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martes, 10 de febrero de 2026

Netanyahu vuelve a Washington

 

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, vuelve mañana a Washington para comentar con Donald Trump los escasos resultados de las negociaciones de los enviados de la Casa Blanca con Irán, celebradas el pasado fin de semana en Omán y, ante todo, para presentar unas exigencias ¡otras más! al equipo negociador estadounidense. Aparentemente, las consultas de Omán hacen caso omiso de los intereses inmediatos de Tel Aviv: la limitación de los misiles balísticos iraníes, capaces de alcanzar objetivos estratégicos en el territorio del Estado judío, así como el cese total y definitivo del apoyo de Teherán a los movimientos islamistas radicales de la zona: Hezbolah (Líbano) y Hamas (Palestina).

Conviene señalar que las consultas indirectas llevadas a cabo en Omán la pasada semana parecían volver al punto de partida del diálogo sobre el programa nuclear iraní. Y aunque Trump calificó los casi inexistentes resultados de muy buenos, no dudó en amenazar a Teherán con el uso de la fuerza para reactivar el debate sobre el programa nuclear iraní. La respuesta de los ayatolás fue contundente: no hablaremos del programa nuclear ni del porvenir de los misiles balísticos.  

La Casa Blanca optó por acelerar el envío a la zona del portaaviones Abraham Lincoln y de otros buques de guerra, que recibieron este fin de semana la visita del almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central del Ejército de EE. UU. y de los emisarios de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner. Para las Cancillerías del Golfo Pérsico, esta visita podría interpretarse como un presagio para el estallido de un conflicto regional.

Las declaraciones del titular de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán, Abbas Araghchi, a la cadena de televisión quatarí Al Jazeera son un indicio: si Estados Unidos ataca Irán, nuestro país no tiene la capacidad de ripostar a EE.UU. y, por tanto, debe atacar o tomar represalias contra bases estadounidenses en la región. Más claro…

 Araghchi no se pronunció sobre la propuesta presentada por los jefes de las diplomacias de Egipto, Turquía y Catar sobre la posible congelación del programa de enriquecimiento de uranio iraní durante tres años, el envío del uranio altamente enriquecido fuera del país (probablemente, a Rusia) y el compromiso de Teherán de no usar sus misiles balísticos contra los Estados de la zona (léase, Israel).

Esos dos últimos puntos justifican la visita relámpago de Netanyahu a la Casa Blanca.  Pero en su caso, no se trata de rogar ni de pedir, sino de exigir el apoyo (siempre incondicional) del amigo americano.

 


domingo, 13 de julio de 2025

Del bantustán Gaza a la Riviera Trump

 

Alea iacta est. Sí, la suerte está echada. Los dos hombres fuertes del planeta, Donald Trump y Benjamín Netanyahu, decidieron que la suerte de Gaza o, mejor dicho, de los pobladores de la Franja, pasa por la emigración supuestamente voluntaria de parte de sus habitantes y la reclusión, no menos voluntaria del resto de los gazatíes – alrededor de 1,3 ó 1,6 millones de personas - en la ciudad humanitaria de Rafah, situada en la frontera con Egipto. Un territorio muy exiguo, plagado de las ruinas de los bombardeos israelíes. La ciudad humanitaria es una quimera, al igual que los planes de emigración voluntaria de más de medio millón de gazatíes. Pero los planes de limpieza étnica ideados por los mesiánicos cerebros de los estadistas del (mal) llamado mundo libre podrían materializarse en un futuro no muy lejano…

Hace un cuarto de siglo, los diplomáticos extranjeros destinados a Tel Aviv y algunos periodistas occidentales solían visitar la Franja de Gaza empujados por la curiosidad o las indicaciones/recomendaciones de algunos de sus jefes occidentales. Se trataba, en la mayoría de los casos de averiguar in situ detalles sobre las condiciones de vida de los gazatíes, una población formada, en su gran mayoría, por refugiados palestinos procedentes de localidades ocupadas en los años 40 por las fuerzas armadas del recién creado Estado de Israel.

¿Las primeras impresiones? ¿Qué decir de las condiciones de vida de familias de 10 ó 12 personas, acinadas en precarias viviendas de dos habitaciones?  Sí, es verdad; tienen suerte. La mitad de los hijos trabajan”, afirmaban los trabajadores humanitarios de Gaza. ¿Dormir siete personas en una habitación? Sí, es verdad; pero se turnan. Nadie puede permitirse alquilar viviendas más espaciosas.  Los refugiados nos invitan a comer. O a compartir una taza de té. No se avergüenzan de su condición. Sí se avergonzaron los administradores hebreos del territorio, cuando un periodista canadiense publicó un libro titulado Bantustán Gaza.

Bantustán, sí. Recordando los extensos territorios con población de color tutelados por el régimen racista de Sudáfrica. Los bantustanes. Pero Israel no es un país racista, respondieron los gobernantes de Tel Aviv…

Y así pasaron más de cuatro décadas. El bantustán Gaza se convirtió en un problema insoluble para los estrategas hebreos. ¿Qué hacer al final de la actual ofensiva del Ejército israelí? La eliminación total de Hamas es una mera utopía. La limpieza étnica, una herejía. La convivencia entre hebreos y gazatíes, una ficción. Pero queda el ukase de Donald Trump: Hay que vaciarme todo esto. La Riviera Trump será el paraíso de los ricos.  

Mensaje recibido en Tel Aviv, donde se trabaja incesantemente en la materialización del deseo del amigo americano.

¿Expulsar gazatíes? ¿Recluir a la población en una mal llamada zona humanitaria? ¿Financiar el reasentamiento de centenares de miles de personas? ¡Puros disparates! Pero si Washington lo quiere…

En las últimas semanas, la prensa anglosajona se hizo eco de la existencia de un plan destinado a satisfacer las exigencias de Donald Trump y… exonerar (ayunque sólo parcialmente) de culpa a Benjamín Netanyahu. Una gran consultora norteamericana - Boston Consulting Group – trabaja dese hace meses en un proyecto destinado facilitar la tarea de los políticos israelíes.  

Un primer indicio: las actividades de la Agencia de las Naciones Unidas para Refugiados Palestinos (UNWRA), vetada por Israel debido a sus supuestos vínculos con Hamas, fueron retomadas por la Fundación Humanitaria de Gaza, patrocinada por Israel y Estados Unidos. Su actuación resultó ser torpe y deficiente a la hora de distribuir la ayuda humanitaria bloqueada por Tel Aviv durante varias semanas.

Al tener que hacer frente a la distribución de alimentos, la Boston Consulting se vio obligada contratar la empresa de seguridad Safe Reach Solutions (SRS), cuyos paramilitares se vieron involucrados – según informes elaborados por centros de investigación israelíes – en los primeros ataques contra la población palestina. Aparentemente, los chicos de SRS tienen – al igual que sus colegas hebreos - el gatillo fácil…

El equipo de Boston Consulting elaboró un borrador de Plan Financiero para la reconstrucción de Gaza, que incluye estimaciones de costos para reubicar a cientos de miles de palestinos de la Franja así como el impacto económico de tal desplazamiento masivo. Según las hipótesis de trabajo, más de 500.000 gazatíes abandonarían el enclave con cheques de reubicación por valor de 9.000 dólares por persona, es decir, un coste total de alrededor de 5.000 millones de dólares. Pero los altos cargos de la consultora estiman que fueron engañados sobre el alcance del trabajo por los directivos del proyecto.

En principio, los combatientes y líderes de Hamás que deseen salir de Gaza podrían hacerlo junto con sus familiares; Turquía y Qatar los aceptarían con los brazos abiertos.  

Los demás pobladores de la Franja permanecerán en Rafah, recluidos en la “ciudad humanitaria”, un gigantesco gueto estrictamente vigilado. Tendrá, eso sí, acceso a las zonas industriales:  fabricación de coches eléctricos, empresas tecnológicas, laboratorios, ubicados en las inmediaciones de urbanizaciones de lujo destinadas a multimillonarios extranjeros.

Sabido es que Israel – al igual que la Casa Blanca – prefieren recurrir a… mano de obra barata.

El presidente Trump se encargaría, por su parte, de animar a Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí a participar en la creación de un gobierno provisional.

Se estima que el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmúd Abbas, que no tardó en reclamar la soberanía de Gaza para la Autoridad Nacional, debería nombrar a una persona de confianza para formar un gobierno provisional ¡sin la participación de Hamás! hasta que los palestinos puedan celebrar elecciones libres.

¿Elecciones libres? Pero sí; Donald Trump tendrá su Riviera mediterránea.


miércoles, 5 de febrero de 2025

Gaza – sueños y pesadillas

 

Welcome to the USAF military base – Gaza. El letrero resultaba algo desconcertante. ¿Fuerza aérea estadounidense en Gaza? Imposible… El despertador puso las cosas en su sitio. Fue un sueño, una pesadilla. ¿Una pesadilla? Pero si todos los noticiarios abren con la misma noticia: Donald Trump quiere adueñarse de la Franja de Gaza, expulsando a sus pobladores. El proyecto del actual inquilino de la Casa Blanca es meramente pacifico. Los gazatíes – alrededor de 1.800.000 almas – serán sustituidos por un gigantesco plan inmobiliario: La Riviera de Oriente Medio. Una mega urbanización de lujo, que compita con la Costa Azul gala o la codiciada Florida. Una iniciativa muy acorde con los antecedentes de promotor inmobiliario de Trump.

Sim embargo, los politólogos y los analistas conocedores de la zona tildan de aberrante, descabellado, utópico, cuando no ilegal el plan del presidente estadunidense. De materializarse, la iniciativa supondría: la evacuación permanente, NO temporal, de la población de la Franja; una amenaza para el proyecto nuclear iraní y la desactivación de los esfuerzos diplomáticos encaminados a la normalización de las relaciones entre Tel Aviv y Riad. Las exigencias de la monarquía wahabita de contar con la solución de dos Estados – Israel y Palestina – resultarían, pues, inútiles. El Estado Judío contaría con un nuevo vecino en la orilla del Mediterráneo: Estados Unidos.

Trato de hacer memoria. Gaza ha sido siempre un quebradero de cabeza para el establishment israelí. En el otoño de 1967, al visitar el territorio recién conquistado por el ejército hebreo, el entonces primer ministro israelí, David Ben Gurion, advirtió a los militares que la acompañaban: Hay que salir de Gaza; es una bomba de relojería. No se refería el veterano político a la hipotética o aún inexistente amenaza terrorista, sino al problema que suponía la demografía de la Franja, las condiciones de vida infrahumanas de los habitantes, los antecedentes de violencia política o religiosa que socavaron los cimientos de Egipto, antigua potencia administradora de Gaza.    

Ben Gurion se sentía hasta cierto punto culpable por los resultados de su política. En 1948, cuando el Gobierno hebreo procedió a la expulsión de la población palestina de la franja costera, el propio Ben Gurion dejó una gran bolsa demográfica en Gaza y Cisjordania. Con el paso del tiempo, el mecanismo de la bomba de relojería se activó.

La retirada, en 2005, del ejército israelí estacionado en la Franja, facilitó el golpe de Estado que desembocó en la llegada al poder del movimiento islamista HAMAS, acérrimo rival de Al Fatah, la corriente mayoritaria de la OLP.

La iniciativa de Donald Trump, que hace caso omiso de las alianzas y los antagonismos de la zona, podría llevar a una reconfiguración del mapa geopolítico de la región, que tendría inesperados efectos a escala mundial. El proyecto de Gaza – Riviera de Oriente Medio podría frenar el expansionismo de Ankara, limitando la influencia del presidente Erdogan en el mundo árabe-musulmán.

Cabe suponer que también afectaría al protagonismo de Qatar, discreto aliado de Irán y banquero de Hamas así como de otros movimientos rebeldes en la zona.

¿Solución? No hay solución, pero sí una constatación: la intervención militar de Israel en Gaza se saldó con un inconfesable fracaso.


domingo, 5 de mayo de 2024

Biden – Netanyahu: del apoyo incondicional al cálculo electoral

 

Muchos fueron los errores de cálculo cometidos por el octogenario inquilino de la Casa Blanca en política internacional o geopolítica planetaria. Empezando con la caótica retirada de tropas estadounidenses de Afganistán, coincidiendo con el inicio de su mandato, en enfrentamiento con el presidente Erdogan, que impuso en veto de Ankara al ingreso en la OTAN de Suecia y Finlandia, cuyo “rescate” le costó al Tesoro norteamericano la friolera de 13.500 millones de dólares, el espectacular abandono de Arabia Saudita, que sucumbió a los cantos de sirena de Pekín, sumándose  sorpresivamente al bloque de los BRICS, liderado por Rusia y China, potenciales enemigas de Washington, los roces con algunos países comunitarios, que contemplan la creación de un sistema de defensa europeo, el espaldarazo “incondicional” a las autoridades de Tel Aviv ante la incursión en la Franja de Gaza.

Se trata, qué duda cabe, de desatinos que la diplomacia estadounidense tendrá que corregir, cueste lo que cueste, para preservar el papel hegemónico de los Estados Unidos en el mundo. Lo contrario supondría una claudicación, el reconocimiento implícito del estrepitoso fracaso de la tan cacareada Pax Americana.

Durante décadas, Norteamérica nos había acostumbrado a aceptar la dicotomía democracia – soborno; todo se compra, todo se vende. Los países y sus gobernantes tienen un precio. Lo que había funcionado en algunos países suramericanos, en el “patio trasero” del Imperio, tiene que amoldarse al resto del mundo. Sin embargo…

En el caso del actual conflicto de Oriente Medio, la mal llamada guerra de Gaza, los cálculos del presidente Biden no se ajustaron a la realidad. Lo que podía haber sido una operación de castigo relámpago, dirigida contra los batallones de Hamas, se tornó en una intervención militar prolongada del Ejército judío, en un combate contra un enemigo invisible, que empleaba las viejas, aunque no obsoletas, tácticas del Vietcong. Y todo esto, coincidiendo ¡ay! con una fecha clave para el inquilino de la Casa Blanca: la celebración de las elecciones presidenciales.

Joe Biden, el aliado incondicional de Netanyahu en la lucha contra el terrorismo palestino, necesita cuidar a sus electores, a sumar votos. Pero las movilizaciones pro palestinas en los campus universitarios norteamericanos, generadas por el rechazo a los métodos empleados por las tropas israelíes en la Franja de Gaza, requieren respuestas transparentes por parte de la Administración. Pese a las recientes desavenencias con el archiconservador Netanyahu, poco propenso a aceptar las sugerencias del octogenario presidente, Biden mantiene su inquebrantable apoyo a Israel.

Eso le va a costar muchos votos, estiman los políticos demócratas, señalando que su principal contrincante, Donald Trump, adopta una postura muy prudente frente al cisma social provocado por la rebelión de los jóvenes.

Pero Biden no rectifica. Reconoce la existencia del malestar en los campus, pero no considera necesario pronunciarse al respecto. Su fiel escudero, Antony Blinken, responsable de la política exterior de Washington, cosecha un sinfín de fracasos durante sus giras por Oriente Medio. Hace unas semanas, al comprobar el aparente rechazo de Hamas a la última propuesta de tregua de Tel Aviv y Washington, Blinken contactó con el primer ministro de Qatar, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, instándole que expulse a la plana mayor de Hamas refugiada en el emirato si el movimiento sigue negándose a aceptar las condiciones de la tregua, presentada en las conversaciones de El Cairo. Extraña manera de solucionar una crisis internacional. Lejos quedan los tiempos en los que un huraño doctor Kissinger conseguía el acercamiento entre Washington y Pekín durante… un partido de ping-pong.

Al desacierto de Antony Blinken se suma también la última amenaza de Netanyahu, quien advirtió a la plana mayor de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) que las presiones ejercidas por el gobierno de Ramallah para que la Corte Penal Internacional (CIP) emita órdenes de detención contra políticos hebreos podrían desembocar en una ofensiva de Tel Aviv que conduciría al colapso de la Autoridad Palestina. Huelga decir que en la solicitud cursada por la ANP figuran el propio Netanyahu, su ministro de defensa, Yoav Gallant y el jefe del Estado Mayor del Ejército, el teniente general Herzi Halevi. 

Por ahora, tanto Washington como Londres aseguran que no acatarán una hipotética orden de arresto del CIP contra los dignatarios hebreos, que gozarán de una inmunidad diplomática especial en sus desplazamientos en el extranjero.

De momento, la Corte Penal Internacional se limitó a emitir una segunda orden internacional de detención contra… Vladímir Putin. Ya lo decía el padrecito de todas las Rusias, José Stalin: Hay guerras justas y guerras que no lo son…


martes, 3 de noviembre de 2020

¿Radicales o radicalizados?


Los últimos atentados perpetrados en suelo europeo deberían servir para recordarnos el mantra de nuestra clase política; todo se centra, cómo no, alrededor del llamado terrorismo islamista, una lacra difícil de aceptar o de combatir, una perversidad que no somos capaces de eliminar. Algunos dirán que el mero hecho de emplear el término terrorismo islámico constituye una digresión, un atajo políticamente incorrecto. Permítanme disentir: al escribir eses líneas no me refiero al terrorismo musulmán (¡sería un sacrilegio!), sino a los grupúsculos violentos que siembran la muerte y la desolación no sólo en el Viejo Continente, sino en todas las latitudes. La verdad es que lo llamaron terrorismo islámico poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los asesores del entonces presidente norteamericano, George Bush, acuñaron este termino tras haber intentado la variante terrorismo árabe – mucho más ofensiva e imprecisa – y otras lindezas, que apuntaban en la misma dirección: la criminalización de un grupo étnico.

Recuerdo que ya en aquel entonces nos rebelamos contra la ligereza de los islamólogos (islamologists) de la Casa Blanca, quienes trataban de convertir el mundo árabe – musulmán en el nuevo enemigo de Occidente. La URSS había desaparecido y, aparentemente, el peligro rojo también. Sin embargo, no podíamos ni debíamos practicar la política del avestruz; obviamente, si el Islam no era el peligro, el terrorismo radical islámico, heredado de las cabezas pensantes de Al Qaeda, sí lo era.

¿Qué pasó exactamente? Tras la mal llamada guerra contra el terror, iniciada por Bush, el enemigo público número uno, Osama Bin Laden, abandonó su escondite afgano, refugiándose en Waziristan, la zona montañosa de Pakistán De allí emitió el mensaje dirigido a los Estados Unidos y a Occidente: el combate continúa.  Volveremos dentro de diez años.

En realidad, todo empezó en 1988, unos meses antes de la retirada de las tropas soviéticas acantonadas en Afganistán.  Bin Laden y su lugarteniente, Mohammad Atef, antiguo policía egipcio perteneciente a la Yihad Islámica, decidieron convertir la oficina de coordinación de las brigadas internacionales que combatían junto a los afganos en un organismo encargado de velar por la repatriación y/o reasentamiento de los guerrilleros islámicos.

Sin embargo, la supuesta ayuda para la repatriación de los excombatientes, principal objetivo manifiesto de la organización, serviría de tapadera para los designios de sus fundadores, quienes pretendían disponer de un auténtico ejército en la sombra, capaz de reactivarse mediante el envío de una simple consigna a células militantes o grupúsculos “durmientes”. Para garantizar la eficacia de la red, los comandos operativos debían contar con una compleja infraestructura logística: dirección militar, suministro de armas y documentación, transmisiones, fuentes de financiación, pisos francos, etc.

Después del 11 de septiembre, los servicios de inteligencia occidentales parecían centrar su interés en detectar y desmantelar las células que formaban la telaraña integrista financiada por el régimen del ayatolá Jomeini. Pocos hablaban de las demás redes de corte islámico que pululaban en Occidente. Tanto es así, que a la hora me mencionar la existencia de agrupaciones radicales o de lobos solitarios – termino usualmente empleado a sabiendas para minimizar la peligrosidad de dichas bandas, los investigadores utilizaban gustosamente la expresión se han radicalizado.

Se han radicalizado. Pero, ¿por qué no reconocer las evidencias? Se trataba de agrupaciones extremistas afincadas en Europa en el momento en que los servicios de lucha contra el terrorismo empezaron a confeccionar el censo de dichos grupúsculos y de fichar a sus miembros.

Durante décadas, el suelo francés fue utilizado por movimientos radicales argelinos (FIS, GIA), tunecinos (En Nahda), turcos (Kaplan) y un sinfín de organizaciones afines a la ideología y las cajas de caudales de la monarquía saudí. Los fondos y donativos procedentes de Riad y los emiratos del Golfo Pérsico – principalmente Qatar - fueron gestionados por la Federación Nacional de los Musulmanes de Francia, que actuaba bajo los auspicios de la Liga Islámica, ente-paraguas administrado por Arabia Saudí y Pakistán. 

Alemania federal, que cuenta con varios millones de inmigrantes de origen turco, aunque también bosnio y magrebí, se convirtió en feudo de los radicales de Milli Gorüs, Kaplan y Nurgiu, agrupaciones que apoyan, directa o indirectamente, a los islamistas de Turquía.

En Italia y Bélgica proliferan organizaciones de corte religioso convertidas en plataformas y apoyo logístico de organizaciones muy activas en los países limítrofes.

En España, el añorado Al Andalus, las asociaciones islámicas habían gozado, al menos aparentemente, de un estatus privilegiado en comparación con Francia, Alemania o el Reino Unido, países en que las dos grandes corrientes que propugnan el Islam radical, los iraníes y los saudíes, pugnaron para afianzar su presencia.

No hay que extrañarse, pues, al comprobar que la Comunidad Islámica de España, integrada por asociaciones musulmanas creadas en las últimas décadas en Andalucía, propugnaba en su acta fundacional que: “... la autoridad del último profeta, Muhammad (la Paz con él), debe ser reconocida sobre las formas anteriores de religión de Moisés y Jesús”. Más claro…

Sin embargo, los emisarios de Riad procuraban limitar su actuación al establecimiento de centros culturales, cuyo principal objetivo era la creación de una nueva hornada de españoles mahometanos, punta de lanza del Islam conservador en tierras del Califato (¡de Córdoba!).

Los paquistaníes, que actuaban a la sombra de la monarquía saudí, fueron los artífices de la puesta en marcha de estructuras económicas en zonas clave para la inmigración musulmana: Cataluña, Madrid y las Islas Canarias. Sin descuidar, claro está, Ceuta y Melilla.

Durante años, las autoridades españolas trataron de eludir cualquier comentario relacionado con la actividad de los grupúsculos y asociaciones de corte islámico. Sin embargo, los funcionarios encargados de supervisar los programas de lucha antiterrorista no ocultan su inquietud ante la constante proliferación de agrupaciones vinculadas al Islam conservador y radical.

Con razón: los atentados perpetrados en las últimas semanas en Europa no son los primeros ni serán los últimos. Culpar de los recientes estallidos de violencia a Al Qaeda, Estado Islámico, Irán o Turquía sería pecar de miopía. La gran telaraña ideada por Bin Laden se ha activado y es más dinámica que nunca.

Sería, pues, un error afirmar que sus integrantes se han radicalizado. No, en absoluto: los miembros de las células hasta ahora durmientes son radicales. Ocultar las evidencias no beneficia a nadie.

sábado, 24 de octubre de 2020

Israel: de la diplomacia oculta al Acuerdo Abraham


 A comienzos de esta semana, los medios de comunicación israelíes facilitaron sorprendentes detalles sobre la diplomacia oculta del Estado judío. La información, procedente con toda probabilidad del Ministerio de Asuntos Exteriores, revelaba la existencia de representaciones diplomáticas encubiertas en dos países del Golfo Pérsico: Qatar y Bahréin. En ambos casos, las supuestas oficinas comerciales estaban dirigidas por funcionarios de alta categoría de la Cancillería israelí. Tras la reciente firma de los acuerdos de paz de con reino de Bahréin, las autoridades de Tel Aviv podían permitirse el lujo de levantar el velo del ocultamiento.

¡Once años de relaciones secretas con Bahréin! ¡Quién lo diría! Probablemente, aquellos que desconocen los rudimentos de la diplomacia secreta, práctica llevada a cabo por los países en conflicto, propensos a mantener contactos discretos o confidenciales con sus enemigos. De hecho, tanto el Kremlin como la Casa Blanca optaron por recurrir a este procedimiento durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Y después?

Teherán, noviembre de 1978. ¿Israel? Va usted a la embajada de Israel, ¿verdad?, pregunta el taxista. ¿Embajada de Israel? Efectivamente, la dirección que le había facilitado correspondía a la calle en la que se encontraba la inexistente embajada del inexistente Estado judío. Un secreto a voces para la SAVAK, la policía política del Sha, y sus innumerables confidentes, véase los taxistas.

La representación no oficial de Tel Aviv llevaba años funcionando en la capital iraní. Se encargaba supuestamente de asuntos agrícolas – sistemas de regadíos – y tecnológicos – ventas de armas al Ejército de Su Majestad Imperial. Sin embargo, el personal encargado de las relaciones externas pertenecía al cuerpo diplomático. Pocos periodistas extranjeros tuvieron ocasión de contactar con la discreta representación del Estado judío. Pero en aquellas fechas, durante los disturbios que precedieron a la caída del Sha, las visitas a la no embajada israelí se multiplicaron. Los informadores buscaban un enfoque diferente…

Tras la triunfal llegada al país del ayatolá Jomeini, los israelíes abandonaron precipitadamente Teherán. Unas semanas más tarde, el líder supremo de la revolución islámica entregaba el chalé-bunker de los asesores israelíes a… la OLP. La verdadera historia de aquellas enmarañadas relaciones aún no se ha escrito. Tiempo al tiempo…

Las revelaciones sobre los contactos diplomáticos recientes con el mundo árabe podrían deparar múltiples sorpresas. No, el modus operandi de las relaciones ocultas no ha cambiado: Israel sigue utilizando empresas tapadera, que emplean funcionarios públicos con doble nacionalidad. En el caso concreto de la oficina de Bahréin, pomposamente llamada Centro para el desarrollo internacional, el personal contratado se desplazaba por las capitales árabes con pasaportes sudafricanos, belgas, británicos o norteamericanos.  Oficialmente, ejercían la profesión de… consultores de empresas. Los contratos de asesoramiento en materia de tecnología médica, energías renovables, seguridad alimentaria o IT eran auténticos; se encargaban de su ejecución compañías israelíes.

Detalle interesante: la futura embajada del Estado judío en Manama ocupará los locales del Centro.

El patrocinador del plan embajadas, más conocido bajo el nombre de Acuerdo Abraham, es el actual inquilino de la Casa Blanca: Donald Trump, que logró neutralizar los planes de anexión de Cisjordania ideados por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ofreciéndole a cambio tratados de paz con sus archienemigos árabes. La extravagante manera de Trump de llevar la política exterior de Washington ha dado sus frutos: después de los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, Sudán ha mordido el anzuelo de Washington, anunciando a su vez su intención de poner fin al estado de beligerancia con Israel. A cambio de ello, el país que dio cobijo a Osama bin Laden entre 1991 y 1996 será eliminado esta semana de la lista negra de Estados patrocinadores del terrorismo elaborada por los Estados Unidos. ¿El precio? Además del reconocimiento de Israel, las autoridades de Jartum se comprometen a pagar la cantidad de 335 millones de dólares a las victimas estadounidenses del terrorismo islámico. Los sudaneses aceptaron el trato.

En la lista de candidatos a la normalización de relaciones con Tel Aviv figuran también Arabia Saudita, Marruecos, Omán y Qatar. Todos y cada uno de los gobernantes han puesto precio a su reconocimiento de la hasta ahora llamada entidad sionista (durante décadas, la palabra Israel ha sido vetada en el vocabulario oficial del mundo árabe).

Los saudíes, que apoyaron la valentía de los Emiratos Árabes Unidos y de autorizan la utilización de su espacio aéreo por aviones israelíes. Públicamente, la dinastía wahabita da prioridad a la reanudación de las consultas israelo-palestinas. Extraoficialmente, esperan la reelección de Trump para formular sus exigencias respecto del proceso de normalización.

Por su parte, el rey de Marruecos intentará vincular la normalización de las relaciones con Tel Aviv al reconocimiento estadounidense de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental.

El sultanato de Omán, que ha mantenido relaciones discretas con Israel desde la década de los 90, reanudará sus contactos si el inquilino de la Casa Blanca se lo exige. Pero aparentemente, el recién entronizado sultán prefiere no precipitarse.

Por último, Qatar, que tiene una estrecha relación de amor odio con Israel, debido en parte a su cooperación estratégica y financiera con el movimiento islámico Hamas de la Franja de Gaza, sería el último obstáculo que la Casa Blanca tendría que sortear. Es una apuesta difícil, puesto que Qatar sigue siendo uno de los baluartes de Irán en la zona. Su enemistad abierta con los regímenes de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin dificulta la negociación.

De todos modos, el problema clave se halla en el lado palestino. La Autoridad Nacional sigue condenando cualquier iniciativa árabe de normalización de los contactos con Israel. Extraoficialmente, el Gobierno de Ramallah confía en que la Administración Biden modifique el rumbo de la política exterior americana, dando un nuevo enfoque a la actuación de Washington en la región.

¿Y Europa? Subsiste el interrogante: ¿serán capaces los europeos de asumir el reto del Acuerdo Abraham? ¿Será necesario preservar las viejas y socorridas herramientas de la eficaz diplomacia oculta? El porvenir nos lo dirá.

miércoles, 29 de enero de 2020

Palestina: ¿un parque temático?


Hace unas horas, mientras el inquilino de la Casa Blanca revelaba los detalles del cacareado “acuerdo del siglo”, me acordé de la profética advertencia del  ex Primer Ministro israelí, Yitzhak Shamir, quien vaticinaba, en octubre de 1988, que “no habrá jamás un Estado palestino”. Shamir asistió, muy a su pesar, a las primeras negociaciones de paz con la plana mayor de la primera Intifada, incluida, eso sí, a la singular delegación jordano-palestina que acudió, en diciembre de 1991, a la Conferencia de Paz de Madrid. En aquél entonces, la clase política de Tel Aviv parecía muy reacia a pronunciar la palabra palestino. De hecho, la ausencia de representantes de la Autoridad Nacional en la presentación del “Acuerdo del siglo” nos recordó aquellos tiempos, en los que los palestinos – descendientes de los filisteos - no dejaban de ser una molesta entelequia.

¿En qué consiste en Acuerdo del siglo?  En la anexión de 15 asentamientos judíos de Cisjordania, la creación de un inconexo territorio (Estado) palestino neutral, sin ejército ni confines definidos, cuya presencia no ha de suponer un peligro para la seguridad de Israel, la construcción de una línea de ferrocarril que una Cisjordania con la Franja de Gaza, de un Gobierno provisional cuyas actividades han de ser sometidas al escrutinio constante de Washington y Tel Aviv. Si los pobladores del este parque temático acatan las normas establecidas por los guardianes, recibirán fondos procedentes de los Estados árabes aliados de Washington - Arabia Saudita, Egipto, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos.  Si el comportamiento de los rehenes es ejemplar, a cabo de cuatro años las autoridades israelíes y norteamericanas podrían contemplar la celebración de una consulta popular sobre el porvenir del territorio. Pero ello no implica, forzosamente, la creación de un Estado palestino.

La cada vez más hipotética entidad nacional podría establecer su capital en… Jerusalén, es decir, en las barriadas extrarradio del municipio considerado capital eterna e indivisible del Estado de Israel. El “regalo” de Washington consistiría en la apertura de una segunda Embajada estadounidense en las afueras de la Ciudad Tres Veces Santa.

Trump pidió a los dos candidatos a las próximas elecciones israelíes – Benjamín Netanyahu y Benni Ganz  -  la aplicación del Acuerdo en un plazo de seis semanas, es decir, antes de la publicación de los resultados de la consulta. Una buena baza para el ganador de la contienda y… para el propio Trump, aspirante a un segundo mandato a la presidencia de los Estados Unidos.
    
La primera reacción de los partidos de izquierdas hebreos fue muy concisa: …eso no puede llamarse paz; es puro apartheid.

¿Qué opinan los palestinos? ¿Acuerdo del siglo? Pero si se trata de la argumentación de Bibi Netanyahu, afirma el negociador jefe de la OLP, Saeb Erakat. Una argumentación que el emisario personal y… yerno de Trump, Jared Kushner, hizo suya a la hora de redactar una propuesta aceptable tanto para la clase política de Tel Aviv como para los evangelistas norteamericanos, valedores de Donald Trump y preservadores de los santos lugares bíblicos de Tierra Santa. Obviamente, el parecer de los palestinos no cuenta.

Para el Presidente de la Autoridad Nacional, Majmúd Abbas, el Acuerdo del siglo es una conspiración abocada al fracaso. Al término de su airada intervención ante las cámaras de la televisión nacional palestina, Abbas utilizó un lenguaje menos diplomático al afirmar: Trump es un perro y un hijo de perra… Más claro…

jueves, 2 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (II)


Erdogan - entre Rusia e Irán

Poco después de la intentona golpista de julio de 2016, la política exterior de Turquía experimentó un cambio radical. Erdogan, que había logrado enemistarse con  los líderes europeos poco propensos a aceptar el ingreso de Ankara en la Unión Europea – Alemania y Holanda – dirigió su mirada hacia el Kremlin. Huelga decir que las relaciones turco-norteamericanas se habían enrarecido durante la guerra del Golfo, cuando Ankara se mostró muy reacia a autorizar la utilización de su espacio aéreo para las incursiones de cazas estadounidenses contra Irak, país musulmán “hermano”. El Parlamento turco tuvo que ceder ante las presiones de Occidente; un miembro fundador de la Alianza Atlántica no podía disociarse de la política militar común. Su compromiso con la OTAN debía ser… inquebrantable. Washington exigió la aplicación del artículo 5º del Tratado del Atlántico Norte, relativo a la defensa colectiva; el Parlamento turco no tuvo más remedio que plegarse a las exigencias de los aliados. Una doble derrota, puesto que a las consideraciones de índole política se sumaba la deshonra de no haber cumplido con la sacrosanta obligación de solidaridad islámica. Un detalle éste que los estrategas del Pentágono habían descuidado. El 99 por ciento de los habitantes de Turquía, Estado aparentemente laico, profesa la fe mahometana. De ahí los equívocos…

La otra batalla perdida fue la del acceso a la Unión Europea. Una larga sucesión de encuentros y desencuentros que se prolongó durante cuatro décadas. El país ideado y fundado por Mustafa Kemal Atatürk quería ser europeo. Pero los miembros del “club cristiano” de Bruselas vetaron el ingreso. Los conservadores alegaron motivos “culturales”, los liberales y progresistas, argumentos políticos. Hace ya más de tres lustros, los mandatarios de Ankara empezaron a buscar otras alternativas, más acordes con la idiosincrasia turca. 

Tras el desmembramiento de la URSS, reapareció la opción del “panturquismo”, alianza de todos los pueblos turcomanos de Asia, liderada por Turquía. Después de la llegada al poder de los islamistas del AKP, el “panturquismo” dejó paso al “neo-otomanismo”, que contempla la acción política de Turquía en todas las regiones que se hallaron bajo el dominio otomano. La nueva estrategia, concebida por el ex ministro de Asuntos Exteriores de Erdogan, Ahmet Davutoglu, empezó a implementarse con bastante éxito a mediados de la pasada década, allanando el camino hacia la materialización del sueño de la clase política: convertir el país en una predominante potencia regional.

Con el paso del tiempo, los sueños de grandeza de los insumisos islamistas de Ankara se convirtieron en una auténtica pesadilla para sus aliados occidentales. ¿Resucitar el espíritu del Imperio Otomano, el esplendor de los sultanes – califas del Islam, la presencia turca en tres continentes? “Imposible, aberrante y ante todo, peligroso”, estimaban las Cancillerías occidentales. Y si a ello se le suma la tentación totalitaria del líder del AKP, el autoritarismo y las redundantes consignas nacionalistas, el deterioro de la imagen institucional es innegable. Recep Tayyip Erdogan deja de ser un aliado, para convertirse en… adversario de Occidente y, ante todo, de los Estados Unidos.

La noche del 15 al 16 de julio de 2016 marca un punto de inflexión. Los “poderes fácticos” apostaron por la eliminación de Erdogan, cometido factible en un país habituado a los golpes de Estado. El ejército no encontró resistencia alguna al ejecutar la primera fase del plan: la ocupación de los puntos estratégicos. Sin embargo, treinta minutos antes de la llegada de los comandos golpistas a la residencia de verano de Erdogan, este abandonó la localidad costera de Marmaris a borde de un avión privado, dirigiéndose hacia Estambul, ciudad controlada por los rebeldes. Al parecer, pocas horas antes del inicio de la intentona, el Presidente turco recibió una llamada del… Kremlin. Su interlocutor ruso, conocedor de los planes del ejército, puso a su disposición un satélite ruso de telecomunicaciones, que le permitió contactar con los militares fieles. El general Umit Dundar recuperó el control del aeropuerto internacional de Estambul, permitiendo en aterrizaje del avión presidencial.

¿Está tratando Turquía de crear ‎su propia alianza militar?

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En este contexto, el acercamiento entre Ankara y Moscú resulta no sólo comprensible, sino inevitable. Las posteriores visitas del mandatario turco al Kremlin desembocaron en la firma de numerosos acuerdos comerciales y… militares. Después de ultimar la compra del sistema de defensa antiaérea  ruso S-400, ‎el ejército turco anunció la probable adquisición de aviones de combate ¡rusos! Su-35 o ‎‎Su-57, competidores de los F 35 norteamericanos. Hay quien especula con una posible (aunque hoy por hoy hipotética) retirada de Turquía de la Alianza Atlántica. Pero se barajan otras alternativas: la creación de una alianza militar entre Turquía, Irán y Rusia para gestionar conjuntamente el conflicto de Siria. Aparentemente, los tres países tienen intereses divergentes: Rusia apoya a su fiel amigo Bashar el Assad, Irán quiere afianzar su presencia estratégica en los confines con Israel, Turquía pretende eliminar a los combatientes kurdos, amigos de los norteamericanos y aliados del PKK. Con ello, Ankara pretende ‎impedir que Estados Unidos utilice las milicias que combaten en suelo sirio para fomentar nuevas “primaveras ‎árabes”.
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También existe otro proyecto, aún más ambicioso: la creación de un bloque militar que agruparía a ‎Turquía, Irán y Qatar, como posible contrapeso a una “OTAN árabe” capitaneada por Washington. Si Erdogan consigue involucrar al Kremlin, la relación de fuerzas en el mundo árabe musulmán cambiaría ‎en detrimento de los Estados Unidos y sus incondicionales aliados del Golfo Pérsico.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La guerra ansiada por Israel


La noticia pasó casi inadvertida: durante su reunión de la pasada semana, el Gabinete israelí decidió prohibir la recepción de las emisiones vía satélite y cable de la televisión qatarí Al Jazeera, alegando su “parcialidad” informativa y la “continua incitación a la violencia” durante los disturbios de la Explanada de las Mezquitas. El titular de Comunicación israelí, Ayub Kara, no dudó en aportar su granito de arena al poco mediático debate, acusando a los colaboradores (árabes israelíes y palestinos) de la cadena de “apoyar el terrorismo”.

El incidente podía haber quedado circunscrito al ámbito meramente local, si no fuera por la airada protesta formulada, eso sí, a través de los medios de comunicación israelíes, por el jefe de la delegación de Al Jazeera en Jerusalén, quien hizo hincapié en la “connivencia del Gabinete Netanyahu con los vecinos árabes autocráticos”, alusión directa a la campaña llevada a cabo contra la emisora por Arabia Saudita, Egipto, los Emiratos Árabes, Bahréin y Yemen tras anunciar la ruptura de sus relaciones diplomáticas con el emirato de Qatar. 

Recordemos que el cierre de la cadena – fundada en 1996 por la familia del emir de Qatar - fue una de las exigencias “sine qua non” planteadas por los saudíes y sus aliados, quienes califican la emisora de “foro extremista” que practica una política de “injerencia en los asuntos internos” de los Estados árabes. 

Durante décadas, los israelíes aprovecharon la postura crítica de Al Jazeera para tratar de persuadir a los telespectadores arabofonos israelíes y palestinos de las carencias democráticas del mundo árabe-musulmán. Sin embargo, la presencia de equipos de informadores en Israel y los territorios ocupados acabó planteando serios problemas a la censura del Estado hebreo. De ahí el poco interés en mantener la estructura de la televisión qatarí en suelo israelí.

Pero hay más; mucho más. Israel y Qatar establecieron reacciones comerciales en 1996. En aquel entonces, en Doha funcionaba, al igual que en Teherán durante la época del Sha, una oficina de intereses comerciales, eufemismo que ocultaba su verdadera misión: la representación diplomática. De hecho, Tel Aviv utilizó esta plataforma para establecer contactos discretos con los extremistas de Hamas o con emisarios de países árabes poco propensos a reconocer a la “entidad sionista”.  Varios políticos israelíes pasaron por Doha, aprovechando la celebración de conferencias internacionales, ferias comerciales o invitaciones de extrañas fundaciones culturales. Por si fuera poco, Qatar abrió una embajada ante la Autoridad Nacional Palestina en Gaza, cuyo representante diplomático mantiene una línea abierta de con autoridades de Tel Aviv.  En ese contexto, el cierre de la delegación jerosolimitana de Al Jazeera reviste mayor trascendencia. 

¿A qué obedece, pues, el interés de Netanyahu en romper o congelar los lazos con uno de los pocos países árabes que no muestra animadversión alguna hacia el Estado judío?  ¿Por qué apuestan los estrategas de Tel Aviv por una hipotética alianza con los saudíes y sus secuaces?

Curiosamente, la respuesta parece estar relacionada con el “nuevo orden” o, mejor dicho, desorden regional inaugurado por Donald Trump. Pero conviene matizar: el actual inquilino de la Casa Blanca no es el artífice de los roces, véase enfrentamientos, entre los sunitas saudíes y los chiitas iraníes, obligados a buscar teatros de conflictos más allá de sus fronteras, ni del caos reinante en un Irak incapaz de curar sus profundas heridas de guerra, ni de la tentación de los kurdos de proclamar la independencia en el exiguo territorio de una región autónoma que linda con Turquía e Irán, ni del expansionismo ideológico o militar de los nuevos otomanos de Ankara. 
 
No, Donald Trump no ha creado los problemas, pero sí los está alimentando. Su innegable comprensión por la argumentación de los aliados saudíes, la hostilidad abierta hacia el país de los ayatolás, su desprecio hacia los árabes (salvo algunos productores de petróleo), está generando un nuevo ambiente, en el cual la opción del “Estado étnico” o religioso, emanante y avalado por las Sagradas Escrituras - Torá, Corán, Biblia – priva sobre el concepto moderno de “Estado-nación” introducido tras el acuerdo Sykes-Picot.
  
Obviamente, un enfrentamiento entre las grandes corrientes del Islam – sunitas y chiitas – una guerra abierta entre musulmanes, favorecería los intereses estratégicos de otro Estado étnico, Israel, ya que su conflicto con los árabes quedaría relegado en un segundo plano. Sería ésta la guerra ansiada por Israel…

Nada altruista es la actuación de las dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia, que se limitan a perpetuar por todos los medios su supremacía en la región. 

El tercer actor, la Unión Europea, parece contentarse con controlar, desde Bruselas, París o Berlín, unos incendios que no es capaz ni deseosa de apagar. 

Mientras, las alianzas se hacen y deshacen, los protagonistas cambian de bando y las coartadas, tal el cierre de Al Jazeera, solo sirven para ocultar la perspectiva de nuevas y mortíferas guerras.