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martes, 13 de enero de 2026

Acuerdos militares Rusia - OTAN: Putin suelta las amarras

 

Rusia está dando otro paso significativo hacia el alejamiento de las estructuras de cooperación militar con los países occidentales. El gobierno ruso ha decidido rescindir varios acuerdos bilaterales de defensa concluidos con diferentes Estados europeos en los años 90 y principios de los 2000.

La decisión, formalizada mediante un decreto firmado por el primer ministro ruso, Mijaíl Mishustin, obliga al Ministerio de Defensa a poner fin a la colaboración militar con 11 países del Viejo Continente, en su gran mayoría, miembros de la Alianza Atlántica.

Entre los estados afectados por la decisión del Kremlin figuran: Rumania, Bulgaria, Alemania, Reino Unido, Polonia, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, Croacia, Bélgica y República Checa.

Se trata de los acuerdos bilaterales firmados entre los ministerios de defensa de los respectivos países con la URSS y la Federación Rusa tras el final de la Guerra Fría y la reedificación de las relaciones Este-Oeste, como de los instrumentos jurídicos de los años 90, oficialmente caducados.

Entre los documentos anulados se encuentran tratados importantes, como el acuerdo de cooperación militar entre Rusia y Alemania de 1993 o el que se rubricó con Polonia en julio del mismo año. Rusia también decidió rescindir el acuerdo con Noruega de 1995.

Rumanía figura en la lista con el acuerdo bilateral de colaboración militar firmado en marzo de 1994, un documento que, durante tres décadas, sentó las bases de las relaciones de cooperación entre Bucarest y Moscú. Según la televisión rumana, su cancelación forma parte de una estrategia más amplia para retirar a Rusia de los marcos de colaboración con alianzas occidentales.

El acuerdo militar entre Bucarest y Moscú fue firmado en 1994 por los entonces presidentes, Ion Iliescu y Boris Yeltsin, en un contexto geopolítico marcado por intentos de acercamiento y estabilización regional tras la disolución del bloque soviético.

La cancelación del acuerdo tiene actualmente un valor más simbólico, dada la evolución de las relaciones entre Rusia y la OTAN, pero envía una clara señal política respecto a la dirección elegida por Moscú.

En el caso de Bulgaria, el contexto es más matizado. Ambos países firmaron en 1992 un Tratado de Relaciones Amistosas y Cooperación, documento que allanó el camino para proyectos conjuntos, incluso en el ámbito de la defensa. La decisión actual muestra que Rusia también se está distanciando del marco paneslavista, reforzado al inicio del periodo postsoviético.

Al denunciar simultáneamente estos acuerdos, el Kremlin envía un mensaje firme sobre su deseo de acabar con los modelos de cooperación militar aplicados en las últimas décadas a los estados miembros de la OTAN. La decisión refleja no solo las tensiones actuales entre Rusia y Occidente, alimentadas por campañas de propaganda y desinformación mutuas, sino también un firme reposicionamiento estratégico de la política de seguridad del Kremlin.


domingo, 2 de junio de 2024

La OTAN: un bombero que apaga el incendio con lanzallamas (Orban)

 

Hay inicios de que Ucrania podría perder la guerra. Los primeros en lanzar el grito de alarma fueron los expertos de la inteligencia militar británica. Al día siguiente, las portadas de algunos tabloides estadounidenses anunciaban sin miramientos: Ucrania está perdiendo la guerra. No se trataba, claro está, de una constatación objetiva; el ataque iba dirigido ante todo contra la política del inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, acérrimo defensor del infructuoso esfuerzo bélico de Volodímir Zelenski.

En las últimas semanas, el contingente ruso logró apoderarse de unos 800 kilómetros cuadrados de tierra ucrania. La ofensiva contra Járkov, el segundo centro urbano más poblado del país, parecía imparable. Kiev exigía el envío de armamento sofisticado, pero la Casa Blanca tropezaba con el obstinado rechazo del legislativo. A las maniobras dilatorias del Senado estadounidense se sumaba la irritación de algunos miembros de la UE, poco propensos a seguir financiando el conflicto.

¿Error de cálculo?  Por supuesto; los analistas occidentales, los estragas atlantistas, habían contado con una guerra relámpago, con el espectacular debilitamiento del sistema exsoviético, con la estrepitosa caída del castillo de naipes de Vladimir Putin. O, en el peor de los casos, con la internacionalización del conflicto.

En primero en aludir a la posibilidad de enviar tropas extranjeras a Ucrania fue el presidente francés, Emmanuel Macron. ¿Soldados de la OTAN en suelo ucranio?  ¡Descartado!, contestaron los portavoces de las altas esferas de la Alianza. Sin embargo, Moscú no tardó en corregir el tiro, desvelando la presencia en Ucrania de unidades de la Legión Extranjera gala. París se salió del paso alegando que se trataba de un reducido número de instructores militares. Macron no se sintió obligado a facilitar más detalles. Pero la opción de una intervención militar occidental seguía vigente.

El Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, cuyo mandato finaliza en otoño, no tardó en sugerir el posible empleo de misiles de largo alcance de fabricación estadounidense para frenar la retirada de las tropas de Kiev en las inmediaciones de Járkov. Se trataba de artefactos que podían alcanzar objetivos en territorio de Rusia, lejos de la zona de combates. Apoyaron la propuesta Joe Biden, Emmanuel Macron, Olaf Scholz y otros gobernantes europeos.

Biden se apresuró en puntualizar: se trata sólo de objetivos estratégicos o militares. Una advertencia muy parecida a la enviada hace unas semanas al Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu. El líder del Likud optó por hacer oídos sordos. ¿Y Zelenski? 

Lo cierto es que los misiles están disponibles; basta con apretar el botón.

Huelga decir que la reacción negativa más contundente procede de un país… miembro de la OTAN: Hungría. El jefe del Ejecutivo de Budapest, Viktor Orban, el amigo de Putin, según los eurócratas de Bruselas, cargó contra la iniciativa de Stoltenberg alegando: La OTAN se asemeja a un bombero que apaga un incendio con un lanzallamas…Cuanto más disparen los ucranios, más avanzarán los rusos. Existe el riesgo, y hay que tenerlo muy presente, de que si apoyamos a Ucrania en el bombardeo del territorio ruso, podemos conseguir que los rusos se acerquen a nosotros, señaló Orban en una entrevista concedida a la emisora nacional radio Kossuth.

Conviene señalar que Orban no es el único detractor de esa iniciativa. Varios países del Este europeo comparten sus inquietudes.

Los jerarcas rusos se han limitado, al menos, de momento, a… levantar la voz. Claro que en su caso se trata de amenazar con una escalada que podría desembocar en una guerra nuclear.

Rusia responderá asimétricamente a los ataques ucranianos a su territorio con armas suministradas por los Estados Unidos, señaló el presidente del Comité de Defensa de la Duma, Andrei Kartapolov, quien añadió que la decisión de Biden de permitir ataques limitados dentro de Rusia con armamento estadounidense no afectará la operación militar rusa en Ucrania.

 

Por su parte, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dmitry Medvedev, advirtió el pasado viernes que Rusia no fanfarronea cuando habla de la posibilidad de utilizar armas nucleares tácticas contra Ucrania y que su conflicto con Occidente podría escalar hasta convertirse en una guerra total.

Asimismo, señaló que Moscú destruiría el personal militar y el armamento occidental en Ucrania o más allá de las fronteras del país si estuvieran involucrados en ataques contra Rusia.

 

Esto, lamentablemente, no es ni intimidación ni engaño, afirmó Medvedev. Por lo tanto, nadie puede descartar hoy la transición del conflicto a su etapa final…

¡Una guerra nuclear! ¿Preparados?


jueves, 18 de mayo de 2023

¿Hacia una autonomía estratégica global?

 

A Emmanuel Macron no se le puede echar en cara su… falta de sinceridad. Macron, ¿hipócrita? No, en absoluto. Pero lo cierto es que a veces sus verdades pueden resultar molestas para sus pares, los hombres y mujeres que dirigen los destinos del Planeta.  

El presidente galo afirmó recientemente que la victoria de Kiev en el conflicto con Moscú ha de ser el objetivo prioritario de las democracias occidentales, pero que los europeos tienen que idear una relación sostenible con Rusia. Si bien sus aliados comunitarios aplaudieron la primera parte del discurso – la victoria de Ucrania – consideraron que sería prematuro contemplar un hipotético restablecimiento de relaciones normales con el Kremlin.

Pero hay más; cuando Macron manifestó que el desequilibrio de fuerzas creado por la intervención rusa en Ucrania convierte a Moscú en un mero vasallo de China, logró abrir la caja de los truenos del Kremlin. El portavoz de Vladimir Putin le recordó al inquilino del Eliseo que las relaciones entre Rusia y China están basadas en el respeto mutuo y la cooperación fraternal, conceptos – según él – casi inexistentes en el vocabulario de la clase política occidental.  

Por ende, cuando el primer mandatario francés se erigió en defensor de la autonomía estratégica del Viejo Continente, el secretario general de la OTAN se apresuró en recordarle la irremplazable importancia del paraguas nuclear estadounidense. Menos diplomática resultó ser la reacción de Donald Trump al enterarse, durante la cumbre de la Alianza celebrada en 2017 en Varsovia, del extravagante neologismo de Macron. La respuesta del entonces presidente norteamericano fue contundente: ¿Autonomía? Pague su cuota a la OTAN y procure incrementar su contribución.

Con el paso del tiempo, el concepto de autonomía estratégica adquirió un nuevo significado. Tras la invasión de Ucrania, la imposición de sanciones contra Moscú, los desequilibrios económicos y monetarios generados por la alteración de las reglas aplicables a los intercambios comerciales, muchos Gobiernos tratan de hallar otras vías para el desarrollo armónico de las relaciones internacionales. Rusia y China abogan en pro del surgimiento de un mundo multipolar, que acabe con el papel hegemónico de los Estados Unidos. Se suman a este proyecto los mayores productores de petróleo – Araba Saudita e Irán – así como algunas potencias regionales emergentes que pertenecen al llamado Sur Global. El objetivo de estos países es de crear nuevas estructuras para el desarrollo de una intensa cooperación política y económica a través de plataformas globales y regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) o la Organización de Cooperación de Shanghái. (OCS).

Una de las prioridades de Moscú y Pekín es la desdolarización de los intercambios comerciales y la paulatina sustitución de la divisa estadounidense por un sistema de pagos basado en la utilización de monedas nacionales o la creación de una nueva unidad monetaria común.

La esencia de este concepto (autonomía estratégica) es que una nación mantenga sólidas relaciones de alianza y, al mismo tiempo, cultive la capacidad de pensar de manera independiente y actuar en función de sus propios valores e intereses, señala el catedrático y economista Kerem Alkin, que ostenta en cargo de representante de Turquía ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Señala el profesor estambulí, partidario de nuevas posibles alternativas para la integración de su país en un amplio concierto internacional, que el concepto de autonomía estratégica no se limita a los países del Sur, ya que también está siendo debatido entre los miembros de la Unión Europea y… la Alianza Atlántica.

En un mundo donde el equilibrio político-económico se está desplazando del Atlántico a Asia-Pacífico, las naciones líderes están experimentando diferencias significativas, ideas contradictorias e intereses en conflicto con sus supuestos socios y aliados de los últimos 22 años, sostiene el representante de Ankara en la OCDE. 

Si bien en las décadas posteriores a la Guerra Fría, la mayoría de las economías de los países industrializados abrazaron el concepto de autonomía estratégica y la indispensabilidad de convertirse en naciones autosuficientes en materia de defensa, energía, agricultura. alimentación, salud, tecnología digital y logística, la cuestión que destaca actualmente es la escasa confianza en el sistema multilateral, la equidad e imparcialidad de los organismos internacionales o la transparencia de las decisiones tomadas por dichas organizaciones.

Apostar por el multilateralismo. ¿Acaso ello significa que Turquía está dispuesta a abandonar su viejo sueño europeo para acercarse progresivamente al perverso eje Pekín-Moscú? Lo cierto es que, en los últimos meses, el presidente Recep Tayyip Erdogan no disimuló su interés por concertar un posible ingreso de Ankara en este Club de los Emergentes.

El porvenir nos los dirá.


lunes, 22 de agosto de 2022

La Bomba

 

¡Imperialistas! ¡Fuera las manos de la bomba antes de que os la tiremos en la cara!

Recuerdo haber descubierto esta extravagante pancarta en la década de los 60, durante un desfile del 1 de mayo celebrado en la capital de un opulento país europeo. La llevaba un viejo sindicalista, hombre rudo y un tanto sectario.

Al recordarle que su organización era partidaria de la paz, de la convivencia pacífica entre los pueblos, contestó:

Sí, compañero. Pero mi Gobierno me ha privado de mis derechos cívicos; alegan que soy un traidor a la Patria por haber participado en la Guerra Civil española.

¿Traidor a la Patria?

No olvide; estamos en plena Guerra Fría.

Comprendí que para el autor del estrafalario mensaje la guerra, el enfrentamiento entre el bien y el mal, no había terminado. 

En realidad, la Guerra Fría comenzó pocos meses después del final de la Segunda Guerra Mundial. Según los politólogos anglosajones, se trataba de la continuación del enfrentamiento entre la democracia occidental y el totalitarismo soviético. El proyecto se gestó durante los años 40, coincidiendo con el esfuerzo bélico de las potencias aliadas: Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS.

Las zonas de influencia establecidas en febrero de 1945 en la conferencia de Yalta eran ficticias; el país de los soviets tenía de desaparecer. Lo sabían el británico Churchill y el norteamericano Roosevelt al acudir a la cita con Stalin. El propio dictador ruso sospechaba de la aparente buena fe de sus aliados. Sin embargo, a la hora de repartirse el mundo, las reticencias se desvanecen. Los futuros exsocios estaban satisfechos; los tres abandonaron Yalta llevándose la parte de pastel que les correspondía.

Mas los acuerdos de Yalta fueron criticados por los congresistas norteamericanos tras la muerte de Roosevelt. Los políticos de Washington acusaron al Reino Unido y la URSS de no haber establecido un mecanismo de control internacional de los territorios europeos administrados por Moscú. Dos años más tarde, Winston Churchill entonó la mea culpa al anunciar solemnemente que un telón de acero dividía el Viejo Continente. La Guerra Fría estaba servida; con todos sus ingredientes.

El que esto escribe tuvo la suerte - o la desgracia - de vivir aquellos años en ambos lados del telón. Fue una experiencia kafkiana, cuyo común denominador era la palabra enemigo. Cruzar el telón por alguna de sus grietas suponía forzosamente pasarse al enemigo. Para la policía de fronteras de Europa oriental, del otro lado de los confines sólo se hallaban espías americanos, belicistas, imperialistas. Sus homólogos del llamado mundo libre imaginaban que los (pocos) viajeros que se dirigían hacia el Este eran agentes de Moscú, comunistas o, pura y simplemente, rojos. Sea como fuere, la mera acción de abandonar – incluso provisionalmente - uno de los bienquistos paraísos equivalía a una temeridad, cuando no a una traición.

Pero hacía falta más, mucho más, para lograr la cohesión de los pobladores de ambos bloques. El primer ensayo nuclear ruso de 1949 se convirtió en el pretexto ideal para crear el imaginario de temor al holocausto. Cierto es que los Estados Unidos habían experimentado sus artefactos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, descubriendo el terrorífico efecto del armamento nuclear, pero la perspectiva de codearse con Rusia en este club de la muerte… ¡con los rusos!

La BOMBA se convirtió, pues, en el fantasma de la primera etapa de la Guerra Fría. El inminente peligro del ataque atómico creó la psicosis necesaria para reforzar el maléfico espectro de la destrucción global. Fue ésta una época dorada para los fabricantes de refugios antinucleares y las empresas productoras de conservas de larga duración inscritas en las listas de avituallamiento imprescindible para la supervivencia en caso de conflicto atómico. La visita al refugio del amigo formaba parte del ritual de las relaciones sociales impuesto por la bomba.

En los años 60, cuando se acuñó por vez primera la expresión coexistencia pacífica, el término provocó un desconcierto general. ¿Coexistir con el enemigo? ¡Qué disparate! Sin embargo, la maratónica conferencia sobre la Cooperación y la Seguridad en Europa, que establecía nuevas normas de conducta entre los Estados del Viejo Continente, logró cambiar la fisionomía de las relaciones entre los dos bloques. Ficticio o real, el parte de defunción de la Guerra Fría se firmó en Helsinki el 1 de agosto de 1975.

Ficticio o real… En la capital finlandesa sucedió algo muy parecido al incidente de Yalta. Al abandonar el Centro de Conferencias tras la firma del supuestamente histórico acuerdo, un joven diplomático holandés comentó en voz baja: Ahora empieza el desarme ideológico del comunismo. No se equivocaba: el proceso llevó al desmantelamiento de los principales feudos del Kremlin, el Pacto de Varsovia y el COMECON, la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la propia URSS y la expansión de la Alianza Atlántica hasta los confines de Rusia. 

Un rápido repaso de la situación en el mundo actual nos permite hallar paralelismos y similitudes con el período de la Guerra Fría. No, la consagración de los Estados Unidos como única gran potencia mundial tras el fracaso diplomático de Mijaíl Gorbachov de 1990 no supuso el final de la Historia pomposamente anunciado por Francis Fukuyama. Ni el catastrófico fin del mundo, pregonado por los detractores de la cuasi laica etapa de progreso económico y social iniciada a mediados del siglo 19. El fin del mundo será, muy probablemente, como lo señala el francés Michel Maffesoli, miembro de la Academia Europea de Ciencia y Artes, el fin de los mundos carentes de espiritualidad de la ciencia y la gobernanza surgidos en los dos últimos siglos.

Las reformas urgen. Pero el camino hacia el indispensable cambio social tropieza, una vez más, con… la BOMBA.  Esta vez, no se trata de un artefacto imaginario, sino de un peligro real. Si bien los beligerantes del siglo XXI han escogido un terreno neutral – la guerra de Putin, de la OTAN, de Soros, de Biden – se libra en un territorio cuidadosamente escogido por los autores del perverso guion del desarme y derribo del comunismo. Curiosamente, los protagonistas de esta triste mascarada moderna interpretan los papeles de personajes históricos conocidos: Stalin, Hitler, Churchill, Roosevelt, Chamberlain, Molotov, Ribbentrop… Escoja su paladín, estimado lector, y póngale nombre.

Y no olvide que, en el caso de la guerra de Putin, eufemismo fabricado por los servicios de inteligencia o de intoxicación anglosajones, las sanciones económicas decretadas por Occidente han tenido un efecto boomerang. En pocas palabras, Europa ha conseguido dispararse en los pies. La bomba, esta carga de dinamita que maneja a su guisa nuestra inexperta y desaprensiva clase política, podría destallar en cualquier momento. Es algo que los ilusos, los globalistas y los buenistas prefieren descartar, olvidando que el peligro del holocausto nuclear no desaparece con un simple clic en la pantalla de un videojuego.

Esta vez, la Bomba es real; la Bomba mata. Lo pudimos comprobar estos últimos meses en Ucrania, en Crimea y también…en Moscú.                  


jueves, 30 de junio de 2022

La ensoñación del Poseidón yanqui

 

Los neo-NATOs, países del este europeo recién admitidos en la Alianza Atlántica - nada que ver con las corrientes demográficas – suelen tildar a Rusia de Imperio del Mal.

Cabe suponer que China, reconocida como principal amenaza venidera de los adalides del Mundo Libre y sus acólitos, llevará – llegado el momento -el nombre de Imperio del Mal Supremo. 

Según el actual inquilino de la Casa Blanca, mientras Rusia es el enemigo que hay que derrotar, aplastar y dejar de rodillas, China es el mal sistémico que habrá que corregir. En realidad, ambas definiciones designan al nuevo enemigo de Occidente; al oponente que se había esfumado a comienzos de la década de los 90 del pasado siglo, tras la desintegración de la Unión Soviética y la desaparición del llamado campo socialista. Pero, ¡ay, error de cálculo! Los estrategas occidentales no habían contado con la supervivencia de la eterna Madre Rusia, con el carácter obstinado y rebelde de su pueblo, los pueblos eslavos asentados en esa extensa región. No, el mundo no se conquista con la civilización de la Coca Cola y la hamburguesa, como vaticinaba en su momento Condoleezza Rice, la flamante Secretaria de Estado de George Bush Jr. No; la felicidad de los rusos, de los pueblos indoeuropeos en general, no depende sola y únicamente de la prosperidad económica. El factor cultural, histórico y religioso es primordial para el desarrollo armónico de esas poblaciones. La Coca Cola no ha podido ocupar el espacio de lo sagrado; la hamburguesa no ha encajado en el Russian way of life (modo de vida ruso). Es cierto; lo extraño, lo desconocido, suele ejercer cierta atracción, pero los rusos creen en Dios, en la Madre Patria, en el padrecito zar, o pope, o secretario general del Partido (comunista) o Presidente de la nación. Dios, Stalin, Gorbachov, Putin: la deidad de turno. Las guerras patrióticas de la Madre Rusia suelen contar con más apoyo que los emblemáticos equipos de futbol occidentales. La noción de Patria es, sigue siendo, sagrada.

No vamos a analizar aquí los argumentos y contraargumentos de las partes involucradas en el conflicto de Ucrania; lo haremos próximamente, tras la publicación del nuevo concepto estratégico de la Alianza Atlántica, que se esboza esos días en Madrid. Aquí es donde se ha llegado a la conclusión de que Rusia y China, los dos colosos que no quieren someterse a los ukases de Occidente (léase Estados Unidos) son… nuestros enemigos.

La Federación Rusa, este país cercado por tropas de la Alianza Atlántica, pasó de ser aliado de la OTAN (¡nunca lo fue, Sr. Stoltenberg!) a desempeñar el papel de enemigo. Un desenlace lógico, teniendo en cuenta que el santo y seña de la Conferencia de Helsinki era desarmar a Rusia. Se trataba, en aquel entonces, del desarme ideológico. Pero el operativo fracasó. La consecuencia de este desacierto lo pagan los justos, no los pecadores. De hecho: ¿quiénes son los pecadores? Aún queda por ver…

En la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid, se nos desveló un secreto: al oso ruso, archienemigo de la civilización occidental, se suma el panda chino, simpático animalillo que se ha convertido en la pesadilla de la clase política del Primer Mundo. En nuevo peligro surge del Este: el brazo largo de China, el poderío militar de Pekín, preocupa sobremanera a las Cancillerías pro occidentales. Un ejemplo: durante el llamado Foro de Seguridad del Diálogo de Shangri-La, el ministro de Defensa de Camboya, Tea Banh, trató de convencer a los participantes, diplomáticos y militares asiáticos y occidentales, de que China no está construyendo una base militar en su país. Aparentemente, alguien pretendió acreditar la tesis de que el Ejército Popular de Liberación chino trata de crear una red global de centros estratégicos navales.  

Nosotros no tenemos ni queremos disponer de una red de bases militares parecida a las de Estados Unidos, que cuenta con más de 200 instalaciones en el mundo, aseguran las autoridades de Pekín. Nos interesa, eso sí, tener instalaciones portuarias capaces de albergar y dar servicio a los buques de la marina mercante y militar china.

Por su parte, Derek Chollet, alto cargo del Departamento de Estado de EE. UU., manifestó que Washington estaba persuadido de que China estaba construyendo una base en Ream (Camboya) en el Golfo de Tailandia. Hay indicios de que se trata de una instalación exclusivamente militar, dijo Chollet.  

En marzo, los medios de comunicación de la región se hicieron eco de la existencia de un acuerdo estratégico entre China y las Islas Salomón, que podría allanar el camino para que Pekín construya una base en este archipiélago. El año pasado, la Administración estadounidense sospechó que Pekín había inaugurado una instalación secreta en los Emiratos Árabes Unidos y podría tener planes similares en Guinea Ecuatorial.

Mientras Pekín rechaza las acusaciones relativas a la existencia de planes estratégicos, su ejército se dedica a construir una red de baluartes estratégicos a lo largo de las principales rutas comerciales marítimas para proteger los crecientes intereses chinos.  

Según un informe redactado por Isaac Kardon, profesor en la Escuela de Marina Militar de los Estados Unidos, las empresas públicas chinas poseen u operan al menos una terminal en 96 puertos en 53 países. Esta red de infraestructura portuaria podría convertirse en la columna vertebral de las operaciones del ejército en alta mar.

Nuestro modelo está orientado al desarrollo. Incumbe a nuestro ejército proteger este desarrollo en el extranjero, y también cosechar los frutos de ese desarrollo, señala un politólogo chino.

Los argumentos de las autoridades de Pekín no convencen a los Estados Unidos y sus socios en la región: Reino Unido, Japón, Australia y Nueva Zelanda, que tratan de frenar la influencia china en el Indo-Pacífico.

Los cinco países, que integran el recién creado proyecto Socios en el Pacífico Azul han publicado una declaración en la que se comprometen a buscar métodos eficaces para hacer frente a la creciente presión sobre el orden internacional libre y abierto basado en normas. El orden y las normas fijadas por el patrocinador de la iniciativa: los Estados Unidos.

Detalle interesante: los Socios en el Pacifico Azul fueron invitados a participar en la cumbre de la OTAN celebrada en Madrid. Y no se trata de una mera casualidad. De hecho, la declaración conjunta señala la intención de la Casa Blanca de invitar a los ministros de asuntos exteriores de la agrupación a Washington para una evaluación de los avances obtenidos este año.  

Qué duda cabe de que resultará más difícil corregir el mal sistémico chino que aislar a Rusia, atentando contra su economía. Y más peligroso, sin duda, contemplar una confrontación bélica con el gigante asiático; una confrontación que podría desembocar en una debacle nuclear.

En realidad, en el caso concreto de China, Washington teme que el fulgurante avance tecnológico del coloso asiático podría acabar relegando a un segundo plano la economía ¡y tecnología! estadounidenses. En este caso, los comentarios sobran. 

sábado, 14 de mayo de 2022

Turquía: a mares revueltos…

 

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aprovechó la celebración del Día de Europa para enviar un resolutivo mensaje a la Unión Europea. En realidad, no es la primera vez que Ankara se dirige al club de Bruselas con la solicitud de acelerar los trámites de adhesión, ni es la primera vez que recibe la callada por respuesta. Aparentemente, Turquía no figura en la lista de prioridades de los eurócratas, empeñados a solucionar, créditos y armas mediante, el acuciante problema que plantea la pugna entre Kiev y Moscú.  

Pero Erdogan trata de poner los puntos sobre las íes. La inestable situación política derivada de la guerra-invasión de Ucrania, la perspectiva de una crisis energética y alimentaria mundial, la amenaza de un enfrentamiento generalizado que podría desembocar en un conflicto nuclear, son elementos que deberían hacernos recapacitar sobre el porvenir de nuestras alianzas estratégicas, las ventajas o inconvenientes de contemplar nuevas ampliaciones de la familia comunitaria.

El sultán aduce argumentos de peso, como la importancia estratégica de Turquía para la UE en materia de seguridad, migración, energía o cadenas de suministro, aspectos que recobran mayor relevancia desde el inicio del conflicto de Europa oriental. Turquía ha esperado mucho desde 1999, fecha en la que la UE aceptó oficialmente su candidatura para el ingreso en la Unión. Fue la culminación de un proceso iniciado a mediados de la década de los 60 del pasado siglo, cuando el país moderno creado por Mustafá Kemal Atatürk inició su acercamiento a las instituciones europeas. Ankara trató de sortear los obstáculos, más económicos que políticos, que entorpecían la marcha hacia la meta. Las múltiples crisis le obligaron buscar otras vías de integración, más acordes con la tradición histórica del Estado otomano. Se barajó la posibilidad de lanzar una ofensiva diplomática en Asia Central y la región de Oriente Medio, tratando de reanudar los lazos con los antiguos feudos del Imperio Otomano. La opción geopolítica, el nuevo otomanismo, que contempla la recuperación de los territorios administrados durante siglos por los sultanes de Constantinopla, se convirtió en el caballo de batalla del islamista Erdogan. El nuevo otomanismo es, sin duda, una doctrina muy parecida a la de Vladímir Putin, que sueña con la recomposición de la Rusia de los zares. Menos directo, Erdogan prefiere obrar con más cautela.

Sin embargo, en los últimos años, el líder turco apostó por una mayor visibilidad, por más protagonismo a nivel internacional. En los últimos viajes oficiales, Erdogan se dedicó a criticar al puñado de países victoriosos en la Segunda Guerra Mundial, léase miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que siguen controlando los destinos del planeta.

Es cierto: hace tiempo se está gestando un cambio en el orden mundial. Occidente ha dejado de tener el poder económico y militar que ostentaba tras el derrumbe de la URSS. Sin embargo, Rusia es la única nación que sigue plantándole cara a la globalización. De manera indirecta, claro está; la confrontación abierta entre las supergrandes parece, hoy por hoy, inconcebible. Para potencias intermedias, como Turquía, resulta sumamente difícil mantener el equilibrio a la hora de tratar con el Kremlin o la Casa Blanca, rivales ambos muy exigentes, que tratan de imponer normas de conducta inaceptables para los herederos de la tradición otomana.  

Rusia juega la carta de la vecindad, los antecedentes históricos y los intereses comunes o convergentes en Asia y la región del Cáucaso. Por su parte, Norteamérica apuesta por la pertenencia de Turquía a la Alianza Atlántica, su situación estratégica, la cooperación militar y el apoyo – directo o indirecto – a la economía y las finanzas del Estado turco. A cambio, exige disciplina, por no decir, sumisión en las relaciones bilaterales. Algo difícil de imaginar en tiempos de paz y, aún más, en tiempo de guerra. Las últimas medidas adoptadas por la Casa Blanca y la OTAN – cierre del Bósforo para el tránsito de barcos de guerra rusos, creación de brigadas de intervención rápida ubicadas en Bulgaria y Rumanía, integración inminente en la Alianza de Finlandia y Suecia - no resultan del agrado de las autoridades turcas. Pero sería inconcebible rebelarse contra las decisiones de Washington. En estas circunstancias, queda la alternativa de jugar a fondo… la carta de Europa.

Pero ¡oh, desilusión! Los europeos no cuentan con Turquía a la hora de elaborar sus planes estratégicos. La brújula de seguridad comunitaria, aprobada el 21 de marzo por Bruselas, que describe las medidas que tomarán los 27 miembros para defenderse de las nuevas amenazas y desafíos en la región del Mediterráneo, hace caso omiso de la presencia de Turquía y la República Turca de Chipre Norte en la zona. Una estrechez de miras, estiman los responsables de la política geoestratégica de Ankara. Estrechez de miras u olvido deliberado; Turquía queda excluida de los planes de defensa comunitarios. Cierto es que el Mediterráneo ha sido históricamente escenario de enfrentamiento entre la flota de los sultanes de Constantinopla y los barcos de guerra de la Liga Cristiana. Otros tiempos, dirán algunos. ¿Otros tiempos?

Huelga decir que la brújula de seguridad de la UE contempla la creación de un cuerpo de intervención integrado por 5.000 funcionarios (en realidad, militares) llamados a realizar maniobras en tierra, mar y aire.  Los turcos lamentan haberse enterado de su creación de la brújula a través de los noticiarios.

Más inquietante podría parecernos la evolución de la conflictividad en el Mar Negro. La Convención de Montreux de 1936 sobre el paso de los estrechos otorga a Turquía la vigilancia de los Dardanelos y el Bósforo, así como la prerrogativa de facilitar o rechazar el paso de barcos de guerra de países no pertenecientes a la zona. Hasta finales de la pasada década, se toleraba la presencia en las aguas del Mar Negro de uno o dos buques de guerra pertenecientes a la Alianza Atlántica. Anclados en las instalaciones navales turcas, búlgaras o rumanas, los barcos estadounidenses, franceses o neerlandeses procuraban esquivar la vigilancia de la Armada rusa. El Kremlin condenaba sistemáticamente su intrusión en un perímetro reservado históricamente a la flotilla de los zares. Pero sí, los tiempos cambian; hoy en día, la Casa Blanca exige a Turquía prohibir el tránsito de los navíos de guerra rusos por el Bósforo. Misión bastante desagradable para los cancerberos de los estrechos.

Prohibir el paso de los barcos de guerra rusos, facilitar el tránsito de cargueros que transportan toneladas de trigo, harina, aceite de girasol, petróleo y otras mercancías procedentes de Rusia o de Ucrania, convertir los estrechos en puestos de aduanas que separan los dos mundos… Triste y arriesgada misión para los herederos del Imperio Otomano, partidarios de la integración regional y la cooperación internacional.

Pero es cierto: los tiempos han cambiado.

jueves, 9 de mayo de 2019

Aproximación al neo-otomanismo (III)


Erdogan – un sultán en el almudín de los zares

El Secretario General de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, se limitó a manifestar su “preocupación” ante la firme decisión de Turquía de formalizar la compra de misiles rusos S – 400, aparentemente “incompatibles” con los sistemas de defensa de la OTAN. Y si Stoltenberg abandonó Ankara visiblemente molesto por el fracaso de su misión – un intento de última hora de persuadir a Erdogan de la imperiosa necesidad de no seguir en tratos con el rival moscovita, enemigo jurado de las “democracias occidentales”- la respuesta de Washington ha sido más contundente: “Turquía pagará muy caro por esta decisión”, señaló Donald Trump, aludiendo a la decisión de preferir el sistema de defensa antiaéreo ruso a los cohetes norteamericanos, tres veces más costosos y, al parecer, menos eficaces. “Nadie puede interferir en los asuntos que atañen a nuestra soberanía nacional”, recalcó el primer mandatario turco. 
   
En realidad, Washington teme que la tecnología con la que están equipadas las baterías S-400 pueda usarse para recopilar datos relativos a los aviones de combate de la OTAN, y que Rusia acabe teniendo acceso a ellos.

Nada parece impedir que Turquía adquiera el sistema ruso S-400. De hecho, se da por seguro que un centenar de militares turcos comenzará a entrenarse a parir de finales de mayo en una base de Rusia. Los turcos se sumarán a un grupo de oficiales chinos que se encuentra en la Federación rusa desde el pasado mes de marzo. Conviene señalar que se trata de una autentica innovación: es la primera vez que el ejército ruso organiza cursos de capacitación para miembros de fuerzas armadas no pertenecientes a una alianza militar liderada por Moscú. 
  
Huelga decir que la disputa sobre la compra del sistema S – 400  tiene raíces más profundas.  El enfado de Trump y de la OTAN se debe, ante todo, a los múltiples y variopintos  proyectos de cooperación militar bilateral y del suministro de material bélico ruso a la República de Turquía.

"Podemos comenzar a desarrollar y producir conjuntamente equipo militar de alta tecnología", señaló Erdogan durante una rueda de prensa celebrada en Moscú el pasado 8 de abril. Entre los objetivos prioritarios de las industrias de armamentos figuran la producción del sistema antimisiles Kornet y la fabricación de vehículos blindados destinados a las fuerzas armadas turcas.
 
Por otra parte, el ejército de Ankara recibirá en breve los primeros misiles Konus fabricados en Ucrania. El contrato, firmado por la corporación estatal turca Makina ve Kimya Endüstrisi Kurumu (MKEK), contempla la producción de estos artefactos en suelo turco, así como su posible y, desde luego, deseada y deseable exportación a los voraces mercados de armas de Oriente Medio.

El anhelado bazar moscovita

Pero las relaciones con Rusia y sus antiguos aliados no se limitan a la compraventa de material bélico. Hay un sinfín de intereses convergentes que no han provocado la ira de los aliados occidentales. Turquía depende, en gran medida, de las importaciones de crudo procedente de Irán. Un negocio sumamente interesante, ya que los persas suministran el petróleo a precio muy competitivo. Precios políticos, dirán algunos.

Rusia es, por su parte, el mayor proveedor de gas natural destinado a la península de Anatolia. El año pasado, las importaciones ascendieron a 24.000 millones de metros cúbicos, cantidad que cubre casi la mitad de las exigencias del país.
  
El gasoducto TurkStream, que aumentará considerablemente el nivel de suministros de gas natural, entrará en funcionamiento antes de finales de año.

Otro proyecto energético clave es la central nuclear de Akkuyu, construida con tecnología rusa, que estará operativa en 2023, coincidiendo con el centenario de la creación de la República turca.
  
El año pasado, los intercambios comerciales entre los dos países experimentaron un incremento del  orden del 16 por ciento, alcanzando la cifra global de 25.000 millones de dólares. “Nuestro objetivo es superar la cifra de 100.000 millones”, señaló Erdogan durante su reciente visita a Rusia.

En los últimos años, las empresas turcas han realizado proyectos por valor de 70.000 millones de dólares. Además de la espectacular expansión de las actividades de empresas constructoras, se ha registrado mayor interés para los sectores manufacturero, metalúrgico, agrícola y de tecnología puntera.
   
Tampoco se han descuidado los intercambios culturales, los contactos en materia de educación, ciencia e investigación científica.

Detalle interesante: la cooperación económica turco-rusa no parece inquietar sobremanera a los miembros de la OTAN.  La clave podría hallarse en la vieja y muy socorrida clausula de los acuerdos de paz firmados después de cada guerra – hubo trece conflictos – entre los zares y Rusia y el sultán de Constantinopla, que contemplaba la… libre circulación de comerciantes y mercancías.

Los monarcas modernos – Erdogan y Putin – se limitan, pues, a emular a sus antecesores.

sábado, 8 de abril de 2017

Preludio a las guerras donaldianas


¿Cree usted que Donald Trump tendrá el gatillo fácil? preguntaba en la tarde del jueves un estudiante que asistía a un curso sobre las implicaciones políticas del inacabable conflicto de Oriente Medio. La respuesta llegó unas horas más tarde, cuando los destructores USS Porter y USS Ross de la armada estadounidense dispararon 59 misiles Tomahawk contra la base de Shayrat, un aeropuerto militar situado a cuarenta kilómetros de Homs. Para los politólogos pro americanos, que son legión en los países de Europa oriental recién integrados a la Alianza Atlántica, se trata de una acción de represalias firme, equilibrada y que no ha causado bajas humanas. Un punto de vista respetado y alabado por los atlantistas.

Poco antes del inicio de esa acción bélica minuciosamente preparada, el Presidente Trump apareció ante las cámaras de televisión para anunciar, en tono melodramático, la decisión de la Casa Blanca de castigar a quienes decidan cruzar las líneas rojas. La actuación fue aplaudida por los Gobiernos europeos, que coinciden en culpar al presidente sirio, Bashar Al Assad, por la pérdida de vidas humanas en el ataque con armas químicas perpetrado el pasado martes contra la población civil de Jan Seyhún. Sin embargo, los rusos, valedores del hombre fuerte de Damasco, rechazaron las acusaciones de la oposición siria, basadas en un informe elaborado por servicios de inteligencia militar turcos. Huelga decir que los soldados rusos acantonados en la base de Shayrat resultaron ilesos. Oficialmente, Washington les había informado sobre la inminencia del ataque. 

La decisión de Trump de vengar la muerte de los 86 civiles sirios sorprendió a los analistas militares, poco propensos a imaginar una respuesta de esta envergadura durante las primeras semanas del mandato del Presidente. Pero, ¿de verdad se trataba de una venganza contra el régimen de Al Assad? Hay quien estima que la acción de Donald Trump tiene múltiple lectura. Se insinúa que el ataque debe interpretarse como una advertencia a las autoridades de Teherán o de Pyongyang, que no dudan de hacer alarde de su poderío militar. 

Irán, la bestia negra del Estado de Israel, no oculta la existencia de su arsenal bélico. Teherán exhibe sus misiles de corto y medio alcance, que se han convertido en una auténtica pesadilla para los ejércitos de la zona. Si bien es cierto que la destrucción física de la llamada entidad sionista figuraba en el programa de Gobierno de la revolución islámica liderada hace décadas por el ayatolá Jomeyni, conviene recordar que los cohetes iraníes pueden alcanzar cualquier objetivo situado en el Mediterráneo oriental y central, poniendo en jaque a los generales turcos, búlgaros, rumanos, serbios e… italianos. Sin embargo, los europeos confían en la cordura de los iraníes.

Distinto es el caso de Corea del Norte, cuyas provocaciones irritan tanto a sus vecinos inmediatos – Corea del Sur y Japón – como a los estrategas de Washington. Corea propugna una guerra total contra el imperialismo yanqui, amenaza que el Pentágono parece haberse tomado en serio. 

Por último, aunque no menos importante, es la advertencia lanzada al Kremlin. Aparentemente, Donald Trump no desea que Oriente Medio se convierta en el patio trasero de Moscú, que Rusia recupere protagonismo en una región cuyo control había perdido en los años 90, tras el desmembramiento de la URSS. La vuelta de los rusos a la zona, en un momento en el que Damasco parecía haber perdido la iniciativa militar, convirtió a Siria en un campo de combate entre Oriente y Occidente. De hecho, la aviación rusa llevó a cabo desde el primer momento ataques contundentes contra las agrupaciones islámicas apoyadas por Arabia Saudita, Qatar y… los Estados Unidos. La precisión del operativo bélico ruso irritó sobremanera a los dirigentes de la alianza proccidental. Demasiado tarde…

Obviamente, los designios del Kremlin son distintos. ¿Qué argumentos podría emplear Donald Trump para frenar la ofensiva rusa en la zona? Ni que decir tienen que el ataque contra Shayrat no va a disuadir a Rusia; más bien, todo lo contrario. La suspensión de los contactos entre militares rusos y estadounidenses en la ofensiva contra el Estado Islámico podría redundar en una victoria para Moscú e, directa o indirectamente, de su aliado Bashrar Al Assad. Conviene recordar que tanto la Casa Blanca como las autoridades de Ankara tienen interés en defenestrar al Presidente sirio. Para Washington, sería la culminación del proceso de las llamadas primaveras árabes, obstaculizadas por la testarudez del dictador sirio. A su vez, los turcos ansían la marcha de Al Assad, enemigo poderoso, y su sustitución por un político más débil, léase, dócil. Turquía se juega mucho en la guerra de Siria. Se habla del control de los recursos acuíferos, de la difícil convivencia con la minoría kurda, del éxodo de poblaciones desplazadas…

¿Y Rusia? ¿Cuáles son sus intereses en la zona? No hay que olvidar que la apuesta mezo oriental del Kremlin no obedece, sola y únicamente, a posibles (aunque cada vez más dudosas) consideraciones de índole ideológica. Rusia cuenta con una sofisticada red de instalaciones militares en Siria, un núcleo táctico difícil de abandonar ante un posible  recrudecimiento de los enfrentamientos entre grandes potencias. 

El error cometido por Barack Obama fue creer que había logrado poner de rodillas a los gobernantes moscovitas. Mas los kremlinólogos de Washington se habían equivocado.  Vladimir Putin siguió su camino, confiando en el renacer de la Madre Rusia. 

Será este el mayor desafío para Donald Trump. Un desafío en el que los cacareados ataques cibernéticos apenas tendrán cabida.