; el rey Salman trata de prescindir de los incondicionales de su hermanastro, el recién fallecido rey Abdalá, para dar paso a familiares directos. En clave sociopolítica, ello se traduce por un notable retroceso, ya que el nuevo monarca pertenece al ala más conservadora de la dinastía saudí.

Mientras algunos politólogos occidentales se limitan a comentar el papel preponderante desempeñando por los saudíes frente a la creciente amenaza del chiismo iraní, otros procuran destacar la postura ambivalente de Riad, que participa en la guerra contra el Estado Islámico, empleando al mismo tiempo ingentes cantidades de dinero para proyectar la imagen del islamismo radical tanto en los países musulmanes como en el Viejo Continente. Uno de los pilares de este operativo habrá sido, en las últimas décadas, el… príncipe Salman, es decir, el actual monarca.

Según informes elaborados por las Naciones Unidas, la justicia estadounidense y los servicios de inteligencia occidentales, durante los años 80 y 90 del siglo pasado, Salman se dedicaba a centralizar la ayuda financiera saudí destinada a Al Qaeda, tanto en Afganistán como en Bosnia. Los envíos de fondos se efectuaban a través de distintas asociaciones benéficas creadas o presididas por multimillonarios saudíes.  

En la década de los 90, durante la guerra de los Balcanes, el príncipe ostentó el cargo de Alto Comisionado Saudí para la ayuda a Bosnia Herzegovina, organismo internacional que, según los expertos de las Naciones Unidas, transfirió 120 millones de dólares a la Third World Relief Agency, una asociación fundada por el príncipe que financiaba a Al Qaeda. Los funcionarios de las Naciones Unidas encargados de supervisar las cuentas de la oficina saudí estiman que los fondos no se emplearon para fines humanitarios.

En mayo de 1997, los militares franceses destacados en Bosnia advierten que el Alto Comisionado Saudí utiliza la cobertura de la ayuda humanitaria para fomentar la islamización de Bosnia y radicalizar a la juventud. El periodista galo Roland Jacquard, que tiene acceso al documento, asegura que se trata una estratagema destinada a  establecer la plataforma idónea para las acciones de Al Qaeda en Europa.

Aun así, los servicios de seguridad estadounidenses respetaron el estatuto diplomático del Alto Comisionado Saudí en Bosnia hasta… el 11 de septiembre de 2001. En un registro llevado a cabo poco después de los atentados de Nueva York, los norteamericanos encontraron de la poco diplomática sede directrices para la falsificación de los pases del Departamento de Estado y ¡ay! apuntes relativos a conversaciones con Osama Bin Laden.


No hay que extrañarse, pues, que el Presidente Barack Hussein Obama haya decidido precipitarse a rendir pleitesía a su aliado Salman. Con amigos así, más vale ser prudente. Con aliados así, la tan cacareada guerra contra el Estado Islámico podría convertirse en una perpetua pesadilla.      

miércoles, 14 de enero de 2015

2015: el año del rearme nuclear


La Administración estadounidense dio la nota el pasado fin de semana, al brillar por su ausencia en la manifestación multitudinaria de repulsa al terrorismo celebrada en París. Recordemos que una cincuentena de jefes de Estado y de Gobierno acompañó al Presidente François Hollande en la marcha por la libertad de expresión y la defensa de los valores democráticos organizada a raíz del atentado que costó la vida a once ciudadanos inocentes. El pretexto: la publicación en el semanario humorístico galo Charlie Hebdo de unas viñetas caricaturizando al profeta Mahoma. Para los asesinos, ello suponía una imperdonable ofensa contra el Islam. Para las víctimas, un mero toque de humor… irreverente. Pero claro; hay humores que matan.

Mientras los indignados europeos trataban de (re)definir sus ya de por sí accidentadas relaciones con el Islam, confundiendo a veces terrorismo con tradicionalismo, las miradas de la Administración Obama se centraban en otro frente de batalla: el de la recalcitrante Rusia que, según los estrategas norteamericanos, se había dedicado a infringir las normas de seguridad transatlántica recogidas en el Acta Final de la Conferencia de Helsinki, que prohíbe la modificación de las fronteras mediante el uso de la fuerza o la amenaza. Para Washington, la anexión de Crimea y el conflicto de baja intensidad del Este de Ucrania constituyen violaciones flagrantes de los compromisos internacionales adquiridos por el Kremlin hace ya más de tres décadas.

Sí, es cierto: el mundo ha cambiado. En la década de los 70 del siglo pasado, los confines de los dos grandes bloques se situaban en el corazón de Alemania. Una división artificial, con la que Occidente quería acabar. El propio general De Gaulle habló de la Europa desde el Atlántico hasta los Urales, de una Europa unida. Hoy en día, la Alianza Atlántica llega hasta el Mar Negro y el Báltico. Ucrania sigue siendo el tampón entre Rusia y Occidente. Pero, ¿hasta cuándo? La Unión Europea inyecta ingentes cantidades de dinero para reflotar la economía de un país que padece dos grandes males: la corrupción y la intolerancia. Pero Ucrania es la pieza clave para la ofensiva hacia el Este, hacia la madriguera del oso ruso.

Hace unas semanas, tras la adopción de la enésima tanda de sanciones impuestas a Rusia por la Administración Obama y sus aliados europeos, el Presidente Putin anunció un cambio de rumbo en la política exterior del Kremlin. El mensaje resultaba a la vez sencillo y firme: no hay que utilizar la fuerza contra Rusia; no nos vamos a arrodillar ante las potencias extranjeras. Los hechos acompañaban las palabras. Submarinos en las aguas territoriales de los países vecinos, vuelos de reconocimiento en el espacio aéreo de los miembros de la Alianza, maniobras militares con armas convencionales y… misiles nucleares. Por si fuera poco, Rusia pretende modernizar su arsenal de misiles balísticos; Norteamérica anuncia el redespliegue de sus propias ojivas nucleares en suelo europeo.  Washington acusa a Moscú de haber violado el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), firmado por las superpotencias en 1987. Por su parte, el Kremlin alude a las múltiples transgresiones estadounidenses, que el Pentágono desmiente rotundamente. La desconfianza reina.

El ex-secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, solía afirmar que el orden mundial depende de una sutil mezcolanza de Poder y Legitimidad. Parece que esa fórmula ha dejado de tener vigencia. Los analistas occidentales estiman, por su parte, que Putin no descarta el uso de la fuerza, considerando que la guerra es un componente lícito y racional, una mera continuación de la política empleando otros medios.  

Conviene señalar que la Administración Obama optó por no dar la nota en el Este del Viejo Continente, enviando a los países de la línea del frente a la subsecretaria de Estado para Asuntos europeos, Victoria Nuland. Su misión: persuadir a los nuevos aliados de Washington que es preciso aceptar la presencia de instalaciones del escudo antimisiles en su territorio, aumentar los presupuestos de defensa y practicar políticas de transparencia. Son deberes impuestos: el precio que hay que pagar por estar en el… bando de los buenos.

Desengáñese, estimado lector: esa no es un episodio más de la guerra fría. Se parece más bien a un conflicto ardiente. Con la agravante de que esta vez la amenaza nuclear vuelve a perfilarse en el horizonte. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Putin y los enemigos de antaño


Dos extraños y contradictorios mensajes de fin de año nos llamaron la atención en vísperas de las fiestas navideñas. El primero procede del Kremlin; el segundo, de la capital de Alemania.
Huelga decir que para la mayoría de los europeos, los protagonistas del 2014 fueron dos amables contrincantes: Vladímir Putin y Angela Merkel. Dos estadistas que encarnan, quieran o no, la nueva guerra fría. La guerra hibrida, para los expertos en polemiología, muy propensos a inventar neologismos adaptados a conflictos de toda índole. Para los polemiólogos, la anexión de Crimea y el conflicto interno de Ucrania forman parte de las llamadas guerras hibridas. Nada que ver, claro está, con la guerra de Vietnam, el conflicto israelo-árabe o la invasión de Irak por la alianza militar liderada por Washington. Las guerras hibridas molestan, pero… no inquietan. Al menos, de momento.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: el intercambio de mensajes entre Oriente y Occidente. Quien abrió las hostilidades (verbales) fue Vladímir Putin en su discurso pronunciado ante las Cámaras del Parlamento ruso. Su análisis sorprendió a los observadores extranjeros. En Presidente habló del papel de Rusia en el mundo, haciendo hincapié en el poderío militar de su país  que sigue siendo la primera potencia nuclear del planeta. Es inútil hablar con Rusia desde posiciones de fuerza, señaló Putin, recordando a los “interesados” el final de la aventura bélica de Adolf Hitler. El mensaje iba dirigido, sin duda alguna, a los enemigos de antaño de Rusia, que tratan de levantar un nuevo telón de acero. ¿Los destinatarios de esa advertencia? Washington, Berlín y Bruselas. Aunque el Presidente ruso se apresura en añadir que a Moscú lo le interesa el deterioro de las relaciones con Occidente, no duda en tachar el escudo antimisiles desplegado por la OTAN en las regiones fronterizas con la antigua URSS de amenaza para toda la humanidad.

Al evaluar el impacto de las sanciones impuestas por Occidente a raíz de la crisis de Crimea y de la situación bélica que reina en Ucrania, el número uno del Kremlin afirma rotundamente que la coyuntura actual representa un estímulo para el desarrollo nacional de Rusia. Reconociendo el importante perjuicio a la economía de su país tanto a nivel de las relaciones comerciales con los socios europeos como para la estabilidad del rublo, Putin insiste sobre la necesidad de apostar por tecnología nacional, conservando a la vez la calidad de los productos nacionales, así como la relación calidad precio.

También recuerda las presiones ejercidas recientemente por Bruselas sobre algunos países balcánicos (Rumanía, Bulgaria) con miras a obstaculizar la construcción del gasoducto South Stream, variante alternativa de la actual conexión energética que atraviesa el territorio de Ucrania. Tras la renuncia de Bulgaria de autorizar las obras previstas por los acuerdos bilaterales, Moscú dirigió sus miradas hacia… Ankara. En efecto, Turquía se convertirá en el suministrador de gas natural ruso en la región Mediterránea. La reciente firma del acuerdo de cooperación energética entre Moscú y Ankara provocó la ira de Washington y de sus aliados europeos. Mas no será este el primer ni el único motivo de enfado. En este contexto, conviene señalar que algunos kremlinólogos occidentales (¡cielos! ¿Esa “secta” aún no ha desaparecido?) estiman que la política llevada a cabo por Occidente frente a Moscú es a la vez contraproducente y nociva. Nuestros políticos no comprenden a Rusia, afirman los estudiosos anglosajones. Decididamente, no.

Los políticos comprenden lo que quieren y, en la mayoría de los casos, sólo lo que les interesa. Hacer caso omiso de la argumentación del enemigo de antaño forma parte de la estrategia de este partido de ajedrez. Hace años, la propaganda oficial rusa advirtió sobre el peligro del revanchismo centroeuropeo. Se trataba, obviamente, de una alusión poco velada a… Alemania, la primera potencia industrial del Viejo Continente. Los rusos no olvidan los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, la Canciller Merkel no tardó en censurar la postura del Kremlin que, según ella, obstaculiza la “normalización” de la relaciones de Ucrania y Georgia – candidatos al ingreso en la OTAN - así como de la República Moldova, con la UE. Moscú teme que Alemania sigue impertérrita su ofensiva hacia el Este y que el vocablo normalización es sinónimo de… anexión.  Algo que aún queda por ver. Aunque los pesimistas ya tienen su slógan: Guten Appetit, Frau Merkel! Buen provecho, señora Canciller…

viernes, 24 de octubre de 2014

Turquía: ¿un aliado "infiel"?


El Pentágono y la CIA estudian con detenimiento las circunstancias en las que parte de la ayuda enviada a los combatientes kurdos de Kobané cayó en manos de los yihadistas del Estado Islámico (IE). Aparentemente, se trata de una remesa de armas, municiones y medicinas lanzada en paracaídas por la aviación militar estadounidense. La noticia causó cierto estupor en los medios periodísticos. Pero los estrategas y los politólogos achacan ese lamentable error al empecinamiento de la Administración Obama de no permitir una intervención terrestre en Siria e Irak. El actual inquilino de la  Casa Blanca quiere permanecer fiel a sus principios; unas normas de conducta que poco o nada tienen que ver con las leyes de la guerra.

La decisión del Presidente Obama de limitar la ofensiva global contra los radicales del Estado Islámico a simples ataques aéreos ha sido criticada en reiteradas ocasiones por la plana mayor del ejército norteamericano. A las quejas de los generales, partidarios de una contundente acción basada ante todo en la presencia de unidades de infantería en el escenario del conflicto, se suman las voces discordantes de algunos gobernantes europeos, dispuestos a recurrir, una vez más, a la política de la cañonera ideada por las potencias coloniales. Pero a Obama no le gusta la idea de volver a mandar a los boys a Oriente Medio. Demasiado complicado, demasiado peligroso para la credibilidad de quienes potenciaron las llamadas primaveras árabes.

Huelga decir que la guerra de Obama no parece levantar pasiones. Un análisis publicado recientemente por el Departamento de Estado norteamericano señala que no todos los países que conforman la coalición global que combate al EI se han comprometido a llevar a cabo acciones concretas contra la agrupación radical islámica. De hecho, 17 de los 60 miembros de la alianza se han limitado a manifestar sólo de palabra su apoyo a la guerra sin cuartel contra el Estado Islámico. Se trata en la mayoría de los casos de Estados de Europa oriental recién integrados en la OTAN o de candidatos al ingreso en la UE.

Además, la guerra de Obama puso de manifiesto las diferencias, cada vez más profundas, entre Norteamérica y su principal aliado musulmán en la zona: Turquía. El país otomano se enorgullece de ser uno de los miembros fundadores de la Alianza Atlántica. Sin embargo, las autoridades de Ankara no parecen propensas a avalar todas y cada una de las pautas establecidas por Washington. En 2003, durante la invasión de Irak, el Gobierno de Recep Tayiep Erdogan se negó a autorizar el tránsito de las tropas occidentales que se dirigían al país vecino. Ya en aquél entonces, Ankara alegó la desconfianza de los turcos hacia la política de Norteamérica, país que se estaba convirtiendo, según ellos, en el enemigo potencial de los musulmanes.

En el caso del Estado Islámico, las autoridades optaron por supeditar la participación turca en la ofensiva contra los yihadistas a la decisión de Occidente de combatir paralelamente el régimen de Bashar al Assad. De hecho, Erdogan se negó a apoyar a los kurdos de Kobané mientras Washington y Bruselas no tomaron cartas en los esfuerzos encaminados a derrocar al dictador sirio. Pero el día en que Bruselas anunció la adopción de una serie de sanciones contra Damasco (¿más sanciones?) y Washington dejó constancia de su determinación de no variar su postura hacia el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), considerado por Occidente una organización terrorista, Erdogan accedió a dar luz verde a los operativos de rescate de Kobané.

Aun así, las relaciones entre Washington y Ankara  siguen siendo tensas. El Presidente turco aprovecha sus comparecencias televisivas para arremeter contra los nuevos Lawrence de Arabia, es decir, contra los occidentales que, bajo una piel de cordero, tratan de perjudicar los intereses de los musulmanes. Lawrence, recuerda Erdogan, fue un espía ingles disfrazado de árabe. Mas los nuevos Lawrence se disfrazan de periodistas, religiosos, escritores y terroristas.  En resumidas cuentas, son gente de poco fiar.


Huelga decir que la desconfianza es mutua. En las últimas semanas, Washington llegó a dudar de la fidelidad de los turcos; Turquía, de la sinceridad de su gran aliado transatlántico. Aunque hoy por hoy, el divorcio o la separación parecen inconcebibles. 

viernes, 17 de octubre de 2014

El Estado 194


Sucedió hace más de un cuarto de siglo; el 15 de noviembre de 1988. Desde la ventana de mi morada de Jerusalén, contemplaba las murallas de la Ciudad Vieja, las casitas del silencioso y mortecino vecindario árabe. El viejo radiorreceptor sintonizaba una emisora extranjera: Radio Argel. De pronto, oímos la voz de Yasser Arafat, anunciando solemnemente: “…proclamamos hoy la creación del Estado Palestino en los territorios de Cisjordania y Gaza…” Media docena de cohetes blancos iluminaron el cielo de la Ciudad Tres Veces Santa. No, no hubo festejos en los barrios árabes de Jerusalén; la ciudad estaba sitiada. Un millar de policías y soldados velaban por el mantenimiento del orden público.

Unas semanas antes de la solemne proclamación de la capital argelina, el entonces Primer Ministro israelí, Itzak Shamir, no dudó en poner los puntos sobre las “íes”: There will never be a Palestinian state” (No habrá jamás un Estado palestino). Sus sucesores, Sharon,  Barak, Olmert y Netanyahu, permanecieron fieles a la “profecía” del adalid del Likud.

Sería sumamente difícil, cuando no presuntuoso, tratar de resumir en unas líneas esos 25 años de desencuentros, de errores políticos y fracasos diplomáticos, de levantamientos populares (intifadas) y operaciones militares, de la quimérica “luz al final del túnel” y las tinieblas que acompañaban a los ángeles de la muerte. Pero, ¿sería inútil recordar el sufrimiento, el dolor, la desesperación de quienes desconocen la paz, el amor al prójimo, la tolerancia? Desde 1948, palestinos e israelíes han sido condenados a vivir en un estado de guerra permanente. Los políticos encuentran siempre “pegas” para hacer las paces. Los pueblos…

La última ofensiva israelí contra la Franja de Gaza, tercera en seis años, arrojó un saldo de 1.500 civiles muertos, 110.000 palestinos desplazados, 26 colegios destruidos, 3 hospitales cerrados. Actualmente, unos 450.000 gazatíes no tienen acceso a agua corriente. Según las primeras estimaciones de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNWRA), los daños materiales ascienden a unos 8.000 millones de dólares. La conferencias de donantes celebrada el pasado fin de semana en El Cairo, finalizó con la promesa de entregar a la ANP la cantidad de 4.275 millones. Sin embargo, las contribuciones anunciadas por los participantes apenas ascendieron a unos… 2.000 millones de dólares. 
Estados Unidos se comprometen a aportar 212 millones de dólares (la ayuda económica y militar destinada a Israel asciende anualmente a alrededor de 2.000 millones), la Unión Europea donará 450 millones de euros, el emirato de Qatar prometió 790 millones de euros y Arabia Saudita, unos 400 millones. Recordemos que la conferencia fue copatrocinada por los Gobiernos de Egipto y… de Noruega.

A comienzos del mes de octubre, el nuevo Gobierno sueco sorprendió a sus socios comunitarios reconociendo “unilateralmente” la existencia del Estado palestino. La iniciativa provocó la ira de las autoridades de Tel Aviv, acostumbradas a controlar los movimientos diplomáticos del Viejo Continente, causando también un innegable malestar en Washington y en Bruselas. El Departamento de Estado norteamericano se limitó a recordar a los suecos que las naciones occidentales se habían comprometido a  llevar a cabo una política consensuada, que implicaba el no reconocimiento de Palestina antes de la (cada vez más) hipotética firma de un acuerdo de paz entre Israel y sus vecinos de los territorios ocupados. A su vez, la Comisión Europea lamentó el gesto poco solidario de las autoridades de Estocolmo, que habían caso omiso de la disciplina existente (impuesta) en el seno de la Unión. Conviene señalar, sin embargo, que otros Estados miembros de la UE – Eslovaquia, Hungría y Polonia – reconocieron el Estado palestino antes de adherirse al club de Bruselas.

Huelga decir que los temores de los “poderes fácticos” del planeta no carecen de fundamento. Contagiado por la valentía de los suecos, el Parlamento británico aprobó esta semana una resolución instando al Gobierno de su Graciosa Majestad a reconocer a Palestina. La iniciativa fue apoyada por 274 diputados y rechazada por... 12.


Queda por ver si esta oleada de desobediencia/hartazgo de los europeos encontrará su debido eco en las deliberaciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. En este caso, Palestina podría convertirse de aquí a finales del año, en el… Estado miembro número 194 de la ONU. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Estado Islámico: cuando la historia se repite


El Presidente Obama reconoció públicamente hace unos días que los servicios de inteligencia estadounidenses habían subestimado el potencial bélico del llamado Estado Islámico, la agrupación radical musulmana que siembra el terror en Siria y en Irak. Un movimiento que, dicho sea de paso, cuenta con más de 11.000 voluntarios extranjeros, entre los que se halla más de un centenar de ciudadanos norteamericanos.

Detalle interesante: antes de los atentados del 11 – S, la inteligencia estadounidense había subestimado el peligro potencial encarnado por Al Qaeda y los adláteres de Osama Bin Laden. Sin embargo, los americanos conocían perfectamente al saudí, quien había colaborado con Washington a través de la todopoderosa central de espionaje del reino wahabita. El cerebro de Al Qaeda se relacionaba – directa o indirectamente – con la CIA norteamericana, impulsora de la lucha de la tribus afganas contra la ocupación del país por las tropas soviéticas. Pero al término de la misión, Osama se convirtió en el enemigo público número uno de Norteamérica. Un enemigo que actuó libremente hasta el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York, símbolos del poderío estadounidense.  

Algo muy parecido está ocurriendo esos días con Emirato Islámico en Irak y el Levante (ISIS), que la maquinaria de propaganda occidental no dudó en tildar de Estado Islámico.  Las palabras podrían generar pánico; es lo que se pretende.  

Pero, ¿Quiénes son esos sanguinarios yihadistas, incapaces de derrocar el régimen autocrático de Bashar al Assad? ¿Qué hay detrás del génesis del Emirato Islámico? En resumidas cuantas: ¿Quiénes son los padres o los padrinos de la diabólica criatura?

Curiosamente, la agrupación encuentra sus raíces en al Qaeda en Irak, un movimiento violento que no luchaba contra el ocupante estadounidense, sino… contra las facciones chiitas iraquíes. Un combate en el que Washington no quiere inmiscuirse, calificando el conflicto de enfrentamiento sectario.

El caudillo del ISIS, Abu Bakr el Baghdadi, aseguraba hace unas semanas, que el Emirato contaba con apenas… ¡200 combatientes! de nacionalidad iraquí. Sin embargo, numerosas fuentes árabes coinciden en que el Estado Islámico tiene alrededor de 250.000 efectivos; un dato nada desdeñable.
Estiman los politólogos occidentales que los promotores y patrocinadores del Emirato fueron dos países árabes conservadores: Qatar y Arabia Saudita. Dos naciones “amigas” de Washington, al menos aparentemente. Qatar, el “socio capitalista” del ISIS, aunque también de Hamas y otros movimientos armados de Oriente Medio, se ha convertido en la plataforma político-financiera del islamismo radical. Los qataríes apoyaron también al depuesto presidente egipcio, Mohammed Mursi, vinculado a la fraternidad de los Hermanos Musulmanes, primer movimiento islámico abiertamente antioccidental que surge en  el siglo XX. La injerencia qatarí en la guerra civil  de Siria es un secreto a voces. El régimen laico de los El Assad molesta a los jeques del Golfo Pérsico, más propensos a tolerar las “dichas” del Islam tradicional. Y como a Qatar le sobra el dinero proveniente de las ventas de petróleo y de gas natural…

Arabia Saudita, el segundo valedor del ISIS, retoma el papel que había desempañado durante la creación y el afianzamiento de Al Qaeda. Al apoyo logístico -algunos de los yihadistas fueron entrenados en suelo saudí- se suma el suministro de armas y equipo electrónico provenientes de Estados Unidos, Europa occidental y… Rusia. La Casa Real wahabita impone una sola condición: que los yihadistas no actúen en Arabia Saudita. Lo mismo que se le exigió en su momento a Al Qaeda. Recordemos que las (pocas) ovejas negras fueron abatidas a sangre fría por las fuerzas de seguridad del reino.

Durante años, las principales fuentes de ingresos del Estado Islámico procedían de los rescates, los atracos y los impuestos aplicables a la población de los territorios contralados por el movimiento radical. Sin embargo, actualmente el ISIS controla los campos petrolíferos y los yacimientos de gas natural de Raqa  y  Deir Ez-Zor (Siria) y Mosul (Irak). Se calcula que los ingresos por la venta del  “oro negro” ascienden a 3,2  millones de dólares diarios o, si se prefiere, unos 1.200 millones anuales. El subestimado enemigo de la Casa Blanca se ha convertido, pues, en una auténtica potencia económica.   

Pero hay más: Rusia y China, países que cuentan con importantes comunidades musulmanas, empiezan a temer el posible contagio de ISIS.


En resumidas cuentas: nadie se opone a la aniquilación del Estado Islámico. Los padres de la criatura y las víctimas potenciales se unen ante un enemigo común: el Islam. Y la guerra sigue…

jueves, 29 de mayo de 2014

El romance Moscú - Pekín, a todo gas


Hace unos meses, cuando Moscú parecía dirigir su mirada con aparente timidez y cautela hacia el continente asiático, un politólogo estadounidense lanzó la advertencia: “Cuidado, Putin tiene intención de recomponer el imperio”. Ficticia o real, la advertencia no cayó en saco roto. El establishment político de Washington aprovechó el  grito de alarma del kremlonólogo de turno, argumentando que Rusia no podía ni debía ocupar un lugar preponderante en Asia, continente llamado a convertirse, según el guion preestablecido, en el nuevo y fiel vasallo de los Estados Unidos.  De hecho, Washington y sus aliados – Japón, Filipinas, Corea del Sur -  se habían repartido los papeles. Quedaba la gran incógnita: China. ¿Se sumaría Pekín al equipo ganador ideado por los estadounidenses? 

La respuesta llegó a mediados de la pasada semana,  cuando Rusia y China firmaron el mayor contrato de suministro de gas natural registrado hasta la fecha. El convenio, por valor de 400.000 millones de dólares, contempla el suministro anual de 38.000 millones de metros cúbicos de gas a China durante tres décadas. Irrelevante, dirán los economistas norteamericanos, recordando que el consumo de la ciudad de Nueva York asciende a 50.000 millones de metros cúbicos. Sin embargo, esa irrelevante cantidad cubrirá el 25 por ciento del consumo anual chino. 

Mas el problema no es económico, sino meramente político. Con la firma de este convenio, Moscú trata de paliar las posibles pérdidas causadas por un hasta ahora hipotético boicot de sus exportaciones hacia los países de la Unión Europea. En efecto, Bruselas, más preocupado por el suministro energético a su nuevo aliado, Ucrania, optó por chantajear a Moscú con posibles (aunque poco probables) represalias si el consorcio ruso Gazprom decide suspender las exportaciones destinadas al país vecino. Una amenaza que hace sonreír a los expertos. Un tercio del gas que consume la UE procede de… Rusia. Ni que decir tiene que la Unión debería buscar otras fuentes de suministro. El presidente Obama se apresuró en ofrecer a los europeos productos energéticos made in USA. Olvidaba, sin embargo, el político-jurista que la legislación estadounidense prohíbe la exportación de petróleo y gas provenientes de los yacimientos norteamericanos.

Por su parte, el presidente de la junta directiva de Gazprom, Alexei Miller, trata de ofrecer una versión meramente empresarial del contrato, alegando que Europa ha dejado de ser un mercado competitivo. Los precios en Asia son mucho más elevados y no cabe duda de que ello afectará, a la larga, la tendencia en los mercados”. 

La versión de los politólogos moscovitas es mucho más compleja. En realidad, no se trata sólo de desavenencias provocadas por la crisis ucrania, sino de consideraciones de índole ideológica. Tanto Rusia como China rechazan el neocolonialismo de Occidente, los designios imperiales del inquilino de la Casa Blanca, los intentos de dividir a los países del Pacífico. 

Los dirigentes chinos van incluso más lejos, al abogar por una alianza de seguridad con la participación de Rusia y de Irán. Para el presidente chino, Xi Jinping, esa nueva arquitectura de cooperación regional debería crear un mecanismo de consulta en materia de defensa, capaz de contrarrestar los planes hegemónicos de los Estados Unidos. Los chinos estiman que sería conveniente contar con la participación de otros países asiáticos en este proyecto de seguridad y defensa.  

¿Una alianza entre Rusia, China e Irán? Una mezcla explosiva que acabaría convirtiéndose en una pesadilla para los Estados Unidos. 

Huelga decir que hoy por hoy, la amenaza tiene otro nombre: BRICS. Ese grupo de economías emergentes, integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que contemplan el abandono de la zona dólar, la creación de unas estructuras financieras paraleles, desvinculadas del Fondo Monetario y el Banco Mundial, de la tiranía de los países industrializados. ¿Meras elucubraciones? El porvenir nos lo dirá. 

De momento, Moscú ha dado un paso adelante al anunciar la creación, este fin de semana, de la Unión Euroasiática, integrada por Rusia, Bielorrusia y Kazajstán, un mercado común de 170 millones de personas que pretende convertirse en el contrapeso del bloque occidental. Sí, es cierto; Vladimir Putin sueña con la recomposición del imperio. Pero no se trata de un simple sueño.